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viernes, 28 de mayo de 2021

¡El Señor viene!

El Tiempo Ordinario —desde ahora hasta el Primer Domingo de Adviento— nos da la oportunidad de reflexionar en los textos litúrgicos de cada domingo, desde una perspectiva actual; es decir, de meditar esos textos —tanto los de la Sagrada Escritura como las oraciones— con el enfoque de alguien que está «a la espera» de la plena manifestación de Cristo.

¿Es bueno esperarla? Claro que sí. Desde el principio, la Iglesia primitiva la esperaba con verdadera alegría y repetía incisamente «Maranathá», ¡El Señor viene! «El que no quiera al Señor, ¡sea anatema! «Maranathà»» (Cor 16, 22).

Este deseo de la manifestación de Cristo aparece en otros textos del Nuevo Testamento: En Filipenses, por ejemplo: “Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca” (4: 5). O en Santiago: “Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca” (5: 8). También al final del libro del Apocalipsis: “Ciertamente, vengo en breve” (22: 20 b).

En la Sagrada Escritura nunca se habla de una «segunda» venida de Cristo, sino de una «Venida» en plenitud, que no es distinta la su Primera Venida al mundo, y de su «Tercera» venida —como dice San Berardo— en el tiempo presente; por ejemplo, en la Eucaristía. 

En la Oración colecta de la Misa de este próximo domingo, Solemnidad de la Santísima Trinidad, anhelamos la plena manifestación del Misterio de nuestra fe: 

«Dios Padre, que al enviar al mundo la Palabra de verdad y el Espíritu santificador, revelaste a todos los hombres tu misterio admirable, concédenos que, profesando la fe verdadera, reconozcamos la gloria de la eterna Trinidad y adoremos la Unidad de su majestad omnipotente».

 El encuentro del hombre con el Misterio Trinitario ya se ha dado, en el Misterio Pascual de Cristo y en el envío del Espíritu Santo. Ahora queda que se desvele la Plenitud de ese Misterio: «Y si somos hijos, somos también herederos de Dios y coherederos con Cristo, puesto que sufrimos con él para ser glorificados junto con él» (Rom 8, 14-17, en la 2ª Lectura).

Ahora, la presencia viva de Cristo con nosotros todavía no es plena. Lo será al final: «y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).

Hace tres años, el Papa Francisco explicaba cómo es la presencia Trinitaria en nosotros. 

«Las lecturas bíblicas de hoy nos hacen entender que Dios no quiere tanto revelarnos que Él existe, sino más bien que es el «Dios con nosotros», cerca de nosotros, que nos ama, que camina con nosotros, está interesado en nuestra historia personal y cuida de cada uno, empezando por los más pequeños y necesitados. Él «es Dios allá arriba en el cielo» pero también «aquí abajo en la tierra» (cf. Deuteronomio 4, 39). Por tanto, nosotros no creemos en una entidad lejana, ¡no! En una entidad indiferente, ¡no! Sino, al contrario, en el Amor que ha creado el universo y ha generado un pueblo, se ha hecho carne, ha muerto y resucitado por nosotros, y como Espíritu Santo todo transforma y lleva a plenitud» (Francisco, 27-V-2018).

Sin embargo, la plena unión con el Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, será esencialmente la misma que ya tenemos ahora. Vale la pena recordar las palabras de Benedicto XI en su libro Jesús ese Nazaret.

«Las palabras apocalípticas de antaño adquieren un carácter personalista: en su centro entra la persona misma de Jesús, que une íntimamente el presente vivido con el futuro misterioso. El verdadero «acontecimiento» es la persona que, a pesar del transcurso del tiempo, sigue estando realmente presente. En esta persona el porvenir está ahora aquí. El futuro, a fin de cuentas, no nos pondrá en una situación distinta de la que ya se ha creado en el encuentro con Jesús» (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, II, 3, 2).

  

viernes, 22 de enero de 2021

"Está cerca el Reino de Dios"

«Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (cfr. Mc 1, 14-20). Así comienza el Evangelio del Tercer Domingo del Tiempo ordinario, Domingo de la Palabra (ver nota reciente de la Sagrada Congregación para el Culto Divino), y Domingo en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.

Bartolomé Esteban Murillo (1618-1682),
"Ecce Homo"

Con esas palabras comienza Jesús su predicación, que es precisamente sobre la proximidad del Reino de Dios, o Reino de los Cielos. Pero, ¿qué quería el Señor decirnos con esta expresión? A lo largo de la historia de la Iglesia se han dado numerosas interpretaciones, especialmente en el último siglo. Los teólogos se han detenido en ella, porque es muy importante conocer el alcance de su significado.

Por ejemplo, desde muy joven, Joseph Ratzinger mostró un gran interés por la escatología. Como profesor de teología dogmática impartió ese curso en varias ocasiones y escribió un libro, “Escatología: la muerte y la vida eterna”. En el tomo X de sus obras completas, trata sobre la Resurrección y la Vida Eterna. Todo el pensamiento escatológico de Benedicto XVI está dentro de la teología tradicional. Por lo tanto, no se aventura a hablar de un periodo de la historia intermedio entre la Segunda Venida de Cristo (Fin de los Tiempos) y el Fin del mundo. Sin embargo, Conchita González, en una ocasión aclaró a su madre que sí parece que llegará esa etapa de un "milenio" bien entendido, según unas palabras de la Virgen: “no ha dicho fin del mundo, sino fin de los tiempos”. Entre el fin de los tiempos y el fin del mundo podría haber una nueva manifestación del Reino de Dios en la tierra.

En esta semana en que estamos rezando por la unidad en la Iglesia y considerando la importancia de la Palabra de Dios, es importante mantener la unidad sobre los conceptos centrales de la escatología cristiana -sabiendo que hay aspectos que forman parte de la revelación, que están en la Sagrada Escritura y en la Tradición, y han sido explicados por el Magisterio de modo constante a través de los siglos-, y hay también interpretaciones o añadidos por revelaciones privadas, que hay que tomar con precaución, y que no forman parte de la revelación pública y de lo que está en el depósito de la fe. 

La expresión “Reino de Dios” tiene que ver con todo esto, porque precisamente, a partir de ella se puede conocer qué es lo central y cómo hay que entender la Nueva Realidad inaugurada por Cristo. En el Nuevo Testamento y en los escritos paulinos y jónicos se trata numerosas veces sobre este tema. El Reino de Dios es el asunto central de la predicación y de la actividad del Señor. Jesús no sólo anuncia la llegada del Reino, sino que lo trae en su persona, sus obras y sus palabras (cfr. A. García-Moreno, voz Reino de Dios, en Diccionario de Teología, Eunsa, pp. 842-848). Es un mensaje de Jesús y sobre Jesús. 

“Es temporal, porque se materializa en una comunidad que lo acepta, lo vive y lo realiza en el mundo de los hombres.; es escatológico porque debe planificarse en el futuro; y es cristológico porque tiene que ver esencialmente con Jesús y sus discípulos” (Ibidem).

La venida del misterioso Reino de Dios se extiende desde los profetas del Antiguo Testamento hasta el final de los tiempos. Solamente en el futuro alcanzará su plenitud. Sin embargo, ya está presente en las palabras y acciones de Jesús. También en sus discípulos. 

El tiempo se ha cumplido [engiken]”. Esta palabra griega está en un tiempo pasado con implicaciones presentes y que, sin embargo, alude al futuro. Misteriosamente, se unen pasado, presente y futuro escatológico. 

“Esta tensión en torno al tiempo corresponde a la presencia del Reino como algo misteriosamente escondido, incomprensible a "los de fuera", pero revelado a "los de dentro". «A vosotros se os ha dado a conocer el misterio del Reino» (Mc 4, 11). Debe afirmarse, sin embargo, que la frontera entre "los de fuera" y "los de dentro" permanece fluida e in cierta hasta el fin de los tiempos” (Ibidem).

