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viernes, 22 de enero de 2021

"Está cerca el Reino de Dios"

«Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (cfr. Mc 1, 14-20). Así comienza el Evangelio del Tercer Domingo del Tiempo ordinario, Domingo de la Palabra (ver nota reciente de la Sagrada Congregación para el Culto Divino), y Domingo en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.

Bartolomé Esteban Murillo (1618-1682),
"Ecce Homo"

Con esas palabras comienza Jesús su predicación, que es precisamente sobre la proximidad del Reino de Dios, o Reino de los Cielos. Pero, ¿qué quería el Señor decirnos con esta expresión? A lo largo de la historia de la Iglesia se han dado numerosas interpretaciones, especialmente en el último siglo. Los teólogos se han detenido en ella, porque es muy importante conocer el alcance de su significado.

Por ejemplo, desde muy joven, Joseph Ratzinger mostró un gran interés por la escatología. Como profesor de teología dogmática impartió ese curso en varias ocasiones y escribió un libro, “Escatología: la muerte y la vida eterna”. En el tomo X de sus obras completas, trata sobre la Resurrección y la Vida Eterna. Todo el pensamiento escatológico de Benedicto XVI está dentro de la teología tradicional. Por lo tanto, no se aventura a hablar de un periodo de la historia intermedio entre la Segunda Venida de Cristo (Fin de los Tiempos) y el Fin del mundo. Sin embargo, Conchita González, en una ocasión aclaró a su madre que sí parece que llegará esa etapa de un "milenio" bien entendido, según unas palabras de la Virgen: “no ha dicho fin del mundo, sino fin de los tiempos”. Entre el fin de los tiempos y el fin del mundo podría haber una nueva manifestación del Reino de Dios en la tierra.

En esta semana en que estamos rezando por la unidad en la Iglesia y considerando la importancia de la Palabra de Dios, es importante mantener la unidad sobre los conceptos centrales de la escatología cristiana -sabiendo que hay aspectos que forman parte de la revelación, que están en la Sagrada Escritura y en la Tradición, y han sido explicados por el Magisterio de modo constante a través de los siglos-, y hay también interpretaciones o añadidos por revelaciones privadas, que hay que tomar con precaución, y que no forman parte de la revelación pública y de lo que está en el depósito de la fe. 

La expresión “Reino de Dios” tiene que ver con todo esto, porque precisamente, a partir de ella se puede conocer qué es lo central y cómo hay que entender la Nueva Realidad inaugurada por Cristo. En el Nuevo Testamento y en los escritos paulinos y jónicos se trata numerosas veces sobre este tema. El Reino de Dios es el asunto central de la predicación y de la actividad del Señor. Jesús no sólo anuncia la llegada del Reino, sino que lo trae en su persona, sus obras y sus palabras (cfr. A. García-Moreno, voz Reino de Dios, en Diccionario de Teología, Eunsa, pp. 842-848). Es un mensaje de Jesús y sobre Jesús. 

“Es temporal, porque se materializa en una comunidad que lo acepta, lo vive y lo realiza en el mundo de los hombres.; es escatológico porque debe planificarse en el futuro; y es cristológico porque tiene que ver esencialmente con Jesús y sus discípulos” (Ibidem).

La venida del misterioso Reino de Dios se extiende desde los profetas del Antiguo Testamento hasta el final de los tiempos. Solamente en el futuro alcanzará su plenitud. Sin embargo, ya está presente en las palabras y acciones de Jesús. También en sus discípulos. 

El tiempo se ha cumplido [engiken]”. Esta palabra griega está en un tiempo pasado con implicaciones presentes y que, sin embargo, alude al futuro. Misteriosamente, se unen pasado, presente y futuro escatológico. 

“Esta tensión en torno al tiempo corresponde a la presencia del Reino como algo misteriosamente escondido, incomprensible a "los de fuera", pero revelado a "los de dentro". «A vosotros se os ha dado a conocer el misterio del Reino» (Mc 4, 11). Debe afirmarse, sin embargo, que la frontera entre "los de fuera" y "los de dentro" permanece fluida e in cierta hasta el fin de los tiempos” (Ibidem).

El Reino de Dios está en el mundo desde que Jesús comienza su actividad pública. Pero no es un reino temporal: «Mi reino no es de ese mundo» (Jn 18, 36). Existe ya en la tierra como realidad espiritual incoada, que es semilla y primicia de la plenitud futura.
El Reino, iniciado por la predicación y acciones de Jesús, toma forma en el mundo a través de las obras de sus discípulos. El Reino contiene una dimensión eterna. Sobre todo, es interior: está en los corazones. «El Reino de Dios no llega con signos visibles, ni dirán helo aquí o allí; porque el Reino está dentro de vosotros» (Lc 17, 20). 

El "venga a nos tu Reino", del Padrenuestro, no es una petición puramente escatológica que contemple sólo un tiempo futuro. El creyente pide también que Dios se abra paso y reine en los corazones de los hombres.

“Conviene advertir que todas las interpretaciones existentes del Reino, desde los mismos evangelistas hasta nuestros días, nunca conseguirán reflejar plenamente el alcance y las implicaciones de la predicación y la mente de Jesús acerca de ese misterio” (cfr. Ibidem).

Ya desde ahora podemos contribuir con la implantación del Reino, seguros de que, al final, nos quedaremos asombrados de los planes de Dios.
 

miércoles, 11 de noviembre de 2020

San Martín de Tours

A lo largo del Año Litúrgico celebramos las solemnidades, fiestas y memorias del Señor, Nuestra Madre y de muchos santos y santas. Uno de los que ha tenido gran devoción en el pueblo cristiano es San Martín de Tours (11 de noviembre). De hecho, por ejemplo, en España, durante la Edad Media, era uno de los nombres que más se utilizaba para bautizar a los niños, después de Pedro y Juan. Yo le tengo especial devoción porque, antes del siglo XVIII, mi apellido completo era Martín Cano. Un antepasado mío, que vivió en la primera mitad de ese sigo, decidió quedarse sólo con el “Cano”. Aunque San Martín es un santo francés, tuvo gran devoción en toda Europa.

Nació en Hungría hacia el año 316. Sus padres lo llevaron a Italia siendo niño. Ahí ingresó en el Ejército Romano cuando tenía 15 años de edad, y fue destinado a Las Galias. En Amiens tuvo lugar el famoso episodio de su vida en el que se encontró con un pobre que no tenía con qué cubrirse y Martín, partió su capa en dos y le dio la mitad a aquel hombre. Esa noche tuvo una visión de Jesús que le decía: “Martín, hoy me cubriste con tu manto”. Este suceso le llevó a dar el paso de su bautismo, pues ya era catecúmeno desde hacía tiempo. Además, se presentó ante su general y le dijo: "Hasta ahora te he servido como soldado. Déjame de ahora en adelante servir a Jesucristo propagando su santa religión". Y, desde entonces decidió dar prioridad a la salvación de su alma llevando una vida retirada del mundo. Fue discípulo de San Hilario de Poitiers y fundó el primer convento que hubo en  Francia, con algunos amigos que le siguieron. "Fui soldado por obligación y por deber, y monje por inclinación y para salvar mi alma", solía decir.

