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viernes, 25 de junio de 2021

Jesús, fuente de Vida

Antes de comenzar nuestra reflexión de esta semana, informo a nuestros lectores que, en principio, por diversas circunstancias personales, dejaremos de publicar «posts» en este blog durante el verano. Si Dios quiere, volveremos a escribir a partir del próximo mes de octubre.

Curación de la hemorroisa (fresco en las 
Catacumbas de Marcelino y Pedro, Roma)

El texto de la Primera Lectura (Sab 1, 13-15; 2, 23-24) del Domingo XIII del Tiempo Ordinario ilumina el texto del Evangelio (Mc 5, 21-43). 

«Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera. Las creaturas del mundo son saludables; no hay en ellas veneno mortal. Dios creó al hombre para que nunca muriera, porque lo hizo a imagen y semejanza de sí mismo; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan quienes le pertenecen» (Primera Lectura).  

Dios es Dios de vivos, no de muertos. Él desea la Vida. Envió a su Hijo para darnos Vida, y Vida en abundancia. Jesucristo ha vencido la muerte, porque es el Autor de la Vida. Con su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión al Cielo, Jesús hizo posible que todos los hombres podamos participar de su Vida, que es la Vida eterna. 

San Marcos nos relata en el Evangelio de la Misa dos milagros del Señor. El primero tiene que ver con la vida, porque la mujer que «padecía flujo de sangre desde hacía doce años; había sufrido mucho a manos de los médicos y había gastado en eso toda su fortuna, pero en vez de mejorar, había empeorado»; esa mujer, realmente estaba «muerta», pues para una hebrea, la esterilidad o el simple hecho de no tener descendencia equivalía a una muerte prematura. Como dijo Raquel, “dame hijos o me muero" (Gen 30, 1). 

El segundo milagro es más impresionante. Es la primera vez, en el Evangelio, que Jesús resucita a uno que ah muerto. Jairo acude a Jesús para pedir que cure a su hija enferma pero, mientras van de camino, le avisan que ha muerto. Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: “No temas, basta que tengas fe”. 

Hay dos rasgos comunes entre los dos milagros. Tanto la hemorroisa como Jairo tiene conciencia del mal que les aqueja y, además, tienen confianza, fe, en que Jesús puede aliviarlo. 

El Papa Francisco señala estas dos características necesarias para obtener la Vida: 

«Para tener acceso a su corazón, al corazón de Jesús hay un solo requisito: sentirse necesitado de curación y confiarse a Él. Yo os pregunto: ¿Cada uno de vosotros se siente necesitado de curación? ¿De cualquier cosa, de cualquier pecado, de cualquier problema? Y, si siente esto, ¿tiene fe en Jesús? Son dos los requisitos para ser sanados, para tener acceso a su corazón: sentirse necesitados de curación y confiarse a Él» (Papa Francisco, 1-VII-2018).

No es muy difícil lo que nos pide Dios: ver y querer. Ver nuestra miseria y querer que Dios la cure. Pero, con frecuencia, puede suceder que nos falte el primer requisito: que no reconozcamos nuestros pecados. A veces, no acabamos de ver claro porque nos hace falta un querer más firme. Otras veces, el ruido externo o interno nos aturde (como sucedía en el caso de los dos personajes del Evangelio a quienes los demás los distraían de lo que quería hacer Jesús con ellos).

Si vemos claramente que necesitamos la ayuda del Señor, será más fácil acudir a Él, conocer que sólo en Él está la salvación, y ponernos en sus manos para que nos devuelva la Vida que hemos perdido. Escuchemos unas recientes palabras del tercer sucesor de San Josemaría Escrivá de Balaguer (mañana, 26 de junio, celebramos su fiesta).

«Entonces, como el ciego Bartimeo, imploremos: “−Señor, que vea” (Mc 10,51). Y añadamos: −Señor, que te quiera ver; que te escuche, que te quiera escuchar… para poder repetir cientos de veces, a lo largo de la jornada, la potente afirmación de María: “Hágase en mí según tu palabra”» (Fernando Ocáriz, A la luz del Evangelio, p. 22, Madrid 2020). 

viernes, 28 de mayo de 2021

¡El Señor viene!

El Tiempo Ordinario —desde ahora hasta el Primer Domingo de Adviento— nos da la oportunidad de reflexionar en los textos litúrgicos de cada domingo, desde una perspectiva actual; es decir, de meditar esos textos —tanto los de la Sagrada Escritura como las oraciones— con el enfoque de alguien que está «a la espera» de la plena manifestación de Cristo.

¿Es bueno esperarla? Claro que sí. Desde el principio, la Iglesia primitiva la esperaba con verdadera alegría y repetía incisamente «Maranathá», ¡El Señor viene! «El que no quiera al Señor, ¡sea anatema! «Maranathà»» (Cor 16, 22).

Este deseo de la manifestación de Cristo aparece en otros textos del Nuevo Testamento: En Filipenses, por ejemplo: “Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca” (4: 5). O en Santiago: “Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca” (5: 8). También al final del libro del Apocalipsis: “Ciertamente, vengo en breve” (22: 20 b).

En la Sagrada Escritura nunca se habla de una «segunda» venida de Cristo, sino de una «Venida» en plenitud, que no es distinta la su Primera Venida al mundo, y de su «Tercera» venida —como dice San Berardo— en el tiempo presente; por ejemplo, en la Eucaristía. 

En la Oración colecta de la Misa de este próximo domingo, Solemnidad de la Santísima Trinidad, anhelamos la plena manifestación del Misterio de nuestra fe: 

«Dios Padre, que al enviar al mundo la Palabra de verdad y el Espíritu santificador, revelaste a todos los hombres tu misterio admirable, concédenos que, profesando la fe verdadera, reconozcamos la gloria de la eterna Trinidad y adoremos la Unidad de su majestad omnipotente».

 El encuentro del hombre con el Misterio Trinitario ya se ha dado, en el Misterio Pascual de Cristo y en el envío del Espíritu Santo. Ahora queda que se desvele la Plenitud de ese Misterio: «Y si somos hijos, somos también herederos de Dios y coherederos con Cristo, puesto que sufrimos con él para ser glorificados junto con él» (Rom 8, 14-17, en la 2ª Lectura).

Ahora, la presencia viva de Cristo con nosotros todavía no es plena. Lo será al final: «y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).

