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viernes, 19 de febrero de 2021

¿Qué impulsa a Cristo al desierto?

Hemos entrado de lleno en la Cuaresma, tiempo de penitencia; tiempo de conversión. Es un tiempo de preparación para aceptar plenamente la Voluntad de Dios sobre nosotros. 

Desde el principio queremos acompañar a Jesús en su camino a Jerusalén. La Iglesia, en el Primer Domingo de Cuaresma, nos sitúa al comienzo de la Vida Pública cuando el Señor, después de haber sido bautizado por Juan en el Jordán, es impulsado —literalmente— por el Espíritu al desierto (cfr. Mc 1, 12-15). Con esta expresión, los evangelistas quieren decirnos que Jesús está atento a las más mínimas inspiraciones del Paráclito, para cumplir sin dilaciones la Voluntad de su Padre. Es la Fuerza de Dios la que actúa y encuentra la docilidad total del Hijo.

Podríamos meditar sobre las tentaciones del Señor, que es el tema central del Primer Domingo de Cuaresma, pero vamos a profundizar hoy sobre ese «dejarse llevar» de Jesús por la Voluntad de su Padre. 

De octubre a diciembre de 2019 escribimos doce posts sobre «Vivir en la Voluntad de Dios». Se puede ver, por ejemplo, el quinto, en el que comenzamos a estudiar este tema en el mensaje de Luisa Piccarreta.  

Romano Guardini (1885-1968) escribió un librito, titulado «Jesucristo» en el que dedica un capítulo a este tema: «La voluntad del Padre». 

«Una visita profunda al interior de Cristo se nos abre, si partimos de lo que en su vida significa la voluntad del Padre» (R. Guardini, Jesucristo, ed. Cristiandad, Madrid 1965, p. 71).

Desde niño, cuando sus padres lo buscan en el Templo y le preguntan la razón de su conducta, Él contesta: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es preciso que yo esté en lo de mi Padre?» (Lc 2, 49).

Más adelante, como hemos visto, el Espíritu lo empuja al desierto. Y comenta Guaridini: 

«Viene sobre Él violencia, luz, ímpetu, entusiasmo. También esta violencia es voluntad del Padre; pero es violencia del Pneuma, del Espíritu, amor del Padre. Creemos encontrar otra vez lo inaudito, que impresionaba a un Elías, a un Eliseo, Habacuc, Daniel, y hacía de las figuras humanas instrumentos de Dios» (Ibidem, p. 72).

«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió» (Jn 4, 34). Los hombres somos seres hambrientos de una plenitud que nos sacie eternamente. El hambre de Jesús es cumplir la voluntad del Padre que íntimamente lo acucia. 

La voluntad del Padre «es como un torrente de vida que viene del Padre a Cristo. Una corriente de sangre, de la que Él vive (…). El que está dispuesto a hacer la voluntad del Padre entra en esa corriente, y la voluntad del Padre es en él como un latido del corazón del mismo Padre, y se halla en una unidad de vida con Cristo más real, más profunda, más fuerte que la que tuvo Él con su madre» (ibídem, p. 73).

Su madre y sus hermanos son los que hacen la voluntad de su Padre (cfr. Mc 3, 31 ss). 

Para Jesucristo la voluntad de su Padre es preciosa. Es lo sumo. No se cansa de pedir a sus discípulos que estén solícitos por ella. Lo recomienda en el padrenuestro, que ha de expresarse en toda nuestra vida. 

La voluntad del Padre, en Cristo, no es violencia. Habla a Jesús y es por Él libremente aceptada. «Yo hago siempre su agrado» (Jn 8, 29), dice Jesús. Guardini comenta: 

«Esto nos permite echar una mirada profunda al interior de Jesús. La voluntad del Padre es el núcleo de que Él vive. La voluntad del Padre es lo que lo impulsa, lo sostiene y guía, la fuente de donde brota, como por necesidad, cada una de sus acciones. Es la gran fuerza pneumática que lo llena y guía. La voluntad del Padre es, en Jesús, el mandato vivo que hace de Él un enviado; y todo lo que hace recibe de ahí sentido y unidad. La voluntad de Dios es la comida que sacia el hambre de su ser. Es la corriente de vida que le hace latir y en la que es recibido todo el que se conforma a esta misma voluntad de Dios. Esta voluntad es lo más precioso, objeto de la más profunda y delicada solicitud. Pero todo esto sin conjuro, sin violencia, sin dominio inerte, sino llamada de persona a persona, libremente aceptada y realizada» (ibídem, pp. 74-75).

Toda la vida de Cristo es vivir la voluntad del Padre. Pero, justamente, por no hacer su voluntad sino la del Padre, cumple lo más profundamente propio. Y Guardini añade: 

«Esto tiene un nombre: se llama amor (…). Algo que nos habla desde fuera sólo puede recibirse en el interior propio, en el corazón, en el espíritu, cuando es el amor» (ibídem, p. 75).

Es el diálogo eterno, íntimo, entre el Padre y el Hijo. Es la oración de Cristo. Por eso la oración es la principal obra de penitencia y en esta Cuaresma haremos bien en poner nuestro mayor empeño en ser «almas de oración», «almas contemplativas». 

   

viernes, 8 de enero de 2021

El valor de las revelaciones privadas

Como recordábamos en la última entrada, el mensaje de Garabandal tiene un contenido escatológico, que va unido al resto de lo que Nuestra Señora quería comunicar a las niñas.

Seguramente muchos de nosotros hemos conocido bien los detalles de las apariciones que tuvieron lugar en Garabandal hace casi 60 años, y estamos convencidos de que son verdaderas, de la verdad de su contenido, y también de su verdad profética y escatológica (el Aviso, el Milagro, el Castigo).

Las cuatro niñas de Garabandal

Además, nos damos cuenta del gran bien que ese mensaje ha hecho a muchísimas personas y de cómo nos impulsa a buscar la santidad con más decisión. Sin embargo, notamos, en muchos de nuestros conocidos, una resistencia a “creer” en ellas, o de al menos interesarse por conocerlas.

Por otra parte, en los últimos años, gracias a la facilidad para conocer lo que pasa en todo el mundo, hemos sabido de la existencia de muchas revelaciones privadas, del Señor o de la Virgen. Si quisiéramos hacer una lista de ellas, seríamos incapaces de abarcarlas todas.

Es frecuente que nos encontremos amigos que nos hagan las siguientes preguntas: ¿un buen cristiano, debe interesarse por las apariciones y revelaciones privadas pasadas y actuales?; ¿se puede tener una fe madura sin tener en cuenta esas revelaciones?; ¿hasta qué punto es obligatorio aceptar que el Señor desea que nos interesemos por ellas y que escuchemos lo que nos quiere decir a través de ellas?

Me parece que, para responder a estas preguntas, además tener en cuenta las Normas sobre el modo de proceder en el discernimiento de presuntas apariciones y revelaciones (1978), y el Prefacio a las mismas de la Congregación para la Doctrina de la fe (2011), de  es necesario recordar lo que escribió Benedicto XVI en 2010) [las negritas son nuestras]:

«De este modo, la Iglesia expresa su conciencia de que Jesucristo es la Palabra definitiva de Dios; él es “el primero y el último” (Ap 1,17). Él ha dado su sentido definitivo a la creación y a la historia; por eso, estamos llamados a vivir el tiempo, a habitar la creación de Dios dentro de este ritmo escatológico de la Palabra; “la economía cristiana, por ser la alianza nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Jesucristo nuestro Señor (cf. 1 Tm 6,14; Tt 2,13)” (Dei Verbum, n. 4). En efecto, como han recordado los Padres durante el Sínodo, la “especificidad del cristianismo se manifiesta en el acontecimiento Jesucristo, culmen de la Revelación, cumplimiento de las promesas de Dios y mediador del encuentro entre el hombre y Dios. Él, 'que nos ha revelado a Dios' (cf. Jn 1,18), es la Palabra única y definitiva entregada a la humanidad”. (Propositio 4). San Juan de la Cruz ha expresado admirablemente esta verdad: “Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra... Porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado a Él todo, dándonos el todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra cosa o novedad” (Subida al Monte Carmelo, II, 22)» (Exhortación Apostólica Postsinodal Verbum Domini, n. 14).   

