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viernes, 21 de mayo de 2021

La Venida del Espíritu Santo

El Espíritu Santo es «el que viene», como Jesús, que también «vino». Decía San Ireneo de Lyon (+202) que Cristo y el Espíritu Santo son como las «dos manos del Padre». Ambas Personas Trinitarias «vienen» al mundo para salvarlo del pecado, del demonio, de la muerte. Vienen para darnos la Vida Nueva, para hacer posible que la Santísima Trinidad inhabite en nosotros.

Durante el Adviento repetimos: «¡ven, Señor Jesús!». Durante los días posteriores a la Ascensión del Señor a los Cielos, rezamos: «Veni, Sancte Spiritus!», «¡Veni, Creator Spiritus». Son dos himnos litúrgicos admirables, que nos ayudan a conocer y tratar más al Paráclito en nuestra alma. 

Los primeros cristianos anhelaban la Segunda Venida de Cristo. Muchos de los primeros Padres de la Iglesia son testigos de este gran deseo de la primitiva cristiandad, de la naciente Iglesia. En nosotros, el paso de los años (centenares, miles…), quizá ha apagado este deseo perentorio. Vemos lejano ese momento o, al menos, muy incierto. A lo largo de la historia ha habido épocas en las que se ha encendido, sobre todo cuando había grandes calamidades (el año 1000, la peste negra del sigo XIV…). Ahora, en nuestro tiempo, también hay muchas voces —algunas de ellas de gran pesos— que nos invitan a no estar como dormidos, sino muy despiertos y en vela, para esperar con gozo siempre nuevo la Venida del Salvador. 

Pero también hay voces autorizadas que nos hablan de una Segunda Venida del Espíritu Santo. Ya sabemos que el Espíritu vino una vez, en Pentecostés, y su presencia es constante en la Iglesia. El Gran Desconocido está siempre activo en las almas que son dóciles a su acción.

Sin embargo, así como en la vida de las personas hay momentos de efusión especial del Espíritu (por ejemplo, cuando decidimos seguir la vocación que Dios da a cada uno, o en otros momentos cruciales de la propia vida), también en la Iglesia el Espíritu actúa con mayor o menor fuerza, según las épocas y acontecimientos históricos. 

En las apariciones que tuvieron lugar hace ya casi sesenta años en San Sebastián de Garabandal, La Virgen comunicó a las niñas videntes que, pronto, al menos durante la vida de una de ellas (Conchita, que tiene ahora 72 años de edad), habría como una Segunda Venida del Espíritu sobre todas las personas que vivan en el mundo cuando ocurra: es el Aviso. 

El Aviso tendrá lugar junto con una manifestación exterior del poder de Dios que será como si «dos astros chocasen» en el cielo. Pero el aspecto más importante será el interior: todos veremos nuestra propia vida con gran claridad. Conoceremos el estado de nuestra alma frente a Dios. El Espíritu Santo nos iluminará para que, cada uno, tome una decisión vital: aceptar el amor de Dios o rechazarlo. 

Hay mucha literatura sobre este fenómeno que también se llama «iluminación de las conciencias». Ya algunos lo han experimentado personalmente: por ejemplo, María Vallejo Nájera, en Medjugorje.

La próxima Solemnidad de Pentecostés nos puede ayudar a recordar que debemos estar preparados para esa «Segunda Venida del Espíritu» al mundo, de modo que respondamos con la fidelidad de los apóstoles y de Nuestra Madre.        

viernes, 8 de enero de 2021

El valor de las revelaciones privadas

Como recordábamos en la última entrada, el mensaje de Garabandal tiene un contenido escatológico, que va unido al resto de lo que Nuestra Señora quería comunicar a las niñas.

Seguramente muchos de nosotros hemos conocido bien los detalles de las apariciones que tuvieron lugar en Garabandal hace casi 60 años, y estamos convencidos de que son verdaderas, de la verdad de su contenido, y también de su verdad profética y escatológica (el Aviso, el Milagro, el Castigo).

Las cuatro niñas de Garabandal

Además, nos damos cuenta del gran bien que ese mensaje ha hecho a muchísimas personas y de cómo nos impulsa a buscar la santidad con más decisión. Sin embargo, notamos, en muchos de nuestros conocidos, una resistencia a “creer” en ellas, o de al menos interesarse por conocerlas.

Por otra parte, en los últimos años, gracias a la facilidad para conocer lo que pasa en todo el mundo, hemos sabido de la existencia de muchas revelaciones privadas, del Señor o de la Virgen. Si quisiéramos hacer una lista de ellas, seríamos incapaces de abarcarlas todas.

Es frecuente que nos encontremos amigos que nos hagan las siguientes preguntas: ¿un buen cristiano, debe interesarse por las apariciones y revelaciones privadas pasadas y actuales?; ¿se puede tener una fe madura sin tener en cuenta esas revelaciones?; ¿hasta qué punto es obligatorio aceptar que el Señor desea que nos interesemos por ellas y que escuchemos lo que nos quiere decir a través de ellas?

Me parece que, para responder a estas preguntas, además tener en cuenta las Normas sobre el modo de proceder en el discernimiento de presuntas apariciones y revelaciones (1978), y el Prefacio a las mismas de la Congregación para la Doctrina de la fe (2011), de  es necesario recordar lo que escribió Benedicto XVI en 2010) [las negritas son nuestras]:

«De este modo, la Iglesia expresa su conciencia de que Jesucristo es la Palabra definitiva de Dios; él es “el primero y el último” (Ap 1,17). Él ha dado su sentido definitivo a la creación y a la historia; por eso, estamos llamados a vivir el tiempo, a habitar la creación de Dios dentro de este ritmo escatológico de la Palabra; “la economía cristiana, por ser la alianza nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Jesucristo nuestro Señor (cf. 1 Tm 6,14; Tt 2,13)” (Dei Verbum, n. 4). En efecto, como han recordado los Padres durante el Sínodo, la “especificidad del cristianismo se manifiesta en el acontecimiento Jesucristo, culmen de la Revelación, cumplimiento de las promesas de Dios y mediador del encuentro entre el hombre y Dios. Él, 'que nos ha revelado a Dios' (cf. Jn 1,18), es la Palabra única y definitiva entregada a la humanidad”. (Propositio 4). San Juan de la Cruz ha expresado admirablemente esta verdad: “Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra... Porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado a Él todo, dándonos el todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra cosa o novedad” (Subida al Monte Carmelo, II, 22)» (Exhortación Apostólica Postsinodal Verbum Domini, n. 14).   

