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viernes, 7 de mayo de 2021

María es Nuestra Madre

 Durante estos días del mes de mayo, muchos de nosotros nos hemos unido a la iniciativa del Papa, de rezar el Rosario diariamente, acompañando a nuestros hermanos en los santuarios marianos de todo el mundo. Hoy, por ejemplo, la intención del Papa es pedir a Nuestra Señora de la Paz y del Buen Viaje (en Filipinas) por las familias del mundo entero. Ayer, nos uníamos a él en el Santuario de la Bien Aparecida (Brasil) rezando por los jóvenes.

De esta manera, además de acrecentar nuestro amor y devoción a la Virgen, nos unimos de modo especial por el Papa y sus intenciones. 

María es Nuestra Madre. A partir de la Encarnación, al recibir en su seno al Hijo de Dios hecho hombre, ha acogido también a todos los hombres, porque Cristo es el Primogénito entre muchos hermanos. Es el Hijo de Dios y hermano nuestro. 

Esta realidad misteriosa y fascinante llegó a su cumplimiento al pié de la Cruz, en el momento en que Cristo dijo a María: «este es tu hijo» y a San Juan apóstol, «esta es tu Madre». En Juan estábamos representados todos los hombres. 

Que María sea nuestra madre significa que tiene hacia nosotros los más tiernos sentimientos que puede tener la mejor de las madres en la tierra hacia sus hijos. Para Ella, cada uno es su hijo «único». En esto participa del Amor que Dios nos tiene de modo admirable: para Él no hay hijos iguales. Cada uno hemos costado toda la sangre de Cristo derramada en la Cruz. Él nos ha comprado a precio de sangre.

María manifiesta la «maternidad» de Dios, su amor «maternal». Es «la ternura de Dios con los hombres», como le gustaba decir a San Josemaría Escrivá. También solía decir que María es la «Omnipotencia suplicante», porque sus peticiones ante el Trono del Altísimo jamás son desoídas. Por eso, en una conocida oración a María Medianera, le pedimos que cuando esté delante de la presencia de Dios, recuerde de «hablar bien de nosotros». 

Todas las madres tienen un cariño particular a sus hijos cuando son pequeños, porque su fragilidad mueve a la ternura. Una buena madre vive completamente para su hijo pequeño. Esta pendiente de él en todo momento, pues no se puede valer por sí mismo. Necesita en todo a su madre. Ella lo nutre, lo viste, lo acomoda, lo lleva de aquí para allá, lo cuida y protege de las enfermedades y los peligros. 

¡Qué confianza nos da saber que estamos en su regazo! Basta que le pidamos algo y Ella adivinará hasta nuestras necesidades más pequeñas. María, ¡muestra que eres Nuestra Madre!

La oración que compuso San Bernardo de Claraval, el Memorare o Acordaos, resumen admirablemente el modo de dirigirnos a María con toda confianza. 

"Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorando tu asistencia y reclamando tu socorro, haya sido abandonado de ti. Animado con esta confianza, a ti también acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante tu presencia soberana. No deseches mis humildes súplicas, oh Madre del Verbo divino, antes bien, escúchalas y acógelas benignamente. Amén". 

¿Cómo podemos tratar de corresponder lo mejor posible a su amor materno? Con amor de hijos; siendo buenos hijos de Ella. ¿Qué hace un buen hijo para amar a su madre? Procura comportarse de tal manera que ella esté orgullosa de él. Además, la trata con delicadeza y amor. La conoce y sabe lo que le gusta más. Está pendiente de darle muchas alegrías y de acudir a sus necesidades más pequeñas. 

María es Madre de la Iglesia. Por eso, a Ella le gusta que seamos buenos hijos de la Iglesia, y amemos mucho a nuestros hermanos. No hay cosa que contente más a una madre que ver a sus hijos unidos. 

María nos sonríe cada vez que acudimos a Ella, en el Rosario, en las oraciones marianas, al ofrecer nuestro trabajo a través de sus purísimas manos. Este mes de mayo es una oportunidad única para intentar ser buenos hijos de Nuestra Señora.  

viernes, 30 de octubre de 2020

Avanzar por el Camino

Hay un refrán conocido que dice: “el que no avanza, retrocede”. Mientras vivimos en la tierra, va pasando el tiempo, pero cada segundo es una ocasión de ir hacia delante. “Tempus breve est” (1 Cor 7, 29) dice san Pablo. Es corto el tiempo para amar. Hay que aprovecharlo para seguir avanzando, mientras tenemos tiempo.

Una de las comunidades más queridas de san Pablo es la de Filipos. “Gaudium et corona mea” (Fil 4, 1). Son su gozo y su corona. Desde el principio de la carta que les escribe, manifiesta el gran amor que les tiene: “Dios es testigo de cuánto los amo a todos ustedes con el amor entrañable con que los ama Cristo Jesús. Y ésta es mi oración por ustedes: Que su amor siga creciendo más y más y se traduzca en un mayor conocimiento y sensibilidad espiritual” (cfr. Fil 1, 1-11).

Pero, aunque los alaba por su fidelidad y colaboración en el anuncio del Evangelio, les insiste también en que no pueden conformarse con lo ya alcanzado, sino que tienen que seguir creciendo: “Estoy convencido de que aquel que comenzó en ustedes esta obra, la irá perfeccionando siempre hasta el día de la venida de Cristo Jesús” (Ibidem).

Estas últimas palabras están en la liturgia de la ordenación sacerdotal. La Iglesia pide para que sus sacerdotes se asemejen cada vez más a Cristo. El Espíritu Santo, que es el Santificador, irá llevándonos hacia la configuración plena con Jesucristo, de modo que seamos otro Cristo, el mismo Cristo.

Ya no soy el que vivo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2, 20). Para parecernos más a Cristo tenemos tres caminos, que son los que la Iglesia nos ha recomendado siempre: 1°) el conocimiento de Jesucristo a través de la lectura y meditación diaria de la Sagrada Escritura, especialmente de los Evangelios, de modo que seamos como uno de aquellos personajes que aparecen y sigamos al Señor muy de cerca, en la vida ordinaria; 2°) la frecuencia de sacramentos (particularmente de la Penitencia y la Eucaristía), que son como las huellas que de Cristo ha dejado en la tierra, para que sigamos sus pisadas; y 3°) la práctica del mandamiento del amor hacia nuestros hermanos, pues en cada uno está a Cristo.   

Así podrán escoger siempre lo mejor ―nos dice san Pablo―y llegarán limpios e irreprochables al día de la venida de Cristo, llenos de los frutos de la justicia, que nos viene de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios” (cfr. Fil 1, 1-11).  

María, que escogió lo mejor, nos ayudará a avanzar por el Camino. 

jueves, 22 de octubre de 2020

Totus tuus

Hace 42 años, todos vivimos en la Iglesia una experiencia única, que quedó grabada profundamente en nuestros corazones. Al fallecimiento de San Pablo VI (6 de agosto) siguió la elección de Juan Pablo I (26 de agosto), su muerte (28 de septiembre), la elección de San Juan Pablo II (16 de octubre) y el inicio de su pontificado (22 de octubre).

Estábamos en pleno período postconciliar. Por una parte había un gran entusiasmo por la renovación que se suscitaba en la Iglesia, pero también se podían observar signos preocupantes que le llevaron a Pablo VI a decir que el humo de Satanás se había metido dentro de la Iglesia. La confusión reinante llevaba a unos a desviarse de la Tradición de la Iglesia y a otros a rechazar las enseñanzas del Concilio Vaticano II.

El Venerable Juan Pablo I (9 de noviembre de 2017), con su simpatía y buen humor, desde el principio de su pontificado nos había cautivado. Era el “Papa de la sonrisa”. Sus catequesis, por ejemplo, sobre las tres virtudes teologales, llenas de imágenes vivas, eran una muestra del nuevo camino que debía tomar la Iglesia, para llevar el Evangelio a un  mundo que se alejaba de Dios.

El desconcierto que causó su muerte fue como un jarro de agua fría. Pero la Providencia nos tenía reservada una sorpresa: un Papa que venía de lejos, no italiano, muy joven (58 años de edad), y que había participado muy de cerca en la redacción de la Gaudium et spes. ¡Qué marca más profunda dejó San Juan Pablo II en su pontificado, el segundo más prolongado de la historia!    

