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lunes, 20 de julio de 2020

El signo de Jonás

Con ocasión del evangelio de la Misa de hoy, lunes de la XVI semana del tiempo ordinario (Mt 12, 38-42), trascribo unas reflexiones del Card. Ratzinger en El Camino Pascual, ed. BAC, Madrid 1990, pp. 37-42.

Origen de la iconografía cristiana - Arte en Taringa!
Jonás y la ballena. Catacumbas de los santos Pedro y Marcelino, Roma. Pintura  paleocristiana. 

Esta generación pide un signo». "¡Cuántas veces pedimos un signo y nos cerramos a la conversión!" (p. 39).

"Es preciso que el hombre supere el espacio de las cosas físicas, de lo tangible, para ser redimido, para situarse en la verdad íntima de la idea creadora de Dios; únicamente superando ese espacio y abandonándolo puede alcanzar la certeza propia de las realidades más profundas y eficaces: las realidades del espíritu. Llamamos fe a ese camino que consiste en un superar y en un abandonar" (p. 37). "El amor exige, por su misma esencia, un acto de fe" (p. 37).

Jesús proporciona, sin embargo, un signo, pero no el que piden ellos. El Hijo del hombre es signo para esta generación (cfr. Lc 11, 30 y Mt 12, 40). "Jesús mismo, la persona de Jesús, en su palabra y en su entera personalidad, es signo para todas las generaciones. Esta respuesta de San Lucas me parece muy profunda; no deberíamos cansarnos de meditarla... Ver a Jesús; esta es la respuesta... Ver a Jesús, aprender a verlo..., y llegar así a responder de la misma forma que las gentes de Nínive: con la penitencia, con la conversión. El rosario y el viacrucis constituyen desde hace siglos la gran escuela donde aprendemos a ver a Jesús" (p. 39 y 40). Los ninivitas creyeron a Jonás porque reconocieron que eran pecadores y que los pecados podrían llevar a la destrucción de su ciudad, y porque —según la tradición rabínica— eran visibles en Jonás las huellas de la experiencia de la muerte, y estas huellas daban autoridad a sus palabras (cfr. p. 40).

San Mateo subraya el misterio pascual ("estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra"), la resurrección de Cristo después de una muerte voluntaria por la salvación de los otros en la Cruz, que es el signo verdadero del justo perfecto. Jesús volverá con este signo al final de los tiempos para juzgar nuestra vida. "Pongamos desde ahora mismo nuestra vida bajo este signo, día tras día" (p. 42). A Jonás le irritó la gracia y la bondad de Dios. Si nos pasa a nosotros lo mismo, demostramos que nuestra fe no brota del amor de Dios, sino que manifiesta más bien un amor propio, que busca tan sólo la seguridad personal (p. 42).

sábado, 6 de octubre de 2018

Sub Tuum Praesidium...


Mañana recordamos en toda la Iglesia la memoria de Nuestra Señora del Rosario. El Papa Francisco ha tenido una iniciativa estupenda para este mes de octubre (mes del Rosario). Nos ha pedido a todos que recemos diariamente el Santo Rosario y al final acudamos a la Virgen con la oración más antigua dirigida a Ella.

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Recogemos el comunicado de la oficina de prensa de la Santa Sede, que incluye las oraciones “Sub tuum presidium” y al arcángel san Miguel, expresamente mencionadas por el Papa.

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El Santo Padre ha decidido invitar a todos los fieles, de todo el mundo, a rezar cada día el Santo Rosario, durante todo el mes mariano de octubre y a unirse así en comunión y penitencia, como pueblo de Dios, para pedir a la Santa Madre de Dios y a San Miguel Arcángel que protejan a la Iglesia del diablo, que siempre pretende separarnos de Dios y entre nosotros.

En los últimos días, antes de su partida a los Países Bálticos, el Santo Padre se reunió con el P. Fréderic Fornos S.I., Director internacional de la Red Mundial de Oración por el Papa, y le pidió que difundiera su llamamiento a todos los fieles del mundo, invitándoles a terminar el rezo del Rosario con la antigua invocación “Sub Tuum Praesidium”, y con la oración a San Miguel Arcángel, que protege y ayuda en la lucha contra el mal (ver Apocalipsis 12, 7-12).

La oración –afirmó el Pontífice hace pocos días, el 11 de septiembre, en una homilía en Santa Marta, citando el primer libro de Job–, es el arma contra el Gran acusador que vaga por el mundo en busca de acusaciones”. Sólo la oración puede derrotarlo. Los místicos rusos y los grandes santos de todas las tradiciones aconsejaron, en momentos de turbulencia espiritual, protegerse bajo el manto de la Santa Madre de Dios pronunciando la invocación “Sub Tuum Praesidium”.

La invocación “Sub Tuum Praesidium” dice lo siguiente:

“Sub tuum praesidium confugimus Sancta Dei Genitrix. Nostras deprecationes ne despicias in necessitatibus, sed a periculis cunctis libera nos semper, Virgo Gloriosa et Benedicta”.
[Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, ¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita!].

Con esta solicitud de intercesión, el Santo Padre pide a los fieles de todo el mundo que recen para que la Santa Madre de Dios, ponga a la Iglesia bajo su manto protector, para defenderla de los ataques del maligno, el gran acusador, y hacerla, al mismo tiempo, siempre más consciente de las culpas, de los errores, de los abusos cometidos en el presente y en el pasado y comprometida a luchar sin ninguna vacilación para que el mal no prevalezca.

El Santo Padre también ha pedido que el rezo del Santo Rosario durante el mes de octubre concluya con la oración escrita por León XIII:

“Sancte Michael Archangele, defende nos in proelio; contra nequitiam et insidias diaboli esto praesidium. Imperet illi Deus, supplices deprecamur: tuque, Princeps militiae caelestis, Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarum pervagantur in mundo, divina virtute, in infernum detrude. Amen”.
[San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha. Sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio. Que Dios manifieste sobre él su poder, es nuestra humilde súplica. Y tú, oh Príncipe de la Milicia Celestial, con el poder que Dios te ha conferido, arroja al infierno a Satanás, y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Amén].

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A continuación reproducimos parte del artículo sobre la oración Sub Tuum Praesidium del portal PrimerosCristianos.

La oración Sub tuum praesidium es un testimonio entrañable, probablemente el más antiguo y el más importante en torno a la devoción a Santa María. Se trata de un tropario (himno bizantino) que llega hasta nosotros lleno de juventud. Es quizás el texto más antiguo en que se llama Theotokos a la Virgen, e indiscutiblemente es la primera vez que este término aparece en un contexto oracional e invocativo.

Edgar Lobel, experto en papirología de la Universidad de Oxford,  dedicó su vida al estudio de los papiros encontrados en Egipto. Como es conocido, el clima extremadamente seco de la mayor parte de Egipto ha hecho que se conserven multitud de fragmentos de papiros antiquísimos, con textos de hace milenios, en griego y en copto. Muchos de estos textos se habían perdido. En otros casos, los papiros sirven para confirmar la antigüedad de textos que sí que se habían conservado a través de sucesivas copias o traducciones.

Uno de estos papiros, descubierto en las proximidades de la antigua ciudad egipcia de Oxirrinco, contenía una oración a la Virgen. Y no cualquier oración, sino una plegaria que continuamos rezando hoy en día, la oración Sub tuum praesidium.