Teniendo presente todo esto, el Santo Padre Benedicto XVI destaca:

«El Sínodo ha recomendado “ayudar a los fieles a distinguir bien la Palabra de Dios de las revelaciones privadas” (Propositio 47), cuya función “no es la de... 'completar'  la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia” (Catecismo de la Iglesia Católica, 67). El valor de las revelaciones privadas es esencialmente diferente al de la única revelación pública: ésta exige nuestra fe; en ella, en efecto, a través de palabras humanas y de la mediación de la comunidad viva de la Iglesia, Dios mismo nos habla. El criterio de verdad de una revelación privada es su orientación con respecto a Cristo. Cuando nos aleja de Él, entonces no procede ciertamente del Espíritu Santo, que nos guía hacia el Evangelio y no hacia fuera. La revelación privada es una ayuda para esta fe, y se manifiesta como creíble precisamente cuando remite a la única revelación pública. Por eso, la aprobación eclesiástica de una revelación privada indica esencialmente que su mensaje no contiene nada contrario a la fe y a las buenas costumbres; es lícito hacerlo público, y los fieles pueden dar su asentimiento de forma prudente. Una revelación privada puede introducir nuevos acentos, dar lugar a nuevas formas de piedad o profundizar las antiguas. Puede tener un cierto carácter profético (cf. 1 Ts 5,19-21) y prestar una ayuda válida para comprender y vivir mejor el Evangelio en el presente; de ahí que no se pueda descartar. Es una ayuda que se ofrece pero que no es obligatorio usarla. En cualquier caso, ha de ser un alimento de la fe, esperanza y caridad, que son para todos la vía permanente de la salvación. (Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, El mensaje de Fátima, 26 de junio de 2000: Ench. Vat. 19, n 974-1021)» (Ibidem).

Me parece que cabe destacar la siguiente frase: “Es una ayuda que se ofrece pero que no es obligatorio usarla. Y también la palabra “puede”, utilizada varias veces al final de la cita, para indicar que es opcional aprovechar la ayuda que prestan las apariciones privadas a nuestra fe, para hacerla más madura (de ahí que, de entrada, no se puedan descartar: es decir, tener un prejuicio sistemático hacia ellas).

Por lo tanto pienso que hay que distinguir entre 1) el contenido escatológico de la Revelación (Dios Cosumador), que todos debemos de conocer y aplicar a nuestra vida cristiana, y 2) las formas opcionales de entender  y vivir ese contenido escatológico, como son las que conocemos a través de las revelaciones privadas o de las diversas interpretaciones que se pueden dar al contenido de la revelación sobre el Fin de los Tiempos.

jueves, 16 de julio de 2020

Nuestra Señora del Carmen

Durante el tiempo de la pandemia, seguramente habremos intentado crecer un poco "hacia adentro", como aconseja el punto 294 de Camino: "No se veían las plantas cubiertas por la nieve. —Y comentó, gozoso, el labriego dueño del campo: «ahora crecen para adentro». —Pensé en ti: en tu forzosa inactividad... —Dime: ¿creces también para adentro?". Ahora, después de tres meses de "inactividad", nos disponemos a reanudar la misión de este blog: "hacer eco" a las apariciones de Nuestra Señora en San Sebastián de Garabandal.


Virgen del Carmen con Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz, San Simón Stock, San José, la Santísima Trinidad y las almas del purgatorio. Óleo sobre lámina de cobre. Autor desconocido. Siglo XVIII. Sala Mariana de la Pinacoteca de La Profesa, en la Ciudad de México. 

Por consejo de un sacerdote amigo, desde hace dos meses, comencé a redactar, con cierta periodicidad, unas breves "cápsulas en tiempo de pandemia", especialmente dirigidas a los sacerdotes del centro de la ciudad de México. Esta ha sido la motivación para tomar de nuevo la pluma: utilizar como modelo esos escritos y ponerlos también en este blog, pues todos ellos, como es natural, se relacionan con lo que Nuestra Señora quiere que hagamos en estos momentos de la historia que nos ha tocado vivir, y así nos preparemos para "El Aviso" que, al parecer, no tardará mucho en llegar.

La motivación más inmediata ha sido la fiesta de Nuestra Señora del Carmen, que hoy celebramos. Esta circunstancia me ha recordado que la Virgen se apareció en Garabandal precisamente bajo esta advocación. ¿Porqué la habrá escogido Nuestra Madre? Según el conocimiento más o menos amplio que tengamos sobre las apariciones, cada uno podremos intentar descubrir diversas causas. Lo importante es que Ella ha querido manifestarse como Madre protectora, que desea ayudarnos en momentos difíciles, y que nos pide que le tangamos plena confianza, como lo ha hecho siempre. Pues "jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a Ella, implorado su asistencia y reclamado su socorro, haya sido abandonado" (Acordaos, Oración de San Bernardo).

Y ahora, pasemos a la "cápsula en tiempo de pandemia" que corresponde al 16 de julio. Es la n° 33 de las escritas a los sacerdotes mexicanos. Espero que estas "capsulas" puedan ayudarnos a todos a "crecer más para adentro" en el amor de Dios, y también a "salir más hacia fuera", en el amor a nuestros hermanos. 

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"En aquel tiempo, Jesús dijo: “Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio”" (Mt 11, 28). Al celebrar la memoria de Nuestra Señora del Carmen, comprendemos que Jesús ha encargado a su Madre que coopere con Él en esta tarea de aliviar y consolar. Ella, la Mujer sencilla que meditaba las palabras y los gestos de Jesús con un corazón manso y humilde, se acerca a sus hijos continuamente para hacer el yugo del Señor suave y su carga ligera.

Algunas veces, la Virgen se ha aparecido, de manera extraordinaria, a hombres y mujeres escogidos, que han tenido la dicha de verla y escucharla aquí en la tierra. Una de ellas fue en el siglo XIII, al sexto general de la Orden del Monte Carmelo, San Simón Stock (+1265). Según la tradición, la aparición de Nuestra Señora, rodeada de ángeles, tuvo lugar el 16 de julio de 1251, y le mostró el santo Escapulario de la Orden diciéndole: "Este será el privilegio para ti y todos los carmelitas; quien muriere con él no padecerá el fuego eterno, es decir, el que con él muriere se salvará". Este santo había sido ermitaño en Inglaterra y luego se incorporó a la Orden de los Carmelitas que, como sabemos nació en el siglo XII, en el Monte Carmelo (“Karmel” = jardín), donde el profeta Elías lucho en la defensa de la pureza del Dios de Israel, venciendo a los profetas de Baal (cfr. 1 Re 18, 20-40). Después de tres años de sequía, subió al Carmelo y, desde su cumbre, vio cómo se acercaba una pequeña nubecita portadora de la lluvia tan deseada, que ponía fin a aquel tiempo de prueba. Esa pequeña nube una imagen de María Estrella del Mar y patrona de los marineros. Desde el principio, los ermitaños carmelitas la tuvieron como protectora y, al ser aprobados por el Papa Inocencio IV en 1247, tomaron por nombre el de Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo.

