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viernes, 30 de abril de 2021

La vid y los sarmientos

       En el Evangelio del Quinto Domingo de Pascua meditamos el comienzo del capítulo 15º del Evangelio de San Juan, en el que, el apóstol predilecto de Jesús, recoge la Alegoría de la vid y los sarmientos. Vale la pena copiar el texto completo.

«Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no da fruto lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí es arrojado fuera, como los sarmientos, y se seca; luego los recogen, los arrojan al fuego y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y se os concederá. En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto y seáis discípulos míos» (Jn 15, 1-8).

Jesús utiliza imágenes para explicar la profundidad del Misterio de Dios. Nosotros no podemos abarcar la profundidad del Amor de Dios y su inescrutables designios para la salvación del hombre. Pero la imagen de la vid y los sarmientos nos ayuda a comprender un poco más cómo quiere el Señor que estemos unidos a Él. 

Esta imagen, escogida especialmente por Jesús para el momento culminante de su vida, la Última Cena con sus discípulos, representa admirablemente lo que el Señor había enseñado, de modos diversos, durante su vida pública: que la voluntad de Dios es que vivamos la Vida de Jesucristo; que Él sea nuestro Camino, porque en Él esta toda la Verdad. Y que esta unión estrecha no es mera yuxtaposición, o una unión superficial, sino la unidad que hay entre la vid y los sarmientos. De hecho, no se pueden distinguir los sarmientos (las ramas) de la vid (la planta). La sabia que corre, va desde la vid a los sarmientos. Los sarmientos no pueden separase de la vida porque morirían.

La Alegoría de la vid precede a los siguientes versículos del capítulo 15º del Evangelio de San Juan (9-17), que tratan de «La Ley del Amor». Todo el contenido de los capítulos 13º a 17º hay que leerlo y meditarlo como una unidad, en la que Cristo explica los aspectos más profundos de su Misterio. 

La 2ª Lectura de la Misa de este próximo domingo, nos da luz sobre el texto del Evangelio. San Juan resume el mandamiento de Jesucristo, que él ha escuchado de viva voz del Maestro y ha meditado por largos años. Fijémonos en los últimos dos versículos. 

«Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, conforme al mandamiento que nos dio. El que guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él; y por esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado» (cfr. 1 Jn 3, 18-24).

Los sarmientos están unidos a la vid, y también unidos entre ellos. No pueden separarse de la vid, que es toda la planta, ni de los demás sarmientos. El Espíritu Santo es como el Alma de la Iglesia, que vivifica toda la Vid. Jesús explica la Alegoría de la Vid en el marco de las promesas y acción del Espíritu que el Padre y Él enviarán a sus discípulos. Así nos vamos preparando a la Solemnidad de Pentecostés. 

Una referencia a Santa Catalina de Siena, que celebramos ayer (jueves 29 de abril), nos ayudará a penetrar un poco más en el Misterio de la vid y los sarmientos. Esta santa se caracterizó por su amor a la Iglesia y al Papa. Contribuyó, con su abundante epistolario, a que el Papa regresara de Avignon a Roma en 1378. Toda su vida la dedicó a buscar la unidad de la Iglesia, a la que amaba apasionadamente.

Pero este amor a la Iglesia y al Vicario de Cristo en la tierra, partían de su profunda devoción eucarística. Es conocido que, durante algunas semanas de estancia en Florencia, no se alimento de otra cosa que no fuera la Eucaristía. Era su unión con Cristo Resucitado la que la hacía una mujer valiente, activa y decidida a los más grandes sacrificios.

Mañana comenzaremos el mes de mayo, celebrado una fiesta de San José, Patrono de la Iglesia. Acudamos a María y José para pedirles por la unidad de la Iglesia y de todos los cristianos.


viernes, 16 de abril de 2021

La luz de la conciencia

Los apóstoles, después de la Resurrección del Señor, ponen en práctica todo lo que Él les enseñó. ¡Cuántas veces le habrán oído hablar sobre el perdón! ¡Cuántas le habrán visto disculpar a algunos diciendo: «no sabe lo que hace»!

Pedro, en uno de sus discursos, narrados por los Hechos de los Apóstoles, sigue el ejemplo de Cristo en la Cruz, que perdona a sus verdugos y dice: «no saben lo que hacen».

«Ahora bien, hermanos, yo sé que ustedes han obrado por ignorancia, de la misma manera que sus jefes» (cfr. Hechos, 3, 17-19). 

La moral cristiana nos recuerda que puede haber personas que tengan una conciencia recta y, sin embargo —siguiendo el eco de la voz de Dios en el corazón de todos los hombres—, actúen equivocadamente. Pueden, en algunos casos, no ser culpables, o plenamente culpables, por esas acciones. Decimos que actuaron con una «ignorancia invencible», en distintos grados. Es decir, la ignorancia puede quitar o disminuir la culpabilidad de las acciones malas. 

San Pedro, al menos supone que quienes lo escuchan han actuado por ignorancia rechazando a Jesús, pidiendo el indulto de Barrabas y dando, finalmente muerte al Mesías. Es una lección de delicadeza y de prudencia para no juzgar sólo por lo que vemos. Dios sólo es el que juzga lo que hay en lo más profundo de los corazones. 

Se suele decir que, quien actúa con una conciencia recta, duerme tranquilo: «En paz, Señor, me acuesto y duermo en paz, pues sólo tú, Señor, eres mi tranquilidad» (Salmo responsorial del próximo domingo).

Por otra parte, todos tenemos la obligación de buscar la verdad y de tener una conciencia recta. La ley natural grabada en el corazón es una guía, en este sentido. Pero no basta, pues las consecuencias del pecado original oscurecen la conciencia. Por eso es necesaria la formación de la conciencia. Es necesario investigar, preguntar, informarse… Así conoceremos realmente a Jesucristo y lo que Él dejó a su Iglesia, y no se podrá decir de nosotros lo que leemos en la Segunda Lectura de la Misa del domingo:

«Quien dice: “Yo lo conozco”, pero no cumple sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él. Pero en aquel que cumple su palabra, el amor de Dios ha llegado a su plenitud, y precisamente en esto conocemos que estamos unidos a él» (cfr. 1 Jn 2, 1-5).

En el Evangelio de la Misa leemos cómo los discípulos de Emaús, después de haberse encontrado con el Señor, en el camino, lo reconocen al partir el pan y, habiendo Él desaparecido de su presencia, vuelven presurosos a Jerusalén y son también testigos de la aparición de Jesús a los apóstoles en el cenáculo.

Hoy podemos reflexionar sobre el modo en que Jesús va llevando a esos dos discípulos —de los cuales uno se llamaba Cleofás— hacia una actitud de fe profunda en el Resucitado.

Cleofás y su amigo van desanimados por el camino de Emaús. Jesús se pone a su lado. No lo reconocen, como tampoco la Magdalena o los apóstoles en la segunda pesca milagrosa. Jesús respeta su libertad. Tiene una gran finura al tratar a las almas. No quiere imponerse, sino facilitar todo para que ellos mismos vean claro y se conviertan. Es maravilloso leer cómo el Señor hace un además de pasar adelante, cuando llegan a Emaús. Era una invitación delicada a que ellos le pidiesen que se quedara, como de hecho lo hicieron: «mane nobiscum», ¡quédate con nosotros!