Hoy podemos meditar la Colecta de su Misa y, cada uno, sacar mucho provecho de ella: “Dios nuestro, rico en misericordia, que has querido que san Juan Pablo II, Papa guiara a toda tu Iglesia, te pedimos que, instruidos por sus enseñanzas, nos concedas abrir confiadamente nuestros corazones a la gracia salvadora de Cristo, único redentor del hombre. Él que vive y reina contigo”.

San Juan Pablo II es el Papa que anuncia la Misericordia de Dios (Dives in misericordia); que repetía continuamente la oración de Santa Faustina Kowalska  “Jesús, en ti confío”; que guio firmemente a la Iglesia con sus sólidas enseñanzas ancladas en la Palabra de Dios y la Tradición de la Iglesia (trece Encíclicas riquísimas) y que, desde el día de su elección ("¡No teman! ¡Abran, más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo!"), proclamó la centralidad de Jesucristo como único redentor del hombre (Declaracion Dominus Iesus). 

lunes, 12 de octubre de 2020

La libertad, la Cruz y María

Hay tres temas sobres los cuales podemos reflexionar hoy: la libertad, la Cruz y María.

Nuestra Señora del Pilar, patrona de la hispanidad

La primera lectura de la Misa, tomada de la Carta de San Pablo a los Gálatas, nos invita a agradecer la libertad con la que Cristo nos ha liberado (cfr. Gal 5, 1). No somos hijos de la esclava, sino de la libre. El don de la libertad caracteriza a la creatura espiritual: los ángeles y los hombres. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, que ha querido ―como decía san Josemaría Escrivá― “correr el riesgo de nuestra libertad”. No hay nada que nos pueda quitar la verdadera libertad. Sólo el pecado esclaviza, pero podemos arrepentirnos y volver a ser libres. La libertad nos ha sido dada para amar. Ese es su fin: el amor. Amar a Dios y a nuestros hermanos. Eso es lo que nos hace verdaderamente crecer en la libertad y dignidad de los hijos de Dios. Todos los días podemos utilizar bien o mal nuestra libertad. Cuanto más estamos orientados hacia Dios, somos más libres. La fe y el amor nos hacen más libres. En el mundo en que vivimos hay muchas personas que están como encadenadas, por su desconocimiento del amor de Dios.

El evangelio que leemos hoy nos da pie para abordar el segundo tema: la Cruz. El profeta Jonás llega a Nínive marcado por el signo de la muerte en su cuerpo. Ha sido arrojado de la nave que lo llevaba a Tarsis (España) y ha tenido que permanecer tres días en el vientre de aquel gran pez (una ballena). Jesucristo aprovecha esta historia, bien conocida por sus oyentes, para hablarles del “signo” que piden los judíos: “no se les dará otro signo que el de Jonás” (cfr. Lc 11, 29-32). Es la señal de la muerte de Cristo y de su resurrección. El mismo Jesús es la Señal que se les da a aquella generación. Los habitantes de Nínive se convirtieron, pero no muchos de los que escuchaban la palabra del Hijo de Dios. La Cruz es siempre una señal que produce escándalo. Muchos se alejan de la fe en Cristo porque se encuentran con la Cruz. Nosotros hemos de abrazarnos a ella y llevarla en nuestro cuerpo, aceptando las contrariedades diarias y todo lo que dispone la Providencia en nuestra vida para nuestra purificación y crecimiento espiritual.

Por último, no podemos dejar a un lado una breve consideración sobre la fiesta que hoy se celebra, especialmente en España, pero también en todos los países de América: Nuestra Señora del Pilar. Según la tradición, María se apareció a Santiago apóstol, a las orillas del Río Ebro, hacia el año 40, cuando Ella vivía aún. Se le apareció, se dice, “en carne mortal”. María nunca nos deja solos. 

jueves, 24 de septiembre de 2020

María y el Qohélet

La palabra “qohélet” significa, en hebrero, “la que congrega” (en femenino). En seguida, nos sugiere a una mujer que, por ejemplo en el mercado, reúne a sus amigas para comentarles algo. Ese nombre tomó el autor del libro del Eclesiastés, escrito en el siglo III antes de Cristo. Israel estaba bajo el influjo del helenismo, a través de la dinastía lágida, que gobernaba Egipto. El autor hebreo buscar reunir a sus hermanos y ponerlos en guardia, para que no se dejen  seducir por las “sabidurías humanas” que son “vanidad de vanidades y todo vanidad” (cfr. Qo 1, 2-11).

El autor del Qohélet, no tenía del todo claro la existencia de una vida ultraterrena (habrá que esperar al Libro de Daniel y al 2° Libro de los Macabeos). Sus consejos están dirigido a hacer feliz al hombre aquí en la tierra, cumpliendo los mandamientos de Dios. Por otra parte, no conocía la cercanía de un Dios que es Padre y cuida en todo a sus hijos (como, en cambio, aparece claro en las enseñanzas del Señor). Sin embargo, las palabras inspiradas del Qohélet no pueden dejar indiferente a nadie que las medite con calma. “No existe un hombre sobre la tierra que no pueda hacer suyas esas palabras” (cfr. Juan Pablo II, Laborem exercens, 27, comentario a Qo 2, 11).

La verdadera sabiduría, según el Qohélet, es el temor de Dios, es decir, el vivir según la voluntad de Dios en todo. Lo que verdaderamente hace feliz al hombre es trabajar bien, tratar bien a los demás, no robar, comportarse en todo con sinceridad, dar culto a Dios en el Templo… Lo demás es vanidad de vanidades y apacentarse de viento. Todo lo humano es valioso, pero si no olvidamos que ha sido creado por Dios para que lo sepamos usar bien.

Las palabras de Jesús toman en cuenta la sabiduría del Qohélet y de todo el Antiguo Testamento, pero la sobrepasan. Por eso la gente decía que era Juan Bautista, que había resucitado, o Elías o algún antiguo profeta vuelto a la vida. Y, ante la fama del Señor, que iba creciendo, Herodes se preguntaba quién era  “y tenía ganas de verlo” (cfr. Lc 9, 7-9). Finalmente tendrá una ocasión de estar con Jesús, el viernes santo. Pero Jesús, antes sus preguntas frívolas y mundanas, se queda en silencio.

Hoy celebramos a Santa María de la Merced. No olvidemos que un religioso mercedario, Fray Bartolomé de Olmedo, fue uno de los dos primeros sacerdotes que celebraron la Eucaristía en México. Acudamos a la Virgen para pedirle que sea Ella la que nos reúna en torno a su Hijo, la Verdadera Sabiduría. 

martes, 22 de septiembre de 2020

Fueron a ver a Jesús su madre y sus parientes

«En aquel tiempo, fueron a ver a Jesús su madre y sus parientes, pero no podían llegar hasta donde él estaba porque había mucha gente. Entonces alguien le fue a decir: “Tu madre y tus hermanos están allá afuera y quieren verte”. Pero él respondió: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 8, 19-21).

Juan de Flandes, Las bodas de Caná (1500)

Vamos a reflexionar un poco sobre este texto de los evangelios, que habremos leído muchas veces. ¿Qué nos quiere decir el Espíritu Santo a través de él? Desde el punto de vista histórico, no sabemos si María continuaría viviendo en Nazaret durante la vida pública del Señor o acompañaría al grupo de mujeres que seguían al Señor (María Magdalena, Juana, Susana, etc.). La presencia de Nuestra Señora es muy discreta. Aparece contadas veces en el Evangelio. Sin embargo, no por eso dejaría de estar “muy presente” en la vida de Jesús.

En esta ocasión, acude al Señor con “sus hermanos”, es decir, algunos parientes de Nazaret que la acompañaban. Es llamativo que no pudieran acercarse a Cristo, como era su intención, por la gran muchedumbre que había en aquel lugar. Algunos ahí presentes la reconocen y van a decirle al Señor que ahí están su madre y sus hermanos. También es desconcertante, en un primer momento, la respuesta de Jesús: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 8, 21). ¿Esa contestación significaba, de alguna manera, poca delicadeza con su madre? No, ciertamente. Recordamos otra intervención de María al inicio de la vida pública del Señor, en Caná de Galilea, en la que Jesús también le dice algo que parece duro, cuando la Virgen trata de remediar la falta de vino en las bodas: «Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti? Todavía no ha llegado mi hora» (cfr. Jn 2, 1-11).