El escapulario del Carmen se puede imponer a todos los que deseen ponerse bajo la protección de Nuestra Madre, incluidos los no católicos. Con su ayuda podremos llevar el suave yugo de Cristo. Es un sacramental por el que manifestamos nuestro amor a la Virgen, Madre de la Misericordia y de la Esperanza (cfr. nuevas invocaciones de la Letanía Lauretana, aprobadas por el Papa Francisco recientemente).

La Virgen del Carmen está vinculada con las almas del purgatorio. Ella será nuestra abogada y defensora en el momento en que seamos juzgados, por ejemplo, en el momento del Aviso, en que necesitaremos la ayuda de Nuestra Madre.      

sábado, 3 de agosto de 2019

Los "Dictados de Jesús a Marga" en este blog


En este blog (Ecos de Garabandal) que, desde su inicio en enero de 2013, tiene actualmente 479 posts publicados, hemos mencionado a Marga en 151 posts.  

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Marga y el P. Rojas entregando los libros al Papa Francisco 


Marga es una mujer española —madre de familia, casada, con cuatro hijos—, que vive a las afueras de Madrid, y que desde 1998 ha recibido muchos mensajes de Jesús y de María sobre lo que espera Dios del mundo actual. Todos van dirigidos a que nos convirtamos, buscando un trato más enamorado y constante con el Corazón de Jesús —que está oculto en la Eucaristía—, a través de una devoción más confiada e intensa a Nuestra Señora.

Para conseguir ese objetivo, el Señor ha pedido a Marga que, con la ayuda de su director espiritual —el P. Ángel María Rojas, S.J.—, publique tres libros que forman una trilogía. El primero contiene algunos de los mensajes recibidos (no todos, porque hay mensajes para Marga exclusivamente o para otras personas) entre 1998 y 2005. El segundo, entre 2005 y 2012. Y el tercero, entre 2012 y 2015. Además, se ha publicado un cuarto libro que se centra en las Consagraciones al Corazón Inmaculado de María y al Corazón Sacratísimo de Jesús.

A partir de 2017 no se han publicado más libros, pero sí algunos mensajes aislados, que aparecen, de vez en cuando, en la página web (cfr. vdcj.org).    

En este post hacemos una recopilación de todos los lugares donde mencionamos a Marga. De los 151 posts, hay 43 posts que están agrupados en siete series (9, 3, 7, 12, 5, 9 y 8).

La primera ocasión en la que aparece su nombre en Ecos de Garabandal es en el post del 28 de febrero de 2013. Ahí mencionamos la profecía sobre una salida del Papa de la ciudad de Roma antes del Aviso anunciado en Garabandal. En ese post, que ha tenido más de 32 mil visitas, en un principio nos referíamos a Benedicto XVI, pero, más tarde, añadimos una acotación, en la que decimos que, más bien, esa profecía parece referirse al Papa Francisco.

Los días 4 y 5 de abril de 2013, dedicamos dos posts exclusivos para explicar quién es Marga.

Después, mencionamos a Marga también en otros posts (9 y 11 de abril de 2013).    

Animados por la lectura de los libros publicados sobre los mensajes recibidos por Marga en ese momento (Tomos I y II de su trilogía), escribimos la primera serie sobre Marga titulada “Mensajes a Marga sobre Garabandal”. Fueron nueve posts (23, 24, 25, 26, 27 y 30 de abril; y 2, 3 y 4 de mayo). Si hay una aparición que se menciona frecuentemente en los mensajes que recibe Marga, es la que ocurrió a cuatro niñas en la aldea de San Sebastián de Garabandal (Cantabria) entre 1961 y 1965.

Luego, hemos dedicado muchos posts a recoger el contenido de los mensajes de Jesús y María a Marga, como los publicados en las siguientes fechas:

Año 2013: en mayo (8, 10, 14, 18 y 30); en junio (7 y 20); en julio (5, 12, 16 y 25); en agosto (14); en septiembre (18).

Año 2104: en enero (8, 15, 22 y 29); en abril (5, 12, 19 y 26); en mayo (3 y 24); en junio (1, 7, 14, 21 y 28); en julio (7, 12, 19 y 26); en agosto (2, 9, 16, 23 y 30); en septiembre (6, 13 y 20); en octubre (11); en noviembre (23); en diciembre (27).     

Año 2105: en enero (3 y 10); en agosto (15, 22 y 29); en septiembre (5, 12, 19 y 26); en octubre (3, 10, 17, 24 y 31); en noviembre (7).

En diciembre de 2015 redactamos una nueva serie (la segunda), de tres posts, titulada: “La Misericordia en los Dictados de Jesús a Marga” (12, 19 y 26 de diciembre de 2015).

En febrero de 2016 escribimos la tercera serie, de siete posts,  titulada “Conversión” (6, 13, 20 y 27 de febrero; y 5, 12 y 19 de marzo).

Los días 26 de marzo y 2 de abril de 2016 escribimos dos posts importantes, con el contenido de los mensajes de Marga: “Silencio y espera” y “Una nueva etapa en el camino”.

E inmediatamente comenzamos a escribir la cuarta serie de los escritos de Marga, titulada “Permanecer con el sucesor de Pedro”, con doce posts (9, 23 y 30 de abril; 21 de mayo; 25 de junio; 16, 23 y 30 de julio; 6, 13, 20 y 27 de agosto). Todo en el año 2016. Mañana se cumplen cuatro años de un mensaje importante que Jesús dio a Marga (04-08-2015), y que resume la necesidad de estar unidos al Papa Francisco. 

En ese año, intercalados con los posts de la cuarta serie, escribimos cinco posts de una quinta serie titulada “Garabandal en los Dictados de Jesús a Marga”, para completar la primera serie que tocaba ese mismo tema (4, 11 y 18 de junio; 2 y 7 de julio).

Intercalados entre las series cuarta y quinta, escribimos varios posts con mensajes de Marga: 16 de abril, 7 de mayo (en el que anunciamos la presentación que hubo en Madrid de los tres tomos de la Verdadera Devoción al Corazón de Jesús), 14 y 28 de mayo, y 10 de septiembre.

El 17 de septiembre de 2016 dimos comienzo a una nueva serie, la sexta, en la que insistimos (como lo hace Jesús y María en sus mensajes a Marga) sobre la necesidad de permanecer fieles al Papa Francisco. Lleva por título “¡Todos con Pedro a Jesús por María!”, y se dedican a ella nueve posts (17 y 24 de septiembre; 1, 8, 15, 22 y 29 de octubre; 5 y 12 de noviembre de 2016).