En este pasaje del Evangelio vemos el respeto del Señor a las conciencias de los hombres. También los discípulos de Emaús eran «ignorantes»: no habían sabido conocer a fondo todo lo que Jesús les había enseñado. Por eso, Él les abre el sentido de las Escrituras —como más tarde también a los apóstoles—, y, finalmente, los introduce en el Misterio de su Amor, al partir el Pan. El resultado es que Cleofás y su amigo, vuelven corriendo a Jerusalén, para ser testigos de Jesús Resucitado.

La ignorancia, la oscuridad, se convierte en luz vivísima. Jesús ilumina las conciencias y las saca del error. También Nuestra Señora tenía una conciencia y actuaba —la Inmaculada— siempre unida a la Verdad de su Hijo. La Reina del Cielo, en este Tiempo de Pascua, nos enseñará a tener una conciencia más delicada y pronta para buscar en todo la Voluntad de Dios.     

viernes, 2 de abril de 2021

Saberse amados por Dios

Estamos metidos de lleno en el Triduo Pascual. Desde la tarde del Jueves Santo hasta la mañana del Domingo de Padua, Jesús vive —y nosotros con Él— el Misterio de nuestra Redención.

«Como hubiese amado a los suyos, los amó hasta el fin». Así comienza San Juan el capítulo 13 de su evangelio, seguido por el lavatorio de los pies, que leíamos ayer en la Misa in Cena Domini. ¿Qué nos quiere decir el evangelista a nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI?  Algo de suma importancia: que el Señor, lo que más desea es que conozcamos el Amor que Dios nos tiene y que nos dejemos querer por Él: por Dios Padre, que envía a su Hijo y hace posible que seamos hijos suyos, por el Espíritu Santo. 

Cuando Cristo se pone de rodillas para lavar los pies a sus discípulos, manifiesta de modo vivo cómo es el Amor de Dios: tan grande que está dispuesto a abajarse, a anonadarse, a hacerse servidor de cada uno de nosotros. No es fácil de entender. ¿Porqué Dios nos quiere tanto? ¿Qué tenemos que le le lleve a hacer la «locura» de querernos tanto? Es un gran Misterio. Pero es así. 

Pedro tampoco lo entiende  y, por eso, trata de hacerle ver al Señor que es un despropósito lo que está haciendo. Finalmente, se rinde ante un argumento contundente: «no tendrás parte conmigo», si no dejas que te lave los pies. 

Quizá lo más difícil del seguimiento de Cristo —aunque parezca lo más fácil—, es dejarse querer por Él. Jesús nos ama con el Amor del Padre, con ese Amor que es una Persona: el Espíritu Santo. Dios es Amor. ¡Qué difícil comprender este Misterio! Pero, ¡qué importante dedicar nuestra vida a tratar de comprenderlo!

Los grandes santos han vislumbrado el gran Amor que Dios nos tiene. Santa Teresa de Lisieux, por ejemplo, siendo muy joven, se veía como una niña pequeña a la que Dios ama con ternura. Pedía grandes cosas porque sabía que Dios era su Padre y no puede negar nada a sus hijos más pequeños. 

¡Dejarnos querer! Esa es la principal meta de nuestra vida. Aprender a dejarnos querer por Dios. Si tratamos de poner el acento en nuestros logros, en nuestros progresos, vamos por mal camino. Podemos tener muchos defectos y errores; podemos ser muy frágiles. Lo importante es tener la convicción de que eso es lo «natural». Como decía san Josemaría: lo natural es darnos cuenta de que damos abrojos y espinas. Eso es lo nuestro. Todas nuestras obras buenas se las debemos a Dios. Nosotros no valemos nada. 

«Saber que me quieres tanto y no me he vuelto loco», decía san Josemaría Escrivá. Es como para «volverse loco» de alegría. 

Por eso son tan importantes en la vida espiritual las acciones de gracias, la adoración, la alabanza a Dios. Son señal de que vamos comprendiendo un poco su Amor; de que vamos dándonos cuenta de cuánto nos ama. 

En la práctica, para ir logrando esa convicción y, de verdad, disponernos a dejarnos amar por Él, es imprescindible, ver a Cristo en los demás. Una muestra clara de haber comprendido un poco cuánto Dios nos ama es darnos cuenta de que así también ama a cada uno de nuestros hermanos. Si Dios ama tanto a este hermano mío, ¿como yo seré capaz de cerrarle mi corazón? ¿Cómo puedo despreciarlo o tenerle rencor? ¿Cómo no lo voy a tratar con inmenso cariño, sabiendo que Dios lo quiere tanto?

Esa es la piedra de toque del Amor, la caridad a nuestro prójimo. Quizá por eso el Señor le dijo a Pedro que no comprendía porque Él les lavaba los pies a sus discípulos, a sus amigos, pero también a Judas, que era un traidor.

Como siempre, lo mejor para aprender cualquier enseñanza de Jesús, es mirar cómo la vivía Nuestra Señora. Ella, más que ninguna otra criatura, sabe cuánto nos ama Dios y también cuánto ama a cada uno de sus hijos. Por eso, María nos ama tanto.     

viernes, 5 de marzo de 2021

"El celo de tu casa me devora"

Tomando en cuenta que el Tercer Domingo de Cuaresma está centrado en la necesidad de defender con valentía la Casa de Dios, es decir, sus Mandamientos, su Palabra, sus Sacramentos, sus Misterios…; podemos dedicar este artículo a discernir sobre cómo hay que entender la actitud del Señor al expulsar a los mercaderes del Templo, y las palabras de la Escritura que, a continuación, recordaron los discípulos al presenciar ese evento: «el celo de tu casa me devora» (cfr. Jn 2, 13-15).

Jesús expulsa a los mercaderes
del Templo (El Greco, 1600)

Vivimos en un mundo en que todo nos lleva a ser «políticamente correctos». Se va creando una mentalidad (una ideología) secularista y secularizarte, que proscribe de modo firme y consistente lo que no se ajusta a sus moldes. Las grandes compañías y los mass media censuran a quienes defienden las verdades más elementales de la ley natural y los derechos que todos tenemos de vivir de acuerdo con nuestra fe religiosa.

En teoría se quiere la libertad y la igualdad para todos los hombres. Pero, en la práctica, se han ido formando una serie de tabúes que coartan la libertad de las personas.

Por otra parte, los cristianos queremos vivir el primer mandamiento del Señor (cfr. Primera Lectura de la Misa: Ex 20, 1-17): Amar a Dios con todo nuestro corazón, y al prójimo como a nosotros mismos. El amor al prójimo incluye el deseo de vivir una fraternidad universal: querer a todos, no discriminar a nadie, respetar la libertad de las conciencias de todos los hombres, convivir pacíficamente con nuestros hermanos, etc. 

Para muchos, el comportamiento de Jesús en el Templo, derribando las mesas de los mercaderes e increpándolos duramente por haber convertido la Casa de su Padre en una cueva de ladrones, puede ser difícil de comprender. La tolerancia que se predica en nuestra época, parece estar en contra de actitudes violentas. Por otra parte, vemos que muchos defienden la protesta violenta, cuando se trata de hacer frente a lo que consideran intocable (p. ej. el aplauso que merecieron las actitudes vandálicas del movimiento Black Lives Matters, en Estados Unidos, contra el supuesto racismo).

