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viernes, 30 de abril de 2021

La vid y los sarmientos

       En el Evangelio del Quinto Domingo de Pascua meditamos el comienzo del capítulo 15º del Evangelio de San Juan, en el que, el apóstol predilecto de Jesús, recoge la Alegoría de la vid y los sarmientos. Vale la pena copiar el texto completo.

«Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no da fruto lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí es arrojado fuera, como los sarmientos, y se seca; luego los recogen, los arrojan al fuego y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y se os concederá. En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto y seáis discípulos míos» (Jn 15, 1-8).

Jesús utiliza imágenes para explicar la profundidad del Misterio de Dios. Nosotros no podemos abarcar la profundidad del Amor de Dios y su inescrutables designios para la salvación del hombre. Pero la imagen de la vid y los sarmientos nos ayuda a comprender un poco más cómo quiere el Señor que estemos unidos a Él. 

Esta imagen, escogida especialmente por Jesús para el momento culminante de su vida, la Última Cena con sus discípulos, representa admirablemente lo que el Señor había enseñado, de modos diversos, durante su vida pública: que la voluntad de Dios es que vivamos la Vida de Jesucristo; que Él sea nuestro Camino, porque en Él esta toda la Verdad. Y que esta unión estrecha no es mera yuxtaposición, o una unión superficial, sino la unidad que hay entre la vid y los sarmientos. De hecho, no se pueden distinguir los sarmientos (las ramas) de la vid (la planta). La sabia que corre, va desde la vid a los sarmientos. Los sarmientos no pueden separase de la vida porque morirían.

La Alegoría de la vid precede a los siguientes versículos del capítulo 15º del Evangelio de San Juan (9-17), que tratan de «La Ley del Amor». Todo el contenido de los capítulos 13º a 17º hay que leerlo y meditarlo como una unidad, en la que Cristo explica los aspectos más profundos de su Misterio. 

La 2ª Lectura de la Misa de este próximo domingo, nos da luz sobre el texto del Evangelio. San Juan resume el mandamiento de Jesucristo, que él ha escuchado de viva voz del Maestro y ha meditado por largos años. Fijémonos en los últimos dos versículos. 

«Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, conforme al mandamiento que nos dio. El que guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él; y por esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado» (cfr. 1 Jn 3, 18-24).

Los sarmientos están unidos a la vid, y también unidos entre ellos. No pueden separarse de la vid, que es toda la planta, ni de los demás sarmientos. El Espíritu Santo es como el Alma de la Iglesia, que vivifica toda la Vid. Jesús explica la Alegoría de la Vid en el marco de las promesas y acción del Espíritu que el Padre y Él enviarán a sus discípulos. Así nos vamos preparando a la Solemnidad de Pentecostés. 

Una referencia a Santa Catalina de Siena, que celebramos ayer (jueves 29 de abril), nos ayudará a penetrar un poco más en el Misterio de la vid y los sarmientos. Esta santa se caracterizó por su amor a la Iglesia y al Papa. Contribuyó, con su abundante epistolario, a que el Papa regresara de Avignon a Roma en 1378. Toda su vida la dedicó a buscar la unidad de la Iglesia, a la que amaba apasionadamente.

Pero este amor a la Iglesia y al Vicario de Cristo en la tierra, partían de su profunda devoción eucarística. Es conocido que, durante algunas semanas de estancia en Florencia, no se alimento de otra cosa que no fuera la Eucaristía. Era su unión con Cristo Resucitado la que la hacía una mujer valiente, activa y decidida a los más grandes sacrificios.

Mañana comenzaremos el mes de mayo, celebrado una fiesta de San José, Patrono de la Iglesia. Acudamos a María y José para pedirles por la unidad de la Iglesia y de todos los cristianos.


viernes, 23 de abril de 2021

Sueño, servicio y fidelidad

Todos los años, desde 1964, los Sumos Pontífices envían un mensaje al Pueblo cristiano con ocasión de la Jornada Mundial de oración por las vocaciones. Este próximo domingo, también llamado del «Buen Pastor», es la 58ª Jornada.