Teniendo presente todo esto, el Santo Padre Benedicto XVI destaca:

«El Sínodo ha recomendado “ayudar a los fieles a distinguir bien la Palabra de Dios de las revelaciones privadas” (Propositio 47), cuya función “no es la de... 'completar'  la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia” (Catecismo de la Iglesia Católica, 67). El valor de las revelaciones privadas es esencialmente diferente al de la única revelación pública: ésta exige nuestra fe; en ella, en efecto, a través de palabras humanas y de la mediación de la comunidad viva de la Iglesia, Dios mismo nos habla. El criterio de verdad de una revelación privada es su orientación con respecto a Cristo. Cuando nos aleja de Él, entonces no procede ciertamente del Espíritu Santo, que nos guía hacia el Evangelio y no hacia fuera. La revelación privada es una ayuda para esta fe, y se manifiesta como creíble precisamente cuando remite a la única revelación pública. Por eso, la aprobación eclesiástica de una revelación privada indica esencialmente que su mensaje no contiene nada contrario a la fe y a las buenas costumbres; es lícito hacerlo público, y los fieles pueden dar su asentimiento de forma prudente. Una revelación privada puede introducir nuevos acentos, dar lugar a nuevas formas de piedad o profundizar las antiguas. Puede tener un cierto carácter profético (cf. 1 Ts 5,19-21) y prestar una ayuda válida para comprender y vivir mejor el Evangelio en el presente; de ahí que no se pueda descartar. Es una ayuda que se ofrece pero que no es obligatorio usarla. En cualquier caso, ha de ser un alimento de la fe, esperanza y caridad, que son para todos la vía permanente de la salvación. (Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, El mensaje de Fátima, 26 de junio de 2000: Ench. Vat. 19, n 974-1021)» (Ibidem).

Me parece que cabe destacar la siguiente frase: “Es una ayuda que se ofrece pero que no es obligatorio usarla. Y también la palabra “puede”, utilizada varias veces al final de la cita, para indicar que es opcional aprovechar la ayuda que prestan las apariciones privadas a nuestra fe, para hacerla más madura (de ahí que, de entrada, no se puedan descartar: es decir, tener un prejuicio sistemático hacia ellas).

Por lo tanto pienso que hay que distinguir entre 1) el contenido escatológico de la Revelación (Dios Cosumador), que todos debemos de conocer y aplicar a nuestra vida cristiana, y 2) las formas opcionales de entender  y vivir ese contenido escatológico, como son las que conocemos a través de las revelaciones privadas o de las diversas interpretaciones que se pueden dar al contenido de la revelación sobre el Fin de los Tiempos.

lunes, 12 de octubre de 2020

La libertad, la Cruz y María

Hay tres temas sobres los cuales podemos reflexionar hoy: la libertad, la Cruz y María.

Nuestra Señora del Pilar, patrona de la hispanidad

La primera lectura de la Misa, tomada de la Carta de San Pablo a los Gálatas, nos invita a agradecer la libertad con la que Cristo nos ha liberado (cfr. Gal 5, 1). No somos hijos de la esclava, sino de la libre. El don de la libertad caracteriza a la creatura espiritual: los ángeles y los hombres. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, que ha querido ―como decía san Josemaría Escrivá― “correr el riesgo de nuestra libertad”. No hay nada que nos pueda quitar la verdadera libertad. Sólo el pecado esclaviza, pero podemos arrepentirnos y volver a ser libres. La libertad nos ha sido dada para amar. Ese es su fin: el amor. Amar a Dios y a nuestros hermanos. Eso es lo que nos hace verdaderamente crecer en la libertad y dignidad de los hijos de Dios. Todos los días podemos utilizar bien o mal nuestra libertad. Cuanto más estamos orientados hacia Dios, somos más libres. La fe y el amor nos hacen más libres. En el mundo en que vivimos hay muchas personas que están como encadenadas, por su desconocimiento del amor de Dios.

El evangelio que leemos hoy nos da pie para abordar el segundo tema: la Cruz. El profeta Jonás llega a Nínive marcado por el signo de la muerte en su cuerpo. Ha sido arrojado de la nave que lo llevaba a Tarsis (España) y ha tenido que permanecer tres días en el vientre de aquel gran pez (una ballena). Jesucristo aprovecha esta historia, bien conocida por sus oyentes, para hablarles del “signo” que piden los judíos: “no se les dará otro signo que el de Jonás” (cfr. Lc 11, 29-32). Es la señal de la muerte de Cristo y de su resurrección. El mismo Jesús es la Señal que se les da a aquella generación. Los habitantes de Nínive se convirtieron, pero no muchos de los que escuchaban la palabra del Hijo de Dios. La Cruz es siempre una señal que produce escándalo. Muchos se alejan de la fe en Cristo porque se encuentran con la Cruz. Nosotros hemos de abrazarnos a ella y llevarla en nuestro cuerpo, aceptando las contrariedades diarias y todo lo que dispone la Providencia en nuestra vida para nuestra purificación y crecimiento espiritual.

Por último, no podemos dejar a un lado una breve consideración sobre la fiesta que hoy se celebra, especialmente en España, pero también en todos los países de América: Nuestra Señora del Pilar. Según la tradición, María se apareció a Santiago apóstol, a las orillas del Río Ebro, hacia el año 40, cuando Ella vivía aún. Se le apareció, se dice, “en carne mortal”. María nunca nos deja solos. 

sábado, 10 de octubre de 2020

"Compelle intrare" (Lc 14, 23)

En el evangelio del Domingo XXVIII del tiempo ordinario, el rey que prepara un banquete de bodas para su hijo, manda a sus criados a convidar al banquete a todos los que encuentren en los cruces de los caminos (cfr. Mt 22, 1-14), incluso “empujándolos” (“compelle intrare”), como dice San Lucas en el pasaje paralelo (Lc 14, 23). Es el deseo que tiene el Señor de que todos los hombres acojan el festín que su Padre ha preparado (cfr. Is 25, 6-10, en la primera lectura). Sin quitarnos la libertad, busca por todos los medios posibles que aceptemos su invitación. San Josemaría Escrivá, en su homilía “La libertad, don de Dios” (cfr. Amigos de Dios, 37) comenta esta parábola. Transcribo íntegra la cita. 

«En la parábola de los invitados a la cena, el padre de familia, después de enterarse de que algunos de los que debían acudir a la fiesta se han excusado con razonadas sinrazones, ordena al criado: sal a los caminos y cercados e impele —compelle intrare— a los que halles a que vengan. ¿No es esto coacción? ¿No es usar violencia contra la legítima libertad de cada conciencia?

Si meditamos el Evangelio y ponderamos las enseñanzas de Jesús, no confundiremos esas órdenes con la coacción. Ved de qué modo Cristo insinúa siempre: si quieres ser perfecto..., si alguno quiere venir en pos de mí... Ese compelle intrare no entraña violencia física ni moral: refleja el ímpetu del ejemplo cristiano, que muestra en su proceder la fuerza de Dios: mirad cómo atrae el Padre: deleita enseñando, no imponiendo la necesidad. Así atrae hacia Él.