Hemos vuelto a hablar de Marga, a partir de entonces, en los siguientes posts: 19 y 26 de noviembre de 2016; y luego en el año 2017: 18 de marzo; 2 de mayo; 23 de septiembre; 7 y 14 de octubre; y 25 de noviembre.

A finales del año 2017 iniciamos la última serie, la séptima, sobre los Dictados de Jesús a Marga, de ocho posts. Tiene por título “El problema de la profecía cristiana”, en la que también hacemos referencia a un escrito sobre la profecía del Papa Benedicto XVI. Las fechas de los posts son: 16, 23 y 30 de diciembre de 2017; 6, 13 y 20 de enero de 2018; 3 y 17 de febrero de 2018.

Luego, en el año 2018, hemos escrito más posts en los que aparece Marga: 24 de febrero; 3 de marzo; 28 de abril; 9, 16, 23 y 30 de junio; y 22 de septiembre.         

En 2019 hemos escrito los siguientes posts: 5, 12, 19 y 26 de enero; 2 de febrero; 2, 23 y 30 de marzo; 18 de mayo y 22 de junio.

Con esto terminamos las referencias que, hasta, ahora, hemos hecho en este blog a los Dictados de Jesús a Marga.


sábado, 30 de marzo de 2019

Pasión y Muerte del Señor


Al final del segundo mensaje de la Virgen a las niñas de Garabandal, Nuestra Señora les decía: “Pensad en la Pasión de Jesús” (18 de junio de 1965). Eso queremos hacer ahora: meditar un poco sobre la Pasión y Muerte de Cristo.    

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14. Pasión de Cristo. Amor a la Cruz. Mortificación

Después de que Jesús oró en Getsemaní es prendido y llevado Anás y Caifás. Este último era el Sumo Sacerdote. Pasó Cristo la noche en un calabozo y, en la mañana, es presentado a Pilato para que lo juzgue y lo condene a morir en la Cruz.

Los grandes músicos de los siglos XVII y XVIII compusieron sus “Pasiones”, como la Pasión según San Mateo de Juan Sebastián Bach. Son composiciones que tocan profundamente nuestra sensibilidad y nos ayudan a estar junto a Cristo para acompañarlo y consolarlo en esas horas de intenso sufrimiento.

Se cumplen en Él las profecías que había hecho el segundo Isaías en el Poema del Siervo de Yahvé.

En el Prólogo del Via crucis, San Josemaría Escrivá de Balaguer expone la situación espiritual en que podemos sumergirnos para contemplar con más fruto la Pasión del Señor.

“Señor mío y Dios mío, bajo la mirada amorosa de nuestra Madre, nos disponemos a acompañarte por el camino de dolor, que fue precio de nuestro rescate. Queremos sufrir todo lo que Tú sufriste, ofrecerte nuestro pobre corazón, contrito, porque eres inocente y vas a morir por nosotros, que somos los únicos culpables. Madre mía, Virgen dolorosa, ayúdame a revivir aquellas horas amargas que tu Hijo quiso pasar en la tierra, para que nosotros, hechos de un puñado de lodo, viviésemos al fin "in libertatem gloriae filiorum Dei", en la libertad y gloria de los hijos de Dios”.

Tenemos muchos recursos para meditar la Pasión. En primer lugar están los relatos de los cuatro evangelistas, llenos de piedad y riqueza espiritual. Después están el Via Crucis y los cinco Misterios Dolorosos del Santo Rosario. Se han escrito muchos comentarios, a lo largo de los siglos, sobre estas devociones cristianas.

Además, hay algunos libros especialmente provechosos, como “La Pasión” del Padre La Palma, jesuita del siglo XVI. O la descripción que hace Fray Justo Pérez de Urbel en su “Vida de Cristo”.

Meditar asiduamente en la Pasión de Cristo (si es posible, todos los días) nos ayudará a identificarnos con el Señor para que “no quede vacía la Cruz de Cristo” (1 Cor 1, 17) en nosotros.

La Cruz es el signo del cristiano. Nuestros padres nos enseñaron a santiguarnos con la señal de la Cruz cuando éramos niños. El sacerdote nos bendice con la Cruz, que nos acompaña desde el principio hasta el final de nuestra vida. Queremos identificarnos con la Cruz, que es el Sello real del cristiano.

Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo hacer realidad en nuestra vida lo que pidió el Señor a sus discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc 14, 27)?

Lo primero es amar la Cruz del Señor, desear ayudarle a llevarla, unirnos a sus sufrimientos y tratar de consolarlo.

Las siguientes invocaciones a Jesucristo se pueden aplicar también a su Cruz gloriosa.

Dominus noster Iesus Christus apud me sit, ut me defendat / intra me sit ut me reficiat / circa me sit ut me conservet /ante me sit ut me deducat / post me sit ut me custodiat / super me sit ut me benedicat /, qui cum Patre et Spiritu Sancto vivit et regnat in saecula saeculorum. Amen. Dirigat Dominus viam meam. Et collocet me Christus in Gloria sua”.

No hay cristianismo sin Cruz. No podemos resucitar con Cristo si antes no morimos con Él. No podremos dar fruto si no nos hacemos grano de trigo que muere.

Se suelen utilizar varias palabras para hablar de la unión con la Cruz de Cristo: mortificación, sacrificio, penitencia, expiación, propiciación… Cada una de ellas tiene algún matiz que las caracteriza. Pero todas expresan lo central: transformar el mal físico y moral que hay en el mundo (pecado, muerte, dolor, enfermedad, injusticia, sufrimientos, etc.), en algo bueno (lleno de sentido, verdadero, noble, que nos llena de valor, que plenifica nuestro ser, etc.). Y esto se logra uniendo nuestra cruz a la de Cristo voluntariamente y con alegría. Así seremos corredentores con Él, y con Él participaremos de las promesas futuras (que se resumen en nuestra resurrección, que Cristo nos ha conseguido con su Gloriosa Resurrección).

Llevar la Cruz de Cristo está al alcance de todos. Hay como tres grandes campos para hacerlo. En primer lugar está lo que viene de fuera, lo que el Señor dispone en nuestra vida sin que dependa de nosotros, al menos directamente: la enfermedad, las contrariedades de la jornada, las injusticias, la persecución, las consecuencias de nuestros errores y omisiones… Si no llevamos con alegría y confianza en Dios todo esto, no podemos decir que somos almas mortificadas. De nada serviría hacer muchas mortificaciones voluntarias si no aceptamos la cruz que Dios nos envía o permite en nuestra vida.

En segundo lugar están las mortificaciones o sacrificios que hacemos para cumplir nuestros deberes personales, familiares, profesionales o sociales. Para ser virtuosos y buenos es necesario que nos sacrifiquemos. No se consigue nada valioso sin sacrificio. Pero este sacrificio lo podemos ofrecer y unirlo a la Pasión de Cristo. Así tiene  un valor infinito.