G. Giamberardini, especialista en el cristianismo primitivo egipcio,  en un documentado estudio ha mostrado la presencia del tropario en los más diversos ritos y las diversas variantes que encuentra, incluso en la liturgia latina.

La universalidad de esta antífona hace pensar que ya a mediados del siglo III era usual invocar a Santa María como Theotokos, y que los teólogos, como Orígenes, comenzaron a prestarle atención, precisamente por la importancia que iba adquiriendo en la piedad popular. Simultáneamente esta invocación habría sido introducida en la liturgia.

En el rito romano, su presencia está ya testimoniada en el Liber Responsalis, atribuido a San Gregorio Magno y es copiado en el siglo IX en la siguiente forma: “Sub tuum praesidium confugimus, Sancta Dei Genitrix”. Algunos manuscritos de los siglos X y XI, presentan unas deliciosas variantes de esta oración, manteniendo intacta la expresión Santa Dei Genitrix, en estricta fidelidad a la Theotokos del texto griego.

Se trata de traducciones fidelísimas del texto griego, tal y como aparece en el rito bizantino, en el que se utiliza la palabra griega eysplagknían, para referirse a las entrañas misericordiosas de la Madre de Dios.

La consideración de la inmensa capacidad de las entrañas maternales de la Madre de Dios está en la base de la piedad popular que tanta importancia dio al título Theotokos para designar a la Madre de Jesús.

Y quizás como lo más importante sea el hecho de que el testimonio del Sub tuum praesidium levanta la sospecha de que el título Theotokos se origina a mediados del siglo III en la piedad popular como invocación a las entrañas maternales de Aquella que llevó en su seno a Dios. Esta vez, quizás, la piedad popular fue por delante de la Teología. Al menos, es muy verosímil que así fuese.

Los fieles que, con sencillez, rezan esta oración a la Sancta Dei Genitrix, la Theotokos, la Madre de Dios,  porque la han recibido de manos de la Iglesia, son los que están más cerca de lo que transmitieron los primeros cristianos y, por lo tanto, más cerca de Cristo.

La versión latina esta oración ha sido inmortalizada en la música especialmente por Antonio Salieri y Wolfgang Amadeus Mozart.


sábado, 18 de agosto de 2018

Misterios de gloria (5)


Con el Quinto Misterio glorioso, La Coronación de la Virgen, terminamos nuestra reflexión sobre los Misterios del Rosario.

La coronación de la Virgen ampliada 

San Juan Pablo II, en su Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, hace el siguiente comentario sobre los dos últimos misterios del Rosario:

“A esta gloria, que con la Ascensión pone a Cristo a la derecha del Padre, sería elevada Ella misma con la Asunción, anticipando así, por especialísimo privilegio, el destino reservado a todos los justos con la resurrección de la carne. Al fin, coronada de gloria -como aparece en el último misterio glorioso-, María resplandece como Reina de los Ángeles y los Santos, anticipación y culmen de la condición escatológica del Iglesia” (RVM, 23).

El próximo miércoles, 22 de agosto, celebraremos la Fiesta de la Coronación de Nuestra Señora como Reina de Cielos y Tierra. En estos próximos días, para preparar esa festividad mariana, podemos dirigir nuestra mirada interior al Cielo, la meta de todos nuestros anhelos: el mismo Jesucristo, que nos introduce en la vida íntima de la Santísima Trinidad.

“Los misterios gloriosos alimentan en los creyentes la esperanza en la meta escatológica, hacia la cual se encaminan como miembros del Pueblo de Dios peregrino en la historia. Esto les impulsará necesariamente a dar un testimonio valiente de aquel "gozoso anuncio" que da sentido a toda su vida” (RVM, 23).

Sobre el 5° misterio de gloria podemos tener en cuenta las consideraciones que hace Pedro Rodríguez en la Edición Crítica del libro “Santo Rosario” de San Josemaría:

“La Asunción arranca de la tierra, es un acontecimiento que se inicia en la historia y acaba en el Cielo. La Coronación, en cambio, es una realidad metahistórica, acontece toda en la Gloria de Dios. Esta es la diferencia teológica del 5º Glorioso con todos los demás misterios del Rosario. Lo vio muy bien fray Luis de Granada: "Deste glorioso misterio –decía– no se puede señalar historia, por consistir en la grandeza de gloria que por sus inmensos trabajos y merecimientos le fue dada a la Madre de Dios y Señora nuestra la Virgen María. Porque si el apóstol San Pablo dice (1Co 2, 9) que no hay capacidad humana que pueda explicar la gloria que comúnmente da Dios a sus escogidos, ¿cuál será la que dio a la que es más sancta que todos los santos y espíritus angélicos, y Madre suya?" (Fray Luis DE GRANADA, Memorial y guía, cap LVIII, pg 185. "Considera la dignidad de la Reina de todo lo criado, la cual es Madre de Dios, cuya maternidad –dice el Evangélico doctor Sancto Tomás– contiene dignidad casi infinita: y así es la mayor dignidad y privilegio de nuestra Señora. Y si la honra de la Madre es honra del Hijo, ¿qué lugar le había de dar tal Hijo a tal Madre en la gloria, sino esa su mano derecha, haciendo coro aparte con todos los bienaventurados?" (ibídem, pg 186). 

Aunque estemos comprometidos con las “realidades penúltimas” de esta tierra, nuestro corazón no se satisface en ellas, y busca constantemente las “realidades últimas”, es decir, las que son eternas.

“Señor me hiciste para Ti —dirá San Agustín—, y mi corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.  

San Juan Pablo II nos indica cuál es el camino para poder llegar al descanso de Dios. Es el mismo camino que siguió María. Aunque es una cita larga la que sigue, vale la pena leerla y meditarla despacio, porque tiene un contenido riquísimo. El Papa pone por título a este número de la Carta Apostólica sobre el Rosario: “De los ‘misterios’ al ‘Misterio’: el camino de María.

“Los ciclos de meditaciones propuestos en el Santo Rosario no son ciertamente exhaustivos, pero llaman la atención sobre lo esencial, preparando el ánimo para gustar un conocimiento de Cristo, que se alimenta continuamente del manantial puro del texto evangélico. Cada rasgo de la vida de Cristo, tal como lo narran los Evangelistas, refleja aquel Misterio que supera todo conocimiento (cf. Ef 3, 19). Es el Misterio del Verbo hecho carne, en el cual "reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente" (Co 2, 9). Por eso el Catecismo de la Iglesia Católica insiste tanto en los misterios de Cristo, recordando que "todo en la vida de Jesús es signo de su Misterio" (Angelus del 29 de octubre 1978). El "duc in altum" de la Iglesia en el tercer Milenio se basa en la capacidad de los cristianos de alcanzar "en toda su riqueza la plena inteligencia y perfecto conocimiento del Misterio de Dios, en el cual están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (Co 2, 2-3). La Carta a los Efesios desea ardientemente a todos los bautizados: "Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor [...], podáis conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total plenitud de Dios" (3, 17-19).
El Rosario promueve este ideal, ofreciendo el 'secreto' para abrirse más fácilmente a un conocimiento profundo y comprometido de Cristo. Podríamos llamarlo el camino de María. Es el camino del ejemplo de la Virgen de Nazaret, mujer de fe, de silencio y de escucha. Es al mismo tiempo el camino de una devoción mariana consciente de la inseparable relación que une Cristo con su Santa Madre: los misterios de Cristo son también, en cierto sentido, los misterios de su Madre, incluso cuando Ella no está implicada directamente, por el hecho mismo de que Ella vive de Él y por Él. Haciendo nuestras en el Ave María las palabras del ángel Gabriel y de santa Isabel, nos sentimos impulsados a buscar siempre de nuevo en María, entre sus brazos y en su corazón, el "fruto bendito de su vientre" (cf.Lc 1, 42)”.