Cuando se respira ese ambiente de libertad, se entiende claramente que el obrar mal no es una liberación, sino una esclavitud. El que peca contra Dios conserva el libre albedrío en cuanto a la libertad de coacción, pero lo ha perdido en cuanto a la libertad de culpa. Manifestará quizá que se ha comportado conforme a sus preferencias, pero no logrará pronunciar la voz de la verdadera libertad: porque se ha hecho esclavo de aquello por lo que se ha decidido, y se ha decidido por lo peor, por la ausencia de Dios, y allí no hay libertad».

En una carta de 1942, San Josemaría explica más detalles del “compelle intrare”: «No es como un empujón material, sino la abundancia de luz, de doctrina; el estímulo espiritual de vuestra oración y de vuestro trabajo, que es testimonio auténtico de la doctrina; el cúmulo de sacrificios, que sabéis ofrecer la sonrisa, que os viene a la boca, porque sois hijos de Dios (...). Añadid, a todo esto, vuestro garbo y vuestra simpatía human, y tendremos el contenido del compelle intrare» (Carta 24-X-1942, n. 9). 

lunes, 17 de agosto de 2020

Cristo y el joven rico

«En aquel tiempo, se acercó a Jesús un Joven y le preguntó: “Maestro, ¿qué cosas buenas tengo que hacer para conseguir la vida eterna?”» (cfr. Mt 19, 16-22). Sabemos que Jesús recibió con gran simpatía la pregunta de este joven: «fijó en él su mirada y lo amó» (cfr. Mc 10, 21). Aquel muchacho había oído hablar del Señor y lo busca para preguntarle lo que todo hombre lleva en su corazón: la pregunta sobre la vida eterna. «El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 27).

El joven rico – Primeros Cristianos
Cristo y el joven rico, de Heinrich Hofmann (1889)

Jesús le responde lo esencial: «Si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos» (v.17). El joven los había guardado desde la infancia, y le hace una nueva pregunta al Señor: «¿Qué más me falta?» (v.20). El Señor le responde: «“Si quieres ser perfecto, ve a vender todo lo que tienes, dales el dinero a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme» (v.21). Pero, «al oír estas palabras, el joven se fue entristecido, porque era muy rico» (v.22).

¿Qué es lo que quería decir Jesús a este joven? ¿Por qué el muchacho se marchó triste? El Señor, una vez que le ha hablado de los mandamientos, quiere elevar la mirada del joven, para que no se quede en un mero cumplimiento (“cumplo” y “miento”) de las normas de la ley. Evidentemente, en ellos se expresa la Ley eterna de Dios. Pero se pueden cumplir como letra muerta, o pueden amarse como un camino de identificación con Jesucristo, con su estilo de vida. Esto es lo que desea comunicar Jesús al muchacho. No basta quedarse con lo “mínimo”. Hay que aspirar a más. Hay que desprenderse de todo: de uno mismo, y seguir al Señor; escuchar su voz y estar dispuesto a cumplir su voluntad en la vocación que Dios da a cada uno. La Ley de Cristo es una Ley de Amor y Libertad.  

«Quien “vive según la carne” siente la ley de Dios como un peso, más aún, como una negación (…) de la propia libertad. En cambio, quien está movido por el amor y “vive según el Espíritu” (Gal 5, 16), y desea servir a los demás, encuentra en la ley de Dios el camino fundamental y necesario para practicar el amor libremente elegido y vivido (…). Esta vocación al amor perfecto no está reservada de modo exclusivo a una élite de personas (…), es la nueva forma concreta del mandamiento del amor a Dios» (San Juan Pablo II, Veritatis splendor, 18). 

lunes, 20 de julio de 2020

El signo de Jonás

Con ocasión del evangelio de la Misa de hoy, lunes de la XVI semana del tiempo ordinario (Mt 12, 38-42), trascribo unas reflexiones del Card. Ratzinger en El Camino Pascual, ed. BAC, Madrid 1990, pp. 37-42.

Origen de la iconografía cristiana - Arte en Taringa!
Jonás y la ballena. Catacumbas de los santos Pedro y Marcelino, Roma. Pintura  paleocristiana. 

Esta generación pide un signo». "¡Cuántas veces pedimos un signo y nos cerramos a la conversión!" (p. 39).

"Es preciso que el hombre supere el espacio de las cosas físicas, de lo tangible, para ser redimido, para situarse en la verdad íntima de la idea creadora de Dios; únicamente superando ese espacio y abandonándolo puede alcanzar la certeza propia de las realidades más profundas y eficaces: las realidades del espíritu. Llamamos fe a ese camino que consiste en un superar y en un abandonar" (p. 37). "El amor exige, por su misma esencia, un acto de fe" (p. 37).

Jesús proporciona, sin embargo, un signo, pero no el que piden ellos. El Hijo del hombre es signo para esta generación (cfr. Lc 11, 30 y Mt 12, 40). "Jesús mismo, la persona de Jesús, en su palabra y en su entera personalidad, es signo para todas las generaciones. Esta respuesta de San Lucas me parece muy profunda; no deberíamos cansarnos de meditarla... Ver a Jesús; esta es la respuesta... Ver a Jesús, aprender a verlo..., y llegar así a responder de la misma forma que las gentes de Nínive: con la penitencia, con la conversión. El rosario y el viacrucis constituyen desde hace siglos la gran escuela donde aprendemos a ver a Jesús" (p. 39 y 40). Los ninivitas creyeron a Jonás porque reconocieron que eran pecadores y que los pecados podrían llevar a la destrucción de su ciudad, y porque —según la tradición rabínica— eran visibles en Jonás las huellas de la experiencia de la muerte, y estas huellas daban autoridad a sus palabras (cfr. p. 40).

San Mateo subraya el misterio pascual ("estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra"), la resurrección de Cristo después de una muerte voluntaria por la salvación de los otros en la Cruz, que es el signo verdadero del justo perfecto. Jesús volverá con este signo al final de los tiempos para juzgar nuestra vida. "Pongamos desde ahora mismo nuestra vida bajo este signo, día tras día" (p. 42). A Jonás le irritó la gracia y la bondad de Dios. Si nos pasa a nosotros lo mismo, demostramos que nuestra fe no brota del amor de Dios, sino que manifiesta más bien un amor propio, que busca tan sólo la seguridad personal (p. 42).

sábado, 27 de julio de 2019

Padre Nuestro


Dios es Padre Nuestro. Mañana, en las lecturas de la Misa, volveremos a recordar esta verdad fundamental de nuestra vida cristiana. Pero, ¿qué significa esta verdad para nuestra vida diaria?  

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Miguel Ángel Buonarroti (1495-1564). La creación del hombre. Capilla Sixtina.


Hace poco escuché la reflexión de un sacerdote, que explicaba la vida cristiana resumida en tres puntos principales. Me pareció muy sugerente y ahora, que comentamos los textos litúrgicos del Domingo 17° del Tiempo Ordinario (Ciclo C), pienso que puede ayudar a nuestros lectores.

El primer punto es recordar lo que constituye el fundamente de nuestra vida: que Dios es Creador, y ha creado el mundo de la nada; y que toda la creación del universo tiene un punto culminante: las creaturas espirituales (los ángeles y los hombres, que además tenemos un cuerpo material). Y, sobre todo, la Encarnación de Jesucristo, Hijo de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre. A partir de ahora nos centramos en la creación del hombre.

La creación del hombre, como ser espiritual, represente algo verdaderamente nuevo. ¿Por qué? Porque el hombre es libre y sus actos libres están, cada uno de ellos, llenos de novedad. Todo lo demás de la creación sigue las leyes de la concatenación de los procesos de la materia, que no son libres.