En el año 371 fue invitado a la ciudad de Tours y ahí fue aclamado obispo por elección popular. Algo parecido a lo que le sucedió a San Agustín, en Hipona, un poco más tarde. En Tous fundó otro convento que pronto tuvo ya 80 monjes. Además, recorrió todo el territorio de su diócesis dejando un sacerdote en cada pueblo. Él fue el fundador de las parroquias rurales en Francia.

Uno de sus rasgos más notables era su amabilidad. Se le aplicaban a la perfección las palabras de San Pablo a Tito: “Recuérdales a todos que deben someterse a los gobernantes y a las autoridades, que sean obedientes, que estén dispuestos para toda clase de obras buenas, que no insulten a nadie, que eviten los pleitos, que sean sencillos y traten a todos con amabilidad”. Son famosas su palabras en el lecho de muerte (397): "Señor, si en algo puedo ser útil todavía, no rehúso ni rechazo cualquier trabajo y ocupación que me quieras mandar". 

jueves, 22 de octubre de 2020

Totus tuus

Hace 42 años, todos vivimos en la Iglesia una experiencia única, que quedó grabada profundamente en nuestros corazones. Al fallecimiento de San Pablo VI (6 de agosto) siguió la elección de Juan Pablo I (26 de agosto), su muerte (28 de septiembre), la elección de San Juan Pablo II (16 de octubre) y el inicio de su pontificado (22 de octubre).

Estábamos en pleno período postconciliar. Por una parte había un gran entusiasmo por la renovación que se suscitaba en la Iglesia, pero también se podían observar signos preocupantes que le llevaron a Pablo VI a decir que el humo de Satanás se había metido dentro de la Iglesia. La confusión reinante llevaba a unos a desviarse de la Tradición de la Iglesia y a otros a rechazar las enseñanzas del Concilio Vaticano II.

El Venerable Juan Pablo I (9 de noviembre de 2017), con su simpatía y buen humor, desde el principio de su pontificado nos había cautivado. Era el “Papa de la sonrisa”. Sus catequesis, por ejemplo, sobre las tres virtudes teologales, llenas de imágenes vivas, eran una muestra del nuevo camino que debía tomar la Iglesia, para llevar el Evangelio a un  mundo que se alejaba de Dios.

El desconcierto que causó su muerte fue como un jarro de agua fría. Pero la Providencia nos tenía reservada una sorpresa: un Papa que venía de lejos, no italiano, muy joven (58 años de edad), y que había participado muy de cerca en la redacción de la Gaudium et spes. ¡Qué marca más profunda dejó San Juan Pablo II en su pontificado, el segundo más prolongado de la historia!    

Hoy podemos meditar la Colecta de su Misa y, cada uno, sacar mucho provecho de ella: “Dios nuestro, rico en misericordia, que has querido que san Juan Pablo II, Papa guiara a toda tu Iglesia, te pedimos que, instruidos por sus enseñanzas, nos concedas abrir confiadamente nuestros corazones a la gracia salvadora de Cristo, único redentor del hombre. Él que vive y reina contigo”.

San Juan Pablo II es el Papa que anuncia la Misericordia de Dios (Dives in misericordia); que repetía continuamente la oración de Santa Faustina Kowalska  “Jesús, en ti confío”; que guio firmemente a la Iglesia con sus sólidas enseñanzas ancladas en la Palabra de Dios y la Tradición de la Iglesia (trece Encíclicas riquísimas) y que, desde el día de su elección ("¡No teman! ¡Abran, más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo!"), proclamó la centralidad de Jesucristo como único redentor del hombre (Declaracion Dominus Iesus). 

jueves, 27 de agosto de 2020

Vigilar y orar

Mateo desarrolla el llamado “discurso escatológico” del Señor en Mt 24, 1 - Mt 25, 46. Además de referir las palabras de Jesús sobre los sucesos que ocurrirán:  la destrucción del templo (24, 1-2), el comienzo del fin (24, 3-14), la gran tribulación (24, 15-28), la venida del Hijo del hombre (24, 29-31) y la certeza y cercanía del fin (24, 32-35); también hace un relato de los consejos que nos da el Señor: estar atentos (24, 36-44) como un criado fiel y prudente (24, 45-51), como las jóvenes previsoras (25, 1-13) o como los siervos que ponen a producir los talentos recibidos (25, 14-40) porque, al final, llegará el juicio definitivo (25, 31-46).

Fiesta de Santa Mónica, madre de san Agustín ¡Felicidades a todas las Madres del…
Santa Mónica, vigila y ora

Hoy vamos a fijarnos en el consejo de estar atentos. ¿Qué significa? ¿Qué quiere decirnos Jesús con estas palabras: “Velen, porque no saben qué día vendrá su Señor” (Mt 24, 42)? ¿Por qué nos las dice?

Ante los sucesos históricos, como los que estamos viviendo actualmente en el mundo, una manera de reaccionar es la angustia y la preocupación. ¿Por qué Dios ha permitido está pandemia? ¿Cuál es su origen? ¿Hasta cuándo durará? ¿Qué va a ser del futuro del mundo, de mi país, de mi familia? Otra manera de ver las cosas es la que espera el Señor de sus discípulos: la vigilancia. “Velen y oren para no caer en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil” (Mt 26, 41). Velar es permanecer en oración, en diálogo confiado de amigos, tratando muchas veces a solas, con quien sabemos nos ama (cfr. Santa Teresa).

Buscar continuamente la presencia de Dios; darle gracias por todo, porque todo es bueno; hacer examen personal y acudir muchas veces a su misericordia para pedirle perdón por nuestros pecados y los pecados del mundo; acudir al Espíritu Santo y a Nuestra Señora para rogar que nos iluminen el entendimiento, fortalezcan nuestro corazón e inflamen nuestra voluntad para ser buenos y fieles. Todo esto es “estar en vela”. “Custos, quid de nocte?” (Is 21, 11). “Centinela, alerta”. En la noche en que vivimos, los cristianos hemos de ser puntos de luz en los que se pueda apoyar la palanca del poder de Dios para cambiar el mundo.     

El Año Litúrgico nos ofrece, todos los días, ejemplos vivos de hombres y mujeres que han sabido vigilar hasta el fin. Santa Mónica (27 de agosto), con su paciencia y su vida de oración dedicada a la conversión de su marido y de su hijo, nos enseña cómo hemos de vigilar sin perder la esperanza. “No se perderá el hijo de tantas lágrimas” le dijo con razón un santo obispo para consolarla. 

viernes, 21 de agosto de 2020

Instaurare omnia in Christo

El pasaje del profeta Ezequiel (cfr. Ez 37, 1-14), sobre los huesos secos que reviven, nos impresiona cada vez que lo leemos. «‘Esto dice el Señor: Ven, espíritu, desde los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos, para que vuelvan a la vida’». Era la de la casa de Israel, que decía: «‘Nuestros huesos están secos; pereció nuestra esperanza y estamos destrozados’».

