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viernes, 21 de mayo de 2021

La Venida del Espíritu Santo

El Espíritu Santo es «el que viene», como Jesús, que también «vino». Decía San Ireneo de Lyon (+202) que Cristo y el Espíritu Santo son como las «dos manos del Padre». Ambas Personas Trinitarias «vienen» al mundo para salvarlo del pecado, del demonio, de la muerte. Vienen para darnos la Vida Nueva, para hacer posible que la Santísima Trinidad inhabite en nosotros.

Durante el Adviento repetimos: «¡ven, Señor Jesús!». Durante los días posteriores a la Ascensión del Señor a los Cielos, rezamos: «Veni, Sancte Spiritus!», «¡Veni, Creator Spiritus». Son dos himnos litúrgicos admirables, que nos ayudan a conocer y tratar más al Paráclito en nuestra alma. 

Los primeros cristianos anhelaban la Segunda Venida de Cristo. Muchos de los primeros Padres de la Iglesia son testigos de este gran deseo de la primitiva cristiandad, de la naciente Iglesia. En nosotros, el paso de los años (centenares, miles…), quizá ha apagado este deseo perentorio. Vemos lejano ese momento o, al menos, muy incierto. A lo largo de la historia ha habido épocas en las que se ha encendido, sobre todo cuando había grandes calamidades (el año 1000, la peste negra del sigo XIV…). Ahora, en nuestro tiempo, también hay muchas voces —algunas de ellas de gran pesos— que nos invitan a no estar como dormidos, sino muy despiertos y en vela, para esperar con gozo siempre nuevo la Venida del Salvador. 

Pero también hay voces autorizadas que nos hablan de una Segunda Venida del Espíritu Santo. Ya sabemos que el Espíritu vino una vez, en Pentecostés, y su presencia es constante en la Iglesia. El Gran Desconocido está siempre activo en las almas que son dóciles a su acción.

Sin embargo, así como en la vida de las personas hay momentos de efusión especial del Espíritu (por ejemplo, cuando decidimos seguir la vocación que Dios da a cada uno, o en otros momentos cruciales de la propia vida), también en la Iglesia el Espíritu actúa con mayor o menor fuerza, según las épocas y acontecimientos históricos. 

En las apariciones que tuvieron lugar hace ya casi sesenta años en San Sebastián de Garabandal, La Virgen comunicó a las niñas videntes que, pronto, al menos durante la vida de una de ellas (Conchita, que tiene ahora 72 años de edad), habría como una Segunda Venida del Espíritu sobre todas las personas que vivan en el mundo cuando ocurra: es el Aviso. 

El Aviso tendrá lugar junto con una manifestación exterior del poder de Dios que será como si «dos astros chocasen» en el cielo. Pero el aspecto más importante será el interior: todos veremos nuestra propia vida con gran claridad. Conoceremos el estado de nuestra alma frente a Dios. El Espíritu Santo nos iluminará para que, cada uno, tome una decisión vital: aceptar el amor de Dios o rechazarlo. 

Hay mucha literatura sobre este fenómeno que también se llama «iluminación de las conciencias». Ya algunos lo han experimentado personalmente: por ejemplo, María Vallejo Nájera, en Medjugorje.

La próxima Solemnidad de Pentecostés nos puede ayudar a recordar que debemos estar preparados para esa «Segunda Venida del Espíritu» al mundo, de modo que respondamos con la fidelidad de los apóstoles y de Nuestra Madre.        

viernes, 14 de mayo de 2021

El Decenario al Espíritu Santo

Antiguamente, la Ascensión del Señor se celebraba el jueves precedente al Séptimo Domingo de Pascua. Era una fiesta de precepto. La vida moderna ha llevado a que, en la mayoría de los países, se celebre el domingo anterior a Pentecostés. Celebrar esta Solemnidad el jueves tiene la ventaja de que nos unimos a lo que sucedió realmente en la historia: que el Señor subió a los Cielos diez días antes de la venida del Espíritu Santo. 

       Esos diez días se han vivido desde tiempos remotos (y lo podemos seguir haciendo actualmente, aunque la Ascensión se celebre el domingo) como un Decenario de preparación para Pentecºostés. 

En 1932, se publicó el «Decenario al Espíritu Santo», un libro de Francisca Javiera del Valle (1856-1930), mujer humilde que vivía en Palencia, España. Se trata de una escritora mística. Nacida en el seno de una familia humilde, que quedó huérfana de padre a los dos años de edad. Convivió con su madre y dos hermanastros en medio de grandes necesidades económicas que forzaron a interrumpir su formación escolar. Desde 1868 trabajaba en un taller de sastrería. Según sus propias palabras, sufrió una conversión entre 1874 y 1875, sintiendo un intenso deseo de dedicarse a la vida espiritual. Más tarde, consiguió en 1880 un trabajo más estable como costurera del colegio de los jesuitas de Carrión de los Condes. Al morir su madre en 1892, puede entregarse sin trabas a su proyecto de vida interior, que cumple fielmente hasta su muerte.

En 1918, Francisca Javiera del Valle abandonaba el costurero de los jesuitas, así como el cuidado de los niños de la Escuela apostólica del que había sido encargada desde 1903 por sus protectores, la familia de María Ballesteros. Con ésta, fundadora del Carmelo de Carrión, colaboró activamente durante los últimos años de su vida.

Esta breve biografía de la autora del Decenario nos puede ayudar a valorar más esta obra, como lo hizo San Josemaría Escrivá, que leyó y meditó este tesoro de la espiritualidad, de modo que influyó mucho en su devoción al Gran Desconocido. 

Pero ya meditaremos más la próxima semana en la devoción al Espíritu Santo. Hoy podemos centrarnos en la Solemnidad que celebramos: La Ascensión del Señor a los Cielos, que está íntimamente relacionada con Pentecostés.

¿Por qué? Porque Jesús se va, pero también se queda por medio del Espíritu, más cerca de nosotros incluso que de los apóstoles cuándo podían verlo y escucharlo durante su vida terrena. El Espíritu Santo hará posible, en todos y cada uno de los hombres, a lo largo de la historia, que la vida de Cristo se haga presente. Por el Espíritu Santo, se hace posible también la presencia eucarística y el nacimiento de la Iglesia.  

La Ascensión es un acontecimiento de profunda alegría para los que estaban en el monte en que tuvo lugar y pudieron presenciarla. Parecería que los apóstoles estarían tristes porque ya no volverían a ver a Jesús, pero no es así. Estaban contentos porque, a partir de entonces, experimentan una cercanía mayor de Cristo, que está a la Derecha del Padre pero también a nuestro lado: intimior intimo meo, como decía San Agustín (más íntimamente que yo mismo). 

Benedicto XVI expresaba esta realidad con gran profundidad. 

«La Ascensión del Señor es un momento de intensa alegría para los Apóstoles, a pesar de que se separan del Señor, porque, a partir de ese momento, Jesús se convierte en el puente definitivo entre Dios y los hombres. El triunfo de Cristo no se completó en la Resurrección, sino en su Ascensión ad dexteram Patris, que ha de ser también objeto de honda meditación: quæ sursum sunt quærite, ubi Christus est in dextera Dei sedens (Col 3, 1)». 