Esta realidad la expresamos diciendo que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Es decir, como creatura espiritual y libre. Al mismo tiempo, sabemos por la doctrina revelada que Dios elevó al hombre al orden sobrenatural, desde el principio, y quiso que fuese hijo suyo, que participara íntimamente de su naturaleza divina.

Esta realidad es la base de todo lo demás en la vida cristiana. Es el fundamente al que siempre hay que volver: somos hijos de Dios, creaturas amadas por Dios, elegidas desde toda la eternidad para recibir sobreabundantemente el Amor de Dios. Él tiene la iniciativa. Está deseando que nos abramos a su Amor y nos ofrece todas las oportunidades imaginables para que lo hagamos en cada instante de nuestra vida.

Vale la pena tener presente siempre esta primera gran verdad que marca toda nuestra vida: es nuestra verdad más profunda, fuente de confianza

Recientemente celebrábamos la fiesta de Santiago apóstol, a quien se le apareció la Virgen, en carne mortal, en Zaragoza, el 2 de enero de 1940, como asegura la inmemorable tradición. En la colecta de la Misa de la Virgen del Pilar pedimos a Dios, por intercesión de Nuestra Señora, que nos “fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor”. Las tres virtudes teologales surgen de la confianza que tenemos al saber que somos hijos de Dios.

El segundo punto de nuestra reflexión, o segunda característica esencial de la vida cristiana es la necesidad de la lucha: “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti” (San Agustín).

La fe cristiana está en el centro de dos errores que muchos han seguido en la historia: el pelagianismo y el protestantismo. La primera herejía busca poner la confianza en las fuerzas humanas, como si no fuera necesaria la ayuda de la gracia. La segunda herejía cae en el error opuesto: creer que no hace falta el esfuerzo humano para salvarse y que Dios es quien lo hace todo.

Nuestra fe nos alienta a no caer en esos extremos. Para alcanzar la salvación es absolutamente necesaria la gracia de Dios (que, en cierta manera, lo hace todo). Pero también es necesaria la aceptación libre del hombre, que se manifiesta en lo que llamamos “lucha”. Es decir, en la necesidad de poner los medios para abrirnos a la gracia y dejar que Dios haga su obra en nosotros.

El pecado es, precisamente, la cerrazón humana a la gracia de Dios. Es, libremente y voluntariamente, rechazar el amor de Dios y preferir un bien particular, engañados por el amor propio.

La lucha ascética es necesaria. En primer lugar para quitar todo lo que estorba y que nos impide recibir el amor de Dios: las reliquias del pecado original en nuestra alma, y también los frutos de los pecados personales. Es toda una labor de purificación la que tenemos que llevar a cabo en nuestra alma. Dios nos ayuda a purificarnos con su Providencia sapientísima. Pero también nosotros tenemos que descubrir el desorden de nuestra vida para ir quitando todo lo que nos aparta de Dios.

En segundo lugar, la lucha ascética es un ejercicio diario para ir adquiriendo las virtudes cristianas (humildad, prudencia, justicia, fortaleza, templanza, etc.), que no son más que las actitudes que vemos en la vida de Jesucristo. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. La santidad consiste en ser otros Cristos, el mismo Cristo, por la oración, la meditación del Evangelio y la imitación de Nuestro Redentor.

Toda esta actividad la llevamos a cabo, desde luego, impulsados por la fuerza del Espíritu Santo.

Finalmente, está el tercer punto importante en nuestro camino a la santidad: confiar en la misericordia de Dios. Aunque seamos hijos de Dios y luchemos valientemente en la batalla en la que Él nos ha colocado, mientras estamos en esta vida no conseguiremos la victoria final, sino que experimentaremos constantemente nuestra flaqueza: llevamos con nosotros un gran tesoro, pero somos vasijas de barro.

Y por eso es indispensable siempre contar con la Misericordia de Dios, que es Padre, desea que luchemos para seguir las huellas de su Hijo, pero nos brinda su Perdón a través del Espíritu Santo, que ha sido derramado para la remisión de los pecados (cfr. Fórmula de la absolución en el sacramento de la penitencia).

En las lecturas del Domingo 17° del Tiempo Ordinario (Ciclo C), meditamos cómo Dios está siempre dispuesto a perdonar, pero es necesario el arrepentimiento del hombre (cfr. Primera Lectura, en la que se narra la historia de Sodoma y Gomorra).

Cristo canceló todas nuestras deudas y las clavó en la Cruz (cfr. Segunda Lectura), y enseñó a sus discípulos a orar al Padre (de Cristo y nuestro también) para que nos perdone nuestros pecados, porque estamos dispuestos a perdonar las ofensas de los demás (cfr. el Evangelio de la Misa).

En la vida diaria, nos puede ser muy útil tener presentes los tres puntos sobre los que hemos meditado: 1) somos hijos de Dios, 2) destinados a luchar hasta el último instante, y 3) conocedores de que, a pesar de nuestras caídas, nos podemos levantar siempre: basta que pidamos perdón sinceramente a Dios, porque su Misericordia es eterna.

María, Madre de bondad y misericordia, nos enseñará a permanecer fuertes en la fe, seguros en la esperanza y constantes en el amor. 


sábado, 29 de junio de 2019

Llamados a la libertad


Los textos de la Liturgia del Domingo XIII durante el año nos hablan de vocación y de libertad.   

La vocación de Mateo. Caravaggio. 1599-1600. Roma. Mateo Contarelli, importante comerciante francés, compró para su gloria eterna la capilla Contarelli de la iglesia de San Luis de los Franceses en Roma con la intención de ser enterrado allí. Encargó un completo programa de pinturas y esculturas dedicadas al santo que le daba nombre: San Mateo. La compra se efectuó en 1565 pero en 1585, año en que muere Contarelli, no se habían efectuado las decoraciones pertinentes. Los frescos de bóveda y paredes se encargaron al maestro de Caravaggio, el Caballero de Arpino, quien ejecutó diversas escenas entre 1591 y 1593. Pero los trabajos seguían sin avanzar sustancialmente, por lo que Caravaggio recibió el encargo para los dos óleos laterales, con la Vocación y el Martirio de San Mateo . Más tarde, se le pediría también la pala de altar central, con San Mateo y el Ángel. Este encargo constituyó el primer trabajo de envergadura que Caravaggio realizó, y no para un coleccionista privado sino para una iglesia de acceso público, donde toda Roma podría contemplar su obra. Tal vez este condicionamiento hizo que algún lienzo que Caravaggio presentó para la capilla fuera rechazado (San Mateo y el ángel). Además, su estilo hubo de virar completamente, obligado a ejecutar una escena "de historia", como se denominaba entonces. Esto es, no se trataba de un momento de acción concentrada y simbólica, como por ejemplo los lienzos con la Decapitación de Holofernes o el Sacrificio de Isaac. Por el contrario, debía realizar una escena mucho más compleja en cuanto a significados, escenario, número de personajes y momentos de la acción. Por eso, frente a los lienzos que había venido realizando con una o dos figuras, la Vocación de San Mateo presenta siete, que han de organizarse coherentemente y en profundidad en un espacio arquitectónico que ya no puede ser eludido por el pintor en una suerte de fondo neutro perdido en la oscuridad. Sin embargo, Caravaggio no renunció en absoluto a sus recursos plásticos, y de nuevo la luz es la que da estructura y fija la composición del lienzo. Así, tras la figura de Cristo que acaba de penetrar en la taberna brilla un potente foco de luz. La luz ha entrado en las tinieblas con Cristo y rasga el espacio diagonalmente para ir a buscar a la sorprendida figura de Mateo, que se echa para atrás y se señala a sí mismo dudando que sea a él a quien busca. El rayo de luz reproduce el gesto de Cristo, alargando de manera magistral su alcance y simbolismo. Un compañero de Mateo, vestido como un caballero fanfarrón de la Roma que conocía tan bien Caravaggio, se obstina en no ver la llamada y cuenta con afán las monedas que acaban de recaudar.
La vocación de Mateo (Caravaggio, 1599-1600). 

