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martes, 3 de noviembre de 2020

La aceptación de la muerte

Es muy conocido el texto cristológico de la Carta a los Filipenses (2, 5-11): “Tengan los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual, siendo Dios, no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz”.

Hoy podemos fijarnos en la última frase. Tener los mismos sentimientos de Cristo, según San Pablo, es buscar ser verdaderamente humildes. ¿En qué consiste la humildad? Como decía Santa Teresa de Jesús: “la humildad es la verdad”. Hay una relación íntima entre estas dos virtudes humanas: la sinceridad y la humildad. Es más humilde el que vive en la Verdad. No es “su verdad”. Nuestra “verdad” subjetiva, necesita purificarse continuamente. Una manera de hacerlo es acudir frecuentemente al Sacramento de la Penitencia. Poco a poco, la gracia de Dios nos va ayudando a conocernos mejor y a reconocer que, por nosotros mismo, somos poca cosa y, además, pecadores. También descubriremos la acción de Dios en nuestra vida, para darle gracias por sus dones.

La palabra humildad deriva de “humus”, tierra. Somos polvo y ceniza. Jesucristo se hizo uno de nosotros y se anonadó, tomando la forma de siervo. Pero, además, aceptó la muerte, y una muerte de cruz. Eso es tener los mismos sentimientos de Cristo: aceptar la muerte, aceptar la cruz, para reparar por nuestros pecados y por los pecados de toda la humanidad.

Estamos en el mes de noviembre que la Iglesia dedica a ofrecer sufragios por los difuntos. La meditación sobre la muerte nos hará mucho bien, como al poeta castellano Jorge Manrique, cuando compuso las Coplas a la muerte de su padre: «Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando, cómo se pasa la vida, como se viene la muerte, tan callando. Cuán presto se va el placer, cómo, después de acordado da dolor, cómo a nuestro parecer cualquier tiempo pasado fue mejor. Nuestras vidas son los ríos que van a dar en el mar que es el morir. Allí van los señoríos derechos a se acabar y consumir. Allí los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos alegados son iguales los que viven por sus manos y los ricos».

Recordemos también unas palabras de San John Henry Newman: "Únicamente la caridad os hará capaces de vivir bien y de morir bien”. Le pedimos a María que ruegue por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte. 

viernes, 30 de octubre de 2020

Avanzar por el Camino

Hay un refrán conocido que dice: “el que no avanza, retrocede”. Mientras vivimos en la tierra, va pasando el tiempo, pero cada segundo es una ocasión de ir hacia delante. “Tempus breve est” (1 Cor 7, 29) dice san Pablo. Es corto el tiempo para amar. Hay que aprovecharlo para seguir avanzando, mientras tenemos tiempo.

Una de las comunidades más queridas de san Pablo es la de Filipos. “Gaudium et corona mea” (Fil 4, 1). Son su gozo y su corona. Desde el principio de la carta que les escribe, manifiesta el gran amor que les tiene: “Dios es testigo de cuánto los amo a todos ustedes con el amor entrañable con que los ama Cristo Jesús. Y ésta es mi oración por ustedes: Que su amor siga creciendo más y más y se traduzca en un mayor conocimiento y sensibilidad espiritual” (cfr. Fil 1, 1-11).

Pero, aunque los alaba por su fidelidad y colaboración en el anuncio del Evangelio, les insiste también en que no pueden conformarse con lo ya alcanzado, sino que tienen que seguir creciendo: “Estoy convencido de que aquel que comenzó en ustedes esta obra, la irá perfeccionando siempre hasta el día de la venida de Cristo Jesús” (Ibidem).

Estas últimas palabras están en la liturgia de la ordenación sacerdotal. La Iglesia pide para que sus sacerdotes se asemejen cada vez más a Cristo. El Espíritu Santo, que es el Santificador, irá llevándonos hacia la configuración plena con Jesucristo, de modo que seamos otro Cristo, el mismo Cristo.

Ya no soy el que vivo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2, 20). Para parecernos más a Cristo tenemos tres caminos, que son los que la Iglesia nos ha recomendado siempre: 1°) el conocimiento de Jesucristo a través de la lectura y meditación diaria de la Sagrada Escritura, especialmente de los Evangelios, de modo que seamos como uno de aquellos personajes que aparecen y sigamos al Señor muy de cerca, en la vida ordinaria; 2°) la frecuencia de sacramentos (particularmente de la Penitencia y la Eucaristía), que son como las huellas que de Cristo ha dejado en la tierra, para que sigamos sus pisadas; y 3°) la práctica del mandamiento del amor hacia nuestros hermanos, pues en cada uno está a Cristo.   

Así podrán escoger siempre lo mejor ―nos dice san Pablo―y llegarán limpios e irreprochables al día de la venida de Cristo, llenos de los frutos de la justicia, que nos viene de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios” (cfr. Fil 1, 1-11).  

María, que escogió lo mejor, nos ayudará a avanzar por el Camino. 

sábado, 26 de septiembre de 2020

Los sentimientos de Cristo

 Las lecturas del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario se centran en la importancia del arrepentimiento (1ª Lectura y Evangelio), que implica aprender a humillarse, siguiendo el ejemplo del Señor (2ª Lectura).

"Cristo con la Cruz a cuestas", de Tiziano (1565-1560)

«Cuando el pecador se arrepiente del mal que hizo y practica la rectitud y la justicia, él mismo salva su vida» (cfr. Ez 18, 25-28). Dios es misericordioso, lento para la ira y rico en perdón; pero es necesario el arrepentimiento del pecador. Es lo único que nos pide: que nos arrepintamos de modo sincero. ¿Qué es el arrepentimiento? Se suele utilizar la palabra “contrición” para indicar un arrepentimiento auténtico, con dolor de los pecados, por amor; es decir, con la conciencia de que hemos ofendido al Amor y deseamos reparar nuestro desamor con un acto de amor sincero. La contrición se define, en latín, como “compunctio cordis”. Es como si “puncionáramos” nuestro corazón para manifestar así cuánto nos duele haber pecado.

La parábola de los dos hijos, que nos presenta san Mateo en su evangelio, también nos habla del arrepentimiento; en este caso del hijo menor que, cuando es llamado por su padre a trabajar en la viña, «le respondió: ‘No quiero ir’, pero se arrepintió y fue» (cfr. Mt 21, 28-32). El Papa Francisco dijo en una de sus audiencias: «Una vez oí una bella frase: 'No hay santo sin pasado ni pecador sin futuro'. (...). El poder salvador de Dios no conoce enfermedades que no puedan ser curadas» (13 de abril de 2016). San Josemaría Escrivá solía decir que no hay ningún santo que no pueda convertirse en pecador, ni ningún pecador que pueda convertirse un gran santo. No bastan las buenas intenciones, como le sucedía al hijo mayor de la parábola. Hay que perseverar en el bien o, si estamos en el pecado, arrepentirse. En realidad, todos somos pecadores. Como decía el mismo san Josemaría: “soy un pecador que ama con locura a Jesucristo”.

El arrepentimiento auténtico supone el deseo sincero de conversión; lo que llamamos “propósito de enmienda”: decidirse a no volver a pecar: «me levantaré, e iré a mi Padre, y le diré: padre he pecado contra el cielo y contra ti» (Lc 15 18). Los “sentimientos de Cristo” de los que habla san Pablo a los Filipenses, son de humildad, de aceptación de la voluntad de Dios, de amor a la Cruz, de disposición de morir por los hermanos… (cfr. Fil 2, 1-11). Así imitamos a Cristo, con un corazón contrito y humillado que Dios nunca desprecia (cfr. Salmo 51), como el de María, la Inmaculada, que llora por los pecados de sus hijos.

lunes, 14 de septiembre de 2020

Señor, no soy digno

Todos los días, cuando celebramos la Sagrada Eucaristía, recordamos las palabras del oficial romano que tenía un criado muy querido a punto de morir. Él había enviado decirle a Jesús: Señor, no te molestes, porque yo no soy digno de que tú entres en mi casa; por eso ni siquiera me atreví a ir personalmente a verte. Basta con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano(cfr. Lc 7, 1-10). Nosotros, al preparamos para recibir la Eucaristía, le decimos: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

La pintura y la Corona en el Museo del PradoDescubrir el Arte, la revista  líder de arte en español
El Greco, "Caballero de la mano en el pecho" (c.1580)

En el Rito Extraordinario de la Misa, que se celebraba con anterioridad al Primer Domingo de Adviento de 1969 ―y que cualquier sacerdote puede celebrar ahora después del Motu Proprio Summorum Pontificum (2007)― estaban prescritos los “golpes de pecho” durante el Sacrificio de la Misa en varios momentos. Uno de ellos era al decir el “Señor, no soy digno”. Los primeros cristianos estaban familiarizados con esta práctica. Ahora, aunque no lo hagamos exteriormente, según el Rito Ordinario de la Misa, sí lo podemos hacer interiormente, para arrepentirnos de nuestros pecados y recibir a Jesús con mayor contrición.