Hace tres años, el Papa Francisco explicaba cómo es la presencia Trinitaria en nosotros. 

«Las lecturas bíblicas de hoy nos hacen entender que Dios no quiere tanto revelarnos que Él existe, sino más bien que es el «Dios con nosotros», cerca de nosotros, que nos ama, que camina con nosotros, está interesado en nuestra historia personal y cuida de cada uno, empezando por los más pequeños y necesitados. Él «es Dios allá arriba en el cielo» pero también «aquí abajo en la tierra» (cf. Deuteronomio 4, 39). Por tanto, nosotros no creemos en una entidad lejana, ¡no! En una entidad indiferente, ¡no! Sino, al contrario, en el Amor que ha creado el universo y ha generado un pueblo, se ha hecho carne, ha muerto y resucitado por nosotros, y como Espíritu Santo todo transforma y lleva a plenitud» (Francisco, 27-V-2018).

Sin embargo, la plena unión con el Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, será esencialmente la misma que ya tenemos ahora. Vale la pena recordar las palabras de Benedicto XI en su libro Jesús ese Nazaret.

«Las palabras apocalípticas de antaño adquieren un carácter personalista: en su centro entra la persona misma de Jesús, que une íntimamente el presente vivido con el futuro misterioso. El verdadero «acontecimiento» es la persona que, a pesar del transcurso del tiempo, sigue estando realmente presente. En esta persona el porvenir está ahora aquí. El futuro, a fin de cuentas, no nos pondrá en una situación distinta de la que ya se ha creado en el encuentro con Jesús» (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, II, 3, 2).

  

martes, 6 de octubre de 2020

"Fratelli tutti"

Pablo, fiel a sus tradiciones y a su fe en el Dios de Israel, persigue a los cristianos. No los ve como hermanos, aunque la gran mayoría de ellos eran judíos, sino como enemigos.

"Fratelli tutti"

Pero Dios lo escogió desde el seno materno (cfr. Gal 1, 13-24) para darle a conocer el designio de su voluntad: que Él es Padre de todos los hombres, no sólo de los judíos celosos. Y lo envió a anunciar a los gentiles la Buena Nueva de que todos somos hermanos, revelada por su Hijo, Jesucristo.

Jesús, no sólo enseñó el mandamiento del amor en su predicación oral, sino que “coepit facere et docere” (Hech 1, 1), comenzó a hacer antes de enseñar; es decir, proclamo con su ejemplo que nadie queda excluido del amor de Dios y que Él quiere “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4). Nos enseñó, con su vida entera, la “imaginación de la caridad”.

El Señor se preocupa por todos, sanos y enfermos, ricos y pobres, justos y pecadores, judíos y gentiles. Se hospeda en casa de Marta (cfr. Lc 10, 38-42) y convive estrechamente con los miembros de esa familia de Betania, pero también come con publicanos y pecadores; y atiende las necesidades de la cananea y del centurión de Cafarnaúm. Su corazón está abierto a todos los hombres. Nos enseña, en la práctica, que todos somos hermanos e hijos de Dios.

Este es el mensaje que el Papa Francisco ha querido recordarnos para ponerlo muy en alto, a través de su Encíclica “Fratelli tutti”. “Las siguientes páginas no pretenden resumir la doctrina sobre el amor fraterno, sino detenerse en su dimensión universal, en su apertura a todos” (n. 6). Este deseo de “fraternidad universal” y de “caridad social” no se contrapone a nuestra identidad cristiana. El Papa no pretende diluirla o modificar la verdad de que Cristo es el Único Mediador. No podemos renunciar a esta convicción, pero sí podemos vivirla respetando la “libertad de las conciencias” de todos los hombres, “veritatem facientes in caritate” (Ef 4, 15). La “libertad de conciencia”, es decir, el relativismo, el negar que Dios ha revelado en Cristo la verdad plena por la cual nos salvamos, es un error. El Papa, en su Encíclica no busca eso. Lo que quiere es mostrar su apertura a todas las religiones y culturas; a todos los hombres de buena fe. Y lo hace con palabras acordes a ese fin: “Si bien la escribí desde mis convicciones cristianas, que me alientan y me nutren, he procurado hacerlo de tal manera que la reflexión se abra al diálogo con todas las personas de buena voluntad” (n.6). 

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Amor a nuestra Patria

 Hoy, todos los mexicanos celebramos la fiesta de nuestra Independencia. Es un día, por lo tanto, para rezar por nuestra Patria. El nacionalismo, es decir, el amor a la propia patria exclusivo y excluyente de las demás, no es agradable a Dios. Pero el amor recto a la patria, es parte del cuarto mandamiento de la Ley de Dios.


Recordemos lo que dice, al respecto, el Catecismo de la Iglesia Católica: “Deber de los ciudadanos es contribuir con la autoridad civil al bien de la sociedad en un espíritu de verdad, justicia, solidaridad y libertad. El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad. La sumisión a las autoridades legítimas y el servicio del bien común exigen de los ciudadanos que cumplan con su responsabilidad en la vida de la comunidad política” (n. 2239).

Toda la doctrina social de la Iglesia siempre nos ha recordado estos principios, de una manera u otra. Por ejemplo, San Pio X los enseñaba con las siguientes palabras: “Si el Catolicismo fuera un enemigo de la Patria, no sería una religión divina. La Patria es un nombre que trae a nuestra memoria los recuerdos más queridos, y bien sea porque llevamos la misma sangre que aquellos nacidos en nuestro propio suelo, o bien debido a la aún más noble semejanza de afectos y tradiciones, nuestra Patria es no sólo digna de amor, sino de predilección. Sentimos, pues, veneración por la Patria, que en suave unión con la Iglesia contribuye al verdadero bienestar de la Humanidad. Y ésta es la razón porqué los auténticos caudillos, campeones y salvadores de un país han surgido siempre de entre las filas de los mejores católicos” (San Pío X, Discurso, 20 de Abril de 1909).

