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viernes, 11 de junio de 2021

Los proyectos del Corazón de Jesús

Ocho días después de la Solemnidad del Corpus Christi, celebramos la del Sagrado Corazón de Jesús. Ambas fiestas están íntimamente unidas porque, en la Eucaristía está el Corazón de Jesús y, encontramos al Corazón de Jesús en la Eucaristía. 

Pintura de Miguel Cabrera (1695-1768)

En Lanciano, Italia, un monje del siglo VIII, durante la celebración de la Santa Misa, dudó de la presencia real de Cristo. Vio que la Sagrada Hostia se transformaba en carne humana y el vino en sangre, que luego se coaguló. Estas reliquias se conservan en la catedral. En 1970 se decidió someterlas a examen científico y se comprobó que la carne es tejido muscular del corazón (endocardio, miocardio, nervio vago, ventrículo izquierdo). En 1973 la OMS, después de 15 meses de estudio, confirmó las investigaciones de 1970.  

En en Sacramento de la Eucaristía, «vi verborum» (por la fuerza de las palabras de la Consagración) está Jesucristo Resucitado, glorioso; con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Y, por concomitancia, está también el Padre y el Espíritu Santo: la Santísima Trinidad, Dios Uno y Trino.

El centro de la persona es el corazón.

«El corazón es la morada donde yo estoy, o donde yo habito (según la expresión semítica o bíblica: donde yo “me adentro”). Es nuestro centro escondido, inaprensible, ni por nuestra razón ni por la de nadie; sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar del encuentro, ya que a imagen de Dios, vivimos en relación: es el lugar de la Alianza» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2563).

«En la Biblia el corazón es el centro del hombre, donde se entrelazan todas sus dimensiones: el cuerpo y el espíritu, la interioridad de la persona y su apertura al mundo y a los otros, el entendimiento, la voluntad, la afectividad. Pues bien, si el corazón es capaz de mantener unidas estas dimensiones es porque en él es donde nos abrimos a la verdad y al amor, y dejamos que nos toquen y nos transformen en lo más hondo» (Francisco, Enc. Lumen fidei, 26).

Es importante, al acercarnos a Jesús, dirigirnos directamente a su Corazón, al centro de su Persona, que es Divina, pero en una naturaleza humana. El Corazón de Cristo es divino y humano. En Él estás también sus sentimientos. 

En la Antífona de entrada, afirmamos: “Los proyectos de su corazón subsisten de generación en generación, para librar de la muerte la vida de sus fieles y reanimarlos en tiempo de hambre”. 

¿Cuáles son los proyectos del Corazón de Cristo? Son siempre los mismos: «subsisten de generación en generación». Pero también podemos decir que se van adaptando a las necesidades históricas de los hombres: ahora, en un «tiempo de hambre» de Dios, buscan liberarnos de la muerte y darnos Vida.

«Estamos llamados a contribuir, con iniciativa y espontaneidad, a mejorar el mundo y la cultura de nuestro tiempo, de modo que se abran a los planes de Dios para la humanidadcogitationes cordis eius, los proyectos de su corazón, que se mantienen de generación en generación (Sal 33 [32] 11)» (Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral del 14-II-2017, n. 8).

Un aspecto importante de la devoción al Corazón de Jesús es el desagravio, la reparación por los pecados de los hombres que han herido tanto su Corazón amante. 

El Corazón de Cristo es un corazón traspasado, herido, dolorido, pisoteado, ultrajado, vilipendiado, olvidado y humillado por todos, Varón de Dolores. El Corazón de Jesús se consume, porque el Amor no es amado. Olvidado en el oscuro rincón de nuestro Templo, desfallece el Alma de Cristo: muere de Amor. Manifestemos nuestro amor a Jesús acompañándolo, con nuestro amor, en todos los sagrarios del mundo.

Los proyectos del Corazón de Cristo son de paz y de amor. Corazón Sacratísimo de Jesús, danos la paz.  

jueves, 3 de junio de 2021

Textos para meditar en la Eucaristía

La Solemnidad de Corpus Christi y la octava que podemos celebrar hasta la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, son una ocasión única, durante el Año Litúrgico, para manifestar nuestro Amor a Jesús, en el Sacramento de la Eucaristía.

La defensa de la Eucaristía (Arte Cuzqueño)

Una forma de hacerlo es hacer oración con los escritos de la Sagrada Escritura, de los Padres de la Iglesia, del Magisterio pontificio reciente y de los santos. A continuación transcribimos diez textos que nos han parecido especialmente apropiados para meditar despacio, en silencio.


1. «El ángel de Yavé vino...y le tocó [al profeta Elías], diciendo: levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti. Levantose pues, y después de haber comido y bebido, y confortado con aquella comida, camino 40 días y 40 noches hasta el Horeb, el monte de Dios (3 Re 19, 7-8)». Figura de la Eucaristía. 

2. «Son mis delicias estar con los hijos de los hombres» (Prov 8,31).  Hemos de agradecer el inmenso  don-misterio de la Eucaristía.

3. «Así como el pan que procede de la tierra, recibiendo la invocación  de Dios, ya no es un  pan corriente,  sino Eucaristía..., así también nuestros cuerpos  recibiendo la Eucaristía ya no son corruptibles; tienen esperanza de la resurrección» (S. Ireneo de Lyon, Adversus haereses, PG 7 y 1027)».

3. «La adoración es la acción... de humillar nuestro espíritu ante el "Rey de la gloria" (Sal 24,9-10) y el silencio respetuoso en la presencia de Dios "siempre mayor" (S. AGUSTÍN, Sal 62,16). La adoración de Dios tres veces santo y soberanamente amable nos llena de humildad y da seguridad a nuestras súplicas» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2628).

4. «La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza» (San Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 1).

5. «Buscando por encima de todo agradar a Dios Nuestro Señor, es como mejor serviremos a los hombres» (San Josemaría). La Eucaristía es la «corriente trinitaria de amor por los hombres» (ibidem).

6. «Pues si cuando andaba en el mundo de solo tocar sus ropas sanaban los enfermos, ¿que hay que dudar que hará milagros estando tan dentro de mí, si tenemos fe viva, y nos dará lo que le pidiéremos pues está en nuestra casa?» (Sta. Teresa, Camino de perfección).

7. «Acércate a la comunión —dice San Buenaventura— aun cuando te sientas tibio, fiándolo todo de la misericordia divina, porque cuanto más enfermo se haga uno, tanto mayor necesidad tiene del médico». 

