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viernes, 25 de junio de 2021

Jesús, fuente de Vida

Antes de comenzar nuestra reflexión de esta semana, informo a nuestros lectores que, en principio, por diversas circunstancias personales, dejaremos de publicar «posts» en este blog durante el verano. Si Dios quiere, volveremos a escribir a partir del próximo mes de octubre.

Curación de la hemorroisa (fresco en las 
Catacumbas de Marcelino y Pedro, Roma)

El texto de la Primera Lectura (Sab 1, 13-15; 2, 23-24) del Domingo XIII del Tiempo Ordinario ilumina el texto del Evangelio (Mc 5, 21-43). 

«Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera. Las creaturas del mundo son saludables; no hay en ellas veneno mortal. Dios creó al hombre para que nunca muriera, porque lo hizo a imagen y semejanza de sí mismo; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan quienes le pertenecen» (Primera Lectura).  

Dios es Dios de vivos, no de muertos. Él desea la Vida. Envió a su Hijo para darnos Vida, y Vida en abundancia. Jesucristo ha vencido la muerte, porque es el Autor de la Vida. Con su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión al Cielo, Jesús hizo posible que todos los hombres podamos participar de su Vida, que es la Vida eterna. 

San Marcos nos relata en el Evangelio de la Misa dos milagros del Señor. El primero tiene que ver con la vida, porque la mujer que «padecía flujo de sangre desde hacía doce años; había sufrido mucho a manos de los médicos y había gastado en eso toda su fortuna, pero en vez de mejorar, había empeorado»; esa mujer, realmente estaba «muerta», pues para una hebrea, la esterilidad o el simple hecho de no tener descendencia equivalía a una muerte prematura. Como dijo Raquel, “dame hijos o me muero" (Gen 30, 1). 

El segundo milagro es más impresionante. Es la primera vez, en el Evangelio, que Jesús resucita a uno que ah muerto. Jairo acude a Jesús para pedir que cure a su hija enferma pero, mientras van de camino, le avisan que ha muerto. Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: “No temas, basta que tengas fe”. 

Hay dos rasgos comunes entre los dos milagros. Tanto la hemorroisa como Jairo tiene conciencia del mal que les aqueja y, además, tienen confianza, fe, en que Jesús puede aliviarlo. 

El Papa Francisco señala estas dos características necesarias para obtener la Vida: 

«Para tener acceso a su corazón, al corazón de Jesús hay un solo requisito: sentirse necesitado de curación y confiarse a Él. Yo os pregunto: ¿Cada uno de vosotros se siente necesitado de curación? ¿De cualquier cosa, de cualquier pecado, de cualquier problema? Y, si siente esto, ¿tiene fe en Jesús? Son dos los requisitos para ser sanados, para tener acceso a su corazón: sentirse necesitados de curación y confiarse a Él» (Papa Francisco, 1-VII-2018).

No es muy difícil lo que nos pide Dios: ver y querer. Ver nuestra miseria y querer que Dios la cure. Pero, con frecuencia, puede suceder que nos falte el primer requisito: que no reconozcamos nuestros pecados. A veces, no acabamos de ver claro porque nos hace falta un querer más firme. Otras veces, el ruido externo o interno nos aturde (como sucedía en el caso de los dos personajes del Evangelio a quienes los demás los distraían de lo que quería hacer Jesús con ellos).

Si vemos claramente que necesitamos la ayuda del Señor, será más fácil acudir a Él, conocer que sólo en Él está la salvación, y ponernos en sus manos para que nos devuelva la Vida que hemos perdido. Escuchemos unas recientes palabras del tercer sucesor de San Josemaría Escrivá de Balaguer (mañana, 26 de junio, celebramos su fiesta).

«Entonces, como el ciego Bartimeo, imploremos: “−Señor, que vea” (Mc 10,51). Y añadamos: −Señor, que te quiera ver; que te escuche, que te quiera escuchar… para poder repetir cientos de veces, a lo largo de la jornada, la potente afirmación de María: “Hágase en mí según tu palabra”» (Fernando Ocáriz, A la luz del Evangelio, p. 22, Madrid 2020). 

viernes, 28 de mayo de 2021

¡El Señor viene!

El Tiempo Ordinario —desde ahora hasta el Primer Domingo de Adviento— nos da la oportunidad de reflexionar en los textos litúrgicos de cada domingo, desde una perspectiva actual; es decir, de meditar esos textos —tanto los de la Sagrada Escritura como las oraciones— con el enfoque de alguien que está «a la espera» de la plena manifestación de Cristo.

¿Es bueno esperarla? Claro que sí. Desde el principio, la Iglesia primitiva la esperaba con verdadera alegría y repetía incisamente «Maranathá», ¡El Señor viene! «El que no quiera al Señor, ¡sea anatema! «Maranathà»» (Cor 16, 22).

Este deseo de la manifestación de Cristo aparece en otros textos del Nuevo Testamento: En Filipenses, por ejemplo: “Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca” (4: 5). O en Santiago: “Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca” (5: 8). También al final del libro del Apocalipsis: “Ciertamente, vengo en breve” (22: 20 b).

En la Sagrada Escritura nunca se habla de una «segunda» venida de Cristo, sino de una «Venida» en plenitud, que no es distinta la su Primera Venida al mundo, y de su «Tercera» venida —como dice San Berardo— en el tiempo presente; por ejemplo, en la Eucaristía. 

En la Oración colecta de la Misa de este próximo domingo, Solemnidad de la Santísima Trinidad, anhelamos la plena manifestación del Misterio de nuestra fe: 

«Dios Padre, que al enviar al mundo la Palabra de verdad y el Espíritu santificador, revelaste a todos los hombres tu misterio admirable, concédenos que, profesando la fe verdadera, reconozcamos la gloria de la eterna Trinidad y adoremos la Unidad de su majestad omnipotente».

 El encuentro del hombre con el Misterio Trinitario ya se ha dado, en el Misterio Pascual de Cristo y en el envío del Espíritu Santo. Ahora queda que se desvele la Plenitud de ese Misterio: «Y si somos hijos, somos también herederos de Dios y coherederos con Cristo, puesto que sufrimos con él para ser glorificados junto con él» (Rom 8, 14-17, en la 2ª Lectura).