Por último, están las mortificaciones que hacemos voluntariamente. No van dirigidas directamente a cumplir un deber o hacer la voluntad de Dios. Son sacrificios que salen de nuestro deseo de dar más, de ser generosos, de tomar la cruz sin que sea estrictamente necesario hacerlo en algo determinado. Pueden ser muy pequeñas: retrasar un vaso de agua, privarnos de algo que nos gusta por un tiempo, escoger lo peor y dejar para los demás lo mejor, etc. Son los pequeños sacrificios que antes eran tan apreciados, por nuestros abuelos, pero que quizá ahora no se aprecian tanto. Sin embargo, al Señor le agradan mucho, porque son signo de nuestro deseo de vivir “clavados en la Cruz de Cristo”.

“Cristo estoy crucificado: vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2, 19-20).

María acompañó muy de cerca a su Hijo en su Pasión. Estuvo a su lado cuando murió en la Cruz. Ahí la recibimos por Madre nuestra. Pidamos con fe a Nuestra Señora:

“Stabat Mater dolorosa / Iuxta crucem lacrimosa, / Dum pendebat filius. / Cuius animam gementem / Contristatam et dolentem / Pertransivit gladius (Stabat mater).

15. Muerte del Señor. Aprovechamiento del tiempo

Los últimos versos del Stabat Mater nos recuerdan que, como Cristo, también nosotros algún día hemos de morir.

Fac me cruce custodiri, / Morte Christi praemuniri, / Confoveri gratia. / Quando corpus morietur / Fac ut animae donetur / Paradisi gloria. Amen”.

María también estará muy cerca de nosotros a la hora de nuestra muerte. Lo pedimos expresamente en el Ave María.

Stipendium peccati, mors est (Rm 6, 23). “El precio del pecado es la muerte”. Dios no quería que el hombre muriera, en el Paraíso. Nuestros primeros partes no debían sufrir la muerte. El pecado fue la causa de su muerte. Y todos los seres humanos pasaremos por ese trance (salvo los que sean transformados en la Segunda Venida del Señor, y no pasen por la muerte: cfr. 1 Cor 15, 52).

La muerte forma parte de la voluntad permisiva de Dios: no la quiere, pero la permite (la tolera), y saca de ella un bien mayor. Esa es la lógica divina que de los males saca bienes y de los grandes males, grandes bienes.

Por eso se pregunta San Pablo: “ubi est mors victoria tua ubi est mors stimulus tuus” (1 Cor 15, 55). La muerte ha sido derrotada por la Muerte y Resurrección de Cristo. Desde entonces los cristianos no tememos a la muerte, porque es el paso a la Vida. Es la puerta de la Nueva Vida que nos ha ganado Cristo.

Los santos han hablado de la muerte:

1) “No morirá de mala muerte el que oye devotamente y con perseverancia la Santa Misa”. San Agustín.
2) “Tened por cierto el tiempo que empleéis con devoción delante de este divinísimo Sacramento, será el tiempo que más bien os reportará en esta vida y más os consolará en vuestra muerte y en la eternidad”. San Alfonso María de Ligorio.
3) “Recuerda que cuando abandones esta tierra, no podrás llevar contigo nada de lo que has recibido, solamente lo que has dado: un corazón enriquecido por el servicio honesto, el amor, el sacrificio y el valor”. San Francisco de Asís.
4) “La muerte os espera en todas partes; pero si sois prudentes, en todas partes la esperáis vosotros”. San Bernardo.
5) “En el momento de la muerte, no se nos juzgará por la cantidad de trabajo que hayamos hecho, sino por el peso de amor que hayamos puesto en nuestro trabajo”. Madre Teresa de Calcuta.
6) “Para el cristiano, la muerte no es la derrota sino la victoria: el momento de ver a Dios; la muerte para hallarlo, la eternidad para poseerlo…. La muerte para el cristiano no es el gran susto, sino la gran esperanza.” San Alberto Hurtado.

Benedicto XVI, en sus Catequesis sobre la oración, comentaba el Salmo 23.

«Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan» (v. 4). Quien va con el Señor, incluso en los valles oscuros del sufrimiento, de la incertidumbre y de todos los problemas humanos, se siente seguro. Tú estás conmigo: esta es nuestra certeza, la certeza que nos sostiene. La oscuridad de la noche da miedo, con sus sombras cambiantes, la dificultad para distinguir los peligros, su silencio lleno de ruidos indescifrables. Si el rebaño se mueve después de la caída del sol, cuando la visibilidad se hace incierta, es normal que las ovejas se inquieten, existe el riesgo de tropezar, de alejarse o de perderse, y existe también el temor de que posibles agresores se escondan en la oscuridad. Para hablar del valle «oscuro», el salmista usa una expresión hebrea que evoca las tinieblas de la muerte, por lo cual el valle que hay que atravesar es un lugar de angustia, de amenazas terribles, de peligro de muerte. Sin embargo, el orante avanza seguro, sin miedo, porque sabe que el Señor está con él. Aquel «tú vas conmigo» es una proclamación de confianza inquebrantable, y sintetiza una experiencia de fe radical; la cercanía de Dios transforma la realidad, el valle oscuro pierde toda peligrosidad, se vacía de toda amenaza. El rebaño puede ahora caminar tranquilo, acompañado por el sonido familiar del bastón que golpea sobre el terreno e indica la presencia tranquilizadora del pastor” (Benedicto XVI, 5 de octubre de 2011).

Ante la proximidad de la muerte, nos viene a la cabeza una idea: “tengo que aprovechar mejor el poco tiempo que me queda de vida”. “Tempus breve est” (1 Cor 7, 29). Y, en otro lugar, la Sagrada Escritura nos recuerda:

Tú haces volver al polvo a los humanos, diciendo a los mortales que retornen. Mil años son para ti como un día, que ya pasó; como una breve noche. Nuestra vida es tan breve como un sueño; semejante a la hierba, que despunta y florece en la mañana y por la tarde se marchita y se seca. Enséñanos a ver lo que es la vida y seremos sensatos” (Salmo 89).

San Josemaría nos animaba a aprovechar bien el tiempo.

“Este mundo, mis hijos, se nos va de las manos. No podemos perder el tiempo, que es corto (...). Entiendo muy bien aquella exclamación que San Pablo escribe a los de Corinto: tempus breve est!, ¡qué breve es la duración de nuestro paso por la tierra! Estas palabras, para un cristiano coherente, suenan en lo más íntimo de su corazón como un reproche ante la falta de generosidad, y como una invitación constante para ser leal. Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar” (San Josemaría, Hoja informativa sobre el proceso de beatificación de este Siervo de Dios, n. 1, p. 4).