8. El Señor dijo en cierta ocasión a Santa Matilde: «Cuando te acerques a comulgar, desea tener en tu corazón todo el amor que se puede encerrar en él, que yo te lo recibiré como tú quisieras que fuese» (S. Alfonso, Práctica del amor a Jesucristo, p. 41).

9. «Celebra hoy la santa madre Iglesia fiesta del Santísimo Sacramento del Altar,  en el cual está verdaderamente el cuerpo de nuestro Salvador para gloria  de la Iglesia y honra del mundo,  para  compañía de nuestra peregrinación, para alegría de  nuestro destierro, para consolación de nuestros trabajos, para medicina de nuestras enfermedades,  para  sustento de nuestras vidas.  Y porque estas mercedes son  tan grandes, es muy alegre y grande  la fiesta que hoy hace la Iglesia» (Fray Luis de Granada, Trece sermones).

10. «Cuando se comulga —decía el Santo Cura—  se siente algo extraordinario..., un gozo..., una suavidad..., un bienestar que corre por todo el cuerpo... y lo conmueve. No podemos menos de decir con San Juan: ¡Es el Señor!... ¡Oh Dios mío! ¡Qué alegría para un cristiano, cuando al levantarse de la sagrada Mesa se lleva consigo todo el cielo en el corazón!» (Trochu, El cura de Ars, p. 55).   

viernes, 14 de mayo de 2021

El Decenario al Espíritu Santo

Antiguamente, la Ascensión del Señor se celebraba el jueves precedente al Séptimo Domingo de Pascua. Era una fiesta de precepto. La vida moderna ha llevado a que, en la mayoría de los países, se celebre el domingo anterior a Pentecostés. Celebrar esta Solemnidad el jueves tiene la ventaja de que nos unimos a lo que sucedió realmente en la historia: que el Señor subió a los Cielos diez días antes de la venida del Espíritu Santo. 

       Esos diez días se han vivido desde tiempos remotos (y lo podemos seguir haciendo actualmente, aunque la Ascensión se celebre el domingo) como un Decenario de preparación para Pentecºostés. 

En 1932, se publicó el «Decenario al Espíritu Santo», un libro de Francisca Javiera del Valle (1856-1930), mujer humilde que vivía en Palencia, España. Se trata de una escritora mística. Nacida en el seno de una familia humilde, que quedó huérfana de padre a los dos años de edad. Convivió con su madre y dos hermanastros en medio de grandes necesidades económicas que forzaron a interrumpir su formación escolar. Desde 1868 trabajaba en un taller de sastrería. Según sus propias palabras, sufrió una conversión entre 1874 y 1875, sintiendo un intenso deseo de dedicarse a la vida espiritual. Más tarde, consiguió en 1880 un trabajo más estable como costurera del colegio de los jesuitas de Carrión de los Condes. Al morir su madre en 1892, puede entregarse sin trabas a su proyecto de vida interior, que cumple fielmente hasta su muerte.

En 1918, Francisca Javiera del Valle abandonaba el costurero de los jesuitas, así como el cuidado de los niños de la Escuela apostólica del que había sido encargada desde 1903 por sus protectores, la familia de María Ballesteros. Con ésta, fundadora del Carmelo de Carrión, colaboró activamente durante los últimos años de su vida.

Esta breve biografía de la autora del Decenario nos puede ayudar a valorar más esta obra, como lo hizo San Josemaría Escrivá, que leyó y meditó este tesoro de la espiritualidad, de modo que influyó mucho en su devoción al Gran Desconocido. 

Pero ya meditaremos más la próxima semana en la devoción al Espíritu Santo. Hoy podemos centrarnos en la Solemnidad que celebramos: La Ascensión del Señor a los Cielos, que está íntimamente relacionada con Pentecostés.

¿Por qué? Porque Jesús se va, pero también se queda por medio del Espíritu, más cerca de nosotros incluso que de los apóstoles cuándo podían verlo y escucharlo durante su vida terrena. El Espíritu Santo hará posible, en todos y cada uno de los hombres, a lo largo de la historia, que la vida de Cristo se haga presente. Por el Espíritu Santo, se hace posible también la presencia eucarística y el nacimiento de la Iglesia.  

La Ascensión es un acontecimiento de profunda alegría para los que estaban en el monte en que tuvo lugar y pudieron presenciarla. Parecería que los apóstoles estarían tristes porque ya no volverían a ver a Jesús, pero no es así. Estaban contentos porque, a partir de entonces, experimentan una cercanía mayor de Cristo, que está a la Derecha del Padre pero también a nuestro lado: intimior intimo meo, como decía San Agustín (más íntimamente que yo mismo). 

Benedicto XVI expresaba esta realidad con gran profundidad. 

«La Ascensión del Señor es un momento de intensa alegría para los Apóstoles, a pesar de que se separan del Señor, porque, a partir de ese momento, Jesús se convierte en el puente definitivo entre Dios y los hombres. El triunfo de Cristo no se completó en la Resurrección, sino en su Ascensión ad dexteram Patris, que ha de ser también objeto de honda meditación: quæ sursum sunt quærite, ubi Christus est in dextera Dei sedens (Col 3, 1)». 

El año 2015, Benedicto XVI dijo, en la homilía que pronunció en el día de la Ascensión, que «el cielo no indica un lugar sobre las estrellas, sino algo mucho más intrépido y sublime: indica a Cristo mismo, la Persona divina que acoge plenamente y por siempre a la humanidad, Aquél en el que Dios y hombre están para siempre inseparablemente unidos. Y nosotros nos acercamos al cielo, es más, entramos en el cielo, en la medida en que nos acercamos a Jesús y entramos en comunión con Él. Por lo tanto, la solemnidad de la Ascensión nos invita a una comunión profunda con Jesús muerto y resucitado, invisiblemente presente en la vida de cada uno de nosotros».

Comunión profunda con Jesús, a través de Nuestra Señora que durante el Decenario previo a Pentecostés, ocupaba un lugar destacado en la naciente Iglesia: «Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos» (Hechos 1, 12-14). 

viernes, 7 de mayo de 2021

María es Nuestra Madre

 Durante estos días del mes de mayo, muchos de nosotros nos hemos unido a la iniciativa del Papa, de rezar el Rosario diariamente, acompañando a nuestros hermanos en los santuarios marianos de todo el mundo. Hoy, por ejemplo, la intención del Papa es pedir a Nuestra Señora de la Paz y del Buen Viaje (en Filipinas) por las familias del mundo entero. Ayer, nos uníamos a él en el Santuario de la Bien Aparecida (Brasil) rezando por los jóvenes.