San Agustín explica el significado del “golpe de pecho”: “¿Qué quiere decir esto, excepto que tú deseas traer a la luz lo que está oculto en tu seno, y por este acto limpiar tus pecados ocultos?” (Sermo de verbis Domini, 13). Y San Jerónimo dice: “Nos golpeamos el pecho porque el pecho es la sede de los malos pensamientos; queremos disipar estos pensamientos, queremos purificar nuestros corazones" (Comentario a Ezequiel, c. 18).

Dios “no desprecia un corazón contrito y humillado” (cfr. Salmo 51). El Rey David es un ejemplo de hombre que supo llorar y pedir perdón por sus cumplas. Dios tuvo misericordia de él por su gran arrepentimiento, y lo escogió para que de su linaje naciera el Mesías.

La reacción del Señor, ante la sencillez y humildad del oficial romano, es de asombro. “Al oír esto, Jesús quedó lleno de admiración, y volviéndose hacia la gente que lo seguía, dijo: “Yo les aseguro que ni en Israel he hallado una fe tan grande”. Los enviados regresaron a la casa y encontraron al criado perfectamente sano” (cfr. Lc 7, 1-10).

El “Señor, yo no soy digno” lo podemos repetir, no sólo antes de la Comunión. Jesús está deseando siempre “entrar en nuestra casa”. En todo momento podemos pedirle que “diga una sola palabra” para que quedemos más limpios y podamos recibirlo con más amor, como lo recibió Nuestra Señora en Nazaret. 

martes, 28 de julio de 2020

El misterio del mal

«“En aquel tiempo, Jesús despidió a la multitud y se fue a su casa. Entonces se le acercaron los discípulos y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo”». Entonces, Jesús les dice: “El sembrador de la buena semilla es el Hijo del hombre, el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del demonio; el enemigo que la siembra es del demonio; el tiempo de la cosecha es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles”» (cfr. Mt 13, 36-43).

Anton Raphael Mengs | Neoclassical painter | Tutt'Art@ | Pittura ...
Inmaculada Concepción. Antón Rafael Mengs (s.XVIII)

San Juan Pablo II, en una de sus catequesis, se refiere a la realidad del mal en el mundo, el pecado, al principio y a lo largo de toda la historia humana. Lo hace comentando una cita de la Gaudium et spes (n. 2) sobre el mundo: “fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado, roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme según el propósito divino y llegue a su consumación”. Y continúa el comentario del Papa: “Al intentar reconstruir una imagen sintética del pecado, nos servimos también de todo lo que dice de él la variada experiencia del hombre a lo largo de los siglos. Pero no olvidamos que el pecado es en sí mismo un misterio de iniquidad [ver artículo], cuyo comienzo en la historia, y también su desarrollo sucesivo, no se pueden comprender totalmente sin referencia al misterio de Dios-Creador, y en particular del Creador de los seres que están hechos a imagen y semejanza suya. Las palabras del Vaticano II que acabamos de citar, dicen que el misterio del mal y del pecado, el "mysterium iniquitatis", no puede comprenderse sin referencia al misterio de la redención, al "mysterium paschale" de Jesucristo, como hemos observado desde la primera catequesis de este ciclo. Precisamente esta "lógica de fe" se expresa ya en los símbolos más antiguos” (Audiencia, 10-XII-1986).

Jesús es nuestra Esperanza: “pasó haciendo el bien” (cfr. Hch 10, 38) y, además, como dice J. Ratzinger, todo lo hizo según la “ley de la abundancia” (Introducción al cristianismo, Ed. Sígueme, p. 225). Dios hace todo bien y a lo grande. Tiene razón el refrán español cuando dice: “Lo que abunda no daña / si no es mal ni cizaña”. Sólo puede dañar la cizaña, el misterio del mal (“mysterium iniquitatis”, cfr. 2 Tes 2, 7), pero la gracia de Cristo es más fuerte: “donde abundó el pecado, superabundó la gracia” (Rom 5, 20). ¡Laus Deo!

viernes, 24 de julio de 2020

Formación de la conciencia

El profeta Jeremías habla de parte de Yahvé. Dirige sus palabras a los israelitas que vivían en Jerusalén durante los años de las deportaciones a Babilonia (597-587 a. C.) y les alienta a la conversión: “Vuélvanse a mí, hijos rebeldes, porque yo soy su dueño, dice el Señor: Iré tomando conmigo a uno de cada ciudad, a dos de cada familia y los traeré a Sión; les daré pastores según mi corazón, que los apacienten con sabiduría y prudencia” (cfr. Jer 3, 14-17).

Bartolomé Estéban Murillo (1617-1682). San Pedro penitente.

En primer lugar, que somos “hijos rebeldes”, es decir, que somos pecadores. La auténtica conversión siempre comienza por un examen sincero de nuestra alma que nos lleva al reconocimiento de ser pecadores. “Reconozco mis culpas, tengo siempre presentes mis pecados” (Salmo 50), decía el rey David. Sin esa oración sincera no puede haber conversión.

Pero la sinceridad que Dios nos pide debe llegar a reconocer pecados concretos. No basta asegurar que somos pecadores. Hace falta hacer examen y repasar nuestra vida pidiendo al Espíritu Santo que ilumine nuestro corazón y nos haga ver la realidad de nuestra vida, cada uno en las circunstancias en la que está.

En este sentido es necesaria la formación de la conciencia que hoy está tan descuidada en la Iglesia por diferentes motivos. Cada uno somos responsables de que tan bien o mal formada está nuestra conciencia. El hombre tiene, naturalmente, deseos de verdad. Además, la gracia nos impulsa a conocer cuál es la voluntad de Dios para nosotros. Sin embargo, todos necesitamos una dirección espiritual: alguien que nos guíe, hermano que nos ayude a ir por el camino correcto. Ese hermano, o hermana, es un pastor, para nosotros: “les daré pastores según mi corazón, que los apacienten con sabiduría y prudencia”.

Todos podemos ser buenos pastores de los demás. No solamente son pastores los sacerdotes. También los laicos pueden ejercitar el “oficio de pastor” y colaborar en la misión pastoral de Cristo y de la Iglesia (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica nn. 908-913). María es un ejemplo de solicitud pastoral por todos.

lunes, 20 de julio de 2020

El signo de Jonás

Con ocasión del evangelio de la Misa de hoy, lunes de la XVI semana del tiempo ordinario (Mt 12, 38-42), trascribo unas reflexiones del Card. Ratzinger en El Camino Pascual, ed. BAC, Madrid 1990, pp. 37-42.

Origen de la iconografía cristiana - Arte en Taringa!
Jonás y la ballena. Catacumbas de los santos Pedro y Marcelino, Roma. Pintura  paleocristiana. 

Esta generación pide un signo». "¡Cuántas veces pedimos un signo y nos cerramos a la conversión!" (p. 39).

"Es preciso que el hombre supere el espacio de las cosas físicas, de lo tangible, para ser redimido, para situarse en la verdad íntima de la idea creadora de Dios; únicamente superando ese espacio y abandonándolo puede alcanzar la certeza propia de las realidades más profundas y eficaces: las realidades del espíritu. Llamamos fe a ese camino que consiste en un superar y en un abandonar" (p. 37). "El amor exige, por su misma esencia, un acto de fe" (p. 37).