Ahora, la presencia viva de Cristo con nosotros todavía no es plena. Lo será al final: «y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).

Hace tres años, el Papa Francisco explicaba cómo es la presencia Trinitaria en nosotros. 

«Las lecturas bíblicas de hoy nos hacen entender que Dios no quiere tanto revelarnos que Él existe, sino más bien que es el «Dios con nosotros», cerca de nosotros, que nos ama, que camina con nosotros, está interesado en nuestra historia personal y cuida de cada uno, empezando por los más pequeños y necesitados. Él «es Dios allá arriba en el cielo» pero también «aquí abajo en la tierra» (cf. Deuteronomio 4, 39). Por tanto, nosotros no creemos en una entidad lejana, ¡no! En una entidad indiferente, ¡no! Sino, al contrario, en el Amor que ha creado el universo y ha generado un pueblo, se ha hecho carne, ha muerto y resucitado por nosotros, y como Espíritu Santo todo transforma y lleva a plenitud» (Francisco, 27-V-2018).

Sin embargo, la plena unión con el Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, será esencialmente la misma que ya tenemos ahora. Vale la pena recordar las palabras de Benedicto XI en su libro Jesús ese Nazaret.

«Las palabras apocalípticas de antaño adquieren un carácter personalista: en su centro entra la persona misma de Jesús, que une íntimamente el presente vivido con el futuro misterioso. El verdadero «acontecimiento» es la persona que, a pesar del transcurso del tiempo, sigue estando realmente presente. En esta persona el porvenir está ahora aquí. El futuro, a fin de cuentas, no nos pondrá en una situación distinta de la que ya se ha creado en el encuentro con Jesús» (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, II, 3, 2).

  

viernes, 16 de abril de 2021

La luz de la conciencia

Los apóstoles, después de la Resurrección del Señor, ponen en práctica todo lo que Él les enseñó. ¡Cuántas veces le habrán oído hablar sobre el perdón! ¡Cuántas le habrán visto disculpar a algunos diciendo: «no sabe lo que hace»!

Pedro, en uno de sus discursos, narrados por los Hechos de los Apóstoles, sigue el ejemplo de Cristo en la Cruz, que perdona a sus verdugos y dice: «no saben lo que hacen».

«Ahora bien, hermanos, yo sé que ustedes han obrado por ignorancia, de la misma manera que sus jefes» (cfr. Hechos, 3, 17-19). 

La moral cristiana nos recuerda que puede haber personas que tengan una conciencia recta y, sin embargo —siguiendo el eco de la voz de Dios en el corazón de todos los hombres—, actúen equivocadamente. Pueden, en algunos casos, no ser culpables, o plenamente culpables, por esas acciones. Decimos que actuaron con una «ignorancia invencible», en distintos grados. Es decir, la ignorancia puede quitar o disminuir la culpabilidad de las acciones malas. 

San Pedro, al menos supone que quienes lo escuchan han actuado por ignorancia rechazando a Jesús, pidiendo el indulto de Barrabas y dando, finalmente muerte al Mesías. Es una lección de delicadeza y de prudencia para no juzgar sólo por lo que vemos. Dios sólo es el que juzga lo que hay en lo más profundo de los corazones. 

Se suele decir que, quien actúa con una conciencia recta, duerme tranquilo: «En paz, Señor, me acuesto y duermo en paz, pues sólo tú, Señor, eres mi tranquilidad» (Salmo responsorial del próximo domingo).

Por otra parte, todos tenemos la obligación de buscar la verdad y de tener una conciencia recta. La ley natural grabada en el corazón es una guía, en este sentido. Pero no basta, pues las consecuencias del pecado original oscurecen la conciencia. Por eso es necesaria la formación de la conciencia. Es necesario investigar, preguntar, informarse… Así conoceremos realmente a Jesucristo y lo que Él dejó a su Iglesia, y no se podrá decir de nosotros lo que leemos en la Segunda Lectura de la Misa del domingo:

«Quien dice: “Yo lo conozco”, pero no cumple sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él. Pero en aquel que cumple su palabra, el amor de Dios ha llegado a su plenitud, y precisamente en esto conocemos que estamos unidos a él» (cfr. 1 Jn 2, 1-5).

En el Evangelio de la Misa leemos cómo los discípulos de Emaús, después de haberse encontrado con el Señor, en el camino, lo reconocen al partir el pan y, habiendo Él desaparecido de su presencia, vuelven presurosos a Jerusalén y son también testigos de la aparición de Jesús a los apóstoles en el cenáculo.

Hoy podemos reflexionar sobre el modo en que Jesús va llevando a esos dos discípulos —de los cuales uno se llamaba Cleofás— hacia una actitud de fe profunda en el Resucitado.

Cleofás y su amigo van desanimados por el camino de Emaús. Jesús se pone a su lado. No lo reconocen, como tampoco la Magdalena o los apóstoles en la segunda pesca milagrosa. Jesús respeta su libertad. Tiene una gran finura al tratar a las almas. No quiere imponerse, sino facilitar todo para que ellos mismos vean claro y se conviertan. Es maravilloso leer cómo el Señor hace un además de pasar adelante, cuando llegan a Emaús. Era una invitación delicada a que ellos le pidiesen que se quedara, como de hecho lo hicieron: «mane nobiscum», ¡quédate con nosotros!

En este pasaje del Evangelio vemos el respeto del Señor a las conciencias de los hombres. También los discípulos de Emaús eran «ignorantes»: no habían sabido conocer a fondo todo lo que Jesús les había enseñado. Por eso, Él les abre el sentido de las Escrituras —como más tarde también a los apóstoles—, y, finalmente, los introduce en el Misterio de su Amor, al partir el Pan. El resultado es que Cleofás y su amigo, vuelven corriendo a Jerusalén, para ser testigos de Jesús Resucitado.