Estas últimas palabras del Papa son todo un programa para nuestra vida: hacer nuestras las palabras del Ave María para, a través de ellas, repetidas con amor a lo largo del Rosario, nos introduzcamos en el Corazón Inmaculado de María y nos consagremos totalmente a Ella para que la Virgen nos lleve a su Hijo.

Terminamos con una consideración que hace San Juan Pablo II al final de su Carta sobre el Rosario. Es consciente de la oscuridad que se cierne en los comienzos del Nuevo Milenio, y desea acudir a Nuestra Señora, Reina de la Paz.

“Las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo Milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo Alto, capaz de orientar los corazones de quienes viven situaciones conflictivas y de quienes dirigen los destinos de las Naciones, puede hacer esperar en un futuro menos oscuro.
El Rosario es una oración orientada por su naturaleza hacia la paz, por el hecho mismo de que contempla a Cristo, Príncipe de la paz y " nuestra paz " (Ef 2, 14). Quien interioriza el misterio de Cristo -y el Rosario tiende precisamente a eso- aprende el secreto de la paz y hace de ello un proyecto de vida. Además, debido a su carácter meditativo, con la serena sucesión del Ave María, el Rosario ejerce sobre el orante una acción pacificadora que lo dispone a recibir y experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a su alrededor, paz verdadera, que es un don especial del Resucitado (cf. Jn 14, 27; 20, 21)” (RVM, 40).


sábado, 11 de agosto de 2018

Misterios de gloria (4)


El próximo día 15 de agosto celebraremos la Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora a los Cielos.

Bartolomé Esteban Murillo (1617–1682) - Immaculate Conception, c 1680 - El Hermitage trae a Ámsterdam el Siglo de Oro español - 20minutos.es 

Los dos últimos misterios del Rosario son formalmente marianos. Nuestra contemplación se dirige a Nuestra Señora de modo directo. La miramos en su exaltación a la Gloria del Padre en compañía de su Hijo.

En el Cuarto Misterio del Santo Rosario meditamos este suceso que, como la Resurrección del Señor, es histórico (porque aconteció en un momento de la historia humana), pero también trascendente (porque escapa de lo histórico, en el sentido de que supera la realidad temporal).

El Papa Pío XII proclamó este hecho como dogma de fe. Es el último dogma mariano. Lo hizo, hablando “ex cathedra”, el 1° de noviembre de 1950 por medio de la Constitución “Munificentisimus Deus”.

"Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo".

Este hecho sucedió “terminado el curso” de la vida terrenal de la Virgen. La Iglesia se ha definido si María sufrió la muerte, como su Hijo, o fue preservada de ella. Hay quienes defienden una postura y quienes defienden la otra. Tenemos libertad para sostener las diferentes opiniones.

En el Oriente está extendida la devoción a la Dormición de la Virgen. Nuestra Señora no habría muerto, es decir, no se habría separado su alma de su cuerpo. Su “muerte” habría sido una especie de éxtasis de su espíritu.

«En tu dormición no has abandonado el mundo, oh Madre de Dios: tú te has reunido con la fuente de la Vida, tu que concebiste al Dios vivo y que, con tus oraciones librarás nuestras almas de la muerte» (Tropario del 15 de agosto, de la liturgia bizantina, citado en el Catecismo de la Iglesia Católica, 966).

San Josemaría Escrivá de Balaguer sugiere esto mismo, en el comentario del 4° Misterio de su libro “Santo Rosario”: “Se ha dormido la Madre de Dios”.

Con el uso de Dormición, o incluso de Tránsito, se pretenden subrayar, sobre todo, dos cosas: 1) que el cuerpo de María no sufrió ni la más mínima corrupción, ni siquiera, probablemente, el paso por un sepulcro; y 2) que su tránsito al Cielo fue particularmente dulce y amable, sin los dolores y angustias habituales en la muerte humana: dolores y angustias que Ella había sufrido ya, anticipadamente, en la muerte de su Hijo. De ahí esa representación tradicional de la Virgen dulcemente dormida en su lecho –con frecuencia, rodeada de los Apóstoles–, como sencillo anticipo de esa otra representación de su subida gloriosa al Cielo, rodeada de Ángeles.

En el caso de San Josemaría, además del influjo de esa tradición, conviene tener en cuenta que tuvo desde pequeño una particular devoción al misterio de la Dormición de Nuestra Señora, que transmitió a muchos otros, sin pretender nunca imponerla.

En la catedral de Barbastro, su ciudad natal, dedicada precisamente a la Asunción de María, existe la capilla de la Dormición, con una representación tradicional, especialmente querida y venerada por los barbastrenses, que la llaman, cariñosamente, la "Virgen de la cama". Esta imagen mariana recibió muchas oraciones del fundador del Opus Dei en su infancia.

En 1957, al construirse en la sede central de Roma el oratorio de Santa María de la Paz, futura iglesia prelaticia del Opus Dei, San Josemaría quiso que se pusiera allí otra representación de la Dormición, inspirada en la de Barbastro; se encuentra en un nivel intermedio en el descenso a la cripta del templo desde la nave principal. Bajo el altar de la iglesia descansan los restos mortales del Santo.

Juan Pablo II lo explicó detenidamente en su catequesis de 25 de junio de 1997:

"Cualquiera que haya sido el hecho orgánico y biológico que, desde el punto de vista físico, le haya producido la muerte, puede decirse que el tránsito de esta vida a la otra fue para María una maduración de la gracia en la gloria, de modo que nunca mejor que en ese caso la muerte pudo concebirse como una 'dormición'".

Lo que constituye el dogma de fe es que la Virgen está en el Cielo con su alma unida a su cuerpo, tal como está también su Hijo y como nosotros resucitaremos al final de los tiempos. Esto también es un dogma de fe, que está en el Credo: la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.

La Asunción de María es una fuente enorme para nuestra esperanza y un fuerte acicate para nuestra fe. Nuestra Señora nos muestra el camino para llegar a la meta.

“En la Virgen elevada al cielo contemplamos la coronación de su fe, del camino de fe que ella indica a la Iglesia y a cada uno de nosotros: Aquella que en todo momento acogió la Palabra de Dios, fue elevada al cielo, es decir, fue acogida ella misma por el Hijo, en la "morada" que nos ha preparado con su muerte y resurrección (cf. Jn 14, 2-3)” (Benedicto XVI, Homilía del 15 de agosto de 2009).

