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viernes, 9 de abril de 2021

Como niños recién nacidos

         La antífona de entrada del Domingo de la Misericordia nos introduce de lleno en el Misterio Pascual:

Como niños recién nacidos, anhelen una leche pura y espiritual que los haga crecer hacia la salvación. Aleluya”.

 Jacques Philippe, conocido autor de libros espirituales, en un retiro que predicó en Madrid hace algunos años, comentó una anécdota de la vida de Santa Teresa de Lisieux.

Santa Teresa, desde muy niña, se sentía fuertemente atraída hacia la santidad. Sin embargo, la muerte de su madre cuando ella tenía sólo cuatro años de edad, la marcó profundamente. Aparecieron en su carácter algunos rasgos psicológicos de inmadurez infantil: deseos de llamar la atención, una hipersensibilidad que le llevaba frecuentemente al llanto, deseos de reconocimiento, desánimos frecuentes cuando no lograba lo que quería, etc. Verdaderamente, algunas veces era insoportable. 

No podía vencer esas tendencias fuertemente grabadas en su forma de ser. Cuando tenía catorce años de edad, en la Navidad de 1886, su padre, que le tenía un afecto notorio, preparó, como todos los años, los regalos para sus hijos, en la chimenea. Pero, después de llevar a cabo esa tarea cansada, se le escaparon unas palabras que hirieron en lo más vivo la sensibilidad de Teresa, que era la más pequeña de la familia: «Menos mal que es el último año». Ella ya venía dándose cuenta de que tenía que cambiar, y que no podía seguir siendo una niña mimada. Entonces, después de la Comunión que recibió aquel día en la Misa de medianoche, tomó la decisión, valientemente, de controlar sus emociones. Estuvo contenta, alegre y, finalmente, venció el desánimo. Aquello fue un hito de gran importancia en su vida: ganó en madurez y se dio cuenta de que ese era el camino para superar los estados emotivos. Al año siguiente ingresó como novicia al convento de Carmelitas. 

¿Qué fue, en el fondo, lo que le hizo cambiar? La convicción de que Dios, que ha puesto en nuestro corazón el deseo de amarle, nos da la fuerza para alcanzar la santidad, a pesar de nuestros defectos. Que lo importante no es qué tan frágiles seamos, sino saber que Dios nos ama y que podemos confiarnos plenamente a Él. Que los brazos de Jesús son dónde tenemos que ponernos porque Él es nuestra fortaleza.

Tres años antes, cuando cumplió 11 años de edad, ya había hecho tres propósitos sencillos: 1) luchar contra el orgullo, 2) rezar todos los días a la Virgen un Acordaos y 3) no desanimarse nunca. 

En el último año de su vida (1897), a los 24 años de edad, estaba enferma en el convento. Entonces escribió en uno de sus manuscritos que, poco a poco, fue descubriendo un camino sencillo, corto y nuevo para alcanzar la santidad. Ese camino, o «caminito», como Ella lo llamaba, era la infancia espiritual. Realmente, no era un camino nuevo, en estricto sentido. Era redescubrir el Evangelio, que es un Camino de amor para los pequeños. Muchas veces Jesús había dicho a sus discípulos que es indispensable hacerse como niños para entrar en el Reino de los Cielos. 

Santa Teresa de Lisieux fue lo que descubrió en su propia vida y luego lo escribió para que, a lo largo de los años, una multitud de personas en todo el mundo pudiéramos seguir su «camino de infancia».

La decisión que tomó a los catorce años de edad fue algo sencillo, relativamente. No fue una decisión aparentemente importante. Sin embargo, cambió su vida. Se dio cuenta de que eso es lo que Dios nos pide cada día: decirle que «sí» en alguna cosa. Y sostener ese propósito en los días sucesivos. En definitiva, la santidad está al alcance de cualquier persona, a través de la lucha en los pequeños detalles de la vida ordinaria. En esto se adelantó al Concilio Vaticano II, al igual que san Josemaría que, después de la canonización de Santa Teresa de Lisieux, en 1924, conoció sus escritos y le impresionaron vivamente. Él también aconsejaba el «caminito de infancia» como un modo seguro y asequible a todos de alcanzar la santidad. 

San Juan Pablo II, con motivo del centenario del fallecimiento de Santa Teresita (1987) la proclamó doctora de la Iglesia. Ella tenía 24 años al morir. Nunca estudió teología. Sus escritos son relatos de sus vivencias personales. Y, sin embargo, el Papa quiso poner su modo de comprender el Evangelio como un punto de referencia para todos los cristianos de nuestra época. Vale la pena que nosotros conozcamos su vida y sus escritos. Y, sobre todo, que sigamos su ejemplo en el camino de amor a través de las cosas pequeñas y ordinarias de nuestra vida.   


viernes, 12 de marzo de 2021

Cristo en la cumbre de las actividades humanas

La Iglesia se viste con ornamentos de color de rosa en señal de su inmensa alegría, cuando ya se acercan los Días Santos.

«Alégrate, Jerusalén, y que se reúnan cuantos te aman. Compartan su alegría los  que estaban tristes, vengan a saciarse con su felicidad» (Antífona de entrada del Cuarto Domingo de Cuaresma).

Los israelitas que iban hacia Jerusalén, entonaban los 15 Cantos graduales, o de subida. Son 15 salmos que manifiestan el gran gozo de llegar a la Ciudad Santa. Jesús, que desde hacía 6 meses había recorrido el camino de «subida» a Jerusalén, también está gozoso, porque se acerca la Hora de la Redención. 

«¡Este es el Día que ha hecho el Señor, gocémonos y alegrémonos en él!» (Salmo 118, 24).

Terminado el destierro de Babilonia, el Rey Ciro permite regresar a todos los judíos a Jerusalén. Es un retorno gozoso de todo el pueblo. 

«Así habla Ciro, rey de Persia: El Señor, Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha mandado que le edifique una casa en Jerusalén de Judá. En consecuencia, todo aquel que pertenezca a este pueblo, que parta hacia allá, y que su Dios lo acompañe» (2 Crónicas, 36, 14-16, 19-23; cfr. Primera Lectura de la Misa).

Todos los cristianos nos alegramos de ir a Jerusalén y, sobre todo, de saber que algún día llegaremos a la Nueva Jerusalén (Cielos Nuevos y Nueva Tierra) y a la Jerusalén Celestial (Reino Celestial).

«Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos a llorar de nostalgia; de los sauces que estaban en la orilla colgamos nuestras arpas. Aquellos que cautivos nos tenían pidieron que cantáramos. Decían los opresores: “Algún cantar de Sión, alegres, cántennos”. Pero, ¿cómo podríamos cantar un himno al Señor en tierra extraña? ¡Que la mano derecha se me seque, si de ti, Jerusalén, yo me olvidara! ¡Que se me pegue al paladar la lengua, Jerusalén, si no te recordara, o si, fuera de ti, alguna otra alegría yo buscara!» (cfr. Salmo 136; salmo responsorial de la Misa).

Este cántico es siempre materia de oración para un alma que espera la Gloria de Dios y el cumplimiento de sus promesas.

San Pablo, en la Segunda Lectura de la Misa (cfr. Ef 2, 4-10), subraya una y otra vez que la salvación que tenemos es un don de Dios. «Con Cristo y en Cristo», repite dos veces, hemos sido salvados. Por la gracia y mediante la fe. 

«Porque somos hechura de Dios, creados por medio de Cristo Jesús, para hacer el bien que Dios ha dispuesto que hagamos» (Ibidem).

¿Cuál es el bien que Dios ha dispuesto que hagamos? Jesús lo dice a Nicodemo en el Evangelio de la Misa. 

«Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna» (Jn 3, 14-21).

Más adelante en su Evangelio, San Juan recoge otras palabras del Señor que completan lo dicho a Nicodemo:

«Y yo, cuando sea levantado (exaltatus fuero) de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32).

El 7 de agosto de 1931, en la Santa Misa, al alzar la Sagrada Hostia después de la consagración eucarística, las palabras de San Juan, cap. 12, v. 32 quedaron grabadas a fuego en el alma de Josemaría Escrivá de Balaguer. Vinieron «a mi pensamiento —escribió aquella misma tarde— con fuerza y claridad extraordinarias». Las "oyó" en el tenor latino de la Vulgata: Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum. Tenía entonces 29 años y todavía no hacía tres que había fundado el Opus Dei. Fue la de aquella mañana una experiencia mística de su espíritu, semejante a otras que se habían dado —y se seguirían dando— en la vida del Siervo de Dios. Me refiero a la irrupción de lo divino en su alma bajo la forma de loquela o locutio divina. A un primer movimiento de temor ante la Majestad de Dios, siguió la paz del "Ne timeas!", soy Yo. «Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana... Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas».

Este último párrafo pertenece a un estudio de Pedro Rodríguez (Romana, 13; 1991), y nos ayuda a comprender lo que quiere Jesús de los cristianos corrientes, que viven en el mundo: poner a Cristo en la entraña y en la cumbre de todas las actividades humanas. Así contribuimos a que, pronto, su Reino entre nosotros sea una realidad.   


viernes, 26 de febrero de 2021

Subir al Tabor con Cristo

En la Transfiguración (cfr. Evangelio de la Misa del 2º Domingo de Cuaresma), Jesús lleva consigo a tres de sus discípulos para que sean testigos de su gloria en el Monte Tabor, y escuchen también a Elías y a Moisés hablar de su Pasión y Muerte.

La Transfiguración es un acontecimiento de oración (cfr. J. Ratzinger, Jesús de Nazaret). Los montes, en Israel, son ante todo lugares de oración. Solamente en un clima de oración se pueden aceptar las realidades sobrenaturales. 

De alguna manera, el Papa Francisco, a través de su Mensaje para la Cuaresma 2021, nos sugiere tomar el camino de la fe, la esperanza y la caridad. Así, acompañando a Jesús al Tabor, podremos luego subir con Él al Calvario.

El Papa relaciona cada una de las tres virtudes teologales con una de las obras de penitencia. La fe con el ayuno. La esperanza con la oración La caridad con la limosna. 

Subiendo al Tabor, con Cristo, ejercitamos la esperanza (porque es un acontecimiento de oración, como hemos dicho), la fe (porque subir siempre implica dejar la comodidad: privarse de algo) y la caridad (sobre todo, porque acompañamos y consolamos al Señor es su «subida» a Jerusalén). 

Al hablar de la esperanza y de la oración, el Papa también incluye, entre estas actitudes del cristiano, a la Confesión Sacramental: 

«Es esperanza en la reconciliación, a la que san Pablo nos exhorta con pasión: «Os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Al recibir el perdón, en el Sacramento que está en el corazón de nuestro proceso de conversión, también nosotros nos convertimos en difusores del perdón: al haberlo acogido nosotros, podemos ofrecerlo, siendo capaces de vivir un diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se encuentra herido. El perdón de Dios, también mediante nuestras palabras y gestos, permite vivir una Pascua de fraternidad» (Mensaje para la Cuaresma 2021).

Además, en este apartado, el Papa nos hace ver que podemos ejercitar la esperanza a través de cosas sencillas y ordinarias, como son tratar de ser amables en el trato con nuestros hermanos que nos rodean. 

«En la Cuaresma, estemos más atentos a «decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan», en lugar de «palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian» (Carta enc. Fratelli tutti [FT], 223). A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser «una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia» (ibíd., 224)» (Ibidem). 

Pero, ¿cómo lograr ese modo de ser y de actuar? Por medio de la oración. 

«En el recogimiento y el silencio de la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina los desafíos y las decisiones de nuestra misión: por esto es fundamental recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura» (Ibidem).

En el momento en que vivimos, muchos esperamos que pronto se cumplan las promesas del Señor sobre el «Tiempo Nuevo» anunciado a lo largo de toda la Sagrada Escritura. También el Papa relaciona nuestra esperanza, y la oración, con esa Nueva Época tan deseada. 

«Vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1-6). Significa recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al tercer día, “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza” (cf. 1 P 3,15)» (Ibidem).

El domingo pasado leíamos en la Liturgia de las Horas un comentario de San Agustín al Salmo 60, muy alentador. Transcribo algunas ideas que nos pueden ayudar a mantener la esperanza a pesar de todo. 