El Reino de Dios está en el mundo desde que Jesús comienza su actividad pública. Pero no es un reino temporal: «Mi reino no es de ese mundo» (Jn 18, 36). Existe ya en la tierra como realidad espiritual incoada, que es semilla y primicia de la plenitud futura.
El Reino, iniciado por la predicación y acciones de Jesús, toma forma en el mundo a través de las obras de sus discípulos. El Reino contiene una dimensión eterna. Sobre todo, es interior: está en los corazones. «El Reino de Dios no llega con signos visibles, ni dirán helo aquí o allí; porque el Reino está dentro de vosotros» (Lc 17, 20). 

El "venga a nos tu Reino", del Padrenuestro, no es una petición puramente escatológica que contemple sólo un tiempo futuro. El creyente pide también que Dios se abra paso y reine en los corazones de los hombres.

“Conviene advertir que todas las interpretaciones existentes del Reino, desde los mismos evangelistas hasta nuestros días, nunca conseguirán reflejar plenamente el alcance y las implicaciones de la predicación y la mente de Jesús acerca de ese misterio” (cfr. Ibidem).

Ya desde ahora podemos contribuir con la implantación del Reino, seguros de que, al final, nos quedaremos asombrados de los planes de Dios.
 

viernes, 8 de enero de 2021

El valor de las revelaciones privadas

Como recordábamos en la última entrada, el mensaje de Garabandal tiene un contenido escatológico, que va unido al resto de lo que Nuestra Señora quería comunicar a las niñas.

Seguramente muchos de nosotros hemos conocido bien los detalles de las apariciones que tuvieron lugar en Garabandal hace casi 60 años, y estamos convencidos de que son verdaderas, de la verdad de su contenido, y también de su verdad profética y escatológica (el Aviso, el Milagro, el Castigo).

Las cuatro niñas de Garabandal

Además, nos damos cuenta del gran bien que ese mensaje ha hecho a muchísimas personas y de cómo nos impulsa a buscar la santidad con más decisión. Sin embargo, notamos, en muchos de nuestros conocidos, una resistencia a “creer” en ellas, o de al menos interesarse por conocerlas.

Por otra parte, en los últimos años, gracias a la facilidad para conocer lo que pasa en todo el mundo, hemos sabido de la existencia de muchas revelaciones privadas, del Señor o de la Virgen. Si quisiéramos hacer una lista de ellas, seríamos incapaces de abarcarlas todas.

Es frecuente que nos encontremos amigos que nos hagan las siguientes preguntas: ¿un buen cristiano, debe interesarse por las apariciones y revelaciones privadas pasadas y actuales?; ¿se puede tener una fe madura sin tener en cuenta esas revelaciones?; ¿hasta qué punto es obligatorio aceptar que el Señor desea que nos interesemos por ellas y que escuchemos lo que nos quiere decir a través de ellas?

Me parece que, para responder a estas preguntas, además tener en cuenta las Normas sobre el modo de proceder en el discernimiento de presuntas apariciones y revelaciones (1978), y el Prefacio a las mismas de la Congregación para la Doctrina de la fe (2011), de  es necesario recordar lo que escribió Benedicto XVI en 2010) [las negritas son nuestras]:

«De este modo, la Iglesia expresa su conciencia de que Jesucristo es la Palabra definitiva de Dios; él es “el primero y el último” (Ap 1,17). Él ha dado su sentido definitivo a la creación y a la historia; por eso, estamos llamados a vivir el tiempo, a habitar la creación de Dios dentro de este ritmo escatológico de la Palabra; “la economía cristiana, por ser la alianza nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Jesucristo nuestro Señor (cf. 1 Tm 6,14; Tt 2,13)” (Dei Verbum, n. 4). En efecto, como han recordado los Padres durante el Sínodo, la “especificidad del cristianismo se manifiesta en el acontecimiento Jesucristo, culmen de la Revelación, cumplimiento de las promesas de Dios y mediador del encuentro entre el hombre y Dios. Él, 'que nos ha revelado a Dios' (cf. Jn 1,18), es la Palabra única y definitiva entregada a la humanidad”. (Propositio 4). San Juan de la Cruz ha expresado admirablemente esta verdad: “Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra... Porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado a Él todo, dándonos el todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra cosa o novedad” (Subida al Monte Carmelo, II, 22)» (Exhortación Apostólica Postsinodal Verbum Domini, n. 14).   

Teniendo presente todo esto, el Santo Padre Benedicto XVI destaca:

«El Sínodo ha recomendado “ayudar a los fieles a distinguir bien la Palabra de Dios de las revelaciones privadas” (Propositio 47), cuya función “no es la de... 'completar'  la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia” (Catecismo de la Iglesia Católica, 67). El valor de las revelaciones privadas es esencialmente diferente al de la única revelación pública: ésta exige nuestra fe; en ella, en efecto, a través de palabras humanas y de la mediación de la comunidad viva de la Iglesia, Dios mismo nos habla. El criterio de verdad de una revelación privada es su orientación con respecto a Cristo. Cuando nos aleja de Él, entonces no procede ciertamente del Espíritu Santo, que nos guía hacia el Evangelio y no hacia fuera. La revelación privada es una ayuda para esta fe, y se manifiesta como creíble precisamente cuando remite a la única revelación pública. Por eso, la aprobación eclesiástica de una revelación privada indica esencialmente que su mensaje no contiene nada contrario a la fe y a las buenas costumbres; es lícito hacerlo público, y los fieles pueden dar su asentimiento de forma prudente. Una revelación privada puede introducir nuevos acentos, dar lugar a nuevas formas de piedad o profundizar las antiguas. Puede tener un cierto carácter profético (cf. 1 Ts 5,19-21) y prestar una ayuda válida para comprender y vivir mejor el Evangelio en el presente; de ahí que no se pueda descartar. Es una ayuda que se ofrece pero que no es obligatorio usarla. En cualquier caso, ha de ser un alimento de la fe, esperanza y caridad, que son para todos la vía permanente de la salvación. (Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, El mensaje de Fátima, 26 de junio de 2000: Ench. Vat. 19, n 974-1021)» (Ibidem).

Me parece que cabe destacar la siguiente frase: “Es una ayuda que se ofrece pero que no es obligatorio usarla. Y también la palabra “puede”, utilizada varias veces al final de la cita, para indicar que es opcional aprovechar la ayuda que prestan las apariciones privadas a nuestra fe, para hacerla más madura (de ahí que, de entrada, no se puedan descartar: es decir, tener un prejuicio sistemático hacia ellas).

Por lo tanto pienso que hay que distinguir entre 1) el contenido escatológico de la Revelación (Dios Cosumador), que todos debemos de conocer y aplicar a nuestra vida cristiana, y 2) las formas opcionales de entender  y vivir ese contenido escatológico, como son las que conocemos a través de las revelaciones privadas o de las diversas interpretaciones que se pueden dar al contenido de la revelación sobre el Fin de los Tiempos.

domingo, 15 de noviembre de 2020

¿Cómo correspondemos a los dones de Dios?

Como estoy recuperándome del Covid (pido tus oraciones) no me siento con ánimos de escribir algo más elaborado. Prefiero transcribirte un comentario de Benedicto XVI a los textos del Domingo 33° del Tiempo ordinario (16-XI-2008).

«La Palabra de Dios de este domingo, penúltimo del año litúrgico, nos invita a estar vigilantes y activos, en espera de la vuelta del Señor Jesús al final de los tiempos. La página del Evangelio narra la célebre parábola de los talentos, referida por san Mateo (cf. Mt 25, 14-30). El "talento" era una antigua moneda romana, de gran valor, y precisamente a causa de la popularidad de esta parábola se ha convertido en sinónimo de dote personal, que cada uno está llamado a hacer fructificar. En realidad, el texto habla de "un hombre que, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda" (Mt 25, 14).