 Todos los hombres tenemos una vocación, es decir, una llamada de Dios a la santidad; y también una misión que cumplir en esta tierra, íntimamente relacionada con nuestra vocación personal.

¿Cómo podremos descubrir esa vocación? Escuchando la Voz de Dios, que nos llama, a través de los acontecimientos de nuestra vida. Por ejemplo, si Dios quiere que un muchacho joven sea franciscano, indudablemente, de alguna manera, pondrá a ese joven en situaciones y acontecimientos que le señalen que esa es su vocación. Quizá será a través de sus padres, o de un amigo, o de algún evento en su vida que le lleve a descubrir ese camino.

Quienes ya estamos al final de la vida y hemos vivido muchos años siguiendo al Señor por un camino, podemos recordar cómo llegamos a descubrir la voluntad de Dios para cada uno. Todos tenemos nuestra historia. Una historia maravillosa en la que reconocemos la mano de Dios. Unos sucesos que se fueron concatenando unos con otros y nos hicieron descubrir el designio que tenía Dios para nosotros A lo largo de la vida, hemos ido comprobando que eso que descubrimos en la juventud era real y verdadero. Nuestro camino se fue configurando poco a poco y desplegando ante nuestros ojos con toda su riqueza.

La vocación a la que nos referimos no sólo se refiere a una llamada a seguir a Jesús dejándolo todo, como sucede en la vocación sacerdotal, por ejemplo. Hay muchos caminos para llegar a la santidad: en la vida secular o religiosa; en el matrimonio o en el celibato; siguiendo un carisma inspirado por el Espíritu Santo en la Iglesia a través de una institución; etc., etc.

La vocación profesional forma parte de nuestra vocación divina, especialmente en aquellos que Dios quiere que vivan en el mundo, que somos la mayoría. Es decir, la vocación personal tiene muchos matices. Cada uno tiene la suya. Dios puede llamar por un camino a muchos (por ejemplo, el sacerdocio), pero dentro de ese camino cada uno tiene que recorrer el suyo propio.

Estas consideraciones nos sirven para tenerlas como un telón de fondo que nos ayude a comprender mejor los textos que nos propone la Liturgia del Domingo XIII del Tiempo Ordinario, que nos hablan de vocación.

La Primera Lectura es del Primer Libro de los Reyes y nos narra la vocación de Eliseo. ¿Cómo supo este hombre, que vivió entre 850 y 880 antes de Cristo, cuál fue su vocación? De una manera directa y clara: se la comunicó el profeta Elías (vivió entre los años 874 y 853 a.C), que recibió un mandato de Dios mismo.

“En aquellos días, el Señor dijo a Elías en el monte Horeb: «Unge profeta sucesor tuyo a Eliseo, hijo se Safat, de Abel Mejolá». Partió Elías de allí y encontró a Eliseo, hijo de Safat, quien se hallaba arando. Frente a él tenía doce yuntas; él estaba con la duodécima. Pasó Elías a su lado y le echó su manto encima” (cfr. 1R 19, 16 b. 19-21).

La respuesta de Eliseo fue inmediata.

“Eliseo volvió atrás, tomó la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio. Con el yugo de los bueyes asó la carne y la entregó al pueblo para que comiera. Luego se levantó, siguió a Elías y se puso a su servicio” (Ibidem).

En el Evangelio de la Misa de mañana encontramos una escena que recuerda la vocación de Eliseo. El Señor camina con sus discípulos por el territorio de Samaria, hacia Jerusalén, y se acercan varios hombres que desean seguirle. Han conocido a Jesús, les resulta enormemente atractiva su figura de Maestro de Israel y quieren acompañarle. El Señor confirma su vocación, pero les pide que dejen todo y no queden atados a personas o cosas materiales.   

“Mientras iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adonde quiera que vayas».
Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro le dijo: «Sígueme». El respondió:
«Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre». Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios». Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa». Jesús le contestó: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios»” (Lc 9, 51-62).

¿Qué nos quiere decir el Señor con esta escena del Evangelio? Que le sigamos, a través de la vocación que Él nos señale, pero con decisión de cortar todo lo que estorba. Es decir, que le sigamos en libertad: con plena libertad y desprendidos de todo lo que oponga a nuestro caminar junto a Él. Cada uno tiene que ver cómo se aplica esto a su propia vida.

San Gregorio de Nisa en su Tratado sobre el perfecto modelo del cristiano dice que en el hombre hay tres cosas que manifiestan su vida: los pensamientos, las palabras y las obras. Y nos aconseja:

“Siempre, pues, que nos sintamos impulsados a obrar, a pensar o a hablar, debemos procurar que todas nuestras palabras, obras y pensamientos tiendan a conformarse con la norma divina del conocimiento de Cristo, de manera que no pensemos, digamos ni hagamos cosa alguna que se aparte de esta regla suprema” (PG 46, 283-286).

Así viviremos en la libertad de los  hijos de Dios. En la Segunda Lectura de la Misa de mañana leemos unas palabras de San Pablo a los Gálatas que subrayan la necesidad de vivir la propia vocación en libertad. Es más nuestra vocación es vivir libres.

“Hermanos: Para la libertad nos ha liberado Cristo. Manteneos, pues, firmes, y no dejéis que vuelvan a someteros a yugos de esclavitud. Vosotros, hermanos, habéis sido llamados a la libertad” (cfr. Ga 5, 1.13-18).

San Gregorio nos señala cómo vivir en libertad de manera muy concreta.

“Todo aquel que tiene el honor de llevar el nombre de Cristo debe necesariamente examinar con diligencia sus pensamientos, palabras y obras, y ver si tienden hacia Cristo o se apartan de él. Este discernimiento puede hacerse de muchas maneras. Por ejemplo, toda obra, pensamiento o palabra que vayan mezclados con alguna perturbación no están, de ningún modo, de acuerdo con Cristo, sino que llevan la impronta del adversario, el cual se esfuerza en mezclar con las perlas el cieno de la perturbación, con el fin de afear y destruir el brillo de la piedra preciosa.

Por el contrario, todo aquello que está limpio y libre de toda turbia afección tiene por objeto al autor y príncipe de la tranquilidad, que es Cristo; él es la fuente pura e incorrupta, de manera que el que bebe y recibe de él sus impulsos y afectos internos ofrece una semejanza con su principio y origen, como la que tiene el agua nítida del ánfora con la fuente de la que procede” (PG 46, 283-286).

Terminamos con unas palabras del Salmo 15 que podemos entonarlas teniendo presente a Nuestra Madre, porque en ellas se hacen realidad.

“Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha” (Salmo 15).
   


sábado, 1 de junio de 2019

Discernimiento


En el post anterior (25 de mayo) analizábamos el anuncio del envío del Espíritu Santo. Jesús, en el Cenáculo, explica a sus discípulos quién es el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, y les llevará a la Verdad completa.  

Juan Bautista Maíno - Pentecostés - 1612-14
Juan Bautista Maíno - Pentecostés (1612-1614)


Hoy, en la víspera de la Solemnidad de la Ascensión del Señor, nos detendremos a meditar sobre otro aspecto de la acción del Espíritu: su modo de actuar en las almas y la importancia de saber oír su Voz y discernir cuándo es auténtica, especialmente en relación con los demás.

En la lectura de los Hechos de los Apóstoles que hemos hecho durante el Tiempo Pascual, observamos la docilidad con la que los apóstoles reciben las mociones del Espíritu. No hay página de este Libro del Nuevo Testamento en la que no aparezca la acción fuerte y suave, al mismo tiempo, del Espíritu.