8 datos curiosos sobre la vida del Papa San Pío X
San Pío X (pontificado de 1903 a 1914)

El Nuevo Israel es la Iglesia. Nosotros también podemos estar con poca esperanza y “con los huesos secos”; quizá especialmente durante esta prueba que ha permitido el Señor en todo el mundo para nuestra purificación. Pero el Señor habla a los israelitas: «‘Pueblo mío, yo mismo abriré sus sepulcros, los haré salir de ellos y los conduciré de nuevo a la tierra de Israel». De hecho, en los siguientes versículos del capítulo 37, promete que unirá de nuevo los dos reinos separados (Judá e Israel).

Los Padres de la Iglesia (por ejemplo, San Ireneo y San Jerónimo) interpretan este texto de la Escritura aludiendo a los “últimos tiempos” en los que el Señor unirá a todos los pueblos de la humanidad bajo un solo Pastor. La unidad y la vida nueva, para todos los hombres, llegarán a realizarse algún día, quizá no muy lejano, si lo pedimos insistentemente, como los primeros cristianos: «Maran atha!», «¡Ven Señor, Jesús!» (cfr. 1 Cor 16, 22 y Apoc 22, 20).

San Pío X, cuya memoria se celebra el 21 de agosto, tenía como lema «Instaurare omnia in Christo». A los dos meses del inicio de su pontificado escribía, en la Encíclica E supremi apostolatus cathedra (4-X-1903): «en la gestión de nuestro pontificado tenemos un solo propósito, Instaurare omnia in Cristo (Eph 1, 10), para que efectivamente sea omnia et in ómnibus Christus (Col 3, 11)». Pero, ¿por qué eligió estas palabras?, ¿qué significado tenían para él?

El lema de San Pío X tiene muchos matices pero lo que él se había propuesto era restaurar la «civilización cristiana» en todos sus aspectos (ver artículo en pdf); «informar el mundo entero con el espíritu de Jesús, colocar a Cristo en la entraña de todas las cosas» (San Josemaría, Camino 105). Se trataba de someter todo a Dios: devolver a Dios la entera sociedad humana, alejada de la sabiduría de Cristo. De este modo, frente a la descristianización y secularización que se estaban llevando a cabo en nombre de la modernidad, el papa deseaba «que Cristo sea todo en todos (Col 3, 11), para la salvación eterna de los hombres, por la implantación del reino de Dios en la tierra» (Encíclica Communium rerum, 20-IV-1909). Qué Santa María Reina (22 de agosto, en este año) nos ayude a colaborar en esta misión perenne de la Iglesia, hasta la consumación escatológica. 

jueves, 13 de agosto de 2020

San Hipólito y las armas mexicanas

La memoria de los Santos Hipólito y Ponciano (13 de agosto; ver breve biografía) nos recuerda que estos santos, fallecidos juntos en las minas de Cerdeña, Italia, el año de 235, son patronos de la Ciudad de México, porque ese día, en 1521, tuvo lugar la toma de Tenochtitlán. Durante casi tres siglos (hasta 1812) se celebraba la fiesta y procesión del Pendón, desde el Zócalo a la actual iglesia de San Hipólito, por la Calle de Tacuba.

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San Hipólito y las armas mexicanas. Anonimo novohispano, 1764. Museo Franz Mayer.

Algunos, quizá, no celebrarán este aniversario. Les parecerá que fue una intromisión injusta de los españoles. Otro, en cambio, verán este hecho histórico como parte de la Providencia de Dios, que quiso la conversión de México y la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe, diez años después, para confirmar la fe de los naturales de estas tierras.

Cuando nuestras “rebeldías” llegan a un límite, Dios envía a sus profetas para que podamos “ver con nuestros ojos y oír con nuestros oídos” la verdad (cfr. Ez 12, 1.12), y salgamos de nuestros errores. Jesús aconseja a sus discípulos practicar la corrección fraterna para librar del pecado a nuestros hermanos.

Es cierto que muchas veces, los hombres no sabemos amar como el Señor. Somos bruscos, intransigentes, violentos y poco respetuosos. La historia de la Iglesia y de la humanidad, está llena de sucesos que ahora reprobamos. Sin embargo, no podemos olvidar dos cosas fundamentales: 1) que no somos perfectos, y estamos llenos de fragilidad y 2) que las acciones humanas han de juzgarse siempre en su contexto (histórico, cultural, etc.).

Hoy podemos pedir al Espíritu Santo que nos haga hombres y mujeres prudentes y sabios; que sepamos discernir todos los sucesos con una mirada llena de humanidad y también de fe. Así seremos personas que evitan los extremismos, se alejan de los juicios duros, y buscan permanecer en la verdad de lo que es inmutable, según la naturaleza humana y los designios de Dios. Actuaremos con mesura, y nuestras acciones y consejos serán acertados, y servirán de consuelo y orientación a muchos.

Finalmente, no olvidemos el consejo del Señor: perdonar (cfr. Mt 18, 21 – 19, 1), que significa no juzgar apresuradamente, no descartar la buena intención de las personas, comprender las circunstancias que las acompañan y no perder la unidad entre nosotros sino, más bien, ser instrumentos de unidad ahí donde estemos, como lo fueron Hipólito y Ponciano, unidos en el martirio. 

sábado, 28 de diciembre de 2019

El cambio de los corazones


Estamos a punto de comenzar un año nuevo y un período nuevo de la historia: los años 20’s del sigo XXI. En el siglo XX se denominó a esta época “los fabulosos veintes”. Había terminado la Primera Guerra Mundial y comenzaba una época de esperanza.    

Fra Angelico. La huida a Egipto (1451-52)

 Ahora, cien años después, nosotros también comenzamos los años 20’s con una nueva esperanza: la de querer vivir en la Voluntad de Dios cada vez más.

Hace 7 años (en 2013) comenzamos este blog que con este post llega a los 500. Durante el año 2020 es muy probable que aparezcan menos posts en el blog. En principio no saldrán todos los sábados, como ha sucedido hasta ahora, sino quizá con una frecuencia menor y posiblemente más breves. Nos queremos poner en las manos del Espíritu Santo que nos irá sugiriendo lo que debemos escribir, sin programar de antemano nuestro trabajo. Los acontecimientos en el mundo y en la Iglesia, los sucesos personales, las reflexiones y la oración en silencio, delante de la Eucaristía, nos irán marcando el camino.

En éste último post de 2019 nos centraremos en una idea: la necesidad de pedir al Señor que nos cambie los corazones para prepararnos a comenzar la Nueva Época que ya está muy cercana. Conchita de Garabandal, que cumplirá 71 años de edad en pocas semanas, presenciará el Aviso y el Milagro, que marcarán la proximidad de la Segunda Venida del Señor y del inicio del Reino Eucarístico. Pero hace falta prepararnos para esos acontecimientos.         