Caravaggio, "La vocación de Mateo"

Se trata de una gran oportunidad que nos brinda el Papa para reflexionar sobre la vocación. ¿Qué es la vocación? ¿Quiénes la tienen? ¿Cómo podremos saber si tenemos vocación? y ¿cuál es la nuestra?

El Papa Francisco publicó su mensaje para este año, el 19 de marzo pasado, Solemnidad de San José. Y ha querido que todos miremos al Santo Patriarca para aprender de él a responder bien a la vocación que hemos recibido. 

Estrictamente hablando, la Jornada se refiere a la oración por las vocaciones sacerdotales y a la vida consagrada. También el papa se dirige especialmente a ellas en su mensaje. 

Sin embargo, la misma doctrina del Concilio Vaticano II, de cuyas fuentes se alimenta esta iniciativa pontificia, recuerda la llamada universal a la santidad. Todos los hombres estamos llamados por Dios a descubrir su Amor, a través del Evangelio de Jesucristo. Además, en la Iglesia, todos los fieles tenemos «vocación cristiana». 

«Vocare» significa «llamar», como sabemos. Dios llama a todos. Todos los hombres tenemos una vocación personal. Sin embargo, en la Iglesia se han abierto diversos «caminos» para responder, de modo peculiar, a la llamada divina. Hay caminos que implican una consagración —como son el sacerdocio y la vida consagrada—, que tradicionalmente se han visto como «caminos vocacionales». Pero también hay vocaciones peculiares entre los fieles laicos. Por ejemplo, en el Opus Dei, el 98% de sus miembros son laicos, y todos ellos tienen una vocación auténtica, que consiste en responder a la llamada a santificarse en medio del mundo a través del trabajo y las obligaciones propias del cristiano. Hay casados, que se santifican en su familia; y hay solteros que viven un celibato apostólico y, sin dejar su lugar de trabajo y sus circunstancias sociales y familiares, buscan la santidad de otra manera, con mayor dedicación a tareas apostólicas.

Una vez tenido en cuenta este preámbulo, veamos cuáles son las tres características que señala el Papa, y que especialmente se pueden aprender de la vocación de San José. 

La primera es «sueño». Toda vocación parte de un ideal que se descubre y que es el motor de toda la vida. San José descubrió su vocación, en parte, a través de los cuatro sueños que tuvo, que fueron acompañados de otras mociones del Espíritu Santo, hasta convertirse, como decía san Josemaría Escrivá, en un «alud arrollador». 

Normalmente, no tenemos la certeza de que precisamente esa es nuestra vocación. En el caso de José, quizá las inspiraciones que recibió fueron particularmente claras y convincentes, de modo que siguió su camino con una gran seguridad. 

Nunca se puede abandonar esta primera característica de la vocación, porque es la raíz de la que se parte. Es una maduración en la fe: una fe madura. 

El segundo rasgo de la vocación, que también vemos en San José, es el «servicio». Toda vocación es para servir, para darse, para olvidarse de uno mismo y ponerse a disposición de los planes de Dios, en la Iglesia. Los sacerdotes, por ejemplo, somos «ministros», servidores de nuestros hermanos. Pero también lo son los laicos, de otra manera, fomentando el espíritu de servicio ahí donde Dios los ha llamado.  

Actualmente, en la Iglesia, son necesarias muchas vocaciones de sacerdotes y para la vida consagrada. Pero también es necesario que todos los fieles nos decidamos a poner en práctica nuestra vocación a servir en la familia, en el trabajo, en la vida social. Todos los días podemos servir a los demás en los pequeños detalles que están a nuestro alcance. 

Por último, la tercera característica que vemos en la vocación de San José, es la «fidelidad». Cualquier vocación verdadera no es algo pasajero. Imprime en la persona un impulso que ha de durar toda la vida. El idéela de la vocación debe mantenerse en los momentos de oscuridad y tinieblas. ¿Por qué? Porque en todas las vocaciones, lo que debe estar como fundamento, es el amor a Dios. Hemos descubierto cuánto Él nos ama y nosotros queremos corresponder a ese Amor, que sólo se puede «pagar» con amor.  