El mayor bien que podemos hacer a nuestros compatriotas es vivir bien el Mandamiento del Amor ente nosotros, que empieza por practicarlo con quienes tenemos más cerca: nuestra familia. La familia es la célula central de la sociedad. Si todas las familias mexicanas viviéramos la caridad como nos lo enseña San Pablo en el llamado “Himno a la Caridad” (cfr. 1 Cor 12, 31 – 13, 13), haríamos realidad el ideal de concordia, unidad y verdadera fraternidad en nuestra patria. Una manera de comprenderlo mejor es volver a leer y a meditar la explicación que nos ofrece el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica Amoris Laetitia (cfr. Capítulo 4°). Hoy, especialmente, nos encomendamos a Nuestra Señora de Guadalupe, Reina de México: ¡salva nuestra patria, y conserva nuestra fe!

domingo, 23 de agosto de 2020

Todos con Pedro a Jesús por María

En la lectura y meditación que estamos haciendo cada domingo del evangelio de san Mateo (ciclo A) llegamos al capítulo 16. Jesús se encuentra en Cesarea de Filipo, muy cerca de las fuentes del río Jordán, en el Monte Hermón. Cesarea es una de esas ciudades griegas fundadas por los capitanes de Alejandro Magno (cfr. Mt 16, 13-18). En ella tuvo uno de los sucesos más importantes de la vida del Señor en lo que se refiere a la constitución de la Iglesia

Perugino | The Sistine Chapel frescoes | Tutt'Art@ | Pittura ...
Pietro Perugino (1448-1523). Fresco de la Capilla Sixtina

Es la primera ocasión en la que establece, de manera clara, el primado de Pedro entre sus discípulos. A Pedro, y a sus sucesores, les promete la custodia de las “llaves” de la Iglesia y que “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”. Llama a Pedro, nuevamente, Roca (Cefas) sobre sobre la que construirá su Iglesia. Más adelante, el Señor confirmará en varias ocasiones este primado, cuando le pide a Pedro que confirme la fe de sus hermanos (cfr. Lc 22, 32) y cuando le dice que apaciente a sus ovejas (cfr. Jn 21, 15-17).

En Cesarea de Filipo, como también durante la Pasión, Jesús debe reprender a Pedro por su falta de fe y visión humana. Y sin embargo, Él confía en que Pedro se convertirá y será una roca firme en la que podrá apoyarse a lo largo de los siglos. El Señor elige a quien quiere, sin importar si es frágil o tiene defectos. Isaías (cfr. Is 22, 19-23) que nos relata la elección de Eliacín: “llamaré a mi siervo, a Eliacín, el hijo de Elcías –dice a Sebna, que era el mayordomo del palacio–; le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda y le traspasaré tus poderes”. Con mayor razón, también de Pedro y de sus sucesores –los obispos de Roma– se puede afirmar lo que dijo Yahvé a Eliacín: “será un padre para los habitantes de Jerusalén [de la Iglesia] y para la casa de Judá. Pondré la llave del palacio de David sobre su hombro. Lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá. Lo finaré como muro firme [roca firme] y será su trono de gloria para su casa de su padre”.

El Papa es nuestro padre común. Para él es nuestro mayor amor, en la tierra, porque sabemos que es el Vicario de Cristo, “il dolce Cristo in terra”, como le llamaba santa Catalina de Siena. Esta santa, con sus ruegos y su insistencia, logró que Gregorio XI regresara de Avignon a Roma  en 1378, después de setenta años de “destierro” de los romanos pontífices en esa ciudad francesa.

Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam”. “Todos con Pedro a Jesús por María”. Esta jaculatoria, que aparece con frecuencia en los escritos de San Josemaría, puede expresar muy bien nuestro deseo de rezar y estar siempre unidos al Papa. 

domingo, 19 de julio de 2020

Tres parábolas

En el Evangelio del Domingo XVI del Tiempo Ordinario, leemos tres parábolas de Jesús: la del trigo y la cizaña, la de la levadura y la del grano de mostaza. Las tres están en el Evangelio de San Mateo (cfr. Mt 13, 24-43). Meditemos en algún aspecto de cada una de ellas.

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Árbol de mostaza

En la parábola del trigo y la cizaña podemos fijarnos en una frase, aparentemente secundaria pero, a mi parecer, central: “mientras los trabajadores dormían, llegó un enemigo del dueño, sembró cizaña entre el trigo y se marchó”. Muchas veces Jesús anima a sus discípulos a estar vigilantes y en oración. El mal, el pecado, viene cuando los hombres nos dormimos y permitimos que el enemigo siembre la cizaña. “No den oportunidad (lugar) al diablo” (Ef 4, 27), dice san Pablo a los Efesios. Es difícil detectar el mal. Por eso es necesario el frecuente examen de conciencia, para apartarnos de las ocasiones de pecado y de los hábitos malos que, poco a poco, son como las raposas que destruyen la viña (cfr. Cant 2, 15).

La parábola de la semilla de mostaza –que siendo pequeña se convierte en un árbol grande, que acoge a numerosos pájaros que anidan en sus ramas–, nos recuerda a la Iglesia, que comenzó por ser muy pequeña y se ha extendido por toda la tierra. Es como un gran árbol en la que habitan toda clase de aves. Muy pronto inició ese crecimiento asombroso; desde Pentecostés: “Partos, medos, elamitas (…), les oímos hablar en nuestras propias lenguas las grandezas de Dios” (Hch 2, 9-11). Es una “Iglesia en salida”, como desea el Papa Francisco. ¡Ven Espíritu Santo y renueva tu Iglesia y la faz de la tierra!     

Por último, llegamos a la parábola de la levadura. “El Reino de los cielos se parece a un poco de levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, y toda la masa acabó por fermentar”. En esta parábola podemos fijarnos en la levadura. Las levaduras son hongos unicelulares con una gran capacidad de hacer crecer la masa, convirtiendo sus compuestos fermentables en gas dióxido de carbono. Esto hace que la masa se expanda o aumente a medida que el gas forma burbujas. Cuando se hornea la masa, la levadura muere, y las bolsas de aire quedan fijadas dando al producto horneado una textura suave y esponjosa. Es asombroso lo que puede hacer una pequeña cantidad de levadura. Esto nos hace pensar en la importancia de los detalles pequeños en nuestra vida: cuánto bien y también cuánto mal puede derivarse de cuidarlos o no.

sábado, 3 de agosto de 2019

Los "Dictados de Jesús a Marga" en este blog


En este blog (Ecos de Garabandal) que, desde su inicio en enero de 2013, tiene actualmente 479 posts publicados, hemos mencionado a Marga en 151 posts.  