El año 2015, Benedicto XVI dijo, en la homilía que pronunció en el día de la Ascensión, que «el cielo no indica un lugar sobre las estrellas, sino algo mucho más intrépido y sublime: indica a Cristo mismo, la Persona divina que acoge plenamente y por siempre a la humanidad, Aquél en el que Dios y hombre están para siempre inseparablemente unidos. Y nosotros nos acercamos al cielo, es más, entramos en el cielo, en la medida en que nos acercamos a Jesús y entramos en comunión con Él. Por lo tanto, la solemnidad de la Ascensión nos invita a una comunión profunda con Jesús muerto y resucitado, invisiblemente presente en la vida de cada uno de nosotros».

Comunión profunda con Jesús, a través de Nuestra Señora que durante el Decenario previo a Pentecostés, ocupaba un lugar destacado en la naciente Iglesia: «Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos» (Hechos 1, 12-14). 

viernes, 30 de abril de 2021

La vid y los sarmientos

       En el Evangelio del Quinto Domingo de Pascua meditamos el comienzo del capítulo 15º del Evangelio de San Juan, en el que, el apóstol predilecto de Jesús, recoge la Alegoría de la vid y los sarmientos. Vale la pena copiar el texto completo.

«Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no da fruto lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí es arrojado fuera, como los sarmientos, y se seca; luego los recogen, los arrojan al fuego y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y se os concederá. En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto y seáis discípulos míos» (Jn 15, 1-8).

Jesús utiliza imágenes para explicar la profundidad del Misterio de Dios. Nosotros no podemos abarcar la profundidad del Amor de Dios y su inescrutables designios para la salvación del hombre. Pero la imagen de la vid y los sarmientos nos ayuda a comprender un poco más cómo quiere el Señor que estemos unidos a Él. 

Esta imagen, escogida especialmente por Jesús para el momento culminante de su vida, la Última Cena con sus discípulos, representa admirablemente lo que el Señor había enseñado, de modos diversos, durante su vida pública: que la voluntad de Dios es que vivamos la Vida de Jesucristo; que Él sea nuestro Camino, porque en Él esta toda la Verdad. Y que esta unión estrecha no es mera yuxtaposición, o una unión superficial, sino la unidad que hay entre la vid y los sarmientos. De hecho, no se pueden distinguir los sarmientos (las ramas) de la vid (la planta). La sabia que corre, va desde la vid a los sarmientos. Los sarmientos no pueden separase de la vida porque morirían.

La Alegoría de la vid precede a los siguientes versículos del capítulo 15º del Evangelio de San Juan (9-17), que tratan de «La Ley del Amor». Todo el contenido de los capítulos 13º a 17º hay que leerlo y meditarlo como una unidad, en la que Cristo explica los aspectos más profundos de su Misterio. 

La 2ª Lectura de la Misa de este próximo domingo, nos da luz sobre el texto del Evangelio. San Juan resume el mandamiento de Jesucristo, que él ha escuchado de viva voz del Maestro y ha meditado por largos años. Fijémonos en los últimos dos versículos. 

«Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, conforme al mandamiento que nos dio. El que guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él; y por esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado» (cfr. 1 Jn 3, 18-24).

Los sarmientos están unidos a la vid, y también unidos entre ellos. No pueden separarse de la vid, que es toda la planta, ni de los demás sarmientos. El Espíritu Santo es como el Alma de la Iglesia, que vivifica toda la Vid. Jesús explica la Alegoría de la Vid en el marco de las promesas y acción del Espíritu que el Padre y Él enviarán a sus discípulos. Así nos vamos preparando a la Solemnidad de Pentecostés. 

Una referencia a Santa Catalina de Siena, que celebramos ayer (jueves 29 de abril), nos ayudará a penetrar un poco más en el Misterio de la vid y los sarmientos. Esta santa se caracterizó por su amor a la Iglesia y al Papa. Contribuyó, con su abundante epistolario, a que el Papa regresara de Avignon a Roma en 1378. Toda su vida la dedicó a buscar la unidad de la Iglesia, a la que amaba apasionadamente.

Pero este amor a la Iglesia y al Vicario de Cristo en la tierra, partían de su profunda devoción eucarística. Es conocido que, durante algunas semanas de estancia en Florencia, no se alimento de otra cosa que no fuera la Eucaristía. Era su unión con Cristo Resucitado la que la hacía una mujer valiente, activa y decidida a los más grandes sacrificios.

Mañana comenzaremos el mes de mayo, celebrado una fiesta de San José, Patrono de la Iglesia. Acudamos a María y José para pedirles por la unidad de la Iglesia y de todos los cristianos.


viernes, 19 de febrero de 2021

¿Qué impulsa a Cristo al desierto?

Hemos entrado de lleno en la Cuaresma, tiempo de penitencia; tiempo de conversión. Es un tiempo de preparación para aceptar plenamente la Voluntad de Dios sobre nosotros. 

Desde el principio queremos acompañar a Jesús en su camino a Jerusalén. La Iglesia, en el Primer Domingo de Cuaresma, nos sitúa al comienzo de la Vida Pública cuando el Señor, después de haber sido bautizado por Juan en el Jordán, es impulsado —literalmente— por el Espíritu al desierto (cfr. Mc 1, 12-15). Con esta expresión, los evangelistas quieren decirnos que Jesús está atento a las más mínimas inspiraciones del Paráclito, para cumplir sin dilaciones la Voluntad de su Padre. Es la Fuerza de Dios la que actúa y encuentra la docilidad total del Hijo.

Podríamos meditar sobre las tentaciones del Señor, que es el tema central del Primer Domingo de Cuaresma, pero vamos a profundizar hoy sobre ese «dejarse llevar» de Jesús por la Voluntad de su Padre. 

De octubre a diciembre de 2019 escribimos doce posts sobre «Vivir en la Voluntad de Dios». Se puede ver, por ejemplo, el quinto, en el que comenzamos a estudiar este tema en el mensaje de Luisa Piccarreta.  

Romano Guardini (1885-1968) escribió un librito, titulado «Jesucristo» en el que dedica un capítulo a este tema: «La voluntad del Padre». 

«Una visita profunda al interior de Cristo se nos abre, si partimos de lo que en su vida significa la voluntad del Padre» (R. Guardini, Jesucristo, ed. Cristiandad, Madrid 1965, p. 71).

Desde niño, cuando sus padres lo buscan en el Templo y le preguntan la razón de su conducta, Él contesta: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es preciso que yo esté en lo de mi Padre?» (Lc 2, 49).

Más adelante, como hemos visto, el Espíritu lo empuja al desierto. Y comenta Guaridini: 

«Viene sobre Él violencia, luz, ímpetu, entusiasmo. También esta violencia es voluntad del Padre; pero es violencia del Pneuma, del Espíritu, amor del Padre. Creemos encontrar otra vez lo inaudito, que impresionaba a un Elías, a un Eliseo, Habacuc, Daniel, y hacía de las figuras humanas instrumentos de Dios» (Ibidem, p. 72).

«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió» (Jn 4, 34). Los hombres somos seres hambrientos de una plenitud que nos sacie eternamente. El hambre de Jesús es cumplir la voluntad del Padre que íntimamente lo acucia. 

La voluntad del Padre «es como un torrente de vida que viene del Padre a Cristo. Una corriente de sangre, de la que Él vive (…). El que está dispuesto a hacer la voluntad del Padre entra en esa corriente, y la voluntad del Padre es en él como un latido del corazón del mismo Padre, y se halla en una unidad de vida con Cristo más real, más profunda, más fuerte que la que tuvo Él con su madre» (ibídem, p. 73).