San José y Nuestra Señora, que desde muy jóvenes vieron clara su vocación, nos ayudarán a descubrir la nuestra y ser fieles a ella hasta el final de nuestra vida.   


viernes, 19 de marzo de 2021

La Alianza Nueva

En nuestro blog Reflexiones en el Año de San José se pueden meditar, con motivo de la Solemnidad que hoy celebramos, algunos párrafos de la Exhortación Apostólica de San Juan Pablo II Redemptoris Custos (15 de agosto de 1989).

En este post, comentaremos parte de la de Primera Lectura de la Liturgia de la Palabra del próximo domingo, 5º de Cuaresma (Jer 31, 31-34). Nuestro deseo es que, estas reflexiones, nos puedan ayudar a prepararnos mejor, durante la Semana de Pasión, para vivir con mas intensidad la Semana Santa.

El profeta Jeremías, más de 500 años antes de Cristo, hace una revelación sorprendente: 

«Se acerca el tiempo, dice el Señor, en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva».

Esta frase nos lleva a hacernos las siguientes preguntas: ¿Se ha realizado ya esa alianza? ¿En qué consiste su novedad? ¿A qué casas de Israel y de Judá se refiere?

¿Qué podemos responder a todo esto, según la doctrina católica? Lo primero es que esa Alianza Nueva la realizó ya Jesucristo con su Pasión, Muerte y Resurrección, adelantándola al instituir la Eucaristía el Jueves Santo. Es Nueva porque claramente se distingue de la Antigua Alianza con Israel, aunque no es ajena a ella, pues la lleva a su cumplimiento y plenitud. Por otra parte, Israel y Judá se amplían, con esta Nueva Alianza. Israel y Judá son la Iglesia fundada por Cristo sobre los cimientos de los Apóstoles. 

Pero el texto de Jeremías continúa:  

«Ésta será la alianza nueva que voy a hacer con la casa de Israel: Voy a poner mi ley en lo más profundo de su mente y voy a grabarla en sus corazones».

Ahora nos preguntamos: ¿De qué ley se trata? ¿Qué significa que queda grabada en lo profundo de la mente y corazón?

La Ley de la que se habla es la del Amor, el Nuevo y Único Mandamiento de Cristo. «Dios es Amor» y Cristo se ha encarnado para manifestar el Amor del Padre y para darnos su Espíritu, que es Espíritu de Amor. 

La Ley del Amor se graba en lo más profundo de nuestra mente y corazón, mediante la fe en Cristo Resucitado, que recibimos con un Don en el Bautismo; y la hacemos vida contribuyendo a alimentar la fe y el amor, a través de la meditación de la Palabra de Dios y la recepción de los Sacramentos.

El Espíritu Santo infunde en cada fiel bautizado el Amor de Dios que nos sana del pecado y nos prepara para el encuentro definitivo con Cristo, al final de la vida. 

El texto que estamos meditando, de Jeremías, continúa aclarando mas cosas sobre esa Ley grabada en lo profundo de la conciencia (mente) y de toda la persona (corazón). 

«Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya nadie tendrá que instruir a su prójimo ni a su hermano, diciéndole: ‘Conoce al Señor’, porque todos me van a conocer, desde el más pequeño hasta el mayor de todos, cuando yo les perdone sus culpas y olvide para siempre sus pecados».

Ante esta última frase de la Primera Lectura de la Misa, nos preguntamos: ¿Se ha realizado ya esta promesa de Dios? ¿No se trataría, más bien, de una promesa para un mundo futuro?

Efectivamente, la Iglesia es Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo (cfr. la eclesiología del Concilio Vaticano II). Pero es un pueblo que peregrina y aún no ha llegado a su Meta. La Promesa ya se está realizando, pero aún no en plenitud. La última meta, indudablemente, es el Cielo, la Jerusalén Celestial. 

Las palabras de Jeremías, por lo tanto, ¿se refieren al Cielo? Sí. Tienen un significado eclesiológico, pero también escatológico: en el Cielo todos conoceremos a Dios, que nos habrá perdonado todas nuestras culpas para siempre. 

Sin embargo, muchos estudiosos, especialmente en nuestro tiempo, afirman que esas palabras de Jeremías se refieren, también y, sobre todo, a la Nueva Jerusalén: a los Nuevos Cielos y la Nueva Tierra, que serían un Reino Eucarístico aquí en la tierra; la Era de Paz de la cual hablaba San Juan Pablo II.