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Marga y el P. Rojas entregando los libros al Papa Francisco 


Marga es una mujer española —madre de familia, casada, con cuatro hijos—, que vive a las afueras de Madrid, y que desde 1998 ha recibido muchos mensajes de Jesús y de María sobre lo que espera Dios del mundo actual. Todos van dirigidos a que nos convirtamos, buscando un trato más enamorado y constante con el Corazón de Jesús —que está oculto en la Eucaristía—, a través de una devoción más confiada e intensa a Nuestra Señora.

Para conseguir ese objetivo, el Señor ha pedido a Marga que, con la ayuda de su director espiritual —el P. Ángel María Rojas, S.J.—, publique tres libros que forman una trilogía. El primero contiene algunos de los mensajes recibidos (no todos, porque hay mensajes para Marga exclusivamente o para otras personas) entre 1998 y 2005. El segundo, entre 2005 y 2012. Y el tercero, entre 2012 y 2015. Además, se ha publicado un cuarto libro que se centra en las Consagraciones al Corazón Inmaculado de María y al Corazón Sacratísimo de Jesús.

A partir de 2017 no se han publicado más libros, pero sí algunos mensajes aislados, que aparecen, de vez en cuando, en la página web (cfr. vdcj.org).    

En este post hacemos una recopilación de todos los lugares donde mencionamos a Marga. De los 151 posts, hay 43 posts que están agrupados en siete series (9, 3, 7, 12, 5, 9 y 8).

La primera ocasión en la que aparece su nombre en Ecos de Garabandal es en el post del 28 de febrero de 2013. Ahí mencionamos la profecía sobre una salida del Papa de la ciudad de Roma antes del Aviso anunciado en Garabandal. En ese post, que ha tenido más de 32 mil visitas, en un principio nos referíamos a Benedicto XVI, pero, más tarde, añadimos una acotación, en la que decimos que, más bien, esa profecía parece referirse al Papa Francisco.

Los días 4 y 5 de abril de 2013, dedicamos dos posts exclusivos para explicar quién es Marga.

Después, mencionamos a Marga también en otros posts (9 y 11 de abril de 2013).    

Animados por la lectura de los libros publicados sobre los mensajes recibidos por Marga en ese momento (Tomos I y II de su trilogía), escribimos la primera serie sobre Marga titulada “Mensajes a Marga sobre Garabandal”. Fueron nueve posts (23, 24, 25, 26, 27 y 30 de abril; y 2, 3 y 4 de mayo). Si hay una aparición que se menciona frecuentemente en los mensajes que recibe Marga, es la que ocurrió a cuatro niñas en la aldea de San Sebastián de Garabandal (Cantabria) entre 1961 y 1965.

Luego, hemos dedicado muchos posts a recoger el contenido de los mensajes de Jesús y María a Marga, como los publicados en las siguientes fechas:

Año 2013: en mayo (8, 10, 14, 18 y 30); en junio (7 y 20); en julio (5, 12, 16 y 25); en agosto (14); en septiembre (18).

Año 2104: en enero (8, 15, 22 y 29); en abril (5, 12, 19 y 26); en mayo (3 y 24); en junio (1, 7, 14, 21 y 28); en julio (7, 12, 19 y 26); en agosto (2, 9, 16, 23 y 30); en septiembre (6, 13 y 20); en octubre (11); en noviembre (23); en diciembre (27).     

Año 2105: en enero (3 y 10); en agosto (15, 22 y 29); en septiembre (5, 12, 19 y 26); en octubre (3, 10, 17, 24 y 31); en noviembre (7).

En diciembre de 2015 redactamos una nueva serie (la segunda), de tres posts, titulada: “La Misericordia en los Dictados de Jesús a Marga” (12, 19 y 26 de diciembre de 2015).

En febrero de 2016 escribimos la tercera serie, de siete posts,  titulada “Conversión” (6, 13, 20 y 27 de febrero; y 5, 12 y 19 de marzo).

Los días 26 de marzo y 2 de abril de 2016 escribimos dos posts importantes, con el contenido de los mensajes de Marga: “Silencio y espera” y “Una nueva etapa en el camino”.

E inmediatamente comenzamos a escribir la cuarta serie de los escritos de Marga, titulada “Permanecer con el sucesor de Pedro”, con doce posts (9, 23 y 30 de abril; 21 de mayo; 25 de junio; 16, 23 y 30 de julio; 6, 13, 20 y 27 de agosto). Todo en el año 2016. Mañana se cumplen cuatro años de un mensaje importante que Jesús dio a Marga (04-08-2015), y que resume la necesidad de estar unidos al Papa Francisco. 

En ese año, intercalados con los posts de la cuarta serie, escribimos cinco posts de una quinta serie titulada “Garabandal en los Dictados de Jesús a Marga”, para completar la primera serie que tocaba ese mismo tema (4, 11 y 18 de junio; 2 y 7 de julio).

Intercalados entre las series cuarta y quinta, escribimos varios posts con mensajes de Marga: 16 de abril, 7 de mayo (en el que anunciamos la presentación que hubo en Madrid de los tres tomos de la Verdadera Devoción al Corazón de Jesús), 14 y 28 de mayo, y 10 de septiembre.

El 17 de septiembre de 2016 dimos comienzo a una nueva serie, la sexta, en la que insistimos (como lo hace Jesús y María en sus mensajes a Marga) sobre la necesidad de permanecer fieles al Papa Francisco. Lleva por título “¡Todos con Pedro a Jesús por María!”, y se dedican a ella nueve posts (17 y 24 de septiembre; 1, 8, 15, 22 y 29 de octubre; 5 y 12 de noviembre de 2016).

Hemos vuelto a hablar de Marga, a partir de entonces, en los siguientes posts: 19 y 26 de noviembre de 2016; y luego en el año 2017: 18 de marzo; 2 de mayo; 23 de septiembre; 7 y 14 de octubre; y 25 de noviembre.

A finales del año 2017 iniciamos la última serie, la séptima, sobre los Dictados de Jesús a Marga, de ocho posts. Tiene por título “El problema de la profecía cristiana”, en la que también hacemos referencia a un escrito sobre la profecía del Papa Benedicto XVI. Las fechas de los posts son: 16, 23 y 30 de diciembre de 2017; 6, 13 y 20 de enero de 2018; 3 y 17 de febrero de 2018.