Es claro que las respuestas del Señor son maneras de decir de aquella época. Lo importante es fijarse en el contexto de la situación y en el contenido de las palabras de Cristo. Jesús quiere hacer ver a sus discípulos que, en cualquier situación, la clave es buscar cuál es la voluntad de Dios en ese momento. Eso es lo que guía su conducta: el cumplimiento de la Voluntad de su Padre, que tenía previsto el milagro en las bodas de Caná y también que Jesús predicara el Reino. En las dos ocasiones, María es la que da pie a su Hijo para mostrarnos la Voluntad de su Padre: que le alabemos por sus milagros y escuchemos con agradecimiento su Palabra, en su Hijo amado. Nuestra Señora es la primera que nos da ejemplo. 

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Amor a nuestra Patria

 Hoy, todos los mexicanos celebramos la fiesta de nuestra Independencia. Es un día, por lo tanto, para rezar por nuestra Patria. El nacionalismo, es decir, el amor a la propia patria exclusivo y excluyente de las demás, no es agradable a Dios. Pero el amor recto a la patria, es parte del cuarto mandamiento de la Ley de Dios.


Recordemos lo que dice, al respecto, el Catecismo de la Iglesia Católica: “Deber de los ciudadanos es contribuir con la autoridad civil al bien de la sociedad en un espíritu de verdad, justicia, solidaridad y libertad. El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad. La sumisión a las autoridades legítimas y el servicio del bien común exigen de los ciudadanos que cumplan con su responsabilidad en la vida de la comunidad política” (n. 2239).

Toda la doctrina social de la Iglesia siempre nos ha recordado estos principios, de una manera u otra. Por ejemplo, San Pio X los enseñaba con las siguientes palabras: “Si el Catolicismo fuera un enemigo de la Patria, no sería una religión divina. La Patria es un nombre que trae a nuestra memoria los recuerdos más queridos, y bien sea porque llevamos la misma sangre que aquellos nacidos en nuestro propio suelo, o bien debido a la aún más noble semejanza de afectos y tradiciones, nuestra Patria es no sólo digna de amor, sino de predilección. Sentimos, pues, veneración por la Patria, que en suave unión con la Iglesia contribuye al verdadero bienestar de la Humanidad. Y ésta es la razón porqué los auténticos caudillos, campeones y salvadores de un país han surgido siempre de entre las filas de los mejores católicos” (San Pío X, Discurso, 20 de Abril de 1909).

El mayor bien que podemos hacer a nuestros compatriotas es vivir bien el Mandamiento del Amor ente nosotros, que empieza por practicarlo con quienes tenemos más cerca: nuestra familia. La familia es la célula central de la sociedad. Si todas las familias mexicanas viviéramos la caridad como nos lo enseña San Pablo en el llamado “Himno a la Caridad” (cfr. 1 Cor 12, 31 – 13, 13), haríamos realidad el ideal de concordia, unidad y verdadera fraternidad en nuestra patria. Una manera de comprenderlo mejor es volver a leer y a meditar la explicación que nos ofrece el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica Amoris Laetitia (cfr. Capítulo 4°). Hoy, especialmente, nos encomendamos a Nuestra Señora de Guadalupe, Reina de México: ¡salva nuestra patria, y conserva nuestra fe!

sábado, 12 de septiembre de 2020

El Santísimo Nombre de María

Celebramos el Santísimo Nombre de María. La traducción más común de “María” es la de “Señora”. María es la Señora por excelencia. Así la honramos los cristianos. El Papa Inocencio XI adopta esta festividad para la Iglesia de Occidente en 1683, como una acción de gracias por el fin del sitio de Viena y la derrota de los turcos por las fuerzas de Juan Sobieski, rey de Polonia. En esta celebración los fieles encomiendan a Dios, por la intercesión de nuestra Santa Madre, las necesidades de la Iglesia, y dan gracias por su maternal protección y sus innumerables beneficios.  

La pintura provida que se hizo viral tras rechazo del aborto en México
"Nuestra Señora de la Vida", pintura de Ana Laura Salazar. Parroquia de San Josemaría en la Ciudad de México

“María” es un nombre lleno de dulzura. Recuerdo que hace años, en un club de muchachos se organizaba todos los años un concurso de repostería para las mamás de los chicos. Era una manera de invitarlas a que conocieran el club y vieran de cerca la formación que recibían sus hijos. Cada una de ellas preparaba un pastel y lo llevaba a la sede del club en donde se organizaba una comida con el esperado postre para terminar. Entonces se hacía una votación para designar cuál había sido el pastel más apreciado. Y, a la que lo había hecho, se le daba un premio y se le nombraba, solemnemente, “la mamá más dulce”.

Nosotros, sin necesidad de hacer un concurso parecido, tenemos la seguridad de que María es Nuestra Madre, la más Dulce de todas: la más cariñosa, la que está siempre pendiente de cada uno de sus hijos, la que pone todos los medios para que alcancemos la meta a la que su Hijo nos ha llamado.

Es muy fácil y gozoso acudir a la protección de Nuestra Señora. Podemos hacerlo con la popular oración de San Bernardo, el “Memorare” o “Acordaos”. Muchos santos la han rezado diariamente y, de modo especial, en los peligros.

Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María! / que jamás se ha oído decir /
que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, / implorando vuestro auxilio, / haya sido desamparado. / Animado por esta confianza, a Vos acudo, / oh Madre, Virgen de las vírgenes, / y gimiendo bajo el peso de mis pecados / me atrevo a comparecer ante Vos. / Oh madre de Dios, no desechéis mis súplicas, / antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.

Otra oración, muy conocida en México, con la cual podemos también acudir con frecuencia a la Virgen, es la siguiente:

Dulce Madre no te alejes, / tu vista de mí no apartes. / Ven conmigo a todas partes / y solo nunca me dejes. / Y ya que me proteges tanto como verdadera Madre, / haz que me bendiga el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. 

jueves, 10 de septiembre de 2020

Fray Ejemplo

Ayer leíamos en la Liturgia de las Horas una lectura de San Bernardo sobre los dos grados de contemplación, que corresponden 1°) al temor de Dios y 2°) a la sabiduría. En el primero deseamos cumplir la Voluntad de Dios quitando de nuestra alma todo lo que estorbe. En el segundo, nos unimos plenamente al querer de Dios en sí mismo y vivimos continuamente en su Voluntad.

🎏 Ixcís 🎶 sur Twitter : "El mejor predicador se llama "Fray Ejemplo".  #FelizDomingo http://t.co/XuEYIugGE7"

Con el Salmo 138 podemos pedirle al Señor: “Tú me conoces, Señor, profundamente: tú conoces cuándo me siento y me levanto, desde lejos sabes mis pensamientos, tú observas mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares (…). Examíname, Dios mío, para conocer mi corazón, ponme a prueba para conocer mis sentimientos, y si mi camino se desvía, no dejes que me pierda”.

La verdadera sabiduría está relacionada con la delicadeza de conciencia, que nos lleva a ser “luz que ilumine a todos los de la casa” (Mt 5, 16), y no “piedra de tropiezo” (1 Cor 8, 9) que haga caer a nuestros hermanos.

Queremos edificar a los demás con nuestras palabras y obras. El Espíritu Santo es el Constructor, pero nosotros podemos colaborar con Él, como buenos arquitectos de la casa de Dios (cfr. 1 Cor 3, 10).

Se suele decir de una persona que es “edificante” o “ejemplar” en su conducta, cuando se comporta de modo que aporta muchos elementos positivos a la convivencia familiar, profesional o social. Jesús pedía a sus discípulos ser así, para que los demás vieran sus buenas obras y glorificaran a su Padre que está en los cielos (cfr. Mt 5, 16). Evidentemente no se trata de buscar “quedar bien” con falta de rectitud. Al dar buen ejemplo a los demás tratamos de agradar a Dios. No lo hacemos para que los demás nos alaben.