«Dios mío, escucha mi clamor, atiende mi súplica. Te invoco desde los confines de la tierra, con el corazón abatido» (cfr. Salmo 60). Parece que los que hablan son muchos, pero es uno solo, porque Cristo es uno solo, y todos nosotros somos sus miembros. Cristo, Nuestra Cabeza, ha unido a sí a sus miembros, en la tentación (el dolor) y en la victoria. Con Él somos tentados, con Él morimos, y con Él triunfaremos.  

«El Señor se halla presente en todos los pueblos y en los hombres del orbe entero no con gran gloria, sino con graves tentaciones. Pues nuestra vida en medio de esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de de enemigo y de tentaciones. Este que invoca desde los confines de la tierra está angustiado, pero no se encuentra abandonado» (San Agustín, in Salmo 60, Lectio altera del domingo 1º de Cuaresma).

Esto es lo que Jesús trata de hacer con sus discípulos en el Tabor: enseñarles que la Cruz es inevitable, pero que luego viene la Resurrección.

    

viernes, 29 de enero de 2021

Cristo, Profeta

El domingo pasado fue la segunda ocasión en la que celebramos el Domingo de la Palabra, que instituyó el Papa Francisco en 2019. La proclamación de la Palabra está estrechamente relacionada con la profecía, de la que trata la Primera Lectura del próximo domingo (4º del tiempo ordinario).

Paris Bordone (1500-1570), Cristo, Luz del mundo  

«En aquellos días, habló Moisés al pueblo, diciendo: “El Señor Dios hará surgir en medio de ustedes, entre sus hermanos, un profeta como yo. A él lo escucharán”» (cfr. Deut 18, 15-20).

Moisés, al final de su vida, recuerda su encuentro con Yahvé en el Monte Sinaí. Los israelitas no querían entonces volver a oír la voz de Dios, ni ver su gran fuego, porque no querían morir. Yahvé dijo a Moisés: 

«Está bien lo que han dicho. Yo haré surgir en medio de sus hermanos un profeta como tú. Pondré mis palabras en su boca y él dirá lo que le mande yo» (Ibidem).

Ese profeta sería Cristo. 

Este texto nos dan pie para reflexionar sobre la verdadera profecía, que no tiene que ver directamente con la predicción del futuro, sino con el don recibido para proferir palabras de verdad, que vienen de Dios; es decir, para —con sabiduría— hablar todo lo que Dios quiere que conozcamos y necesitamos para nuestra salvación. Sin embargo, la profecía sí tiene, en sí misma, una dimensión escatológica que se relaciona con la esperanza. 

En una entrevista que le hicieron al Cardenal Ratzinger en 1988, decía lo siguiente: 

«Pienso que el aspecto escatológico —sin exaltación apocalíptica [nota del entrevisador: “parece que el Cardenal quiere desligarse de la 'exaltación apocalíptica', entendida como una actitud de espera inminente que genera ansiedad ante el futuro, y se fundamenta sólo en conjeturas e hipótesis personales”]— pertenece esencialmente a la naturaleza profética. Los profetas son aquéllos que exaltan la dimensión de la esperanza contenida en el cristianismo. Ellos son los instrumentos que hacen soportable el presente invitando a salir del tiempo, al cual le concierne lo esencial y lo definitivo. Este carácter escatológico, este impulso para superar el tiempo presente, forma parte por cierto de la espiritualidad profética».

Jesucristo es el Profeta esperado, porque anuncia el Evangelio, la Buena Nueva, con autoridad. Todas sus palabras están llenas de esperanza, especialmente al final, cuando habla con sus discípulos en el Cenáculo, y está cerca su Pasión.

En el Evangelio de la Misa del domingo, leemos un texto del Evangelio de San Marcos (1, 21-28). 

«En aquel tiempo, llegó Jesús a Cafarnaúm y el sábado siguiente fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas».

Nosotros, que queremos ser discípulos de Cristo, también participamos del munus propheticum, del oficio profético. No sólo lo tienen los pastores en la Iglesia. También los fieles laicos lo ejercen cuando enseñan y dan a conocer la Palabra de Dios. El Espíritu Santo actúa y nos orienta para que no nos desviemos de la verdad. 

Una madre de familia, cuando enseña a sus hijos a rezar; una catequista, que prepara a los niños para la Primera Comunión; un hombre maduro que se reúne con sus amigos para repasar los elementos centrales de nuestra fe… Todos ellos ejercen el ministerio profético (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 785).

La «autoridad» de Jesús le viene de ser el Hijo de Dios. Nuestra «autoridad», nos llega también por ser hijos de Dios: por participar de la filiación divina que hemos recibido, en Cristo, por nuestro Bautismo. Cuanto mejores recipientes seamos de las abundantes gracias que nos da el Señor, más autoridad tendremos. La autoridad es directamente proporcional a la santidad de la persona, a su amor a Dios.

En la entrevista, a la que hemos aludido antes, el Cardenal Ratzinger advierte sobre tres formas erróneas de entender la profecía, en la actual crisis de fe que pasa la Iglesia, y que podríamos resumir de la siguiente manera: 1ª) el peligro de buscar aquí en la tierra, con los puros medios humanos, la solución a todos los problemas (mesianismo secularista); 2ª) el peligro de huir del mundo y caer en un espiritualismo que se desentiende de las realidades temporales; 3ª) el peligro de refugiarse en exaltaciones apocalípticas, en el sentido en que se explica más arriba; es decir, dejándose llevar por la ansiedad ante los acontecimientos futuros, que imaginamos quizá de modo equivocado, sin confiar plenamente en la gracia de Dios.

La presencia serena de María, en nuestra vida, es garantía de permanecer con Cristo y colaborar con Én en su misión profética, en los tiempos en que nos ha tocado vivir.  


miércoles, 11 de noviembre de 2020

San Martín de Tours

A lo largo del Año Litúrgico celebramos las solemnidades, fiestas y memorias del Señor, Nuestra Madre y de muchos santos y santas. Uno de los que ha tenido gran devoción en el pueblo cristiano es San Martín de Tours (11 de noviembre). De hecho, por ejemplo, en España, durante la Edad Media, era uno de los nombres que más se utilizaba para bautizar a los niños, después de Pedro y Juan. Yo le tengo especial devoción porque, antes del siglo XVIII, mi apellido completo era Martín Cano. Un antepasado mío, que vivió en la primera mitad de ese sigo, decidió quedarse sólo con el “Cano”. Aunque San Martín es un santo francés, tuvo gran devoción en toda Europa.