Su madre y sus hermanos son los que hacen la voluntad de su Padre (cfr. Mc 3, 31 ss). 

Para Jesucristo la voluntad de su Padre es preciosa. Es lo sumo. No se cansa de pedir a sus discípulos que estén solícitos por ella. Lo recomienda en el padrenuestro, que ha de expresarse en toda nuestra vida. 

La voluntad del Padre, en Cristo, no es violencia. Habla a Jesús y es por Él libremente aceptada. «Yo hago siempre su agrado» (Jn 8, 29), dice Jesús. Guardini comenta: 

«Esto nos permite echar una mirada profunda al interior de Jesús. La voluntad del Padre es el núcleo de que Él vive. La voluntad del Padre es lo que lo impulsa, lo sostiene y guía, la fuente de donde brota, como por necesidad, cada una de sus acciones. Es la gran fuerza pneumática que lo llena y guía. La voluntad del Padre es, en Jesús, el mandato vivo que hace de Él un enviado; y todo lo que hace recibe de ahí sentido y unidad. La voluntad de Dios es la comida que sacia el hambre de su ser. Es la corriente de vida que le hace latir y en la que es recibido todo el que se conforma a esta misma voluntad de Dios. Esta voluntad es lo más precioso, objeto de la más profunda y delicada solicitud. Pero todo esto sin conjuro, sin violencia, sin dominio inerte, sino llamada de persona a persona, libremente aceptada y realizada» (ibídem, pp. 74-75).

Toda la vida de Cristo es vivir la voluntad del Padre. Pero, justamente, por no hacer su voluntad sino la del Padre, cumple lo más profundamente propio. Y Guardini añade: 

«Esto tiene un nombre: se llama amor (…). Algo que nos habla desde fuera sólo puede recibirse en el interior propio, en el corazón, en el espíritu, cuando es el amor» (ibídem, p. 75).

Es el diálogo eterno, íntimo, entre el Padre y el Hijo. Es la oración de Cristo. Por eso la oración es la principal obra de penitencia y en esta Cuaresma haremos bien en poner nuestro mayor empeño en ser «almas de oración», «almas contemplativas». 

   

viernes, 1 de enero de 2021

Discernir sobre el Final de los Tiempos

Comienza un nuevo año. A finales del que acaba de terminar me había propuesto dedicar todas las entradas de 2021 al Año de San José, que proclamó el Papa Francisco el 8 de diciembre pasado. Sin embargo, el día de Navidad, una lectora del blog me escribió para sugerirme que tocara temas “para poder discernir sobre el Final de los Tiempos”.

Bartolomé Esteban Murillo.
Las dos trinidades (1670-1680)

Sin pensarlo demasiado, le contesté lo siguiente [lo que pongo en negritas es posterior a la redacción original del 25 de diciembre].

«Gracias y tendré en cuenta tu sugerencia. Sigo en contacto con personas que me merecen confianza respecto al final de los tiempos. Son muchas voces. No es fácil hacerse una idea de los tiempos y el modo en el que el Señor ha previsto que sucederá lo que está profetizado. Por otra parte, la mayoría de los buenos cristianos viven muy al día, y ni siquiera se interesan por relacionar lo que sucede actualmente en el mundo con el fin de los tiempos. Suelen decir: "siempre ha habido momentos turbulentos en la historia". Tampoco hacen ningún caso a los videntes o las apariciones de la Virgen. A veces pienso que eso es lo más sensato, dentro de todo. Porque lo importante es estar siempre en proceso de conversión: estar bien preparados en todo momento. Cuando llegue lo que tenga que llegar, en ese momento, nos adaptaremos a lo que Dios quiera de nosotros, con su gracia. En este sentido, me parece muy bueno el artículo de Bruno Moreno en InfoCatólica. 

En fin, como ves, en las circunstancias en que vivimos me resisto un poco a hacer conjeturas o a dar por hecho [en el sentido de un asentimiento absoluto, como el de un acto de fe en la Revelación] que ya estamos en "los últimos tiempos" (…).

Si, dentro de poco, se confirma que efectivamente estamos en los últimos tiempos [tal como parece, por las muchas señales que hay], y aparece el Anticristo, y la gran tribulación y llega el Aviso [anunciado en Garabandal], etc., etc., entonces nosotros tendremos la ventaja de conocer un poco más todo lo que va llegando, y eso será un impulso para nuestra conversión y el apostolado que hagamos. Pero los que no se han interesado por todo eso en la actualidad, y son buenos, también estarán preparados para lo que venga [sin necesidad de que se interesen por las apariciones actuales de la Virgen, etc.]. 

Me he alargado un poco, pero es como una explicación de porqué prefiero [por el momento] no poner en Ecos [de Garabandal] cosas relacionadas con los últimos tiempo y, en cambio, escribo sobre cómo vivir más plenamente la vida cristiana, aprovechando lo que tenemos ahora: la Palabra de Dios, el Magisterio de la Iglesia, la teología, las devociones marianas, la devoción a San José, etc.». Hasta aquí lo que escribí hace una semana.

Al día siguiente, la referida lectora me envió un breve mensaje de la Virgen a Mirjana, vidente de Medjugorje, del 2 de junio de 2012, que dice lo siguiente [las negritas son de la lectora del blog]:

Por medio de este amor salvífico y del Espíritu Santo, Él me ha elegido y yo, junto a Él, los elijo a ustedes para que sean apóstoles de su amor y de su voluntad. Hijos míos, en ustedes recae una gran responsabilidad. Deseo que ustedes con su ejemplo, ayuden a los pecadores a que vuelvan a ver, a que enriquezcan sus pobres almas y a que regresen a mis brazos. Por lo tanto: oren, oren, ayunen y confiésense regularmente”.

En estos días de mayor calma, he reflexionado despacio sobre todo esto, y he pensado hacer lo siguiente:

1) Poner en marcha un nuevo blog, dirigido especialmente a los sacerdotes, que lleva por título “Reflexiones sobre el Año de San José”. De esta manera, podré continuar enviando a muchos sacerdotes las “cápsulas en tiempo de pandemia” que escribí desde el 13 de mayo hasta el 15 de noviembre de 2019 (94 en total). A partir del 16 de julio (“cápsula 33”: Nuestra Señora del Carmen), esos escritos también están en “Ecos de Garabandal”.

2) De esta manera, podré continuar escribiendo en “Ecos de Garabandal” temas para “poder discernir sobre el Final de los Tiempos”, como me sugería la amable lectora a quien agradezco haberme hecho reflexionar. Me parece que sí podemos tratar de discernir sobre lo que está sucediendo en nuestra época y sobre las “muchas voces” que recibimos y que, en última instancia, Dios permite que escuchemos. Cada uno, guiado por el Espíritu, intentará distinguir entre lo bueno y lo malo, como nos aconseja San Pablo:

«No apaguen el Espíritu, no desprecien lo que dicen los profetas. Examínenlo todo y quédense con lo bueno. Eviten toda clase de mal donde lo encuentre. "Que el Dios de la paz los haga santos en toda su persona. Que se digne guardarlos sin reproche, en su espíritu, su alma y su cuerpo, hasta la venida de Cristo Jesús, nuestro Señor. El que los llamó es fiel, y así lo hará» (1ª Tesalonicenses 19, 24).