Anteriormente, el Papa Benedicto XVI explicaba qué es el Cielo:

«Nuestra eternidad se apoya en su amor: aquel a quien Dios ama ya no puede morir. En Dios, en su pensamiento y en su amor no sólo pervive una sombra de nosotros mismos, sino aquello que constituye la totalidad y lo más propio de nuestro ser. Su amor es lo que nos hace inmortales, y a ese amor creador de inmortalidad es a lo que llamamos cielo (...). Dios conoce y ama al hombre entero tal como existe ahora (...). Es el hombre completo [alma y cuerpo], tal como ha existido y vivido, sufrido en este mundo, quien será tomado por Dios y en Él tendrá eternidad. Esto es lo que en la festividad que celebramos nos ha de llenar de una profunda alegría (...). Estamos llamados a edificar este mundo, a construir su futuro, para que llegue a ser mundo de Dios, un mundo que superará en mucho todo cuanto nosotros seamos capaces de edificar» (J. Ratzinger, Palabra en la Iglesia, p. 302-303).   
   
En la próxima fiesta de la Asunción podemos dirigirnos a Nuestra Madre con las palabras de Isabel: «Bendita tú eres entre la mujeres». «Te imploramos con toda la Iglesia: santa María, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén».
  

sábado, 14 de julio de 2018

Misterios de dolor (5)


María buscó a Cristo y se encontró con Él en el camino del Calvario (cfr. Cuarta estación del Via Crucis). Pero no sólo quiso consolar a su Hijo en la Vía dolorosa, sino que estuvo junto a Él a la hora de su muerte.

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Eso es lo que contemplamos en el Quinto Misterio de dolor: Jesús muere en la Cruz.

“Los misterios de dolor llevan el creyente a revivir la muerte de Jesús poniéndose al pie de la cruz junto a María, para penetrar con ella en la inmensidad del amor de Dios al hombre y sentir toda su fuerza regeneradora” (San Juan Pablo II, Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, n. 22).

La mejor manera de contemplar a Cristo en la Cruz es ponernos junto a María, como San Juan y las santas mujeres.

San Juan Pablo II quiso convocar un año mariano para preparar el Gran Jubileo del Año 2000 de nuestra Redención. Ese año dedicado a contemplar el misterio de María tuvo lugar hace 30 años, del 7 de junio de 1987 (Solemnidad de Pentecostés) al 15 de agosto de 1988 (Solemnidad de la Asunción de la Virgen).

Antes del año mariano, publicó su Encíclica Redemptoris Mater (25 de marzo de 1987). En ella se recogen algunos párrafos que nos ayudan a meditar mejor el Quinto Misterio doloroso. El Papa nos hacía ver que las palabras de Isabel “feliz la que ha creído”, durante la visita que le hace María después de la Anunciación, no se refieren sólo a lo que había sucedido hasta entonces, sino que recorren toda la vida de Nuestra Señor, hasta llegar al Calvario.

“Sin embargo las palabras de Isabel "Feliz la que ha creído" no se aplican únicamente a aquel momento concreto de la anunciación. Ciertamente la anunciación representa el momento culminante de la fe de María a la espera de Cristo, pero es además el punto de partida, de donde inicia todo su " camino hacia Dios ", todo su camino de fe. Y sobre esta vía, de modo eminente y realmente heroico -es más, con un heroísmo de fe cada vez mayor- se efectuará la "obediencia" profesada por ella a la palabra de la divina revelación” (n. 14).

El momento de la muerte de Cristo en la Cruz reclama fuertemente la fe de todos.

“Creer quiere decir "abandonarse" en la verdad misma de la palabra del Dios viviente, sabiendo y reconociendo humildemente " ¡cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos! " (Rm 11, 33). María, que por la eterna voluntad del Altísimo se ha encontrado, puede decirse, en el centro mismo de aquellos "inescrutables caminos" y de los "insondables designios" de Dios, se conforma a ellos en la penumbra de la fe, aceptando plenamente y con corazón abierto todo lo que está dispuesto en el designio divino” (n. 14).

María se encuentra con la Cruz de su Hijo a lo largo de toda su vida. Especialmente desde el Nacimiento de Jesús en una cueva a las afueras de Belén, y en un establo; al escuchar las palabras de Simeón: "y a ti misma una espada te atravesará el alma” (Lc 2, 34-35); en la huida a Egipto bajo la protección diligente de José, porque "Herodes buscaba al niño para matarlo" (cf. Mt 2, 13); en su estancia dolorosa en Egipto; y, así, toda su vida en Nazareth y acompañando a Cristo por los caminos de Galilea.

María siempre cree. Y cree cada día de su vida. Es la primera de aquellos " pequeños ", de los que Jesús dirá: "Padre... has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños" (Mt 11, 25). María "avanzaba en la peregrinación de la fe", como subraya el Concilio Vaticano II. Y día tras día, se cumplía en ella la bendición pronunciada por Isabel en la visitación: "Feliz la que ha creído".

Pero es junto a la Cruz de su Hijo cuando esta bendición alcanza su pleno significado.

“El Concilio afirma que esto sucedió "no sin designio divino": "se condolió vehementemente con su Unigénito y se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la víctima engendrada por Ella misma"; de este modo María "mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz" (n. 18).

María había escuchado al ángel, en su Anunciación, que su Hijo sería grande: “el Señor Dios le dará el trono de David, su padre... reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin" (Lc 1, 32-33).

“Y he aquí que, estando junto a la Cruz, María es testigo, humanamente hablando, de un completo desmentido de estas palabras. Su Hijo agoniza sobre aquel madero como un condenado. "Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores... despreciable y no le tuvimos en cuenta ": casi anonadado (cf. Is 53, 3-5) ¡Cuán grande, cuan heroica en esos momentos la obediencia de la fe demostrada por María ante los "insondables designios" de Dios! ¡Cómo se "abandona en Dios" sin reservas, "prestando el homenaje del entendimiento y de la voluntad" (39) a aquel, cuyos " caminos son inescrutables "! (cf. Rm 11, 33). Y a la vez ¡cuán poderosa es la acción de la gracia en su alma, cuan penetrante es la influencia del Espíritu Santo, de su luz y de su fuerza!” (n. 18).

Y concluye el Papa:

“Por medio de esta fe María está unida perfectamente a Cristo en su despojamiento (…). A los pies de la Cruz María participa por medio de la fe en el desconcertante misterio de este despojamiento. Es ésta tal vez la más profunda "kénosis" de la fe en la historia de la humanidad. Por medio de la fe la Madre participa en la muerte del Hijo, en su muerte redentora” (n. 18).

Por otra parte, además de la gran fe de María, en la Cruz contemplamos también cómo, por la fe, Ella se convierte en la Madre de Dios y en nuestra Madre.

San Juan presenta, en Caná, la maternidad solícita de María hacia los hombres al comienzo de la actividad mesiánica de Cristo. Y también San Juan, dice el San Juan Pablo II

“…confirma esta maternidad de María en la economía salvífica de la gracia en su momento culminante, es decir cuando se realiza el sacrificio de la Cruz de Cristo, su misterio pascual. La descripción de Juan es concisa: "Junto a la cruz de Jesús estaban su Madre y la hermana de su madre. María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo". Luego dice al discípulo: "Ahí tienes a tu madre". Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa" (Jn 19, 25-27)” (n. 22).

Así pues, al contemplar el Quinto Misterio de dolor, podemos fijarnos especialmente en la fe de María y en su maternidad. Ella nos introducirá en la contemplación de las llagas de Cristo y nos llevará hasta el centro de su Corazón que nos revela el infinito Amor de Dios por nosotros.


sábado, 7 de julio de 2018

Misterios de dolor (4)


Después de haber sido flagelado y coronado de espinas, Jesús es sentenciado a muerte, “y muerte de Cruz” (Flp 2, 8). Jesús contempla por primera vez, de modo real y físico, su Cruz.