De esta manera, además de acrecentar nuestro amor y devoción a la Virgen, nos unimos de modo especial por el Papa y sus intenciones. 

María es Nuestra Madre. A partir de la Encarnación, al recibir en su seno al Hijo de Dios hecho hombre, ha acogido también a todos los hombres, porque Cristo es el Primogénito entre muchos hermanos. Es el Hijo de Dios y hermano nuestro. 

Esta realidad misteriosa y fascinante llegó a su cumplimiento al pié de la Cruz, en el momento en que Cristo dijo a María: «este es tu hijo» y a San Juan apóstol, «esta es tu Madre». En Juan estábamos representados todos los hombres. 

Que María sea nuestra madre significa que tiene hacia nosotros los más tiernos sentimientos que puede tener la mejor de las madres en la tierra hacia sus hijos. Para Ella, cada uno es su hijo «único». En esto participa del Amor que Dios nos tiene de modo admirable: para Él no hay hijos iguales. Cada uno hemos costado toda la sangre de Cristo derramada en la Cruz. Él nos ha comprado a precio de sangre.

María manifiesta la «maternidad» de Dios, su amor «maternal». Es «la ternura de Dios con los hombres», como le gustaba decir a San Josemaría Escrivá. También solía decir que María es la «Omnipotencia suplicante», porque sus peticiones ante el Trono del Altísimo jamás son desoídas. Por eso, en una conocida oración a María Medianera, le pedimos que cuando esté delante de la presencia de Dios, recuerde de «hablar bien de nosotros». 

Todas las madres tienen un cariño particular a sus hijos cuando son pequeños, porque su fragilidad mueve a la ternura. Una buena madre vive completamente para su hijo pequeño. Esta pendiente de él en todo momento, pues no se puede valer por sí mismo. Necesita en todo a su madre. Ella lo nutre, lo viste, lo acomoda, lo lleva de aquí para allá, lo cuida y protege de las enfermedades y los peligros. 

¡Qué confianza nos da saber que estamos en su regazo! Basta que le pidamos algo y Ella adivinará hasta nuestras necesidades más pequeñas. María, ¡muestra que eres Nuestra Madre!

La oración que compuso San Bernardo de Claraval, el Memorare o Acordaos, resumen admirablemente el modo de dirigirnos a María con toda confianza. 

"Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorando tu asistencia y reclamando tu socorro, haya sido abandonado de ti. Animado con esta confianza, a ti también acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante tu presencia soberana. No deseches mis humildes súplicas, oh Madre del Verbo divino, antes bien, escúchalas y acógelas benignamente. Amén". 

¿Cómo podemos tratar de corresponder lo mejor posible a su amor materno? Con amor de hijos; siendo buenos hijos de Ella. ¿Qué hace un buen hijo para amar a su madre? Procura comportarse de tal manera que ella esté orgullosa de él. Además, la trata con delicadeza y amor. La conoce y sabe lo que le gusta más. Está pendiente de darle muchas alegrías y de acudir a sus necesidades más pequeñas. 

María es Madre de la Iglesia. Por eso, a Ella le gusta que seamos buenos hijos de la Iglesia, y amemos mucho a nuestros hermanos. No hay cosa que contente más a una madre que ver a sus hijos unidos. 

María nos sonríe cada vez que acudimos a Ella, en el Rosario, en las oraciones marianas, al ofrecer nuestro trabajo a través de sus purísimas manos. Este mes de mayo es una oportunidad única para intentar ser buenos hijos de Nuestra Señora.  

viernes, 30 de abril de 2021

La vid y los sarmientos

       En el Evangelio del Quinto Domingo de Pascua meditamos el comienzo del capítulo 15º del Evangelio de San Juan, en el que, el apóstol predilecto de Jesús, recoge la Alegoría de la vid y los sarmientos. Vale la pena copiar el texto completo.

«Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no da fruto lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí es arrojado fuera, como los sarmientos, y se seca; luego los recogen, los arrojan al fuego y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y se os concederá. En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto y seáis discípulos míos» (Jn 15, 1-8).

Jesús utiliza imágenes para explicar la profundidad del Misterio de Dios. Nosotros no podemos abarcar la profundidad del Amor de Dios y su inescrutables designios para la salvación del hombre. Pero la imagen de la vid y los sarmientos nos ayuda a comprender un poco más cómo quiere el Señor que estemos unidos a Él. 

Esta imagen, escogida especialmente por Jesús para el momento culminante de su vida, la Última Cena con sus discípulos, representa admirablemente lo que el Señor había enseñado, de modos diversos, durante su vida pública: que la voluntad de Dios es que vivamos la Vida de Jesucristo; que Él sea nuestro Camino, porque en Él esta toda la Verdad. Y que esta unión estrecha no es mera yuxtaposición, o una unión superficial, sino la unidad que hay entre la vid y los sarmientos. De hecho, no se pueden distinguir los sarmientos (las ramas) de la vid (la planta). La sabia que corre, va desde la vid a los sarmientos. Los sarmientos no pueden separase de la vida porque morirían.

La Alegoría de la vid precede a los siguientes versículos del capítulo 15º del Evangelio de San Juan (9-17), que tratan de «La Ley del Amor». Todo el contenido de los capítulos 13º a 17º hay que leerlo y meditarlo como una unidad, en la que Cristo explica los aspectos más profundos de su Misterio. 

La 2ª Lectura de la Misa de este próximo domingo, nos da luz sobre el texto del Evangelio. San Juan resume el mandamiento de Jesucristo, que él ha escuchado de viva voz del Maestro y ha meditado por largos años. Fijémonos en los últimos dos versículos. 

«Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, conforme al mandamiento que nos dio. El que guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él; y por esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado» (cfr. 1 Jn 3, 18-24).

Los sarmientos están unidos a la vid, y también unidos entre ellos. No pueden separarse de la vid, que es toda la planta, ni de los demás sarmientos. El Espíritu Santo es como el Alma de la Iglesia, que vivifica toda la Vid. Jesús explica la Alegoría de la Vid en el marco de las promesas y acción del Espíritu que el Padre y Él enviarán a sus discípulos. Así nos vamos preparando a la Solemnidad de Pentecostés. 

Una referencia a Santa Catalina de Siena, que celebramos ayer (jueves 29 de abril), nos ayudará a penetrar un poco más en el Misterio de la vid y los sarmientos. Esta santa se caracterizó por su amor a la Iglesia y al Papa. Contribuyó, con su abundante epistolario, a que el Papa regresara de Avignon a Roma en 1378. Toda su vida la dedicó a buscar la unidad de la Iglesia, a la que amaba apasionadamente.