El mensaje de Garabandal es muy rico y tiene una admirable unidad. He pensado que no se puede separar su contenido escatológico de lo demás: es una urgente (¡ya!, ¡ahora!) llamada a la conversión (ser buenos, hacer penitencia, meditar en la Sagrada Pasión, tener un amor más grande a la Eucaristía, rezar por los Pastores, acudir para todo a la Virgen, etc.).

Intentaré colaborar en esta tarea teniendo en cuenta la responsabilidad que tenemos y la gran necesidad de que todos regresemos a los brazos de Nuestra Madre. ¡Muchas felicidades en este Año 2021 que comienza, y que la Trinidad del Cielo y la de la tierra -Jesús, María y José- nos bendigan abundantemente!

viernes, 16 de octubre de 2020

Marcados por el Espíritu Santo

San Pablo explica a la comunidad de Éfeso que ellos, los que han recibido el Bautismo, han sido marcados con el sello del Espíritu Santo, que es la garantía de que alcanzarán la herencia prometida. Y les anima, mientras llega el momento de la liberación, al final de los tiempos, a alabar a Dios con toda el alma; para eso han sido destinados: para la alabanza continua de su gloria (cfr. Ef 1, 11-14).

La Iglesia es como una Ciudad amurallada

El Salmo 32 nos invita a repetir: “Alabemos al Señor con alegría”. “Que los justos aclamen al Señor; es propio de los justos alabarlo”. “Feliz la nación cuyo Dios es el Señor, dichoso el pueblo que escogió por suyo”.

¿Es bueno sentirse “escogidos”? ¿No es una forma de elitismo? No, por supuesto que no. La palabra "iglesia" viene del latín ecclesia, y este del griego, ekklesia (κκλησία). San Pablo usó esta palabra para referirse a la congregación de creyentes cristianos.  Es una palabra compuesta por la preposición griega ek (κ), que denota un origen y que puede traducirse independientemente como desde; y kaleo (καλέω), que significa llamar, escoger. La definición más genérica es la de "una reunión de ciudadanos llamados desde sus hogares a un lugar público"; es decir, escogidos para reunirse en una asamblea. Los ekkletoi (los llamados, los escogidos) constituyen la Ekklesia.

Si no “sentimos” profundamente el gozo de haber sido “escogidos”, “llamados” por Cristo a su Iglesia, no comprenderemos la urgencia de salir a las plazas y a los cruces de caminos para invitar a nuestros hermanos a pertenecer a la Ekklesia, y a seguir a Cristo reunidos en este Misterio de Comunión de los hombres entre sí, por Cristo, en el Espíritu Santo.

Ahora, la belleza de la Iglesia está como oculta por las consecuencias del pecado original y nuestros pecados personales. Pero llegará el momento de la liberación y, entonces, no habrá nada oculto que no llegue a descubrirse, ni nada secreto que no llegue a conocerse. La verdad “se proclamará desde las azoteas” (cfr. Lc 12, 1-7).

¿Cuál es la conclusión que podemos sacar de estos textos de la Escritura? Lo que nos dice el Señor continuamente: no temer, ser valientes para vivir como cristianos. Saber que, cada uno de nosotros, valemos toda la Sangre de Cristo. Sentir vivamente el gozo de ser suyos y de haber sido elegidos por Él. Anunciarlo en todas nuestras palabras y obras. María no se avergonzaba de ser la Madre de Jesús. Al contrario, lo manifestaba siempre, agradecida por el don recibido. 

miércoles, 14 de octubre de 2020

El fruto del Espíritu

Como sabemos, san Pablo escribe a los Gálatas para prevenirles, ante algunos “judaizantes” que habían llegado a la comunidad y les querían hacer volver a la práctica del judaísmo, es decir, a ponerse bajo la Ley de Moisés.

Miniatura de la Bible historiale de Guiard des Moulins(siglo XV)

En esa Carta, el Apóstol no pierde ocasión de hacerles ver que Jesucristo, el Hijo de Dios, ha transformado totalmente el modo de entender la Ley hasta entonces. La Ley era buena, como un “pedagogo”, pero insuficiente. Cristo enseña una Nueva Ley de libertad y amor. Es la Ley del Espíritu no de la carne. Por eso les recuerda cuales son las obras, desordenadas, de la carne (“la lujuria, la impureza, el libertinaje, la idolatría, la brujería, las enemistades, los pleitos, las rivalidades, la ira, las rencillas, las divisiones, las discordias, las envidias, las borracheras, las orgías) y cuál es el fruto del Espíritu (“el amor, la alegría, la paz, la generosidad, la benignidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y el dominio de sí mismo).

“Es sumamente significativo que Pablo ―comenta Benedicto XVI―, cuando enumera los diferentes elementos de los frutos del Espíritu, menciona en primer lugar el amor: «El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, etc.» (Gálatas 5, 22). Y, dado que por definición el amor une, el Espíritu es ante todo creador de comunión dentro de la comunidad cristiana, como decimos al inicio de la misa con una expresión de san Pablo: «… la comunión del Espíritu Santo [es decir, la que por Él actúa] sea con todos vosotros» (2 Corintios 13,13). Ahora bien, por otra parte, también es verdad que el Espíritu nos estimula a entablar relaciones de caridad con todos los hombres. De este modo, cuando amamos dejamos espacio al Espíritu, le permitimos expresarse en plenitud. Se comprende de este modo el motivo por el que Pablo une en la misma página de la carta a los Romanos estas dos exhortaciones: «Sed fervorosos en el Espíritu» y «No devolváis a nadie mal por mal» (Romanos 12, 11.17) (Benedicto XVI, 15-XI-2006)”.

Los fariseos estaban pendientes de mil detalles que prescribían la Ley de Moisés y sus tradiciones, pero se olvidaban de la justicia y del amor de Dios (cfr. Lc 11, 42-46). Jesús les indica que, sin descuidar la Ley (que para ellos había sido una guía excepcional, sobre todo los preceptos morales), no se olviden de lo más importante: vivir el espíritu de la Ley (de libertad y amor), que Él viene a recordar ahora a todos; también a nosotros, que anteponemos la preocupación por las cosas materiales a la vida en el Espíritu. Nuestra Madre nos enseñará a ocuparnos en aquello que nos pide nuestro deber, pero dando la prioridad a la Voz del Espíritu en todo. 

martes, 22 de septiembre de 2020

Fueron a ver a Jesús su madre y sus parientes

«En aquel tiempo, fueron a ver a Jesús su madre y sus parientes, pero no podían llegar hasta donde él estaba porque había mucha gente. Entonces alguien le fue a decir: “Tu madre y tus hermanos están allá afuera y quieren verte”. Pero él respondió: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 8, 19-21).

Juan de Flandes, Las bodas de Caná (1500)

Vamos a reflexionar un poco sobre este texto de los evangelios, que habremos leído muchas veces. ¿Qué nos quiere decir el Espíritu Santo a través de él? Desde el punto de vista histórico, no sabemos si María continuaría viviendo en Nazaret durante la vida pública del Señor o acompañaría al grupo de mujeres que seguían al Señor (María Magdalena, Juana, Susana, etc.). La presencia de Nuestra Señora es muy discreta. Aparece contadas veces en el Evangelio. Sin embargo, no por eso dejaría de estar “muy presente” en la vida de Jesús.