Hay un dicho que se aplica a lo que estamos meditando: “el mejor predicador es Fray Ejemplo”. Jesús comenzó a “hacer” y luego a “enseñar” (cfr. Hech 1, 1). Sólo nuestras obras avalarán nuestras palabras. El Señor da a sus discípulos pautas claras sobre qué significa comportarse bien y dar ejemplo a los demás (cfr. Lc 6, 27-38): amar a los enemigos, hacer el bien a todos, ser generosos para dar, ser misericordiosos, no juzgar… Todo esto requiere esforzarnos por vivir los pequeños detalles de educación humana, ser modestos, sencillos, naturales, vivir con moderación, ser prudentes y oportunos… En definitiva, pensar un poco en qué es lo que los demás esperan de mí, para llevarles a todos la luz de Cristo.

Invoquemos el dulce nombre de “María” para aprender de Ella a ser luz que ilumina y comportarnos siempre como buenos hijos de Dios. 

martes, 8 de septiembre de 2020

La genealogía del Señor

Celebramos la fiesta de la Natividad de Nuestra Señora. En el texto evangélico de la Misa se puede leer la genealogía del Señor según San Mateo. Es la genealogía de José. San Lucas nos presenta otra genealogía. Algunos exégetas opinan que podría ser la de la Virgen. De cualquier manera, sabemos que Jesús era descendiente de David y, como todos los judíos, conocía bien quiénes eran sus antepasados, lo mismo que José y Nuestra Señora.

La Genealogía de Jesús - Padre Fortea - YouTube

En un tiempo en que los rápidos cambios culturales y sociales oscurecen el sentido de la tradición y exponen, especialmente a las nuevas generaciones, al riesgo de perder la relación con las propias raíces, es especialmente urgente la tarea de recordar a los demás la memoria de su propia identidad.

Todos sentimos la necesidad de estar enraizados en la historia humana, de buscar las raíces profundas de nuestra persona, de nuestra familia, de la cultura y sociedad a la que pertenecemos. En definitiva, todos buscamos el sentido de nuestra existencia. Pero las raíces más profundas de la humanidad, son las religiosas, porque, en última instancia, todos los hombres estamos emparentados, formamos parte de una misma familia y somos hijos de Dios. A la pregunta que se hace todo hombre sobre el origen de su existencia, se puede responder de muchas maneras. Los cristianos estamos convencidos de que Dios es la única respuesta profunda y plena. Además, creemos que, para ser verdaderamente humana, la cultura debe ahondar sus raíces en Jesucristo.

Meditemos unas palabras de Benedicto XVI en esta fiesta: «El pasaje evangélico que acabamos de escuchar amplía nuestros horizontes. Presenta la historia de Israel desde Abraham como una peregrinación que, con subidas y bajadas, por caminos cortos y por caminos largos, conduce en definitiva a Cristo. La genealogía con sus figuras luminosas y oscuras, con sus éxitos y sus fracasos, nos demuestra que Dios también escribe recto en los renglones torcidos de nuestra historia. Dios nos deja nuestra libertad y, sin embargo, sabe encontrar en nuestro fracaso nuevos caminos para su amor. Dios no fracasa. Así esta genealogía es una garantía de la fidelidad de Dios, una garantía de que Dios no nos deja caer y una invitación a orientar siempre de nuevo nuestra vida hacia él, a caminar siempre nuevamente hacia Cristo» (Homilía en el Santuario mariano de Mariazell, Austria, el 8-IX-2007). Jesús recibió de María su carne, su sangre, su comportamiento y su palabra; incluso su forma de pensar, la forma de su alma. A través de ella acogió la herencia de sus antepasados y el peso de su historia. 

viernes, 4 de septiembre de 2020

El añejo es mejor

En el año 50 d.C., Corinto era una ciudad portuaria y cosmopolita. En su segundo viaje apostólico, San Pablo se encuentra con numerosas dificultades para evangelizar a sus habitantes, por su paganismo y relajamiento moral. Además, los judíos de la ciudad también lo habían rechazado. «Una noche el Señor le dijo a Pablo en una visión: “No tengas miedo, sigue hablando y no calles, pues en esta ciudad me he reservado un pueblo numeroso. Yo estoy contigo y nadie podrá hacerte daño”. Pablo siguió enseñando entre ellos la Palabra de Dios, y permaneció allí un año y seis meses» (Hechos 18, 9-11).

Vino añejo | Vino, Vinos, Imagenes para estados

No es de extrañar, por tanto, que años más tarde, cuando el apóstol les envíe su primera epístola (de 54 a 57 d.C), insista en no ser “carnales” sino “espirituales” (cfr. 1 Cor 3, 1-19), y a no tenerse por sabios según los criterios del mundo, porque la sabiduría de este mundo es ignorancia ante Dios. El que quiera ser verdaderamente sabio, que se haga ignorante, les dice (cfr. 1 Cor 3, 18-23). Ya entendemos que San Pablo utiliza la retórica en este tipo de frases. Lo que realmente quiere decirles es que hay una sabiduría que muchas veces los mundanos no comprenden, porque les parece inútil. En nuestra era tecnológica parece que lo que realmente importa es “lo útil”, lo que se puede medir y contar. Todos estamos inclinados a valorar, antes que nada, la eficacia de la acción.

En cambio, hay valores que nos cuesta entender: la adoración, la humildad, la caridad con todos, el servicio desinteresado, la amabilidad sin hacer distinción de personas, el sacrificio escondido y silencioso, la alegría del saberse hijo de Dios… Todas estas actitudes, profundamente cristianas, son con frecuencia despreciadas e infravaloradas en nuestro mundo. Pero en ellas está la verdadera sabiduría que San Pablo trata de enseñar a los ciudadanos de Corinto: “El mundo, la vida y la muerte, lo presente y lo futuro: todo es de ustedes; ustedes son de Cristo, y Cristo es de Dios” (1 Cor 3, 23).

Ante el temor del fracaso, del trabajo infructuoso, de las contrariedades de la vida, Jesús dice a San Pedro: “Lleva la barca mar adentro y echen sus redes para pescar”. Jesús quiere darnos de beber el “vino añejo” del Amor de Dios (cfr. Lc 5, 39). Y, metidos en esas profundidades, podremos echar nuestras redes para la pesca, como “servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (cfr. 1 Cor 4, 1), sin juzgar a nadie antes de tiempo pues el Señor es quien habrá de juzgarnos y pondrá al descubierto las intenciones del corazón (cfr. 1 Cor 4, 1-5). María, “asiento de la Sabiduría” nos enseñara a ir “mar adentro”. 

viernes, 21 de agosto de 2020

Instaurare omnia in Christo

El pasaje del profeta Ezequiel (cfr. Ez 37, 1-14), sobre los huesos secos que reviven, nos impresiona cada vez que lo leemos. «‘Esto dice el Señor: Ven, espíritu, desde los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos, para que vuelvan a la vida’». Era la de la casa de Israel, que decía: «‘Nuestros huesos están secos; pereció nuestra esperanza y estamos destrozados’».

8 datos curiosos sobre la vida del Papa San Pío X
San Pío X (pontificado de 1903 a 1914)

El Nuevo Israel es la Iglesia. Nosotros también podemos estar con poca esperanza y “con los huesos secos”; quizá especialmente durante esta prueba que ha permitido el Señor en todo el mundo para nuestra purificación. Pero el Señor habla a los israelitas: «‘Pueblo mío, yo mismo abriré sus sepulcros, los haré salir de ellos y los conduciré de nuevo a la tierra de Israel». De hecho, en los siguientes versículos del capítulo 37, promete que unirá de nuevo los dos reinos separados (Judá e Israel).

Los Padres de la Iglesia (por ejemplo, San Ireneo y San Jerónimo) interpretan este texto de la Escritura aludiendo a los “últimos tiempos” en los que el Señor unirá a todos los pueblos de la humanidad bajo un solo Pastor. La unidad y la vida nueva, para todos los hombres, llegarán a realizarse algún día, quizá no muy lejano, si lo pedimos insistentemente, como los primeros cristianos: «Maran atha!», «¡Ven Señor, Jesús!» (cfr. 1 Cor 16, 22 y Apoc 22, 20).

San Pío X, cuya memoria se celebra el 21 de agosto, tenía como lema «Instaurare omnia in Christo». A los dos meses del inicio de su pontificado escribía, en la Encíclica E supremi apostolatus cathedra (4-X-1903): «en la gestión de nuestro pontificado tenemos un solo propósito, Instaurare omnia in Cristo (Eph 1, 10), para que efectivamente sea omnia et in ómnibus Christus (Col 3, 11)». Pero, ¿por qué eligió estas palabras?, ¿qué significado tenían para él?