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A los discípulos les había anunciado, al menos en tres ocasiones concretas, su Pasión y muerte de cruz. Él sabía claramente que tendría que morir en la Cruz para redimir a todos los hombres.

El Viernes Santo todos adoramos la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo porque representa al Crucificado y en Ella está Cristo. Y cantamos emocionados el himno Crux fidelis.

“Crux fidélis, inter omnes arbor una nóbilis, nulla talem silva profert, flore, fronde, gérmine! Dulce lignum, dulces clavos, dulce pondus sústinet! Pange lingua, gloriósi prœlium certáminis, et super crucis trophæo dic triúmphum nóbilem: quáliter Redémptor orbis immolátus vícerit. Crux fidélis, inter omnes arbor una nóbilis, nulla talem silva profert, flore, fronde, gérmine!”. “¡Oh cruz fiel, el más noble entre todos los árboles! Ningún bosque produjo otro igual: ni en hoja, ni en flor ni en fruto. Oh dulce leño, dulces clavos que sostuvieron tan dulce peso. Canta, lengua, la victoria que se ha dado en el combate más glorioso, y celebra el noble triunfo de la cruz, y cómo el Redentor del mundo venció, inmolado en ella. ¡Oh cruz fiel, el más noble entre todos los árboles! Ningún bosque produjo otro igual: ni en hoja, ni en flor ni en fruto”.

El encuentro de San Andrés, apóstol, con la cruz, cuando llegó el momento de su crucifixión, debió ser de gran gozo, como lo relatan los presbíteros de Acaya.

“O bona crux, quae decorem ex membris Domini suscepisti, diu desiderata, sollicite amata, sine intermissione quaesita, et aliquando cupienti animo praeparata: accipe me ab hominibus, et redde me magistro meo: ut per te me recipiat, qui per te me redemit. Amen”. “¡Oh cruz buena, que fuiste embellecida por los miembros del Señor, tantas veces deseada, solícitamente querida, buscada sin descanso y con ardiente deseo preparada! Recíbeme de entre los hombres y llévame junto a mi Maestro, para que por ti me reciba Aquél que me redimió muriendo. Amén”.

El de Cristo fue mucho más gozoso. San Josemaría, narra de modo vibrante ese encuentro:  

“Con su Cruz a cuestas marcha hacia el Calvario (…). Mira con qué amor se abraza a la Cruz. –Aprende de Él (…). No te resignes con la Cruz. Resignación es palabra poco generosa. Quiere la Cruz. Cuando de verdad la quieras, tu Cruz será... una Cruz, sin Cruz. Y de seguro, como Él, encontrarás a María en el camino” (San Josemaría, Santo Rosario, Cuarto Misterio doloroso).

Jesús se abraza a su Cruz con amor y por amor. Y le vemos seguir su camino hacia el Calvario abrazado a la Cruz, signo de su Amor infinito por los hombres: “Vivo in fide Domini Nostri Iesu Christi, qui dilexit me et tradidit semetipsum pro me”, dice San Pablo.

“¡Con qué amor se abraza Jesús al leño que ha de darle muerte! ¿No es verdad que en cuanto dejas de tener miedo a la Cruz, a eso que la gente llama cruz, cuando pones tu voluntad en aceptar la Voluntad divina, eres feliz, y se pasan todas las preocupaciones, los sufrimientos físicos o morales? Es verdaderamente suave y amable la Cruz de Jesús. Ahí no cuentan las penas; sólo la alegría de saberse corredentores con Él” (San Josemaría, Via Crucis, Segunda estación).

Si amamos, el Señor nos dará la gracia de poder acompañarle en el camino del Calvario, llevando con alegría la medida de cruz que Él quiera compartirnos.

“Quien le amare mucho, vera que puede padecer mucho por Él, al que amare poco dará poco. Tengo ya para mí que la medida de poder llevar gran cruz o pequeña es la del amor” (Santa Teresa, Camino de perfección, 32, 5).

No hay cristianismo sin Cruz. Por eso, San Juan Pablo II, al contemplar los misterios dolorosos, nos dice: 

“Los Evangelios dan gran relieve a los misterios del dolor de Cristo. La piedad cristiana, especialmente en la Cuaresma, con la práctica del Via Crucis, se ha detenido siempre sobre cada uno de los momentos de la Pasión, intuyendo que ellos son el culmen de la revelación del amor y la fuente de nuestra salvación” (San Juan Pablo II, Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, n. 22).

El Cuarto Misterio de dolor contempla casi todas las estaciones del Via Crucis. En concreto, desde la segunda (“Jesús carga con la cruz”) hasta la novena (“Jesús cae por tercera vez”). A partir de entonces, el Señor dejará de abrazarse a la Cruz porque será clavado en Ella en la undécima estación (“Jesús es clavado en la Cruz”), para morir en Ella (Quinto Misterio de dolor).

“Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. Que por tu santa cruz redemiste al mundo”. “Señor pequé. Tened piedad y misericordia de mí”.

El ejercicio del Via Crucis es muy provechoso para quien desea conformarse con Cristo en su Pasión y Muerte, y después participar de su gloriosa Resurrección. En él, revivimos esas últimas horas del Señor y nos unimos estrechamente a su Corazón amante.

Todos los santos nos invitan a abrazar la Cruz del Señor, en la vida diaria, que es el Camino de la verdadera alegría. Por ejemplo, Santa Teresa de Calcuta decía:

«Sufrir no es nada en sí mismo, pero si lo aceptamos con fe, se nos brinda una oportunidad de compartir la Pasión de Jesús y de demostrarle nuestro amor» (cfr. Aceprensa, 123/97, p. 4). «Para la Madre Teresa «el sufrimiento en sí no tiene valor alguno». Lo que cuenta, «el mayor don de que podemos disfrutar es la posibilidad de compartir la Pasión de Cristo». «A quienes dicen admirar mi coraje tengo que decirles que carecería por completo de él si no estuviese convencida de que cada vez que toco el cuerpo de un leproso, el de alguien que despide un olor insoportable, estoy tocando el cuerpo de Cristo, el mismo Cristo a quien recibo en la Eucaristía» (cfr. Aceprensa, 123/97, p. 3).

No dudemos en abrazar la cruz y seguir a Cristo hacia el Calvario: “y de seguro, como Él, encontrarás a María en el camino” (San Josemaría, Santo Rosario, Cuarto Misterio doloroso).


sábado, 23 de junio de 2018

Misterios de dolor (2)

El recuerdo de la Flagelación del Señor, en el segundo misterio de dolor del Santo Rosario, siempre ha sido, para los cristianos, una ocasión para revivir en nosotros la compasión por Jesús en su Sagrada Pasión.  

La Flagelación de Cristo - Colección - Museo Nacional del Prado 

Fray Justo Pérez de Urbel describe muy bien la flagelación del Señor en su “Vida de Cristo”. Aunque Poncio Pilato había tratado de salvar a Cristo, porque lo encontraba inocente, ante la presión de la multitud que pide su muerte, cede y, finalmente, opta por la flagelación, con la esperanza de que los judíos dejaran de pedir la crucifixión al ver a Jesús después del terrible tormento.