San Josemaría Escrivá distinguía entre «libertad de conciencia» y «libertad de las conciencias», por una parte. Y, además, animaba siempre a seguir el ejemplo del Señor, que luego vivieron los primeros cristianos ejemplarmente: nunca hacer el mal para conseguir un bien; nunca utilizar la violencia para convencer a otro de su error. 

Jesús, en el Templo, actúa firmemente. Pero no podemos imaginarlo con una actitud destemplada y violenta. Es verdad que derriba las mesas de los cambistas y habla duramente a los fariseos. Pero todos estos comportamientos van acompañados del respeto y el cariño por cada persona, porque todos somos hijos de Dios. Los mismos mercaderes lo notarían. Es el modo de actuar de un padre bueno que corrige al hijo díscolo y rebelde: siempre desea su bien; nunca lo trata mal: con violencia mala y con odio. 

A nosotros, lo que Dios nos pide es imitar el celo del Señor: «Veritatem facientes in caritate» (Ef 4, 15); vivir la verdad con la caridad. No podemos admitir la libertad de conciencia, que es lo mismo que defender el relativismo. En cambio, amamos la libertad de las conciencias; es decir, defendemos el respeto que merecen todos los hombres de actuar según su conciencia, aunque esté equivocada. Lógicamente, esto no significa que nos quedemos cruzados de brazos cuando vemos que se atropella la libertad de las personas y el bien común. Cuando vemos a alguien equivocado, hacemos todo lo posible, de modo pacífico, para ayudarle a salir del error. 

Todo esto no se puede comprender, cabalmente, sin el Misterio de la Cruz (cfr. Segunda Lectura de la Misa del domingo). La Cruz es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Amando la Cruz de Cristo, el Señor nos concede la capacidad de comprender el misterio de Dios y del hombre. Identificarnos con Cristo en la Cruz nos llevará a que, en cada momento, sepamos discernir cómo debemos comportarnos: siempre con amor, dulzura y comprensión; y, al mismo tiempo, con firmeza en la verdad, valentía para defenderla, y con un celo que nos lleve a saber ceder en todo lo que sea personal, pero a no ceder en lo que es de Dios. 

La Sabiduría de la Cruz, que podemos pedir al Señor en esta Cuaresma, nos hará verdaderamente sabios y prudentes para saber cómo actuar en el mundo que nos ha tocado vivir.    

 

viernes, 5 de febrero de 2021

El amor de Cristo nos urge

Jesús vino a Evangelizar: a traernos la Buena Nueva del amor de Dios. Evangelizar no sólo es hablar, sino también manifestar, en todas nuestras palabras y obras, el amor de Dios. Jesús consuela y cura los corazones con el bálsamo de su amor.

La misión profética de Cristo consiste en enseñar quién es Dios Uno y Trino: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Él es el Camino. Vamos al Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo. Y Dios es Amor.

«Ay de mí si no anuncio el Evangelio», dice San Pablo en la Segunda Lectura de la Misa de este domingo (5º del tiempo ordinario; cfr. 1 Co 9, 16-19.22-23). Se sentía impelido a proclamar el Evangelio, con toda su vida: oración, ejemplo y obras.

Considerando las lecturas de la Misa de este próximo domingo, que también es el 2º domingo de San José, ¿también nosotros sentimos la urgencia de anunciar el Evangelio de Cristo?

Quizá esta es la primera reflexión que conviene hacer. «Caritas Christi urge nos». «El amor de Cristo nos urge» (2 Cor 5, 14). Lo que movía a San Pablo es el amor de Cristo, que había encontrado camino de Damasco y por el que estaba dispuesto a considerar todo como basura (cfr. Fil 3, 8).

La urgencia actual tiene, también, un sentido escatológico. En los escritos de San Pablo siempre vemos esa urgencia, porque «el Señor está cerca» (cfr. 2 Cor 13, 11s). No podemos retrasar el anuncio de Cristo si tenemos en cuenta que nos queda poco tiempo: «Tempus breve est» (1 Cor 7, 29).

«Entiendo muy bien aquella exclamación que San Pablo escribe a los de Corinto: tempus breve est!, ¡qué breve es la duración de nuestro paso por la tierra! Estas palabras, para un cristiano coherente, suenan en lo más íntimo de su corazón como un reproche ante la falta de generosidad, y como una invitación constante para ser leal. Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar. No es justo, por tanto, que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno» (Amigos de Dios, 39-40).

A cada uno Dios nos pide un modo diverso de evangelizar. Hay pocos que tienen vocación de predicadores ambulantes, que van por los caminos hablando del Evangelio a quien se les ponga enfrente. La mayoría de nosotros tiene un camino diferente para anunciar a Cristo. Ese camino comienza por la oración, sigue con el ejemplo y continúa con las obras diarias de entrega en nuestra familia, en nuestro trabajo. Y, unido a todo lo anterior, también incluye el hablar del Señor, aprovechando las relaciones de amistad que todos tenemos en el lugar en el que estamos.     

El Señor, antes de anunciar el Reino, hace oración (cfr. Evangelio de la Misa: Mc 1, 29-39). Así nos da ejemplo para que nosotros también pongamos siempre por delante nuestra unión con Él. Sólo así darán fruto nuestras palabras y obras.

Para evangelizar lo primero es llenarse del Amor de Dios. Lo hacemos fundamentalmente en la oración: en el empeño constante de mantener un diálogo ininterrumpido con las Tres Personas. Es una conversación en la intimidad. Surge del corazón, de lo más profundo de nuestro ser. Ahí encontramos a Dios que nos escucha y nos habla. Sus palabras no son ruidosas. Nos habla en el silencio. Recibimos inspiraciones, afectos, impulsos de ser mejores. Pero para eso es necesario el recogimiento. El Señor iba a lugares apartados para orar.

Luego, sigue el ejemplo, la coherencia cristiana: ser otro Cristo, el mismo Cristo. Luchas para serlo aunque tengamos miserias. Lo importante es levantarse una y otra vez, por el arrepentimiento de nuestros pecados, acudiendo al Sacramento de la Penitencia. 

Y, por último, vienen las obras, que son consecuencia de lo anterior. Obras de fe, como dice San Pablo. 

El ejemplo de San José —silencioso pero siempre pronto para hacer lo que el Señor le pide—, nos ayudará a tener esa urgencia que es necesaria para anunciar a Cristo, especialmente en el momento en que vivimos.    

  

viernes, 13 de noviembre de 2020

El mandamiento del Amor

“Hermanos: Me ha dado mucha alegría enterarme de que muchos de ustedes viven de acuerdo con la verdad, según el mandamiento que hemos recibido del Padre. Les ruego, pues, hermanos, que nos amemos los unos a los otros. No se trata de un mandamiento nuevo, sino del mismo que tenemos desde el principio. El amor consiste en vivir de acuerdo con los mandamientos de Dios. Y el mandamiento consiste en vivir de acuerdo con el amor, como lo han escuchado desde el principio” (Cfr. Jn 1, 4-9). San Juan nos anima a vivir “de acuerdo con el amor”, que es el mandamiento central de la ley y abarca las dos tablas. Veamos algunos cometarios de Juan Pablo II en la Encíclica Veritatis Splendor (1993) que nos ayudan a vivir bien y ordenadamente el mandamiento del amor.