Nació en Hungría hacia el año 316. Sus padres lo llevaron a Italia siendo niño. Ahí ingresó en el Ejército Romano cuando tenía 15 años de edad, y fue destinado a Las Galias. En Amiens tuvo lugar el famoso episodio de su vida en el que se encontró con un pobre que no tenía con qué cubrirse y Martín, partió su capa en dos y le dio la mitad a aquel hombre. Esa noche tuvo una visión de Jesús que le decía: “Martín, hoy me cubriste con tu manto”. Este suceso le llevó a dar el paso de su bautismo, pues ya era catecúmeno desde hacía tiempo. Además, se presentó ante su general y le dijo: "Hasta ahora te he servido como soldado. Déjame de ahora en adelante servir a Jesucristo propagando su santa religión". Y, desde entonces decidió dar prioridad a la salvación de su alma llevando una vida retirada del mundo. Fue discípulo de San Hilario de Poitiers y fundó el primer convento que hubo en  Francia, con algunos amigos que le siguieron. "Fui soldado por obligación y por deber, y monje por inclinación y para salvar mi alma", solía decir.

En el año 371 fue invitado a la ciudad de Tours y ahí fue aclamado obispo por elección popular. Algo parecido a lo que le sucedió a San Agustín, en Hipona, un poco más tarde. En Tous fundó otro convento que pronto tuvo ya 80 monjes. Además, recorrió todo el territorio de su diócesis dejando un sacerdote en cada pueblo. Él fue el fundador de las parroquias rurales en Francia.

Uno de sus rasgos más notables era su amabilidad. Se le aplicaban a la perfección las palabras de San Pablo a Tito: “Recuérdales a todos que deben someterse a los gobernantes y a las autoridades, que sean obedientes, que estén dispuestos para toda clase de obras buenas, que no insulten a nadie, que eviten los pleitos, que sean sencillos y traten a todos con amabilidad”. Son famosas su palabras en el lecho de muerte (397): "Señor, si en algo puedo ser útil todavía, no rehúso ni rechazo cualquier trabajo y ocupación que me quieras mandar". 

domingo, 4 de octubre de 2020

No se inquieten por nada

En la primera lectura (cfr. Is 5, 1-7) y en el evangelio (cfr. Mt 21, 33-43) de la Misa del domingo XXVII del tiempo ordinario, el Espíritu Santo nos recuerda que la Iglesia es la “Viña del Señor”. Nosotros somos trabajadores de su viña (cfr. Francisco, Encíclica Fratelli tutti, 4-X-2020). 

Pero el Dueño de la Viña no es sólo un propietario que planta, riega y cultiva la viña. Nosotros somos, más bien, los que nos ocupamos de esas tareas. Él es el Dios Eterno y Omnipotente que ha creado la Viña, que envía la lluvia a su tiempo, que la hace crecer y fructificar y que pone siempre el incremento. Él es quien quita las piedras, planta buenas cepas, construye una torre y cava un lagar. Los hombres no somos más que trabajadores inútiles; escogidos por el Dueño, colaboradores suyos, pero Él es el que obra en todo. Sin Él no podemos hacer nada.

Esta conciencia de la primacía de Dios en nuestra vida es fundamental para todos nuestros trabajos. Dios se encargará de que de que la Viña produzca fruto a su tiempo. Cuando vienen las persecuciones, como las que leemos en el evangelio, Él sabe por qué las permite. Incluso si algunos viñadores se atreven a matar a su Hijo, Él sacará mucho bien de ese Sacrificio. Nuestra misión es ser humildes y fieles trabajadores en la Viña del Señor.

La Viña es un lugar de paz, porque El Señor es su Dueño. No quiere que nos preocupemos de nada. Sí espera que pongamos todo nuestro esfuerzo para mirarle a Él, estar pendientes de su Voz y seguir todas sus instrucciones. También quiere que nos amemos entre nosotros, que nos tratemos bien, que vivamos como hermanos. Y, además, desea que trabajemos con empeño y tratemos de ofrecerle ese trabajo, bien hecho y con amor.

En la segunda lectura de la Misa san Pablo se dirige a los Filipenses y también a nosotros. Nos dice: “no se inquieten por nada; más bien presenten en toda ocasión sus peticiones a Dios en la oración y la súplica, llenos de gratitud. Y que la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, custodie sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús”. Estas palabras: “no se inquieten por nada”, “nada les preocupe”, nos recuerdan las de Nuestra Señora de Guadalupe a Juan Diego, que nos las vuelve a decir a cada uno: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige; no se turbe tu corazón; no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿no estás bajo mi sombra? ¿no soy yo tu salud? ¿no estás por ventura en mi regazo? ¿qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa”. 

domingo, 6 de septiembre de 2020

Aprender a amar en la Iglesia

Antiguamente, se solía decir que la misión de la Iglesia es la “salus animarum”, es decir, la salvación o la salud de las almas, entendiendo por “alma” a todo la persona humana, que es corporal y espiritual, pero poniendo énfasis en el bien espiritual del hombre. Esta definición de la misión de la Iglesia, como no podía ser de otra manera, sigue siendo válida. Ahora se puede expresar de otras formas pero, en el fondo, se viene a decir lo mismo. Por ejemplo, podemos definir la Iglesia como “la comunión de los hombres con Dios y entre sí, por Cristo, en el Espíritu Santo”. La misión de la Iglesia es “ser instrumento de comunión”, o “ser sacramento universal de salvación”.

Romano Guardini - CultorDeLivros
Siervo de Dios, Romano Guardini (1885-1968)

Lo que no podemos perder de vista nunca es que la misión de la Iglesia es dar gloria a Dios y buscar el bien de los hombres, especialmente el bien espiritual. Es importante subrayar esta prioridad. Todas las obras sociales y asistenciales que hagamos con nuestros hermanos, no tendrían sentido si no buscamos, ante todo, su bien espiritual: la salvación de su alma. Respetando siempre la libertad de cada uno, rezamos y ponemos todos los medios posibles para que todos los hombres lleguen al conocimiento de la verdad en el amor. Y creemos que Cristo es el único Mediador (cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus, sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, 6 de agosto de 2000).