“Hace un signo al centurión y le dice estas palabras: Quaestio per tormenta. Era el suplicio de la tortura, destinado ordinariamente a arrancar revelaciones. Flagris, flagellis vel virgis?, debió preguntar al centurión. Flagellis. Las varas quebraban ocultamente el hueso, los azotes, las correas retorcidas que acababan con mendrugos de hueso, de álamo o de vidrio, rasgaban la carne y la destrozaban, dejando llagas asquerosas, que no acababan de cerrarse; e flagelo, haz de trallas hedidas y sutiles, desgajaba la carne en hebras, descortezaba al paciente hasta dejarle la vida desnuda, sin matarla” (p. 631).

La flagelación, ordinariamente precedía a la crucifixión. Pero, aunque así no fuese, como intentaba Pilato, dejaría a la víctima muerta civilmente, si es que no le quitaba la vida corporal. Se cumplían así las palabras que Jesús había dicho a sus discípulos: que “sería azotado”.

Entre los judíos, la ley limitaba el número de los azotes. Entre los romanos no había más límite que el arbitrio de los flagelantes o la resistencia del reo.

“Los lictores bajaron a Jesús a la rinconada de los pórticos, donde estaba la columna flagelatoria, un pedestal mutilado y manchado de sudores, de mugre y de sangre viejas. Rápidos, expertos, despojaron al Señor de sus vestidos, calzaron con cepo sus pies, le enfundaron la cabeza con el paño sucio y roto que tenían allí para cegar a la víctima y ahogar sus bramidos; sujetaron sus manos en las argollas, y la lluvia de golpes empezó a caer en la espalda, en el pecho, en el vientre, en la cara, en los ojos. Rechinaban las argollas de la columna, jadeaban y sudaban los verdugos; hilos de sangre rodaban hasta el suelo; el cuerpo de Cristo se retorcía de dolor, y bajo el negro capuz se oía rítmicamente su íntimo quejido. Terminado el suplicio quedaba sólo un simulacro de hombre, tendido en tierra, bañado en sangre. Los soldados le levantaron y le devolvieron sus vestiduras” (Ibidem, p. 632).

En este suceso del Viernes Santo se mostró especialmente la crueldad humana que se cierne sobre el Señor de modo inmisericorde. La película de Mel Gibson muestra el sufrimiento de Cristo, por una parte, y el dolor de Nuestra Señora, por otra, de una manera muy realista. Como es sabido el guion de esa película está basado en las visiones que tuvo la Beata Ana Catalina Emmerich. Ella relata que Pilato no quería condenar a Jesús a muerte, por lo que lo mandó azotar a la manera de los romanos.

“Entonces, los esbirros, a empellones, llevaron a Jesús a la plaza, en medio del tumulto de un pueblo rabioso. Al norte del palacio de Pilatos, a poca distancia del puesto de guardia, había una columna de azotes. Los verdugos llegaron con látigos y cuerdas que depositaron al pie de la columna. Eran seis hombres de piel oscura y más bajos que Jesús; llevaban un cinto alrededor del cuerpo y el pecho cubierto de una especie de piel, los brazos desnudos. Eran malhechores de la frontera de Egipto, condenados por sus crímenes a trabajar en los canales y en los edificios públicos, y los más perversos de ellos ejercían de verdugos en el pretorio.
Estos hombres habían ya atado a esta misma columna y azotado hasta la muerte a algunos pobres condenados. Parecían bestias o demonios y estaban medio borrachos. Golpearon a Nuestro Señor con sus puños, y lo arrastraron con las cuerdas a pesar de que Él se dejaba conducir sin resistencia; una vez en la columna, lo ataron brutalmente a ella. Esta columna estaba aislada y no servía de apoyo a ningún edificio. No era muy elevada, pues un hombre alto extendiendo el brazo hubiera podido tocar su parte superior. A media altura había insertados anillos y ganchos. No se puede describir la crueldad con que esos perros furiosos se comportaron con Jesús. Le arrancaron los vestidos burlescos con que lo había hecho ataviar Herodes y casi lo tiraron al suelo. Jesús temblaba y se estremecía delante de la columna. Se acabó de quitar Él mismo las vestiduras con sus manos hinchadas y ensangrentadas. Mientras lo trataban de aquella manera, Él no dejó de rezar, y volvió un instante la cabeza hacia su Madre, que estaba rota de dolor en una esquina cercana a la plaza y que cayó sin conocimiento en los brazos de las santas mujeres que la rodeaban” (La amarga Pasión de Cristo, según las visiones de Ana Catalina Emmerich transcritas por Clemente Brentano).

Y el relato continúa, con más detalles conmovedores.

“El Santo de los Santos fue sujetado con violencia a la columna de los malhechores y dos de éstos, furiosos, comenzaron a flagelar su cuerpo sagrado desde la cabeza hasta los pies. Los látigos o varas que usaron primero parecían de madera blanca y flexible, o puede ser también que fueran nervios de buey o correas de cuero duro o blando.
Nuestro amado Señor, el Hijo de Dios, el Dios verdadero hecho Hombre, temblaba y se retorcía como un gusano bajo los golpes. Sus gemidos suaves y claros se oían como una oración en medio del ruido de los golpes. De cuando en cuando los gritos del pueblo y de los fariseos llegaban como una ruidosa tempestad y cubrían sus quejidos llenos de dolor y de plegarias” (Ibidem).

San Josemaría Escrivá de Balaguer, al comentar el segundo misterio doloroso en su “Santo Rosario” hace el siguiente comentario con el que concluimos nuestra meditación.

“Atado a la columna. Lleno de llagas. Suena el golpear de las correas sobre su carne rota, sobre su carne sin mancilla, que padece por tu carne pecadora. –Más golpes. Más saña. Más aún... Es el colmo de la humana crueldad.
Al cabo, rendidos, desatan a Jesús. –Y el cuerpo de Cristo se rinde también al dolor y cae, como un gusano, tronchado y medio muerto.
Tú y yo no podemos hablar. –No hacen falta palabras. –Míralo, míralo... despacio.
Después... ¿serás capaz de tener miedo a la expiación?”.


sábado, 26 de mayo de 2018

Misterios de Luz (3)


Después de realizar su primer Signo en las Bodas de Caná, Jesús comienza su predicación sobre el Reino de Dios por medio de las parábolas.  

Rembrandt Harmensz. van Rijn - The Return of the Prodigal Son.jpg 

Este es el tema de meditación que nos propone el Tercer Misterio de Luz: El anuncio del  Reino de Dios invitando a la conversión.

“Misterio de luz es la predicación con la cual Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión (cf. Mc 1, 15), perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe (cf. Mc 2. 3-13; Lc 47-48), iniciando así el ministerio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia” (RVM, 21).

San Juan Bautista había hecho un fuerte llamado a la conversión y al arrepentimiento de los pecados durante el tiempo en que estuvo bautizando en el Río Jordán. Pero él no era el Mesías. Era el Precursor, el que preparaba los caminos del Señor, el que estaba destinado a ser la Voz que clama en el desierto.

Algunos de los discípulos de Juan luego fueron discípulos de Jesús. Gracias al Bautista conocieron al Señor y lo siguieron. Varios de ellos eran pescadores en el Mar de Galilea. Por eso, Jesús hace de Cafarnaúm, ciudad marítima, el centro de su misión mesiánica hasta la marcha definitiva a Jerusalén.

