sábado, 27 de julio de 2019

Padre Nuestro


Dios es Padre Nuestro. Mañana, en las lecturas de la Misa, volveremos a recordar esta verdad fundamental de nuestra vida cristiana. Pero, ¿qué significa esta verdad para nuestra vida diaria?  

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Miguel Ángel Buonarroti (1495-1564). La creación del hombre. Capilla Sixtina.


Hace poco escuché la reflexión de un sacerdote, que explicaba la vida cristiana resumida en tres puntos principales. Me pareció muy sugerente y ahora, que comentamos los textos litúrgicos del Domingo 17° del Tiempo Ordinario (Ciclo C), pienso que puede ayudar a nuestros lectores.

El primer punto es recordar lo que constituye el fundamente de nuestra vida: que Dios es Creador, y ha creado el mundo de la nada; y que toda la creación del universo tiene un punto culminante: las creaturas espirituales (los ángeles y los hombres, que además tenemos un cuerpo material). Y, sobre todo, la Encarnación de Jesucristo, Hijo de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre. A partir de ahora nos centramos en la creación del hombre.

La creación del hombre, como ser espiritual, represente algo verdaderamente nuevo. ¿Por qué? Porque el hombre es libre y sus actos libres están, cada uno de ellos, llenos de novedad. Todo lo demás de la creación sigue las leyes de la concatenación de los procesos de la materia, que no son libres.

Esta realidad la expresamos diciendo que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Es decir, como creatura espiritual y libre. Al mismo tiempo, sabemos por la doctrina revelada que Dios elevó al hombre al orden sobrenatural, desde el principio, y quiso que fuese hijo suyo, que participara íntimamente de su naturaleza divina.

Esta realidad es la base de todo lo demás en la vida cristiana. Es el fundamente al que siempre hay que volver: somos hijos de Dios, creaturas amadas por Dios, elegidas desde toda la eternidad para recibir sobreabundantemente el Amor de Dios. Él tiene la iniciativa. Está deseando que nos abramos a su Amor y nos ofrece todas las oportunidades imaginables para que lo hagamos en cada instante de nuestra vida.

Vale la pena tener presente siempre esta primera gran verdad que marca toda nuestra vida: es nuestra verdad más profunda, fuente de confianza

Recientemente celebrábamos la fiesta de Santiago apóstol, a quien se le apareció la Virgen, en carne mortal, en Zaragoza, el 2 de enero de 1940, como asegura la inmemorable tradición. En la colecta de la Misa de la Virgen del Pilar pedimos a Dios, por intercesión de Nuestra Señora, que nos “fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor”. Las tres virtudes teologales surgen de la confianza que tenemos al saber que somos hijos de Dios.

El segundo punto de nuestra reflexión, o segunda característica esencial de la vida cristiana es la necesidad de la lucha: “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti” (San Agustín).

La fe cristiana está en el centro de dos errores que muchos han seguido en la historia: el pelagianismo y el protestantismo. La primera herejía busca poner la confianza en las fuerzas humanas, como si no fuera necesaria la ayuda de la gracia. La segunda herejía cae en el error opuesto: creer que no hace falta el esfuerzo humano para salvarse y que Dios es quien lo hace todo.

Nuestra fe nos alienta a no caer en esos extremos. Para alcanzar la salvación es absolutamente necesaria la gracia de Dios (que, en cierta manera, lo hace todo). Pero también es necesaria la aceptación libre del hombre, que se manifiesta en lo que llamamos “lucha”. Es decir, en la necesidad de poner los medios para abrirnos a la gracia y dejar que Dios haga su obra en nosotros.

El pecado es, precisamente, la cerrazón humana a la gracia de Dios. Es, libremente y voluntariamente, rechazar el amor de Dios y preferir un bien particular, engañados por el amor propio.

La lucha ascética es necesaria. En primer lugar para quitar todo lo que estorba y que nos impide recibir el amor de Dios: las reliquias del pecado original en nuestra alma, y también los frutos de los pecados personales. Es toda una labor de purificación la que tenemos que llevar a cabo en nuestra alma. Dios nos ayuda a purificarnos con su Providencia sapientísima. Pero también nosotros tenemos que descubrir el desorden de nuestra vida para ir quitando todo lo que nos aparta de Dios.

En segundo lugar, la lucha ascética es un ejercicio diario para ir adquiriendo las virtudes cristianas (humildad, prudencia, justicia, fortaleza, templanza, etc.), que no son más que las actitudes que vemos en la vida de Jesucristo. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. La santidad consiste en ser otros Cristos, el mismo Cristo, por la oración, la meditación del Evangelio y la imitación de Nuestro Redentor.

Toda esta actividad la llevamos a cabo, desde luego, impulsados por la fuerza del Espíritu Santo.

Finalmente, está el tercer punto importante en nuestro camino a la santidad: confiar en la misericordia de Dios. Aunque seamos hijos de Dios y luchemos valientemente en la batalla en la que Él nos ha colocado, mientras estamos en esta vida no conseguiremos la victoria final, sino que experimentaremos constantemente nuestra flaqueza: llevamos con nosotros un gran tesoro, pero somos vasijas de barro.

Y por eso es indispensable siempre contar con la Misericordia de Dios, que es Padre, desea que luchemos para seguir las huellas de su Hijo, pero nos brinda su Perdón a través del Espíritu Santo, que ha sido derramado para la remisión de los pecados (cfr. Fórmula de la absolución en el sacramento de la penitencia).

En las lecturas del Domingo 17° del Tiempo Ordinario (Ciclo C), meditamos cómo Dios está siempre dispuesto a perdonar, pero es necesario el arrepentimiento del hombre (cfr. Primera Lectura, en la que se narra la historia de Sodoma y Gomorra).

Cristo canceló todas nuestras deudas y las clavó en la Cruz (cfr. Segunda Lectura), y enseñó a sus discípulos a orar al Padre (de Cristo y nuestro también) para que nos perdone nuestros pecados, porque estamos dispuestos a perdonar las ofensas de los demás (cfr. el Evangelio de la Misa).

En la vida diaria, nos puede ser muy útil tener presentes los tres puntos sobre los que hemos meditado: 1) somos hijos de Dios, 2) destinados a luchar hasta el último instante, y 3) conocedores de que, a pesar de nuestras caídas, nos podemos levantar siempre: basta que pidamos perdón sinceramente a Dios, porque su Misericordia es eterna.

María, Madre de bondad y misericordia, nos enseñará a permanecer fuertes en la fe, seguros en la esperanza y constantes en el amor. 


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