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viernes, 15 de enero de 2021

Jesús llama a los primeros discípulos

 En la entrada anterior reflexionábamos sobre el valor de las revelaciones privadas. Es tan pernicioso aceptarlas como si fuera “obligatorio” creerlas como si fueran parte de la revelación sobrenatural, con fe divina; como rechazarlas sistemáticamente y no interesarse por ninguna de ellas, como si fueran algo “superfluo” que se puede dejar a un lado con toda tranquilidad. Dios ha querido que las revelaciones privadas ayuden a muchas personas a lo largo de los siglos. Son voces divinas que no podemos despreciar.

María Valtorta (1897-1961)

Hace una semana, un grupo de unas 30 personas, tuvimos una reunión por zoom con Marga, de la cual hemos hablado en este blog, y trasmitido los mensajes que ha recibido del Señor y de María escritos en sus cuatro libros (ver la página vdcj). Hacia el final, ella nos recomendó que leyéramos los libros de María Valtorta (1897-1961), mística italiana, autora de “El Evangelio como me ha sido revelado”, en el que se detiene en el relato de toda la vida de Jesús. Esta obra fue dictada por el mismo Jesús, el Espíritu Santo, María y su Ángel a la Guarda (llamado “Azarías”). En febrero de 2002, el Obispo canadiense Mons. Roman Danylak (+2012) aprobó y recomendó esta obra concediéndole el Nihil Obstat y el Imprimatur.

Debo confesar que nunca había leído nada de María Valtorta, pero el consejo de Marga me animó a escribir este post, precisamente sobre el pasaje que leeremos en Evangelio de este próximo domingo, el Segundo del Tiempo Ordinario, que se centra en la llamada de Jesús a sus primeros discípulos. La escena tiene lugar en el vado del Jordán. Jesús ha vuelto de sus 40 días de ayuno y penitencia en el desierto. Los primeros en encontrarle son los hijos del Zebedeo, Juan y Santiago (no Juan y Andrés, como aparece en el Evangelio de Juan: ver más adelante la explicación que le da el mismo Señor a María Valtorta). Se recoge parte del relato. Las negritas son nuestras.    

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Veo a Jesús que camina a lo largo de la faja verde que sigue el curso del Jordán. Ha vuelto, aproximadamente, al lugar que vio su bautismo, cerca del vado que parece ser muy conocido y frecuentado, por ser el paso a la otra margen, en dirección a Perea. El lugar que antes estaba lleno de gente, se ve ahora desierto. Solo algún viandante, a pie o montado en asnos o caballos, lo recorre. Jesús parece no darse cuenta de ello. Continúa por su camino subiendo hacia el norte, como absorto en sus pensamientos. Cuando llega a la altura del vado, se cruza con un grupo de hombres de distintas edades que discuten acaloradamente entre ellos y luego se separan, dirigiéndose unos hacia el sur y otros al norte. Entre los que se dirigen hacia el norte veo a Juan y a Santiago.

Juan es el primero en ver a Jesús y lo señala a su hermano y acompañantes. Hablan entre sí un poco, y luego Juan se echa a andar de prisa para alcanzar a Jesús. Santiago le sigue más despacio. Los demás no hacen mayor caso; continúan caminando lentamente y discutiendo. Juan, cuando llega a no más de unos dos o tres metros detrás de Jesús, grita: “¡Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo!”. Jesús se vuelve y le mira. Ambos se encuentran a pocos pasos el uno del otro. Se miran. Jesús con su mirada seria e indagadora; Juan con sus ojos puros y sonrientes en esa cara juvenil como de niña. Puede tener más o menos unos veinte años, y en sus mejillas sonrosadas no hay más signos que el de una pelusa rubia que parece un velo de oro. Jesús pregunta: “¿A quién buscas?”Juan: “A Ti, Maestro”. Jesús: “¿Cómo sabes que soy Maestro?”. Juan: “Me lo ha dicho el Bautista”. Jesús: “Y entonces ¿por qué me llamas Cordero?”. Juan: “Porque así te llamó cuando Tú pasabas, hace poco más de un mes”. Jesús: “¿Para qué me quieres?”Juan: “Para que nos digas palabras de vida eterna y nos consueles”. Jesús: “Pero… ¿quién eres?”. Juan: “Soy Juan de Zebedeo y éste es mi hermano Santiago. Somos de Galilea, pescadores y discípulos de Juan. Él nos decía palabras de vida y nosotros le escuchábamos, porque queremos encontrar a Dios y, con la penitencia, merecer su perdón, preparando así los caminos del corazón para cuando llegue el Mesías. Tú lo eres, Juan lo dijo porque vio el signo de la Paloma posarse sobre Ti y fue cuando dijo: «He aquí el Cordero de Dios». Y yo te digo: Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, danos la paz porque no tenemos quien nos guíe y nuestra alma está turbada”.

“Jesús les pregunta: “¿Dónde está Juan?”. Juan: “Herodes le ha apresado. Está en la prisión de Maqueronte. Los más fieles de entre los suyos han tratado de liberarle, pero no han podido. De allí venimos.