Quisiéramos que, en este Tiempo de Navidad,  el Amor de Dios transforme nuestros corazones para que no tengamos otra libertad más que la de amar a Dios. Quisiéramos que el Amor de Dios esté presente en nuestras mentes, nuestras palabras, nuestros corazones, nuestra vida entera, de modo que ya no vivamos nosotros, sino Cristo en nosotros (cfr. Gal 2, 20). Mañana lo pediremos, con esperanza, a la Sagrada Familia, Jesús, María y José, en la Solemnidad que celebraremos. La Iglesia es una Familia: la Familia de los hijos de Dios. Una Familia que sufre la tribulación (ver imagen de la “Huida a Egipto”), pero está llena de esperanza.    

Su esperanza está centrada en Cristo. ¿Qué esperamos? Siempre a Jesús, que viene. Vino hace 20 siglos, vendrá con gloria pronto, en su Segunda Venida. Y, además, viene cada día a visitarnos: está con nosotros; es el Emmanuel, Dios con nosotros, principalmente en la Eucaristía.

¿A qué viene Jesús? A salvarnos (Jesús = “Dios salva”). ¿De qué? De la muerte, del demonio, del pecado. Ha venido y viene al mundo “propter nos homines et propter nostram salutem”, “por nosotros y por nuestra salvación”. Pero nos salva con su Amor que llena toda nuestra persona porque “vino a los suyos y los suyos no le recibieron. Pero a los que le recibieron les dio el poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Jn 1, 11-12).

Vivir en la Voluntad de Dios (ver últimos 12 posts de este blog) es vivir sintiéndonos y siendo hijos de Dios con todas sus consecuencias. Con la gracia de Dios ya podemos vivir así en esta tierra, pero podemos ir creciendo cada vez más en esta nueva vida si somos “Almas de Eucaristía” (San Josemaría Escrivá de Balaguer), si nos convertimos en una Eucaristía viviente porque dejamos que el Amor Eucarístico del Señor llene por completo nuestros corazones.

Marga, de la cual hemos transcrito en este blog muchos de los mensajes que ha recibido, nos ha hecho llegar a través del blog de la VDCJ un mensaje del 19 de diciembre de 2019 (ver mensaje). Tiene un título muy sugestivo: “El cambio de los corazones”. ¿Por qué? Porque eso es lo que hace falta para que podamos llegar a vivir la Voluntad de Dios en plenitud.

Veamos lo que nos dice la Virgen a través de esta madre de familia que tantas gracias ha recibido de Dios y es un instrumento fiel para trasmitir lo que Él y Nuestra Señora quieren que sepamos , meditamos y lo hagamos vida, en estos momentos tan importantes para la humanidad.

El “Centro” que se menciona en el mensaje es el “Centro de Espiritualidad Bethlehem” que se ha abierto recientemente (ver información sobre el Centro). Está en la Calle Tajuña esquina a la Calle Adaja, Colmenarejo, Madrid. El Señor lo pidió a Marga para difundir los mensajes de la Verdadera Devoción al Corazón de Jesús.    

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Mensaje de la Virgen María del 19-12-2019. El cambio de los corazones

En el Centro. Ante la Virgen Peregrina de Fátima 11,50h

Amada, no valgo nada, pero tú, oh Señora, me inspirarás qué decir hoy.

Virgen

Marga querida, antes hablemos tú y Yo.

Claro. Gracias, Mamá.


Esto es un Centro para el Corazón de Jesús, un “Centro de Amor”, de regalo a Jesús, como os ha gustado decir.

Pero también es una Casa para ti, donde el Señor te alberga a ti y a tu familia, y te protege de la debacle que se os viene encima a todos, a toda la Humanidad.

Tú no sales de tu asombro al estar viviendo aquí con los tuyos y así. Harás de esta Casa un lugar acogedor para los tuyos, sus amigos y para la Fundación y sus allegados. Así como para toda la gente de buena voluntad que se quiera unir o valer de tu Obra.

¡Asombrarás a tantos!

Diles hoy, quiero que les digas que no estamos nosotros para pesimismos y desesperanzas, para agoreros y cosas negativas. ¡Estamos los cristianos en el mundo de hoy para llenarlo de esperanza!

¡Nace Enmanuel! “Dios con nosotros”, y llena al mundo de sentido y de alegría de vivir.

Esperáis ahora su Segunda Venida. Pero para ello debe encontrar al mundo preparado. ¿Están preparados?

¿Estáis preparados? ¿No estáis más bien preocupados de todas las materialidades? ¿Habéis hecho un cambio de corazón?

Los corazones deben estar muy cambiados para su Venida.

Es momento de enderezar las sendas [Nota 2: Cfr. Is 40,3; Mc 1,3] y hacer un cambio personal hacia la conversión.

¿Es vuestro corazón un corazón pesimista que no vive la Alegría de su Nacimiento y su Venida?

¿Es vuestro corazón un corazón que nada en el rencor sin arrancárselo de sí, que recuerda continuamente las afrentas del hermano, que no perdona, no ama y no devuelve bien por mal? [Nota 3: Cfr. Rm 12,21].

¿Es vuestra vida una vida ociosa, que se dedica a pensar en sí mismo y no trabaja para acercar el Reino de Dios a las gentes?

Queridos, tenéis que convertiros, y convertiros primeramente vosotros, que sois los que estáis Conmigo y con Jesús, y sois los que buscáis mis Palabras. Si no las buscáis para convertiros, decidme para qué las buscáis.

El cambio de los corazones del mundo pasa por un cambio: primero de vuestros corazones.

Cuando el mundo vea cómo os habéis convertido y el amor que emana de vosotros, querrá igualmente buscar conversión. No antes. No antes.

Si no les lleváis vosotros el Anuncio del Enmanuel entre vosotros, decidme quién lo hará.

Y si no lo conocen, no podrán convertirse.

Y si no se convierten, no podrá venir a vosotros el Reino de Dios.

Es tiempo de conversión.

Es tiempo de preparar su Venida.

Es tiempo de preparar los corazones, empezando por el propio vuestro.

Es tiempo de anunciar al mundo la salvación.

Así podrá venir a Reinar. No antes.

Os necesita a vosotros, pequeño rebañito disperso.

Congregaos, congregaos alrededor de una Madre, María, la Madre de la Humanidad, la Madre de todos vosotros.

Para eso Yo suscito -dice el Señor- Centros como éste. Centros de Oración y Transformación. Centros donde mis ovejitas se congregan y se preparan para ser audaces guerreros por mi Reino.

Centros donde vienen a recibir las instrucciones de María, Madre de la Humanidad.

Centros donde Ella les prepara, como miembros congregados y unidos de su Ejército.

Ésta es mi primera instrucción para vosotros: [Nota 4: “Se supone que quiere decir que es la primera instrucción para todos, dada en el Centro”]. Quiero convertir los corazones del mundo al Corazón de Dios, y primero debéis empezar por convertir el vuestro.

