sábado, 6 de julio de 2019

La Ciudad de la Paz


Las lecturas del Domingo XIV del Tiempo Ordinario nos sugieren reflexionar sobre la Iglesia como figura de la Jerusalén celestial, Ciudad de Paz que ya, aquí en a tierra, va surgiendo como un torrente en crecida.   

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Jerusalén ha sido siempre la “ciudad santa” por excelencia, desde los tiempos de Melquisedec (“rey de paz”).

Pero la Jerusalén terrena, la ciudad de la paz (“Shalom” en hebreo significa “paz”), también ha sido la ciudad de las disputas, la ciudad de la división. Actualmente se disputan el recinto en el que estuvo el Templo las tres principales religiones monoteístas.

La Jerusalén terrena es tipo o figura de la “Jerusalén celestial”, descrita por San Juan en el Apocalipsis (cfr. Apoc 21, 1 – 22, 5). También es designada como “Cielos nuevos y nueva Tierra”, “Nuevo Paraíso”, “Nueva Creación”...

De esa Ciudad Nueva nos habla el profeta Isaías en la Primera Lectura del Domingo XIV del Tiempo Ordinario.

“Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis; alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto (…). Porque así dice el Señor: «Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz, como un torrente en crecida (…). Como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo, y en Jerusalén seréis consolados»” (cfr. Is 66, 10-14c).

La Nueva Jerusalén es la Iglesia purificada y exaltada. Es la Esposa del Cordero. Es la “Comunión de los hombres con Dios y entre sí, por Cristo en el Espíritu Santo” (definición de Iglesia de Pedro Rodríguez). Es el “Pueblo unido en la Unidad de la Trinidad” (definición de San Ambrosio).

En la Nueva Jerusalén Dios se hará “todo en todos” (1 Cor 15, 18). Será el “Reino Eucarístico”, en el que se harán realidad las palabras de Jesús en la Última Cena: «Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios» (Mc 14, 25).

Mañana, en el Salmo Responsorial, cantaremos las proezas del Señor, anhelando que se cumplan sus promesas.

“Con su poder gobierna eternamente; sus ojos vigilan a los pueblos, para que no se subleven los rebeldes. Bendecid, pueblos, a nuestro Dios; haced resonar sus alabanzas, porque él nos ha devuelto la vida y no dejó que tropezaran nuestros pies” (Salmo 65, 7-9).  

La Jerusalén Celestial está también prefigurada en la Iglesia militante, es decir, en nuestra madre, la Iglesia terrenal, en la que peregrinamos hacia la Iglesia triunfante. También la Iglesia de la tierra es pura, santa, hermosa, como un ejército en orden de batalla; aunque seamos nosotros, sus hijos, pobres pecadores y, a veces, desfiguremos con nuestros pecados su bellísimo rostro.

Quienes formamos parte de esta Iglesia somos “nuevas creaturas”, en Cristo por el Espíritu Santo. Hemos sido comprados a precio de sangre. Hemos sido regenerados por el Bautismo y la fe. Somos alimentados con el Cuerpo del Señor y su Sangre Preciosa. Vivimos una vida nueva, aunque todavía no se manifieste en plenitud la gloria y libertad de los hijos de Dios.

Pero, mientras estamos caminando en la vida presente, no falta la condición “sine qua non” de nuestra existencia terrena: la Cruz de Cristo, que llevamos, como San Pablo, en nuestro cuerpo mortal. Es el Sello Real del cristiano. La Cruz es anticipo de la Gloria. La Eucaristía es el único Sacrificio de Cristo que se hace presente cada vez que un sacerdote celebra la Santa Misa. Cruz y Resurrección son como las dos caras de una moneda. No podemos reinar con Cristo en su Gloria si no vivimos crucificados con Él, aquí en la Tierra.

De esto nos habla San Pablo en la Segunda Lectura que leeremos mañana.

“En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo (…). En adelante, que nadie me moleste, pues yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús (cfr. Gal 6, 14-18).

Ave Crux, spes única. La Cruz es nuestra única esperanza. Crux in mente tua, crux in labiis tuis, crux in corde tuo, crux in operibus tuis”. La Cruz debe estar presente en toda nuestra vida, como la sal que condimenta los alimentos. Así la mortificación debe impregnar toda nuestra vida. Quizá muchos no la noten, porque no es clamorosa ni aparatosa, sino discreta y llena de naturalidad. Pero nosotros sí la notamos, cuando procuramos vivir unidos a Cristo en todo: pensamientos, palabras y obras. No es fácil ser discípulo del Señor, pero vale la pena luchar por serlo: Cristo es el Príncipe de la Paz.

Los seguidores de Cristo están desprendidos del mundo. Utilizan los bienes materiales como medio, no como fin. Siguen su camino en libertad, ligeros; sin apegarse a nada terreno. Y van sembrando la paz y la alegría.

Son como aquellos 72 discípulos designados por Jesús, que iban alegres y deseosos de llevar el Evangelio y la paz, con su propia vida, a los demás (cfr. Evangelio de la Misa del Domingo XVI del Tiempo Ordinario).

“Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. “¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros» (…).Él les dijo: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo»” (cfr. Lc 10, 1-12, 17-20).

También nosotros, ahora, queremos anunciar a Cristo, nuestra paz; y amar la Jerusalén espiritual, la Esposa del Cordero, que nuestra madre (como decía santa Teresa de Jesús, en Alba de Tormes, en su  lecho de muerte: “soy hija de la Iglesia”).

María, Madre de la Iglesia, Reina de la Paz, nos alienta en nuestro peregrinaje a la Jerusalén Celestial. A Ella le pedimos por la paz del mundo, de los pueblos, de las familias; y también porque, cada uno de nosotros, estemos llenos de la verdadera paz y sepamos comunicarla a nuestros hermanos.



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