El hombre de esta parábola representa a Cristo mismo; los siervos son los discípulos; y los talentos son los dones que Jesús les encomienda. Por tanto, estos dones, no sólo representan las cualidades naturales, sino también las riquezas que el Señor Jesús nos ha dejado como herencia para que las hagamos fructificar: su Palabra, depositada en el santo Evangelio; el Bautismo, que nos renueva en el Espíritu Santo; la oración -el "padrenuestro"- que elevamos a Dios como hijos unidos en el Hijo; su perdón, que nos ha ordenado llevar a todos; y el sacramento de su Cuerpo inmolado y de su Sangre derramada. En una palabra: el reino de Dios, que es él mismo, presente y vivo en medio de nosotros.

Este es el tesoro que Jesús encomendó a sus amigos al final de su breve existencia terrena. La parábola de hoy insiste en la actitud interior con la que se debe acoger y valorar este don. La actitud equivocada es la del miedo: el siervo que tiene miedo de su señor y teme su regreso, esconde la moneda bajo tierra y no produce ningún fruto. Esto sucede, por ejemplo, a quien, habiendo recibido el Bautismo, la Comunión y la Confirmación, entierra después dichos dones bajo una capa de prejuicios, bajo una falsa imagen de Dios que paraliza la fe y las obras, defraudando las expectativas del Señor.

Pero la parábola da más relieve a los buenos frutos producidos por los discípulos que, felices por el don recibido, no lo mantuvieron escondido por temor y celos, sino que lo hicieron fructificar, compartiéndolo, repartiéndolo. Sí; lo que Cristo nos ha dado se multiplica dándolo. Es un tesoro que hemos recibido para gastarlo, invertirlo y compartirlo con todos, como nos enseña el apóstol san Pablo, gran administrador de los talentos de Jesús». María nos ayudará a ser "siervos buenos y fieles", para que podamos participar un día en "el gozo de nuestro Señor". 

sábado, 7 de noviembre de 2020

Los novísimos

La parábola de las diez vírgenes nos recuerda la necesidad de estar vigilantes, porque no sabemos ni el día ni la hora (cfr. Mt 25, 1-13). La Iglesia, a lo largo del mes de noviembre, nos invita a meditar sobre los novísimos, las realidades últimas (postrimerías) que, a lo largo de la historia de la Iglesia, han sido siempre como una antorcha que ilumina nuestro camino en la tierra. Los cuatro novísimos clásicos son muerte, juicio, infierno y gloria. A ellos se añade el purgatorio. El Papa Benedicto XVI, en su Encíclica Spe salvi, dedica varios números a considerarlos despacio. Vale la pena transcribir algunos párrafos que nos ayuden a tenerlos presentes.
Mateo Cerezo (1663-64),
El juicio de un alma (Museo del Prado)

La opción de vida del hombre se hace en definitiva con la muerte; esta vida suya está ante el Juez. Su opción, que se ha fraguado en el transcurso de toda la vida, puede tener distintas formas. Puede haber personas que han destruido totalmente en sí mismas el deseo de la verdad y la disponibilidad para el amor. Personas en las que todo se ha convertido en mentira; personas que han vivido para el odio y que han pisoteado en ellas mismas el amor. Ésta es una perspectiva terrible, pero en algunos casos de nuestra propia historia podemos distinguir con horror figuras de este tipo. En semejantes individuos no habría ya nada remediable y la destrucción del bien sería irrevocable: esto es lo que se indica con la palabra infierno. Por otro lado, puede haber personas purísimas, que se han dejado impregnar completamente de Dios y, por consiguiente, están totalmente abiertas al prójimo; personas cuya comunión con Dios orienta ya desde ahora todo su ser y cuyo caminar hacia Dios les lleva sólo a culminar lo que ya son [el cielo]” (n. 45).

“No obstante, según nuestra experiencia, ni lo uno ni lo otro son el caso normal de la existencia humana. En gran parte de los hombres -eso podemos suponer- queda en lo más profundo de su ser una última apertura interior a la verdad, al amor, a Dios. Pero en las opciones concretas de la vida, esta apertura se ha empañado con nuevos compromisos con el mal; hay mucha suciedad que recubre la pureza, de la que, sin embargo, queda la sed y que, a pesar de todo, rebrota una vez más desde el fondo de la inmundicia y está presente en el alma” (n. 46).

“Algunos teólogos recientes piensan que el fuego que arde, y que a la vez salva [en el purgatorio], es Cristo mismo, el Juez y Salvador. El encuentro con Él es el acto decisivo del Juicio. Ante su mirada, toda falsedad se deshace. Es el encuentro con Él lo que, quemándonos, nos transforma y nos libera para llegar a ser verdaderamente nosotros mismos” (n. 47). 

miércoles, 28 de octubre de 2020

Santos Simón el Cananeo y Judas Tadeo

En esta ocasión, fiesta de los santos Simón el Cananeo y Judas Tadeo, apóstoles, transcribiré algunos párrafos de la catequesis de Benedicto XVI, del 11 de octubre de 2006. Buena lectura.

«Es muy posible que este Simón, si no pertenecía propiamente al movimiento nacionalista de los zelotas, al menos se distinguiera por un celo ardiente por la identidad judía y, consiguientemente, por Dios, por su pueblo y por la Ley divina. Si es así, Simón está en los antípodas de Mateo que, por el contrario, como publicano procedía de una actividad considerada totalmente impura. Es un signo evidente de que Jesús llama a sus discípulos y colaboradores de los más diversos estratos sociales y religiosos, sin exclusiones. A él le interesan las personas, no las categorías sociales o las etiquetas.

Y es hermoso que en el grupo de sus seguidores, todos, a pesar de ser diferentes, convivían juntos, superando las imaginables dificultades: de hecho, Jesús mismo es el motivo de cohesión, en el que todos se encuentran unidos. Esto constituye claramente una lección para nosotros, que con frecuencia tendemos a poner de relieve las diferencias y quizá las contraposiciones, olvidando que en Jesucristo se nos da la fuerza para superar nuestros conflictos.

Conviene también  recordar  que  el grupo de los Doce es la prefiguración de la Iglesia, en la que deben encontrar espacio todos los  carismas,  pueblos  y razas, así como  todas  las  cualidades  humanas, que  encuentran  su armonía y su unidad en la comunión con Jesús (…).

Tadeo le dice al Señor: "Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?". Es una cuestión de gran actualidad; también nosotros preguntamos al Señor: ¿por qué el Resucitado no se ha manifestado en toda su gloria a sus adversarios para mostrar que el vencedor es Dios? ¿Por qué sólo se manifestó a sus discípulos? La respuesta de Jesús es misteriosa y profunda. El Señor dice: "Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y pondremos nuestra morada en él" (Jn 14, 22-23). Esto quiere decir que al Resucitado hay que verlo y percibirlo también con el corazón, de manera que Dios pueda poner su morada en nosotros. El Señor no se presenta como una cosa. Él quiere entrar en nuestra vida y por eso su manifestación implica y presupone un corazón abierto. Sólo así vemos al Resucitado».

¿Cómo lo miraría Nuestra Señora? Así queremos nosotros ver a Cristo. 

martes, 20 de octubre de 2020

¿Cómo estar vigilantes?

San Pablo, en la Carta a los de Éfeso, les habla de esperanza. Benedicto XVI, en su Encíclica Spe salvi (2007, n° 6) recuerda la situación de los paganos que no tenían a Cristo vivían “sin Dios y sin esperanza, en el mundo” (Ef 2, 12). Nosotros, en cambio, ya no somos “extranjeros ni advenedizos; son conciudadanos de los santos y pertenecen a la familia de Dios, porque han sido edificados sobre el cimiento de los apóstoles y de los profetas, siendo Cristo Jesús la piedra angular” (Ef 12, 22).