Luego, en el año 2018, hemos escrito más posts en los que aparece Marga: 24 de febrero; 3 de marzo; 28 de abril; 9, 16, 23 y 30 de junio; y 22 de septiembre.         

En 2019 hemos escrito los siguientes posts: 5, 12, 19 y 26 de enero; 2 de febrero; 2, 23 y 30 de marzo; 18 de mayo y 22 de junio.

Con esto terminamos las referencias que, hasta, ahora, hemos hecho en este blog a los Dictados de Jesús a Marga.


sábado, 16 de marzo de 2019

Jesús con los Apóstoles en el Cenáculo (1)


Falta menos de un mes para la Semana Santa. Nos quedan por meditar 11 temas de los 20 que revisaremos. Hemos llegado al final de la vida del Señor, y dedicaremos los siguientes post a contemplar el Misterio Pascual de Cristo y la Venida del Espíritu Santo.    

 

10. Lavatorio de los pies. Humildad. Instrumentos (alma sacerdotal)

El primer gesto que tiene Jesús con sus discípulos en la Última Cena es lavarles los pies. La lectura del Evangelio el Jueves Santo está tomada del capítulo 13 del Evangelio de San Juan.

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido” (Jn 3, 1-5).

Luego, continúa el relato hasta el versículo 20. En el versículo 15, el Señor les da razón de la obra que ha hecho con ellos: “os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”.

Muchas veces Jesús había dado ejemplo de humildad a sus apóstoles. Y les había insistido en ser pequeños y en no pretender dominar a los demás. Ahora, quiere que les entre por los ojos de una manera muy clara esta lección. Todo un Dios que se abaja, que se pone a nuestros pies para lavarlos.

Es lógica la reacción de Pedro: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?» (Jn 3, 6). Jesús le explica: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde» (v.7). Pero Pedro insiste: «No me lavarás los pies jamás» (v.8a). Sólo cede cuando el Señor le dice: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo» (v.8b). Si queremos “tener parte” con Jesús, hemos de imitarle y ponernos a los pies de nuestros hermanos.

“La humildad es la verdad”, decía Santa Teresa. Jesús quiere dejarnos una enseñanza fundamental: el servicio. “No he venido a ser servido, sino a servir” (Mt 20, 28).

San Josemaría Escrivá de Balaguer solía decir que «El mejor servicio que podemos prestar a Dios, a la Iglesia, al Romano Pontífice…, consiste en recomenzar a aprender a ser humildes». No es fácil aprender a fondo esta lección. A lo largo de nuestra vida siempre tenemos que volver a aprenderla, porque “el orgullo ciega, y es como fuente malsana, de donde proceden todas nuestras miserias” (Beato Álvaro del Portillo, Carta 1-V-1990).

«La santidad consiste en la perfección de la caridad, y este amor verdadero crece y se edifica sobre el cimiento de la  humildad (...). Por eso, en definitiva, la explosión de santidad  que el Señor desea, se traduce en crecer en humildad. A más humildad, más santidad» (Ibidem).  

Durante la Cuaresma toda la Liturgia nos habla de “conversión”. Pues bien, “a la conversión se sube por la humildad, por caminos de abajarse” (San Josemaría, Surco, 278).    

En su primera encíclica, San Juan Pablo II valoraba la importancia de la humildad.

«La humildad es el rechazo de las apariencias y de la superficialidad; es la expresión de la profundidad del espíritu humano; es condición de su grandeza» (San Juan Pablo II, Redemptor hominis).

Seremos mejores instrumentos del Espíritu Santo cuando seamos más humildes. De esa manera, se notará más la firma del artista que nos utilizará, contando con nuestra libertad, para hacer maravillas.

La humildad también nos capacita para tratar mejor a nuestros hermanos, con alma sacerdotal, es decir, con ese estilo suave y firme que vemos en el Señor, Sacerdote Eterno.

Así seremos "expertos en humanidad" como Jesús que «conocía lo que hay en el hombre» (Jn 2,25): cada uno de nosotros será  

«capaz de conocer en profundidad el alma humana, intuir dificultades y problemas, facilitar el encuentro y el diálogo, obtener la confianza y colaboración, expresar juicios serenos y objetivos» (Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis, 43).

Otra manifestación clara de la humildad —esta vez más en el ámbito de la vertiente apostólica—, es la conciencia clara de que sólo Dios es el que pone el incremento. Es preciso actuar con gran rectitud, porque nos puede pasar lo que a los fieles de la Iglesia de Corinto en tiempo de San Pablo: que, en lugar de buscar la Palabra del Dios vivo, la gracia de Dios, busquemos lo que responde a nuestras inclinaciones, a nuestros intereses, lo que va con nuestro genio, lo que nos resulta simpático.

La fe es una conversión que hace que mis gustos y deseos pasen a segunda línea. Él es el que dice y hace algo y lo que importa es seguirle a Él. Entonces es razonable, y hasta necesario, dejar a un lado lo que me gusta (la ley del gusto), renunciar a mis deseos e ir detrás de lo único que puede indicarme el camino de la vida. Yo renuncio y me someto a Él, pero así es como me hago libre (cfr. J. Ratzinger, La Iglesia siempre en camino, pp. 117-121). Es el mismo Jesús el que dice mi doctrina no es mía (Jn 7,16). Nosotros no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Él.

«Esto exige nuestra humildad, la cruz del seguimiento. Pero esto precisamente es lo que nos libera, lo que hace fecundo y grande nuestro ministerio. Pues si nos anunciamos a nosotros mismos, permanecemos escondidos en nuestro pobre yo y arrastramos a él a los demás. Si le anunciamos a Él nos convertimos en colaboradores de Dios (1 Cor 3,9)» (J. Ratzinger, ibídem).

María, la esclava del Señor, nos enseñará a ser más humildes.

11. “Mandatum Novum”. Caridad

Después de contar la traición de Judas, San Juan continúa, en el capítulo 13 de su Evangelio, con el relato del “Mandatum Novum”, el Mandamiento del Amor.                             

Cuando salió, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: «Donde yo voy no podéis venir vosotros». Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros»” (Jn 3, 31-35).

El Corazón de Cristo estalla en llamaradas de Amor, y ese fuego se trasmite a los discípulos.