Lo central es la primera tabla de la Ley, que el hombre no puede "cumplir" si no es por la participación en la Bondad de Jesús que nos la comunica cuando nos acercamos a él: "ven y sígueme" (cfr. Veritatis Splendor, n. 11).

Jesús detalla al joven rico el modo de interpretar el mandamiento del amor a Dios, que se concreta en el amor al prójimo (segunda tabla de la Ley), y, más específicamente, en los preceptos negativos, que "expresan con singular fuerza la exigencia indeclinable de proteger la vida humana, la comunión de las personas en el matrimonio, la propiedad privada, la veracidad y la buena fama"; así se "comienza a alzar los ojos a la libertad, pero esto no es más que el inicio de la libertad, no la libertad perfecta" (cfr. Ibidem, 13).

Los dos mandamientos —amar a Dios y amar al prójimo— están unidos en la Cruz de Cristo que muere por amor a su Padre y a la humanidad. Jesús explica el segundo, consecuencia necesaria del primero, en la parábola del buen samaritano y en el "discurso" sobre el juicio final (cfr. Ibidem, n. 14).

El Amor (la gracia) y la Ley se relacionan de la siguiente manera, con palabras de San Agustín: «la Ley ha sido dada para que se implorase la gracia [porque la Ley hace al hombre humilde al ver que no puede cumplirla con sus fuerzas]. La gracia ha sido dada para que se observase la ley» [porque con la gracia es la única manera de poder cumplir la ley] (cfr. Ibidem, n. 23). La Nueva Ley del Amor nos da el precepto, pero también la fuerza con la que cumplirlo; ambos aspectos están unidos: la fuerza del amor de Cristo nos posibilita cumplir el mandamiento del amor, y el cumplimiento de los preceptos de Jesús, nos habilita para permanecer en el amor de Cristo; por eso S. Agustín decía: «da quod iubes et iube quod vis» (da lo que mandas y manda lo que quieras) (cfr. Ibidem, n. 24).

miércoles, 11 de noviembre de 2020

San Martín de Tours

A lo largo del Año Litúrgico celebramos las solemnidades, fiestas y memorias del Señor, Nuestra Madre y de muchos santos y santas. Uno de los que ha tenido gran devoción en el pueblo cristiano es San Martín de Tours (11 de noviembre). De hecho, por ejemplo, en España, durante la Edad Media, era uno de los nombres que más se utilizaba para bautizar a los niños, después de Pedro y Juan. Yo le tengo especial devoción porque, antes del siglo XVIII, mi apellido completo era Martín Cano. Un antepasado mío, que vivió en la primera mitad de ese sigo, decidió quedarse sólo con el “Cano”. Aunque San Martín es un santo francés, tuvo gran devoción en toda Europa.

Nació en Hungría hacia el año 316. Sus padres lo llevaron a Italia siendo niño. Ahí ingresó en el Ejército Romano cuando tenía 15 años de edad, y fue destinado a Las Galias. En Amiens tuvo lugar el famoso episodio de su vida en el que se encontró con un pobre que no tenía con qué cubrirse y Martín, partió su capa en dos y le dio la mitad a aquel hombre. Esa noche tuvo una visión de Jesús que le decía: “Martín, hoy me cubriste con tu manto”. Este suceso le llevó a dar el paso de su bautismo, pues ya era catecúmeno desde hacía tiempo. Además, se presentó ante su general y le dijo: "Hasta ahora te he servido como soldado. Déjame de ahora en adelante servir a Jesucristo propagando su santa religión". Y, desde entonces decidió dar prioridad a la salvación de su alma llevando una vida retirada del mundo. Fue discípulo de San Hilario de Poitiers y fundó el primer convento que hubo en  Francia, con algunos amigos que le siguieron. "Fui soldado por obligación y por deber, y monje por inclinación y para salvar mi alma", solía decir.

En el año 371 fue invitado a la ciudad de Tours y ahí fue aclamado obispo por elección popular. Algo parecido a lo que le sucedió a San Agustín, en Hipona, un poco más tarde. En Tous fundó otro convento que pronto tuvo ya 80 monjes. Además, recorrió todo el territorio de su diócesis dejando un sacerdote en cada pueblo. Él fue el fundador de las parroquias rurales en Francia.

Uno de sus rasgos más notables era su amabilidad. Se le aplicaban a la perfección las palabras de San Pablo a Tito: “Recuérdales a todos que deben someterse a los gobernantes y a las autoridades, que sean obedientes, que estén dispuestos para toda clase de obras buenas, que no insulten a nadie, que eviten los pleitos, que sean sencillos y traten a todos con amabilidad”. Son famosas su palabras en el lecho de muerte (397): "Señor, si en algo puedo ser útil todavía, no rehúso ni rechazo cualquier trabajo y ocupación que me quieras mandar". 

martes, 3 de noviembre de 2020

La aceptación de la muerte

Es muy conocido el texto cristológico de la Carta a los Filipenses (2, 5-11): “Tengan los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual, siendo Dios, no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz”.

Hoy podemos fijarnos en la última frase. Tener los mismos sentimientos de Cristo, según San Pablo, es buscar ser verdaderamente humildes. ¿En qué consiste la humildad? Como decía Santa Teresa de Jesús: “la humildad es la verdad”. Hay una relación íntima entre estas dos virtudes humanas: la sinceridad y la humildad. Es más humilde el que vive en la Verdad. No es “su verdad”. Nuestra “verdad” subjetiva, necesita purificarse continuamente. Una manera de hacerlo es acudir frecuentemente al Sacramento de la Penitencia. Poco a poco, la gracia de Dios nos va ayudando a conocernos mejor y a reconocer que, por nosotros mismo, somos poca cosa y, además, pecadores. También descubriremos la acción de Dios en nuestra vida, para darle gracias por sus dones.

La palabra humildad deriva de “humus”, tierra. Somos polvo y ceniza. Jesucristo se hizo uno de nosotros y se anonadó, tomando la forma de siervo. Pero, además, aceptó la muerte, y una muerte de cruz. Eso es tener los mismos sentimientos de Cristo: aceptar la muerte, aceptar la cruz, para reparar por nuestros pecados y por los pecados de toda la humanidad.

Estamos en el mes de noviembre que la Iglesia dedica a ofrecer sufragios por los difuntos. La meditación sobre la muerte nos hará mucho bien, como al poeta castellano Jorge Manrique, cuando compuso las Coplas a la muerte de su padre: «Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando, cómo se pasa la vida, como se viene la muerte, tan callando. Cuán presto se va el placer, cómo, después de acordado da dolor, cómo a nuestro parecer cualquier tiempo pasado fue mejor. Nuestras vidas son los ríos que van a dar en el mar que es el morir. Allí van los señoríos derechos a se acabar y consumir. Allí los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos alegados son iguales los que viven por sus manos y los ricos».

Recordemos también unas palabras de San John Henry Newman: "Únicamente la caridad os hará capaces de vivir bien y de morir bien”. Le pedimos a María que ruegue por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte. 

domingo, 1 de noviembre de 2020

Llamada a la santidad

La Solemnidad de Todos los Santos nos invita a recordar la llamada universal a la santidad, que proclamó el Concilio Vaticano II en la Constitución Dogmática Lumen Gentium: “Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre” (n. 11). “En la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la Jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: «Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación» (1 Ts 4, 3; cf. Ef 1, 4)” (n. 39). “Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado” (n. 42).