Pero este amor a la Iglesia y al Vicario de Cristo en la tierra, partían de su profunda devoción eucarística. Es conocido que, durante algunas semanas de estancia en Florencia, no se alimento de otra cosa que no fuera la Eucaristía. Era su unión con Cristo Resucitado la que la hacía una mujer valiente, activa y decidida a los más grandes sacrificios.

Mañana comenzaremos el mes de mayo, celebrado una fiesta de San José, Patrono de la Iglesia. Acudamos a María y José para pedirles por la unidad de la Iglesia y de todos los cristianos.


viernes, 23 de abril de 2021

Sueño, servicio y fidelidad

Todos los años, desde 1964, los Sumos Pontífices envían un mensaje al Pueblo cristiano con ocasión de la Jornada Mundial de oración por las vocaciones. Este próximo domingo, también llamado del «Buen Pastor», es la 58ª Jornada.

Caravaggio, "La vocación de Mateo"

Se trata de una gran oportunidad que nos brinda el Papa para reflexionar sobre la vocación. ¿Qué es la vocación? ¿Quiénes la tienen? ¿Cómo podremos saber si tenemos vocación? y ¿cuál es la nuestra?

El Papa Francisco publicó su mensaje para este año, el 19 de marzo pasado, Solemnidad de San José. Y ha querido que todos miremos al Santo Patriarca para aprender de él a responder bien a la vocación que hemos recibido. 

Estrictamente hablando, la Jornada se refiere a la oración por las vocaciones sacerdotales y a la vida consagrada. También el papa se dirige especialmente a ellas en su mensaje. 

Sin embargo, la misma doctrina del Concilio Vaticano II, de cuyas fuentes se alimenta esta iniciativa pontificia, recuerda la llamada universal a la santidad. Todos los hombres estamos llamados por Dios a descubrir su Amor, a través del Evangelio de Jesucristo. Además, en la Iglesia, todos los fieles tenemos «vocación cristiana». 

«Vocare» significa «llamar», como sabemos. Dios llama a todos. Todos los hombres tenemos una vocación personal. Sin embargo, en la Iglesia se han abierto diversos «caminos» para responder, de modo peculiar, a la llamada divina. Hay caminos que implican una consagración —como son el sacerdocio y la vida consagrada—, que tradicionalmente se han visto como «caminos vocacionales». Pero también hay vocaciones peculiares entre los fieles laicos. Por ejemplo, en el Opus Dei, el 98% de sus miembros son laicos, y todos ellos tienen una vocación auténtica, que consiste en responder a la llamada a santificarse en medio del mundo a través del trabajo y las obligaciones propias del cristiano. Hay casados, que se santifican en su familia; y hay solteros que viven un celibato apostólico y, sin dejar su lugar de trabajo y sus circunstancias sociales y familiares, buscan la santidad de otra manera, con mayor dedicación a tareas apostólicas.

Una vez tenido en cuenta este preámbulo, veamos cuáles son las tres características que señala el Papa, y que especialmente se pueden aprender de la vocación de San José. 

La primera es «sueño». Toda vocación parte de un ideal que se descubre y que es el motor de toda la vida. San José descubrió su vocación, en parte, a través de los cuatro sueños que tuvo, que fueron acompañados de otras mociones del Espíritu Santo, hasta convertirse, como decía san Josemaría Escrivá, en un «alud arrollador». 

Normalmente, no tenemos la certeza de que precisamente esa es nuestra vocación. En el caso de José, quizá las inspiraciones que recibió fueron particularmente claras y convincentes, de modo que siguió su camino con una gran seguridad. 

Nunca se puede abandonar esta primera característica de la vocación, porque es la raíz de la que se parte. Es una maduración en la fe: una fe madura. 

El segundo rasgo de la vocación, que también vemos en San José, es el «servicio». Toda vocación es para servir, para darse, para olvidarse de uno mismo y ponerse a disposición de los planes de Dios, en la Iglesia. Los sacerdotes, por ejemplo, somos «ministros», servidores de nuestros hermanos. Pero también lo son los laicos, de otra manera, fomentando el espíritu de servicio ahí donde Dios los ha llamado.  

Actualmente, en la Iglesia, son necesarias muchas vocaciones de sacerdotes y para la vida consagrada. Pero también es necesario que todos los fieles nos decidamos a poner en práctica nuestra vocación a servir en la familia, en el trabajo, en la vida social. Todos los días podemos servir a los demás en los pequeños detalles que están a nuestro alcance. 

Por último, la tercera característica que vemos en la vocación de San José, es la «fidelidad». Cualquier vocación verdadera no es algo pasajero. Imprime en la persona un impulso que ha de durar toda la vida. El idéela de la vocación debe mantenerse en los momentos de oscuridad y tinieblas. ¿Por qué? Porque en todas las vocaciones, lo que debe estar como fundamento, es el amor a Dios. Hemos descubierto cuánto Él nos ama y nosotros queremos corresponder a ese Amor, que sólo se puede «pagar» con amor.  

San José y Nuestra Señora, que desde muy jóvenes vieron clara su vocación, nos ayudarán a descubrir la nuestra y ser fieles a ella hasta el final de nuestra vida.   


viernes, 9 de abril de 2021

Como niños recién nacidos

         La antífona de entrada del Domingo de la Misericordia nos introduce de lleno en el Misterio Pascual:

Como niños recién nacidos, anhelen una leche pura y espiritual que los haga crecer hacia la salvación. Aleluya”.

 Jacques Philippe, conocido autor de libros espirituales, en un retiro que predicó en Madrid hace algunos años, comentó una anécdota de la vida de Santa Teresa de Lisieux.

Santa Teresa, desde muy niña, se sentía fuertemente atraída hacia la santidad. Sin embargo, la muerte de su madre cuando ella tenía sólo cuatro años de edad, la marcó profundamente. Aparecieron en su carácter algunos rasgos psicológicos de inmadurez infantil: deseos de llamar la atención, una hipersensibilidad que le llevaba frecuentemente al llanto, deseos de reconocimiento, desánimos frecuentes cuando no lograba lo que quería, etc. Verdaderamente, algunas veces era insoportable. 