He dicho, de parte de Dios.

Éste es el Tiempo de la Preparación.

Éste es el Tiempo de la Conversión.

Amén.

Gracias por haber respondido a mi Llamada.

(Esta frase abarca un agradecimiento más completo que lo escrito. Es un agradecimiento de la Virgen por nuestra actitud de escucha a Dios, de poner en práctica sus órdenes. Nuestra actitud de conversión).

¡Feliz 2020!


sábado, 28 de septiembre de 2019

La conquista de la vida eterna


San Pablo, en su Primera Carta a su joven discípulo Timoteo, lo anima con palabras vibrantes: “Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna, a la que fuiste llamado y que tú profesaste noblemente delante de muchos testigos” (1 Tim 6, 12).  

Los tres arcángeles con Tobías, 1470, Francesco Botticini


Este texto, que leeremos mañana en la 2ª Lectura de la Misa del 26° Domingo del Tiempo Ordinario, nos da pie para comenzar nuestra reflexión de este sábado.

¡La vida eterna! El Papa Benedicto, en su Encíclica Spe Salvi, nos recuerda las tres preguntas que hacía el sacerdote a las puertas de la Iglesia a los padres y padrinos que acompañaban al niño que iba a recibir el Bautismo.

“El sacerdote preguntaba ante todo a los padres qué nombre habían elegido para el niño, y continuaba después con la pregunta: "¿Qué pedís a la Iglesia?". Se respondía: "La fe". Y "¿Qué te da la fe?". "La vida eterna". Según este diálogo, los padres buscaban para el niño la entrada en la fe, la comunión con los creyentes, porque veían en la fe la llave para "la vida eterna" (Encíclica Spe Salvi, 10)”.  

Pero ¿qué es la vida eterna? En el Evangelio de la Misa Jesús nos habla de ella en la parábola del “rico epulón”. Aquel hombre vestía de púrpura y lino finísimo y banqueteaba espléndidamente, pero no se fijaba en Lázaro, un pobre mendigo que buscaba las migajas debajo de su mesa, porque no tenía que comer.

“Y sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue enterrado [en el infierno]” (Lc 16, 22).  

En el Antiguo Testamento muchos buenos israelitas creían en el “seno de Abraham” (no así los saduceos), como un lugar al que iban las almas de los justos. Es decir, creían en otra vida después de la muerte. Jesús confirma esta verdad muchas veces durante su vida, especialmente al hablarnos de su resurrección y de cómo nosotros participaremos también en ella.  

“No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros” (Jn 14, 1-3).

San Agustín, en su a carta a Proba, una viuda romana, escribió que, en el fondo sólo queremos una cosa, la vida feliz: "felicidad". Sin embargo, más adelante rectifica y dice que, realmente, no sabemos en absoluto lo que deseamos, lo que quisiéramos concretamente.

“Desconocemos del todo esta realidad; incluso en aquellos momentos en que nos parece tocarla con la mano no la alcanzamos realmente. "No sabemos pedir lo que nos conviene ", reconoce con una expresión de san Pablo (Rm 8, 26). Lo único que sabemos es que no es esto. Sin embargo, en este no-saber sabemos que esta realidad tiene que existir. "Así, pues, hay en nosotros, por decirlo de alguna manera, una sabia ignorancia (docta ignorantia)", escribe. No sabemos lo que queremos realmente; no conocemos esta "verdadera vida" y, sin embargo, sabemos que debe existir un algo que no conocemos y hacia el cual nos sentimos impulsados” (Encíclica Spe Salvi, 11).

Esa realidad desconocida es la verdadera esperanza de haber sido llamados, por la fe, a participar de la vida de Dios, la eternidad, que no es un continuo sucederse de días del calendario.

“Sino como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad. Sería el momento del sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el tempo -el antes y el después- ya no existe. Podemos únicamente tratar de pensar que este momento es la vida en sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría. En el Evangelio de Juan, Jesús lo expresa así: " Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría " (Jn 16, 22). Tenemos que pensar en esta línea si queremos entender el objetivo de la esperanza cristiana, qué es lo que esperamos de la fe, de nuestro ser con Cristo” (Encíclica Spe Salvi, 12).

La fe nos da la vida eterna, pero la fe verdadera, la de los pequeños: la fe de los humildes.

El 11 de octubre de 2010, durante la Congregación General de la Asamblea Especial para Oriente Medio del Sínodo de los Obispos, Benedicto XVI comentaba el Salmo 81 que menciona la caída de los dioses (ver texto completo).

“En este Salmo, en una gran concentración, en una visión profética, se ve la pérdida de poder de esos dioses. Los que parecían dioses no son dioses y pierden el carácter divino, caen a tierra. Dii estis et moriemini sicut nomine (cfr Sal 81, 6-7): la pérdida de poder, la caída de las divinidades” (Benedicto XVI, 11-X-2010).

Y dice que este proceso, que cuesta la sangre de los mártires,  continuará hasta el final del tiempo, como señala el capítulo XII del Apocalipsis. También hoy presenciamos la caída de los ídolos, de los poderes anónimos que esclavizan al hombre, de las ideologías, de la droga del terrorismo, de los ataques contra la vida y la castidad: son divinidades falsas, que deben ser desenmascaradas, que no son Dios.

“Estas ideologías que dominan que se imponen con fuerza, son divinidades. Y en el dolor de los santos, en el dolor de los creyentes, de la Madre Iglesia de la cual somos parte, deben caer estas divinidades, debe realizarse cuanto dicen las Cartas a los Colosenses y a los Efesios: las dominaciones, los poderes, caen y se convierten en súbditos del único Señor Jesucristo. De esta lucha en la que estamos, de esta pérdida de poder de los dioses, de esta caída de los falsos dioses, que caen porque no son divinidades, sino poderes que destruyen el mundo, habla el Apocalipsis en el capítulo 12, también con una imagen misteriosa, para la cual, me parece, hay con todo distintas interpretaciones bellas” (Ibidem).

Se refiere el Papa a la imagen del dragón que vomita un gran río de agua contra la Mujer, que huye, para arrastrarla. Parece inevitable que la Mujer (La Virgen, la Iglesia) sea ahogada.

“Pero la buena tierra absorbe este río y éste no puede hacer daño. Yo creo que el río es fácilmente interpretable: son estas corrientes que dominan a todos y que quieren hacer desaparecer la fe de la Iglesia, la cual ya no parece tener sitio ante la fuerza de estas corrientes que se imponen como la única racionalidad, como la única forma de vivir. Y la tierra que absorbe estas corrientes es la fe de los sencillos, que no se deja arrastrar por estos ríos y salva a la Madre y al Hijo. Por ello el Salmo dice – el primer salmo de la Hora Media – que la fe de los sencillos es la verdadera sabiduría (cfr. Sal 118, 130). Esta sabiduría verdadera de la fe sencilla, que no se deja devorar por las aguas, es la fuerza de la Iglesia. Y volvemos otra vez al misterio mariano” (Ibidem).