¿Cuándo llegará ese Nuevo Paraíso aquí en la tierra? No lo sabemos con certeza, aunque hay profecías en la Sagrada Escritura y en mensajes de videntes de nuestra época (como Marga, de la cual hemos hablado mucho en este blog) que sostienen su gran proximidad: ya estaríamos en el Tiempo de Gracia que precede a la Gran Tribulación y a la Era de Paz (ver, por ejemplo, el sitio web «Count Down to the Kingdom».    

  Mientras llega el cumplimiento de esa Promesa, repitamos el Padre Nuestro con devoción: «Venga a nosotros tu Reino. Hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo».


  

lunes, 9 de noviembre de 2020

El Misterio del Templo

La fiesta de la Dedicación de la Basílica Lateranense nos recuerda que somos “piedras vivas” en la construcción del Templo de Dios, que es casa de oración. En Jesucristo se cumple la plenitud de la Presencia de Dios entre nosotros, que culminará en su Segunda Venida.

«Desde ahora, realizada ya la Encarnación sostiene Y.M.J. Congar, existe un templo perfecto que es el cuerpo de Jesucristo. Es el templo teándrico, que asume, para infundirle una verdad y una dignidad superior, al templo espiritual de las almas, al que une a Sí en un cuerpo místico o comunional, y al templo cósmico de un mundo del que es rey, sacerdote y Salvador, y al que hará participar de la gloria de los hijos se Dios. Todo ello va realizándose ya, pero aguarda su consumación. En el presente régimen, que es a la vez de realidad y de espera, esta unión del mundo y de las almas al templo santo del cuerpo de Cristo se opera «in mysterio», mediante los sacramentos: el sacramento de la eucaristía y el sacramento de las iglesias. La eucaristía, cuerpo sacramental de Cristo, alimenta en nuestras almas la gracia, por la cual somos el templo espiritual de Dios; es el sacramento de la unidad, el signo del amor por el que formamos un sólo cuerpo, el cuerpo comunional de Cristo. Es, finalmente, para nuestros mismos cuerpos, una promesa de resurrección (Jn. 6, 54). Es también, para mundo entero, germen de transformación gloriosa por el poder de Cristo. Tiene, por lo tanto, un valor cósmico, y no sólo como promesa de restauración, sino también como signo, por cuanto se elabora con elementos del mundo y mediante el trabajo del hombre. También la liturgia destaca el valor de la eucaristía como alabanza y acción de gracias por parte de la creación. También las iglesias sirven a la vida de nuestras almas en cuanto templos espirituales, por cuanto son lugares de oración; sirven asimismo a nuestra unión en un cuerpo comunional, puesto que son el lugar de la asamblea cristiana. Y como la eucaristía, aún en mayor medida, asumen los elementos del mundo y el trabajo del hombre. Son ellas también las primicias de la creación, ofrecidas a Dios y atraídas hacia la sociedad del cuerpo de Cristo, que las reunirá y consagrará a todas. Por tal motivo, las ricas catedrales y, más modestamente, las iglesias y capillas diseminadas sobre la superficie de la tierra, convocan a los elementos del mundo y recogen todo vestigio de belleza para la alabanza del Señor, al tiempo que representan el glorioso cortejo de los santos. Son signo y promesa de que todo será reunido, lo visible y lo invisible, lo corporal y lo espiritual, en el único templo de Dios y del Cordero» (El Misterio del Templo, Ed. Estela, 1964, p. 274-275). 

miércoles, 28 de octubre de 2020

Santos Simón el Cananeo y Judas Tadeo

En esta ocasión, fiesta de los santos Simón el Cananeo y Judas Tadeo, apóstoles, transcribiré algunos párrafos de la catequesis de Benedicto XVI, del 11 de octubre de 2006. Buena lectura.

«Es muy posible que este Simón, si no pertenecía propiamente al movimiento nacionalista de los zelotas, al menos se distinguiera por un celo ardiente por la identidad judía y, consiguientemente, por Dios, por su pueblo y por la Ley divina. Si es así, Simón está en los antípodas de Mateo que, por el contrario, como publicano procedía de una actividad considerada totalmente impura. Es un signo evidente de que Jesús llama a sus discípulos y colaboradores de los más diversos estratos sociales y religiosos, sin exclusiones. A él le interesan las personas, no las categorías sociales o las etiquetas.