Jesús proporciona, sin embargo, un signo, pero no el que piden ellos. El Hijo del hombre es signo para esta generación (cfr. Lc 11, 30 y Mt 12, 40). "Jesús mismo, la persona de Jesús, en su palabra y en su entera personalidad, es signo para todas las generaciones. Esta respuesta de San Lucas me parece muy profunda; no deberíamos cansarnos de meditarla... Ver a Jesús; esta es la respuesta... Ver a Jesús, aprender a verlo..., y llegar así a responder de la misma forma que las gentes de Nínive: con la penitencia, con la conversión. El rosario y el viacrucis constituyen desde hace siglos la gran escuela donde aprendemos a ver a Jesús" (p. 39 y 40). Los ninivitas creyeron a Jonás porque reconocieron que eran pecadores y que los pecados podrían llevar a la destrucción de su ciudad, y porque —según la tradición rabínica— eran visibles en Jonás las huellas de la experiencia de la muerte, y estas huellas daban autoridad a sus palabras (cfr. p. 40).

San Mateo subraya el misterio pascual ("estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra"), la resurrección de Cristo después de una muerte voluntaria por la salvación de los otros en la Cruz, que es el signo verdadero del justo perfecto. Jesús volverá con este signo al final de los tiempos para juzgar nuestra vida. "Pongamos desde ahora mismo nuestra vida bajo este signo, día tras día" (p. 42). A Jonás le irritó la gracia y la bondad de Dios. Si nos pasa a nosotros lo mismo, demostramos que nuestra fe no brota del amor de Dios, sino que manifiesta más bien un amor propio, que busca tan sólo la seguridad personal (p. 42).

sábado, 11 de abril de 2020

¿Castigo, prueba, o nueva oportunidad?


La Navidad de 2019 fue, como siempre lo había sido —al menos para la mayoría de nosotros— una Navidad “normal”. En los últimos 74 años, desde la Navidad de 1945 (la primera después de terminar la Segunda Guerra Mundial), todas las Navidades han sido “normales”, en el sentido de que, globalmente, en el mundo entero, se ha celebrado el Nacimiento de Jesús en un ambiente de alegría y paz.      

La Sábana Santa, ¿reliquia o fraude?
Hoy, en el Gran Silencio del Sábado Santo de 2020. Contemplación de la Sábana Santa, desde Turín.

En cambio, esta Cuaresma y esta Semana Santa no han sido en absoluto “normales”. Han marcado un antes y un después en la historia de la humanidad. Siempre han existido las tragedias y malas noticias, en un país o en otro. Pero desde hace casi 75 años no se había presentado un “mal” tan grande y que haya afectado a tan gran cantidad de personas como la pandemia del covid-19.

En la última Navidad animábamos a todos los lectores de este blog a buscar un cambio de corazones de cara al año 2020, que estaba a punto de comenzar. Nunca imaginamos que al final de  estos más de tres meses de “silencio” en nuestro blog, la Providencia nos presentaría una oportunidad extraordinaria para cambiar en serio nuestros corazones, disponiéndonos —como lo estamos ahora— a comenzar una nueva etapa de la historia que requiere de nuestra parte una gran fortaleza humana (porque la tormenta se cierne sobre la Iglesia y la humanidad: cfr. Homilía de Francisco el 27 demarzo en la Plaza de San Pedro) pero, sobre todo, “la fuerza de la fe, la certeza de la esperanza y el fervor de la caridad” (Francisco, 8 de marzo de 2020) (cfr. también el mensaje de Mons. Fernando Ocáriz del 11 de marzo de 2020).

Para afrontar con sabiduría este evento mundial, quizá, lo primero que convendría hacer es escuchar al Señor y preguntarle qué es lo que quiere ahora del mundo, y de cada uno de nosotros, ante esta emergencia extraordinaria. La pandemia del covid-19 —que ya ha causado más de cien mil muertes en todo el mundo— ¿es un mal?; ¿es un castigo de Dios?; ¿es una prueba?; ¿es una consecuencia de nuestros pecados? O quizá, ¿es también una ocasión para el arrepentimiento?; ¿es un modo en que el Señor actúa para curarnos de nuestros males?; ¿es una nueva oportunidad para unirnos a la Cruz de Cristo y para vivir con alegría en la Voluntad de Dios? (ver posts sobre la Voluntad de Dios, escritos a fines de 2019). La respuesta me parece que es la siguiente: sí, es todo eso (sobre todo lo que se formula en la última pregunta), entendiendo bien cada una de las expresiones.

Hace unos días leí un artículo de Néstor Martínez, en InfoCatólica, que me hizo pensar. Se titula “Los débiles y el castigo divino”. El autor se pregunta si sería bueno eliminar del vocabulario actual la expresión “castigo de Dios” como parece aconsejarlo un reciente documento de la Pontifica Academia para la Vida titulado “Pandemia y Fraternidad Universal. Sobre la emergencia covid-19”, del 30 de marzo de 2020.
  
Hay que reconocer que parte importante de la evangelización es buscar las palabras que mejor reflejen el Evangelio en las circunstancias actuales. Si utilizamos expresiones que choquen con la sensibilidad actual lo único que haremos es alejar a nuestros contemporáneos de la verdad. Sin embargo, eso no nos autoriza a rebajar las verdades reveladas. Lo que tenemos que hacer es explicar bien las cosas. Por ejemplo, analizar en qué sentido y de qué manera conviene utilizar, hoy en día, las expresiones “prueba de Dios” o “castigo de Dios”. Indudablemente, en nuestra época, es mejor aceptada la primera expresión que la segunda. Pero aún es mejor la expresión “nueva oportunidad”.  

Antiguamente, se solía invocar la protección de Dios con las letanías de los santos:

Ab ira tua, libera nos, Domine;
a subitanea et improvisa morte, libera nos, Domine;
a fulgure et tempestate, libera nos, Domine;
a flagello taerremotus, libera nos, Domine;
a peste, fame et bello, libera nos, Domine”.

Hacia el año 1000, se añadía una más: “a sagittis hungarorum, libera nos, Domine”. Señor, líbranos de tu ira; del hambre, la peste y la guerra; de los rayos y tempestades, del flagelo de los terremotos, de  la muerte imprevista y repentina; de las flechas de los húngaros (los magiares, que asolaban Europa desde la actual Hungría); etc.

Todas las situaciones de las que se pedía al Señor que nos liberara eran “males”, que se consideraban “castigos” o “pruebas”, y por eso se pedía a Dios que los hiciera desaparecer. Pero la Iglesia, al mismo tiempo, también aceptaba esos “castigos” o “pruebas” con paciencia y confianza en Dios, que de los males saca bienes y de los grandes males grandes bienes. En esto siempre ha imitado la oración del Señor en Getsemaní: “Si quieres que pase de mi este cáliz…, pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22, 42). Acepto esta oportunidad que me das para manifestar mi Amor hacia Ti.  

¿Hasta qué punto se puede decir que Dios “castiga”?. Frecuentemente, en la Sagrada Escritura se menciona “la ira” de Dios que castiga, o puede castigar, a sus hijos, si no obedecemos sus mandamientos, si nos comportamos mal, si le ofendemos. Desde las primeras páginas del Génesis observamos que Dios castigó a nuestros primeros padres y los expulsó del paraíso. ¿Cómo hacer compatible todo esto con el amor y la misericordia de Dios, que Padre, ante todo? Néstor Martínez lo explica muy bien en su artículo. Y pienso que nos puede ayudar su lectura para comprender mejor cómo hay que entender “los castigos de Dios”.

En conclusión, se puede decir que Dios siempre quiere nuestro bien. Si nos castiga o nos prueba es, siempre, para tratar de obtener un bien mayor: para salvarnos, para intentar curarnos. Es necesario recordar también que todos los “castigos” que sufrimos los hombres —como la actual pandemia del covid-19— son un misterio, porque el mal es un gran misterio; y que, por otra parte, derivan del pecado. Es decir, los mismos hombres generamos esos castigos con nuestras conductas equivocadas y en contra del orden establecido por Dios en la creación. Pero Dios, como el padre de la parábola del hijo pródigo, siempre nos espera con los brazos abiertos.

Recordemos que, en las apariciones de San Sebastián de Garabandal, la Virgen muchas veces mencionaba la palabra “castigo” (por ejemplo, en la famosa "noche de los gritos"). Lo hizo en sus dos principales mensajes; en el primero de modo directo y en el segundo indirectamente:

La copa ya se está llenando y si no cambiamos nos vendrá un castigo muy grande” (18 de octubre de 1961).
Antes la copa se estaba llenando, ahora está rebosando (…). Con vuestros esfuerzos debéis aparatar de vosotros la ira de Dios (…); os pido que enmendéis vuestras vidas (…). Os amo mucho y no quiero vuestra condenación” (18 de junio de 1965).