Actúa en el Colegio Apostólico (por ejemplo, en el Concilio de Jerusalén) y también de modo personal en los primeros cristianos. Lo hace de modo extraordinario (don de lenguas, de profecía, carisma de todo tipo…), pero también de modo ordinario, llevando a los fieles, como en volandas, a cumplir las misiones que les encomienda y facilitando enormemente la expansión del Evangelio.

Hemos visto que la manera más importante de actuar el Espíritu Santo es a través de los Pastores (de los apóstoles y sus sucesores), a quienes asiste con un “carisma cierto de la verdad”, para que la Iglesia no se descamine y sea siempre fiel al Evangelio de Jesucristo. Esta acción continuará hasta el final de los tiempos en el Magisterio de la Iglesia.

Sin embargo, el Espíritu no se limita a inspirar a los Pastores de la Iglesia. Está presente en toda Ella, en cada uno de los fieles cristianos: “sopla donde quiere” (cfr. Jn 3).

Es frecuente oír hablar del “discernimiento de espíritus”. El Papa Francisco suele referirse, con frecuencia, a la importancia que tiene esta acción del Espíritu en la actividad pastoral de la Iglesia. Aunque el Magisterio, a través de los siglos, ha señalado claramente las verdades de la doctrina dogmática y moral de la Iglesia, también es verdad que, en muchas ocasiones, para aplicar esos conceptos hay que saber discernir las situaciones concretas, tanto de manera personal como para aconsejar a otros.

Por ejemplo, en la Exhortación Apostólica Amoris laetitia, el Papa Francisco ofrece una línea clara en la pastoral familiar, que puede resumirse con las palabras que componen el título de uno de los capítulos: “Acompañar, discernir e integrar la fragilidad”.    

“Se nos invita a evitar los juicios sumarios y las actitudes de rechazo y exclusión, y a asumir en cambio la tarea de discernir las diferentes situaciones, emprendiendo con los interesados un diálogo sincero y lleno de misericordia” (Ángel Rodríguez Luño, Amoris laetitia. Pautas doctrinales para un discernimiento pastoral,  en Instituto Acton).

La escucha del Espíritu Santo presupone dos cosas fundamentales:

1) La rectitud de intención del que discierne, es decir, el deseo de escuchar verdaderamente la voz de Dios, aunque esta lleve consigo exigencias fuertes (incluso el martirio). Hay que dejar a un lado los prejuicios e ideas preconcebidas. Hay que apartarse de la opinión de la mayoría, de la solución que da el mundo, de lo que resultaría más cómodo y fácil. Hay que tener, en este sentido, una vida coherente, limpia y trasparente. Es preciso tener presente la quinta bienaventuranza: “Los limpios de corazón verán a Dios”. Si no hay esta rectitud es imposible reconocer la Voz del Espíritu en nuestra alma. Sólo puede guiar a otros quien tiene ojos claros para ver el camino. Un ciego no puede guiar a otro ciego porque los dos caerán en la fosa (cfr. Lc 6, 39).

Y, para tener rectitud de intención, es necesario escuchar la Palabra de Dios y tener vida de oración. ¿Cómo vamos a poder conocer la verdad si nunca la preguntamos al Espíritu Santo ni buscamos escuchar su Voz en la conciencia, que es santuario de nuestra alma donde nos habla Dios? Hay que añadir también la frecuencia de sacramentos: vivir en gracia de Dios.

2. La doctrina segura y clara que permita discernir según la verdad multisecular de la Iglesia. La verdad no se improvisa: se aprende. Hay que estudiar y formarse doctrinalmente para poder estar en condiciones de discernir bien, tanto para la propia alma, como para la de los demás. Santa Teresa recomendaba buscar director espiritual entre los “letrados”, es decir, entre los sacerdotes que tuvieran estudios teológicos.

“Porque si me engañare, estoy muy aparejada a creer lo que dijeren los que tienen letras muchas; porque aunque no hayan pasado por estas cosas, tienen un no sé qué grandes letrados, que como Dios los tiene para luz de su Iglesia, cuando es una verdad, dásela para que se admita” (Moradas quintas, cap. 1, n. 7).   

Hay dos errores que se deben evitar a la hora de discernir:

1) El primero lo podemos llamar “anquilosamiento espiritual”. Es la falta de flexibilidad para discernir. Es lo que el Papa Francisco suele advertir cuando nos pide que no tengamos un “corazón cerrado”; que nos seamos obstinados diciendo que “siempre se ha hecho así”; que no nos cerremos a “la novedad de Dios”, a las “sorpresas de Dios”. Esto les pasó a algunos fariseos en tiempo de Jesús.

2) El otro peligro es el contrario: utilizar el “discernimiento” para saltarse todo lo que la Iglesia ha dicho a través de los siglos y “relativizar” todo, es decir, juzgar todo según las circunstancias de la persona, sin tener en cuenta los principios de nuestra fe y moral. Se trata de un falso discernimiento, guiado por el sentimentalismo, la poca formación y un espíritu de rebeldía a la Ley de Dios, que es el principio objetivo de moralidad. Es verdad que hay pocas cosas que son intocables, pero las hay: tanto en las verdades de fe como en las de la conducta moral. Hay acciones intrínsecamente malas que ninguna circunstancia puede cambiar (cfr. Encíclica Veritatis Splendor).

Santa María, Esposa del Espíritu Santo, es también Maestra del discernimiento, como lo vemos en su Anunciación, en las Bodas de Caná, al pie de la Cruz… Ella nos enseñará a estar en condiciones para saber escuchar la Voz del Espíritu.



sábado, 4 de mayo de 2019

Conversación de Jesús con Nicodemo (Jn 3)


En los primeros días de esta segunda semana de Pascua meditábamos el capítulo 3° del evangelio de San Juan: la conversación de Jesús con Nicodemo. Parece ser que Nicodemo era un miembro del Sanedrín. Ciertamente era un maestro en Israel y tenía influencia entre los dirigentes de los judíos.

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Además era un “corazón inquieto” (como decía San Agustín: “mi corazón está inquieto hasta que descanse en ti”). Era un “buscador”. Y eso nos resulta enormemente simpático a todos, porque todos somos buscadores. Nunca estamos totalmente satisfechos de lo que tenemos o de lo que hemos hecho.

Tal vez, en general, estemos contentos de las elecciones que hemos tomado en nuestra vida. En muchos casos, volveríamos a escoger el mismo camino que hemos seguido, o querríamos formar la familia que hemos formado. Quizá, también, nos gusta y estamos conformes con ser la persona que somos después de un número mayor o menor de años de vida.

Pero, aun así, siempre queda en el corazón la nostalgia, el anhelo de algo mejor, más acabado. El hombre es un ser sediento de verdad y de amor. Cada uno de nosotros tenemos nuestra propia vocación.

En cierta ocasión le preguntaron al Papa Benedicto XVI si habría un número determinado de opciones para seguir a Cristo y contestó, para sorpresa de su interlocutor, que el mismo número de seres humanos que hay en el mundo. Cada uno tiene su propio camino, intransferible y totalmente único.

También decía el Papa emérito que ninguno tenemos la Verdad, sino que la Verdad nos tiene a nosotros en distinta medida. Siempre podemos aspirar a que habite de una manera más plena la Verdad en nuestra vida.

Recientemente tuvieron un coloquio Robert Barron (Auxiliar de Los Ángeles) y Jordan Peterson (psicólogo e intelectual canadiense). El obispo comentó que Jordan es un “seeker”, un “searcher”. Y que eso le gustaba. La fe no es algo estático. Es siempre una aventura. La fe es salir de la propia casa, arriesgarse. Es la fe de Abraham, que implica el sacrificio, y es auténtica cuando es “operativa”, es decir, cuando se traduce en acciones concretas de entrega a Dios y los demás. Ver aquí.