A la luz de este principio podemos leer y meditar los textos del Domingo XXIII del tiempo ordinario. Por ejemplo: “yo te pediré a ti cuentas de su vida” (cfr. Ez 33, 7-9); “el cumplimiento pleno de la ley consiste en amar” (cfr. Rom 13, 8-10); “no endurezcan su corazón” (Salmo 94); “Dios nos confió el mensaje de la reconciliación” (Aleluya); “si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas” (cfr. Mt 18, 15-20).

El hombre no es sólo entendimiento, voluntad y emociones; también es “relación”, que es constitutiva de su ser hombre: no algo añadido y accidental. Precisamente el Concilio Vaticano II puso de relieve este aspecto al fomentar la “espiritualidad de comunión”. Recordaremos la famosa frase de Romano Guardini recogida al comienzo de su libro El sentido de la Iglesia: “un acontecimiento religioso de alcance trascendental ha hecho aparición: la Iglesia nace en las almas”. Esta frase la pronunció en una conferencia que dictó al comienzo de su docencia universitaria en Bonn, en el año de 1922, hace casi cien años. María, Madre de la Iglesia, nos ayudará a tener un corazón grande para aprender a querer a nuestros hermanos, por amor a Dios. 

martes, 11 de agosto de 2020

La predilección de Jesús por los pequeños

 Las palabras de Dios son dulces como la miel (cfr. Ez 2,8 - 3,4). Son nuestro alimento espiritual diario. El Señor nos pide no ser hijos rebeldes, sino dóciles. Como un niño que acepta sin protestar la comida que le dan sus padres.

Fresco de Santa Clara y las hermanas clarisas, Iglesia de San Damián

Nosotros no somos niños, pero sí podemos ser “los pequeños” del Evangelio. ¿Quiénes son los pequeños del Reino, de los que habla Jesús? Los pobres, los enfermos, los pecadores, los niños, los débiles, los humildes, los sencillos. Los pequeños son quienes caen, pero vuelven a levantarse, con la gracia de Dios.

La escritora Hellen Keller (1880-1968), que de los 19 meses de edad no podía ver ni oír, refería estas palabras de Anne Sullivan, su institutriz: «“Pase lo que pase —solía decirme—, siempre comienza de nuevo. Cada vez que fracases, vuelve a comenzar, y así te fortalecerás hasta alcanzar tu propósito. Quizá no sea el que te habías propuesto en un principio, pero el que logres alcanzar te colmará de satisfacción”. ¿Y quién podrá contar las innumerables veces que ella intentó hacer algo por mí y fracasó y, al fin, triunfó?» (Selecciones, julio de 1956).

Los pequeños se saben débiles. No buscan sobresalir porque saben que no pueden hacer nada por sí mismos, y se contentan con lo que se les da: les basta el Don de Dios. No se sienten con derechos, sino insignificantes.

Pero, los que son verdaderamente pequeños, según el Evangelio, también son fuertes, con una fortaleza que es prestada. Es de Dios. Se sienten responsables de la misión recibida y se esfuerzan por ser fieles a ella, pero porque están seguros de que el Señor siempre está a su lado. Son instrumentos de su gracia.

No les importa valer poco, saberse pobres vasijas de barro que llevan grandes tesoros (cfr. 2 Cor 4, 7), pues somos hijos de Dios; aunque seamos pecadores que vivimos entre pecadores, luchamos por no serlo. Confiamos en la infinita misericordia de Dios que nos trata como niños pequeños; como la oveja perdida a la que busca con solicitud. Lo único que el Señor desea es que confiemos en Él y tratemos de vivir cómo Él nos pide: que cada uno permanezca en la vocación en la que ha sido llamado (cfr. 1 Cor 7, 20).

 Jesús tiene predilección por los pequeños: “el Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños” (Mt 18, 14). Esos mismos sentimientos los tuvieron los santos, como Santa Clara de Asís (1194-1253).

viernes, 7 de agosto de 2020

Los pies del mensajero que anuncia la paz

Ya viene por el monte el mensajero de buenas noticias, que anuncia la paz” (Nah 2, 1). Estas palabras del profeta Nahúm nos recuerdan las de Isaías: “Que hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, del mensajero de la buena nueva que anuncia la salvación” (Is 52, 7; cfr. también Rm 10, 15).

El universo en mis pies: una hermosa lección de vida. — Steemit

Hay que procurar siempre anunciar las cosas positivas, alentadoras. Hay que evitar ser un profeta de calamidades, ave de mal agüero. La vida se puede ver como una botella que está o “medio vacía” o “medio llena”, depende de cómo se mire. Siempre es mejor ver el lado luminoso y no el oscuro de las cosas.

Sin embargo, también hay que reconocer que los profetas (por ejemplo, Jeremías, al que hemos estado leyendo estos últimos días en la liturgia de la palabra), con frecuencia anunciaban desastres y tribulaciones al pueblo de Israel, por sus pecados y mala conducta. No podían quedarse callados. Yahvé mismo lo pedía. Anunciaban la verdad, aunque fuese dolorosa. Pero, al mismo tiempo, siempre anunciaba también las promesas maravillosas de Dios, si se arrepentían y volvía a ser fieles.

Es decepcionante el falso profeta que siempre anuncia “lo bueno” que está por venir, pero lo hace sólo de manera fingida, para quedar bien, para ser aceptado por los demás. La mejor noticia siempre es la verdad. No importa si es dolorosa, porque, si amamos a Dios “todo es para bien (cr. Rm 8, 28). La fe nos lleva a saber que todo lo que sucede es para bien de los elegidos. Dios, de las cosas “malas”, saca grandes bienes. “En efecto, la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna” (2 Cor 4, 17).

Por lo tanto, si tenemos que anunciar algo “malo”, nunca olvidemos de anunciar lo bueno que lleva consigo, quizá oculto pero real. La esperanza es la palabra final (“es lo último que se pierde”). Cuentan de Alejandro Magno que estaba preparándose para una gran batalla y, antes, repartió todos sus bienes entre sus capitanes. Y uno de ellos le dijo: ―Pero, señor, ¿y a usted qué le queda? Alejandro respondió: ―A mí, me queda la esperanza. Es la lógica del Rey David: “Señor, en ti he confiado, jamás quedaré confundido” (Salmo 130; Te Deum).