El lema de San Pío X tiene muchos matices pero lo que él se había propuesto era restaurar la «civilización cristiana» en todos sus aspectos (ver artículo en pdf); «informar el mundo entero con el espíritu de Jesús, colocar a Cristo en la entraña de todas las cosas» (San Josemaría, Camino 105). Se trataba de someter todo a Dios: devolver a Dios la entera sociedad humana, alejada de la sabiduría de Cristo. De este modo, frente a la descristianización y secularización que se estaban llevando a cabo en nombre de la modernidad, el papa deseaba «que Cristo sea todo en todos (Col 3, 11), para la salvación eterna de los hombres, por la implantación del reino de Dios en la tierra» (Encíclica Communium rerum, 20-IV-1909). Qué Santa María Reina (22 de agosto, en este año) nos ayude a colaborar en esta misión perenne de la Iglesia, hasta la consumación escatológica. 

sábado, 15 de agosto de 2020

María nos prepara un camino seguro

Un gran signo apareció en el cielo” (Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora, Antífona de entrada). El próximo mes de diciembre comenzaremos a recorrer el año 490 de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe, la Mujer vestida de Sol (de Dios, de las realidades divinas), con la luna a sus pies (las realidades temporales). ¿No nos recuerda esto a la profecía de Daniel (9, 24-27)?

9 Asunciones del arte español | Barnebys Magazine
Asunción de la Virgen, de Bartolomé Esteban Murillo (c.1678)

María lleva una corona de doce estrellas para iluminar el camino de la Iglesia. “Concédenos que, aspirando siempre a las realidades divinas lleguemos a participar con ella (María) en su misma gloria”, le pedimos al Señor (Oración Colecta). María esel arca santa que lleva en sí la presencia de Dios, por la fe.

Juan Pablo II, hablando de la “muerte” de María, dice: "Cualquiera que haya sido el hecho orgánico y biológico que, desde el punto de vista físico, le haya producido la muerte, puede decirse que el tránsito de esta vida a la otra fue para María una maduración de la gracia en la gloria, de modo que nunca mejor que en ese caso la muerte pudo concebirse como una 'dormición'" (Catequesis, 25 de junio de 1997).

El deseo de la vida eterna era permanente en la Llena de gracia. Nosotros también podemos desear vivir la Vida de Dios, ya desde ahora. Mientras más intenso sea este deseo, nuestra muerte más se parecerá al tránsito de María a la vida eterna. María es figura de la Iglesia. Es el ejemplo de esperanza segura y el consuelo del pueblo peregrino. Todos somos migrantes hacia nuestra verdadera Patria. Y ella es “solacium migrantium”, descanso de los peregrinos.          

"Terminado el curso de su vida en la tierra -dice el concilio Vaticano II-, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte" (Lumen gentium, 59). En la Virgen elevada al cielo contemplamos la coronación de su fe, del camino de fe que ella indica a la Iglesia y a cada uno de nosotros: Aquella que en todo momento acogió la Palabra de Dios, fue elevada al cielo, es decir, fue acogida ella misma por el Hijo, en la "morada" que nos ha preparado con su muerte y resurrección (cf. Jn 14, 2-3).

Corazón dulcísimo de María, prepáranos un camino seguro. Que por la intercesión de la Bienaventurada Virgen María, tengamos buen viaje; qué es Señor esté en nuestro camino y que sus ángeles nos acompañen. 

domingo, 9 de agosto de 2020

El murmullo de una suave brisa

En la liturgia dominical siempre hay una relación, que la Iglesia nos invita a descubrir, entre el contenido de la Primera Lectura y el del Evangelio. En los textos del XIX domingo del tiempo ordinario podemos fijarnos particularmente en el modo de actuar de Dios: suave, delicado, silencioso.

La Primera Lectura (cfr. 1 Re 19, 9. 11-13) nos presenta al profeta Elías en el Monte Horeb, el mismo en el que Yahvé entregó las tablas de la Ley a Moisés. En esta ocasión, Dios no se manifiesta mediante un viento huracanado, un terremoto o un fuego abrasador), sino mediante el murmullo de una suave brisa.

En el Evangelio (Mt 14, 22-33) presenciamos el episodio de un fuerte viento, que Jesús calma con su presencia, en el mar de Galilea. Al principio las olas sacudían la barca de Pedro. Pero, al final, en cuanto Jesús y Pedro subieron a la barca, el viento cesó. En otra ocasión parecida, Jesús había calmado una tempestad. Mateo señala que “puesto en pie, increpó a los vientos y al mar y sobrevino una gran calma”; “facta est tranquilitas magna” (Mt 8, 26). El Señor, a veces (como ahora, por ejemplo), permite que el mundo experimente un fuerte oleaje; una fuerte sacudida de viento. Pero nuestra mirada, sin dejar de ser muy realista, ha de dirigirse hacia la época de paz y alegría que todos esperamos (cfr. este artículo del 7 de agosto, en el que Mark Mallett explica bien quiénes son los verdaderos y los falsos profetas de nuestro tiempo).   

Jesús ama el silencio. Prefiere lo normal, la sencillez, la paz y la serenidad. Le gusta, también, pasar oculto, no hacerse notar. Después de la Transfiguración pide a Pedro, Santiago y Juan, que no digan a nadie lo que han visto, hasta después de que haya resucitado (cfr. Mt 17, 9).

El Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo, es también muy amante del reposo y la quietud. Actúa suavemente para que nosotros descubramos su acción y libremente la acojamos. No quiere imponerse. El Beato Álvaro del Portillo (1914-1994) hace notar que «la actividad del Espíritu Santo pasa inadvertida. Es como el rocío que empapa la tierra y la torna fecunda, como la brisa que refresca el rostro, como la lumbre que irradia su calor en la casa, como el aire que respiramos casi sin darnos cuenta» (Rezar con Álvaro del Portillo, Carta pastoral de mayo de 1986).

La Madre Teresa de Calcuta, canonizada por el Papa Francisco el 5 de septiembre de 2016, valoraba especialmente el silencio como fuente de la que manan abundantes frutos: «El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz».

«¡Cómo sería la mirada alegre de Jesús!: la misma que brillaría en los ojos de su Madre, que no puede contener su alegría…» (San Josemaría, Surco 95).

viernes, 7 de agosto de 2020

Los pies del mensajero que anuncia la paz

Ya viene por el monte el mensajero de buenas noticias, que anuncia la paz” (Nah 2, 1). Estas palabras del profeta Nahúm nos recuerdan las de Isaías: “Que hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, del mensajero de la buena nueva que anuncia la salvación” (Is 52, 7; cfr. también Rm 10, 15).

El universo en mis pies: una hermosa lección de vida. — Steemit

Hay que procurar siempre anunciar las cosas positivas, alentadoras. Hay que evitar ser un profeta de calamidades, ave de mal agüero. La vida se puede ver como una botella que está o “medio vacía” o “medio llena”, depende de cómo se mire. Siempre es mejor ver el lado luminoso y no el oscuro de las cosas.

Sin embargo, también hay que reconocer que los profetas (por ejemplo, Jeremías, al que hemos estado leyendo estos últimos días en la liturgia de la palabra), con frecuencia anunciaban desastres y tribulaciones al pueblo de Israel, por sus pecados y mala conducta. No podían quedarse callados. Yahvé mismo lo pedía. Anunciaban la verdad, aunque fuese dolorosa. Pero, al mismo tiempo, siempre anunciaba también las promesas maravillosas de Dios, si se arrepentían y volvía a ser fieles.

Es decepcionante el falso profeta que siempre anuncia “lo bueno” que está por venir, pero lo hace sólo de manera fingida, para quedar bien, para ser aceptado por los demás. La mejor noticia siempre es la verdad. No importa si es dolorosa, porque, si amamos a Dios “todo es para bien (cr. Rm 8, 28). La fe nos lleva a saber que todo lo que sucede es para bien de los elegidos. Dios, de las cosas “malas”, saca grandes bienes. “En efecto, la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna” (2 Cor 4, 17).