Es desconcertante encontrarse con una persona cerrada, que no esté dispuesta a escuchar, que tenga ya “todas las respuestas pagadas”. Es imposible dialogar con ella.

San Josemaría Escrivá de Balaguer, contra la tendencia relativista siempre presente en la historia humana, decía que había una serie de cuestiones que son como son, y no tienen por qué ser cuestionadas, aún en lo humano. Por ejemplo, que “dos y dos son cuatro”.

Sin embargo, también en esas cuestiones más básicas, podemos adoptar una postura abierta, mirando a la persona. Por ejemplo, interesándonos por saber por qué nuestro amigo sostiene que, en algunos casos, dos y dos pueden ser cinco (aunque sea un disparate). Es el tema de compaginar la verdad con la caridad: “veritatem facientes in caritate”.

Quizá podamos aprender algo de una postura errónea, y sacar algo de luz, alguna experiencia nueva. Además, el diálogo abierto, nos puede ayudar a hacer más firmes nuestras convicciones.

Hoy está de moda descalificar al otro e incluso burlarse de él, si sus opiniones no coinciden con las mías. San Josemaría también solía decir que, cuando se maltrata a alguien que está equivocado, él tenía la inclinación a ponerse de su lado: no en el error, sino en el amor a la libertad de expresión y en el derecho que tenemos a que se nos respete. Para vivir esto hay que tener una caridad muy fina.

El viento sopla donde quiere”, dice Jesús a Nicodemo. No sabemos con certeza de dónde viene ni a dónde va. Vivimos inmersos en el Misterio de Dios, del hombre y del mundo. Saber esto, ser conscientes de esta realidad, nos hará más humildes y prudentes a la hora de hablar y actuar.

En los últimos decenios es claro que la mentalidad “moderna” (modernismo) ha hecho mucho daño a la humanidad y a la Iglesia. Tenemos un hándicap muy grande que cubrir. Hay que armarse de paciencia para ir desmontando todos los clichés y errores que muchos tienen en sus cabezas y en su vida.
Es la paciencia del Señor con Nicodemo, que va explicando, poco a poco, la Verdad. Nicodemo, al final, cuando el Señor da muerto, se decide a dar la cara por él.

No es único el caso de Nicodemo en el Evangelio. Vemos un proceso parecido en las vocaciones de otros personajes como Juan, Andrés, Natanaél…

María también era un a buscadora: ¿cómo se hará esto?, le pregunta a Gabriel.

“El que busca encuentra” (lema del sitio católico “encuentra.com”). Llegan momentos de luz luminosa, y también de claroscuro que, de manera paulatina, nos llevan a descubrir horizontes nuevos y enriquecedores.

María Magdalena es una gran buscadora. Los ángeles que está dentro del sepulcro le preguntan: ¿por qué lloras? Un poco más tarde, Jesús le pregunta: Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas” (cfr. Jn 20, 11-18). Y ella responde con otra pregunta: “¿si tú lo has llevado dime donde lo has puesto y me lo llevaré?” (Ibidem).

Cristo vive y quiere que nosotros también vivamos. Vivir es abrirnos al Misterio y tratar siempre de descubrir los tesoros que hay en él. Nosotros nos introducimos en el Misterio de Dios, del hombre y del mundo a través de la Palabra (el Verbo, el Logos), que es Jesucristo. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. En la medida en que busquemos, conozcamos, y nos identifiquemos con Cristo, la misma Verdad nos poseerá más completamente.  


sábado, 6 de abril de 2019

El misterio del Sábado Santo

Hoy meditaremos sobre el misterio del Sábado Santo: el Descenso de Cristo a los infiernos. Pero, antes, nos detendremos a analizar la importancia del Juicio final y de la virtud de la sinceridad.   

Entierro de Cristo, El [Tiziano] - Museo Nacional del Prado 

16. Juicio sobre el mundo. Sinceridad

La meditación de la Muerte de Jesús en la Cruz nos ha dejado llenos de asombro y de dolor. ¿Cómo es posible que hayamos sido capaces de crucificar a Nuestro Dios y Señor? ¿Qué grado de ceguera tenemos los hombres para haber cometido un pecado tan grave?

Todos los hombres somos solidarios, para el bien y para el mal. Cada uno tenemos una parte de responsabilidad en este acto abominable. Esto mismo hace notar Alexander Solzhenitsin (1918-2008) en su libro Archipiélago Gulag (1973) respecto a los crímenes que se cometieron en la Unión Soviética en el siglo XX. No sólo las autoridades comunistas fueron los responsables de los 60 millones de muertos en las purgas llevadas a cabo desde 1919 a 1959. La gran mayoría de la población rusa de esos años también fue responsable, en mayor o menor grado, de esos hechos, con su silencio culpable. No basta esconderse en la idea de que sistemáticamente eran obligados a cometer atrocidades. Hay acciones malas a las que cualquier conciencia debe oponerse siempre.

La íntima común unión que tenemos todos los hombres nos lleva, por tanto, a sentirnos responsables de los pecados del mundo, y a desear desagraviar y pedir perdón por todos esos males, y a contribuir a ahogar el mal en abundancia de bien. Al final, veremos claramente la Verdad: quedará patente el bien y el mal en el que cada hombre ha contribuido a lo largo de la historia.

En el Juicio final nada quedará oculto (“nihil inultum remanebit”, Himno Dies irae). Benedicto XVI, en su Encíclica Spe salvi, pone al Juicio como tercer lugar de aprendizaje y ejercicio de la esperanza. El último Juicio es esperanzador para quienes han buscado, durante su vida, actuar rectamente y siempre con la verdad.

De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”. Con estas palabras concluye el gran Credo de la Iglesia, que trata del misterio de Cristo.

“Ya desde los primeros tiempos, la perspectiva del Juicio ha influido en los cristianos, también en su vida diaria, como criterio para ordenar la vida presente, como llamada a su conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia de Dios” (Spe salvi, n. 41).    

El Papa dice que la existencia de un juicio final es el argumento más fuerte en favor de la fe en la vida eterna. La injusticia de la historia no puede ser la última palabra en absoluto. Es necesario que Cristo vuelva para crear justicia. No todo lo que se ha hecho en la tierra tiene igual valor. Fiódor Dostoyevski, en su novela Los hermanos Karamazov, afirma que al final los malvados, en el banquete eterno, no se sentarán indistintamente a la mesa junto a las víctimas, como si no hubiera pasado nada.

Ante esta perspectiva, nuestra reacción natural es el deseo de vivir siempre en la Verdad; de huir de la mentira, y de pedir al Señor que no permita que vivamos engañados y cegados por nuestros pecados, sino que tengamos una mirada clara y sepamos ser valientes para defender con rectitud lo que es verdadero y bueno.

Veritas liberabit vos” (Jn 8, 32), dijo Jesús a un grupo de judíos que creían en él. Se trata de buscar la Verdad que, en realidad, nunca la poseeremos totalmente. Más bien, Ella nos tiene a nosotros. Si queremos, podemos dejar que Ella (el Logos, la Palabra, que es Cristo) nos envuelva totalmente.

La Verdad es Cristo. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6). En la medida en que estemos unidos a Cristo, estaremos unidos a la Verdad. Esto es posible, porque Dios nos ha creado a imagen y semejanza de Cristo. Él es nuestra Verdadera Imagen. Dentro de nuestro corazón está la Imagen de la Verdad. Es algo natural: la Ley natural y la conciencia humana que nos indica lo verdadero y lo falso.