La fe de los sencillos es la verdadera sabiduría, que nos lleva a la vida eterna. Es la fe de las oraciones fervorosas de petición (especialmente el Santo Rosario); la fe en la Palabra acogida con amor en el corazón; la fe en la frecuencia de Sacramentos (Confesión, Eucaristía…); la fe de la misericordia y la caridad vividas habitualmente con todos nuestros hermanos…

Podemos terminar nuestra reflexión acudiendo a los Tres Arcángeles —Miguel, Gabriel y Rafael— para que nos protejan contra las asechanzas del dragón y sus ideologías; y a María, la Mujer del Apocalipsis, que vemos particularmente en la imagen de Nuestra Señor de Guadalupe: la “mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Apoc 12, 1).   


sábado, 13 de abril de 2019

"Surrexit Christus spes mea"

Ha resucitado Cristo, mi esperanza”. Estas palabras, en la Secuencia pascual, se atribuyen a María Magdalena, la primera testigo de la Resurrección de Cristo, y responden a la pregunta: “Dinos María, ¿qué viste en el camino?”.    

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También podrían haberse atribuido a María, la Madre del Señor; porque, seguramente, Ella fue la primera que vio a su Hijo resucitado. Meditemos esta segunda parte de la Secuencia de Pascua.

Dic nobis María quid vidisti in via? Sepulcrum Christi viventis, et gloriam vidit resurgentis, Angelicos testes, sudarium et vestes. Surrexit Christus spes mea: praecedet vos in Galilaeam. Scimus Christum surrexísse a mórtuis vere: tu nobis, victor Rex, miserére”. /
“«¿Qué has visto de camino, María en la mañana?».
«A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos sudario y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! Venid a Galilea, allí el Señor aguarda; allí veréis los suyos la gloria de la Pascua». Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia que estás resucitado; la muerte en ti no manda. Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa”.

Hoy, cuando está apunto de terminar la Cuaresma y en las vísperas del comienzo de la Semana, ofrecemos una reflexión sobre la Resurrección del Señor desde un enfoque mariano. Es la meditación n° 18 de la serie de 20 temas que iniciamos el 9 de febrero de 2019. 

18. Resucito de entre los muertos. Amor a la Virgen

El texto latino de la secuencia pascual, que acabamos de transcribir, es más breve y sustancioso que la traducción castellana. María Magdalena no alcanzó a ver a Cristo resucitado desde el primer momento. Lo confundió con el hortelano del huerto donde estaba el sepulcro. Jesús tuvo que dirigirse a ella por su nombre: “María” para que ella lo reconociera: “Maestro”.

Aunque es una suposición, que no aparece en los Evangelios, no es aventurado decir que Jesús ya se había aparecido a su Madre. No parece que María, la Madre del Señor, haya ido con las santas mujeres a ungir el cuerpo del Señor en la mañana de la Pascua.

Seguramente Ella se quedó en el silencio de Betania, que era el lugar donde se alojó Cristo durante la última semana de su vida terrena. Ahí, Nuestra Señora, se encontraba a gusto. Lázaro, Marta y María eran sus amigos. Además, y sobre todo, esa era la voluntad de Dios. María siempre hacía lo que agradaba a Dios. No tenía una voluntad propia, por decir así. Hasta en lo más pequeño siempre hacía la voluntad de Dios. Nunca hubo ni el mínimo distanciamiento entre lo que quería Dios y lo que Ella quería.

María estaba segura de que su Hijo resucitaría. Lo sabía muy bien. Él lo había dicho en varias ocasiones. Sabía que su Hijo era Dios. Conocía las profecías en la Sagrada Escritura. Había hecho suyo completamente el Salmo 16, que cantaba especialmente después la muerte de su Hijo.

“Guárdame, Dios mío, que me refugio en Ti. Yo digo al Señor: “Tú eres mi Señor. No tengo otro bien que Tú” (…). Señor, Tú eres el lote de mi heredad y de mi copa: Tú sostienes mi parte. Me ha tocado en suerte un lote hermoso; me agrada mi heredad. Yo bendigo al Señor, que me aconseja; hasta de noche mi corazón me instruye. Pongo ante mí al Señor sin cesar; con Él a mi derecha, no vacilo. Por eso se me alegra mi corazón, se goza mi alma, hasta mi carne descansa en la esperanza. Porque no abandonarás mi alma en el sheol, ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. Me enseñarás la senda de la vida, saciedad de gozo en tu presencia, dicha perpetua a tu derecha” (Salmo 16).

¡Qué dicha la de María al ver a su Hijo resucitado! Ella lo reconocería al instante, porque estaba plenamente metida en Dios.

En el relato de las apariciones —a María Magdalena, a los discípulos de Emaús y a los apóstoles en la segunda pesca milagrosa—, observamos que, al principio, no reconocen a Jesús y luego sí, pero no del todo. Por ejemplo, sobre el último relato que mencionamos comenta el Papa Benedicto XVI:

«Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor» (Jn 21, 12). Lo sabían desde dentro, pero no por el aspecto de lo que veían y presenciaban” (Benedicto XVI, Jesús de Nazareth).

 Se puede decir que quienes veían al Señor resucitado estaban seguros que era Él. Lo reconocer desde dentro, sin embargo, Jesús queda siempre envuelto en el misterio, es decir, en lo inefable. Seguía habiendo una cierta sensación de algo extraño.

Lo mismo suceded en las apariciones que tuvieron lugar en el cenáculo.

“Jesús llega a través de las puertas cerradas, y de improviso se presenta en medio de ellos. Y, del mismo modo, desaparece de repente, como al final del encuentro en Emaús. Él es plenamente corpóreo. Y, sin embargo, no está sujeto a las leyes de la corporeidad, a las leyes del espacio y del tiempo. En esta sorprendente dialéctica entre identidad y alteridad, entre verdadera corporeidad y libertad de las ataduras del cuerpo, se manifiesta la esencia peculiar, misteriosa, de la nueva existencia del Resucitado. En efecto, ambas cosas son verdad: Él es el mismo –un hombre de carne y hueso– y es también el Nuevo, el que ha entrado en un género de existencia distinto” (Ibidem).  

Este modo de presentar la Resurrección de Cristo por parte de los evangelistas se revela como una descripción auténtica de la experiencia que se ha tenido. Estos relatos son verídicos porque reflejan la verdad de lo sucedido: Jesús vive, pero en una nueva dimensión que no pueden explicar bien: aparece como auténtico hombre y, sin embargo, aparece desde Dios, y Él mismo es Dios.

Sin embargo, aunque las apariciones estén envueltas en el misterio, los testigos dan fe de que son reales, históricas. Lo explica muy bien el Papa Benedicto XVI.

“Por otra parte –y también esto es importante– los encuentros con el Resucitado son diferentes de los acontecimientos interiores o de experiencias místicas: son encuentros reales con el Viviente que, en un modo nuevo, posee un cuerpo y permanece corpóreo. Lucas lo subraya con mucho énfasis: Jesús no es, como temieron en un primer momento los discípulos, un «fantasma», un «espíritu», sino que tiene «carne y huesos» (cf. Lc 24, 36-43)” (Ibidem).