Por lo tanto, si tenemos que anunciar algo “malo”, nunca olvidemos de anunciar lo bueno que lleva consigo, quizá oculto pero real. La esperanza es la palabra final (“es lo último que se pierde”). Cuentan de Alejandro Magno que estaba preparándose para una gran batalla y, antes, repartió todos sus bienes entre sus capitanes. Y uno de ellos le dijo: ―Pero, señor, ¿y a usted qué le queda? Alejandro respondió: ―A mí, me queda la esperanza. Es la lógica del Rey David: “Señor, en ti he confiado, jamás quedaré confundido” (Salmo 130; Te Deum).

María es Madre de la esperanza. El Papa Francisco ha añadido esta invocación a la Letanía lauretana. También es Madre de la misericordia y Descanso de los migrantes (de los peregrinos, como nosotros, que vamos de camino al Cielo).

miércoles, 5 de agosto de 2020

La Transfiguración: un acontecimiento de oración

La Transfiguración del Señor, que todos los años se celebra el 6 de agosto, es una fiesta que meditamos en el 4° misterio luminoso del Santo Rosario. Por lo tanto, es un día para pedir al Señor que envíe su Luz para ver más claramente lo que Él espera de nosotros. Por otra parte, también es un “acontecimiento de oración” (cfr. J. Ratzinger, Jesús de Nazaret II). Jesús lleva al “monte de Yahvé” a tres de sus discípulos, para orar.

La Transfiguración del Señor | Pintura cristiana, Transfiguracion ...

Esto nos recuerda la importancia que tiene la oración en la vida de los santos, como en la de San Juan María Vianney, que escribía: “El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis habréis hallado la felicidad en este mundo” (cfr. 2ª lectura de la Liturgia de las Horas en la memoria del Cura de Ars). Y “la oración no es otra cosa que la unión con Dios”. La oración dilata nuestro corazón, que es pequeño, para que sea capaz de amar a Dios. Es toda una catequesis sobre la oración la que nos da el Cura de Ars.

Pero también en el resto de los misterios luminosos encontramos las características de una verdadera oración, que debe ser trinitaria. Durante el Bautismo del Señor (1er misterio luminoso) se escucha la voz del Padre y el Espíritu Santo, en forma de Paloma, se posa sobre el Hijo. Es una oración que parte de sabernos pecadores (Jesús, el Santo de los santos, se forma en la cola de los pecadores, para darnos ejemplo). No podríamos acercarnos de otra manera a la Santísima Trinidad, más que con arrepentimiento sincero de nuestros pecados.

La oración ha de ser mariana (2°  misterio luminoso). María, en las Bodas de Caná, nos da ejemplo de cómo acercarnos a Jesús: con palabras breves, con decisión, confiando plenamente en Él. El 5 de agosto celebramos en la Iglesia la Dedicación de la Basílica de Santa María, en el monte Esquilino, Roma. Es la primera iglesia dedicada en honor a Nuestra Señora, en Occidente. Fue en época del papa Sixto III (432-440), justo después del Concilio de Éfeso (431).

La oración ha de nutrirse de la Palabra (3er misterio luminoso), en la enseñanza del Señor, a través de sus parábolas, que nos iluminan y nos llevan a la conversión.

Por fin, la oración debe estar centrada en el Misterio Pascual, como la oración en el Monte Tabor, en el que Moisés y Elías hablaban de la Pasión, Muerte en la Cruz y Resurrección de Jesús. Es una oración eucarística (5° misterio luminoso). La mujer cananea nos da ejemplo de una oración constante y llena de fe.

lunes, 3 de agosto de 2020

La barca de Pedro zarandeada por las olas

Después de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús se retira a orar a monte, mientras los discípulos se echan a la mar en la barca de Pedro (cfr. Mt 14, 22-36). Era como la cuarta vigilia de la noche cuando una tormenta azota con sus olas la barquichuela. Los apóstoles están llenos de temor. Saben que, si no pasa algo inusual, la barca se puede ir a pique.

Cristo en la tempestad del mar de Galilea - Brueghel, Jan (El ...
Cristo en la tempestad del mar de Galilea, de Jan Brueghel (1568-1625) 

Así está la Iglesia, zarandeada por las olas: la ola negra del laicismo, la ola roja del marxismo, en sus diversas formas, y la ola verde y viscosa de la impureza. También ahora, como entonces, somos amenazados por la tormenta, que se cierne sobre la barca de Pedro.

Hace tres años (15 de julio de 2017), durante el funeral del Cardenal J. Meisner, el arzobispo G. Gänswein, secretario del papa emérito Benedicto XVI, leía una carta suya: “Cuando el miércoles pasado me llegó por teléfono la noticia del fallecimiento del cardenal Meisner, mi primera reacción fue de incredulidad, ya que el día anterior habíamos hablado por teléfono (…).Lo que me impresionó especialmente en la última conversación con el fallecido cardenal fue la serenidad sosegada, la alegría interior y la confianza que él había encontrado. Sabemos que para él, pastor y cura apasionado, fue difícil dejar su oficio, justamente en una época en la Iglesia necesita en forma especialmente apremiante pastores convincentes que resistan la dictadura del espíritu de la época y vivan y piensen decididamente la fe. Pero mucho más me conmovió percibir que en este último período de su vida él había aprendido a soltarse y vivía cada vez más de la profunda certeza que el Señor no abandona a su Iglesia, aunque a veces la barca está a punto de zozobrar”.

¿Cuál fue el secreto del Cardenal Meisner? El mismo que el de Pedro y los demás apóstoles, cuando la barca estaba a punto de hundirse: mirar a Jesús, confiar plenamente en Él. Nos lo dice el mismo papa Benedicto: “Cuando en su última mañana el cardenal Meisner no apareció en la Misa fue encontrado muerto en su habitación. El Breviario se había escurrido de sus manos: él falleció rezando, a los ojos del Señor, en diálogo con el Señor. El modo de morir que le fue concedido señala una vez más cómo él vivió: a los ojos del Señor y en diálogo con él. Por eso podemos encomendar confiados su alma a la bondad de Dios”. María, faro esplendente, nos conducirá a puerto seguro si acudimos a ella.

sábado, 1 de agosto de 2020

Los dones de Dios

Las tres lecturas del Domingo 18° del tiempo ordinario nos invitan a reflexionar sobre los dones de Dios, que "no reparte según una medida", como decían los Padres de la Iglesia, sino con profusión divina. 

El Salvador con la Eucaristía - Colección - Museo Nacional del Prado
El Salvador con la Eucaristía, Juan de Juanes (1503-1579)

La primera lectura (Is 55, 1-3) nos hace ver que las cosas más valiosas de la vida son dones gratuitos de Dios, que forman parte de la creación material ―el agua, el sol, la luz, la belleza de la creación― o espiritual: la amistad, la bondad, la verdad… En la segunda lectura, san Pablo (Rom 8, 35.37-39) se dirige a los romanos para confirmarlos en la fe de que nada ―ni las tribulaciones, ni las angustias, ni la persecución, ni el hambre…― nos puede apartar del don más valioso: el amor que nos ha manifestado Dios en Cristo Jesús. Finalmente, en el evangelio, san Mateo (Mt 14, 13-21) nos presenta la multiplicación de los cinco panes y los dos peces. En este texto damos un paso más: ahora de lo que se trata es de colaborar con Cristo para llevar sus dones a los demás: “Denles ustedes de comer”, dice Cristo a sus discípulos. Así los prepara para llevar el anuncio del Evangelio a todas las naciones. Dios es Amor. Todo lo que ha creado es bueno. Lo ha hecho para nosotros, sus hijos. Nos ha dado bienes materiales y, sobre todo, espirituales. Nos ha dado a su Hijo y, con Él, nos lo ha dado todo. Nos ha enviado su Espíritu para llevarnos a la verdad completa y llenarnos de su Amor, a través de Cristo, en la Eucaristía.

Al final, nos dice san Mateo, “todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos”. Se repite lo que es algo constante en los milagros del Señor: la ley de lo abundante, que nos hace ver nuestra insuficiencia y lo grande que es el Amor de Dios. Y también nos ayuda a ser humildes y tratar de corresponder lo mejor que podamos a los dones de Dios, sabiendo que nunca “estaremos en regla con Él” y que, más bien, siempre somos deudores agradecidos ante la abundancia de su amor por nosotros.