Este es el fundamento de nuestra dignidad de hijos de Dios. Sobre él hemos de construir toda nuestra vida. Aquí se basa nuestra esperanza. Nos encontraremos con Cristo, cuando vuelva. Y no hay que esperar al final de los tiempos. Nos podemos encontrar con Él cada día, en cada momento, fundados en la esperanza: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas. Sean semejantes a los criados que están esperando a que su señor regrese de la boda, para abrirle en cuanto llegue y toque. Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela. Yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá. Y si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos ellos” (Lc 12, 35-38).

Fundados en el terreno firme de nuestra dignidad cristiana, ¿cómo podemos estar vigilantes? Hace poco leía un libro titulado “Viaje al Centro del hombre” y que tiene tres capítulos, que son como tres “expediciones” que hay que emprender, para llegar al centro del hombre y conseguir una buena vida (digna, sencilla y feliz): 1°) En el terreno firme de la dignidad, 2) por la selva de lo superfluo y 3) Escalada hacia las propias cumbres (Cfr. Carlos Llano Cifuentes, Viaje al Centro del Hombre, Rialp, 1999).

Me parecen muy sugestivos los títulos de los capítulos. Después de tratar sobre la dignidad del hombre (vida digna o verdadera), dice que, para llegar a la meta (el Amor de Dios), es necesario no quedarse atrapado en la selva de los superfluo (lo temporal, pasajero y caduco); es decir, llevar una vida sencilla o bella; y, además, elevarse hacia las propias cumbres, que son las del Amor (a Dios y a nuestros hermanos), mediante la donación sincera de nosotros mismos. Sólo asá alcanzaremos una vida feliz o buena.

Jesús va por delante y nos anima a “estar vigilantes”. ¿Cómo? Teniendo en cuenta estos tres elementos de nuestro seguimiento de Cristo, que aparecen claramente en el ejemplo que nos da Nuestra Señora

domingo, 18 de octubre de 2020

¿Qué es la Misión, en la Iglesia?

El Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND) nos invita a reflexionar sobre qué es la misión y porqué es importante que todos participemos en ella.

Jesús escoge a sus apóstoles después de haber pasado la noche en oración. Esto es significativo: la oración precede a la misión. Los llama para que estén con él y para enviarlos. Esto también nos dice mucho. Lo primero es la búsqueda de la santidad (estar con Jesús) y apostolado (servir). En la Plegaria Eucarística II le damos gracias al Padre porque nos hace dignos “de servirte en tu presencia” (“astare coram te et tibi ministrare”).   

El apostolado es misión. Ambas palabras tienen una misma etimología. El término saliah, en hebrero quiere decir enviado, pero con un matiz particular: el que es enviado y hace las veces del que lo envía, es el embajador. Eliezer, enviado por Abraham e Isaac, escoge a Rebeca para esposa de Isaac, esta da su consentimiento y el matrimonio se considera definitivo. «El que os recibe, me recibe; el que me recibe, recibe al que me envió» (Mt 10,40).

Jesús envía, pero él, a su vez, es enviado por el Padre junto con el Espíritu Santo. «Como me envía el Padre, así os envío yo» (Jn 20, 21). El origen del envío apostólico hay que buscarlo en las misiones trinitarias: primero la misión creadora y luego la misión re-creadora, por las que el Padre —que es invisible y nunca se manifiesta directamente— actúa. Por medio de su «dos manos» (el Hijo y el Espíritu Santo) santas y venerables, como dice San Ireneo, que nos tocan, nos toman y nos consagran a Él, el Padre nos crea y nos re-crea.

Nuestra misión apostólica consiste en ser imágenes vivas del Padre, que deben imprimir en los otros el sello filial y llenar esta efigie con el Espíritu, que la animará en ellos.

En la Iglesia todos somos misioneros y profetas. «El profeta es aquel que dice la verdad en virtud de su contacto con Dios; la verdad para el presente que naturalmente también ilumina el futuro (…); hacer presente en este momento la verdad de Dios e indicar el camino que hay que tomar; (…) el profeta (…) ayuda a comprender y a vivir la fe como esperanza (…). Veo el núcleo o la raíz del elemento profético en este «cara a cara» con Dios, en «conversar con Él como un amigo». Sólo en virtud de este encuentro directo con Dios, el profeta puede hablar en el tiempo (…). Cristo es el profeta definitivo, porque es el Hijo (…). (Entrevista al Cardenal Ratzinger, de Niels Christian Hvidt, El problema de la profecía cristiana, 16 de marzo de 1998). María es la primera “profeta” de su Hijo. 

miércoles, 14 de octubre de 2020

El fruto del Espíritu

Como sabemos, san Pablo escribe a los Gálatas para prevenirles, ante algunos “judaizantes” que habían llegado a la comunidad y les querían hacer volver a la práctica del judaísmo, es decir, a ponerse bajo la Ley de Moisés.

Miniatura de la Bible historiale de Guiard des Moulins(siglo XV)

En esa Carta, el Apóstol no pierde ocasión de hacerles ver que Jesucristo, el Hijo de Dios, ha transformado totalmente el modo de entender la Ley hasta entonces. La Ley era buena, como un “pedagogo”, pero insuficiente. Cristo enseña una Nueva Ley de libertad y amor. Es la Ley del Espíritu no de la carne. Por eso les recuerda cuales son las obras, desordenadas, de la carne (“la lujuria, la impureza, el libertinaje, la idolatría, la brujería, las enemistades, los pleitos, las rivalidades, la ira, las rencillas, las divisiones, las discordias, las envidias, las borracheras, las orgías) y cuál es el fruto del Espíritu (“el amor, la alegría, la paz, la generosidad, la benignidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y el dominio de sí mismo).

“Es sumamente significativo que Pablo ―comenta Benedicto XVI―, cuando enumera los diferentes elementos de los frutos del Espíritu, menciona en primer lugar el amor: «El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, etc.» (Gálatas 5, 22). Y, dado que por definición el amor une, el Espíritu es ante todo creador de comunión dentro de la comunidad cristiana, como decimos al inicio de la misa con una expresión de san Pablo: «… la comunión del Espíritu Santo [es decir, la que por Él actúa] sea con todos vosotros» (2 Corintios 13,13). Ahora bien, por otra parte, también es verdad que el Espíritu nos estimula a entablar relaciones de caridad con todos los hombres. De este modo, cuando amamos dejamos espacio al Espíritu, le permitimos expresarse en plenitud. Se comprende de este modo el motivo por el que Pablo une en la misma página de la carta a los Romanos estas dos exhortaciones: «Sed fervorosos en el Espíritu» y «No devolváis a nadie mal por mal» (Romanos 12, 11.17) (Benedicto XVI, 15-XI-2006)”.

Los fariseos estaban pendientes de mil detalles que prescribían la Ley de Moisés y sus tradiciones, pero se olvidaban de la justicia y del amor de Dios (cfr. Lc 11, 42-46). Jesús les indica que, sin descuidar la Ley (que para ellos había sido una guía excepcional, sobre todo los preceptos morales), no se olviden de lo más importante: vivir el espíritu de la Ley (de libertad y amor), que Él viene a recordar ahora a todos; también a nosotros, que anteponemos la preocupación por las cosas materiales a la vida en el Espíritu. Nuestra Madre nos enseñará a ocuparnos en aquello que nos pide nuestro deber, pero dando la prioridad a la Voz del Espíritu en todo. 

martes, 8 de septiembre de 2020

La genealogía del Señor

Celebramos la fiesta de la Natividad de Nuestra Señora. En el texto evangélico de la Misa se puede leer la genealogía del Señor según San Mateo. Es la genealogía de José. San Lucas nos presenta otra genealogía. Algunos exégetas opinan que podría ser la de la Virgen. De cualquier manera, sabemos que Jesús era descendiente de David y, como todos los judíos, conocía bien quiénes eran sus antepasados, lo mismo que José y Nuestra Señora.