La ignorancia, la oscuridad, se convierte en luz vivísima. Jesús ilumina las conciencias y las saca del error. También Nuestra Señora tenía una conciencia y actuaba —la Inmaculada— siempre unida a la Verdad de su Hijo. La Reina del Cielo, en este Tiempo de Pascua, nos enseñará a tener una conciencia más delicada y pronta para buscar en todo la Voluntad de Dios.     

viernes, 12 de marzo de 2021

Cristo en la cumbre de las actividades humanas

La Iglesia se viste con ornamentos de color de rosa en señal de su inmensa alegría, cuando ya se acercan los Días Santos.

«Alégrate, Jerusalén, y que se reúnan cuantos te aman. Compartan su alegría los  que estaban tristes, vengan a saciarse con su felicidad» (Antífona de entrada del Cuarto Domingo de Cuaresma).

Los israelitas que iban hacia Jerusalén, entonaban los 15 Cantos graduales, o de subida. Son 15 salmos que manifiestan el gran gozo de llegar a la Ciudad Santa. Jesús, que desde hacía 6 meses había recorrido el camino de «subida» a Jerusalén, también está gozoso, porque se acerca la Hora de la Redención. 

«¡Este es el Día que ha hecho el Señor, gocémonos y alegrémonos en él!» (Salmo 118, 24).

Terminado el destierro de Babilonia, el Rey Ciro permite regresar a todos los judíos a Jerusalén. Es un retorno gozoso de todo el pueblo. 

«Así habla Ciro, rey de Persia: El Señor, Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha mandado que le edifique una casa en Jerusalén de Judá. En consecuencia, todo aquel que pertenezca a este pueblo, que parta hacia allá, y que su Dios lo acompañe» (2 Crónicas, 36, 14-16, 19-23; cfr. Primera Lectura de la Misa).

Todos los cristianos nos alegramos de ir a Jerusalén y, sobre todo, de saber que algún día llegaremos a la Nueva Jerusalén (Cielos Nuevos y Nueva Tierra) y a la Jerusalén Celestial (Reino Celestial).

«Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos a llorar de nostalgia; de los sauces que estaban en la orilla colgamos nuestras arpas. Aquellos que cautivos nos tenían pidieron que cantáramos. Decían los opresores: “Algún cantar de Sión, alegres, cántennos”. Pero, ¿cómo podríamos cantar un himno al Señor en tierra extraña? ¡Que la mano derecha se me seque, si de ti, Jerusalén, yo me olvidara! ¡Que se me pegue al paladar la lengua, Jerusalén, si no te recordara, o si, fuera de ti, alguna otra alegría yo buscara!» (cfr. Salmo 136; salmo responsorial de la Misa).

Este cántico es siempre materia de oración para un alma que espera la Gloria de Dios y el cumplimiento de sus promesas.

San Pablo, en la Segunda Lectura de la Misa (cfr. Ef 2, 4-10), subraya una y otra vez que la salvación que tenemos es un don de Dios. «Con Cristo y en Cristo», repite dos veces, hemos sido salvados. Por la gracia y mediante la fe. 

«Porque somos hechura de Dios, creados por medio de Cristo Jesús, para hacer el bien que Dios ha dispuesto que hagamos» (Ibidem).

¿Cuál es el bien que Dios ha dispuesto que hagamos? Jesús lo dice a Nicodemo en el Evangelio de la Misa. 

«Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna» (Jn 3, 14-21).

Más adelante en su Evangelio, San Juan recoge otras palabras del Señor que completan lo dicho a Nicodemo:

«Y yo, cuando sea levantado (exaltatus fuero) de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32).

El 7 de agosto de 1931, en la Santa Misa, al alzar la Sagrada Hostia después de la consagración eucarística, las palabras de San Juan, cap. 12, v. 32 quedaron grabadas a fuego en el alma de Josemaría Escrivá de Balaguer. Vinieron «a mi pensamiento —escribió aquella misma tarde— con fuerza y claridad extraordinarias». Las "oyó" en el tenor latino de la Vulgata: Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum. Tenía entonces 29 años y todavía no hacía tres que había fundado el Opus Dei. Fue la de aquella mañana una experiencia mística de su espíritu, semejante a otras que se habían dado —y se seguirían dando— en la vida del Siervo de Dios. Me refiero a la irrupción de lo divino en su alma bajo la forma de loquela o locutio divina. A un primer movimiento de temor ante la Majestad de Dios, siguió la paz del "Ne timeas!", soy Yo. «Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana... Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas».

Este último párrafo pertenece a un estudio de Pedro Rodríguez (Romana, 13; 1991), y nos ayuda a comprender lo que quiere Jesús de los cristianos corrientes, que viven en el mundo: poner a Cristo en la entraña y en la cumbre de todas las actividades humanas. Así contribuimos a que, pronto, su Reino entre nosotros sea una realidad.   


viernes, 26 de febrero de 2021

Subir al Tabor con Cristo

En la Transfiguración (cfr. Evangelio de la Misa del 2º Domingo de Cuaresma), Jesús lleva consigo a tres de sus discípulos para que sean testigos de su gloria en el Monte Tabor, y escuchen también a Elías y a Moisés hablar de su Pasión y Muerte.

La Transfiguración es un acontecimiento de oración (cfr. J. Ratzinger, Jesús de Nazaret). Los montes, en Israel, son ante todo lugares de oración. Solamente en un clima de oración se pueden aceptar las realidades sobrenaturales. 

De alguna manera, el Papa Francisco, a través de su Mensaje para la Cuaresma 2021, nos sugiere tomar el camino de la fe, la esperanza y la caridad. Así, acompañando a Jesús al Tabor, podremos luego subir con Él al Calvario.

El Papa relaciona cada una de las tres virtudes teologales con una de las obras de penitencia. La fe con el ayuno. La esperanza con la oración La caridad con la limosna. 

Subiendo al Tabor, con Cristo, ejercitamos la esperanza (porque es un acontecimiento de oración, como hemos dicho), la fe (porque subir siempre implica dejar la comodidad: privarse de algo) y la caridad (sobre todo, porque acompañamos y consolamos al Señor es su «subida» a Jerusalén). 