El Cardenal Ratzinger nos lo explica de una manera muy clara: “Ser cristiano no significa aceptar una determinada serie de deberes, ni tampoco superar los límites de seguridad de la obligación para ser extraordinariamente perfecto; cristiano es más bien quien sabe que sólo y siempre vive del don recibido; por eso la justicia sólo puede consistir en ser donante, como el mendigo que, agradecido por lo que le han dado, lo reparte benévolamente” (Introducción al cristianismo, Ed. Sígueme, Salamanca 1994, p. 225).

No olvidemos que el mayor de los dones es Jesús en la Eucaristía, Sacrificio, Alimento y Presencia. Y que, a Jesús, se va y se vuelve por María. “Denles ustedes de comer”, nos repite de nuevo el Señor.

jueves, 16 de julio de 2020

Nuestra Señora del Carmen

Durante el tiempo de la pandemia, seguramente habremos intentado crecer un poco "hacia adentro", como aconseja el punto 294 de Camino: "No se veían las plantas cubiertas por la nieve. —Y comentó, gozoso, el labriego dueño del campo: «ahora crecen para adentro». —Pensé en ti: en tu forzosa inactividad... —Dime: ¿creces también para adentro?". Ahora, después de tres meses de "inactividad", nos disponemos a reanudar la misión de este blog: "hacer eco" a las apariciones de Nuestra Señora en San Sebastián de Garabandal.


Virgen del Carmen con Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz, San Simón Stock, San José, la Santísima Trinidad y las almas del purgatorio. Óleo sobre lámina de cobre. Autor desconocido. Siglo XVIII. Sala Mariana de la Pinacoteca de La Profesa, en la Ciudad de México. 

Por consejo de un sacerdote amigo, desde hace dos meses, comencé a redactar, con cierta periodicidad, unas breves "cápsulas en tiempo de pandemia", especialmente dirigidas a los sacerdotes del centro de la ciudad de México. Esta ha sido la motivación para tomar de nuevo la pluma: utilizar como modelo esos escritos y ponerlos también en este blog, pues todos ellos, como es natural, se relacionan con lo que Nuestra Señora quiere que hagamos en estos momentos de la historia que nos ha tocado vivir, y así nos preparemos para "El Aviso" que, al parecer, no tardará mucho en llegar.

La motivación más inmediata ha sido la fiesta de Nuestra Señora del Carmen, que hoy celebramos. Esta circunstancia me ha recordado que la Virgen se apareció en Garabandal precisamente bajo esta advocación. ¿Porqué la habrá escogido Nuestra Madre? Según el conocimiento más o menos amplio que tengamos sobre las apariciones, cada uno podremos intentar descubrir diversas causas. Lo importante es que Ella ha querido manifestarse como Madre protectora, que desea ayudarnos en momentos difíciles, y que nos pide que le tangamos plena confianza, como lo ha hecho siempre. Pues "jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a Ella, implorado su asistencia y reclamado su socorro, haya sido abandonado" (Acordaos, Oración de San Bernardo).

Y ahora, pasemos a la "cápsula en tiempo de pandemia" que corresponde al 16 de julio. Es la n° 33 de las escritas a los sacerdotes mexicanos. Espero que estas "capsulas" puedan ayudarnos a todos a "crecer más para adentro" en el amor de Dios, y también a "salir más hacia fuera", en el amor a nuestros hermanos. 

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"En aquel tiempo, Jesús dijo: “Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio”" (Mt 11, 28). Al celebrar la memoria de Nuestra Señora del Carmen, comprendemos que Jesús ha encargado a su Madre que coopere con Él en esta tarea de aliviar y consolar. Ella, la Mujer sencilla que meditaba las palabras y los gestos de Jesús con un corazón manso y humilde, se acerca a sus hijos continuamente para hacer el yugo del Señor suave y su carga ligera.

Algunas veces, la Virgen se ha aparecido, de manera extraordinaria, a hombres y mujeres escogidos, que han tenido la dicha de verla y escucharla aquí en la tierra. Una de ellas fue en el siglo XIII, al sexto general de la Orden del Monte Carmelo, San Simón Stock (+1265). Según la tradición, la aparición de Nuestra Señora, rodeada de ángeles, tuvo lugar el 16 de julio de 1251, y le mostró el santo Escapulario de la Orden diciéndole: "Este será el privilegio para ti y todos los carmelitas; quien muriere con él no padecerá el fuego eterno, es decir, el que con él muriere se salvará". Este santo había sido ermitaño en Inglaterra y luego se incorporó a la Orden de los Carmelitas que, como sabemos nació en el siglo XII, en el Monte Carmelo (“Karmel” = jardín), donde el profeta Elías lucho en la defensa de la pureza del Dios de Israel, venciendo a los profetas de Baal (cfr. 1 Re 18, 20-40). Después de tres años de sequía, subió al Carmelo y, desde su cumbre, vio cómo se acercaba una pequeña nubecita portadora de la lluvia tan deseada, que ponía fin a aquel tiempo de prueba. Esa pequeña nube una imagen de María Estrella del Mar y patrona de los marineros. Desde el principio, los ermitaños carmelitas la tuvieron como protectora y, al ser aprobados por el Papa Inocencio IV en 1247, tomaron por nombre el de Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo.

El escapulario del Carmen se puede imponer a todos los que deseen ponerse bajo la protección de Nuestra Madre, incluidos los no católicos. Con su ayuda podremos llevar el suave yugo de Cristo. Es un sacramental por el que manifestamos nuestro amor a la Virgen, Madre de la Misericordia y de la Esperanza (cfr. nuevas invocaciones de la Letanía Lauretana, aprobadas por el Papa Francisco recientemente).

La Virgen del Carmen está vinculada con las almas del purgatorio. Ella será nuestra abogada y defensora en el momento en que seamos juzgados, por ejemplo, en el momento del Aviso, en que necesitaremos la ayuda de Nuestra Madre.      

sábado, 11 de abril de 2020

¿Castigo, prueba, o nueva oportunidad?


La Navidad de 2019 fue, como siempre lo había sido —al menos para la mayoría de nosotros— una Navidad “normal”. En los últimos 74 años, desde la Navidad de 1945 (la primera después de terminar la Segunda Guerra Mundial), todas las Navidades han sido “normales”, en el sentido de que, globalmente, en el mundo entero, se ha celebrado el Nacimiento de Jesús en un ambiente de alegría y paz.      

La Sábana Santa, ¿reliquia o fraude?
Hoy, en el Gran Silencio del Sábado Santo de 2020. Contemplación de la Sábana Santa, desde Turín.

En cambio, esta Cuaresma y esta Semana Santa no han sido en absoluto “normales”. Han marcado un antes y un después en la historia de la humanidad. Siempre han existido las tragedias y malas noticias, en un país o en otro. Pero desde hace casi 75 años no se había presentado un “mal” tan grande y que haya afectado a tan gran cantidad de personas como la pandemia del covid-19.

En la última Navidad animábamos a todos los lectores de este blog a buscar un cambio de corazones de cara al año 2020, que estaba a punto de comenzar. Nunca imaginamos que al final de  estos más de tres meses de “silencio” en nuestro blog, la Providencia nos presentaría una oportunidad extraordinaria para cambiar en serio nuestros corazones, disponiéndonos —como lo estamos ahora— a comenzar una nueva etapa de la historia que requiere de nuestra parte una gran fortaleza humana (porque la tormenta se cierne sobre la Iglesia y la humanidad: cfr. Homilía de Francisco el 27 demarzo en la Plaza de San Pedro) pero, sobre todo, “la fuerza de la fe, la certeza de la esperanza y el fervor de la caridad” (Francisco, 8 de marzo de 2020) (cfr. también el mensaje de Mons. Fernando Ocáriz del 11 de marzo de 2020).

Para afrontar con sabiduría este evento mundial, quizá, lo primero que convendría hacer es escuchar al Señor y preguntarle qué es lo que quiere ahora del mundo, y de cada uno de nosotros, ante esta emergencia extraordinaria. La pandemia del covid-19 —que ya ha causado más de cien mil muertes en todo el mundo— ¿es un mal?; ¿es un castigo de Dios?; ¿es una prueba?; ¿es una consecuencia de nuestros pecados? O quizá, ¿es también una ocasión para el arrepentimiento?; ¿es un modo en que el Señor actúa para curarnos de nuestros males?; ¿es una nueva oportunidad para unirnos a la Cruz de Cristo y para vivir con alegría en la Voluntad de Dios? (ver posts sobre la Voluntad de Dios, escritos a fines de 2019). La respuesta me parece que es la siguiente: sí, es todo eso (sobre todo lo que se formula en la última pregunta), entendiendo bien cada una de las expresiones.