En esta ocasión, acude al Señor con “sus hermanos”, es decir, algunos parientes de Nazaret que la acompañaban. Es llamativo que no pudieran acercarse a Cristo, como era su intención, por la gran muchedumbre que había en aquel lugar. Algunos ahí presentes la reconocen y van a decirle al Señor que ahí están su madre y sus hermanos. También es desconcertante, en un primer momento, la respuesta de Jesús: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 8, 21). ¿Esa contestación significaba, de alguna manera, poca delicadeza con su madre? No, ciertamente. Recordamos otra intervención de María al inicio de la vida pública del Señor, en Caná de Galilea, en la que Jesús también le dice algo que parece duro, cuando la Virgen trata de remediar la falta de vino en las bodas: «Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti? Todavía no ha llegado mi hora» (cfr. Jn 2, 1-11).

Es claro que las respuestas del Señor son maneras de decir de aquella época. Lo importante es fijarse en el contexto de la situación y en el contenido de las palabras de Cristo. Jesús quiere hacer ver a sus discípulos que, en cualquier situación, la clave es buscar cuál es la voluntad de Dios en ese momento. Eso es lo que guía su conducta: el cumplimiento de la Voluntad de su Padre, que tenía previsto el milagro en las bodas de Caná y también que Jesús predicara el Reino. En las dos ocasiones, María es la que da pie a su Hijo para mostrarnos la Voluntad de su Padre: que le alabemos por sus milagros y escuchemos con agradecimiento su Palabra, en su Hijo amado. Nuestra Señora es la primera que nos da ejemplo. 

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Somos colaboradores de Cristo

Uno de los grandes empeños de San Pablo en su anuncio de Cristo, es tratar de elevar la mira de sus discípulos y de las comunidades a las que se dirige. Busca hacerles ver que, aunque vivamos en el mundo, no podemos enredarnos en las cosas de esta vida y olvidarnos de lo principal: que somos colaboradores de Cristo para que, a través nuestro, Él manifieste su poder salvífico. Esto es lo que da sentido a todo. Si no se ven las cosas terrenales con una perspectiva eterna, no valen la pena.

LA IGLESIA EN CORINTIO, RUPTURA CON EL PAGANISMO | DESDE OTRA PERSPECTIVA
La Iglesia de Corinto (siglo I)

En la Primera Carta que escribe a los fieles de Corinto, les anima a no ser carnales, sino espirituales (cfr. 1 Cor 3, 1-9). ¿Qué significa esto. Llama “carnales” a quienes se complican con envidias, rencillas, recelos y disputas humanas, formando partidos ―“yo soy de Apolo, yo de Cefas, yo de Pablo…”― y creando la división, en lugar de buscar ocultarse y desaparecer ―sin afán de protagonismo―, para sólo mostrar a Cristo, con todo el esplendor de la verdad sencilla y pura. Es bueno trabajar en el apostolado ―plantar, regar…―, pero sin olvidar que Cristo es quien pone el incremento. Cristo, a través de su Espíritu, es quien hace crecer y nos lleva a la plenitud de la madurez cristiana. Siempre necesitaremos la “leche espiritual”, de las enseñanzas elementales y básicas de nuestra fe: los mandamientos, las prácticas sencillas de piedad…, pero Dios nos quiere llevar a una mayor altura y profundidad en el conocimiento de su Hijo, en la práctica de las virtudes, en la vida contemplativa y de entrega a los demás. Todo esto es un don de Dios, y para apreciarlo y corresponder a él, necesitamos ser más espirituales, menos carnales: morir a nosotros mismos para dejar actuar al Espíritu Santo en nuestras vidas.

Es el ejemplo que vemos en el Señor desde el principio de su ministerio público: predica la palabra, impone sus manos sobre los niños y los enfermos, expulsa demonios, cura todo tipo de enfermedades, resucita muertos…, pero también se aparta a lugares desiertos y pide a sus discípulos que sean discretos, que no hagan alarde ni levanten la voz diciendo que Él es el Mesías (cfr. Lc 4, 38-44). Jesús quiere enseñarles que su misión es otra: ser colaboradores del Espíritu en las almas; dejarle actuar; no ponerle obstáculos; ser transparentes para que Él los utilice como mejor convenga; estar disponibles para seguir sus mociones. No se trata de “hacer muchas cosas” con un activismo desenfrenado, sino de “ser” muy de Dios: hombres y mujeres que saben estar en su lugar y santificarse en la misión, quizá oculta y sencilla, que Dios les ha confiado. María, que colabora mejor que ningún otro en la obra de salvación de su Hijo, nos enseñará a ser buenos colaboradores del Señor. 

lunes, 31 de agosto de 2020

Con a fuerza de Dios

En la lectura diaria, durante la Misa, comenzamos a leer el Evangelio de San Lucas, a partir del capítulo 4°. Es una nueva ocasión para repasar de nuevo la vida del Señor y su predicación, desde que habló en la sinagoga de Nazaret al comienzo de su vida pública. «Jesús fue a Nazaret, donde se había criado. Entró en la sinagoga, como era su costumbre hacerlo los sábados, y se levantó para hacer la lectura. Se le dio el volumen del profeta Isaías (…). Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él (…).Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios, y se preguntaban: “¿No es éste el hijo de José?”» (cfr. Lc 4, 16 30).

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Jesucristo. El Greco (1541-1614)

Les habla ungido por el Espíritu y con la fuerza de Dios. En cuanto hombre, no tiene miedo a decir lo que el Espíritu le inspira. De hecho, la reacción de sus conciudadanos no es favorable y lo quieren despeñar por un precipicio de la montaña. Pero Jesús no confía en la sabiduría humana, aunque la tiene y mucha, sino en la acción del Espíritu Santo en el alma de cada uno de los que le escuchaban.

Lo mismo sucederá a San Pablo: «Hermanos: Cuando llegué a la ciudad de ustedes para anunciarles el Evangelio, no busqué hacerlo mediante la elocuencia del lenguaje o la sabiduría humana, sino que resolví no hablarles sino de Jesucristo, más aún, de Jesucristo crucificado. Me presenté ante ustedes débil y temblando de miedo. Cuando les hablé y les prediqué el Evangelio, no quise convencerlos con palabras de hombre sabio; al contrario, los convencí por medio del Espíritu y del poder de Dios, a fin de que la fe de ustedes dependiera del poder de Dios y no de la sabiduría de los hombres» (1 Cor 2, 1-5).

Seguramente nos preguntaremos: ¿Es que no cuenta la elocuencia humana, la preparación para poder anunciar mejor el Evangelio? ¿Es que no debemos poner todos los medios para que nuestro modo de hablar sea atractivo y que se adapte a la mentalidad de nuestros contemporáneos, para atraerlos hacia la fe? La respuesta es: sí. Lo que Dios nos pide es poner todos los medios humanos, como si no hubiera ninguno divino y, al mismo tiempo, poner todos los medios sobrenaturales, como si no hubiera ninguno humano. Pero, teniendo en cuenta que lo principal es la acción de Dios: «sin mí no pueden hacer nada» (Jn 15, 5).

Sólo somos instrumentos de Dios. Vale la pena subrayar lo instrumental (la oración y unión con Dios, la humildad y docilidad a su voz…) para poder dar fruto abundante. 

sábado, 29 de agosto de 2020

Practicar la verdad con la caridad

«Herodes había mandado apresar a Juan el Bautista y lo había metido y encadenado en la cárcel. Herodes se había casado con Herodías, esposa de su hermano Filipo, y Juan le decía: “No te está permitido tener por mujer a la esposa de tu hermano”. Por eso Herodes lo mandó encarcelar» (cfr. Mc 6, 17-29). 