María es Madre de la esperanza. El Papa Francisco ha añadido esta invocación a la Letanía lauretana. También es Madre de la misericordia y Descanso de los migrantes (de los peregrinos, como nosotros, que vamos de camino al Cielo).

domingo, 26 de julio de 2020

Cuatro parábolas

En el capítulo 13° de San Mateo, leemos cómo el Señor enseñaba a la multitud que se reunía en torno a Él. Y lo hacía mediante parábolas. Entre los versículos 44 a 52, se relatan cuatro parábolas muy cortas pero llenas de contenido.

Govert Teunisz Flinck, Parábola del tesoro escondido (Budapest, c.1635)

Cada una de ellas comienza con la introducción: “El Reino de los cielos (o Reino de Dios) se parece, o es semejante a”. Se han escrito muchos tratados exegéticos sobre lo que quería decir Jesús con esa expresión.

Joseph Ratzinger, en el tomo II de Jesús de Nazaret, dice: “el Reino de Dios llega en la persona de Cristo. En la medida en que las parábolas hacen alusión al reino, señalan a Cristo como a la auténtica forma del reino”. Es la interpretación cristológica, es decir, centrada en Cristo. Tanto en el Sermón de la Montaña como en el Padrenuestro, “el tema más profundo del anuncio de Jesús era su propio misterio, el misterio del Hijo, en el que Dios está entre nosotros y cumple fielmente su promesa”. El Reino de los cielos que estaba por venir, ha llegado en la persona de Jesús.

Con este preámbulo, podemos pasar a tratar de buscar algo, de cada una de las cuatro parábolas, que nos pueda ayudar.

La primera es la del tesoro escondido. Quien encuentra el tesoro “lleno de alegría, vende cuanto tiene” para adquirir el tesoro. El Tesoro es Jesús. Siempre será poco lo que hagamos para buscarlo, conocerlo y amarlo. Vale la pena dejar todo lo que tenemos para seguirlo. El encuentro con Jesús, por la fe, es el inicio de la vida cristiana.

Sigue la parábola de la perla preciosa, que es similar a la anterior, y podemos sacar la misma conclusión. Luego, continúa la parábola de la red barredera, muy parecida a la del trigo y la cizaña. La red acoge a todo género de peces, pero Jesús, como Juez, al final de los tiempos separará los peces buenos de los malos. Es una invitación a decidirnos por Cristo, que es Amor. “A la tarde, te examinarán sobre el Amor”, dice San Juan de la Cruz.

La última “parábola” es la del escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos, semejante al padre de familia, que “va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas”. El anunció de la Iglesia es perenne: “Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y por los siglos” (Heb 13, 8).

sábado, 28 de diciembre de 2019

El cambio de los corazones


Estamos a punto de comenzar un año nuevo y un período nuevo de la historia: los años 20’s del sigo XXI. En el siglo XX se denominó a esta época “los fabulosos veintes”. Había terminado la Primera Guerra Mundial y comenzaba una época de esperanza.    

Fra Angelico. La huida a Egipto (1451-52)

 Ahora, cien años después, nosotros también comenzamos los años 20’s con una nueva esperanza: la de querer vivir en la Voluntad de Dios cada vez más.

Hace 7 años (en 2013) comenzamos este blog que con este post llega a los 500. Durante el año 2020 es muy probable que aparezcan menos posts en el blog. En principio no saldrán todos los sábados, como ha sucedido hasta ahora, sino quizá con una frecuencia menor y posiblemente más breves. Nos queremos poner en las manos del Espíritu Santo que nos irá sugiriendo lo que debemos escribir, sin programar de antemano nuestro trabajo. Los acontecimientos en el mundo y en la Iglesia, los sucesos personales, las reflexiones y la oración en silencio, delante de la Eucaristía, nos irán marcando el camino.

En éste último post de 2019 nos centraremos en una idea: la necesidad de pedir al Señor que nos cambie los corazones para prepararnos a comenzar la Nueva Época que ya está muy cercana. Conchita de Garabandal, que cumplirá 71 años de edad en pocas semanas, presenciará el Aviso y el Milagro, que marcarán la proximidad de la Segunda Venida del Señor y del inicio del Reino Eucarístico. Pero hace falta prepararnos para esos acontecimientos.         

Quisiéramos que, en este Tiempo de Navidad,  el Amor de Dios transforme nuestros corazones para que no tengamos otra libertad más que la de amar a Dios. Quisiéramos que el Amor de Dios esté presente en nuestras mentes, nuestras palabras, nuestros corazones, nuestra vida entera, de modo que ya no vivamos nosotros, sino Cristo en nosotros (cfr. Gal 2, 20). Mañana lo pediremos, con esperanza, a la Sagrada Familia, Jesús, María y José, en la Solemnidad que celebraremos. La Iglesia es una Familia: la Familia de los hijos de Dios. Una Familia que sufre la tribulación (ver imagen de la “Huida a Egipto”), pero está llena de esperanza.    

Su esperanza está centrada en Cristo. ¿Qué esperamos? Siempre a Jesús, que viene. Vino hace 20 siglos, vendrá con gloria pronto, en su Segunda Venida. Y, además, viene cada día a visitarnos: está con nosotros; es el Emmanuel, Dios con nosotros, principalmente en la Eucaristía.

¿A qué viene Jesús? A salvarnos (Jesús = “Dios salva”). ¿De qué? De la muerte, del demonio, del pecado. Ha venido y viene al mundo “propter nos homines et propter nostram salutem”, “por nosotros y por nuestra salvación”. Pero nos salva con su Amor que llena toda nuestra persona porque “vino a los suyos y los suyos no le recibieron. Pero a los que le recibieron les dio el poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Jn 1, 11-12).

Vivir en la Voluntad de Dios (ver últimos 12 posts de este blog) es vivir sintiéndonos y siendo hijos de Dios con todas sus consecuencias. Con la gracia de Dios ya podemos vivir así en esta tierra, pero podemos ir creciendo cada vez más en esta nueva vida si somos “Almas de Eucaristía” (San Josemaría Escrivá de Balaguer), si nos convertimos en una Eucaristía viviente porque dejamos que el Amor Eucarístico del Señor llene por completo nuestros corazones.