Y es hermoso que en el grupo de sus seguidores, todos, a pesar de ser diferentes, convivían juntos, superando las imaginables dificultades: de hecho, Jesús mismo es el motivo de cohesión, en el que todos se encuentran unidos. Esto constituye claramente una lección para nosotros, que con frecuencia tendemos a poner de relieve las diferencias y quizá las contraposiciones, olvidando que en Jesucristo se nos da la fuerza para superar nuestros conflictos.

Conviene también  recordar  que  el grupo de los Doce es la prefiguración de la Iglesia, en la que deben encontrar espacio todos los  carismas,  pueblos  y razas, así como  todas  las  cualidades  humanas, que  encuentran  su armonía y su unidad en la comunión con Jesús (…).

Tadeo le dice al Señor: "Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?". Es una cuestión de gran actualidad; también nosotros preguntamos al Señor: ¿por qué el Resucitado no se ha manifestado en toda su gloria a sus adversarios para mostrar que el vencedor es Dios? ¿Por qué sólo se manifestó a sus discípulos? La respuesta de Jesús es misteriosa y profunda. El Señor dice: "Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y pondremos nuestra morada en él" (Jn 14, 22-23). Esto quiere decir que al Resucitado hay que verlo y percibirlo también con el corazón, de manera que Dios pueda poner su morada en nosotros. El Señor no se presenta como una cosa. Él quiere entrar en nuestra vida y por eso su manifestación implica y presupone un corazón abierto. Sólo así vemos al Resucitado».

¿Cómo lo miraría Nuestra Señora? Así queremos nosotros ver a Cristo. 

jueves, 22 de octubre de 2020

Totus tuus

Hace 42 años, todos vivimos en la Iglesia una experiencia única, que quedó grabada profundamente en nuestros corazones. Al fallecimiento de San Pablo VI (6 de agosto) siguió la elección de Juan Pablo I (26 de agosto), su muerte (28 de septiembre), la elección de San Juan Pablo II (16 de octubre) y el inicio de su pontificado (22 de octubre).

Estábamos en pleno período postconciliar. Por una parte había un gran entusiasmo por la renovación que se suscitaba en la Iglesia, pero también se podían observar signos preocupantes que le llevaron a Pablo VI a decir que el humo de Satanás se había metido dentro de la Iglesia. La confusión reinante llevaba a unos a desviarse de la Tradición de la Iglesia y a otros a rechazar las enseñanzas del Concilio Vaticano II.

El Venerable Juan Pablo I (9 de noviembre de 2017), con su simpatía y buen humor, desde el principio de su pontificado nos había cautivado. Era el “Papa de la sonrisa”. Sus catequesis, por ejemplo, sobre las tres virtudes teologales, llenas de imágenes vivas, eran una muestra del nuevo camino que debía tomar la Iglesia, para llevar el Evangelio a un  mundo que se alejaba de Dios.

El desconcierto que causó su muerte fue como un jarro de agua fría. Pero la Providencia nos tenía reservada una sorpresa: un Papa que venía de lejos, no italiano, muy joven (58 años de edad), y que había participado muy de cerca en la redacción de la Gaudium et spes. ¡Qué marca más profunda dejó San Juan Pablo II en su pontificado, el segundo más prolongado de la historia!    

Hoy podemos meditar la Colecta de su Misa y, cada uno, sacar mucho provecho de ella: “Dios nuestro, rico en misericordia, que has querido que san Juan Pablo II, Papa guiara a toda tu Iglesia, te pedimos que, instruidos por sus enseñanzas, nos concedas abrir confiadamente nuestros corazones a la gracia salvadora de Cristo, único redentor del hombre. Él que vive y reina contigo”.