San Juan Bautista | Leonardo da vinci, Juan el bautista, Día ...
San Juan Bautista de Leonardo da Vinci. Datado hacia 1513-1516 

San Juan Bautista es la “voz del que clama en el desierto”. Desde que está en el seno materno da testimonio de la Palabra. No es una “caña movida por el viento”, sino un hombre valiente que vive en la verdad de su misión profética. No tiene acepción de personas. Vive enteramente el consejo del Señor: “que vuestro sí sea sí, que vuestro no sea no”. Busca “preparar los caminos del Señor” en las almas. En todo tipo de personas. También en las que no van por buen camino. Y, cuando habla, no es para criticar a los demás, sino para, personalmente, advertirles la necesidad de la conversión. Es lo que había hecho con Herodes Antipas (4 a.C - 39 d.C), uno de los hijos de Herodes I el Grande que, a la sazón, era tetrarca los territorios de Perea y Galilea.

«Por anunciar la palabra del Señor, me he convertido en objeto de oprobio y de burla todo el día» (cfr. Jer 20, 7-9). Estas palabras del profeta Jeremías, que leemos en la primera lectura del domingo XXII del tiempo ordinario, se pueden aplicar muy bien a Juan el Bautista que, sin miedo, proclamaba la palabra de Dios y decía la verdad

Ante el ejemplo que nos da, podríamos preguntarnos si debemos actuar como él en el mundo en que vivimos. ¿Hasta qué punto, en conciencia, estamos obligados a ser veraces siempre? Indudablemente, la sinceridad debe ir acompañada de la prudencia. Pero no de una “prudencia de la carne”: «¡tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!», dice Jesús a Pedro en Cesarea (cfr. Mt 16, 21-27: evangelio del XXII domingo). 

San Pablo amonesta a su discípulo Timoteo a ser “imprudente”, es decir, a no tener miedo a las consecuencias de la verdad: «Te conjuro en la presencia de Dios y de Cristo Jesús que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, por su Manifestación y por su Reino: Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo [opportune, importune], reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina (…) pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio» (cfr. 2 Tim, 1-2. 5).

El Espíritu Santo nos hará saber discernir las palabras con las que hemos de hablar en cada ocasión, siendo muy sinceros y valientes para decir a verdad y, al mismo tiempo, muy prudentes para acertar siempre y buscar en todo el bien de las almas: «veritatem facientes in caritate» (Ef 4, 15), “practicando la verdad con caridad”. 

lunes, 17 de agosto de 2020

Cristo y el joven rico

«En aquel tiempo, se acercó a Jesús un Joven y le preguntó: “Maestro, ¿qué cosas buenas tengo que hacer para conseguir la vida eterna?”» (cfr. Mt 19, 16-22). Sabemos que Jesús recibió con gran simpatía la pregunta de este joven: «fijó en él su mirada y lo amó» (cfr. Mc 10, 21). Aquel muchacho había oído hablar del Señor y lo busca para preguntarle lo que todo hombre lleva en su corazón: la pregunta sobre la vida eterna. «El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 27).

El joven rico – Primeros Cristianos
Cristo y el joven rico, de Heinrich Hofmann (1889)

Jesús le responde lo esencial: «Si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos» (v.17). El joven los había guardado desde la infancia, y le hace una nueva pregunta al Señor: «¿Qué más me falta?» (v.20). El Señor le responde: «“Si quieres ser perfecto, ve a vender todo lo que tienes, dales el dinero a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme» (v.21). Pero, «al oír estas palabras, el joven se fue entristecido, porque era muy rico» (v.22).

¿Qué es lo que quería decir Jesús a este joven? ¿Por qué el muchacho se marchó triste? El Señor, una vez que le ha hablado de los mandamientos, quiere elevar la mirada del joven, para que no se quede en un mero cumplimiento (“cumplo” y “miento”) de las normas de la ley. Evidentemente, en ellos se expresa la Ley eterna de Dios. Pero se pueden cumplir como letra muerta, o pueden amarse como un camino de identificación con Jesucristo, con su estilo de vida. Esto es lo que desea comunicar Jesús al muchacho. No basta quedarse con lo “mínimo”. Hay que aspirar a más. Hay que desprenderse de todo: de uno mismo, y seguir al Señor; escuchar su voz y estar dispuesto a cumplir su voluntad en la vocación que Dios da a cada uno. La Ley de Cristo es una Ley de Amor y Libertad.  

«Quien “vive según la carne” siente la ley de Dios como un peso, más aún, como una negación (…) de la propia libertad. En cambio, quien está movido por el amor y “vive según el Espíritu” (Gal 5, 16), y desea servir a los demás, encuentra en la ley de Dios el camino fundamental y necesario para practicar el amor libremente elegido y vivido (…). Esta vocación al amor perfecto no está reservada de modo exclusivo a una élite de personas (…), es la nueva forma concreta del mandamiento del amor a Dios» (San Juan Pablo II, Veritatis splendor, 18). 

domingo, 9 de agosto de 2020

El murmullo de una suave brisa

En la liturgia dominical siempre hay una relación, que la Iglesia nos invita a descubrir, entre el contenido de la Primera Lectura y el del Evangelio. En los textos del XIX domingo del tiempo ordinario podemos fijarnos particularmente en el modo de actuar de Dios: suave, delicado, silencioso.

La Primera Lectura (cfr. 1 Re 19, 9. 11-13) nos presenta al profeta Elías en el Monte Horeb, el mismo en el que Yahvé entregó las tablas de la Ley a Moisés. En esta ocasión, Dios no se manifiesta mediante un viento huracanado, un terremoto o un fuego abrasador), sino mediante el murmullo de una suave brisa.

En el Evangelio (Mt 14, 22-33) presenciamos el episodio de un fuerte viento, que Jesús calma con su presencia, en el mar de Galilea. Al principio las olas sacudían la barca de Pedro. Pero, al final, en cuanto Jesús y Pedro subieron a la barca, el viento cesó. En otra ocasión parecida, Jesús había calmado una tempestad. Mateo señala que “puesto en pie, increpó a los vientos y al mar y sobrevino una gran calma”; “facta est tranquilitas magna” (Mt 8, 26). El Señor, a veces (como ahora, por ejemplo), permite que el mundo experimente un fuerte oleaje; una fuerte sacudida de viento. Pero nuestra mirada, sin dejar de ser muy realista, ha de dirigirse hacia la época de paz y alegría que todos esperamos (cfr. este artículo del 7 de agosto, en el que Mark Mallett explica bien quiénes son los verdaderos y los falsos profetas de nuestro tiempo).   

Jesús ama el silencio. Prefiere lo normal, la sencillez, la paz y la serenidad. Le gusta, también, pasar oculto, no hacerse notar. Después de la Transfiguración pide a Pedro, Santiago y Juan, que no digan a nadie lo que han visto, hasta después de que haya resucitado (cfr. Mt 17, 9).

El Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo, es también muy amante del reposo y la quietud. Actúa suavemente para que nosotros descubramos su acción y libremente la acojamos. No quiere imponerse. El Beato Álvaro del Portillo (1914-1994) hace notar que «la actividad del Espíritu Santo pasa inadvertida. Es como el rocío que empapa la tierra y la torna fecunda, como la brisa que refresca el rostro, como la lumbre que irradia su calor en la casa, como el aire que respiramos casi sin darnos cuenta» (Rezar con Álvaro del Portillo, Carta pastoral de mayo de 1986).