La Genealogía de Jesús - Padre Fortea - YouTube

En un tiempo en que los rápidos cambios culturales y sociales oscurecen el sentido de la tradición y exponen, especialmente a las nuevas generaciones, al riesgo de perder la relación con las propias raíces, es especialmente urgente la tarea de recordar a los demás la memoria de su propia identidad.

Todos sentimos la necesidad de estar enraizados en la historia humana, de buscar las raíces profundas de nuestra persona, de nuestra familia, de la cultura y sociedad a la que pertenecemos. En definitiva, todos buscamos el sentido de nuestra existencia. Pero las raíces más profundas de la humanidad, son las religiosas, porque, en última instancia, todos los hombres estamos emparentados, formamos parte de una misma familia y somos hijos de Dios. A la pregunta que se hace todo hombre sobre el origen de su existencia, se puede responder de muchas maneras. Los cristianos estamos convencidos de que Dios es la única respuesta profunda y plena. Además, creemos que, para ser verdaderamente humana, la cultura debe ahondar sus raíces en Jesucristo.

Meditemos unas palabras de Benedicto XVI en esta fiesta: «El pasaje evangélico que acabamos de escuchar amplía nuestros horizontes. Presenta la historia de Israel desde Abraham como una peregrinación que, con subidas y bajadas, por caminos cortos y por caminos largos, conduce en definitiva a Cristo. La genealogía con sus figuras luminosas y oscuras, con sus éxitos y sus fracasos, nos demuestra que Dios también escribe recto en los renglones torcidos de nuestra historia. Dios nos deja nuestra libertad y, sin embargo, sabe encontrar en nuestro fracaso nuevos caminos para su amor. Dios no fracasa. Así esta genealogía es una garantía de la fidelidad de Dios, una garantía de que Dios no nos deja caer y una invitación a orientar siempre de nuevo nuestra vida hacia él, a caminar siempre nuevamente hacia Cristo» (Homilía en el Santuario mariano de Mariazell, Austria, el 8-IX-2007). Jesús recibió de María su carne, su sangre, su comportamiento y su palabra; incluso su forma de pensar, la forma de su alma. A través de ella acogió la herencia de sus antepasados y el peso de su historia. 

miércoles, 19 de agosto de 2020

Somos oveja y pastor

Jesús, en su predicación, en sus parábolas, acude a ejemplos, familiares a quienes escuchan. Habla de pastores y ovejas, viñadores y viñas, siguiendo así también el estilo de los profetas de Israel.

Catacumbas de Priscila (Roma). El Buen Pastor | Catacumbas ...
El Buen Pastor. Catacumbas de Priscila.

La Iglesia es el rebaño de Cristo, la viña del Señor. Y, al mismo tiempo, todos colaboramos con Él. Son memorables las primeras palabras de Benedicto XVI el día de su elección como Sumo Pontífice: “soy un humilde trabajador de la viña del Señor”.  Todos somos oveja y pastor, viñador y viña que hay que cultivar (cfr. Mt 20, 1-16).  

Es bien conocido el capítulo 34 de Ezequiel, en el que menciona a los malos pastores que no apacientan al rebaño, no fortalecen a las ovejas débiles, ni cuidan a las que están heridas, sino que se apacientan a sí mismos (cfr. Ez 34, 1-11). Todos tenemos el peligro de convertirnos en malos pastores, si buscamos nuestro propio interés y no nos ocupamos de servir a nuestros hermanos. Pero también podemos ser malas ovejas, si no nos dejamos ayudar por los demás, si no buscamos cuidar nuestra vida de oración y nuestra formación cristiana, acudiendo a los buenos pastores, a los sacramentos, a la escucha de la Palabra.  

Veamos lo que dice san Agustín al respecto en uno de sus sermones: "Hay una espiritual vendimia, donde se alegra Dios viendo los frutos de su viña. Nosotros, en efecto, cultivamos a Dios y Dios a nosotros; si bien a Dios no le cultivamos para mejorarle, pues se le cultiva orando, no arando. El, empero, nos cultiva a nosotros como el labrador a su tierra; y al modo que la mejora éste cultivándola, a nosotros nos hace Dios mejores con su cultivo. Y el fruto que Dios aguarda de nosotros es el cultivo mismo de él. Nos cultiva Dios extirpando las malas semilla en nuestros corazones y lo hace un día y otro por medio de su palabra volviendo la tierra de las almas con el arado de la predicación y esparciendo las semillas de sus preceptos para cosechar frutos de piedad. Cuando, pues, como tierra agradecida a nuestro cultivador, respondemos bien a su cultivo, somos parte a que se alegre, aun no haciéndole nuestro fruto más rico a él, sino más felices a nosotros" (San Agustín, Sermón 87).

Los sacerdotes tienen la responsabilidad, por un título especial, de ser buenos pastores, siguiendo el ejemplo del Buen Pastor que da la vida por sus ovejas: “Yo mismo buscaré a mis ovejas y las cuidaré” (cfr. Ez 1-11).

miércoles, 5 de agosto de 2020

La Transfiguración: un acontecimiento de oración

La Transfiguración del Señor, que todos los años se celebra el 6 de agosto, es una fiesta que meditamos en el 4° misterio luminoso del Santo Rosario. Por lo tanto, es un día para pedir al Señor que envíe su Luz para ver más claramente lo que Él espera de nosotros. Por otra parte, también es un “acontecimiento de oración” (cfr. J. Ratzinger, Jesús de Nazaret II). Jesús lleva al “monte de Yahvé” a tres de sus discípulos, para orar.

La Transfiguración del Señor | Pintura cristiana, Transfiguracion ...

Esto nos recuerda la importancia que tiene la oración en la vida de los santos, como en la de San Juan María Vianney, que escribía: “El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis habréis hallado la felicidad en este mundo” (cfr. 2ª lectura de la Liturgia de las Horas en la memoria del Cura de Ars). Y “la oración no es otra cosa que la unión con Dios”. La oración dilata nuestro corazón, que es pequeño, para que sea capaz de amar a Dios. Es toda una catequesis sobre la oración la que nos da el Cura de Ars.

Pero también en el resto de los misterios luminosos encontramos las características de una verdadera oración, que debe ser trinitaria. Durante el Bautismo del Señor (1er misterio luminoso) se escucha la voz del Padre y el Espíritu Santo, en forma de Paloma, se posa sobre el Hijo. Es una oración que parte de sabernos pecadores (Jesús, el Santo de los santos, se forma en la cola de los pecadores, para darnos ejemplo). No podríamos acercarnos de otra manera a la Santísima Trinidad, más que con arrepentimiento sincero de nuestros pecados.

La oración ha de ser mariana (2°  misterio luminoso). María, en las Bodas de Caná, nos da ejemplo de cómo acercarnos a Jesús: con palabras breves, con decisión, confiando plenamente en Él. El 5 de agosto celebramos en la Iglesia la Dedicación de la Basílica de Santa María, en el monte Esquilino, Roma. Es la primera iglesia dedicada en honor a Nuestra Señora, en Occidente. Fue en época del papa Sixto III (432-440), justo después del Concilio de Éfeso (431).

La oración ha de nutrirse de la Palabra (3er misterio luminoso), en la enseñanza del Señor, a través de sus parábolas, que nos iluminan y nos llevan a la conversión.