Al hablar de la esperanza y de la oración, el Papa también incluye, entre estas actitudes del cristiano, a la Confesión Sacramental: 

«Es esperanza en la reconciliación, a la que san Pablo nos exhorta con pasión: «Os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Al recibir el perdón, en el Sacramento que está en el corazón de nuestro proceso de conversión, también nosotros nos convertimos en difusores del perdón: al haberlo acogido nosotros, podemos ofrecerlo, siendo capaces de vivir un diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se encuentra herido. El perdón de Dios, también mediante nuestras palabras y gestos, permite vivir una Pascua de fraternidad» (Mensaje para la Cuaresma 2021).

Además, en este apartado, el Papa nos hace ver que podemos ejercitar la esperanza a través de cosas sencillas y ordinarias, como son tratar de ser amables en el trato con nuestros hermanos que nos rodean. 

«En la Cuaresma, estemos más atentos a «decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan», en lugar de «palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian» (Carta enc. Fratelli tutti [FT], 223). A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser «una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia» (ibíd., 224)» (Ibidem). 

Pero, ¿cómo lograr ese modo de ser y de actuar? Por medio de la oración. 

«En el recogimiento y el silencio de la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina los desafíos y las decisiones de nuestra misión: por esto es fundamental recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura» (Ibidem).

En el momento en que vivimos, muchos esperamos que pronto se cumplan las promesas del Señor sobre el «Tiempo Nuevo» anunciado a lo largo de toda la Sagrada Escritura. También el Papa relaciona nuestra esperanza, y la oración, con esa Nueva Época tan deseada. 

«Vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1-6). Significa recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al tercer día, “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza” (cf. 1 P 3,15)» (Ibidem).

El domingo pasado leíamos en la Liturgia de las Horas un comentario de San Agustín al Salmo 60, muy alentador. Transcribo algunas ideas que nos pueden ayudar a mantener la esperanza a pesar de todo. 

«Dios mío, escucha mi clamor, atiende mi súplica. Te invoco desde los confines de la tierra, con el corazón abatido» (cfr. Salmo 60). Parece que los que hablan son muchos, pero es uno solo, porque Cristo es uno solo, y todos nosotros somos sus miembros. Cristo, Nuestra Cabeza, ha unido a sí a sus miembros, en la tentación (el dolor) y en la victoria. Con Él somos tentados, con Él morimos, y con Él triunfaremos.  

«El Señor se halla presente en todos los pueblos y en los hombres del orbe entero no con gran gloria, sino con graves tentaciones. Pues nuestra vida en medio de esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de de enemigo y de tentaciones. Este que invoca desde los confines de la tierra está angustiado, pero no se encuentra abandonado» (San Agustín, in Salmo 60, Lectio altera del domingo 1º de Cuaresma).

Esto es lo que Jesús trata de hacer con sus discípulos en el Tabor: enseñarles que la Cruz es inevitable, pero que luego viene la Resurrección.

    

viernes, 12 de febrero de 2021

Reconocerse pecador

Pasado mañana celebraremos el 6º domingo del tiempo ordinario que, además, es el 3º de San José. Y, en la semana siguiente, el Miércoles de Ceniza. Tenemos, por tanto, pocos días de preparación para la Cuaresma.

Murillo, El retorno del hijo pródigo

Las tres celebraciones se pueden unir, de modo que, en estos próximos días, tengamos algunos temas importantes que meditar personalmente. 

Uno de ellos es la «lepra del pecado» (cfr. 1ª Lectura y Evangelio de la Misa del domingo). Jesucristo es el Salvador (nombre que se le puso a los ocho días de nacido, que es lo que nos recuerda el Tercer Domingo de San José), que derramó su sangre para redimirnos del pecado, y la muerte segunda. Desde el comienzo de la Cuaresma, muchas veces leeremos textos de la Sagrada Escritura y del tesoro de la liturgia de la Iglesia, que nos hablen del pecado y nos animen a no perder su sentido. 

Se puede decir que en los últimos cien años, se ha ido perdiendo el sentido del pecado; no sólo en el mundo, sino también en la Iglesia. Recuerdo que a principios de la década de los noventa, en una reunión de sacerdotes, tocamos este tema. Yo, quizá ingenuamente, dije que el pecado es, ante todo, una ofensa a Dios. Entonces, uno de los sacerdotes de más prestigio, que tenía un doctorado en teología moral por la Universidad Gregoriana de Roma, me respondió que ese concepto de pecado estaba superado y que, según la Sagrada Escritura, el pecado es «no dar en el blanco». Eso es lo que significa hamartia, la palabra griega para designar al pecado. 

Esta anécdota es un ejemplo de cómo, especialmente después del Concilio Vaticano II, se ha ido perdiendo más y más el sentido verdadero del pecado. Nadie niega que es un «no dar en el blanco», pero es mucho más que eso. Sólo se entiende el pecado cuando vemos a Cristo en su Pasión y en su Muerte en la Cruz. Hasta eso llegó el Amor del Padre para salvar a los hombres: entregar a su propio Hijo a la muerte, y una muerte de Cruz. 

Las heridas de Cristo las hemos causado nosotros con nuestros pecados. Cada uno de nosotros estábamos presentes en la Vía Dolorosa: con nuestro deseo de consolar al Señor, pero también con nuestros pecados. 

Es muy provechoso considerar que el pecado no existe sólo en los grandes pecadores de la humanidad, causantes de genocidios, sino también en nosotros, que parecemos quizá buenas personas, pero que, a lo largo de nuestra vida, hemos preferido hacer nuestra voluntad, y no lo que Dios nos pedía. 

Se suele decir de los santos que, cuanto mas santos, más pecadores se supieron. Por ejemplo, San Josemaría Escrivá decía muchas veces al final de su vida: «Me doy cuenta de que soy un pecador, un gran pecador que ama con toda su alma a Jesucristo» (citado por Ernesto Juliá, En las manos de Dios. Última meditación de Josemaría Escrivá, Ed. Cristiandad, Madrid 2020, p. 126). Y, en un momento de su vida, había previsto que el epitafio en su sepultura dijera: «Josemaría, peccator».  

El 5 de mayo de 1974, decía lo siguiente: 

«Ser santo es saberse pecador. Padre, ¿y su vida? ¿La mía? Os lo voy a contar en un momento: la vida es hacer todos los días, muchas veces al día, de hijo pródigo. ¡Volver! Volver, volver, volver… No me canso de hacer de hijo pródigo y Dios no se cansa de mí, aunque debería estar hasta la coronilla, como se dice en castellano» (Ibidem., p. 126).