La Madre Teresa de Calcuta, canonizada por el Papa Francisco el 5 de septiembre de 2016, valoraba especialmente el silencio como fuente de la que manan abundantes frutos: «El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz».

«¡Cómo sería la mirada alegre de Jesús!: la misma que brillaría en los ojos de su Madre, que no puede contener su alegría…» (San Josemaría, Surco 95).

jueves, 30 de julio de 2020

Vasijas de barro

«Esto es lo que el Señor me dijo: “Jeremías, ve a la casa del alfarero y ahí te haré oír mis palabras (…). Como está el barro en las manos del alfarero, así ustedes, casa de Israel, están en mis manos» (cfr. Jer 18, 1-6).

La cerámica de egipto y al-andalus - FUNCI - Fundación de Cultura ...
Vasija de barro egipcia

Con frecuencia el Señor da lecciones a Jeremías mediante imágenes. El profeta no habla. Sólo mira y meditaLos hombres somos barro en manos del Alfarero divino, que nos modela como Él quiere (cfr. Gen 2, 7). Jesucristo es el Modelo. El Espíritu Santo, el Modelador. Y quiere depositar en esta vasijas de barro un Tesoro divino (cfr. 2 Cor 4, 7). Pero  cuenta nuestra docilidad. Los judíos, en tiempo de Jeremías, no lo eran. Orgullosos, inflexibles, eran incapaces de dejarse guiar y transformar por el amor de Dios. No eran humildes y sencillos. Confiaban demasiado en sus propias fuerzas. No escuchaban la voz de Dios. El secreto de la santidad es ser dóciles a las mociones del Espíritu: escuchar su voz y tener fe. Es un abandono activo. El Señor nos pide negociar mientras vuelve (cfr. Lc 19, 13), pero sobre una base de confianza total en Él.

Hay otras imágenes que emplea el Señor para darnos a entender el gran peligro de la soberbia. Hace poco meditábamos la parábola del sembrador (cfr. Mt 13 3, 9)) El terreno menos apto para que crezca la semilla es el camino duro. Los demás terrenos (el pedregoso y el que está lleno de malas hierbas) al menos dejan penetrar la semilla. El terreno duro del camino la rechaza por completo. Así son los corazones empedernidos, indiferentes, endurecidos por la rutina y el desamor.

Ese endurecimiento se debe al amor propio, que es el origen de todos los pecados. ¡Qué importante es desprenderse del propio yo! Es nuestro mayor enemigo.   

En cambio, ser barro moldeable en las manos del Señor; desear vivir en su Voluntad; estar dispuestos a que Él vaya guiándonos en el camino de nuestra vida a través de su Providencia, ¡qué gozo y qué alegría!

La época de la pandemia nos hace más conscientes de nuestra vulnerabilidad, de nuestras limitaciones. Es el momento de abandonarnos más en Dios y escuchar su voz a través de la oración, para descubrir que espera de nosotros, para poder servir más y mejor a nuestros hermanos; sin orgullo, con capacidad de adaptarnos a sus necesidades, como lo haría Nuestra Señora, ejemplo de humildad y docilidad a la gracia de Dios.

domingo, 19 de julio de 2020

Tres parábolas

En el Evangelio del Domingo XVI del Tiempo Ordinario, leemos tres parábolas de Jesús: la del trigo y la cizaña, la de la levadura y la del grano de mostaza. Las tres están en el Evangelio de San Mateo (cfr. Mt 13, 24-43). Meditemos en algún aspecto de cada una de ellas.

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Árbol de mostaza

En la parábola del trigo y la cizaña podemos fijarnos en una frase, aparentemente secundaria pero, a mi parecer, central: “mientras los trabajadores dormían, llegó un enemigo del dueño, sembró cizaña entre el trigo y se marchó”. Muchas veces Jesús anima a sus discípulos a estar vigilantes y en oración. El mal, el pecado, viene cuando los hombres nos dormimos y permitimos que el enemigo siembre la cizaña. “No den oportunidad (lugar) al diablo” (Ef 4, 27), dice san Pablo a los Efesios. Es difícil detectar el mal. Por eso es necesario el frecuente examen de conciencia, para apartarnos de las ocasiones de pecado y de los hábitos malos que, poco a poco, son como las raposas que destruyen la viña (cfr. Cant 2, 15).

La parábola de la semilla de mostaza –que siendo pequeña se convierte en un árbol grande, que acoge a numerosos pájaros que anidan en sus ramas–, nos recuerda a la Iglesia, que comenzó por ser muy pequeña y se ha extendido por toda la tierra. Es como un gran árbol en la que habitan toda clase de aves. Muy pronto inició ese crecimiento asombroso; desde Pentecostés: “Partos, medos, elamitas (…), les oímos hablar en nuestras propias lenguas las grandezas de Dios” (Hch 2, 9-11). Es una “Iglesia en salida”, como desea el Papa Francisco. ¡Ven Espíritu Santo y renueva tu Iglesia y la faz de la tierra!     

Por último, llegamos a la parábola de la levadura. “El Reino de los cielos se parece a un poco de levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, y toda la masa acabó por fermentar”. En esta parábola podemos fijarnos en la levadura. Las levaduras son hongos unicelulares con una gran capacidad de hacer crecer la masa, convirtiendo sus compuestos fermentables en gas dióxido de carbono. Esto hace que la masa se expanda o aumente a medida que el gas forma burbujas. Cuando se hornea la masa, la levadura muere, y las bolsas de aire quedan fijadas dando al producto horneado una textura suave y esponjosa. Es asombroso lo que puede hacer una pequeña cantidad de levadura. Esto nos hace pensar en la importancia de los detalles pequeños en nuestra vida: cuánto bien y también cuánto mal puede derivarse de cuidarlos o no.

sábado, 28 de diciembre de 2019

El cambio de los corazones


Estamos a punto de comenzar un año nuevo y un período nuevo de la historia: los años 20’s del sigo XXI. En el siglo XX se denominó a esta época “los fabulosos veintes”. Había terminado la Primera Guerra Mundial y comenzaba una época de esperanza.    

Fra Angelico. La huida a Egipto (1451-52)

 Ahora, cien años después, nosotros también comenzamos los años 20’s con una nueva esperanza: la de querer vivir en la Voluntad de Dios cada vez más.

Hace 7 años (en 2013) comenzamos este blog que con este post llega a los 500. Durante el año 2020 es muy probable que aparezcan menos posts en el blog. En principio no saldrán todos los sábados, como ha sucedido hasta ahora, sino quizá con una frecuencia menor y posiblemente más breves. Nos queremos poner en las manos del Espíritu Santo que nos irá sugiriendo lo que debemos escribir, sin programar de antemano nuestro trabajo. Los acontecimientos en el mundo y en la Iglesia, los sucesos personales, las reflexiones y la oración en silencio, delante de la Eucaristía, nos irán marcando el camino.

En éste último post de 2019 nos centraremos en una idea: la necesidad de pedir al Señor que nos cambie los corazones para prepararnos a comenzar la Nueva Época que ya está muy cercana. Conchita de Garabandal, que cumplirá 71 años de edad en pocas semanas, presenciará el Aviso y el Milagro, que marcarán la proximidad de la Segunda Venida del Señor y del inicio del Reino Eucarístico. Pero hace falta prepararnos para esos acontecimientos.         