Pero, ¿qué es la santidad?, ¿qué tenemos que hacer para alcanzarla?, ¿en qué se nota que una persona va por el camino de la santidad o se aleja de él?

Es natural que, cada uno, nos hagamos estas preguntas u otras parecidas. Sabemos que sólo Dios es Santo y Bueno, como le dijo Jesús al joven rico (cfr. Mc 10, 18). Además, en este mundo no hay ningún “santo”. Todos somos pecadores. Un gran “santo” puede convertirse en un gran pecador, y un gran pecador, en un gran santo. Alcanzaremos la plenitud de la santidad en la vida eterna.

Por otra parte, sólo Dios conoce lo que hay en cada hombre (cfr. Jn 2, 24). Nosotros podemos equivocarnos al juzgar a las personas. Alguien que no tiene apariencia de santo puede llevar una vida de santidad mayor que otro, que parece muy santo.

Todos recibimos muchos dones de Dios, pero en diversa medida. Lo decisivo es cómo correspondemos a esas gracias. Qué tan generosos somos, habiendo conocido el gran amor que el Padre nos tiene, en Jesucristo, responder decididamente a las inspiraciones y dones del Espíritu Santo.

Las virtudes heroicas que se piden a los santos, para su canonización, no son sucesos notables que ellos mismos hayan realizado por sí mismos, sino obras que Dios ha hecho a través de ellos, porque han sido muy dóciles a la gracia. Han sido hombres y mujeres de mucha oración: amigos verdaderos de Dios, que hablan con el Amigo y reciben la fuerza de Él, como Moisés, que hablaba cara a cara con el Señor (cfr. Ex 3, 11).

Ese es el secreto de la santidad de María: su profunda unión con Dios. 

lunes, 26 de octubre de 2020

El sentido común

Hay un viejo dicho que dice: “el sentido común es el menos común de los sentidos”. Y es verdad. No es fácil encontrar el sentido común en nuestra época. Y, sin embargo, es tan necesario…

El sentido común es la capacidad para juzgar razonablemente las situaciones de la vida cotidiana y decidir con acierto. Se basa en la capacidad que tiene el hombre para conocer la verdad. El pecado, las ideologías, las elucubraciones humanas equivocadas, nos han llevado a que cada vez sea más raro encontrar personas con sentido común. Indudablemente, una persona que vive bien, tiene más facilidad para pensar bien. También se suele decir que “el que no vive como piensa acaba pensando como vive”. Los malos hábitos llevan a pensar mal, a tener poco sentido común, a engañarse a sí mismo.

Por otra parte, la fe, la capacidad de aceptar el misterio en nuestra vida, refuerza el sentido común natural. Un persona de fe, aunque no tenga mucha cultura, sabe razonar mejor que un “sabio” según el mundo, que no tenga el sentido del misterio en el que estamos envueltos, que no se abra a la trascendencia.

Todo este preámbulo surgió en mi mente después de leer el texto de Lc 13, 10-17. Te aconsejo meditarlo, bajo la perspectiva del sentido común, y sacar tus propias consecuencias: «Un sábado, estaba Jesús enseñando en una sinagoga. Había ahí una mujer que llevaba dieciocho años enferma por causa de un espíritu malo. Estaba encorvada y no podía enderezarse. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: “Mujer, quedas libre de tu enfermedad”. Le impuso las manos y, al instante, la mujer se enderezó y empezó a alabar a Dios.

Pero el jefe de la sinagoga, indignado de que Jesús hubiera hecho una curación en sábado, le dijo a la gente: “Hay seis días de la semana en que se puede trabajar; vengan, pues, durante esos días a que los curen y no el sábado”.

Entonces el Señor dijo: “¡Hipócritas! ¿Acaso no desata cada uno de ustedes su buey o su burro del pesebre para llevarlo a abrevar, aunque sea sábado? Y a esta hija de Abraham, a la que Satanás tuvo atada durante dieciocho años, ¿no era bueno desatarla de esa atadura, aun en día de sábado?».

Cuando Jesús dijo esto, sus enemigos quedaron en vergüenza; en cambio, la gente [con sentido común y fe] se alegraba de todas las maravillas que él hacía”. 

sábado, 24 de octubre de 2020

Lección de amor

     El evangelio de la Misa del Domingo XXX del tiempo ordinario (Ciclo A), nos presenta la enseñanza de Jesús sobre el Mandamiento del Amor (cfr. Mt 22, 34-40). El Evangelio, la Buena Nueva, que anuncia la Iglesia es que Dios envió a su Hijo, para manifestarnos su Amor y darnos la gracia para que nosotros vivamos en ese Amor. Sin embargo, aunque todos los hombres llevamos grabado en el corazón ese mandamiento y, con el Bautismo, el Espíritu Santo purifica y regenera nuestra conciencia de esa verdad, es necesario recomenzar a aprender a amar, una y otra vez. Hay que reconocer que todavía nos falta mucho para amar, de verdad, a Dios y a nuestros hermanos, en las circunstancias ordinarias de la vida corriente.
Pablo Picasso, Ciencia y caridad (1897)

     En este sentido, me parece oportuno hacer referencia a un escrito en el que el P. Carlos Cardona, analizaba “Camino”, el conocido libro de San Josemaría Escrivá, como un libro que enseña a amar. Lleva por título: “Camino, una lección de amor, Ed. Rialp, 1988”. Copio algunos párrafos que ilustran la necesidad de aprender a amar y de enseñar a los demás a amar.

     “El motivo conductor [de Camino] era siempre el mismo: el amor a Dios, el Amor, porque «¡no hay más amor que el Amor!» (Camino, n. 417)”. “«Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor», es la primera exhortación de Camino. «Enamórate, y no "le" dejarás», es su último consejo. Y a lo largo de 999 puntos, este libro todo entero está dedicado a enseñar a amar. A amar siempre, en todo momento y en cualquier circunstancia: a amar intensa y totalmente”.

     “Es el amor el que cualifica la vida del hombre, le hace radicalmente bueno o malo según la dirección de su amor, y es el amor el que proporciona a la persona su valor real y decisivo. Aquí y sólo aquí es donde realmente somos todos iguales: en nuestra capacidad de amar”. “Aquí ya no es cuestión de estar dotados —como para -la ciencia o el arte o cualquier otra ocupación sectorial humana—: en la capacidad de amar somos todos realmente iguales. Y es ahí donde al final podemos ser todos diferentes, según lo que cada uno haya hecho libremente con su amor, según lo que haya amado sobre todas las cosas (,,,).  Camino enseña a hacer de todo un acto de amor. «Hacedlo todo por Amor. —Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. —La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo» (n. 813). Y el heroísmo en la caridad, en el Amor, es justamente la esencia de la santidad a la que todos estamos llamados, sin excepción”. Nuestra Madre, con su vida, nos muestra el camino del Amor.

miércoles, 14 de octubre de 2020

El fruto del Espíritu

Como sabemos, san Pablo escribe a los Gálatas para prevenirles, ante algunos “judaizantes” que habían llegado a la comunidad y les querían hacer volver a la práctica del judaísmo, es decir, a ponerse bajo la Ley de Moisés.