Y el 14 de junio:

«Cada día tengo que hacer, no una vez sino muchas, el papel de hijo pródigo. Tengo que ir a Dios con el corazón —en este momento voy— y le digo: Señor, ayúdame, no he sabido portarme como debiera» (Ibidem.).

La Cuaresma es un Tiempo de Gracia en el cual podremos meditar frecuentemente la Pasión del Señor, por ejemplo, a través de los Cinco Misterios Dolorosos del Rosario o del Via Crucis. Así aprenderemos a estar junto a Jesús y a acompañarle en esos momentos de dolor uniéndonos estrechamente a sus cinco llagas.

Terminamos con unas palabras de la última meditación que dirigió san Josemaría Escrivá a sus hijos, en Roma, el 27 de marzo de 1975, en la víspera del 50º aniversario de su ordenación sacerdotal. Faltaban tres meses para su fallecimiento. Era un Jueves Santo: 

«Trato de llegar a la Trinidad del Cielo por esa otra trinidad de la tierra: Jesús, María y José. Está como más asequible. Jesús, que perfectus Deus, perfectus Homo. María, que es una mujer, la más pura criatura, la más grande; más que Ella sólo Dios. Y José, que está inmediato a María: limpio, varonil, prudente, entero. ¡Oh, Dios mío! ¡Qué modelos! Sólo con mirar, entran ganas de morirse de pena: porque, Señor, me he portado tan mal… No he sabido acomodarme a las circunstancias, divinizarme. Y Tú me dabas los medios: y me los das, y me los seguirás dando… Que a lo divino hemos de vivir humanamente en la tierra» (Ibidem. p. 139).  


viernes, 29 de enero de 2021

Cristo, Profeta

El domingo pasado fue la segunda ocasión en la que celebramos el Domingo de la Palabra, que instituyó el Papa Francisco en 2019. La proclamación de la Palabra está estrechamente relacionada con la profecía, de la que trata la Primera Lectura del próximo domingo (4º del tiempo ordinario).

Paris Bordone (1500-1570), Cristo, Luz del mundo  

«En aquellos días, habló Moisés al pueblo, diciendo: “El Señor Dios hará surgir en medio de ustedes, entre sus hermanos, un profeta como yo. A él lo escucharán”» (cfr. Deut 18, 15-20).

Moisés, al final de su vida, recuerda su encuentro con Yahvé en el Monte Sinaí. Los israelitas no querían entonces volver a oír la voz de Dios, ni ver su gran fuego, porque no querían morir. Yahvé dijo a Moisés: 

«Está bien lo que han dicho. Yo haré surgir en medio de sus hermanos un profeta como tú. Pondré mis palabras en su boca y él dirá lo que le mande yo» (Ibidem).

Ese profeta sería Cristo. 

Este texto nos dan pie para reflexionar sobre la verdadera profecía, que no tiene que ver directamente con la predicción del futuro, sino con el don recibido para proferir palabras de verdad, que vienen de Dios; es decir, para —con sabiduría— hablar todo lo que Dios quiere que conozcamos y necesitamos para nuestra salvación. Sin embargo, la profecía sí tiene, en sí misma, una dimensión escatológica que se relaciona con la esperanza. 

En una entrevista que le hicieron al Cardenal Ratzinger en 1988, decía lo siguiente: 

«Pienso que el aspecto escatológico —sin exaltación apocalíptica [nota del entrevisador: “parece que el Cardenal quiere desligarse de la 'exaltación apocalíptica', entendida como una actitud de espera inminente que genera ansiedad ante el futuro, y se fundamenta sólo en conjeturas e hipótesis personales”]— pertenece esencialmente a la naturaleza profética. Los profetas son aquéllos que exaltan la dimensión de la esperanza contenida en el cristianismo. Ellos son los instrumentos que hacen soportable el presente invitando a salir del tiempo, al cual le concierne lo esencial y lo definitivo. Este carácter escatológico, este impulso para superar el tiempo presente, forma parte por cierto de la espiritualidad profética».

Jesucristo es el Profeta esperado, porque anuncia el Evangelio, la Buena Nueva, con autoridad. Todas sus palabras están llenas de esperanza, especialmente al final, cuando habla con sus discípulos en el Cenáculo, y está cerca su Pasión.

En el Evangelio de la Misa del domingo, leemos un texto del Evangelio de San Marcos (1, 21-28). 

«En aquel tiempo, llegó Jesús a Cafarnaúm y el sábado siguiente fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas».

Nosotros, que queremos ser discípulos de Cristo, también participamos del munus propheticum, del oficio profético. No sólo lo tienen los pastores en la Iglesia. También los fieles laicos lo ejercen cuando enseñan y dan a conocer la Palabra de Dios. El Espíritu Santo actúa y nos orienta para que no nos desviemos de la verdad. 

Una madre de familia, cuando enseña a sus hijos a rezar; una catequista, que prepara a los niños para la Primera Comunión; un hombre maduro que se reúne con sus amigos para repasar los elementos centrales de nuestra fe… Todos ellos ejercen el ministerio profético (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 785).

La «autoridad» de Jesús le viene de ser el Hijo de Dios. Nuestra «autoridad», nos llega también por ser hijos de Dios: por participar de la filiación divina que hemos recibido, en Cristo, por nuestro Bautismo. Cuanto mejores recipientes seamos de las abundantes gracias que nos da el Señor, más autoridad tendremos. La autoridad es directamente proporcional a la santidad de la persona, a su amor a Dios.

En la entrevista, a la que hemos aludido antes, el Cardenal Ratzinger advierte sobre tres formas erróneas de entender la profecía, en la actual crisis de fe que pasa la Iglesia, y que podríamos resumir de la siguiente manera: 1ª) el peligro de buscar aquí en la tierra, con los puros medios humanos, la solución a todos los problemas (mesianismo secularista); 2ª) el peligro de huir del mundo y caer en un espiritualismo que se desentiende de las realidades temporales; 3ª) el peligro de refugiarse en exaltaciones apocalípticas, en el sentido en que se explica más arriba; es decir, dejándose llevar por la ansiedad ante los acontecimientos futuros, que imaginamos quizá de modo equivocado, sin confiar plenamente en la gracia de Dios.