Por fin, la oración debe estar centrada en el Misterio Pascual, como la oración en el Monte Tabor, en el que Moisés y Elías hablaban de la Pasión, Muerte en la Cruz y Resurrección de Jesús. Es una oración eucarística (5° misterio luminoso). La mujer cananea nos da ejemplo de una oración constante y llena de fe.

lunes, 3 de agosto de 2020

La barca de Pedro zarandeada por las olas

Después de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús se retira a orar a monte, mientras los discípulos se echan a la mar en la barca de Pedro (cfr. Mt 14, 22-36). Era como la cuarta vigilia de la noche cuando una tormenta azota con sus olas la barquichuela. Los apóstoles están llenos de temor. Saben que, si no pasa algo inusual, la barca se puede ir a pique.

Cristo en la tempestad del mar de Galilea - Brueghel, Jan (El ...
Cristo en la tempestad del mar de Galilea, de Jan Brueghel (1568-1625) 

Así está la Iglesia, zarandeada por las olas: la ola negra del laicismo, la ola roja del marxismo, en sus diversas formas, y la ola verde y viscosa de la impureza. También ahora, como entonces, somos amenazados por la tormenta, que se cierne sobre la barca de Pedro.

Hace tres años (15 de julio de 2017), durante el funeral del Cardenal J. Meisner, el arzobispo G. Gänswein, secretario del papa emérito Benedicto XVI, leía una carta suya: “Cuando el miércoles pasado me llegó por teléfono la noticia del fallecimiento del cardenal Meisner, mi primera reacción fue de incredulidad, ya que el día anterior habíamos hablado por teléfono (…).Lo que me impresionó especialmente en la última conversación con el fallecido cardenal fue la serenidad sosegada, la alegría interior y la confianza que él había encontrado. Sabemos que para él, pastor y cura apasionado, fue difícil dejar su oficio, justamente en una época en la Iglesia necesita en forma especialmente apremiante pastores convincentes que resistan la dictadura del espíritu de la época y vivan y piensen decididamente la fe. Pero mucho más me conmovió percibir que en este último período de su vida él había aprendido a soltarse y vivía cada vez más de la profunda certeza que el Señor no abandona a su Iglesia, aunque a veces la barca está a punto de zozobrar”.

¿Cuál fue el secreto del Cardenal Meisner? El mismo que el de Pedro y los demás apóstoles, cuando la barca estaba a punto de hundirse: mirar a Jesús, confiar plenamente en Él. Nos lo dice el mismo papa Benedicto: “Cuando en su última mañana el cardenal Meisner no apareció en la Misa fue encontrado muerto en su habitación. El Breviario se había escurrido de sus manos: él falleció rezando, a los ojos del Señor, en diálogo con el Señor. El modo de morir que le fue concedido señala una vez más cómo él vivió: a los ojos del Señor y en diálogo con él. Por eso podemos encomendar confiados su alma a la bondad de Dios”. María, faro esplendente, nos conducirá a puerto seguro si acudimos a ella.

sábado, 1 de agosto de 2020

Los dones de Dios

Las tres lecturas del Domingo 18° del tiempo ordinario nos invitan a reflexionar sobre los dones de Dios, que "no reparte según una medida", como decían los Padres de la Iglesia, sino con profusión divina. 

El Salvador con la Eucaristía - Colección - Museo Nacional del Prado
El Salvador con la Eucaristía, Juan de Juanes (1503-1579)

La primera lectura (Is 55, 1-3) nos hace ver que las cosas más valiosas de la vida son dones gratuitos de Dios, que forman parte de la creación material ―el agua, el sol, la luz, la belleza de la creación― o espiritual: la amistad, la bondad, la verdad… En la segunda lectura, san Pablo (Rom 8, 35.37-39) se dirige a los romanos para confirmarlos en la fe de que nada ―ni las tribulaciones, ni las angustias, ni la persecución, ni el hambre…― nos puede apartar del don más valioso: el amor que nos ha manifestado Dios en Cristo Jesús. Finalmente, en el evangelio, san Mateo (Mt 14, 13-21) nos presenta la multiplicación de los cinco panes y los dos peces. En este texto damos un paso más: ahora de lo que se trata es de colaborar con Cristo para llevar sus dones a los demás: “Denles ustedes de comer”, dice Cristo a sus discípulos. Así los prepara para llevar el anuncio del Evangelio a todas las naciones. Dios es Amor. Todo lo que ha creado es bueno. Lo ha hecho para nosotros, sus hijos. Nos ha dado bienes materiales y, sobre todo, espirituales. Nos ha dado a su Hijo y, con Él, nos lo ha dado todo. Nos ha enviado su Espíritu para llevarnos a la verdad completa y llenarnos de su Amor, a través de Cristo, en la Eucaristía.

Al final, nos dice san Mateo, “todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos”. Se repite lo que es algo constante en los milagros del Señor: la ley de lo abundante, que nos hace ver nuestra insuficiencia y lo grande que es el Amor de Dios. Y también nos ayuda a ser humildes y tratar de corresponder lo mejor que podamos a los dones de Dios, sabiendo que nunca “estaremos en regla con Él” y que, más bien, siempre somos deudores agradecidos ante la abundancia de su amor por nosotros.

El Cardenal Ratzinger nos lo explica de una manera muy clara: “Ser cristiano no significa aceptar una determinada serie de deberes, ni tampoco superar los límites de seguridad de la obligación para ser extraordinariamente perfecto; cristiano es más bien quien sabe que sólo y siempre vive del don recibido; por eso la justicia sólo puede consistir en ser donante, como el mendigo que, agradecido por lo que le han dado, lo reparte benévolamente” (Introducción al cristianismo, Ed. Sígueme, Salamanca 1994, p. 225).

No olvidemos que el mayor de los dones es Jesús en la Eucaristía, Sacrificio, Alimento y Presencia. Y que, a Jesús, se va y se vuelve por María. “Denles ustedes de comer”, nos repite de nuevo el Señor.

domingo, 26 de julio de 2020

Cuatro parábolas

En el capítulo 13° de San Mateo, leemos cómo el Señor enseñaba a la multitud que se reunía en torno a Él. Y lo hacía mediante parábolas. Entre los versículos 44 a 52, se relatan cuatro parábolas muy cortas pero llenas de contenido.

Govert Teunisz Flinck, Parábola del tesoro escondido (Budapest, c.1635)

Cada una de ellas comienza con la introducción: “El Reino de los cielos (o Reino de Dios) se parece, o es semejante a”. Se han escrito muchos tratados exegéticos sobre lo que quería decir Jesús con esa expresión.

Joseph Ratzinger, en el tomo II de Jesús de Nazaret, dice: “el Reino de Dios llega en la persona de Cristo. En la medida en que las parábolas hacen alusión al reino, señalan a Cristo como a la auténtica forma del reino”. Es la interpretación cristológica, es decir, centrada en Cristo. Tanto en el Sermón de la Montaña como en el Padrenuestro, “el tema más profundo del anuncio de Jesús era su propio misterio, el misterio del Hijo, en el que Dios está entre nosotros y cumple fielmente su promesa”. El Reino de los cielos que estaba por venir, ha llegado en la persona de Jesús.

Con este preámbulo, podemos pasar a tratar de buscar algo, de cada una de las cuatro parábolas, que nos pueda ayudar.

La primera es la del tesoro escondido. Quien encuentra el tesoro “lleno de alegría, vende cuanto tiene” para adquirir el tesoro. El Tesoro es Jesús. Siempre será poco lo que hagamos para buscarlo, conocerlo y amarlo. Vale la pena dejar todo lo que tenemos para seguirlo. El encuentro con Jesús, por la fe, es el inicio de la vida cristiana.

Sigue la parábola de la perla preciosa, que es similar a la anterior, y podemos sacar la misma conclusión. Luego, continúa la parábola de la red barredera, muy parecida a la del trigo y la cizaña. La red acoge a todo género de peces, pero Jesús, como Juez, al final de los tiempos separará los peces buenos de los malos. Es una invitación a decidirnos por Cristo, que es Amor. “A la tarde, te examinarán sobre el Amor”, dice San Juan de la Cruz.