Miniatura de la Bible historiale de Guiard des Moulins(siglo XV)

En esa Carta, el Apóstol no pierde ocasión de hacerles ver que Jesucristo, el Hijo de Dios, ha transformado totalmente el modo de entender la Ley hasta entonces. La Ley era buena, como un “pedagogo”, pero insuficiente. Cristo enseña una Nueva Ley de libertad y amor. Es la Ley del Espíritu no de la carne. Por eso les recuerda cuales son las obras, desordenadas, de la carne (“la lujuria, la impureza, el libertinaje, la idolatría, la brujería, las enemistades, los pleitos, las rivalidades, la ira, las rencillas, las divisiones, las discordias, las envidias, las borracheras, las orgías) y cuál es el fruto del Espíritu (“el amor, la alegría, la paz, la generosidad, la benignidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y el dominio de sí mismo).

“Es sumamente significativo que Pablo ―comenta Benedicto XVI―, cuando enumera los diferentes elementos de los frutos del Espíritu, menciona en primer lugar el amor: «El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, etc.» (Gálatas 5, 22). Y, dado que por definición el amor une, el Espíritu es ante todo creador de comunión dentro de la comunidad cristiana, como decimos al inicio de la misa con una expresión de san Pablo: «… la comunión del Espíritu Santo [es decir, la que por Él actúa] sea con todos vosotros» (2 Corintios 13,13). Ahora bien, por otra parte, también es verdad que el Espíritu nos estimula a entablar relaciones de caridad con todos los hombres. De este modo, cuando amamos dejamos espacio al Espíritu, le permitimos expresarse en plenitud. Se comprende de este modo el motivo por el que Pablo une en la misma página de la carta a los Romanos estas dos exhortaciones: «Sed fervorosos en el Espíritu» y «No devolváis a nadie mal por mal» (Romanos 12, 11.17) (Benedicto XVI, 15-XI-2006)”.

Los fariseos estaban pendientes de mil detalles que prescribían la Ley de Moisés y sus tradiciones, pero se olvidaban de la justicia y del amor de Dios (cfr. Lc 11, 42-46). Jesús les indica que, sin descuidar la Ley (que para ellos había sido una guía excepcional, sobre todo los preceptos morales), no se olviden de lo más importante: vivir el espíritu de la Ley (de libertad y amor), que Él viene a recordar ahora a todos; también a nosotros, que anteponemos la preocupación por las cosas materiales a la vida en el Espíritu. Nuestra Madre nos enseñará a ocuparnos en aquello que nos pide nuestro deber, pero dando la prioridad a la Voz del Espíritu en todo. 

sábado, 10 de octubre de 2020

"Compelle intrare" (Lc 14, 23)

En el evangelio del Domingo XXVIII del tiempo ordinario, el rey que prepara un banquete de bodas para su hijo, manda a sus criados a convidar al banquete a todos los que encuentren en los cruces de los caminos (cfr. Mt 22, 1-14), incluso “empujándolos” (“compelle intrare”), como dice San Lucas en el pasaje paralelo (Lc 14, 23). Es el deseo que tiene el Señor de que todos los hombres acojan el festín que su Padre ha preparado (cfr. Is 25, 6-10, en la primera lectura). Sin quitarnos la libertad, busca por todos los medios posibles que aceptemos su invitación. San Josemaría Escrivá, en su homilía “La libertad, don de Dios” (cfr. Amigos de Dios, 37) comenta esta parábola. Transcribo íntegra la cita. 

«En la parábola de los invitados a la cena, el padre de familia, después de enterarse de que algunos de los que debían acudir a la fiesta se han excusado con razonadas sinrazones, ordena al criado: sal a los caminos y cercados e impele —compelle intrare— a los que halles a que vengan. ¿No es esto coacción? ¿No es usar violencia contra la legítima libertad de cada conciencia?

Si meditamos el Evangelio y ponderamos las enseñanzas de Jesús, no confundiremos esas órdenes con la coacción. Ved de qué modo Cristo insinúa siempre: si quieres ser perfecto..., si alguno quiere venir en pos de mí... Ese compelle intrare no entraña violencia física ni moral: refleja el ímpetu del ejemplo cristiano, que muestra en su proceder la fuerza de Dios: mirad cómo atrae el Padre: deleita enseñando, no imponiendo la necesidad. Así atrae hacia Él.

Cuando se respira ese ambiente de libertad, se entiende claramente que el obrar mal no es una liberación, sino una esclavitud. El que peca contra Dios conserva el libre albedrío en cuanto a la libertad de coacción, pero lo ha perdido en cuanto a la libertad de culpa. Manifestará quizá que se ha comportado conforme a sus preferencias, pero no logrará pronunciar la voz de la verdadera libertad: porque se ha hecho esclavo de aquello por lo que se ha decidido, y se ha decidido por lo peor, por la ausencia de Dios, y allí no hay libertad».

En una carta de 1942, San Josemaría explica más detalles del “compelle intrare”: «No es como un empujón material, sino la abundancia de luz, de doctrina; el estímulo espiritual de vuestra oración y de vuestro trabajo, que es testimonio auténtico de la doctrina; el cúmulo de sacrificios, que sabéis ofrecer la sonrisa, que os viene a la boca, porque sois hijos de Dios (...). Añadid, a todo esto, vuestro garbo y vuestra simpatía human, y tendremos el contenido del compelle intrare» (Carta 24-X-1942, n. 9). 

martes, 6 de octubre de 2020

"Fratelli tutti"

Pablo, fiel a sus tradiciones y a su fe en el Dios de Israel, persigue a los cristianos. No los ve como hermanos, aunque la gran mayoría de ellos eran judíos, sino como enemigos.

"Fratelli tutti"

Pero Dios lo escogió desde el seno materno (cfr. Gal 1, 13-24) para darle a conocer el designio de su voluntad: que Él es Padre de todos los hombres, no sólo de los judíos celosos. Y lo envió a anunciar a los gentiles la Buena Nueva de que todos somos hermanos, revelada por su Hijo, Jesucristo.

Jesús, no sólo enseñó el mandamiento del amor en su predicación oral, sino que “coepit facere et docere” (Hech 1, 1), comenzó a hacer antes de enseñar; es decir, proclamo con su ejemplo que nadie queda excluido del amor de Dios y que Él quiere “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4). Nos enseñó, con su vida entera, la “imaginación de la caridad”.

El Señor se preocupa por todos, sanos y enfermos, ricos y pobres, justos y pecadores, judíos y gentiles. Se hospeda en casa de Marta (cfr. Lc 10, 38-42) y convive estrechamente con los miembros de esa familia de Betania, pero también come con publicanos y pecadores; y atiende las necesidades de la cananea y del centurión de Cafarnaúm. Su corazón está abierto a todos los hombres. Nos enseña, en la práctica, que todos somos hermanos e hijos de Dios.