La presencia serena de María, en nuestra vida, es garantía de permanecer con Cristo y colaborar con Én en su misión profética, en los tiempos en que nos ha tocado vivir.  


viernes, 22 de enero de 2021

"Está cerca el Reino de Dios"

«Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (cfr. Mc 1, 14-20). Así comienza el Evangelio del Tercer Domingo del Tiempo ordinario, Domingo de la Palabra (ver nota reciente de la Sagrada Congregación para el Culto Divino), y Domingo en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.

Bartolomé Esteban Murillo (1618-1682),
"Ecce Homo"

Con esas palabras comienza Jesús su predicación, que es precisamente sobre la proximidad del Reino de Dios, o Reino de los Cielos. Pero, ¿qué quería el Señor decirnos con esta expresión? A lo largo de la historia de la Iglesia se han dado numerosas interpretaciones, especialmente en el último siglo. Los teólogos se han detenido en ella, porque es muy importante conocer el alcance de su significado.

Por ejemplo, desde muy joven, Joseph Ratzinger mostró un gran interés por la escatología. Como profesor de teología dogmática impartió ese curso en varias ocasiones y escribió un libro, “Escatología: la muerte y la vida eterna”. En el tomo X de sus obras completas, trata sobre la Resurrección y la Vida Eterna. Todo el pensamiento escatológico de Benedicto XVI está dentro de la teología tradicional. Por lo tanto, no se aventura a hablar de un periodo de la historia intermedio entre la Segunda Venida de Cristo (Fin de los Tiempos) y el Fin del mundo. Sin embargo, Conchita González, en una ocasión aclaró a su madre que sí parece que llegará esa etapa de un "milenio" bien entendido, según unas palabras de la Virgen: “no ha dicho fin del mundo, sino fin de los tiempos”. Entre el fin de los tiempos y el fin del mundo podría haber una nueva manifestación del Reino de Dios en la tierra.

En esta semana en que estamos rezando por la unidad en la Iglesia y considerando la importancia de la Palabra de Dios, es importante mantener la unidad sobre los conceptos centrales de la escatología cristiana -sabiendo que hay aspectos que forman parte de la revelación, que están en la Sagrada Escritura y en la Tradición, y han sido explicados por el Magisterio de modo constante a través de los siglos-, y hay también interpretaciones o añadidos por revelaciones privadas, que hay que tomar con precaución, y que no forman parte de la revelación pública y de lo que está en el depósito de la fe. 

La expresión “Reino de Dios” tiene que ver con todo esto, porque precisamente, a partir de ella se puede conocer qué es lo central y cómo hay que entender la Nueva Realidad inaugurada por Cristo. En el Nuevo Testamento y en los escritos paulinos y jónicos se trata numerosas veces sobre este tema. El Reino de Dios es el asunto central de la predicación y de la actividad del Señor. Jesús no sólo anuncia la llegada del Reino, sino que lo trae en su persona, sus obras y sus palabras (cfr. A. García-Moreno, voz Reino de Dios, en Diccionario de Teología, Eunsa, pp. 842-848). Es un mensaje de Jesús y sobre Jesús. 

“Es temporal, porque se materializa en una comunidad que lo acepta, lo vive y lo realiza en el mundo de los hombres.; es escatológico porque debe planificarse en el futuro; y es cristológico porque tiene que ver esencialmente con Jesús y sus discípulos” (Ibidem).

La venida del misterioso Reino de Dios se extiende desde los profetas del Antiguo Testamento hasta el final de los tiempos. Solamente en el futuro alcanzará su plenitud. Sin embargo, ya está presente en las palabras y acciones de Jesús. También en sus discípulos. 

El tiempo se ha cumplido [engiken]”. Esta palabra griega está en un tiempo pasado con implicaciones presentes y que, sin embargo, alude al futuro. Misteriosamente, se unen pasado, presente y futuro escatológico. 

“Esta tensión en torno al tiempo corresponde a la presencia del Reino como algo misteriosamente escondido, incomprensible a "los de fuera", pero revelado a "los de dentro". «A vosotros se os ha dado a conocer el misterio del Reino» (Mc 4, 11). Debe afirmarse, sin embargo, que la frontera entre "los de fuera" y "los de dentro" permanece fluida e in cierta hasta el fin de los tiempos” (Ibidem).

El Reino de Dios está en el mundo desde que Jesús comienza su actividad pública. Pero no es un reino temporal: «Mi reino no es de ese mundo» (Jn 18, 36). Existe ya en la tierra como realidad espiritual incoada, que es semilla y primicia de la plenitud futura.
El Reino, iniciado por la predicación y acciones de Jesús, toma forma en el mundo a través de las obras de sus discípulos. El Reino contiene una dimensión eterna. Sobre todo, es interior: está en los corazones. «El Reino de Dios no llega con signos visibles, ni dirán helo aquí o allí; porque el Reino está dentro de vosotros» (Lc 17, 20). 

El "venga a nos tu Reino", del Padrenuestro, no es una petición puramente escatológica que contemple sólo un tiempo futuro. El creyente pide también que Dios se abra paso y reine en los corazones de los hombres.

“Conviene advertir que todas las interpretaciones existentes del Reino, desde los mismos evangelistas hasta nuestros días, nunca conseguirán reflejar plenamente el alcance y las implicaciones de la predicación y la mente de Jesús acerca de ese misterio” (cfr. Ibidem).