Recientemente alguien me envío, a través de WhatsApp, unas palabras que Conchita dijo (o escribió) el 19 de marzo pasado, y que pueden iluminar nuestra reflexión:

“Dios nos está separando de los valores de este mundo. En el silencio de la Iglesia o en nuestra casa, ahora podemos hacer un examen de conciencia para que podamos limpiar lo que nos impide escuchar la Voz de Dios con claridad. Con sinceridad podemos pedirle a Dios que nos diga qué quiere de nosotros hoy y continuar haciéndolo todos los días. Y pasar el mayor tiempo posible con Dios en la Iglesia o en algún lugar de su hogar o donde encuentre el silencio. Él es todo lo que necesitamos”.

Seguramente nuestros lectores han sabido que la productora “Mater Spei” ha permitido que se pueda ver la película sobre GarabandalSólo Dios lo sabe”, de modo totalmente gratuito, a través de la página de la productora, del 3 al 12 de abril. Gracias a Dios la hemos visto y, como es lógico, nos ha traído tantos recuerdos de las veces que estuvimos en Garabandal durante el mes de julio de 1962, mientras toda la familia pasábamos el verano en Llanes, Asturias. Ver también una nueva charla del P. José Luis Saavedra, "Coronavirus y el Aviso".

Finalmente, quisiera hacer referencia a un tema que, en estos momentos, nos inquieta a todos: el modo de reaccionar ante las indicaciones de las autoridades civiles y eclesiásticas.

En este tiempo de confinamiento global, en casi todo el mundo, se ha escrito mucho sobre cuál debe de ser el comportamiento de los cristianos, especialmente de los sacerdotes, ante las decisiones tomadas por las autoridades civiles y eclesiásticas, que limitan la movilidad de modo drástico y taxativo. ¿Hasta qué punto —se preguntan muchos— podemos permanecer “pasivos” sin recibir los sacramentos y llevarlos a los enfermos cuando más los necesitan. En este sentido, vale la pena tener en cuenta el mensaje que recibió Marga el 17 de marzo de 2020: “Oh, Amado pueblo de España, mi Corazón llora estos días con vosotros; lloro de pena porque habéis decidido privaros de la Medicina que podrá curaros de esta epidemia y de las que os pueden esperar y podrían venir si no os convertís y no ponéis vuestra Confianza en Mí” (parte del mensaje; verlo completo).

Me parece que los artículos que ha escrito el P. José María Iraburu en InfoCatólica nos dan una respuesta muy equilibrada y certera, especialmente el que trata de la virtud de la prudencia: “Coronavirus y Obispos– Prudencia y consejo”. Hay una prudencia mala (la de “la carne”) y una buena. “Virtus in medio”, suele decirse, siguiendo la doctrina de Santo Tomás de Aquino. Ese “in medio” no es cobardía o mediocridad: es encontrar la manera más acertada de actuar, de acuerdo a las enseñanzas de Jesucristo y de la Iglesia.

¡Felices Pascuas de Resurrección a todos! Serán diferentes a las de los años anteriores pero, con la ayuda de la Santísima Virgen Guadalupe (a quien los obispos del CELAM consagrarán América Latina mañana, 12 de abril, a las 12:00 hrs., tiempo del centro de México: verlo en facebook), podremos comprobar que Dios y Nuestra Madre nunca nos dejan y nos aman con ternura, especialmente en estos momentos difíciles, como lo haría cualquier padre o madre con un hijo enfermo. Es una nueva y gran oportunidad para descubrir su gran Amor por nosotros y darlo a conocer a los demás.    


sábado, 14 de septiembre de 2019

La Misericordia de Dios

Mañana celebramos el XXIV domingo del Tiempo Ordinario. Nos vamos acercando al final del año litúrgico (quedan sólo 10 domingos más para terminar con la Fiesta de Cristo Rey).   

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La liturgia de la Palabra, en esta ocasión, nos propone meditar sobre la Misericordia de Dios. Tuvimos ocasión de hacerlo hace tres años, durante el Año de la Misericordia que promulgó el Papa Francisco (del 8 de diciembre de 2015 al 20 de noviembre de 2016).

Sin embargo, la meditación sobre la Misericordia de Dios es inagotable. La palabra “misericordia” tiene como primera acepción en el DRAE la siguiente: “Virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos”. A su vez, la “compasión” es un “sentimiento de pena, de ternura y de identificación ante los males de alguien”.

En ocasiones la palabra “misericordia” va asociada a la “clemencia”, que es “compasión, moderación al aplicar justicia”.

Por otra parte, cuando la palabra “misericordia” ser refiere a Dios (“Dios es misericordioso”), prácticamente se puede identificar con la palabra “amor”. Dios es el Amor pleno y, por tanto, le es propio tener misericordia y perdonar.  

El Amor de Dios hacia nosotros, que somos pecadores, tiene el matiz de ser misericordioso. Se compadece de nuestros pecados. Se compadece del hombre pecador. Y, en sí misma, es ilimitada. Dios perdona siempre. Su misericordia  abarca toda la realidad del pecado humano.

El límite de la Misericordia de Dios no está de la parte de Dios, sino de la nuestra. Nosotros, por ser personas libres, creadas a imagen y semejanza de Dios, somos capaces de cerrarnos a la Misericordia divina. ¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo puede alguien rechazar el perdón de Dios? Es un misterio, pero es una realidad totalmente cierta. El pecador que no se arrepiente, permanece en su pecado, alejado de Dios, porque él mismo lo decide así, aunque Dios esté deseando perdonarlo.

Veamos algunos de los textos que leeremos mañana en la Misa.  

Mientras Moisés estaba en el Monte Horeb recibiendo las Dos Tablas de la Ley, los israelitas construían un becerro de oro. En la lectura del Éxodo (cfr. Ex 32, 7-11.13-14), se nota la decepción de Dios: “Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz”. El Señor manifiesta su deseo de exterminar al pueblo. No era para menos, después de todo lo que Yahvé les había favorecido al sacarlos de Egipto.

Pero Moisés le suplica que los perdone, y Dios “se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo”. Sabemos que no es que Dios se arrepienta. Es una manera de decir, adaptada a los humanos, por la que el Espíritu Santo nos quiere decir que Dios es Misericordioso, perdona la culpa —si hay arrepentimiento—, e incluso, a veces, la pena debida al pecado (o la disminuye, o la cambia…).

“Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores —nos dice San Pablo en la Segunda Lectura—, y yo soy el primero” (cfr. 1 Tim 1, 12-17). Tenemos también el ejemplo del hijo pródigo, en el Evangelio de la Misa: “Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros” (cfr. Lc 15, 1-32).

Es conveniente tener en cuenta que en el pecado hay una “culpa” (ofensa a Dios) y una “pena” (o castigo debido al pecado). Si nos arrepentimos, Dios siempre perdona la culpa. En la Iglesia, sabemos que esto sucede siempre que hacemos un acto de amor, o una obra buena, o una oración sincera…, para los pecados veniales. También nos perdona la culpa (castigo eterno) en el caso de los pecados morales, con un acto de contrición perfecto, o con un acto de atrición (imperfecto: dolor por las penas del infierno, por la fealdad del pecado, etc.), si confesamos ese pecado ante un sacerdote en el sacramento de la penitencia. Para pode comulgar, siempre es necesario, antes, acudir a la Confesión sacramental.
   
Por otra parte está la pena. Todo pecado es una ofensa a Dios, a nosotros mismos y a los demás, que requiere reparación. La justicia lo pide: no es deseable la impunidad. Esa pena, muchas veces se satisface en esta vida por los sufrimientos que trae consigo el pecado cometido. Por ejemplo, una persona que bebe mucho alcohol, recibe su pena porque, después, se expone a tener un accidente, si conduce un coche, o a pasar una noche en la cárcel si la policía lo sorprende y le hace una prueba con un alcoholímetro. Como se suele decir, “en el pecado está la penitencia”.