  María, la llena de gracia, de alguna manera vive ya en esa nueva dimensión del mundo sobrenatural que Jesús inaugura con su Resurrección. Ella es la Inmaculada. Es la primera redimida, desde el momento de su concepción. Por eso, tiene una capacidad especial para ver a su Hijo resucitado de una manera casi natural: connatural. 

María tiene convicciones firmes de lo que ve. Sabe que Jesús no ha regresado a la vida biológica normal, como si, después, según las leyes de la biología, debiera morir nuevamente cualquier otro día. También sabe que Jesús no es una fantasma, un «espíritu» que pertenezca al mundo de los muertos. Y conoce bien, al ver a su Hijo, que no se trata de una experiencia mística (superación momentánea del ámbito del alma y de sus facultades perceptivas), sino un encuentro real con Él, como una persona que se acerca a mí desde fuera (cfr. Jesús de Nazaret). 

La Resurrección de Cristo es un acontecimiento dentro de la historia que, sin embargo, quebranta el ámbito de la historia y va más allá de ella. Benedicto XVI dice que es

“algo así como una especie de «salto cualitativo» radical en que se entreabre una nueva dimensión de la vida, del ser hombre. Más aún, la materia misma es transformada en un nuevo género de realidad. El hombre Jesús, con su mismo cuerpo, pertenece ahora totalmente a la esfera de lo divino y eterno” (Ibidem).

Benedicto XVI explica como la Resurrección de Cristo es un acontecimiento histórico pero de carácter totalmente especial.

“La resurrección da entrada al espacio nuevo que abre la historia más allá de sí misma y crea lo definitivo. En este sentido es verdad que la resurrección no es un acontecimiento histórico del mismo tipo que el nacimiento o la crucifixión de Jesús. Es algo nuevo, un género nuevo de acontecimiento. Pero es necesario advertir al mismo tiempo que no está simplemente fuera o por encima de la historia. En cuánto erupción que supera la historia, la resurrección tiene sin embargo su inicio en la historia misma y hasta cierto punto le pertenece. Se podría expresar tal vez todo esto así: la resurrección de Jesús va más allá de la historia, pero ha dejado su huella en la historia. Por eso puede ser refrendada por testigos como un acontecimiento de una cualidad del todo nueva” (Ibidem).

Nuestra Señora es quien mejor pudo conocer la naturaleza profunda de este misterio central de nuestra fe. Ella, más que ningún otro, se alegró y vivió intensamente ese momento. Por eso la Iglesia canta en el Tiempo Pascual.

Regína Cæli, lætáre; alleluia. Quia cum meruísti, portare; alleluia. Resurréxit sicut díxit; alleluia. Ora pro nobis Deum; alleluia. Gáude et lætáre, Virgo María; alleluia. Quia surréxit Dóminus vere; alleluia. / Alégrate, Reina del cielo; aleluya, Porque el que mereciste llevar en tu seno; aleluya. Ha resucitado, según predijo; aleluya, Ruega a Dios por nosotros; aleluya. Gózate y alégrate, Virgen María; aleluya, Porque ha resucitado Dios verdaderamente; aleluya.


sábado, 2 de marzo de 2019

Seguir a Jesús desde el principio de su vida


En la última reflexión consideramos el misterio del mal. El hombre, después de haber sido creado en un estado de gracia y verdad, cayó en el pecado y alejamiento de Dios. Pero desde entonces el Señor dio a Adán y Eva una esperanza de redención en el protoevangelio (cfr. Gen 3, 15).  

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Hoy meditaremos sobre la Encarnación de Jesucristo (1) y su Nacimiento en Belén (2).

6. Encarnación. Jesucristo. Fe

Jesús vino al mundo para redimirnos del pecado original y abrirnos de nuevo las puertas del Cielo. Vino a salvarnos de las mentiras del demonio. Su Sangre Preciosa lavó nuestras culpas y, mediante el Bautismo y la Fe, nos abre el camino a participar de la Vida en Cristo por el Espíritu.

Durante la Cuaresma, que empieza el próximo miércoles, nos preparamos para conmemorar de nuevo la historia de nuestra redención. Reviviremos, en el Triduo Pascual, la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo tratando de ser como un personaje en esas escenas de dolor y también de gran alegría.

Pero también podemos en estos próximos 40 días repasar los momentos principales de la vida oculta y de la vida pública del Señor. Comenzaremos por tratar de meternos un poco en las escenas de su Encarnación y en su Nacimiento, para contemplar el Misterio de Jesús hecho Hombre.

¿Qué nos dice la escena de la Anunciación a María y de la Encarnación del Hijo de Dios? Hace poco, una persona de piedad profunda y teología sólida me recordaba lo que leemos en el prólogo del Evangelio de San Juan.
 
En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió” (Jn 1, 1-5).

Podemos afirmar que la única Palabra que Dios profiere “ad extra” es “fiat”, “hágase”. Y esa Palabra es el Verbo. Por Él, con Él y en Él han sido hechas todas las cosas. En Él vivimos, existimos y somos. En Él también actúan el Padre y el Espíritu Santo, porque las obras “ad extra” son de las Tres Personas.

Esa palabra, “fiat” fue la misma que pronunció la Virgen cuando el Ángel le anunció que sería la Madre del Dios Altísimo.

“En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel” (Lc 1, 26-29).

María “se turba grandemente”. No era para menos. Ella, la doncella llena de sencillez y humildad, recibe la visita de un ángel que le manifiesta lo que el Señor piensa de ella: que está llena de gracia y que Dios está con ella.

Continúa el diálogo divino, de una importancia decisiva para la humanidad. María desea conocer más, pregunta y discurre. Desea obrar libremente. El ángel le aclara todo:

“El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró” (Lc 1, 31-38).

¿Cómo comprender mejor la grandeza de este diálogo y del anuncio que Dios quiere hacer a los hombres, por medio de un ángel, a una mujer joven y, a través de ella, a toda la humanidad?

El Catecismo de la Iglesia Católica dice que tenemos dos ejemplos paradigmáticos de fe: Abraham y María. El primero es nuestro padre en la fe, pero María es la creatura en la que se dio con más perfección la plenitud de esta virtud teologal.

“Durante toda su vida, y hasta su última prueba (cf. Lc 2, 35), cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el "cumplimiento" de la palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe” (CEC, 149).

¿Qué es la fe? El Catecismo habla de “obediencia de fe”.

“Obedecer ("ob - audire") en la fe, es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma” (CEC, 144).

El verbo "creer" (he`emin) es el modo causativo (hifel) de `aman (llevar; como llevar a un niño en brazos). S. Agustín, y después San Anselmo y los escolásticos, lo mencionan continuamente. Su sentido es: "si vosotros no os hacéis llevar, no seréis sólidos", o "si no os dejáis sostener, en manera alguna os sostendréis". Jesús explica cuál es la verdadera obra de Dios.

“Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios». Ellos le preguntaron: «Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?». Respondió Jesús: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado»” (Jn 6, 27-29).

Se sabe algo, se cree a alguien. Dar nuestra confianza a alguien es estar abiertos a sus palabras a su amor. El camino más corto para avivar la fe es el trato con Cristo, la oración: mirándole en sus gestos, en su conducta, en su hablar espontáneo.

María es Maestra de fe. Ella escuchaba y meditaba el Misterio de su Hijo muy dentro de su corazón maternal. Ella nos puede enseñar a creer y a vivir de fe si se lo pedimos con confianza.

7. Nacimiento. Pobreza

Santa Isabel, que estaba en el sexto mes, recibe a su prima en Ain Karim, las montañas de Judá. María llega con prisas a la casa de Zacarías. Las dos mujeres se abrazan e Isabel llama bienaventurada a María, porque ha creído. Nuestra Señora canta de agradecimiento y alegría porque el Señor ha puesto sus ojos en la bajeza de su esclava. María presencia el nacimiento de Juan el Bautista y vuelve a Nazaret. Es probable que José la acompañara en ese viaje.

Seis meses más tarde José y María regresan a Judea. Nuestra Señora está a punto de dar a luz. No los reciben en Belén, que era el origen de su estirpe. Vienen para empadronarse, porque quieren cumplir sus deberes de ciudadanos y obedecer el edicto de Quirino.

José encuentra un establo a las afueras de Belén. Es muy pobre. Ahí nace Jesús. Los ángeles cantan. Unos pastores han acudido y están llenos de asombro al contemplar al Salvador de Israel como un Niño pequeño recién nacido. Todo es alegría dentro de la pobreza más grande.

¡Cuántas lecciones nos da el Señor en la escena de su Nacimiento que nos relata San Lucas! Es un Misterio de humildad y amor. Jesús quiere que meditemos despacio y nos metamos con la cabeza y el corazón en este tercer misterio gozoso del Santo Rosario. Todos los días lo podemos hacer, y sacaremos mucho provecho de las lecciones que nos quiere dar el Señor, para así construir sobre Roca.

"Por lo tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca” (Mt 7, 24-25).

Nosotros queremos construir sobre la Roca, que es Cristo. Benedicto XVI explica qué quiere decir esto.

“Quiere decir construir con Alguien que, conociéndonos mejor que nosotros mismos, nos dice: "Eres precioso a mis ojos,... eres estimado, y yo te amo" (Is 43, 4). Quiere decir construir con Alguien que siempre es fiel, aunque nosotros fallemos en la fidelidad, porque él no puede negarse a sí mismo (cf. 2 Tm 2, 13).
Quiere decir construir con Alguien que se inclina constantemente sobre el corazón herido del hombre, y dice: "Yo no te condeno. Vete, y en adelante no peques más" (cf. Jn 8, 11) (Encuentro de Benedicto XVI con un millón de jóvenes en Polonia, 27-V-2006)..

Los primeros cristianos se tomaron muy en serio la primera bienaventuranza pronunciada por Jesús al comienzo de su ministerio público: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. La pobreza era una característica clara de la Iglesia primitiva. Si no se vive esa primitiva pobreza, las obras de apostolado se corrompen. San Francisco lo comprendió muy bien cuando deseaba vivir el Evangelio “sine glosa”, de modo radical”.

Construir sobre la Roca, que es Cristo, significa seguirlo desde su Nacimiento, desde su pobreza.

Es verdad que no todos estamos llamados a vivir una pobreza franciscana, desde el punto de vista material. Pero, si queremos seguir a Cristo, todos debemos vivir esta virtud según nuestras circunstancias, pero exigentemente y con generosidad. San Gregorio Magno decía:

“Quiero aconsejaros que dejéis todas las cosas terrenas, pero no me atrevo a esperarlo. Por lo tanto, ni no podéis abandonar todo lo de este mundo, tenedlo de manera que no seáis retenidos por ellos en el mundo; que lo terreno no posea, sino que sea poseído; conservadlo de modo que esté bajo el dominio de vuestro corazón lo que tenéis, a fin de que no se deje vencer por el amor de las cosas y sea poseído por ellas. Tengamos las cosas temporales para uso, las eternas en el deseo; sírvannos las cosas terrenas para el camino, y deseemos las eternas para el fin de la jornada (San Gregorio Magno, Las parábolas del Evangelio. Parábola de los convidados a la cena, p. 130)”.

San Josemaría Escrivá de Balaguer, que siempre tuvo en mucha estima esta virtud decía:

“Cuando el espíritu de pobreza se resquebraja, es que va mal toda la vida interior” (San Josemaría, Meditación del 7 de marzo de 1962).

Y, años antes, había dejado escrito en una de sus Instrucciones:

Señales de la verdadera pobreza: no tener cosa alguna como propia; no tener nada superfluo; no quejarse cuando falta lo necesario; cuando se trata de elegir algo para uso personal, elegir lo más pobre, lo menos simpático” (Instrucción 31-V-1936, nota 137).

En su mensaje para la Jornada Mundial de los Pobres (19-XI-2017), el Papa Francisco dice:

“No olvidemos que para los discípulos de Cristo, la pobreza es ante todo vocación para seguir a Jesús pobre. Es un caminar detrás de él y con él, un camino que lleva a la felicidad del reino de los cielos” (cf. Mt 5,3; Lc 6,20).  

En una ocasión, le hacían una pregunta al Beato Álvaro del Portillo: ¿Cómo vivir la sobriedad, cuando la gente que no se priva de nada?

“¿No se privan de nada! Se privan de la virtud que es lo más grande que hay.  No se privan del vicio, ni lo que aparta de Dios, pero sí de Él.... Y así viven con esa amargura tan grande de fondo del alma: nada les da felicidad, quiere siempre más” (Beato Álvaro del Portillo, 1982).

Es imprescindible la mortificación y la penitencia para despegar el vuelo. Por ejemplo, los jóvenes. ¿Qué es lo que necesitan aprender ahora los jóvenes?

¿Por qué no se convierten las almas de muchos jóvenes? Porque falta en el mundo el ayuno y la penitencia. Vivimos en un Mundo regalado, lisonjero, comodón, ávido de placer, del tener y poseer, adusto a la penitencia, extraño al sacrificio, penado por el dolor pero extraño a él, no queriendo entrar en comunión con él (…).
Cuánta gente vive como pagana: comen, beben, gastan, derrochan, malgastan, viven de la codicia, regalan sus cuerpos y sus sentidos; se tienen mucha compasión de sí mismos y evitan toda clase de males, incomodidades y penitencia; viven una vida “sana” en el sentido más pagano de su existencia: el culto al “yo”, el terror al sufrimiento, la vanagloria de ser (cfr. Dictados de Jesús a Marga, 8-I-2002).

María, la esclava del Señor, nos enseñará a vivir la pobreza.