«¿Cómo tiene lugar la salvación? Hay una respuesta fundamental a esa elemental pregunta: Dios quiere que todos los hombres se salven y alcancen el conocimiento de la verdad. La salvación no se puede separar de la verdad. La Biblia está, pues, muy alejada de aquel modo de pensar según el cual cada persona puede hacer lo que le parezca bueno». Dios ha creado al hombre para la verdad. «En Jesucristo nos encontramos con la auténtica y la única verdad sobre Dios y sobre nosotros mismos» (RATZINGER, Cooperadores de la verdad, p. 333).

La conciencia se puede desviar. El pecado y la vida alejada de Cristo llevan a tener una conciencia errónea y culpable. Por eso se suele decir que quien no vive como piensa, acaba pensando cómo vive. Es una llamada a la coherencia de vida: a ser fieles a nuestra conciencia bien formada en la doctrina católica.

Super senes intelexi quia mandata tua quaesivi” (Ps 118, 100). En su viaje por América en 1974, San Josemaría glosaba estas palabras de la Sagrada Escritura.

«Tenía veintiséis años, y pedía al Señor (...) aquella gravedad sacerdotal que era ordinaria en los sacerdotes de aquella época. Además tuve miedo de mí mismo, y pedí al Señor otra cosa: ocultarme y desaparecer (...). Yo necesitaba vejez, años; y el Señor me empujaba a comprender: mira, la vejez debes buscarla por otro lado. Super senes intellexi quia mandata tua quaesivi! (Ps 118, 100). Busca, cumple los mandamientos míos, sé fiel a mis inspiraciones, y la vejez, la gravedad que te interesa, te la daré Yo. Porque si por viejos vamos a ser doctos y sabios y prudentes, todos los carcamales serían los siete sabios de Grecia. De otro lado, ¿por un solideo iba yo a parecer más respetable y persona de más edad? Era una tontería» (San Josemaría, en 1974).

Se supone que los ancianos deben alcanzar la verdadera sabiduría. Pero hay un camino más directo para llegar a la verdad: buscar siempre cumplir la voluntad de Dios.

“Sé fiel a mis inspiraciones”; “escucha mis palabras”, nos dice a cada uno el Espíritu Santo.

Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad (…). Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho” (Jn 14, 15-17. 25-26).

María es transparente. María es humilde. “La humildad es la verdad”, decía Santa Teresa de Jesús. Podemos acudir a María para que nos ayude a ser humildes y así, poder ser cada día más veraces.

17. Descendió a los infiernos. Temor de Dios

La reflexión anterior ha sido como un paréntesis que hemos hecho al contemplar, con asombro y dolor, a Cristo muerto en la Cruz. Y al considerar que Él es la Verdad que, al final, iluminará todas las conciencias humanas.

Ahora, meditaremos sobre el misterio del Sábado Santo y sobre el Descenso de Cristo a los infiernos. Pero, antes hemos de considerar la diferencia que existe entre “los infiernos” y “el infierno”.

Jesús no descendió después de su muerte al infierno, sino a “los infiernos”, es decir, al sheol, o hades, que era el lugar en el que estaban todos los hombres y mujeres, tanto buenos cómo malos, que se encontraban privados de la visión de Dios. Su suerte no era idéntica. Sólo las almas santas fueron liberadas por Cristo.

“Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados (cf. Cc. de Roma del año 745; DS 587) ni para destruir el infierno de la condenación (cf. DS 1011; 1077) sino para liberar a los justos que le habían precedido (cf. Cc de Toledo IV en el año 625; DS 485; cf. también Mt 27, 52 - 53)” (Catecismo de la Iglesia Católica, 633).

El infierno existe. Muchas veces el mismo Señor habla de él en los Evangelios. Es un dogma de fe que la Iglesia ha defendido siempre. Basta leer lo que dice al respecto el Catecismo de la Iglesia Católica (cfr. nn. 1033 a 1037).

Lo más importante que hemos de tener en cuenta, desde el punto de vista práctico, es lo que dice el Catecismo en el n. 1036:

“Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: "Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran" (Mt 7, 13  - 14): "Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra, mereceremos entrar con él en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde 'habrá llanto y rechinar de dientes'" (LG 48)”.

Sobre el Descenso de Cristo a los infiernos, se pueden consultar los nn. 631 a 635 del Catecismo. Nosotros, ahora seguiremos al Papa Benedicto XVI, en una meditación extraordinaria que pronunció en Turín, el 2 de mayo de 2010, frente a la Sábana Santa. Comenzaba diciendo lo siguiente:

«Se puede decir que la Sábana Santa es el icono de este misterio, icono del Sábado Santo. De hecho, es una tela sepulcral, que envolvió el cadáver de un hombre crucificado y que corresponde en todo a lo que nos dicen los Evangelios sobre Jesús, quien, crucificado hacia mediodía, expiró sobre las tres de la tarde» (Benedicto XVI, 2-V-2010).

El Sábado Santo es el día del ocultamiento de Dios, como se lee en una antigua homilía:

“¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad, porque el Rey duerme (…). Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción a los infiernos” (Homilía sobre el Sábado Santo: PG 43, 439).

El Papa nos hacía ver cómo nuestro tiempo se ha hecho particularmente sensible al misterio del Sábado Santo.

El escondimiento de Dios forma parte de la espiritualidad del hombre contemporáneo, de manera existencial, casi inconsciente, como un vacío en el corazón que ha ido haciéndose cada vez mayor.

También nosotros tenemos que afrontar esa oscuridad, como ha hecho notar recientemente el Cardenal Robert Sarah en su libro “Le soir approche et déjà le jour baisse” (“Se acerca la tarde y el día va de caída”).

En el blog Dominus est se pueden leer tres artículos sobre este nuevo libro que aún no se ha traducido al español: 1) ¿Por qué tomede nuevo la palabra?..., 2) Entrevistaal Cardenal Sarah…, y 3) ¡Nos hemosavergonzado de Dios!….

Sin embargo, la posición del Cardenal Sarah es de esperanza, como sugiere el relato de los discípulos de Emaús que descubrieron a Cristo en la Fracción del pan, es decir, en la Eucaristía. Es la misma postura del Papa Benedicto XVI en Turín.

«Y, sin embargo, la muerte del Hijo de Dios, de Jesús de Nazaret, tiene un aspecto opuesto, totalmente positivo, fuente de consuelo y de esperanza. Y esto me hace pensar en el hecho de que la Sábana Santa se comporta como un documento fotográfico, dotado de un positivo y de un negativo. Y, en efecto, es precisamente así: el misterio más oscuro de la fe es al mismo tiempo el signo más luminoso de una esperanza que no tiene confines» (Ibidem).

El Sábado Santo Jesús cruzó la puerta de la última soledad, para guiarnos también a nosotros a atravesarla con él. Como los niños, tenemos miedo de estar solos y sólo la presencia de una persona que nos ama nos puede tranquilizar. Pues eso es precisamente lo que sucedió el Sábado Santo.

«El Amor penetró en los infiernos. Hasta en la oscuridad máxima de la soledad humana más absoluta podemos escuchar una voz que nos llama y encontrar una mano que nos toma y nos saca afuera. El ser humano vive por el hecho de que es amado y puede amar; y, si el amor ha penetrado incluso en el espacio de la muerte, entonces hasta allí ha llegado la vida. En la hora de la máxima soledad nunca estaremos solos: Passio Christi. Passio hominis. Este es el misterio del Sábado Santo» (Ibidem).

María permanece en silencio. Ella, más que ningún otro, sabe acompañar a su Hijo en este día silencioso. Ella también nos enseñará a vivir en el silencio de Dios, para experimentar toda la fuerza de su Amor.