Las primeras predicaciones que nos narran los Evangelios Jesús las realiza desde la barca de Pedro. Son las Parábolas del Reino. Mediante ellas, el Señor llama a todos a la conversión.

¿Qué quería Jesús significar con esta palabra, en griego, “metanoia”? Un cambio de mente y de corazón. Un reconocerse pecador y abrirse al anuncio del Reino de Dios. Un dejar el propio “yo” para abrirse a ser habitado por la gracia de Dios. Un morir a uno mismo y renacer a una vida nueva.  

Jesús pide la fe en Él, como Enviado de Dios y, poco a poco, también como el Mesías esperado por el pueblo de Israel y anunciado por los profetas. El Señor prueba la verdad de sus palabras por la profundidad que tienen sus enseñanzas que, además, van acompañados por milagros frecuentes: curaciones, expulsiones de demonios, poder para resucitar muertos…

Las parábolas que predica son formas literarias utilizadas en la antigüedad para expresar una enseñanza por medio de imágenes que están tomadas de la vida corriente de los que le escuchan, sobre todo campesinos y pescadores.

No solamente predica parábolas en Galilea. También lo hace en Jerusalén, al final de su vida.

Además de las parábolas del Reino, como la del sembrador, la perla preciosa, el tesoro escondido, la red barredera, el grano de mostaza, etc., otras parábolas famosas de Cristo son, por ejemplo, las parábolas de la misericordia que aparecen en el capítulo 15 del evangelio de San Lucas: la parábola de la oveja perdida, del hijo pródigo y de la dracma perdida.

El Papa Benedicto XVI ha desarrollado ampliamente en su libro, Jesús de Nazaret, el tema de las parábolas en la Vida pública del Señor. Veamos qué nos quiere enseñar.

“Las parábolas son indudablemente el corazón de la predicación de Jesús. No obstante el cambio de civilizaciones nos llegan siempre al corazón con su frescura y humanidad (…). En las parábolas –teniendo en cuenta también la singularidad lingüística, que deja traslucir el texto arameo– sentimos inmediatamente la cercanía de Jesús, cómo vivía y enseñaba. Pero al mismo tiempo nos ocurre lo mismo que a sus contemporáneos y a sus discípulos: debemos preguntarle una y otra vez qué nos quiere decir con cada una de las parábolas (cf. Mc 4, 10)”.

El Papa pone de relieve “la importancia de la imagen de la semilla en el conjunto del mensaje de Jesús”.

“El tiempo de Jesús, el tiempo de los discípulos, es el de la siembra y de la semilla. El "Reino de Dios" está presente como una semilla. Vista desde fuera, la semilla es algo muy pequeño. A veces, ni se la ve. El grano de mostaza –imagen del Reino de Dios– es el más pequeño de los granos y, sin embargo, contiene en sí un árbol entero. La semilla es presencia del futuro. En ella está escondido lo que va a venir. Es promesa ya presente en el hoy”.

Pero, más tarde, el Domingo de Ramos, Jesús resume las diversas parábolas sobre las semillas, y desvela su pleno significado:

"Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero, si muere, da mucho fruto" (Jn 12, 24). Él mismo es el grano. Su "fracaso" en la cruz supone precisamente el camino que va de los pocos a los muchos, a todos: "Y cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32)”.

Para Benedicto XVI, habría que interpretar todas las parábolas como anuncio de la Cruz, que tanto nos cuesta entender, y que Jesús pre-anuncia repetidamente: para que (como está escrito) "miren y no vean, oigan y no entiendan, a no ser que se conviertan y Dios los perdone"" (Mc 4, 12; Jeremías, p. 11).

“Así, las parábolas hablan de manera escondida del misterio de la cruz; no sólo hablan de él: ellas mismas forman parte de él. Pues precisamente porque dejan traslucir el misterio divino de Jesús, suscitan contradicción. Precisamente cuando alcanzan máxima claridad, como en la parábola de los trabajadores homicidas de la viña (cf. Mc 12, 1-12), se transforman en estaciones de la vía hacia la cruz. En las parábolas, Jesús no es sólo el sembrador que siembra la semilla de la palabra de Dios, sino que es semilla que cae en la tierra para morir y así poder dar fruto”.

Cada parábola es una invitación a creer en lo que no se ve: el Reino de Dios; pero que es más real que lo que vemos con los ojos de la carne. Somos libres para aceptar el mensaje del Señor o para rechazarlo. La llamada a la conversión consiste en decidirse por la fe, por lo que no se ve. Pero esta decisión debe de ser libre.

“[Jesús nos dice, a través de las parábolas:] Dios está en camino hacia ti. Pero es también un conocimiento que plantea una exigencia: cree y déjate guiar por la fe. Así, la posibilidad del rechazo es muy real, pues la parábola no contiene una fuerza coercitiva”.

La escucha de las parábolas puede llevar a algunos al “endurecimiento del corazón” y a otros a la alegría de la fe.

“Las parábolas son expresión del carácter oculto de Dios en este mundo y del hecho de que el conocimiento de Dios requiere la implicación del hombre en su totalidad; es un conocimiento que forma un todo único con la vida misma, un conocimiento que no puede darse sin "conversión"”.

Por eso, el Papa Benedicto concluye que “en las parábolas se manifiesta la esencia misma del mensaje de Jesús y en el interior de las parábolas está inscrito el misterio de la cruz”.

Transcribimos una cita del Cardenal Ratzinger sobre la conversión, que vale la pena meditar despacio.

«La conversión es el acto por el que elegimos la reciprocidad del amor, la disponibilidad a dejarnos formar por la verdad, para llegar a ser “cooperadores de la verdad (3 Jn 8) (…). “Convertirse” quiere decir: no buscar el éxito, no correr tras el prestigio y la propia posición. “Conversión” significa: renunciar a construir la propia imagen, no esforzarse por hacer de sí mismo un monumento, que acaba siendo con frecuencia un falso Dios. “Convertirse” quiere decir: aceptar los sufrimientos de la verdad. La conversión exige que la verdad, la fe y el amor lleguen a ser más importantes que nuestra vida biológica, que el bienestar, el éxito, el prestigio y la tranquilidad de nuestra existencia; y esto no solamente de una manera abstracta, sino en la realidad cotidiana y en las cosas más insignificantes. De hecho, el éxito, el prestigio, la tranquilidad y la comodidad son los falsos dioses que más impiden la verdad y el verdadero progreso en la vida personal y social. Cuando aceptamos esta primacía de la verdad, seguimos al Señor, cargamos con nuestra cruz y participamos en la cultura del amor, que es la cultura de la cruz» (El Camino Pascual, pp. 27-28).

María, que escuchaba atenta las palabras del Señor y las meditaba en su corazón, entiende muy bien —aunque envuelto en el misterio— lo que Jesús quería decir, y se prepara con fe para abrazar la Cruz de su Hijo.


sábado, 19 de mayo de 2018

Misterios de Luz (2)


Mañana, con la Solemnidad de Pentecostés, terminamos el Tiempo Pascual. Sin embargo, ahora seguimos con la secuencia de los Misterios del Rosario que hemos comenzado. Hoy consideraremos el Segundo Misterio de Luz.