Ya desde ahora podemos contribuir con la implantación del Reino, seguros de que, al final, nos quedaremos asombrados de los planes de Dios.
 

sábado, 7 de noviembre de 2020

Los novísimos

La parábola de las diez vírgenes nos recuerda la necesidad de estar vigilantes, porque no sabemos ni el día ni la hora (cfr. Mt 25, 1-13). La Iglesia, a lo largo del mes de noviembre, nos invita a meditar sobre los novísimos, las realidades últimas (postrimerías) que, a lo largo de la historia de la Iglesia, han sido siempre como una antorcha que ilumina nuestro camino en la tierra. Los cuatro novísimos clásicos son muerte, juicio, infierno y gloria. A ellos se añade el purgatorio. El Papa Benedicto XVI, en su Encíclica Spe salvi, dedica varios números a considerarlos despacio. Vale la pena transcribir algunos párrafos que nos ayuden a tenerlos presentes.
Mateo Cerezo (1663-64),
El juicio de un alma (Museo del Prado)

La opción de vida del hombre se hace en definitiva con la muerte; esta vida suya está ante el Juez. Su opción, que se ha fraguado en el transcurso de toda la vida, puede tener distintas formas. Puede haber personas que han destruido totalmente en sí mismas el deseo de la verdad y la disponibilidad para el amor. Personas en las que todo se ha convertido en mentira; personas que han vivido para el odio y que han pisoteado en ellas mismas el amor. Ésta es una perspectiva terrible, pero en algunos casos de nuestra propia historia podemos distinguir con horror figuras de este tipo. En semejantes individuos no habría ya nada remediable y la destrucción del bien sería irrevocable: esto es lo que se indica con la palabra infierno. Por otro lado, puede haber personas purísimas, que se han dejado impregnar completamente de Dios y, por consiguiente, están totalmente abiertas al prójimo; personas cuya comunión con Dios orienta ya desde ahora todo su ser y cuyo caminar hacia Dios les lleva sólo a culminar lo que ya son [el cielo]” (n. 45).

“No obstante, según nuestra experiencia, ni lo uno ni lo otro son el caso normal de la existencia humana. En gran parte de los hombres -eso podemos suponer- queda en lo más profundo de su ser una última apertura interior a la verdad, al amor, a Dios. Pero en las opciones concretas de la vida, esta apertura se ha empañado con nuevos compromisos con el mal; hay mucha suciedad que recubre la pureza, de la que, sin embargo, queda la sed y que, a pesar de todo, rebrota una vez más desde el fondo de la inmundicia y está presente en el alma” (n. 46).

“Algunos teólogos recientes piensan que el fuego que arde, y que a la vez salva [en el purgatorio], es Cristo mismo, el Juez y Salvador. El encuentro con Él es el acto decisivo del Juicio. Ante su mirada, toda falsedad se deshace. Es el encuentro con Él lo que, quemándonos, nos transforma y nos libera para llegar a ser verdaderamente nosotros mismos” (n. 47). 

domingo, 1 de noviembre de 2020

Llamada a la santidad

La Solemnidad de Todos los Santos nos invita a recordar la llamada universal a la santidad, que proclamó el Concilio Vaticano II en la Constitución Dogmática Lumen Gentium: “Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre” (n. 11). “En la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la Jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: «Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación» (1 Ts 4, 3; cf. Ef 1, 4)” (n. 39). “Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado” (n. 42).

Pero, ¿qué es la santidad?, ¿qué tenemos que hacer para alcanzarla?, ¿en qué se nota que una persona va por el camino de la santidad o se aleja de él?

Es natural que, cada uno, nos hagamos estas preguntas u otras parecidas. Sabemos que sólo Dios es Santo y Bueno, como le dijo Jesús al joven rico (cfr. Mc 10, 18). Además, en este mundo no hay ningún “santo”. Todos somos pecadores. Un gran “santo” puede convertirse en un gran pecador, y un gran pecador, en un gran santo. Alcanzaremos la plenitud de la santidad en la vida eterna.

Por otra parte, sólo Dios conoce lo que hay en cada hombre (cfr. Jn 2, 24). Nosotros podemos equivocarnos al juzgar a las personas. Alguien que no tiene apariencia de santo puede llevar una vida de santidad mayor que otro, que parece muy santo.

Todos recibimos muchos dones de Dios, pero en diversa medida. Lo decisivo es cómo correspondemos a esas gracias. Qué tan generosos somos, habiendo conocido el gran amor que el Padre nos tiene, en Jesucristo, responder decididamente a las inspiraciones y dones del Espíritu Santo.

Las virtudes heroicas que se piden a los santos, para su canonización, no son sucesos notables que ellos mismos hayan realizado por sí mismos, sino obras que Dios ha hecho a través de ellos, porque han sido muy dóciles a la gracia. Han sido hombres y mujeres de mucha oración: amigos verdaderos de Dios, que hablan con el Amigo y reciben la fuerza de Él, como Moisés, que hablaba cara a cara con el Señor (cfr. Ex 3, 11).

Ese es el secreto de la santidad de María: su profunda unión con Dios. 

viernes, 30 de octubre de 2020

Avanzar por el Camino

Hay un refrán conocido que dice: “el que no avanza, retrocede”. Mientras vivimos en la tierra, va pasando el tiempo, pero cada segundo es una ocasión de ir hacia delante. “Tempus breve est” (1 Cor 7, 29) dice san Pablo. Es corto el tiempo para amar. Hay que aprovecharlo para seguir avanzando, mientras tenemos tiempo.

Una de las comunidades más queridas de san Pablo es la de Filipos. “Gaudium et corona mea” (Fil 4, 1). Son su gozo y su corona. Desde el principio de la carta que les escribe, manifiesta el gran amor que les tiene: “Dios es testigo de cuánto los amo a todos ustedes con el amor entrañable con que los ama Cristo Jesús. Y ésta es mi oración por ustedes: Que su amor siga creciendo más y más y se traduzca en un mayor conocimiento y sensibilidad espiritual” (cfr. Fil 1, 1-11).

Pero, aunque los alaba por su fidelidad y colaboración en el anuncio del Evangelio, les insiste también en que no pueden conformarse con lo ya alcanzado, sino que tienen que seguir creciendo: “Estoy convencido de que aquel que comenzó en ustedes esta obra, la irá perfeccionando siempre hasta el día de la venida de Cristo Jesús” (Ibidem).

Estas últimas palabras están en la liturgia de la ordenación sacerdotal. La Iglesia pide para que sus sacerdotes se asemejen cada vez más a Cristo. El Espíritu Santo, que es el Santificador, irá llevándonos hacia la configuración plena con Jesucristo, de modo que seamos otro Cristo, el mismo Cristo.