La última “parábola” es la del escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos, semejante al padre de familia, que “va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas”. El anunció de la Iglesia es perenne: “Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y por los siglos” (Heb 13, 8).

sábado, 28 de septiembre de 2019

La conquista de la vida eterna


San Pablo, en su Primera Carta a su joven discípulo Timoteo, lo anima con palabras vibrantes: “Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna, a la que fuiste llamado y que tú profesaste noblemente delante de muchos testigos” (1 Tim 6, 12).  

Los tres arcángeles con Tobías, 1470, Francesco Botticini


Este texto, que leeremos mañana en la 2ª Lectura de la Misa del 26° Domingo del Tiempo Ordinario, nos da pie para comenzar nuestra reflexión de este sábado.

¡La vida eterna! El Papa Benedicto, en su Encíclica Spe Salvi, nos recuerda las tres preguntas que hacía el sacerdote a las puertas de la Iglesia a los padres y padrinos que acompañaban al niño que iba a recibir el Bautismo.

“El sacerdote preguntaba ante todo a los padres qué nombre habían elegido para el niño, y continuaba después con la pregunta: "¿Qué pedís a la Iglesia?". Se respondía: "La fe". Y "¿Qué te da la fe?". "La vida eterna". Según este diálogo, los padres buscaban para el niño la entrada en la fe, la comunión con los creyentes, porque veían en la fe la llave para "la vida eterna" (Encíclica Spe Salvi, 10)”.  

Pero ¿qué es la vida eterna? En el Evangelio de la Misa Jesús nos habla de ella en la parábola del “rico epulón”. Aquel hombre vestía de púrpura y lino finísimo y banqueteaba espléndidamente, pero no se fijaba en Lázaro, un pobre mendigo que buscaba las migajas debajo de su mesa, porque no tenía que comer.

“Y sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue enterrado [en el infierno]” (Lc 16, 22).  

En el Antiguo Testamento muchos buenos israelitas creían en el “seno de Abraham” (no así los saduceos), como un lugar al que iban las almas de los justos. Es decir, creían en otra vida después de la muerte. Jesús confirma esta verdad muchas veces durante su vida, especialmente al hablarnos de su resurrección y de cómo nosotros participaremos también en ella.  

“No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros” (Jn 14, 1-3).

San Agustín, en su a carta a Proba, una viuda romana, escribió que, en el fondo sólo queremos una cosa, la vida feliz: "felicidad". Sin embargo, más adelante rectifica y dice que, realmente, no sabemos en absoluto lo que deseamos, lo que quisiéramos concretamente.

“Desconocemos del todo esta realidad; incluso en aquellos momentos en que nos parece tocarla con la mano no la alcanzamos realmente. "No sabemos pedir lo que nos conviene ", reconoce con una expresión de san Pablo (Rm 8, 26). Lo único que sabemos es que no es esto. Sin embargo, en este no-saber sabemos que esta realidad tiene que existir. "Así, pues, hay en nosotros, por decirlo de alguna manera, una sabia ignorancia (docta ignorantia)", escribe. No sabemos lo que queremos realmente; no conocemos esta "verdadera vida" y, sin embargo, sabemos que debe existir un algo que no conocemos y hacia el cual nos sentimos impulsados” (Encíclica Spe Salvi, 11).

Esa realidad desconocida es la verdadera esperanza de haber sido llamados, por la fe, a participar de la vida de Dios, la eternidad, que no es un continuo sucederse de días del calendario.

“Sino como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad. Sería el momento del sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el tempo -el antes y el después- ya no existe. Podemos únicamente tratar de pensar que este momento es la vida en sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría. En el Evangelio de Juan, Jesús lo expresa así: " Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría " (Jn 16, 22). Tenemos que pensar en esta línea si queremos entender el objetivo de la esperanza cristiana, qué es lo que esperamos de la fe, de nuestro ser con Cristo” (Encíclica Spe Salvi, 12).

La fe nos da la vida eterna, pero la fe verdadera, la de los pequeños: la fe de los humildes.

El 11 de octubre de 2010, durante la Congregación General de la Asamblea Especial para Oriente Medio del Sínodo de los Obispos, Benedicto XVI comentaba el Salmo 81 que menciona la caída de los dioses (ver texto completo).

“En este Salmo, en una gran concentración, en una visión profética, se ve la pérdida de poder de esos dioses. Los que parecían dioses no son dioses y pierden el carácter divino, caen a tierra. Dii estis et moriemini sicut nomine (cfr Sal 81, 6-7): la pérdida de poder, la caída de las divinidades” (Benedicto XVI, 11-X-2010).

Y dice que este proceso, que cuesta la sangre de los mártires,  continuará hasta el final del tiempo, como señala el capítulo XII del Apocalipsis. También hoy presenciamos la caída de los ídolos, de los poderes anónimos que esclavizan al hombre, de las ideologías, de la droga del terrorismo, de los ataques contra la vida y la castidad: son divinidades falsas, que deben ser desenmascaradas, que no son Dios.

“Estas ideologías que dominan que se imponen con fuerza, son divinidades. Y en el dolor de los santos, en el dolor de los creyentes, de la Madre Iglesia de la cual somos parte, deben caer estas divinidades, debe realizarse cuanto dicen las Cartas a los Colosenses y a los Efesios: las dominaciones, los poderes, caen y se convierten en súbditos del único Señor Jesucristo. De esta lucha en la que estamos, de esta pérdida de poder de los dioses, de esta caída de los falsos dioses, que caen porque no son divinidades, sino poderes que destruyen el mundo, habla el Apocalipsis en el capítulo 12, también con una imagen misteriosa, para la cual, me parece, hay con todo distintas interpretaciones bellas” (Ibidem).

Se refiere el Papa a la imagen del dragón que vomita un gran río de agua contra la Mujer, que huye, para arrastrarla. Parece inevitable que la Mujer (La Virgen, la Iglesia) sea ahogada.

“Pero la buena tierra absorbe este río y éste no puede hacer daño. Yo creo que el río es fácilmente interpretable: son estas corrientes que dominan a todos y que quieren hacer desaparecer la fe de la Iglesia, la cual ya no parece tener sitio ante la fuerza de estas corrientes que se imponen como la única racionalidad, como la única forma de vivir. Y la tierra que absorbe estas corrientes es la fe de los sencillos, que no se deja arrastrar por estos ríos y salva a la Madre y al Hijo. Por ello el Salmo dice – el primer salmo de la Hora Media – que la fe de los sencillos es la verdadera sabiduría (cfr. Sal 118, 130). Esta sabiduría verdadera de la fe sencilla, que no se deja devorar por las aguas, es la fuerza de la Iglesia. Y volvemos otra vez al misterio mariano” (Ibidem).

La fe de los sencillos es la verdadera sabiduría, que nos lleva a la vida eterna. Es la fe de las oraciones fervorosas de petición (especialmente el Santo Rosario); la fe en la Palabra acogida con amor en el corazón; la fe en la frecuencia de Sacramentos (Confesión, Eucaristía…); la fe de la misericordia y la caridad vividas habitualmente con todos nuestros hermanos…

Podemos terminar nuestra reflexión acudiendo a los Tres Arcángeles —Miguel, Gabriel y Rafael— para que nos protejan contra las asechanzas del dragón y sus ideologías; y a María, la Mujer del Apocalipsis, que vemos particularmente en la imagen de Nuestra Señor de Guadalupe: la “mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Apoc 12, 1).   


sábado, 20 de julio de 2019

Marta y María


La Primera Lectura de la liturgia de mañana, sobre los tres personajes que se encuentran con Abraham en el encinal de Mambré (cfr. Gen 18, 1-10), nos recuerda la presencia de los vestigios del misterio de la Santísima Trinidad que hay en el Antiguo Testamento.