Marga, de la cual hemos transcrito en este blog muchos de los mensajes que ha recibido, nos ha hecho llegar a través del blog de la VDCJ un mensaje del 19 de diciembre de 2019 (ver mensaje). Tiene un título muy sugestivo: “El cambio de los corazones”. ¿Por qué? Porque eso es lo que hace falta para que podamos llegar a vivir la Voluntad de Dios en plenitud.

Veamos lo que nos dice la Virgen a través de esta madre de familia que tantas gracias ha recibido de Dios y es un instrumento fiel para trasmitir lo que Él y Nuestra Señora quieren que sepamos , meditamos y lo hagamos vida, en estos momentos tan importantes para la humanidad.

El “Centro” que se menciona en el mensaje es el “Centro de Espiritualidad Bethlehem” que se ha abierto recientemente (ver información sobre el Centro). Está en la Calle Tajuña esquina a la Calle Adaja, Colmenarejo, Madrid. El Señor lo pidió a Marga para difundir los mensajes de la Verdadera Devoción al Corazón de Jesús.    

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Mensaje de la Virgen María del 19-12-2019. El cambio de los corazones

En el Centro. Ante la Virgen Peregrina de Fátima 11,50h

Amada, no valgo nada, pero tú, oh Señora, me inspirarás qué decir hoy.

Virgen

Marga querida, antes hablemos tú y Yo.

Claro. Gracias, Mamá.


Esto es un Centro para el Corazón de Jesús, un “Centro de Amor”, de regalo a Jesús, como os ha gustado decir.

Pero también es una Casa para ti, donde el Señor te alberga a ti y a tu familia, y te protege de la debacle que se os viene encima a todos, a toda la Humanidad.

Tú no sales de tu asombro al estar viviendo aquí con los tuyos y así. Harás de esta Casa un lugar acogedor para los tuyos, sus amigos y para la Fundación y sus allegados. Así como para toda la gente de buena voluntad que se quiera unir o valer de tu Obra.

¡Asombrarás a tantos!

Diles hoy, quiero que les digas que no estamos nosotros para pesimismos y desesperanzas, para agoreros y cosas negativas. ¡Estamos los cristianos en el mundo de hoy para llenarlo de esperanza!

¡Nace Enmanuel! “Dios con nosotros”, y llena al mundo de sentido y de alegría de vivir.

Esperáis ahora su Segunda Venida. Pero para ello debe encontrar al mundo preparado. ¿Están preparados?

¿Estáis preparados? ¿No estáis más bien preocupados de todas las materialidades? ¿Habéis hecho un cambio de corazón?

Los corazones deben estar muy cambiados para su Venida.

Es momento de enderezar las sendas [Nota 2: Cfr. Is 40,3; Mc 1,3] y hacer un cambio personal hacia la conversión.

¿Es vuestro corazón un corazón pesimista que no vive la Alegría de su Nacimiento y su Venida?

¿Es vuestro corazón un corazón que nada en el rencor sin arrancárselo de sí, que recuerda continuamente las afrentas del hermano, que no perdona, no ama y no devuelve bien por mal? [Nota 3: Cfr. Rm 12,21].

¿Es vuestra vida una vida ociosa, que se dedica a pensar en sí mismo y no trabaja para acercar el Reino de Dios a las gentes?

Queridos, tenéis que convertiros, y convertiros primeramente vosotros, que sois los que estáis Conmigo y con Jesús, y sois los que buscáis mis Palabras. Si no las buscáis para convertiros, decidme para qué las buscáis.

El cambio de los corazones del mundo pasa por un cambio: primero de vuestros corazones.

Cuando el mundo vea cómo os habéis convertido y el amor que emana de vosotros, querrá igualmente buscar conversión. No antes. No antes.

Si no les lleváis vosotros el Anuncio del Enmanuel entre vosotros, decidme quién lo hará.

Y si no lo conocen, no podrán convertirse.

Y si no se convierten, no podrá venir a vosotros el Reino de Dios.

Es tiempo de conversión.

Es tiempo de preparar su Venida.

Es tiempo de preparar los corazones, empezando por el propio vuestro.

Es tiempo de anunciar al mundo la salvación.

Así podrá venir a Reinar. No antes.

Os necesita a vosotros, pequeño rebañito disperso.

Congregaos, congregaos alrededor de una Madre, María, la Madre de la Humanidad, la Madre de todos vosotros.

Para eso Yo suscito -dice el Señor- Centros como éste. Centros de Oración y Transformación. Centros donde mis ovejitas se congregan y se preparan para ser audaces guerreros por mi Reino.

Centros donde vienen a recibir las instrucciones de María, Madre de la Humanidad.

Centros donde Ella les prepara, como miembros congregados y unidos de su Ejército.

Ésta es mi primera instrucción para vosotros: [Nota 4: “Se supone que quiere decir que es la primera instrucción para todos, dada en el Centro”]. Quiero convertir los corazones del mundo al Corazón de Dios, y primero debéis empezar por convertir el vuestro.

He dicho, de parte de Dios.

Éste es el Tiempo de la Preparación.

Éste es el Tiempo de la Conversión.

Amén.

Gracias por haber respondido a mi Llamada.

(Esta frase abarca un agradecimiento más completo que lo escrito. Es un agradecimiento de la Virgen por nuestra actitud de escucha a Dios, de poner en práctica sus órdenes. Nuestra actitud de conversión).

¡Feliz 2020!


sábado, 28 de septiembre de 2019

La conquista de la vida eterna


San Pablo, en su Primera Carta a su joven discípulo Timoteo, lo anima con palabras vibrantes: “Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna, a la que fuiste llamado y que tú profesaste noblemente delante de muchos testigos” (1 Tim 6, 12).  

Los tres arcángeles con Tobías, 1470, Francesco Botticini


Este texto, que leeremos mañana en la 2ª Lectura de la Misa del 26° Domingo del Tiempo Ordinario, nos da pie para comenzar nuestra reflexión de este sábado.

¡La vida eterna! El Papa Benedicto, en su Encíclica Spe Salvi, nos recuerda las tres preguntas que hacía el sacerdote a las puertas de la Iglesia a los padres y padrinos que acompañaban al niño que iba a recibir el Bautismo.