María estará a nuestro lado a la hora de la muerte. Ella es la Madre dolorosa que nos consuela en este “valle de lágrimas” y nos alienta para no perder nunca la paz y confiar plenamente en su Hijo.


sábado, 5 de enero de 2019

Un gran bien para la Iglesia


Comenzamos un nuevo año. El panorama mundial no es nada claro, ni alentador. Ahora, más que nunca, necesitamos estar bien orientados hacia lo realmente importante: cumplir la voluntad de Dios, buscar seriamente la santidad, amar a Dios y a nuestros hermanos con todo el corazón, ser fieles a la vocación cristiana que hemos recibido...  

 

Mañana es la Solemnidad de la Epifanía, la Revelación de Jesús a todos los pueblos. El Señor no deja de revelarnos sus planes, también a través de las revelaciones privadas, que son un gran bien para la Iglesia.  

Sabemos que sólo podremos colaborar con el Plan salvífico del Señor si estamos unidos a Jesucristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida. Sin Él, no podemos nada.

El Señor nos ha dejado todos los medios para poder conocerlo y amarlo en esta vida. Los fundamentales son su Palabra y sus Sacramentos (el principal: la Eucaristía). Tenemos la Tradición y el Magisterio perenne de la Iglesia para guiarnos en la Verdad, señalarnos el Camino y proporcionarlos la Vida.

Sin embargo, Dios puede actuar (y así lo ha hecho a lo largo de la historia de la humanidad) por medio de otros instrumentos, escogidos por Él, como lo fueron los profetas en el Antiguo Testamento, y como lo son los nuevos profetas que ha suscitado en el Tiempo de la Iglesia (Bernardette de Lourdes, Pastorcitos de Fátima, Niñas de Garabandal, Videntes de Medjugorge, Marga, etc.).

El Concilio Vaticano II nos recordó que la Iglesia es jerárquica (los Pastores) y carismática (los santos, etc.). Todos los fieles podemos recibir carismas, es decir, gracias especiales, que hay que poner al servicio de los hermanos.

El Espíritu Santo “concede también dones peculiares a los fieles (Cf. 1 Cor., 12,7) "distribuyéndolos a cada uno según quiere" (1 Cor., 12,11), para que "cada uno, según la gracia recibida, poniéndola al servicio de los otros", sean también ellos "administradores de la multiforme gracia de Dios" (1 Pe., 4,10), para edificación de todo el cuerpo en la caridad (Cf. Ef., 4,16)” (cfr. Apostolicam actuositatem, n. 13).    

“De la recepción de estos carismas, incluso de los más sencillos, procede a cada uno de los creyentes el derecho y la obligación de ejercitarlos para bien de los hombres y edificación de la Iglesia, ya en la Iglesia misma., ya en el mundo, en la libertad del Espíritu Santo, que "sopla donde quiere" (Jn., 3,8), y, al mismo tiempo, en unión con los hermanos en Cristo, sobre todo con sus pastores, a quienes pertenece el juzgar su genuina naturaleza y su debida aplicación, no por cierto para que apaguen el Espíritu, sino con el fin de que todo lo prueben y retengan lo que es bueno (Cf. 1 Tes., 5,12; 19,21)” (cfr. ibídem).

A continuación, transcribimos algunos párrafos del largo mensaje que Jesús comunicó a Marga el 22 de septiembre de 2015, que nos orientan en este tiempo. En esos textos, el Señor nos señala la importancia que esos mensajes extraordinarios tienen, en la actualidad, para no descaminarnos. Vale la pena meditarlos con calma. Cfr. Página de la Verdadera Devoción al Corazón de Jesús (www.vdcj.org).

Entre paréntesis [ ] ponemos algunos comentarios nuestros. Lo demás es el mensaje de Jesús. En cursiva va lo que dice Marga. Las negritas son nuestras.

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Jesús:

Existen almas en estos últimos tiempos destinadas a ser guías de las gentes, y tú eres una de ellas. (…).

[El Señor hace ver a Marga que muchos —incluidos los pastores en la Iglesia— no escuchan sus Mensajes —entre ellos, los que recibe Marga—, que son necesarios para orientarse en esta época]

Es deber de los que veis que todas estas cosas vienen de Dios defenderlas ante la autoridad que las desacredita. Es deber de todos vosotros, que habéis sido ayudados o convertidos por los Mensajes, ir a defenderlos ante quienes lo prohíben.

Quisiera que, si en la Iglesia se desautoriza Medjugorje, hubiera un aluvión de peticiones y de mensajes insistentes de los seglares para que se quitara la desautorización.

No, no digas: «Bueno, da igual, nosotros sabemos que es cierto», porque no da igual que se apruebe oficialmente o que no. Si no se hace, se dejará de hacer mucho bien, un gran bien a la Iglesia. Muchos dejarían de ir. (…).

[Algunos se oponen a estos mensajes y no les gusta que la gente los aproveche y hagan mucho bien. Muchas veces no hacen nada ni dejan hacer]

Les da rabia que la gente «resucite» con estos Mensajes especiales. ¡Si no hicieran falta, Yo no los enviaría! (…).

[El Señor desea que seamos humildes y sencillos; que seamos almas ardientes que le amen de verdad. No quiere que tengamos un corazón frío, indiferente a su Amor. Especialmente se dirige a los sacerdotes]

No os comportéis con Jesús como si fuerais un desierto, sin agua. No os comportéis como un pozo seco, no como tierra árida. No seáis como esos falsos samaritanos, que dicen darme agua, y no me dan.

Yo veo vuestro interior, y vuestro interior, me duele.

Pensad que Yo también necesito Amor, y Confianza,  y entrega, y fe.

¿Vosotros lo necesitáis? ¿Necesitáis Amor y muestras de cariño? Pues ved si no cómo las necesita Dios, que la necesidad de Dios es Infinita.

Y si estáis tan secos que no sacáis de la árida tierra de vuestro corazón nada, hacedlo al menos con estos Mensajes. ¡Para eso os los entrego! Porque no sabéis amar, hijos míos, servidores míos, que os habéis comprometido a una entrega crucial. ¡Sed fieles a ése vuestro compromiso! Para eso os dono este Mensaje. No lo desdeñéis. No digáis: «Yo, con lo que tengo, ya me basta», porque hijos míos, no tenéis nada. Y si a Mí me bastara, no os los habría dado.

¡Oh, amo a la gente sencilla que los estudia y medita y no piensa que ya lo sabe todo y que no necesita más de Dios!

¿No veis, hijos, que me servís como fríos funcionarios sirven al Estado o a su empresa?: Sin implicación, sin cariño, sin caridad, ¡y no digamos ya sin amor esponsal! ¡¡No sabéis lo que eso es!!Por eso os lo digo aquí.