“Permítenos quedarnos contigo, Maestro. Muéstranos dónde vives”Jesús: “Venid. Pero ¿sabéis qué cosa pedís? Quien me sigue tendrá que dejar todo: casa, padresmodo de pensar y también de vida. Yo os haré mis discípulos y amigos, si queréis. Pero no tengo riquezas ni modo de protegeros. Soy y seré pobre hasta no tener dónde reclinar la cabeza y lo seré aún más; más perseguido que una oveja perdida, por los lobos. Mi doctrina es todavía más severa que la de Juan, porque prohíbe incluso el resentimiento. No se dirige tanto hacia lo externo cuanto hacia el espíritu. Tendréis que renacer si queréis ser míos. ¿Lo queréis hacer?”. Juan: “Sí, Maestro, Tú solo tienes palabras que nos dan luz y, para nosotros que vamos sin guía, entre tinieblas y desolación, nos dan una claridad como de sol”. Jesús: “Venid, pues, y vayamos. Os adoctrinaré por el camino” (Escrito el 25 de Febrero de 1944).

“Con motivo de esta visión [meses después de la anterior], Jesús me dijo: “Quiero que tú y todos vosotros reparéis en la conducta de Juan, en algo que no siempre se pone atención. Le admiráis por puro, amoroso, fiel, pero no caéis en la cuenta de cuán grande fue en la humildad. Él, primer artífice de que Pedro viniera a Mí, modestamente, calla este detalle. El apóstol de Pedro y, por lo tanto, el primero de mis apóstoles fue Juan; primero en reconocerme, el primero en hablarme, el primero en seguirme y el primero en predicarme. Con todo ved que dice: «Andrés, el hermano de Simón, era uno de los que habían oído las palabras de Juan (el Bautista) y que habían seguido a Jesús. El primero a quien encontró fue a su hermano Simón, a quien dijo‘Hemos encontrado al Mesías’ y le llevó a Jesús» (Jn 1, 40-42).

Justo, además de bueno, sabe que Andrés se angustia por tener un carácter tímido y cerrado, sabe que querría hacer muchas cosas pero que no logra hacerlas, y desea para él, en la posteridad, el reconocimiento de su buena voluntad. Quiere que aparezca Andrés como el primer discípulo de Cristo respecto a Simón no obstante su timidez y su dependencia respecto a su hermano, que no fueron obstáculo en nada para ser el apóstol de su hermano” (Escrito el 13 de Octubre de 1944).

El relato completo se puede ver en: María Valtorta. Difusión de la obra.

  

miércoles, 30 de septiembre de 2020

"Lee con mucha frecuencia las divinas Escrituras" (San Jerónimo)

San Jerónimo, Doctor Máximo en exponer las Sagrada Escrituras, nació en Estridón, Dalmacia, estudió en Roma, y cultivó con esmero todos los saberes. Allí recibió el bautismo cristiano. Después, captado por el valor de la vida contemplativa, se entregó a la existencia ascética yendo a Oriente, donde se ordenó de presbítero (cfr. Francisco, Carta Apostólica Scripturae Sacrae Affectus, 30-IX-2020). 

San Jerónimo, de Giovanni Bellini (1433-1516).

Vuelto a Roma, fue secretario del papa Dámaso, hasta que, fijando su residencia en Belén de Judea vivió una vida monástica dedicado a traducir y explicar las Sagradas Escrituras, revelándose como insigne doctor. De modo admirable fue partícipe de muchas necesidades de la Iglesia y, finalmente, llegando a una edad provecta, descansó en la paz del Señor en septiembre del año de 420, hace justo mil seiscientos años. Su recuerdo no puede ayudar a valorar cada día más la Sagrada Escritura. Todos los días la leemos pero ¿verdaderamente nos alimentamos de ella?; ¿es para nosotros la fuerza que nos sostiene en el anuncio del Evangelio?; ¿constituye la principal fuente de nuestra oración?

Los Padres de la Iglesia, como San Jerónimo, enseñaron a sacar provecho de ella mediante la lectio divina. Benedicto XVI, hace exactamente diez años, el 30 de septiembre de 2010, escribió una Exhortación apostólica sobre la Palabra de Dios. Vale la pena reproducir algunos de sus párrafos que nos impulsen a ponerla en el centro de nuestras vidas, como aconsejaba San Jerónimo al sacerdote Nepoziano: "Lee con mucha frecuencia las divinas Escrituras; más aún, que nunca dejes de tener el Libro santo en tus manos. Aprende aquí lo que tú tienes que enseñar" (Verbum Domini, n. 72).

En la Verbum Domini se resumen los pasos de la lectio divina: “Se comienza con la lectura (lectio) del texto, que suscita la cuestión sobre el conocimiento de su contenido auténtico: ¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo? (…). Sigue después la meditación (meditatio) en la que la cuestión es: ¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros? Aquí, cada uno personalmente, pero también comunitariamente, debe dejarse interpelar y examinar (…). Se llega sucesivamente al momento de la oración (oratio), que supone la pregunta: ¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra? (…). Por último, la lectio divina concluye con la contemplación (contemplatio), durante la cual aceptamos como don de Dios su propia mirada al juzgar la realidad, y nos preguntamos: ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor? (…). La lectio divina no termina su proceso hasta que no se llega a la acción (actio), que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad” (Ibidem, n. 87). María, que escuchaba en su corazón las palabras de su Hijo, nos ayude a imitarla.