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Johannes Vermeer (1632-1675), Cristo en casa de Marta y María (1655).

Andréi Rublev (1360-1430) pintó en un ícono esta escena para el monasterio de la Santísima Trinidad y San Sergio, centro de la Iglesia Rusa.

Los hombres estamos hechos a imagen de Dios, Uno y Trino. En nuestra vida se manifiesta también este misterio, por ejemplo, en los tres trascendentales del ser (Verdad, Belleza y Bondad), que confluyen en la Unidad del Ser.   

Todos estamos llamados a la unidad de vida, que tiene su fundamento en la oración filial —en la vida contemplativa—, imitando a Jesucristo: “sólo una cosa es necesaria” (Lc 10, 42); “conviene orar siempre y no desfallecer” (Lc 18, 1).

En el año 2010 el Papa Benedicto XVI estaba pasando unos días de vacaciones en Castelgandolfo. Se habían suspendido las audiencias de los miércoles y la actividad ordinaria de gobierno, que le quitaba mucho tiempo diariamente. Eran días tranquilos, muy apropiados para reflexionar y escuchar más despacio la Palabra de Dios, de la cual estaba enamorado y encontraba en ella matices cada vez más sorprendentes.

En sus Últimas Conversaciones, ante una pregunta de Peter Seewald sobre si pensaba seguir escribiendo, el papa emérito contestó que no, porque detrás de ello tendría que haber un trabajo metódico, y eso le resultaría ahora sencillamente demasiado fatigoso. Sin embargo, decía,

todas las semanas escribo mi homilía del domingo, eso sí. En esta medida tengo una tarea intelectual; he de encontrar una exégesis adecuada” (Benedicto XV, Últimas Conversaciones).

A Peter Seewald seguramente le resultó sorprendente que diera tanto valor a la homilía pronunciada para cuatro o cinco personas que le asisten en la casa Mater Ecclesiae. Benedicto XVI le respondió lo siguiente:

“Da igual que sean tres o veinte o mil. La palabra de Dios debe estar siempre ahí para la gente (…). Ahora tengo tiempo para rezar con profundidad y detenimiento el breviario, intensificando así la amistad con los salmos y los padres de la Iglesia. Y como ya he dicho, todos los domingos predico brevemente. Dejo durante toda la semana que mis pensamientos giren un poco en torno a ello, de modo que maduren lentamente y yo pueda palpar un texto por sus distintas caras. ¿Qué me dice a mí? ¿Qué les dice a las personas que viven aquí en el monasterio? Eso es propiamente lo nuevo, si cabe hablar así: que puedo sumergirme con mayor sosiego en la oración de los salmos y familiarizarme más con ella. Y que, de este modo, los textos de la liturgia, sobre todo los textos dominicales, me acompañan durante toda la semana” (Ibidem).

Me parece que esta actitud del Papa Benedicto XVI ante la Palabra de Dios es ejemplar y tendríamos que tenerla siempre presente, cada vez más en nuestra vida, seamos sacerdotes o laicos. Todos, escuchando la Palabra de Dios, podemos recibir tesoros inigualables que den auténtico valor a nuestra vida.

Quizá todo esto cobra importancia particular en los periodos de vacaciones o cuando las fuerzas van decayendo y ya no podemos tener una actividad tan intensa como cuando éramos más jóvenes.

En cualquier caso, la oración y la actitud contemplativa es una meta a la que  siempre debemos tender, como Jesús nos lo enseña en el Evangelio de la Misa de mañana, Domingo XVI del Tiempo Ordinario (Ciclo C).

Con el Salmo 14, le preguntamos al Señor: ¿Domine, quis habitabit in tabernáculo tuo? ¿Señor, quién podrá hospedarse en tu tienda?  

Volvamos al verano del año 2010. El 18 de julio de ese año, Benedicto X, durante el Ángelus    en Castelgandolfo, habló sobre todo esto, al considerar la escena que narra San Lucas en el capítulo 10 (32-48) de su Evangelio.

“En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».
Respondiendo, le dijo el Señor: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada»”.

¿Qué comentaba el Papa sobre este texto tan emblemático y que, durante toda la historia de la Iglesia, ha interpelado a los cristianos con tanta fuerza?

De las dos hermanas, Marta era la mayor, quien gobernaba la casa. Estaba ocupada en muchos servicios, debido ciertamente a la importancia del Huésped. Se movía atareada. Y, en cambio, su hermana María, estaba sentada a los pies del Señor, como arrebatada por la presencia del Maestro, escuchando sus palabras.

Marta, evidentemente molesta, no aguata más y protesta, sintiéndose incluso con el derecho de criticar a Jesús. Quiere dar incluso lecciones al Maestro.

“En cambio Jesús, con gran calma, responde: "Marta, Marta –y este nombre repetido expresa el afecto–, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada" (Lc 10, 41-42). La palabra de Cristo es clarísima: ningún desprecio por la vida activa, ni mucho menos por la generosa hospitalidad; sino una llamada clara al hecho de que lo único verdaderamente necesario es otra cosa: escuchar la Palabra del Señor; y el Señor en aquel momento está allí, ¡presente en la Persona de Jesús! Todo lo demás pasará y se nos quitará, pero la Palabra de Dios es eterna y da sentido a nuestra actividad cotidiana” (Ibidem).

¿Cuál es la lección que nos quiere dar Jesús en este pasaje del Evangelio? Que los hombres debemos trabajar, sí. Y ocuparnos de los deberes sociales y profesionales, pero que ante todo tenemos necesidad de Dios, que es luz interior de amor y de verdad.

“Sin un significado profundo, toda nuestra acción se reduce a activismo estéril y desordenado. Y ¿quién nos da el amor y la verdad [y la belleza] sino Jesucristo? Por eso aprendamos, hermanos, a ayudarnos los unos a los otros, a colaborar, pero antes aún a elegir juntos la parte mejor, que es y será siempre nuestro mayor bien” (Ibidem).

En sus Últimas Conversaciones, el papa emérito respondía a una pregunta clave de su entrevistador. Esta pregunta se puede leer a la luz de la Segunda Lectura de la Misa de mañana (“el misterio escondido desde siglos y generaciones y revelado ahora a sus santos”; cfr. Col 1, 24-28): El centro de sus reflexiones ha sido siempre el encuentro personal con Jesucristo. ¿Cómo está eso ahora? ¿Cuánto ha logrado acercarse a Jesucristo?

Y la respuesta es la siguiente:

“(Inhalación profunda). Eso, por supuesto, depende de la situación, pero en la liturgia, en la oración, en las contemplaciones para la homilía dominical lo veo directamente ante mí. Él siempre es, por supuesto, grande y misterioso. Muchas frases de los evangelios las encuentro ahora, en su grandeza y su peso, más difíciles que antes” (Benedicto XVI, Últimas Conversaciones).

Y explica con más detenimiento la última afirmación aludiendo a una frase que escuchó a Romano Guardini (1885-1968): “«Con la edad, [la fe] no resulta más fácil, sino más difícil». El Papa reconoció que hay algo de verdad en esa frase, porque a lo largo de los años ha crecido la fe pero, por otra parte,

“uno percibe con mucho más fuerza la gravedad de las preguntas, la presión de la impiedad actual, la presión de la falta de fe, incluso muy dentro de la Iglesia, pero también justamente la grandeza de las palabras de Jesucristo, que a menudo se sustraen a la interpretación en mayor medida que antes” (Ibidem).

Por eso valora tanto, al preparar su homilía dominical, la escucha atenta de la Palabra de Dios, como lo hacía María, Nuestra Madre, que ponderaba los hechos y palabras de su Hijo guardándolas en su corazón.

“Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia” (Aclamación antes del Evangelio: Lc 8, 15).