No podía vencer esas tendencias fuertemente grabadas en su forma de ser. Cuando tenía catorce años de edad, en la Navidad de 1886, su padre, que le tenía un afecto notorio, preparó, como todos los años, los regalos para sus hijos, en la chimenea. Pero, después de llevar a cabo esa tarea cansada, se le escaparon unas palabras que hirieron en lo más vivo la sensibilidad de Teresa, que era la más pequeña de la familia: «Menos mal que es el último año». Ella ya venía dándose cuenta de que tenía que cambiar, y que no podía seguir siendo una niña mimada. Entonces, después de la Comunión que recibió aquel día en la Misa de medianoche, tomó la decisión, valientemente, de controlar sus emociones. Estuvo contenta, alegre y, finalmente, venció el desánimo. Aquello fue un hito de gran importancia en su vida: ganó en madurez y se dio cuenta de que ese era el camino para superar los estados emotivos. Al año siguiente ingresó como novicia al convento de Carmelitas. 

¿Qué fue, en el fondo, lo que le hizo cambiar? La convicción de que Dios, que ha puesto en nuestro corazón el deseo de amarle, nos da la fuerza para alcanzar la santidad, a pesar de nuestros defectos. Que lo importante no es qué tan frágiles seamos, sino saber que Dios nos ama y que podemos confiarnos plenamente a Él. Que los brazos de Jesús son dónde tenemos que ponernos porque Él es nuestra fortaleza.

Tres años antes, cuando cumplió 11 años de edad, ya había hecho tres propósitos sencillos: 1) luchar contra el orgullo, 2) rezar todos los días a la Virgen un Acordaos y 3) no desanimarse nunca. 

En el último año de su vida (1897), a los 24 años de edad, estaba enferma en el convento. Entonces escribió en uno de sus manuscritos que, poco a poco, fue descubriendo un camino sencillo, corto y nuevo para alcanzar la santidad. Ese camino, o «caminito», como Ella lo llamaba, era la infancia espiritual. Realmente, no era un camino nuevo, en estricto sentido. Era redescubrir el Evangelio, que es un Camino de amor para los pequeños. Muchas veces Jesús había dicho a sus discípulos que es indispensable hacerse como niños para entrar en el Reino de los Cielos. 

Santa Teresa de Lisieux fue lo que descubrió en su propia vida y luego lo escribió para que, a lo largo de los años, una multitud de personas en todo el mundo pudiéramos seguir su «camino de infancia».

La decisión que tomó a los catorce años de edad fue algo sencillo, relativamente. No fue una decisión aparentemente importante. Sin embargo, cambió su vida. Se dio cuenta de que eso es lo que Dios nos pide cada día: decirle que «sí» en alguna cosa. Y sostener ese propósito en los días sucesivos. En definitiva, la santidad está al alcance de cualquier persona, a través de la lucha en los pequeños detalles de la vida ordinaria. En esto se adelantó al Concilio Vaticano II, al igual que san Josemaría que, después de la canonización de Santa Teresa de Lisieux, en 1924, conoció sus escritos y le impresionaron vivamente. Él también aconsejaba el «caminito de infancia» como un modo seguro y asequible a todos de alcanzar la santidad. 

San Juan Pablo II, con motivo del centenario del fallecimiento de Santa Teresita (1987) la proclamó doctora de la Iglesia. Ella tenía 24 años al morir. Nunca estudió teología. Sus escritos son relatos de sus vivencias personales. Y, sin embargo, el Papa quiso poner su modo de comprender el Evangelio como un punto de referencia para todos los cristianos de nuestra época. Vale la pena que nosotros conozcamos su vida y sus escritos. Y, sobre todo, que sigamos su ejemplo en el camino de amor a través de las cosas pequeñas y ordinarias de nuestra vida.   


viernes, 2 de abril de 2021

Saberse amados por Dios

Estamos metidos de lleno en el Triduo Pascual. Desde la tarde del Jueves Santo hasta la mañana del Domingo de Padua, Jesús vive —y nosotros con Él— el Misterio de nuestra Redención.

«Como hubiese amado a los suyos, los amó hasta el fin». Así comienza San Juan el capítulo 13 de su evangelio, seguido por el lavatorio de los pies, que leíamos ayer en la Misa in Cena Domini. ¿Qué nos quiere decir el evangelista a nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI?  Algo de suma importancia: que el Señor, lo que más desea es que conozcamos el Amor que Dios nos tiene y que nos dejemos querer por Él: por Dios Padre, que envía a su Hijo y hace posible que seamos hijos suyos, por el Espíritu Santo. 

Cuando Cristo se pone de rodillas para lavar los pies a sus discípulos, manifiesta de modo vivo cómo es el Amor de Dios: tan grande que está dispuesto a abajarse, a anonadarse, a hacerse servidor de cada uno de nosotros. No es fácil de entender. ¿Porqué Dios nos quiere tanto? ¿Qué tenemos que le le lleve a hacer la «locura» de querernos tanto? Es un gran Misterio. Pero es así. 

Pedro tampoco lo entiende  y, por eso, trata de hacerle ver al Señor que es un despropósito lo que está haciendo. Finalmente, se rinde ante un argumento contundente: «no tendrás parte conmigo», si no dejas que te lave los pies. 

Quizá lo más difícil del seguimiento de Cristo —aunque parezca lo más fácil—, es dejarse querer por Él. Jesús nos ama con el Amor del Padre, con ese Amor que es una Persona: el Espíritu Santo. Dios es Amor. ¡Qué difícil comprender este Misterio! Pero, ¡qué importante dedicar nuestra vida a tratar de comprenderlo!

Los grandes santos han vislumbrado el gran Amor que Dios nos tiene. Santa Teresa de Lisieux, por ejemplo, siendo muy joven, se veía como una niña pequeña a la que Dios ama con ternura. Pedía grandes cosas porque sabía que Dios era su Padre y no puede negar nada a sus hijos más pequeños. 

¡Dejarnos querer! Esa es la principal meta de nuestra vida. Aprender a dejarnos querer por Dios. Si tratamos de poner el acento en nuestros logros, en nuestros progresos, vamos por mal camino. Podemos tener muchos defectos y errores; podemos ser muy frágiles. Lo importante es tener la convicción de que eso es lo «natural». Como decía san Josemaría: lo natural es darnos cuenta de que damos abrojos y espinas. Eso es lo nuestro. Todas nuestras obras buenas se las debemos a Dios. Nosotros no valemos nada. 

«Saber que me quieres tanto y no me he vuelto loco», decía san Josemaría Escrivá. Es como para «volverse loco» de alegría. 

Por eso son tan importantes en la vida espiritual las acciones de gracias, la adoración, la alabanza a Dios. Son señal de que vamos comprendiendo un poco su Amor; de que vamos dándonos cuenta de cuánto nos ama. 