Además, si acudimos a la Confesión, el sacerdote nos impone una penitencia, aunque sea muy pequeña, que también nos ayuda a reparar el pecado cometido.

Finalmente, la vida misma trae innumerables sufrimientos y trabajos que se pueden ofrecer con sentido reparador. Y, si queda alguna pena que saldar, podemos terminar de limpiarla en el Purgatorio.

Todo esto es una realidad, que no quita nada a lo que estamos meditando: que Dios es Misericordioso. Él quiere siempre lo mejor para nosotros. Ser Misericordioso no supone “pasar por alto todo, y dejar que nuestros pecados no tengan ninguna consecuencia”. Dios quiere que seamos santos.

C.S. Lewis lo explica muy bien en su libro “Mero Cristianismo”. Necesitamos curar nuestra soberbia, nuestra vanidad, nuestra pereza. A veces quisiéramos arreglarlo todo con una aspirina y Dios no se conforma con una curación superficial. Quiere curarnos en serio, ir hasta el fondo.

«No os equivoquéis, viene a decir, si me dejáis. Yo os haré perfectos. En el momento en que os ponéis en Mis manos, es eso lo que debéis esperar. Nada menos, ni ninguna otra cosa, que eso. Poseéis el libre albedrío y, si queréis, podéis apartarme. Pero si no me apartáis, sabed que voy a terminar mi trabajo. Sea cual sea el sufrimiento que os cueste en vuestra vida terrena, y por inconcebible que sea la purificación que os cueste después de la muerte, y me cueste lo que me cueste a Mí, no descansaré ni os dejaré descansar, hasta que no seáis literalmente perfectos... hasta que mi Padre pueda decir sin reservas que se complace en vosotros, como dijo que se complacía en Mí. Esto es lo que puedo hacer y lo haré. Pero no haré nada menos» (C.S. LEWIS, Mero cristianismo, p. 211).   

La Misericordia de Dios es compasión, perdón, clemencia, amor sin límites; pero es también decisión firme de llevarnos a la santidad, precisamente porque su Amor es Verdadero.

Mañana, que celebraremos también a Nuestra Señora de los Dolores, no dejemos de acudir, cuando rezamos la Salve, a Nuestra Madre: “Madre de Misericordia; vida dulzura y esperanza nuestra”.  


sábado, 7 de septiembre de 2019

Las "primicias" de la Nueva Creación (5)


En este post transcribimos parte de los mensajes que recibió Marga el del 25 al 30 de agosto del 2016, en los que Jesús le habla sobre las “primicias”. Están en el Tomo IV de la Verdadera Devoción al Corazón de Jesús (cfr. vdcj.org) que lleva por título "Características y Promesas".    

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En las páginas 37 y 38, Jesús le dice lo siguiente [las negritas son originales; ponemos entre paréntesis cuadrados nuestros comentarios]:

“Nos está perdida la vida de ningún hombre sobre la tierra mientras siga estando en ella, y siempre puede ser salvo. Aún en el último instante. Aunque haya formado parte de todas las abominaciones y de la que es peor: la profanación eucarística y la de unirse íntimamente a Satanás para hacerme a guerra a mí y a todos mis elegidos (Nota 66: Cfr. Ap 12, 17).
Aún eso tiene perdón. Tiene perdón para el Amor de Dios.
Así que, que esto lean los que estén en esa situación, y entiendan.  
Que esto lean también todos los que se sientan llamados a formar parte del Cuerpo Místico Eucarístico. “Las primicias” que Yo quiero hacer sois vosotros ahora, los pioneros y precursores de esta vivencia en el Reino Nuevo. Los que empiezan el Camino, a vivir el Camino de Común Unión Conmigo.   

[La llamada a ser “primicias” parece que es para todos los que se sientan llamados; pero el Señor quisiera que todos nos sintiésemos llamados por su Amor. Por otra parte, más adelante, habla de “elegidos” por Él]

No quiero en vosotros cosas raras externas, por las que los demás os admiren y hasta quieran semi-adoraros como dioses.
No quiero super-hombres, transformados precisamente por “estar enterados de todo”. No son esos mis elegidos.
Mis elegidos para las primicias son los últimos, son los obedientes, son los sacrificados, son esos amantes y amados del Amado.

[Como durante su vida en la tierra, Jesús llama a los “pequeños”: María, José, los pastores, los apóstoles…].

Son los que queman su vida en Común Amor con Él, sacando de la Eucaristía la Fuente del Amor con que amar a Cristo y al mundo.
No tienen cualidades especiales, dones preternaturales o formas deslumbrantes o sabiduría supina. No son encumbrados por los que los rodean.
Más bien, son pisoteados y escupidos en derredor por los que les rodean, como lo fue su Maestro.

[Los llamados a ser “primicias” del Reino Eucarístico son personas sencillas y normales, que viven su vida ordinaria y no desean un trato especial]

Por eso, cuando veáis que alguien sabe tanto por sus propios medios, y que es una sabiduría de los hombres e incluso inventada con su inteligencia, alejaos de ellos. Sólo están ahí para confundir, para pretender llevaros por un camino que nunca fue un encargo de Dios, sino un propio encargo inventado por ellos mismos y puesto por ellos mismos. El demonio les azuza para confundir. Pero ellos saben que siempre se podrán acoger a Mí y a mi Camino, mi Verdadero Camino.

[Aunque el Señor desea conozcamos y tratemos de investigar —en la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio— lo que se refiere a su Segunda Venida, también nos pide que seamos prudentes para no poner nuestra esperanza en conocimientos humanos, por muy atractivos que parezcan, sino en la Revelación que Él nos quiere comunicar en la Iglesia: tanto la Revelación pública como las privadas que no se apartan de lo que siempre han enseñado los Pastores]

Pasión de Amor y Unión esponsal con el Amado. A eso os llamo.
La Virgen os irá indicando cómo.
Estos escritos pueden ayudar a ver cómo Yo cogí un alma (Nota 67: a Margarita) y la fui llamando y educando, y la atraje a mi Amor hasta que ella se encontró absolutamente enamorada de Mí.
Pueden ayudar a ver cómo es la Pasión de Amor de Jesús por las almas. Y cómo es la conquista que con ellas realiza.
A lo largo de estos escritos que ellos hagan de “tú” (Nota 68: cómo se ha insistido en la Trilogía, se sugiere que el lector se ponga en lugar de Marga. Que donde pone “Marga”, ponga su propio nombre. Que se aplique lo que Dios dice a Marga, que no es exclusivo para ella, sino para todo el que medite los libros. Y cada uno con sus características propias y por el camino por donde el Señor le vaya llevando), y se ponga a hablar Conmigo, tal y como tú lo haces, pero a su modo, su modo individual. Porque yo quiero y deseo todos los modos de amar de mi gente, de mis almas, las por Mí creadas. Que a su modo, hagan de “tú”. Y Yo les iré cogiendo cada vez más en mis brazos de Amor Enamorado”.

[Esta es la característica principal de las “primicias”: la Pasión de Amor con el Amado; el estar enamorados del Señor, porque comenzamos a comprender el Gran Amor que Él nos tiene]

En la página 40 del Tomo IV, el Señor continúa diciendo a Marga lo siguiente:

“En ese trato de esposo, hermano y amigo Conmigo, viviréis y pasaréis vuestros días. En un trato de Presencia Cotidiana Mía y de Mi Madre en vuestros días. De todos los Santos y Ángeles y toda la Corte Celestial. De aquellos a los que vosotros queráis invocarles e invitarles a vuestras vidas.
Es un Camino que Yo he ido adornado de Predicciones. Pero no es lo principal. Eso os engancha, pero no es lo principal.
Yo sé, porque os conozco, que las Predicciones forman parte de la pedagogía que necesitáis para acercaros a Mí.

[Es notorio como, en los cuatro libros de la Verdadera Devoción al Corazón de Jesús, se insiste sobre este punto: las profecías y predicciones del futuro no es lo más importante]         
   
En las pp. 41 y 42 continúa diciendo Jesús a Marga:

“Cuando te desanimes piensa en esto: Esta Pasión de enamorado que quiero que viváis Conmigo, y que pocos la entienden.
Que para ello quiere que seáis como niños, y viváis una Infancia espiritual, a modo del Caminito de Santa Teresa (Nota 70: Santa Teresita del Niño Jesús): sencillos, con Confianza y Abandono. Sin grandes pretensiones. Confiados en su Padre, como niños.
Así quiero que sea vuestro trato, vuestra alma de niños: enamorada. Enamorada hasta el fondo de Mí y de mi Corazón. Que se os muestra, y se os muestra, y se os muestra cada vez más, y se os hace Amable y Adorable”.