Quisiéramos que, en este Tiempo de Navidad,  el Amor de Dios transforme nuestros corazones para que no tengamos otra libertad más que la de amar a Dios. Quisiéramos que el Amor de Dios esté presente en nuestras mentes, nuestras palabras, nuestros corazones, nuestra vida entera, de modo que ya no vivamos nosotros, sino Cristo en nosotros (cfr. Gal 2, 20). Mañana lo pediremos, con esperanza, a la Sagrada Familia, Jesús, María y José, en la Solemnidad que celebraremos. La Iglesia es una Familia: la Familia de los hijos de Dios. Una Familia que sufre la tribulación (ver imagen de la “Huida a Egipto”), pero está llena de esperanza.    

Su esperanza está centrada en Cristo. ¿Qué esperamos? Siempre a Jesús, que viene. Vino hace 20 siglos, vendrá con gloria pronto, en su Segunda Venida. Y, además, viene cada día a visitarnos: está con nosotros; es el Emmanuel, Dios con nosotros, principalmente en la Eucaristía.

¿A qué viene Jesús? A salvarnos (Jesús = “Dios salva”). ¿De qué? De la muerte, del demonio, del pecado. Ha venido y viene al mundo “propter nos homines et propter nostram salutem”, “por nosotros y por nuestra salvación”. Pero nos salva con su Amor que llena toda nuestra persona porque “vino a los suyos y los suyos no le recibieron. Pero a los que le recibieron les dio el poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Jn 1, 11-12).

Vivir en la Voluntad de Dios (ver últimos 12 posts de este blog) es vivir sintiéndonos y siendo hijos de Dios con todas sus consecuencias. Con la gracia de Dios ya podemos vivir así en esta tierra, pero podemos ir creciendo cada vez más en esta nueva vida si somos “Almas de Eucaristía” (San Josemaría Escrivá de Balaguer), si nos convertimos en una Eucaristía viviente porque dejamos que el Amor Eucarístico del Señor llene por completo nuestros corazones.

Marga, de la cual hemos transcrito en este blog muchos de los mensajes que ha recibido, nos ha hecho llegar a través del blog de la VDCJ un mensaje del 19 de diciembre de 2019 (ver mensaje). Tiene un título muy sugestivo: “El cambio de los corazones”. ¿Por qué? Porque eso es lo que hace falta para que podamos llegar a vivir la Voluntad de Dios en plenitud.

Veamos lo que nos dice la Virgen a través de esta madre de familia que tantas gracias ha recibido de Dios y es un instrumento fiel para trasmitir lo que Él y Nuestra Señora quieren que sepamos , meditamos y lo hagamos vida, en estos momentos tan importantes para la humanidad.

El “Centro” que se menciona en el mensaje es el “Centro de Espiritualidad Bethlehem” que se ha abierto recientemente (ver información sobre el Centro). Está en la Calle Tajuña esquina a la Calle Adaja, Colmenarejo, Madrid. El Señor lo pidió a Marga para difundir los mensajes de la Verdadera Devoción al Corazón de Jesús.    

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Mensaje de la Virgen María del 19-12-2019. El cambio de los corazones

En el Centro. Ante la Virgen Peregrina de Fátima 11,50h

Amada, no valgo nada, pero tú, oh Señora, me inspirarás qué decir hoy.

Virgen

Marga querida, antes hablemos tú y Yo.

Claro. Gracias, Mamá.


Esto es un Centro para el Corazón de Jesús, un “Centro de Amor”, de regalo a Jesús, como os ha gustado decir.

Pero también es una Casa para ti, donde el Señor te alberga a ti y a tu familia, y te protege de la debacle que se os viene encima a todos, a toda la Humanidad.

Tú no sales de tu asombro al estar viviendo aquí con los tuyos y así. Harás de esta Casa un lugar acogedor para los tuyos, sus amigos y para la Fundación y sus allegados. Así como para toda la gente de buena voluntad que se quiera unir o valer de tu Obra.

¡Asombrarás a tantos!

Diles hoy, quiero que les digas que no estamos nosotros para pesimismos y desesperanzas, para agoreros y cosas negativas. ¡Estamos los cristianos en el mundo de hoy para llenarlo de esperanza!

¡Nace Enmanuel! “Dios con nosotros”, y llena al mundo de sentido y de alegría de vivir.

Esperáis ahora su Segunda Venida. Pero para ello debe encontrar al mundo preparado. ¿Están preparados?

¿Estáis preparados? ¿No estáis más bien preocupados de todas las materialidades? ¿Habéis hecho un cambio de corazón?

Los corazones deben estar muy cambiados para su Venida.

Es momento de enderezar las sendas [Nota 2: Cfr. Is 40,3; Mc 1,3] y hacer un cambio personal hacia la conversión.

¿Es vuestro corazón un corazón pesimista que no vive la Alegría de su Nacimiento y su Venida?

¿Es vuestro corazón un corazón que nada en el rencor sin arrancárselo de sí, que recuerda continuamente las afrentas del hermano, que no perdona, no ama y no devuelve bien por mal? [Nota 3: Cfr. Rm 12,21].

¿Es vuestra vida una vida ociosa, que se dedica a pensar en sí mismo y no trabaja para acercar el Reino de Dios a las gentes?

Queridos, tenéis que convertiros, y convertiros primeramente vosotros, que sois los que estáis Conmigo y con Jesús, y sois los que buscáis mis Palabras. Si no las buscáis para convertiros, decidme para qué las buscáis.

El cambio de los corazones del mundo pasa por un cambio: primero de vuestros corazones.

Cuando el mundo vea cómo os habéis convertido y el amor que emana de vosotros, querrá igualmente buscar conversión. No antes. No antes.

Si no les lleváis vosotros el Anuncio del Enmanuel entre vosotros, decidme quién lo hará.

Y si no lo conocen, no podrán convertirse.

Y si no se convierten, no podrá venir a vosotros el Reino de Dios.

Es tiempo de conversión.

Es tiempo de preparar su Venida.

Es tiempo de preparar los corazones, empezando por el propio vuestro.

Es tiempo de anunciar al mundo la salvación.

Así podrá venir a Reinar. No antes.

Os necesita a vosotros, pequeño rebañito disperso.

Congregaos, congregaos alrededor de una Madre, María, la Madre de la Humanidad, la Madre de todos vosotros.

Para eso Yo suscito -dice el Señor- Centros como éste. Centros de Oración y Transformación. Centros donde mis ovejitas se congregan y se preparan para ser audaces guerreros por mi Reino.

Centros donde vienen a recibir las instrucciones de María, Madre de la Humanidad.

Centros donde Ella les prepara, como miembros congregados y unidos de su Ejército.

Ésta es mi primera instrucción para vosotros: [Nota 4: “Se supone que quiere decir que es la primera instrucción para todos, dada en el Centro”]. Quiero convertir los corazones del mundo al Corazón de Dios, y primero debéis empezar por convertir el vuestro.

He dicho, de parte de Dios.

Éste es el Tiempo de la Preparación.

Éste es el Tiempo de la Conversión.

Amén.

Gracias por haber respondido a mi Llamada.

(Esta frase abarca un agradecimiento más completo que lo escrito. Es un agradecimiento de la Virgen por nuestra actitud de escucha a Dios, de poner en práctica sus órdenes. Nuestra actitud de conversión).

¡Feliz 2020!