San Juan, en su Primera Carta, explica la relación estrecha entre el amor a Dios y el amor a nuestros hermanos:

Quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Nosotros amemos, porque él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn 4, 19-21).

En una de sus homilías, el Papa Francisco nos da tres señales para saber si amamos a nuestros hermanos.

“La primera señal requiere que nos preguntemos: ¿rezo por las personas? Por todas, de forma concreta, por aquellas que me son simpáticas y también aquellas que me son antipáticas, por aquellas de los que soy amigo y por aquellos que no soy amigo”.
Segunda señal: cuando siento en mi interior sentimientos de celos, de envidia, y me viene la necesidad de desear el mal, es una señal de que no amas. Párate ahí. No dejes creces esos sentimientos: son peligrosos. No los dejes crecer”.
Por último, “la señal más cotidiana de que no amo al prójimo y, por lo tanto, de que no puedo amar a Dios, es la habladuría. Metámoslo en el corazón y en la cabeza, claramente: si difundo habladurías, no amo a Dios, porque con las habladurías estoy destruyendo a esa persona”. “Las habladurías son como los caramelos de miel: tomo uno, y otro, y otro, y luego el estómago se estropea con tantos caramelos. Porque es bello, es ‘dulce’ hablar de los demás, parece algo bueno, pero destruye. Y eso es señal de que no amas” (Papa Francisco, 10 de enero de 2019).

Hay muchas maneras de vivir la caridad. Veamos algunas de ellas. Por ejemplo la siguiente: la educación es vehículo de la caridad. A todos nos gusta que nos traten con delicadeza, amablemente. Hay unas reglas que, en general, vivimos todos los hombres, para hacer la vida amable a los demás. Son las reglas de educación que hay que vivir siempre. Dante decía de Jesús que era “Señor de toda cortesía”.

La mejor manera de aprender a vivir la caridad con los demás es mirar a Cristo, que iba a la persona y estaba cerca de todos.

«Cuando el sol se hubo puesto, todos los que tenían enfermos de varias dolencias, se los traían. Y Él, poniendo las manos sobre cada uno, los curaba» (Lc 4, 38-40).

San Lucas, en el capítulo 6° de su Evangelio, recoge una serie de reglas muy claras que nos da el Señor para vivir a caridad.

     amar a los enemigos: no acepción de personas (vv. 27-29);
     amar atendiendo a las necesidades de los demás (v. 30);
     amar como uno querría ser amado: regla de oro de la caridad (v. 31);
     amar desinteresadamente: no porque otros me aman (vv. 32-33)
     amar sin esperar el premio aquí, sino allá (vv. 34-35);
     amar con compasión: sentir lo de los demás como propio (v. 36);
     amar sin juzgar: comprender, perdonar (v.37);
     amar dándose (v. 38).

También podemos meditar despacio el capítulo 13 de la 1ª Carta de San Pablo a los Corintios. El Papa Francisco nos ofrece un comentario maravilloso en la Exhortación Apostólica Amoris laetitia (cap. 4°).

El amor es comprensivo [paciente], el amor es servicial [benigno] y no tiene envidia; el amor no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca” (1 Cor 13, 4-7).

La paciencia es la primera característica que pone San Pablo en la verdadera caridad.

«Los hombres de todas las épocas necesitan ante todo ser confortados y animados, necesitan confianza y cariño, precisamente en el marco de su mediocridad insoslayable» (J.B., Torelló, Psicología abierta, p. 61). «Tener paciencia con los demás, quiere decir darles tiempo: tiempo para hablar, para aprender, para experimentar, para creer, para restituir... Pedir comprensión y aún perdón por el pasado, y confianza en el porvenir se expresa frecuentemente y exactamente diciendo, como el siervo del Evangelio: “ten paciencia conmigo”. Por esta razón es la paciencia la virtud fundamental de todo educador» (ibidem, p. 29).

El apóstol San Pedro nos da in consejo precioso, quizá tomado de su propia experiencia, pues se sabía pecador y, por eso, buscaba vivir la caridad con todos.

«Sed prudentes y velad en oraciones. Pero sobre todo mantened constante la mutua caridad entre vosotros, porque la caridad cubre la muchedumbre de pecados» (1 Pe 4, 7-8).

¿Cómo transformaremos el mundo? «La ley fundamental de la perfección humana y por lo tanto de la transformación del mundo, es el mandamiento nuevo del Amor» (cfr. Gaudium et Spes). Y Juan Pablo II decía en Brasil: «Estoy convencido de que el amor es la única revolución».

San Josemaría, en uno de sus escritos, explica cómo el secreto para vivir la caridad es la comprensión y la apertura para escuchar al otro, no la violencia.

«Conversar requiere actuar con cortesía, saber escuchar, tener fe en la inteligencia, rechazar la violencia como método para convencer. La violencia no es nunca una solución, la violencia de suyo es estúpida. Cuando una máquina no marcha, la solución no está en darle golpes, sino en engrasarla, en darle aceite. En las relaciones humanas, el aceite es el diálogo amable, la justicia impregnada con la caridad» (Carta, 24-X-1965, n. 33).

María es nuestra Madre, llena de cariño y comprensión y, al mismo tiempo, muy exigente, porque desea que todos vayamos al Cielo. Acudamos a Ella para que nos enseñe a amarnos con el Amor de Cristo.  


sábado, 19 de enero de 2019

Hacerse pequeños de manos de María


El 2° Domingo del Tiempo Ordinario está centrado en la escena que nos relata San Juan en el 2° capítulo de su evangelio: las Bodas de Caná.   

Bodas De Caná, Detalle, Mosaico, Iconografía 

La 1ª Lectura, tomada del capítulo 62° de Isaías, se puede resumir en el v. 5:

“Como un joven se desposa con una doncella, así te desposan tus constructores. Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo”.

Jesucristo es la Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo (cfr. la 2ª Lectura de la Misa: 1 Cor 12, 4-11). Cristo es el Esposo, la Iglesia la Esposa. Todos los que formamos parte del Cuerpo de la Iglesia, de alguna manera, estamos desposados con Cristo, el Esposo. La mística esponsal es una realidad. Es el Amor del Creador por cada hombre o mujer, que es infinito, que es puro y se da plenamente.