En la práctica, para ir logrando esa convicción y, de verdad, disponernos a dejarnos amar por Él, es imprescindible, ver a Cristo en los demás. Una muestra clara de haber comprendido un poco cuánto Dios nos ama es darnos cuenta de que así también ama a cada uno de nuestros hermanos. Si Dios ama tanto a este hermano mío, ¿como yo seré capaz de cerrarle mi corazón? ¿Cómo puedo despreciarlo o tenerle rencor? ¿Cómo no lo voy a tratar con inmenso cariño, sabiendo que Dios lo quiere tanto?

Esa es la piedra de toque del Amor, la caridad a nuestro prójimo. Quizá por eso el Señor le dijo a Pedro que no comprendía porque Él les lavaba los pies a sus discípulos, a sus amigos, pero también a Judas, que era un traidor.

Como siempre, lo mejor para aprender cualquier enseñanza de Jesús, es mirar cómo la vivía Nuestra Señora. Ella, más que ninguna otra criatura, sabe cuánto nos ama Dios y también cuánto ama a cada uno de sus hijos. Por eso, María nos ama tanto.     

viernes, 19 de marzo de 2021

La Alianza Nueva

En nuestro blog Reflexiones en el Año de San José se pueden meditar, con motivo de la Solemnidad que hoy celebramos, algunos párrafos de la Exhortación Apostólica de San Juan Pablo II Redemptoris Custos (15 de agosto de 1989).

En este post, comentaremos parte de la de Primera Lectura de la Liturgia de la Palabra del próximo domingo, 5º de Cuaresma (Jer 31, 31-34). Nuestro deseo es que, estas reflexiones, nos puedan ayudar a prepararnos mejor, durante la Semana de Pasión, para vivir con mas intensidad la Semana Santa.

El profeta Jeremías, más de 500 años antes de Cristo, hace una revelación sorprendente: 

«Se acerca el tiempo, dice el Señor, en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva».

Esta frase nos lleva a hacernos las siguientes preguntas: ¿Se ha realizado ya esa alianza? ¿En qué consiste su novedad? ¿A qué casas de Israel y de Judá se refiere?

¿Qué podemos responder a todo esto, según la doctrina católica? Lo primero es que esa Alianza Nueva la realizó ya Jesucristo con su Pasión, Muerte y Resurrección, adelantándola al instituir la Eucaristía el Jueves Santo. Es Nueva porque claramente se distingue de la Antigua Alianza con Israel, aunque no es ajena a ella, pues la lleva a su cumplimiento y plenitud. Por otra parte, Israel y Judá se amplían, con esta Nueva Alianza. Israel y Judá son la Iglesia fundada por Cristo sobre los cimientos de los Apóstoles. 

Pero el texto de Jeremías continúa:  

«Ésta será la alianza nueva que voy a hacer con la casa de Israel: Voy a poner mi ley en lo más profundo de su mente y voy a grabarla en sus corazones».

Ahora nos preguntamos: ¿De qué ley se trata? ¿Qué significa que queda grabada en lo profundo de la mente y corazón?

La Ley de la que se habla es la del Amor, el Nuevo y Único Mandamiento de Cristo. «Dios es Amor» y Cristo se ha encarnado para manifestar el Amor del Padre y para darnos su Espíritu, que es Espíritu de Amor. 

La Ley del Amor se graba en lo más profundo de nuestra mente y corazón, mediante la fe en Cristo Resucitado, que recibimos con un Don en el Bautismo; y la hacemos vida contribuyendo a alimentar la fe y el amor, a través de la meditación de la Palabra de Dios y la recepción de los Sacramentos.

El Espíritu Santo infunde en cada fiel bautizado el Amor de Dios que nos sana del pecado y nos prepara para el encuentro definitivo con Cristo, al final de la vida. 

El texto que estamos meditando, de Jeremías, continúa aclarando mas cosas sobre esa Ley grabada en lo profundo de la conciencia (mente) y de toda la persona (corazón). 

«Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya nadie tendrá que instruir a su prójimo ni a su hermano, diciéndole: ‘Conoce al Señor’, porque todos me van a conocer, desde el más pequeño hasta el mayor de todos, cuando yo les perdone sus culpas y olvide para siempre sus pecados».

Ante esta última frase de la Primera Lectura de la Misa, nos preguntamos: ¿Se ha realizado ya esta promesa de Dios? ¿No se trataría, más bien, de una promesa para un mundo futuro?

Efectivamente, la Iglesia es Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo (cfr. la eclesiología del Concilio Vaticano II). Pero es un pueblo que peregrina y aún no ha llegado a su Meta. La Promesa ya se está realizando, pero aún no en plenitud. La última meta, indudablemente, es el Cielo, la Jerusalén Celestial. 

Las palabras de Jeremías, por lo tanto, ¿se refieren al Cielo? Sí. Tienen un significado eclesiológico, pero también escatológico: en el Cielo todos conoceremos a Dios, que nos habrá perdonado todas nuestras culpas para siempre. 

Sin embargo, muchos estudiosos, especialmente en nuestro tiempo, afirman que esas palabras de Jeremías se refieren, también y, sobre todo, a la Nueva Jerusalén: a los Nuevos Cielos y la Nueva Tierra, que serían un Reino Eucarístico aquí en la tierra; la Era de Paz de la cual hablaba San Juan Pablo II.

¿Cuándo llegará ese Nuevo Paraíso aquí en la tierra? No lo sabemos con certeza, aunque hay profecías en la Sagrada Escritura y en mensajes de videntes de nuestra época (como Marga, de la cual hemos hablado mucho en este blog) que sostienen su gran proximidad: ya estaríamos en el Tiempo de Gracia que precede a la Gran Tribulación y a la Era de Paz (ver, por ejemplo, el sitio web «Count Down to the Kingdom».    

  Mientras llega el cumplimiento de esa Promesa, repitamos el Padre Nuestro con devoción: «Venga a nosotros tu Reino. Hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo».


  

viernes, 5 de marzo de 2021

"El celo de tu casa me devora"

Tomando en cuenta que el Tercer Domingo de Cuaresma está centrado en la necesidad de defender con valentía la Casa de Dios, es decir, sus Mandamientos, su Palabra, sus Sacramentos, sus Misterios…; podemos dedicar este artículo a discernir sobre cómo hay que entender la actitud del Señor al expulsar a los mercaderes del Templo, y las palabras de la Escritura que, a continuación, recordaron los discípulos al presenciar ese evento: «el celo de tu casa me devora» (cfr. Jn 2, 13-15).

Jesús expulsa a los mercaderes
del Templo (El Greco, 1600)

Vivimos en un mundo en que todo nos lleva a ser «políticamente correctos». Se va creando una mentalidad (una ideología) secularista y secularizarte, que proscribe de modo firme y consistente lo que no se ajusta a sus moldes. Las grandes compañías y los mass media censuran a quienes defienden las verdades más elementales de la ley natural y los derechos que todos tenemos de vivir de acuerdo con nuestra fe religiosa.