San Juan Pablo II es el Papa que anuncia la Misericordia de Dios (Dives in misericordia); que repetía continuamente la oración de Santa Faustina Kowalska  “Jesús, en ti confío”; que guio firmemente a la Iglesia con sus sólidas enseñanzas ancladas en la Palabra de Dios y la Tradición de la Iglesia (trece Encíclicas riquísimas) y que, desde el día de su elección ("¡No teman! ¡Abran, más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo!"), proclamó la centralidad de Jesucristo como único redentor del hombre (Declaracion Dominus Iesus). 

domingo, 18 de octubre de 2020

¿Qué es la Misión, en la Iglesia?

El Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND) nos invita a reflexionar sobre qué es la misión y porqué es importante que todos participemos en ella.

Jesús escoge a sus apóstoles después de haber pasado la noche en oración. Esto es significativo: la oración precede a la misión. Los llama para que estén con él y para enviarlos. Esto también nos dice mucho. Lo primero es la búsqueda de la santidad (estar con Jesús) y apostolado (servir). En la Plegaria Eucarística II le damos gracias al Padre porque nos hace dignos “de servirte en tu presencia” (“astare coram te et tibi ministrare”).   

El apostolado es misión. Ambas palabras tienen una misma etimología. El término saliah, en hebrero quiere decir enviado, pero con un matiz particular: el que es enviado y hace las veces del que lo envía, es el embajador. Eliezer, enviado por Abraham e Isaac, escoge a Rebeca para esposa de Isaac, esta da su consentimiento y el matrimonio se considera definitivo. «El que os recibe, me recibe; el que me recibe, recibe al que me envió» (Mt 10,40).

Jesús envía, pero él, a su vez, es enviado por el Padre junto con el Espíritu Santo. «Como me envía el Padre, así os envío yo» (Jn 20, 21). El origen del envío apostólico hay que buscarlo en las misiones trinitarias: primero la misión creadora y luego la misión re-creadora, por las que el Padre —que es invisible y nunca se manifiesta directamente— actúa. Por medio de su «dos manos» (el Hijo y el Espíritu Santo) santas y venerables, como dice San Ireneo, que nos tocan, nos toman y nos consagran a Él, el Padre nos crea y nos re-crea.

Nuestra misión apostólica consiste en ser imágenes vivas del Padre, que deben imprimir en los otros el sello filial y llenar esta efigie con el Espíritu, que la animará en ellos.

En la Iglesia todos somos misioneros y profetas. «El profeta es aquel que dice la verdad en virtud de su contacto con Dios; la verdad para el presente que naturalmente también ilumina el futuro (…); hacer presente en este momento la verdad de Dios e indicar el camino que hay que tomar; (…) el profeta (…) ayuda a comprender y a vivir la fe como esperanza (…). Veo el núcleo o la raíz del elemento profético en este «cara a cara» con Dios, en «conversar con Él como un amigo». Sólo en virtud de este encuentro directo con Dios, el profeta puede hablar en el tiempo (…). Cristo es el profeta definitivo, porque es el Hijo (…). (Entrevista al Cardenal Ratzinger, de Niels Christian Hvidt, El problema de la profecía cristiana, 16 de marzo de 1998). María es la primera “profeta” de su Hijo. 

viernes, 16 de octubre de 2020

Marcados por el Espíritu Santo

San Pablo explica a la comunidad de Éfeso que ellos, los que han recibido el Bautismo, han sido marcados con el sello del Espíritu Santo, que es la garantía de que alcanzarán la herencia prometida. Y les anima, mientras llega el momento de la liberación, al final de los tiempos, a alabar a Dios con toda el alma; para eso han sido destinados: para la alabanza continua de su gloria (cfr. Ef 1, 11-14).

La Iglesia es como una Ciudad amurallada

El Salmo 32 nos invita a repetir: “Alabemos al Señor con alegría”. “Que los justos aclamen al Señor; es propio de los justos alabarlo”. “Feliz la nación cuyo Dios es el Señor, dichoso el pueblo que escogió por suyo”.

¿Es bueno sentirse “escogidos”? ¿No es una forma de elitismo? No, por supuesto que no. La palabra "iglesia" viene del latín ecclesia, y este del griego, ekklesia (κκλησία). San Pablo usó esta palabra para referirse a la congregación de creyentes cristianos.  Es una palabra compuesta por la preposición griega ek (κ), que denota un origen y que puede traducirse independientemente como desde; y kaleo (καλέω), que significa llamar, escoger. La definición más genérica es la de "una reunión de ciudadanos llamados desde sus hogares a un lugar público"; es decir, escogidos para reunirse en una asamblea. Los ekkletoi (los llamados, los escogidos) constituyen la Ekklesia.