“El sacerdote preguntaba ante todo a los padres qué nombre habían elegido para el niño, y continuaba después con la pregunta: "¿Qué pedís a la Iglesia?". Se respondía: "La fe". Y "¿Qué te da la fe?". "La vida eterna". Según este diálogo, los padres buscaban para el niño la entrada en la fe, la comunión con los creyentes, porque veían en la fe la llave para "la vida eterna" (Encíclica Spe Salvi, 10)”.  

Pero ¿qué es la vida eterna? En el Evangelio de la Misa Jesús nos habla de ella en la parábola del “rico epulón”. Aquel hombre vestía de púrpura y lino finísimo y banqueteaba espléndidamente, pero no se fijaba en Lázaro, un pobre mendigo que buscaba las migajas debajo de su mesa, porque no tenía que comer.

“Y sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue enterrado [en el infierno]” (Lc 16, 22).  

En el Antiguo Testamento muchos buenos israelitas creían en el “seno de Abraham” (no así los saduceos), como un lugar al que iban las almas de los justos. Es decir, creían en otra vida después de la muerte. Jesús confirma esta verdad muchas veces durante su vida, especialmente al hablarnos de su resurrección y de cómo nosotros participaremos también en ella.  

“No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros” (Jn 14, 1-3).

San Agustín, en su a carta a Proba, una viuda romana, escribió que, en el fondo sólo queremos una cosa, la vida feliz: "felicidad". Sin embargo, más adelante rectifica y dice que, realmente, no sabemos en absoluto lo que deseamos, lo que quisiéramos concretamente.

“Desconocemos del todo esta realidad; incluso en aquellos momentos en que nos parece tocarla con la mano no la alcanzamos realmente. "No sabemos pedir lo que nos conviene ", reconoce con una expresión de san Pablo (Rm 8, 26). Lo único que sabemos es que no es esto. Sin embargo, en este no-saber sabemos que esta realidad tiene que existir. "Así, pues, hay en nosotros, por decirlo de alguna manera, una sabia ignorancia (docta ignorantia)", escribe. No sabemos lo que queremos realmente; no conocemos esta "verdadera vida" y, sin embargo, sabemos que debe existir un algo que no conocemos y hacia el cual nos sentimos impulsados” (Encíclica Spe Salvi, 11).

Esa realidad desconocida es la verdadera esperanza de haber sido llamados, por la fe, a participar de la vida de Dios, la eternidad, que no es un continuo sucederse de días del calendario.

“Sino como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad. Sería el momento del sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el tempo -el antes y el después- ya no existe. Podemos únicamente tratar de pensar que este momento es la vida en sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría. En el Evangelio de Juan, Jesús lo expresa así: " Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría " (Jn 16, 22). Tenemos que pensar en esta línea si queremos entender el objetivo de la esperanza cristiana, qué es lo que esperamos de la fe, de nuestro ser con Cristo” (Encíclica Spe Salvi, 12).

La fe nos da la vida eterna, pero la fe verdadera, la de los pequeños: la fe de los humildes.

El 11 de octubre de 2010, durante la Congregación General de la Asamblea Especial para Oriente Medio del Sínodo de los Obispos, Benedicto XVI comentaba el Salmo 81 que menciona la caída de los dioses (ver texto completo).

“En este Salmo, en una gran concentración, en una visión profética, se ve la pérdida de poder de esos dioses. Los que parecían dioses no son dioses y pierden el carácter divino, caen a tierra. Dii estis et moriemini sicut nomine (cfr Sal 81, 6-7): la pérdida de poder, la caída de las divinidades” (Benedicto XVI, 11-X-2010).

Y dice que este proceso, que cuesta la sangre de los mártires,  continuará hasta el final del tiempo, como señala el capítulo XII del Apocalipsis. También hoy presenciamos la caída de los ídolos, de los poderes anónimos que esclavizan al hombre, de las ideologías, de la droga del terrorismo, de los ataques contra la vida y la castidad: son divinidades falsas, que deben ser desenmascaradas, que no son Dios.

“Estas ideologías que dominan que se imponen con fuerza, son divinidades. Y en el dolor de los santos, en el dolor de los creyentes, de la Madre Iglesia de la cual somos parte, deben caer estas divinidades, debe realizarse cuanto dicen las Cartas a los Colosenses y a los Efesios: las dominaciones, los poderes, caen y se convierten en súbditos del único Señor Jesucristo. De esta lucha en la que estamos, de esta pérdida de poder de los dioses, de esta caída de los falsos dioses, que caen porque no son divinidades, sino poderes que destruyen el mundo, habla el Apocalipsis en el capítulo 12, también con una imagen misteriosa, para la cual, me parece, hay con todo distintas interpretaciones bellas” (Ibidem).

Se refiere el Papa a la imagen del dragón que vomita un gran río de agua contra la Mujer, que huye, para arrastrarla. Parece inevitable que la Mujer (La Virgen, la Iglesia) sea ahogada.

“Pero la buena tierra absorbe este río y éste no puede hacer daño. Yo creo que el río es fácilmente interpretable: son estas corrientes que dominan a todos y que quieren hacer desaparecer la fe de la Iglesia, la cual ya no parece tener sitio ante la fuerza de estas corrientes que se imponen como la única racionalidad, como la única forma de vivir. Y la tierra que absorbe estas corrientes es la fe de los sencillos, que no se deja arrastrar por estos ríos y salva a la Madre y al Hijo. Por ello el Salmo dice – el primer salmo de la Hora Media – que la fe de los sencillos es la verdadera sabiduría (cfr. Sal 118, 130). Esta sabiduría verdadera de la fe sencilla, que no se deja devorar por las aguas, es la fuerza de la Iglesia. Y volvemos otra vez al misterio mariano” (Ibidem).

La fe de los sencillos es la verdadera sabiduría, que nos lleva a la vida eterna. Es la fe de las oraciones fervorosas de petición (especialmente el Santo Rosario); la fe en la Palabra acogida con amor en el corazón; la fe en la frecuencia de Sacramentos (Confesión, Eucaristía…); la fe de la misericordia y la caridad vividas habitualmente con todos nuestros hermanos…

Podemos terminar nuestra reflexión acudiendo a los Tres Arcángeles —Miguel, Gabriel y Rafael— para que nos protejan contra las asechanzas del dragón y sus ideologías; y a María, la Mujer del Apocalipsis, que vemos particularmente en la imagen de Nuestra Señor de Guadalupe: la “mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Apoc 12, 1).