Este es el mensaje que el Papa Francisco ha querido recordarnos para ponerlo muy en alto, a través de su Encíclica “Fratelli tutti”. “Las siguientes páginas no pretenden resumir la doctrina sobre el amor fraterno, sino detenerse en su dimensión universal, en su apertura a todos” (n. 6). Este deseo de “fraternidad universal” y de “caridad social” no se contrapone a nuestra identidad cristiana. El Papa no pretende diluirla o modificar la verdad de que Cristo es el Único Mediador. No podemos renunciar a esta convicción, pero sí podemos vivirla respetando la “libertad de las conciencias” de todos los hombres, “veritatem facientes in caritate” (Ef 4, 15). La “libertad de conciencia”, es decir, el relativismo, el negar que Dios ha revelado en Cristo la verdad plena por la cual nos salvamos, es un error. El Papa, en su Encíclica no busca eso. Lo que quiere es mostrar su apertura a todas las religiones y culturas; a todos los hombres de buena fe. Y lo hace con palabras acordes a ese fin: “Si bien la escribí desde mis convicciones cristianas, que me alientan y me nutren, he procurado hacerlo de tal manera que la reflexión se abra al diálogo con todas las personas de buena voluntad” (n.6). 

lunes, 28 de septiembre de 2020

Los Tres Arcángeles

Mañana celebramos la fiesta de los Tres Arcángeles. Para prepararnos, vamos a reflexionar un poco sobre cada uno de ellos.

San Miguel, San Rafael y San Gabriel

San Miguel (Quis sicut Deus) es el arcángel fuerte y fiel: «Hubo una batalla en el   cielo: Miguel y sus ángeles peleaban contra el dragón, y peleo el dragón y sus ángeles, y no pudieron triunfar ni fue hallado su lugar en el cielo» (Apoc 12, 7-8): Arcángel San Miguel, defiéndenos en la batalla: sé nuestro amparo contra la maldad y asechanzas del demonio. Pedimos suplicantes que Dios lo mantenga bajo su imperio; y tú, Príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan por el mundo tratando de perder a las almas. Amén (Oración de León XIII). Es el ángel de la fe, de la luz: "Dios mío, aclara mis dudas, disipa mis temores, dame luz para ver tus caminos". Es el arcángel protector —como en lo más alto del romano Castel Sant'Angelo, anunciando el fin de la peste— y defensor justiciero de los hombres en las tradiciones medievales del Juicio Final, donde se asegura de que las almas den su peso de fe, esperanza y amor en las balanzas, frente a las muecas del maligno.

San Gabriel (Fortitudo Dei) el arcángel de la Encarnación, que anuncia la venida de Jesucristo: «Estando ya Isabel en su sexto mes envió Dios al ángel Gabriel a Nazareth (...). Y habiendo entrado el ángel a donde ella estaba, le dijo: Dios te salve, ¡oh llena de gracia! el Señor es contigo, bendita tú eres entre las mujeres (...)» (Lc 1, 26-28). Es el ángel de la esperanza, que es como un ancla (así se representaba esta virtud en la primitiva iconografía cristiana) que nos hace fuertes. Gabriel es el conmovido mensajero de la Anunciación, y sólo podemos imaginarle tal como le pintó Fra Angélico, de rodillas, según dicen: rubio, aureolado de belleza, con alas de mariposa celeste, rindiéndose ante la doncella que acaba de decir "Hágase" y comunicando el gran misterio de la salvación.

San Rafael (Medicina Dei) es el arcángel amigo y buen compañero de viaje: «Cuando orabais tú y tu nuera Sara, yo presentaba ante el Santo  vuestras oraciones. Cuando enterrabas a los muertos también yo  te asistía. Cuando sin pereza te levantabas y dejabas de comer para ir a sepultarlos, no se me ocultaba esa buena obra, antes contigo yo estaba. Por eso me envió Dios a curarte a tí y a Sara,  tu nuera. Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que presentamos las oraciones de los justos y tienen entrada ate la majestad  del Santo» (Tob 12, 13-15). Es el ángel de la caridad, que cura todas las heridas (cfr. actuales catequesis del Papa sobre "Curar el mundo").

Los tres nos valgan, capitán, nuncio y guía

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Amor a nuestra Patria

 Hoy, todos los mexicanos celebramos la fiesta de nuestra Independencia. Es un día, por lo tanto, para rezar por nuestra Patria. El nacionalismo, es decir, el amor a la propia patria exclusivo y excluyente de las demás, no es agradable a Dios. Pero el amor recto a la patria, es parte del cuarto mandamiento de la Ley de Dios.


Recordemos lo que dice, al respecto, el Catecismo de la Iglesia Católica: “Deber de los ciudadanos es contribuir con la autoridad civil al bien de la sociedad en un espíritu de verdad, justicia, solidaridad y libertad. El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad. La sumisión a las autoridades legítimas y el servicio del bien común exigen de los ciudadanos que cumplan con su responsabilidad en la vida de la comunidad política” (n. 2239).

Toda la doctrina social de la Iglesia siempre nos ha recordado estos principios, de una manera u otra. Por ejemplo, San Pio X los enseñaba con las siguientes palabras: “Si el Catolicismo fuera un enemigo de la Patria, no sería una religión divina. La Patria es un nombre que trae a nuestra memoria los recuerdos más queridos, y bien sea porque llevamos la misma sangre que aquellos nacidos en nuestro propio suelo, o bien debido a la aún más noble semejanza de afectos y tradiciones, nuestra Patria es no sólo digna de amor, sino de predilección. Sentimos, pues, veneración por la Patria, que en suave unión con la Iglesia contribuye al verdadero bienestar de la Humanidad. Y ésta es la razón porqué los auténticos caudillos, campeones y salvadores de un país han surgido siempre de entre las filas de los mejores católicos” (San Pío X, Discurso, 20 de Abril de 1909).

El mayor bien que podemos hacer a nuestros compatriotas es vivir bien el Mandamiento del Amor ente nosotros, que empieza por practicarlo con quienes tenemos más cerca: nuestra familia. La familia es la célula central de la sociedad. Si todas las familias mexicanas viviéramos la caridad como nos lo enseña San Pablo en el llamado “Himno a la Caridad” (cfr. 1 Cor 12, 31 – 13, 13), haríamos realidad el ideal de concordia, unidad y verdadera fraternidad en nuestra patria. Una manera de comprenderlo mejor es volver a leer y a meditar la explicación que nos ofrece el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica Amoris Laetitia (cfr. Capítulo 4°). Hoy, especialmente, nos encomendamos a Nuestra Señora de Guadalupe, Reina de México: ¡salva nuestra patria, y conserva nuestra fe!

jueves, 10 de septiembre de 2020

Fray Ejemplo

Ayer leíamos en la Liturgia de las Horas una lectura de San Bernardo sobre los dos grados de contemplación, que corresponden 1°) al temor de Dios y 2°) a la sabiduría. En el primero deseamos cumplir la Voluntad de Dios quitando de nuestra alma todo lo que estorbe. En el segundo, nos unimos plenamente al querer de Dios en sí mismo y vivimos continuamente en su Voluntad.

🎏 Ixcís 🎶 sur Twitter : "El mejor predicador se llama "Fray Ejemplo".  #FelizDomingo http://t.co/XuEYIugGE7"

Con el Salmo 138 podemos pedirle al Señor: “Tú me conoces, Señor, profundamente: tú conoces cuándo me siento y me levanto, desde lejos sabes mis pensamientos, tú observas mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares (…). Examíname, Dios mío, para conocer mi corazón, ponme a prueba para conocer mis sentimientos, y si mi camino se desvía, no dejes que me pierda”.

La verdadera sabiduría está relacionada con la delicadeza de conciencia, que nos lleva a ser “luz que ilumine a todos los de la casa” (Mt 5, 16), y no “piedra de tropiezo” (1 Cor 8, 9) que haga caer a nuestros hermanos.