La Iglesia quiere introducirnos en este nuevo Año Litúrgico con esta imagen: el amor de los esposos. Jesús hace su primer milagro en una boda, porque su Madre intercede por los jóvenes esposos que se han quedado sin vino. ¡Qué entrañable escena! ¡Qué sencillez vemos en los diálogos que San Juan nos presenta en Caná!

Vale la pena fijarse en la sencillez de los criados que siguen dócilmente el consejo de María: “Hagan lo que Él les dirá”. Se hacen como niños, con María.

Para tratar de comprender un poco más el Amor de Dios por cada uno de nosotros, es excepcionalmente útil leer y meditar los mensajes que recibe Marga (cfr. La Verdadera Devoción al Corazón de Jesús, en www.vdcj.org).

En los primeros dos post de este año 2019 hemos trascrito y comentado brevemente el mensaje recibido, de Jesús, el 22 de septiembre de 2015, que es muy rico y profundo. Continuamos con él ahora en este nuevo post.

Lo que está en cursivas es de Marga. Lo que está entre corchetes y en negritas es nuestro.  

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Mensaje de Jesús a Marga (22 de septiembre de 2015)

Jesús, anuncias lo de otros tiempos, y parece que no llegan.

[Las intervenciones de la Virgen, o del Señor, en los tiempos que vivimos son muy frecuentes. Sin embargo, parece que sus mensajes son inminentes, pero tardan en llegar. Aparentemente, quizá vemos que todo está tranquilo, al menos en el pequeño mundo en el que nos movemos. Y el Señor nos ayuda a abrir los ojos y a estar vigilantes]

Estáis metidos en ellos. No te equivoques, que estáis ya metidos en ellos.

La característica de estos Tiempos es que vienen sin ser vistos. No se aprecian, no se ven ni se notan. Para los que no están avispados, no, no se ven. Hace falta tener mucho discernimiento para ver. Si os faltan los guías no veréis.

[Esto que dice Jesús no es una invitación a dejarnos llevar por la curiosidad de las noticias que no faltan todos los días. El Señor quiere que sepamos discernir entre el bien y el mal, en nuestra vida y en la de los demás. Y eso sólo se consigue si somos almas de oración]

¿No has visto, hija, cómo muchos  de los que se   creen «centinelas en vela» están equivocados y equivocándose con respecto a mí Papa? Y ellos se creen tan en vela, tan atentos, tan estudiosos de las Escrituras, tan sabios. ¡Incluso se creen con la Virgen! Se creen con mi Madre, pero no la hacen caso. ¿Cómo estar así con Ella?

[El verdadero estudio no es la mera curiosidad intelectual o el deseo de estar al tanto de las novedades en la Iglesia, sino el diálogo lleno de confianza que tenemos con Jesús y con su Madre: la capacidad de escuchar sus inspiraciones. El Papa Francisco es el Papa de Jesús: es “su” Papa, por lo tanto legítimo e instrumento de Dios para la Iglesia en la época en que vivimos. Como todos los humanos, puede tener errores, pero los buenos hijos saben discernir la entidad de esos errores, comprenderlos y buscar los muchos aspectos positivos de las palabras y acciones de sus padres]

Ella les habla de ayuno, de oración y sacrificio, y no lo practican.  Se quedan sólo con las predicciones de acontecimientos. Y estas predicciones, sin el discernimiento adecuado, pueden llevar el alma a gran confusión. Y  un alma no tiene el discernimiento adecuado si no hace oración y penitencia.

[Primero, cada uno tenemos que comenzar por limpiar y poner en orden nuestra casa. Si no, lo demás es inútil. Y la nuestra casa principal es nuestra alma: se necesita oración y penitencia para limpiar y ordenar nuestro interior]

Háblame, hijo mío (Nota 301: Habla a las almas), de tu penitencia, te diré cómo tienes tu corazón.

[La verdadera penitencia es una actitud profunda de deseos efectivos de conversión, reconociendo todo el mal que hay en nuestra vida y estando dispuestos a cambiar de vida, cada día]

Mis amados profetas, profetas de estos Tiempos, el Es­píritu Santo quiere estar grande con su pueblo (Nota 302: Cfr. Sal 125) a través de vosotros. Dejad que fluya a través de vosotros. No ten­gáis miedo de lo que pueda pediros. Lo que pueda pediros nunca será por encima de vuestras fuerzas y nunca os hará mal, ni a vosotros, ni a los otros.

[Es la plena confianza de que estamos en manos de Dios. No nos equivocaremos si buscamos estar siempre en su presencia]

Querida, si Yo hubiera visto que no erais necesarios para mi pueblo vosotros, los profetas, no os habría dado (a ellos). No os habría suscitado. Todo esto es porque es muy necesario para la Iglesia; y gracias por prestarte a ello.

[Las palabras de los “actuales profetas” que suscita en el mundo el Señor, no pueden caer en saco roto. Son perlas preciosas que nos da Dios para que las utilicemos bien, las difundamos —cada uno de la manera más oportuna— y las pongamos en práctica]

Todos esperando y expectantes a que salga este Tercer Libro [que fue editado a principios de 2016]. En él has de decirles, de mi parte: Que nadie que se crea salvo por sus méritos, se salvará. Que tienen que ha­cerse muy, muy, muy pequeños, y de manos de María. Que sin la Virgen, no hay salvación en estos tiempos.

[¡Qué consejos más preciosos!: ser pequeños, muy pequeños; es decir, luchar por ser sencillos y humildes, desterrara todo asomo de soberbia en nuestra vida, confiar plenamente en Dios, estar alegres siempre… Y, esto, con Nuestra Señora, aprendiendo de Ella todos los días]


sábado, 3 de noviembre de 2018

El Mandamiento del Amor


Nuevamente la Iglesia nos propone en el Evangelio del próximo domingo (31° del TO, Ciclo B) el Mandamiento del Amor, que es la principal enseñanza de Cristo.

Murillo, el Regreso del Hijo Pródigo, pintada en el Hospital de la Caridad en Sevilla, hoy en National Gallery of Art, Washington.Esta serie de obras de misericordia fueron pintadas para el Hospital de la Caridad de Sevilla, para acoger vagabundos.