Hace unos días leí un artículo de Néstor Martínez, en InfoCatólica, que me hizo pensar. Se titula “Los débiles y el castigo divino”. El autor se pregunta si sería bueno eliminar del vocabulario actual la expresión “castigo de Dios” como parece aconsejarlo un reciente documento de la Pontifica Academia para la Vida titulado “Pandemia y Fraternidad Universal. Sobre la emergencia covid-19”, del 30 de marzo de 2020.
  
Hay que reconocer que parte importante de la evangelización es buscar las palabras que mejor reflejen el Evangelio en las circunstancias actuales. Si utilizamos expresiones que choquen con la sensibilidad actual lo único que haremos es alejar a nuestros contemporáneos de la verdad. Sin embargo, eso no nos autoriza a rebajar las verdades reveladas. Lo que tenemos que hacer es explicar bien las cosas. Por ejemplo, analizar en qué sentido y de qué manera conviene utilizar, hoy en día, las expresiones “prueba de Dios” o “castigo de Dios”. Indudablemente, en nuestra época, es mejor aceptada la primera expresión que la segunda. Pero aún es mejor la expresión “nueva oportunidad”.  

Antiguamente, se solía invocar la protección de Dios con las letanías de los santos:

Ab ira tua, libera nos, Domine;
a subitanea et improvisa morte, libera nos, Domine;
a fulgure et tempestate, libera nos, Domine;
a flagello taerremotus, libera nos, Domine;
a peste, fame et bello, libera nos, Domine”.

Hacia el año 1000, se añadía una más: “a sagittis hungarorum, libera nos, Domine”. Señor, líbranos de tu ira; del hambre, la peste y la guerra; de los rayos y tempestades, del flagelo de los terremotos, de  la muerte imprevista y repentina; de las flechas de los húngaros (los magiares, que asolaban Europa desde la actual Hungría); etc.

Todas las situaciones de las que se pedía al Señor que nos liberara eran “males”, que se consideraban “castigos” o “pruebas”, y por eso se pedía a Dios que los hiciera desaparecer. Pero la Iglesia, al mismo tiempo, también aceptaba esos “castigos” o “pruebas” con paciencia y confianza en Dios, que de los males saca bienes y de los grandes males grandes bienes. En esto siempre ha imitado la oración del Señor en Getsemaní: “Si quieres que pase de mi este cáliz…, pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22, 42). Acepto esta oportunidad que me das para manifestar mi Amor hacia Ti.  

¿Hasta qué punto se puede decir que Dios “castiga”?. Frecuentemente, en la Sagrada Escritura se menciona “la ira” de Dios que castiga, o puede castigar, a sus hijos, si no obedecemos sus mandamientos, si nos comportamos mal, si le ofendemos. Desde las primeras páginas del Génesis observamos que Dios castigó a nuestros primeros padres y los expulsó del paraíso. ¿Cómo hacer compatible todo esto con el amor y la misericordia de Dios, que Padre, ante todo? Néstor Martínez lo explica muy bien en su artículo. Y pienso que nos puede ayudar su lectura para comprender mejor cómo hay que entender “los castigos de Dios”.

En conclusión, se puede decir que Dios siempre quiere nuestro bien. Si nos castiga o nos prueba es, siempre, para tratar de obtener un bien mayor: para salvarnos, para intentar curarnos. Es necesario recordar también que todos los “castigos” que sufrimos los hombres —como la actual pandemia del covid-19— son un misterio, porque el mal es un gran misterio; y que, por otra parte, derivan del pecado. Es decir, los mismos hombres generamos esos castigos con nuestras conductas equivocadas y en contra del orden establecido por Dios en la creación. Pero Dios, como el padre de la parábola del hijo pródigo, siempre nos espera con los brazos abiertos.

Recordemos que, en las apariciones de San Sebastián de Garabandal, la Virgen muchas veces mencionaba la palabra “castigo” (por ejemplo, en la famosa "noche de los gritos"). Lo hizo en sus dos principales mensajes; en el primero de modo directo y en el segundo indirectamente:

La copa ya se está llenando y si no cambiamos nos vendrá un castigo muy grande” (18 de octubre de 1961).
Antes la copa se estaba llenando, ahora está rebosando (…). Con vuestros esfuerzos debéis aparatar de vosotros la ira de Dios (…); os pido que enmendéis vuestras vidas (…). Os amo mucho y no quiero vuestra condenación” (18 de junio de 1965).

Recientemente alguien me envío, a través de WhatsApp, unas palabras que Conchita dijo (o escribió) el 19 de marzo pasado, y que pueden iluminar nuestra reflexión:

“Dios nos está separando de los valores de este mundo. En el silencio de la Iglesia o en nuestra casa, ahora podemos hacer un examen de conciencia para que podamos limpiar lo que nos impide escuchar la Voz de Dios con claridad. Con sinceridad podemos pedirle a Dios que nos diga qué quiere de nosotros hoy y continuar haciéndolo todos los días. Y pasar el mayor tiempo posible con Dios en la Iglesia o en algún lugar de su hogar o donde encuentre el silencio. Él es todo lo que necesitamos”.

Seguramente nuestros lectores han sabido que la productora “Mater Spei” ha permitido que se pueda ver la película sobre GarabandalSólo Dios lo sabe”, de modo totalmente gratuito, a través de la página de la productora, del 3 al 12 de abril. Gracias a Dios la hemos visto y, como es lógico, nos ha traído tantos recuerdos de las veces que estuvimos en Garabandal durante el mes de julio de 1962, mientras toda la familia pasábamos el verano en Llanes, Asturias. Ver también una nueva charla del P. José Luis Saavedra, "Coronavirus y el Aviso".

Finalmente, quisiera hacer referencia a un tema que, en estos momentos, nos inquieta a todos: el modo de reaccionar ante las indicaciones de las autoridades civiles y eclesiásticas.

En este tiempo de confinamiento global, en casi todo el mundo, se ha escrito mucho sobre cuál debe de ser el comportamiento de los cristianos, especialmente de los sacerdotes, ante las decisiones tomadas por las autoridades civiles y eclesiásticas, que limitan la movilidad de modo drástico y taxativo. ¿Hasta qué punto —se preguntan muchos— podemos permanecer “pasivos” sin recibir los sacramentos y llevarlos a los enfermos cuando más los necesitan. En este sentido, vale la pena tener en cuenta el mensaje que recibió Marga el 17 de marzo de 2020: “Oh, Amado pueblo de España, mi Corazón llora estos días con vosotros; lloro de pena porque habéis decidido privaros de la Medicina que podrá curaros de esta epidemia y de las que os pueden esperar y podrían venir si no os convertís y no ponéis vuestra Confianza en Mí” (parte del mensaje; verlo completo).

Me parece que los artículos que ha escrito el P. José María Iraburu en InfoCatólica nos dan una respuesta muy equilibrada y certera, especialmente el que trata de la virtud de la prudencia: “Coronavirus y Obispos– Prudencia y consejo”. Hay una prudencia mala (la de “la carne”) y una buena. “Virtus in medio”, suele decirse, siguiendo la doctrina de Santo Tomás de Aquino. Ese “in medio” no es cobardía o mediocridad: es encontrar la manera más acertada de actuar, de acuerdo a las enseñanzas de Jesucristo y de la Iglesia.

¡Felices Pascuas de Resurrección a todos! Serán diferentes a las de los años anteriores pero, con la ayuda de la Santísima Virgen Guadalupe (a quien los obispos del CELAM consagrarán América Latina mañana, 12 de abril, a las 12:00 hrs., tiempo del centro de México: verlo en facebook), podremos comprobar que Dios y Nuestra Madre nunca nos dejan y nos aman con ternura, especialmente en estos momentos difíciles, como lo haría cualquier padre o madre con un hijo enfermo. Es una nueva y gran oportunidad para descubrir su gran Amor por nosotros y darlo a conocer a los demás.