A pesar de llamaros los míos y decir que sois mis esposos, a pesar de vuestros votos, a pesar de vuestro compromiso, a pesar de vuestro sello sacramental indeleble, a pesar de eso, no me conocéis.
Ni me conoces ni me quieres conocer. (…).

[Aunque estas palabras fuertes las dirige el Señor especialmente a los sacerdotes, podemos aplicárnoslas a nosotros mismos, para agradecer que nos revele lo más íntimo de su Corazón enamorado]



sábado, 29 de septiembre de 2018

No apagar el Espíritu

Hoy celebramos la fiesta de los Tres Arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael. Dios Trino, en su economía salvífica, se sirve de los ángeles y los hombres, que son creaturas espirituales creadas a su imagen y semejanza.

Angels of Creativity: Four Poems | Archangels, Archangel raphael ... 

Crea a los ángeles y a los hombres para hacerlos partícipes de su obra de santificación. ¡Que confianza más grande tiene Dios en nosotros, que somos tan insignificantes!

A San Miguel le confía la lucha contra el mal. Con su “serviam”, serviré, el Arcángel guerrero vence a Satanás y nos protege de su influencia si acudimos a él:

“Sancte Michael Arcángele defende nos in proelio contra nequitias et insidias diáboli”. San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha contra las acechanzas y maldades del diablo”.

A San Gabriel le encarga ser el que anuncia a la Virgen la Encarnación del Hijo de Dios. Se le representa con el lirio de la pureza.

A San Rafael lo escoge para que acompañe a Tobías a un matrimonio santo y cure a su padre de la ceguera contraída. Se le representa en la iconografía cristiana con el báculo del caminante.   

Esta fiesta nos prepara para la enseñanza que nos ofrece la Liturgia de la Iglesia en el Domingo XXVI del Tiempo Ordinario (Ciclo B): la necesidad de no apagar el fuego del Espíritu, sino de dejar que actúe en las almas y pueda soplar donde Él quiera.

“No apaguéis el espíritu, no despreciéis las profecías. Examinadlo todo; quedaos con lo bueno” (1 Ts 19-21).

En la Primera Lectura leemos la historia de Eldad y Medad, dos israelitas que Moisés había escogido para formar el grupo de los 70 ancianos a los que Dios había dispuesto hacerles partícipes del don de la profecía que, hasta entonces, sólo tenía Moisés. Estos dos ancianos no estaban con los demás, en la tienda del encuentro, cuando habían comenzado a profetizar. Sin embargo, ellos también profetizan. Entonces, un joven se escandaliza y va a decírselo a Josué (también joven) que le pide a Moisés que les prohíba profetizar, porque no están con los demás ancianos. Moisés no sólo no se los prohíbe sino que le da una lección de apertura al Espíritu a Josué: ojalá, le dice, profetizara todo el pueblo.

En el Evangelio leemos un pasaje similar. Juan, el apóstol más joven y celoso (parecido a Josué, que más tarde sucedería a Moisés), le dice a Jesús que han encontrado a uno que expulsaba demonios en el nombre del Señor y le lo han querido impedir. Jesús, también en este caso, le da una lección de apertura:

«No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro» (Mc 9, 39-40).

Benedicto XVI, comentando este pasaje del Evangelio dice:

“El apóstol Juan, joven y celoso como era, quería impedirlo, pero Jesús no lo permite; es más, aprovecha la ocasión para enseñar a sus discípulos que Dios puede obrar cosas buenas y hasta prodigiosas incluso fuera de su círculo, y que se puede colaborar con la causa del reino de Dios de diversos modos, ofreciendo también un simple vaso de agua a un misionero (v. 41). San Agustín escribe al respecto: "Como en la católica –es decir, en la Iglesia– se puede encontrar aquello que no es católico, así fuera de la católica puede haber algo de católico" (Agustín, Sobre el bautismo contra los donatistas: pl 43, VII, 39, 77). Por ello, los miembros de la Iglesia no deben experimentar celos, sino alegrarse si alguien externo a la comunidad obra el bien en nombre de Cristo, siempre que lo haga con recta intención y con respeto. Incluso en el seno de la Iglesia misma, puede suceder, a veces, que cueste esfuerzo valorar y apreciar, con espíritu de profunda comunión, las cosas buenas realizadas por las diversas realidades eclesiales. En cambio, todos y siempre debemos ser capaces de apreciarnos y estimarnos recíprocamente, alabando al Señor por la "fantasía" infinita con la que obra en la Iglesia y en el mundo” (Ángelus, 30-IX-2012).

Estos textos confirman el estilo que tenía Jesús: no hay porqué impedir que el Espíritu Santo actúe libremente. Nosotros no podemos ponerle barreras, No se pueden poner puertas al campo. Antes de prohibir algo o aconsejar a alguien hacer algo diferente a lo que nosotros pensamos que es lo correcto, hemos de discernir, reflexionar y pensar si no será un modo diverso de manifestar el amor de Dios.

Desde luego, esto no significa que no exista la Verdad y la mentira, o el Bien y el Mal. No significa caer en una ética relativista en lo que todo da lo mismo y cada quien puede hacer lo que quiera. Hay unos puntos firmes en nuestra fe. Hay unas verdades fundamentales que iluminan la vida del hombre y que conocemos por la Sagrada Escritura, la Tradición de la Iglesia y su Magisterio. Pero hay muchas más cosas que son opinables y que no podemos abarcar.

En este sentido es muy sabia la frase de San Juan XXIII:

“En las cosas necesarias, unidad; en las dudosas, libertad; y en todas, caridad”.

Lecciones de amor a la libertad, de respeto a las opciones humanas diversas, respeto a los carismas verdaderos que suscita el Espíritu. Lecciones de prudencia y de apertura de espíritu. Es lo que aprendemos en estos días. Dios confía en los ángeles y en los hombres. Dios utiliza causas segundas para actuar en el mundo. Lo hace como Él quiere. No queramos ser tan celosos que hagamos oídos sordos al consejo que da Gamaliel a los miembros del Sanedrín:

Desentedeos de estos hombres y dejadlos. Porque si esta idea o esta obra es de hombres, se destruirá; pero, si es de Dios, no conseguiréis destruirlos. No sea que os encontréis luchando contra Dios" (Hch 5, 38-39).

Una muestra de la acción del Espíritu en las almas es el testimonio de J. Francisco Vega Mendía, un amigo que vive en Mazatlán, que escribió su testimonio sobre la influencia que han tenido en su vida las apariciones de la Virgen en Garabandal. Se puede ver aquí

Pidamos a María, Madre de Dios y Madre nuestra, que nos ayude a vivir como su Hijo, y sepamos no apagar al Espíritu en nuestra vida ni en la de nuestros hermanos.


sábado, 28 de julio de 2018

Misterios de gloria (2)


El Misterio Pascual de Cristo está conformado por cuatro sucesos: la Pasión del Señor, su Muerte en la Cruz, su gloriosa Resurrección y su Ascensión a los Cielos. 