 

Toda la revelación del Misterio de Cristo tiene una unidad admirable. Ya desde el principio de la Vida pública del Señor se manifiesta la abundancia del Amor de Dios, como se pone especialmente de relieve en la Venida del Espíritu Santo, en Pentecostés.

Efectivamente, Jesús realiza el primero de sus Signos de modo sorprendente: convierte aproximadamente 600 litros de agua en el mejor de los vinos.

El 2° Misterio luminoso es la Autorrevelación de Jesús en las bodas de Caná. Toda la vida de Cristo es un Misterio de Luz. Él es la Luz del Mundo. Pero esta dimensión se manifiesta especialmente en su Vida pública, cuando anuncia el evangelio del Reino.

“Misterio de luz es el comienzo de los signos en Caná (cf.Jn 2, 1-12), cuando Cristo, transformando el agua en vino, abre el corazón de los discípulos a la fe gracias a la intervención de María, la primera creyente” (RVM, n. 21).

San Juan Pablo II, en su Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae (16 de octubre de 2002), publicada para inaugurar el Año del Rosario en toda la Iglesia, resalta la presencia de María en todos los Misterios del Rosario, también en los Misterios de Luz.

“Excepto en el de Caná, en estos misterios la presencia de María queda en el trasfondo. Los Evangelios apenas insinúan su eventual presencia en algún que otro momento de la predicación de Jesús (cf. Mc 3, 31-35; Jn 2, 12) y nada dicen sobre su presencia en el Cenáculo en el momento de la institución de la Eucaristía. Pero, de algún modo, el cometido que desempeña en Caná acompaña toda la misión de Cristo. La revelación, que en el Bautismo en el Jordán proviene directamente del Padre y ha resonado en el Bautista, aparece también en labios de María en Caná y se convierte en su gran invitación materna dirigida a la Iglesia de todos los tiempos: "Haced lo que él os diga" (Jn 2, 5). Es una exhortación que introduce muy bien las palabras y signos de Cristo durante su vida pública, siendo como el telón de fondo mariano de todos los "misterios de luz" (RVM, n. 21).

El Papa nos invita a meditar la vida de Cristo teniendo presente el “telón de fondo mariano” que hay en ella: “la presencia de María queda en el trasfondo”. Nuestra Madre está siempre dándonos su buen consejo: “Haced lo que Él os diga”.

Toda la vida de Cristo es un “cumplir la voluntad de su Padre”. Y María nos anima a seguir a Jesús en ese cumplimiento de la voluntad de Dios.

El martes pasado leíamos en la primera lectura de la Misa un texto de los Hechos de los Apóstoles. San Pablo se había reunido con los presbíteros de Éfeso para abrirles su corazón, en el puerto de Mileto, antes de su marcha a Jerusalén.

El jueves 10 de marzo de 2011, el Papa Benedicto XVI comentaba este texto a los sacerdotes de la diócesis de Roma. En esa charla repitió 20 veces la palabra “voluntad”, refiriéndose a la necesidad que tienen los sacerdotes (en realidad, todos los cristianos) de buscar cumplir la voluntad de Dios en todo momento, y no nuestra propia voluntad.

“[Somos servidores de Cristo] servidores que no hacen su voluntad, sino la voluntad del Señor. En la Iglesia somos realmente embajadores de Cristo y servidores del Evangelio”.

Por lo tanto, nuestra obligación es anunciar completa la voluntad de Dios y no un cristianismo “a la carta”, según nuestros propios gustos o ideas teológicas preferidas.

“[El cristiano no se sustrae] al compromiso de anunciar toda la voluntad de Dios, también la voluntad incómoda, incluidos los temas que personalmente no le agradan tanto. Nuestra misión es anunciar toda la voluntad de Dios, en su totalidad y sencillez última. Pero es importante el hecho de que debemos predicar y enseñar –como dice san Pablo–, y proponer realmente toda la voluntad de Dios”.

Es verdad, también, que nunca podremos acabar de conocer toda la voluntad de Dios, en plenitud, porque nunca podremos abarcar la grandeza del Misterio divino. Por eso, el cristiano tiene sed de Dios. Nunca se sacia con la verdad que conoce. Siempre tiene deseos de saber más sobre Dios y su Verdad.

“Pienso que si el mundo de hoy tiene curiosidad de conocer todo, mucho más nosotros deberemos tener la curiosidad de conocer la voluntad de Dios: ¿qué podría ser más interesante, más importante, más esencial para nosotros que conocer lo que Dios quiere, conocer la voluntad de Dios, el rostro de Dios? Esta curiosidad interior debería ser también nuestra curiosidad por conocer mejor, de modo más completo, la voluntad de Dios. Debemos responder y despertar esta curiosidad en los demás, curiosidad por conocer verdaderamente toda la voluntad de Dios, y así conocer cómo podemos y cómo debemos vivir, cuál es el camino de nuestra vida”.

El Papa Benedicto XVI nos anima a comenzar por ahondar en el contenido de las cuatro partes del Catecismo de la Iglesia Católica (doctrina, liturgia, moral y oración) que nos introducen a la totalidad de la voluntad de Dios.

La Revelación de Dios es algo sencillo: Dios se ha revelado en Cristo. Pero hay que entrar en esa sencillez: creo en Dios, que se revela en Cristo y quiero ver y realizar su voluntad. El Espíritu Santo nos hará comprender la sencillez última de la fe si somos dóciles a su acción. Descubriremos que en la oscuridad aparente hay mucha Luz. Que la Verdad es bella. La voluntad de Dios es buena, es la bondad misma.

Es necesario ser humildes, como los siervos de las bodas de Caná, que hicieron caso al buen consejo de la Virgen, llenaron las hidras de agua hasta los bordes y fueron testigos del gran milagro del Señor: la conversión de 600 litros de agua en el mejor de los vinos.

Dios nos ama y la voluntad última del Señor es gracia.

“El Evangelio es invitación a la alegría porque estamos en la gracia, y la última palabra de Dios es la gracia”.

San Pablo revela a los presbíteros de Éfeso su martirio inminente, y les alerta a estar en vela: "Velad por vosotros mismos y por todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo os ha puesto como guardianes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio Hijo" (v. 28).

“"Velad", nos dice [Jesús] a nosotros; tratemos de no dormir en este tiempo, sino de estar realmente dispuestos para la voluntad de Dios y para la presencia de su Palabra, de su Reino (…)."Velad por vosotros mismos": estemos atentos también a nuestra vida espiritual, a nuestro estar con Cristo. Como he dicho en muchas ocasiones: orar y meditar la Palabra de Dios no es tiempo perdido para la atención a las almas, sino que es condición para que podamos estar realmente en contacto con el Señor y así hablar de primera mano del Señor a los demás”.

Terminamos con unas palabras del Papa Benedicto XVI sobre la importancia de seguir las mociones del Espíritu Santo en nuestra alma.

“No es algo que hagamos nosotros solamente [nuestra misión en la Iglesia]. Es una elección del Espíritu Santo, y en esta voluntad del Espíritu Santo, voluntad de Dios, vivimos y buscamos cada vez más dejarnos llevar de la mano por el Espíritu Santo, por el Señor mismo”.
      
María es la Esposa del Espíritu Santo. Es Maestra de fe y docilidad para cumplir siempre y en todo momento la voluntad de Dios.