[Aunque el Amor a Dios es esponsal, fraterno, de amistad… es, de una manera particular, filial. Por eso Jesús nos enseñó a orar dirigiéndonos a Dios como Padre]

Y, enseguida, el Señor nos habla de la Eucaristía (p. 42):

Adoráis la Preciosa Forma Consagrada, pues en Ella está mi Corazón Ardiente y Palpitante.  
Y venís a pasar largos ratos Conmigo, con este Corazón Transformante, para que Yo os pueda transformar, os vaya transformando en otras antorchas ardientes de Amor, de Amor eterno, pues se enciende aquí en la tierra y dura para siempre”.

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Podríamos continuar transcribiendo los mensajes de Jesús a Marga. Pero bastan estos párrafos para conocer en qué consisten las “primicias” que desea el Seños que seamos todos sus hijos, en estos momentos. Son “Apóstoles de los Últimos Tiempos” (p. 53) y “Apóstoles del Reinado Eucarístico” (ibidem).    

sábado, 30 de marzo de 2019

Pasión y Muerte del Señor


Al final del segundo mensaje de la Virgen a las niñas de Garabandal, Nuestra Señora les decía: “Pensad en la Pasión de Jesús” (18 de junio de 1965). Eso queremos hacer ahora: meditar un poco sobre la Pasión y Muerte de Cristo.    

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14. Pasión de Cristo. Amor a la Cruz. Mortificación

Después de que Jesús oró en Getsemaní es prendido y llevado Anás y Caifás. Este último era el Sumo Sacerdote. Pasó Cristo la noche en un calabozo y, en la mañana, es presentado a Pilato para que lo juzgue y lo condene a morir en la Cruz.

Los grandes músicos de los siglos XVII y XVIII compusieron sus “Pasiones”, como la Pasión según San Mateo de Juan Sebastián Bach. Son composiciones que tocan profundamente nuestra sensibilidad y nos ayudan a estar junto a Cristo para acompañarlo y consolarlo en esas horas de intenso sufrimiento.

Se cumplen en Él las profecías que había hecho el segundo Isaías en el Poema del Siervo de Yahvé.

En el Prólogo del Via crucis, San Josemaría Escrivá de Balaguer expone la situación espiritual en que podemos sumergirnos para contemplar con más fruto la Pasión del Señor.

“Señor mío y Dios mío, bajo la mirada amorosa de nuestra Madre, nos disponemos a acompañarte por el camino de dolor, que fue precio de nuestro rescate. Queremos sufrir todo lo que Tú sufriste, ofrecerte nuestro pobre corazón, contrito, porque eres inocente y vas a morir por nosotros, que somos los únicos culpables. Madre mía, Virgen dolorosa, ayúdame a revivir aquellas horas amargas que tu Hijo quiso pasar en la tierra, para que nosotros, hechos de un puñado de lodo, viviésemos al fin "in libertatem gloriae filiorum Dei", en la libertad y gloria de los hijos de Dios”.

Tenemos muchos recursos para meditar la Pasión. En primer lugar están los relatos de los cuatro evangelistas, llenos de piedad y riqueza espiritual. Después están el Via Crucis y los cinco Misterios Dolorosos del Santo Rosario. Se han escrito muchos comentarios, a lo largo de los siglos, sobre estas devociones cristianas.

Además, hay algunos libros especialmente provechosos, como “La Pasión” del Padre La Palma, jesuita del siglo XVI. O la descripción que hace Fray Justo Pérez de Urbel en su “Vida de Cristo”.

Meditar asiduamente en la Pasión de Cristo (si es posible, todos los días) nos ayudará a identificarnos con el Señor para que “no quede vacía la Cruz de Cristo” (1 Cor 1, 17) en nosotros.

La Cruz es el signo del cristiano. Nuestros padres nos enseñaron a santiguarnos con la señal de la Cruz cuando éramos niños. El sacerdote nos bendice con la Cruz, que nos acompaña desde el principio hasta el final de nuestra vida. Queremos identificarnos con la Cruz, que es el Sello real del cristiano.

Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo hacer realidad en nuestra vida lo que pidió el Señor a sus discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc 14, 27)?

Lo primero es amar la Cruz del Señor, desear ayudarle a llevarla, unirnos a sus sufrimientos y tratar de consolarlo.

Las siguientes invocaciones a Jesucristo se pueden aplicar también a su Cruz gloriosa.

Dominus noster Iesus Christus apud me sit, ut me defendat / intra me sit ut me reficiat / circa me sit ut me conservet /ante me sit ut me deducat / post me sit ut me custodiat / super me sit ut me benedicat /, qui cum Patre et Spiritu Sancto vivit et regnat in saecula saeculorum. Amen. Dirigat Dominus viam meam. Et collocet me Christus in Gloria sua”.

No hay cristianismo sin Cruz. No podemos resucitar con Cristo si antes no morimos con Él. No podremos dar fruto si no nos hacemos grano de trigo que muere.

Se suelen utilizar varias palabras para hablar de la unión con la Cruz de Cristo: mortificación, sacrificio, penitencia, expiación, propiciación… Cada una de ellas tiene algún matiz que las caracteriza. Pero todas expresan lo central: transformar el mal físico y moral que hay en el mundo (pecado, muerte, dolor, enfermedad, injusticia, sufrimientos, etc.), en algo bueno (lleno de sentido, verdadero, noble, que nos llena de valor, que plenifica nuestro ser, etc.). Y esto se logra uniendo nuestra cruz a la de Cristo voluntariamente y con alegría. Así seremos corredentores con Él, y con Él participaremos de las promesas futuras (que se resumen en nuestra resurrección, que Cristo nos ha conseguido con su Gloriosa Resurrección).

Llevar la Cruz de Cristo está al alcance de todos. Hay como tres grandes campos para hacerlo. En primer lugar está lo que viene de fuera, lo que el Señor dispone en nuestra vida sin que dependa de nosotros, al menos directamente: la enfermedad, las contrariedades de la jornada, las injusticias, la persecución, las consecuencias de nuestros errores y omisiones… Si no llevamos con alegría y confianza en Dios todo esto, no podemos decir que somos almas mortificadas. De nada serviría hacer muchas mortificaciones voluntarias si no aceptamos la cruz que Dios nos envía o permite en nuestra vida.

En segundo lugar están las mortificaciones o sacrificios que hacemos para cumplir nuestros deberes personales, familiares, profesionales o sociales. Para ser virtuosos y buenos es necesario que nos sacrifiquemos. No se consigue nada valioso sin sacrificio. Pero este sacrificio lo podemos ofrecer y unirlo a la Pasión de Cristo. Así tiene  un valor infinito.

Por último, están las mortificaciones que hacemos voluntariamente. No van dirigidas directamente a cumplir un deber o hacer la voluntad de Dios. Son sacrificios que salen de nuestro deseo de dar más, de ser generosos, de tomar la cruz sin que sea estrictamente necesario hacerlo en algo determinado. Pueden ser muy pequeñas: retrasar un vaso de agua, privarnos de algo que nos gusta por un tiempo, escoger lo peor y dejar para los demás lo mejor, etc. Son los pequeños sacrificios que antes eran tan apreciados, por nuestros abuelos, pero que quizá ahora no se aprecian tanto. Sin embargo, al Señor le agradan mucho, porque son signo de nuestro deseo de vivir “clavados en la Cruz de Cristo”.

“Cristo estoy crucificado: vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2, 19-20).

María acompañó muy de cerca a su Hijo en su Pasión. Estuvo a su lado cuando murió en la Cruz. Ahí la recibimos por Madre nuestra. Pidamos con fe a Nuestra Señora:

“Stabat Mater dolorosa / Iuxta crucem lacrimosa, / Dum pendebat filius. / Cuius animam gementem / Contristatam et dolentem / Pertransivit gladius (Stabat mater).

15. Muerte del Señor. Aprovechamiento del tiempo

Los últimos versos del Stabat Mater nos recuerdan que, como Cristo, también nosotros algún día hemos de morir.