Jesús

La Ascensión del Señor también forma parte del Misterio Pascual. No está todo preparado para que actúe el Espíritu Santo en su misión santificadora de los hombres hasta que Jesús haya ocupado su sitio como Rey del Universo a la derecha del Padre, portando en su Cuerpo glorioso las llagas que dan testimonio de su Amor Redentor.

Era necesario que Jesús dejara de estar presente en este mundo de modo “físico”, con un cuerpo mortal que se podía separa del alma (como de hecho sucedió), para que pudiera subir al Padre y, de esta manera, su Humanidad Santísima participara de la presencia de inmensidad de Dios.

En sus homilías sobre las Ascensión del Señor, el Papa Benedicto XVI ha afirmado numerosas veces que a partir de ese suceso, Jesús, con su Humanidad Santísima, está más cercano a nosotros que incluso cuando estaba “físicamente” en la tierra. Ahora su presencia es espiritual, pero más cercana, más interior, más profundo y real.

Por eso los discípulos vuelven a Jerusalén, después de haberse despedido del Señor en el Monte de los Olivos, con una gran alegría en el corazón. Experimentan a Cristo dentro de ellos y en medio de ellos: “El Reino de los Cielos está en medio de vosotros”. Jesús puede estar en todos sitios. Puede estar al lado de cada uno de nosotros plenamente.

El cristianismo naciente experimentó la fe en la Resurrección como una fuerza que actúa en el presente y, a la vez, como esperanza. Cristo vive. Está a la derecha del Padre, pero no está ausente. Las últimas frases del Evangelio de San Lucas dicen:

«Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos subiendo hacia el cielo. Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios» (Lc 24, 50-53).

Los discípulos no quedaron desconcertados y tristes, sino llenos de alegría. No se sienten abandonados. Evidentemente, están seguros de una presencia nueva de Jesús. Están seguros de que el Resucitado (como Él mismo había dicho, según Mateo), está presente entre ellos, precisamente ahora, de una manera nueva y poderosa.

La «ascensión» no es un marcharse a una zona lejana del cosmos, sino la permanente cercanía que los discípulos experimentan con tal fuerza que les produce una alegría duradera.

En los Hechos de los Apóstoles la marcha de Jesús viene precedida por un coloquio con los discípulos. A la idea de un futuro reino davídico Jesús contrapone una promesa y una encomienda. La promesa es que estarán llenos de la fuerza del Espíritu Santo; la encomienda consiste en que deberán ser sus testigos hasta los confines del mundo. El cristianismo es presencia: don y tarea; estar contentos por la cercanía interior de Dios y –fundándose en eso– contribuir activamente a dar testimonio en favor de Jesucristo.

“En este contexto se inserta luego la mención de la nube que lo envuelve y lo oculta a sus ojos. La nube nos recuerda el momento de la transfiguración, en que una nube luminosa se posa sobre Jesús y sobre los discípulos (cf. Mt 17, 5; Mc 9, 7; Lc 9, 34s). Nos recuerda la hora del encuentro entre María y el mensajero de Dios, Gabriel, el cual le anuncia que el poder del Altísimo la «cubrirá con su sombra» (Lc 1, 35). Nos hace pensar en la tienda sagrada del Señor en la Antigua Alianza, en la cual la nube es la señal de la presencia de JHWH (cf. Ex 40, 34s), que, también en forma de nube, va delante de Israel durante su peregrinación por el desierto (cf. Ex 13, 21s). La observación sobre la nube tiene un carácter claramente teológico. Presenta la desaparición de Jesús no como un viaje hacia las estrellas, sino como un entrar en el misterio de Dios. Con eso se alude a un orden de magnitud completamente diferente, a otra dimensión del ser” (Benedicto XVI, Jesús de Nazareth).

La presencia de Dios no es espacial, sino divina. Estar «sentado a la derecha de Dios» significa participar en la soberanía propia de Dios sobre todo espacio. Jesús  «no se ha marchado», sino que, en virtud del mismo poder de Dios, ahora está siempre presente junto a nosotros y por nosotros. En los discursos de despedida en el Evangelio de Juan, Jesús dice precisamente esto a sus discípulos: «Me voy y vuelvo a vuestro lado» (Jn 14, 28). Puesto que Jesús está junto al Padre, no está lejos, sino cerca de nosotros. Ahora ya no se encuentra en un solo lugar del mundo, como antes de la «ascensión»; con su poder que supera todo espacio, Él no está ahora en un solo sitio, sino que está presente al lado de todos, y todos lo pueden invocar en todo lugar y a lo largo de la historia.

En Galilea, Jesús, en una ocasión rezaba a su Padre en el monte. Está en el “monte del Padre”. Desde ahí ve a los discípulos afanados en luchar contra la tormenta. Como entonces, Jesús puede subir en cualquier momento a la barca de nuestra vida. Y por eso podemos invocarlo siempre, estando seguros de que Él siempre nos ve y siempre nos oye. También hoy la barca de la Iglesia, con el viento contrario de la historia, navega por el océano agitado del tiempo. Se tiene con frecuencia la impresión de que está para hundirse. Pero el Señor está presente y viene en el momento oportuno. «Voy y vuelvo a vuestro lado»: ésta es la confianza de los cristianos, la razón de nuestro júbilo.

María Magdalena quiere tocar al Señor resucitado, pero Él le dice: «Suéltame, que todavía no he subido al Padre» (Jn 20, 17). Se trata aquí de la misma experiencia a la que se refiere Pablo en 2Co 5, 16s: «Si conocimos a Cristo según los criterios humanos, ya no lo conocemos así. Si uno está en Cristo, es una criatura nueva».

Por el bautismo, nuestra vida está ya escondida con Cristo en Dios; en nuestra verdadera existencia ya estamos «allá arriba», junto a Él, a la derecha del Padre (cf. Col 3, 1ss). El Cristo junto al Padre no está lejos de nosotros; si acaso, somos nosotros los que estamos lejos de Él; pero la senda entre Él y nosotros está abierta.

María regresa a Jerusalén después de la Ascensión de su Hijo a los Cielos. Vuelve también, como los apóstoles, llena de alegría. Permanece con ellos, en el centro de ellos, en el Cenáculo a la espera del Espíritu Santo que Jesús ha prometido para que el Paráclito haga posible esa presencia cercana de Jesús, dentro de cada uno. A Ella podemos acudir para que nos ayude a comprender la riqueza del Misterio de Dios en nuestra vida.