En teoría se quiere la libertad y la igualdad para todos los hombres. Pero, en la práctica, se han ido formando una serie de tabúes que coartan la libertad de las personas.

Por otra parte, los cristianos queremos vivir el primer mandamiento del Señor (cfr. Primera Lectura de la Misa: Ex 20, 1-17): Amar a Dios con todo nuestro corazón, y al prójimo como a nosotros mismos. El amor al prójimo incluye el deseo de vivir una fraternidad universal: querer a todos, no discriminar a nadie, respetar la libertad de las conciencias de todos los hombres, convivir pacíficamente con nuestros hermanos, etc. 

Para muchos, el comportamiento de Jesús en el Templo, derribando las mesas de los mercaderes e increpándolos duramente por haber convertido la Casa de su Padre en una cueva de ladrones, puede ser difícil de comprender. La tolerancia que se predica en nuestra época, parece estar en contra de actitudes violentas. Por otra parte, vemos que muchos defienden la protesta violenta, cuando se trata de hacer frente a lo que consideran intocable (p. ej. el aplauso que merecieron las actitudes vandálicas del movimiento Black Lives Matters, en Estados Unidos, contra el supuesto racismo).

San Josemaría Escrivá distinguía entre «libertad de conciencia» y «libertad de las conciencias», por una parte. Y, además, animaba siempre a seguir el ejemplo del Señor, que luego vivieron los primeros cristianos ejemplarmente: nunca hacer el mal para conseguir un bien; nunca utilizar la violencia para convencer a otro de su error. 

Jesús, en el Templo, actúa firmemente. Pero no podemos imaginarlo con una actitud destemplada y violenta. Es verdad que derriba las mesas de los cambistas y habla duramente a los fariseos. Pero todos estos comportamientos van acompañados del respeto y el cariño por cada persona, porque todos somos hijos de Dios. Los mismos mercaderes lo notarían. Es el modo de actuar de un padre bueno que corrige al hijo díscolo y rebelde: siempre desea su bien; nunca lo trata mal: con violencia mala y con odio. 

A nosotros, lo que Dios nos pide es imitar el celo del Señor: «Veritatem facientes in caritate» (Ef 4, 15); vivir la verdad con la caridad. No podemos admitir la libertad de conciencia, que es lo mismo que defender el relativismo. En cambio, amamos la libertad de las conciencias; es decir, defendemos el respeto que merecen todos los hombres de actuar según su conciencia, aunque esté equivocada. Lógicamente, esto no significa que nos quedemos cruzados de brazos cuando vemos que se atropella la libertad de las personas y el bien común. Cuando vemos a alguien equivocado, hacemos todo lo posible, de modo pacífico, para ayudarle a salir del error. 

Todo esto no se puede comprender, cabalmente, sin el Misterio de la Cruz (cfr. Segunda Lectura de la Misa del domingo). La Cruz es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Amando la Cruz de Cristo, el Señor nos concede la capacidad de comprender el misterio de Dios y del hombre. Identificarnos con Cristo en la Cruz nos llevará a que, en cada momento, sepamos discernir cómo debemos comportarnos: siempre con amor, dulzura y comprensión; y, al mismo tiempo, con firmeza en la verdad, valentía para defenderla, y con un celo que nos lleve a saber ceder en todo lo que sea personal, pero a no ceder en lo que es de Dios. 

La Sabiduría de la Cruz, que podemos pedir al Señor en esta Cuaresma, nos hará verdaderamente sabios y prudentes para saber cómo actuar en el mundo que nos ha tocado vivir.    

 

viernes, 5 de febrero de 2021

El amor de Cristo nos urge

Jesús vino a Evangelizar: a traernos la Buena Nueva del amor de Dios. Evangelizar no sólo es hablar, sino también manifestar, en todas nuestras palabras y obras, el amor de Dios. Jesús consuela y cura los corazones con el bálsamo de su amor.

La misión profética de Cristo consiste en enseñar quién es Dios Uno y Trino: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Él es el Camino. Vamos al Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo. Y Dios es Amor.

«Ay de mí si no anuncio el Evangelio», dice San Pablo en la Segunda Lectura de la Misa de este domingo (5º del tiempo ordinario; cfr. 1 Co 9, 16-19.22-23). Se sentía impelido a proclamar el Evangelio, con toda su vida: oración, ejemplo y obras.

Considerando las lecturas de la Misa de este próximo domingo, que también es el 2º domingo de San José, ¿también nosotros sentimos la urgencia de anunciar el Evangelio de Cristo?

Quizá esta es la primera reflexión que conviene hacer. «Caritas Christi urge nos». «El amor de Cristo nos urge» (2 Cor 5, 14). Lo que movía a San Pablo es el amor de Cristo, que había encontrado camino de Damasco y por el que estaba dispuesto a considerar todo como basura (cfr. Fil 3, 8).

La urgencia actual tiene, también, un sentido escatológico. En los escritos de San Pablo siempre vemos esa urgencia, porque «el Señor está cerca» (cfr. 2 Cor 13, 11s). No podemos retrasar el anuncio de Cristo si tenemos en cuenta que nos queda poco tiempo: «Tempus breve est» (1 Cor 7, 29).

«Entiendo muy bien aquella exclamación que San Pablo escribe a los de Corinto: tempus breve est!, ¡qué breve es la duración de nuestro paso por la tierra! Estas palabras, para un cristiano coherente, suenan en lo más íntimo de su corazón como un reproche ante la falta de generosidad, y como una invitación constante para ser leal. Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar. No es justo, por tanto, que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno» (Amigos de Dios, 39-40).

A cada uno Dios nos pide un modo diverso de evangelizar. Hay pocos que tienen vocación de predicadores ambulantes, que van por los caminos hablando del Evangelio a quien se les ponga enfrente. La mayoría de nosotros tiene un camino diferente para anunciar a Cristo. Ese camino comienza por la oración, sigue con el ejemplo y continúa con las obras diarias de entrega en nuestra familia, en nuestro trabajo. Y, unido a todo lo anterior, también incluye el hablar del Señor, aprovechando las relaciones de amistad que todos tenemos en el lugar en el que estamos.     

El Señor, antes de anunciar el Reino, hace oración (cfr. Evangelio de la Misa: Mc 1, 29-39). Así nos da ejemplo para que nosotros también pongamos siempre por delante nuestra unión con Él. Sólo así darán fruto nuestras palabras y obras.