Fac me cruce custodiri, / Morte Christi praemuniri, / Confoveri gratia. / Quando corpus morietur / Fac ut animae donetur / Paradisi gloria. Amen”.

María también estará muy cerca de nosotros a la hora de nuestra muerte. Lo pedimos expresamente en el Ave María.

Stipendium peccati, mors est (Rm 6, 23). “El precio del pecado es la muerte”. Dios no quería que el hombre muriera, en el Paraíso. Nuestros primeros partes no debían sufrir la muerte. El pecado fue la causa de su muerte. Y todos los seres humanos pasaremos por ese trance (salvo los que sean transformados en la Segunda Venida del Señor, y no pasen por la muerte: cfr. 1 Cor 15, 52).

La muerte forma parte de la voluntad permisiva de Dios: no la quiere, pero la permite (la tolera), y saca de ella un bien mayor. Esa es la lógica divina que de los males saca bienes y de los grandes males, grandes bienes.

Por eso se pregunta San Pablo: “ubi est mors victoria tua ubi est mors stimulus tuus” (1 Cor 15, 55). La muerte ha sido derrotada por la Muerte y Resurrección de Cristo. Desde entonces los cristianos no tememos a la muerte, porque es el paso a la Vida. Es la puerta de la Nueva Vida que nos ha ganado Cristo.

Los santos han hablado de la muerte:

1) “No morirá de mala muerte el que oye devotamente y con perseverancia la Santa Misa”. San Agustín.
2) “Tened por cierto el tiempo que empleéis con devoción delante de este divinísimo Sacramento, será el tiempo que más bien os reportará en esta vida y más os consolará en vuestra muerte y en la eternidad”. San Alfonso María de Ligorio.
3) “Recuerda que cuando abandones esta tierra, no podrás llevar contigo nada de lo que has recibido, solamente lo que has dado: un corazón enriquecido por el servicio honesto, el amor, el sacrificio y el valor”. San Francisco de Asís.
4) “La muerte os espera en todas partes; pero si sois prudentes, en todas partes la esperáis vosotros”. San Bernardo.
5) “En el momento de la muerte, no se nos juzgará por la cantidad de trabajo que hayamos hecho, sino por el peso de amor que hayamos puesto en nuestro trabajo”. Madre Teresa de Calcuta.
6) “Para el cristiano, la muerte no es la derrota sino la victoria: el momento de ver a Dios; la muerte para hallarlo, la eternidad para poseerlo…. La muerte para el cristiano no es el gran susto, sino la gran esperanza.” San Alberto Hurtado.

Benedicto XVI, en sus Catequesis sobre la oración, comentaba el Salmo 23.

«Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan» (v. 4). Quien va con el Señor, incluso en los valles oscuros del sufrimiento, de la incertidumbre y de todos los problemas humanos, se siente seguro. Tú estás conmigo: esta es nuestra certeza, la certeza que nos sostiene. La oscuridad de la noche da miedo, con sus sombras cambiantes, la dificultad para distinguir los peligros, su silencio lleno de ruidos indescifrables. Si el rebaño se mueve después de la caída del sol, cuando la visibilidad se hace incierta, es normal que las ovejas se inquieten, existe el riesgo de tropezar, de alejarse o de perderse, y existe también el temor de que posibles agresores se escondan en la oscuridad. Para hablar del valle «oscuro», el salmista usa una expresión hebrea que evoca las tinieblas de la muerte, por lo cual el valle que hay que atravesar es un lugar de angustia, de amenazas terribles, de peligro de muerte. Sin embargo, el orante avanza seguro, sin miedo, porque sabe que el Señor está con él. Aquel «tú vas conmigo» es una proclamación de confianza inquebrantable, y sintetiza una experiencia de fe radical; la cercanía de Dios transforma la realidad, el valle oscuro pierde toda peligrosidad, se vacía de toda amenaza. El rebaño puede ahora caminar tranquilo, acompañado por el sonido familiar del bastón que golpea sobre el terreno e indica la presencia tranquilizadora del pastor” (Benedicto XVI, 5 de octubre de 2011).

Ante la proximidad de la muerte, nos viene a la cabeza una idea: “tengo que aprovechar mejor el poco tiempo que me queda de vida”. “Tempus breve est” (1 Cor 7, 29). Y, en otro lugar, la Sagrada Escritura nos recuerda:

Tú haces volver al polvo a los humanos, diciendo a los mortales que retornen. Mil años son para ti como un día, que ya pasó; como una breve noche. Nuestra vida es tan breve como un sueño; semejante a la hierba, que despunta y florece en la mañana y por la tarde se marchita y se seca. Enséñanos a ver lo que es la vida y seremos sensatos” (Salmo 89).

San Josemaría nos animaba a aprovechar bien el tiempo.

“Este mundo, mis hijos, se nos va de las manos. No podemos perder el tiempo, que es corto (...). Entiendo muy bien aquella exclamación que San Pablo escribe a los de Corinto: tempus breve est!, ¡qué breve es la duración de nuestro paso por la tierra! Estas palabras, para un cristiano coherente, suenan en lo más íntimo de su corazón como un reproche ante la falta de generosidad, y como una invitación constante para ser leal. Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar” (San Josemaría, Hoja informativa sobre el proceso de beatificación de este Siervo de Dios, n. 1, p. 4).

María estará a nuestro lado a la hora de la muerte. Ella es la Madre dolorosa que nos consuela en este “valle de lágrimas” y nos alienta para no perder nunca la paz y confiar plenamente en su Hijo.


sábado, 23 de febrero de 2019

El misterio del mal


En estos últimos días, antes de comenzar la Cuaresma, hemos estado escuchando en la Liturgia de la Palabra durante la Misa diaria las historias que nos relata el Libro del Génesis.   

 

Ahí, por inspiración del Espíritu Santo, el autor (o autores) que redactaron esas narraciones, plasmaron ideas que están profundamente grabadas en la conciencia del hombre. De alguna manera, son como arquetipos que han quedado en nuestro ser desde tiempos muy muy remotos (quizá desde hace más de dos millones de años) y que, al mismo tiempo, son convicciones y realidades en las que Dios, directamente, ha tenido un papel primordial.

4. El pecado

El misterio del mal nos desconcierta. ¿Por qué existe el mal, si nuestro Creador es Bueno? Comprendemos que es evidente que la creación —que procede de Dios, pero no es Dios— ha de ser necesariamente limitada, finita e incompleta. Si no, sería Dios. Esa limitación lleva consigo la destrucción de algunos elementos y a la aparición de otros. Desde el Big Bang, se han producido movimientos de astros y cambios profundos en la naturaleza que reflejan males físicos, es decir, carencia de bienes, porque el universo es imperfecto. Esto no ofrece especiales dificultades para comprenderlo.

Lo que resulta más difícil de entender es el mal moral: ¿Por qué el hombre, que fue creado en un estado de bondad e inocencia, y elevado al orden sobrenatural de relación estrechísima con el amor de Dios, desobedeció y rompió los planes que Dios tenía con él? La respuesta ya la sabemos: porque Dios lo creó libre. La libertad lleva consigo la posibilidad de escoger el mal o el bien.

Pero quizá lo más difícil de asimilar es cómo ese pecado fue tan importante y cómo afectó a toda la creación y, particularmente, al hombre desposeyéndolo de la gracia, los dones preternaturales (quizá la perdida más dolorosa fue la falta de integridad y la moralidad) e hiriendo profundamente la misma naturaleza humana, de modo que quedó deteriorada (ignorancia, malicia, concupiscencia y debilidad) e inclinada al pecado.

Todo esto lo narra el Génesis en pocas líneas.

La serpiente era más astuta que las demás bestias del campo que el Señor había hecho. Y dijo a la mujer: «¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?». La mujer contestó a la serpiente: «Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: “No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis”». La serpiente replicó a la mujer: «No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal». Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió. Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron. Cuando oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, Adán y su mujer se escondieron de la vista del Señor Dios entre los árboles del jardín” (Gen 3, 1-8).      

El pecado fue un engaño de Satanás. Les prometió que se les abrirían los ojos y, efectivamente, se les abrieron para ver su vulnerabilidad. A partir de entonces fueron conscientes de su fragilidad y pequeñez.