Queremos edificar a los demás con nuestras palabras y obras. El Espíritu Santo es el Constructor, pero nosotros podemos colaborar con Él, como buenos arquitectos de la casa de Dios (cfr. 1 Cor 3, 10).

Se suele decir de una persona que es “edificante” o “ejemplar” en su conducta, cuando se comporta de modo que aporta muchos elementos positivos a la convivencia familiar, profesional o social. Jesús pedía a sus discípulos ser así, para que los demás vieran sus buenas obras y glorificaran a su Padre que está en los cielos (cfr. Mt 5, 16). Evidentemente no se trata de buscar “quedar bien” con falta de rectitud. Al dar buen ejemplo a los demás tratamos de agradar a Dios. No lo hacemos para que los demás nos alaben.

Hay un dicho que se aplica a lo que estamos meditando: “el mejor predicador es Fray Ejemplo”. Jesús comenzó a “hacer” y luego a “enseñar” (cfr. Hech 1, 1). Sólo nuestras obras avalarán nuestras palabras. El Señor da a sus discípulos pautas claras sobre qué significa comportarse bien y dar ejemplo a los demás (cfr. Lc 6, 27-38): amar a los enemigos, hacer el bien a todos, ser generosos para dar, ser misericordiosos, no juzgar… Todo esto requiere esforzarnos por vivir los pequeños detalles de educación humana, ser modestos, sencillos, naturales, vivir con moderación, ser prudentes y oportunos… En definitiva, pensar un poco en qué es lo que los demás esperan de mí, para llevarles a todos la luz de Cristo.

Invoquemos el dulce nombre de “María” para aprender de Ella a ser luz que ilumina y comportarnos siempre como buenos hijos de Dios. 

domingo, 6 de septiembre de 2020

Aprender a amar en la Iglesia

Antiguamente, se solía decir que la misión de la Iglesia es la “salus animarum”, es decir, la salvación o la salud de las almas, entendiendo por “alma” a todo la persona humana, que es corporal y espiritual, pero poniendo énfasis en el bien espiritual del hombre. Esta definición de la misión de la Iglesia, como no podía ser de otra manera, sigue siendo válida. Ahora se puede expresar de otras formas pero, en el fondo, se viene a decir lo mismo. Por ejemplo, podemos definir la Iglesia como “la comunión de los hombres con Dios y entre sí, por Cristo, en el Espíritu Santo”. La misión de la Iglesia es “ser instrumento de comunión”, o “ser sacramento universal de salvación”.

Romano Guardini - CultorDeLivros
Siervo de Dios, Romano Guardini (1885-1968)

Lo que no podemos perder de vista nunca es que la misión de la Iglesia es dar gloria a Dios y buscar el bien de los hombres, especialmente el bien espiritual. Es importante subrayar esta prioridad. Todas las obras sociales y asistenciales que hagamos con nuestros hermanos, no tendrían sentido si no buscamos, ante todo, su bien espiritual: la salvación de su alma. Respetando siempre la libertad de cada uno, rezamos y ponemos todos los medios posibles para que todos los hombres lleguen al conocimiento de la verdad en el amor. Y creemos que Cristo es el único Mediador (cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus, sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, 6 de agosto de 2000).

A la luz de este principio podemos leer y meditar los textos del Domingo XXIII del tiempo ordinario. Por ejemplo: “yo te pediré a ti cuentas de su vida” (cfr. Ez 33, 7-9); “el cumplimiento pleno de la ley consiste en amar” (cfr. Rom 13, 8-10); “no endurezcan su corazón” (Salmo 94); “Dios nos confió el mensaje de la reconciliación” (Aleluya); “si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas” (cfr. Mt 18, 15-20).

El hombre no es sólo entendimiento, voluntad y emociones; también es “relación”, que es constitutiva de su ser hombre: no algo añadido y accidental. Precisamente el Concilio Vaticano II puso de relieve este aspecto al fomentar la “espiritualidad de comunión”. Recordaremos la famosa frase de Romano Guardini recogida al comienzo de su libro El sentido de la Iglesia: “un acontecimiento religioso de alcance trascendental ha hecho aparición: la Iglesia nace en las almas”. Esta frase la pronunció en una conferencia que dictó al comienzo de su docencia universitaria en Bonn, en el año de 1922, hace casi cien años. María, Madre de la Iglesia, nos ayudará a tener un corazón grande para aprender a querer a nuestros hermanos, por amor a Dios. 

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Somos colaboradores de Cristo

Uno de los grandes empeños de San Pablo en su anuncio de Cristo, es tratar de elevar la mira de sus discípulos y de las comunidades a las que se dirige. Busca hacerles ver que, aunque vivamos en el mundo, no podemos enredarnos en las cosas de esta vida y olvidarnos de lo principal: que somos colaboradores de Cristo para que, a través nuestro, Él manifieste su poder salvífico. Esto es lo que da sentido a todo. Si no se ven las cosas terrenales con una perspectiva eterna, no valen la pena.

LA IGLESIA EN CORINTIO, RUPTURA CON EL PAGANISMO | DESDE OTRA PERSPECTIVA
La Iglesia de Corinto (siglo I)

En la Primera Carta que escribe a los fieles de Corinto, les anima a no ser carnales, sino espirituales (cfr. 1 Cor 3, 1-9). ¿Qué significa esto. Llama “carnales” a quienes se complican con envidias, rencillas, recelos y disputas humanas, formando partidos ―“yo soy de Apolo, yo de Cefas, yo de Pablo…”― y creando la división, en lugar de buscar ocultarse y desaparecer ―sin afán de protagonismo―, para sólo mostrar a Cristo, con todo el esplendor de la verdad sencilla y pura. Es bueno trabajar en el apostolado ―plantar, regar…―, pero sin olvidar que Cristo es quien pone el incremento. Cristo, a través de su Espíritu, es quien hace crecer y nos lleva a la plenitud de la madurez cristiana. Siempre necesitaremos la “leche espiritual”, de las enseñanzas elementales y básicas de nuestra fe: los mandamientos, las prácticas sencillas de piedad…, pero Dios nos quiere llevar a una mayor altura y profundidad en el conocimiento de su Hijo, en la práctica de las virtudes, en la vida contemplativa y de entrega a los demás. Todo esto es un don de Dios, y para apreciarlo y corresponder a él, necesitamos ser más espirituales, menos carnales: morir a nosotros mismos para dejar actuar al Espíritu Santo en nuestras vidas.

Es el ejemplo que vemos en el Señor desde el principio de su ministerio público: predica la palabra, impone sus manos sobre los niños y los enfermos, expulsa demonios, cura todo tipo de enfermedades, resucita muertos…, pero también se aparta a lugares desiertos y pide a sus discípulos que sean discretos, que no hagan alarde ni levanten la voz diciendo que Él es el Mesías (cfr. Lc 4, 38-44). Jesús quiere enseñarles que su misión es otra: ser colaboradores del Espíritu en las almas; dejarle actuar; no ponerle obstáculos; ser transparentes para que Él los utilice como mejor convenga; estar disponibles para seguir sus mociones. No se trata de “hacer muchas cosas” con un activismo desenfrenado, sino de “ser” muy de Dios: hombres y mujeres que saben estar en su lugar y santificarse en la misión, quizá oculta y sencilla, que Dios les ha confiado. María, que colabora mejor que ningún otro en la obra de salvación de su Hijo, nos enseñará a ser buenos colaboradores del Señor.