El Mandamiento del Amor es uno, aunque se manifiesta como doble. Cuando un escriba se acerca a Jesús y le pregunta qué mandamiento es el primero de todos (cfr. Mc 12, 28b-34), el Señor responde:

“El primero es: “Escucha Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu próximo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos”.

Es un Mandamiento. Sólo uno. No se pueden separar sus dos componentes: el amor a Dios y el amor al prójimo. Amamos a Dios amando al prójimo y amamos al prójimo amando a Dios.

Cuando estamos delante del Santísimo, en la Eucaristía, estamos amando a Dios, haciendo oración, dirigiéndole palabras de abandono, acción de gracias, alabanza, adoración...; pero, al mismo tiempo, estamos amando a nuestros hermanos, porque pedimos a Dios por ellos, los tenemos en cuenta en nuestra oración, pedimos al Señor que sepamos ser Cristo para ellos, ser otro Cristo, el mismo Cristo.

En la verdadera lucha por la santidad no cabe aislarnos de los demás al hacer oración. Tampoco cabe amar a los demás sin amar, al mismo tiempo a Dios. Tenemos un solo corazón para amar a Dios y amar a nuestros hermanos.

Desde el punto de vista ontológico, metafísico y axiológico, es claro que hay una primacía del amor a Dios: es el Primer mandamiento, como dice Cristo. Pero desde el punto de vista existencial y práctico, no se puede separar el amor a Dios del amor al prójimo.

El Papa Francisco lo dice en su Exhortación Apostólica Gaudete et Exultate, en un párrafo que podría parecer confuso y con una tendencia “horizontal” (es decir, cargada demasiado hacia el hombre y no hacia Dios). Pero  no es así. Hay que leer bien lo que nos quiere decir el Papa, en cada uno de sus escritos. Si los leemos en el contexto adecuado, conociendo su estilo y en el marco de la doctrina cristiana general, nos daremos cuenta de que es verdad lo que plantea.

“Podríamos pensar que damos gloria a Dios solo con el culto y la oración, o únicamente cumpliendo algunas normas éticas –es verdad que el primado es la relación con Dios–, y olvidamos que el criterio para evaluar nuestra vida es ante todo lo que hicimos con los demás. La oración es preciosa si alimenta una entrega cotidiana de amor. Nuestro culto agrada a Dios cuando allí llevamos los intentos de vivir con generosidad y cuando dejamos que el don de Dios que recibimos en él se manifieste en la entrega a los hermanos (GE, n. 104).

En este mes de noviembre, en el que la Iglesia nos invita a meditar sobre nuestra llamada a la santidad, conviene ser conscientes de que, para ser santos, necesitamos amar cada vez más y mejor a nuestros hermanos. Y una buena manera de respetar a los demás es no hablar mal de ellos.

Hoy, en la Iglesia y en el mundo, se va extendiendo la tendencia a la crítica. Este comportamiento se va generalizando, en parte debido a la facilidad con la que vemos que se emiten juicios sobre las personas en los medios de comunicación. Todo el mundo se siente con derecho a criticar a los demás.

Vale la pena hacer notar que hay fundamentalmente tres tipos de crítica. Y, a menos de que tengan unas características muy concretas, en principio son dañinos: para la persona que critica, para el grupo que escucha la crítica y para toda la sociedad.

Hay un breve artículo sobre el tema, del que tomamos algunas ideas.

Murmurar es hablar mal de una persona ausente de cosas ciertas y conocidas por quienes escuchan.

Difamar es hablar mal de una persona ausente de cosas ciertas, pero no conocidas por los que escuchan y, por lo tanto, que afecta negativamente la fama del interesado.

Calumniar es decir, con mentira, cosas malas de alguien que no está presente, para perjudicarlo.

Cada vez es más frecuente alguno de estos tipos de crítica: en la familia, entre los amigos, en los ambientes profesionales, etc.

Esta “tentación” es muy común, y se hace difícil sustraerse de ella, sobre todo, cuando se habla de cosas que son “verdaderas” (o al menos, así parecen a los que propagan el chisme), pero no deben divulgarse, pues ocasionan un mal a aquel de quien se está hablando.

Después de hacerlo, si uno se da cuenta y se arrepiente de este pecado (siempre queda un sabor amargo al criticar), conviene proponerse hablar de lo bueno del otro y no de lo malo.

En teología moral se suele enseñar que hay tres ocasiones en las que podemos manifestar una conducta equivocada de otro, por alguna razón justa y de modo excepcional: 1) en la dirección espiritual, para pedir un consejo sobre cómo podemos comportarnos ante la conducta errónea de otra persona; 2) en el ambiente familiar o muy cercano (padre-hijo, madre-hija, etc.), para desahogarse de un mal recibido que nos hace sufrir; 3) cuando vemos necesario advertir a alguien, de modo justo, sobre la conducta peligrosa de otro; para evitar que pueda hacerle un daño. En este sentido, también se puede hablar de la conducta escandalosa y pública de alguna persona, para aclarar a otros que ese modo de actuar es equivocado. Pero siempre ha de hacerse con caridad, sin juzgar las intenciones de las personas y sin utilizar insultos o palabras hirientes o con rencor y odio.

San Josemaría Escrivá de Balaguer, en Camino, tiene varios consejos muy oportunos al respecto. Con el punto 442 con comienza una extensa sección (p / 442-457) dedicada a dos temas muy próximos, que se entrelazan: el "juicio" acerca de los demás ("pensar mal") y las distintas formas de "crítica" e incluso de "murmuración" (cfr. Pedro Rodríguez, Edición crítica de Camino).

El punto 444 es especialmente agudo y certero: “No hagas crítica negativa: cuando no puedes alabar, cállate”. Y el n. 447 dice:

“Después de ver en qué se emplean, ¡íntegras!, muchas vidas (lengua, lengua, lengua con todas sus consecuencias), me parece más necesario y más amable el silencio. —Y entiendo muy bien que pidas cuenta, Señor, de la palabra ociosa”.

Podemos imaginarnos a la Virgen en Nazaret. ¿Con cuánta delicadeza hablaría de los demás? ¿Con qué caridad se referiría a todos y cada uno de los habitantes de esa aldea? ¿Qué ejemplo daría a sus moradores de finura y respeto a todos? Desde ahora, podemos tratar de comportarnos como lo haría Nuestra Señora, en todo momento; y ayudar a crear un clima de respeto a los demás, a nuestro alrededor.