Para evangelizar lo primero es llenarse del Amor de Dios. Lo hacemos fundamentalmente en la oración: en el empeño constante de mantener un diálogo ininterrumpido con las Tres Personas. Es una conversación en la intimidad. Surge del corazón, de lo más profundo de nuestro ser. Ahí encontramos a Dios que nos escucha y nos habla. Sus palabras no son ruidosas. Nos habla en el silencio. Recibimos inspiraciones, afectos, impulsos de ser mejores. Pero para eso es necesario el recogimiento. El Señor iba a lugares apartados para orar.

Luego, sigue el ejemplo, la coherencia cristiana: ser otro Cristo, el mismo Cristo. Luchas para serlo aunque tengamos miserias. Lo importante es levantarse una y otra vez, por el arrepentimiento de nuestros pecados, acudiendo al Sacramento de la Penitencia. 

Y, por último, vienen las obras, que son consecuencia de lo anterior. Obras de fe, como dice San Pablo. 

El ejemplo de San José —silencioso pero siempre pronto para hacer lo que el Señor le pide—, nos ayudará a tener esa urgencia que es necesaria para anunciar a Cristo, especialmente en el momento en que vivimos.    

  

viernes, 22 de enero de 2021

"Está cerca el Reino de Dios"

«Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (cfr. Mc 1, 14-20). Así comienza el Evangelio del Tercer Domingo del Tiempo ordinario, Domingo de la Palabra (ver nota reciente de la Sagrada Congregación para el Culto Divino), y Domingo en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.

Bartolomé Esteban Murillo (1618-1682),
"Ecce Homo"

Con esas palabras comienza Jesús su predicación, que es precisamente sobre la proximidad del Reino de Dios, o Reino de los Cielos. Pero, ¿qué quería el Señor decirnos con esta expresión? A lo largo de la historia de la Iglesia se han dado numerosas interpretaciones, especialmente en el último siglo. Los teólogos se han detenido en ella, porque es muy importante conocer el alcance de su significado.

Por ejemplo, desde muy joven, Joseph Ratzinger mostró un gran interés por la escatología. Como profesor de teología dogmática impartió ese curso en varias ocasiones y escribió un libro, “Escatología: la muerte y la vida eterna”. En el tomo X de sus obras completas, trata sobre la Resurrección y la Vida Eterna. Todo el pensamiento escatológico de Benedicto XVI está dentro de la teología tradicional. Por lo tanto, no se aventura a hablar de un periodo de la historia intermedio entre la Segunda Venida de Cristo (Fin de los Tiempos) y el Fin del mundo. Sin embargo, Conchita González, en una ocasión aclaró a su madre que sí parece que llegará esa etapa de un "milenio" bien entendido, según unas palabras de la Virgen: “no ha dicho fin del mundo, sino fin de los tiempos”. Entre el fin de los tiempos y el fin del mundo podría haber una nueva manifestación del Reino de Dios en la tierra.

En esta semana en que estamos rezando por la unidad en la Iglesia y considerando la importancia de la Palabra de Dios, es importante mantener la unidad sobre los conceptos centrales de la escatología cristiana -sabiendo que hay aspectos que forman parte de la revelación, que están en la Sagrada Escritura y en la Tradición, y han sido explicados por el Magisterio de modo constante a través de los siglos-, y hay también interpretaciones o añadidos por revelaciones privadas, que hay que tomar con precaución, y que no forman parte de la revelación pública y de lo que está en el depósito de la fe. 

La expresión “Reino de Dios” tiene que ver con todo esto, porque precisamente, a partir de ella se puede conocer qué es lo central y cómo hay que entender la Nueva Realidad inaugurada por Cristo. En el Nuevo Testamento y en los escritos paulinos y jónicos se trata numerosas veces sobre este tema. El Reino de Dios es el asunto central de la predicación y de la actividad del Señor. Jesús no sólo anuncia la llegada del Reino, sino que lo trae en su persona, sus obras y sus palabras (cfr. A. García-Moreno, voz Reino de Dios, en Diccionario de Teología, Eunsa, pp. 842-848). Es un mensaje de Jesús y sobre Jesús. 

“Es temporal, porque se materializa en una comunidad que lo acepta, lo vive y lo realiza en el mundo de los hombres.; es escatológico porque debe planificarse en el futuro; y es cristológico porque tiene que ver esencialmente con Jesús y sus discípulos” (Ibidem).

La venida del misterioso Reino de Dios se extiende desde los profetas del Antiguo Testamento hasta el final de los tiempos. Solamente en el futuro alcanzará su plenitud. Sin embargo, ya está presente en las palabras y acciones de Jesús. También en sus discípulos. 

El tiempo se ha cumplido [engiken]”. Esta palabra griega está en un tiempo pasado con implicaciones presentes y que, sin embargo, alude al futuro. Misteriosamente, se unen pasado, presente y futuro escatológico. 

“Esta tensión en torno al tiempo corresponde a la presencia del Reino como algo misteriosamente escondido, incomprensible a "los de fuera", pero revelado a "los de dentro". «A vosotros se os ha dado a conocer el misterio del Reino» (Mc 4, 11). Debe afirmarse, sin embargo, que la frontera entre "los de fuera" y "los de dentro" permanece fluida e in cierta hasta el fin de los tiempos” (Ibidem).

El Reino de Dios está en el mundo desde que Jesús comienza su actividad pública. Pero no es un reino temporal: «Mi reino no es de ese mundo» (Jn 18, 36). Existe ya en la tierra como realidad espiritual incoada, que es semilla y primicia de la plenitud futura.
El Reino, iniciado por la predicación y acciones de Jesús, toma forma en el mundo a través de las obras de sus discípulos. El Reino contiene una dimensión eterna. Sobre todo, es interior: está en los corazones. «El Reino de Dios no llega con signos visibles, ni dirán helo aquí o allí; porque el Reino está dentro de vosotros» (Lc 17, 20). 

El "venga a nos tu Reino", del Padrenuestro, no es una petición puramente escatológica que contemple sólo un tiempo futuro. El creyente pide también que Dios se abra paso y reine en los corazones de los hombres.

“Conviene advertir que todas las interpretaciones existentes del Reino, desde los mismos evangelistas hasta nuestros días, nunca conseguirán reflejar plenamente el alcance y las implicaciones de la predicación y la mente de Jesús acerca de ese misterio” (cfr. Ibidem).

Ya desde ahora podemos contribuir con la implantación del Reino, seguros de que, al final, nos quedaremos asombrados de los planes de Dios.