Si no “sentimos” profundamente el gozo de haber sido “escogidos”, “llamados” por Cristo a su Iglesia, no comprenderemos la urgencia de salir a las plazas y a los cruces de caminos para invitar a nuestros hermanos a pertenecer a la Ekklesia, y a seguir a Cristo reunidos en este Misterio de Comunión de los hombres entre sí, por Cristo, en el Espíritu Santo.

Ahora, la belleza de la Iglesia está como oculta por las consecuencias del pecado original y nuestros pecados personales. Pero llegará el momento de la liberación y, entonces, no habrá nada oculto que no llegue a descubrirse, ni nada secreto que no llegue a conocerse. La verdad “se proclamará desde las azoteas” (cfr. Lc 12, 1-7).

¿Cuál es la conclusión que podemos sacar de estos textos de la Escritura? Lo que nos dice el Señor continuamente: no temer, ser valientes para vivir como cristianos. Saber que, cada uno de nosotros, valemos toda la Sangre de Cristo. Sentir vivamente el gozo de ser suyos y de haber sido elegidos por Él. Anunciarlo en todas nuestras palabras y obras. María no se avergonzaba de ser la Madre de Jesús. Al contrario, lo manifestaba siempre, agradecida por el don recibido. 

domingo, 6 de septiembre de 2020

Aprender a amar en la Iglesia

Antiguamente, se solía decir que la misión de la Iglesia es la “salus animarum”, es decir, la salvación o la salud de las almas, entendiendo por “alma” a todo la persona humana, que es corporal y espiritual, pero poniendo énfasis en el bien espiritual del hombre. Esta definición de la misión de la Iglesia, como no podía ser de otra manera, sigue siendo válida. Ahora se puede expresar de otras formas pero, en el fondo, se viene a decir lo mismo. Por ejemplo, podemos definir la Iglesia como “la comunión de los hombres con Dios y entre sí, por Cristo, en el Espíritu Santo”. La misión de la Iglesia es “ser instrumento de comunión”, o “ser sacramento universal de salvación”.

Romano Guardini - CultorDeLivros
Siervo de Dios, Romano Guardini (1885-1968)

Lo que no podemos perder de vista nunca es que la misión de la Iglesia es dar gloria a Dios y buscar el bien de los hombres, especialmente el bien espiritual. Es importante subrayar esta prioridad. Todas las obras sociales y asistenciales que hagamos con nuestros hermanos, no tendrían sentido si no buscamos, ante todo, su bien espiritual: la salvación de su alma. Respetando siempre la libertad de cada uno, rezamos y ponemos todos los medios posibles para que todos los hombres lleguen al conocimiento de la verdad en el amor. Y creemos que Cristo es el único Mediador (cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus, sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, 6 de agosto de 2000).

A la luz de este principio podemos leer y meditar los textos del Domingo XXIII del tiempo ordinario. Por ejemplo: “yo te pediré a ti cuentas de su vida” (cfr. Ez 33, 7-9); “el cumplimiento pleno de la ley consiste en amar” (cfr. Rom 13, 8-10); “no endurezcan su corazón” (Salmo 94); “Dios nos confió el mensaje de la reconciliación” (Aleluya); “si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas” (cfr. Mt 18, 15-20).

El hombre no es sólo entendimiento, voluntad y emociones; también es “relación”, que es constitutiva de su ser hombre: no algo añadido y accidental. Precisamente el Concilio Vaticano II puso de relieve este aspecto al fomentar la “espiritualidad de comunión”. Recordaremos la famosa frase de Romano Guardini recogida al comienzo de su libro El sentido de la Iglesia: “un acontecimiento religioso de alcance trascendental ha hecho aparición: la Iglesia nace en las almas”. Esta frase la pronunció en una conferencia que dictó al comienzo de su docencia universitaria en Bonn, en el año de 1922, hace casi cien años. María, Madre de la Iglesia, nos ayudará a tener un corazón grande para aprender a querer a nuestros hermanos, por amor a Dios.