Ya no soy el que vivo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2, 20). Para parecernos más a Cristo tenemos tres caminos, que son los que la Iglesia nos ha recomendado siempre: 1°) el conocimiento de Jesucristo a través de la lectura y meditación diaria de la Sagrada Escritura, especialmente de los Evangelios, de modo que seamos como uno de aquellos personajes que aparecen y sigamos al Señor muy de cerca, en la vida ordinaria; 2°) la frecuencia de sacramentos (particularmente de la Penitencia y la Eucaristía), que son como las huellas que de Cristo ha dejado en la tierra, para que sigamos sus pisadas; y 3°) la práctica del mandamiento del amor hacia nuestros hermanos, pues en cada uno está a Cristo.   

Así podrán escoger siempre lo mejor ―nos dice san Pablo―y llegarán limpios e irreprochables al día de la venida de Cristo, llenos de los frutos de la justicia, que nos viene de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios” (cfr. Fil 1, 1-11).  

María, que escogió lo mejor, nos ayudará a avanzar por el Camino. 

martes, 20 de octubre de 2020

¿Cómo estar vigilantes?

San Pablo, en la Carta a los de Éfeso, les habla de esperanza. Benedicto XVI, en su Encíclica Spe salvi (2007, n° 6) recuerda la situación de los paganos que no tenían a Cristo vivían “sin Dios y sin esperanza, en el mundo” (Ef 2, 12). Nosotros, en cambio, ya no somos “extranjeros ni advenedizos; son conciudadanos de los santos y pertenecen a la familia de Dios, porque han sido edificados sobre el cimiento de los apóstoles y de los profetas, siendo Cristo Jesús la piedra angular” (Ef 12, 22).

Este es el fundamento de nuestra dignidad de hijos de Dios. Sobre él hemos de construir toda nuestra vida. Aquí se basa nuestra esperanza. Nos encontraremos con Cristo, cuando vuelva. Y no hay que esperar al final de los tiempos. Nos podemos encontrar con Él cada día, en cada momento, fundados en la esperanza: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas. Sean semejantes a los criados que están esperando a que su señor regrese de la boda, para abrirle en cuanto llegue y toque. Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela. Yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá. Y si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos ellos” (Lc 12, 35-38).

Fundados en el terreno firme de nuestra dignidad cristiana, ¿cómo podemos estar vigilantes? Hace poco leía un libro titulado “Viaje al Centro del hombre” y que tiene tres capítulos, que son como tres “expediciones” que hay que emprender, para llegar al centro del hombre y conseguir una buena vida (digna, sencilla y feliz): 1°) En el terreno firme de la dignidad, 2) por la selva de lo superfluo y 3) Escalada hacia las propias cumbres (Cfr. Carlos Llano Cifuentes, Viaje al Centro del Hombre, Rialp, 1999).

Me parecen muy sugestivos los títulos de los capítulos. Después de tratar sobre la dignidad del hombre (vida digna o verdadera), dice que, para llegar a la meta (el Amor de Dios), es necesario no quedarse atrapado en la selva de los superfluo (lo temporal, pasajero y caduco); es decir, llevar una vida sencilla o bella; y, además, elevarse hacia las propias cumbres, que son las del Amor (a Dios y a nuestros hermanos), mediante la donación sincera de nosotros mismos. Sólo asá alcanzaremos una vida feliz o buena.

Jesús va por delante y nos anima a “estar vigilantes”. ¿Cómo? Teniendo en cuenta estos tres elementos de nuestro seguimiento de Cristo, que aparecen claramente en el ejemplo que nos da Nuestra Señora

domingo, 18 de octubre de 2020

¿Qué es la Misión, en la Iglesia?

El Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND) nos invita a reflexionar sobre qué es la misión y porqué es importante que todos participemos en ella.

Jesús escoge a sus apóstoles después de haber pasado la noche en oración. Esto es significativo: la oración precede a la misión. Los llama para que estén con él y para enviarlos. Esto también nos dice mucho. Lo primero es la búsqueda de la santidad (estar con Jesús) y apostolado (servir). En la Plegaria Eucarística II le damos gracias al Padre porque nos hace dignos “de servirte en tu presencia” (“astare coram te et tibi ministrare”).   

El apostolado es misión. Ambas palabras tienen una misma etimología. El término saliah, en hebrero quiere decir enviado, pero con un matiz particular: el que es enviado y hace las veces del que lo envía, es el embajador. Eliezer, enviado por Abraham e Isaac, escoge a Rebeca para esposa de Isaac, esta da su consentimiento y el matrimonio se considera definitivo. «El que os recibe, me recibe; el que me recibe, recibe al que me envió» (Mt 10,40).

Jesús envía, pero él, a su vez, es enviado por el Padre junto con el Espíritu Santo. «Como me envía el Padre, así os envío yo» (Jn 20, 21). El origen del envío apostólico hay que buscarlo en las misiones trinitarias: primero la misión creadora y luego la misión re-creadora, por las que el Padre —que es invisible y nunca se manifiesta directamente— actúa. Por medio de su «dos manos» (el Hijo y el Espíritu Santo) santas y venerables, como dice San Ireneo, que nos tocan, nos toman y nos consagran a Él, el Padre nos crea y nos re-crea.

Nuestra misión apostólica consiste en ser imágenes vivas del Padre, que deben imprimir en los otros el sello filial y llenar esta efigie con el Espíritu, que la animará en ellos.

En la Iglesia todos somos misioneros y profetas. «El profeta es aquel que dice la verdad en virtud de su contacto con Dios; la verdad para el presente que naturalmente también ilumina el futuro (…); hacer presente en este momento la verdad de Dios e indicar el camino que hay que tomar; (…) el profeta (…) ayuda a comprender y a vivir la fe como esperanza (…). Veo el núcleo o la raíz del elemento profético en este «cara a cara» con Dios, en «conversar con Él como un amigo». Sólo en virtud de este encuentro directo con Dios, el profeta puede hablar en el tiempo (…). Cristo es el profeta definitivo, porque es el Hijo (…). (Entrevista al Cardenal Ratzinger, de Niels Christian Hvidt, El problema de la profecía cristiana, 16 de marzo de 1998). María es la primera “profeta” de su Hijo.