Un poco más adelante, la narración de Caín y Abel, nos ayuda a comprender mejor hasta donde llegan las consecuencias del mal. Caín, el hijo mayor, era agricultor y Abel era pastor. Ambos ofrecen sacrificios a Dios, pero Dios se fija en la ofrenda de Abel (porque era buena) y no en la de Caín (que era mezquina y mal hecha).

Caín se enfureció y andaba abatido. El Señor dijo a Caín: «¿Por qué te enfureces y andas abatido? ¿No estarías animado si obraras bien?; pero, si no obras bien, el pecado acecha a la puerta y te codicia, aunque tú podrás dominarlo». Caín dijo a su hermano Abel: «Vamos al campo». Y, cuando estaban en el campo, Caín atacó a su hermano Abel y lo mató. El Señor dijo a Caín: «¿Dónde está Abel, tu hermano?». Respondió Caín: «No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano?». El Señor le replicó: «¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano me está gritando desde el suelo. Por eso te maldice ese suelo que ha abierto sus fauces para recibir de tus manos la sangre de tu hermano. Cuando cultives el suelo, no volverá a darte sus productos. Andarás errante y perdido por la tierra». Caín contestó al Señor: «Mi culpa es demasiado grande para soportarla” (Gen, 4, 5-13).

En estas historias (y en otras que nos narra el Génesis, como a de la del Arca de Noé y la de la Torre de Babel) tenemos un material precioso para tratar de comprender un poco el misterio del mal, que podríamos resumir en algunos puntos fundamentales: 1) todos los hombres somos pecadores; 2) Dios no nos ha quitado la libertad y, cada uno, podemos elegir seguir el camino del mal o del bien; 3) aunque tenemos la naturaleza debilitada por las heridas del pecado, podemos luchar contra él y evitar que las cosas se vuelvan peores para nosotros y para los demás.

Además, sabemos que Dios, desde el principio, determinó no abandonar al hombre a su suerte y prometió que, en algún momento, otro hombre (descendiente del primer hombre) lucharía y derrotaría a la antigua serpiente (al demonio y al pecado).

El Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho eso, maldita tú entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón»” (Gen, 3, 14-15).   

La descendencia de la mujer que ha derrotado a la serpiente es Jesucristo. A partir de la salvación obrada por Cristo, mediante su pasión, muerte y resurrección, cada uno de nosotros tenemos todas las de ganar, si queremos aprovechar la abundante gracia que, por medio del Espíritu Santo, tenemos cada día para obrar el bien y ser buenos hijos de Dios.  

San Agustín lo comenta muy bien cuando dice que cada hombre es como un pobre condenado a luchar contra las fieras que se enfrenta a Satanás, con todas sus insidias y artilugios. Recordando esas competiciones en el estadio, dirá:

«¡Ten coraje! Quien ha concertado esta competición [es decir, Dios] está en las gradas del estadio ¡y apuesta por ti!» (Serm. CCCXLIV,1).  

Toda la corte celestial apuesta por nosotros.

Nuestra Señora, Refugium peccatorum, nos ayudará a mantener una lucha vibrante y llena de valor, para vencer cada día al demonio y buscar vivir en la gracia de Dios continuamente.

5. Tibieza

Los hombres nos acostumbramos a todo. También al pecado. Damos por hecho que el mundo es un lugar en el que existe el mal. Que la creación es bella, pero también traicionera. Y que el hombre es una especie de cáncer de la naturaleza, que ahí donde va, destruye todo lo que se encuentra. Al menos, esa es la visión de algunos de nuestros contemporáneos.

Esta es una visión deformada de la realidad. Por una parte, porque se desprecia al hombre y no se reconoce en él la imagen de Dios de la que es portador y el valor inestimable de cualquier vida humana. Por otra parte, a base de “acostumbrarse” al mal que produce el hombre, nos hemos hecho a la idea de que su modo de comportarse es completamente cultural. Se comporta mal porque las tradiciones humanas (es decir, las religiones: principalmente el cristianismo, que ha modelado la cultura occidental) han llevado al racismo, las discriminaciones y las desigualdades.

Ahora, las ideologías (el neomarxismo, el relativismo y el postmodernismo) buscan “redimir” al hombre, imponiéndole modos de pensar y actuar que van frontalmente contra la ley natural y la consciencia del bien y del mal que Dios ha puesto en el interior del hombre.

Todo esto ha llevado, paulatinamente, a la pérdida del sentido de pecado y a la pérdida del coraje y la valentía para defender la verdad. Hay algunas “verdades” políticamente correctas, por las que debería dirigirse la sociedad y las leyes civiles. Y nada más. Para ellos, el verdadero mal es la carencia de los bienes materiales que pueden hacer llevadera la vida en este mundo. Buscan el bien de los grupos sociales, pero no del individuo concreto. No se dan cuenta de que el agente más patógeno de la sociedad es el pecado, es decir, el mal moral que conocemos cada uno en el fondo del nuestras almas y está esculpido en los Diez mandamientos de la Ley de Dios.

Por supuesto, si hay esta poca sensibilidad para los pecados graves (el aborto, la eutanasia, la impureza, la fornicación, el adulterio, las manipulaciones genéticas, la pornografía, etc.), cómo no la habrá también, y mucho más, para otros pecados menores, pero no menos dañinos para el alma y para la convivencia social, porque son como las “pequeñas raposas que destruyen la viña” (cfr. Cantar de los Cantares 2, 15).

En la literatura de la teología espiritual, a este mal se ha llamado “tibieza”. San Josemaría Escrivá de Balaguer tiene un capítulo de Camino dedicado a este tema. Vale la pena detenernos en algunos de sus puntos. Quizá el más emblemático es el n° 331.

“Eres tibio si haces perezosamente y de mala gana las cosas que se refieren al Señor; si buscas con cálculo o "cuquería" el modo de disminuir tus deberes; si no piensas más que en ti y en tu comodidad; si tus conversaciones son ociosas y vanas; si no aborreces el pecado venial; si obras por motivos humanos”.

La tibieza es la falta de lucha contra todo lo que nos puede apartar del amor a Dios. San Josemaría solía repetir, de la mañana a la noche, una jaculatoria, que tenía estampada en unos pobres azulejos en su dormitorio de Madrid y luego también en el cuarto que utilizaba en Roma: “Aparta, Señor, de mí lo que me aparte de Ti”.

La tibieza es lo opuesto al alma sensible y delicada, que desea amar a Dios con todo su corazón, en todos los momentos del día; y que busca cómo poder agradarle más en todo.

¿Cómo saber qué es lo que más agrada a nuestro Dios? ¿Cómo acertar a darle toda la gloria que cada uno podemos dar a nuestro Creador y Redentor? Hay un solo camino: escuchar detenidamente su Voz en nuestra alma y ser dóciles a sus mociones. Él es el primer interesado en que le amemos y en que vivamos como hijos suyos. Él ha grabado en nuestro corazón sus mandamientos y sus consejos. Si buscamos la verdad dentro de nosotros y tratamos de vivir de acuerdo a ella, pase lo que pase, poco a poco tendremos una conciencia bien formada para acertar en nuestras decisiones.

Esta actitud fundamental, habría que concretarla en varios puntos que derivan de ella:

1) el examen habitual de nuestra conciencia (cada día, por ejemplo, al final de la jornada, dedicando unos minutos a conocernos mejor y a pedir perdón por nuestros pecados);
2) el deseo de recibir una formación profunda (lecturas —sobre todo de la Sagrada Escritura, y particularmente de los Evangelios—, dirección espiritual, retiros, clases, charlas, a las que podamos asistir…);
3) el cuidado de las cosas pequeñas (dar valor a lo poco, dar sentido a todo en nuestra vida); y
4) tener una intensa vidas sacramental (confesión frecuente, para realmente purificarnos de toda la mentira que pueda haber en nuestra vida; y recibir la Eucaristía, si es posible diariamente, para llenarnos del Amor de Dios y tener en nosotros un verdadero antídoto del pecado, como decía San Ignacio de Antioquía).

Santa María, Madre del Amor Hermoso, nos infundirá en nuestra alma horror al pecado y un deseo muy grande de evitar todos los pecados veniales deliberados. Esto será una clara muestra de que vamos por el camino de la santidad.