Este Domingo de
Adviento se llama “Domingo Gaudete”. Y
nos recuerda la exhortación de San Pablo a la alegría: ¡Estad siempre alegres
en el Señor!
Los textos de la
Sagrada Escritura que meditamos en este día son los siguientes:
·
Is 35,
1-6a.10. Dios viene en persona y os salvará.
·
Sal 145.
Ven, Señor, a salvarnos.
·
St 5,
7-10. Manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca.
·
Mt 11,
2-11. ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?
Comentario de Benedicto XVI a 2 Cor 13, 11
“Hermanos,
alegraos [1]; sed perfectos [2]; animaos [3]; tened un mismo sentir [4]; vivid
en paz [5], y el Dios de la caridad y de la paz estará con vosotros”.
El primer imperativo se encuentra con
mucha frecuencia en las Cartas de San Pablo, más bien, se podrá decir que es el
«Cantus firmus» de su pensamiento: «gaudete».
En una vida tan atormentada como era la
suya, una vida llena de persecuciones, de hambre, de sufrimientos de todo tipo,
sin embargo, una palabra clave queda siempre presente: «gaudete» [1°].
Nace aquí la pregunta: ¿es posible
ordenar la alegría? La alegría, quisiéramos decir, llega o no llega, pero no
puede ser impuesta como un deber. Y aquí nos ayuda pensar en el escrito más
conocido sobre la alegría de las Cartas paulinas, el de la «Domenica Gaudete»
en el corazón de la liturgia del Adviento: «Gaudete, iterum dico gaudete quia
Dominus prope est».
Aquí sentimos el motivo del por qué
Pablo con todos sus sufrimientos, con todas sus tribulaciones sólo podía decir
a los demás «gaudete»: lo podía decir porque en él mismo la alegría era
presente «gaudete, Dominus enim prope est».
Si el amado, el amor, el más grande don
de mi vida, me es cercano, si puedo estar convencido que quien me ama está
cerca de mí, aunque esté afligido, queda en el fondo del corazón la alegría que
es más grande que todos los sufrimientos.
El apóstol puede decir «gaudete» porque
el Señor está cerca a cada uno de nosotros. Y así este imperativo, en realidad,
es una invitación a darse cuenta de la presencia del Señor en nosotros. Es la
conciencia de la presencia del Señor. El apóstol busca hacernos conscientes de
esta presencia de Cristo —escondida pero bastante real— en cada uno de nosotros.
Para todos nosotros son verdaderas las palabras del Apocalipsis: llamo a tu
puerta, escúchame, ábreme.
“He
aquí que estoy a la puerta y llamo. Si alguno escucha mi voz y me abre la
puerta, yo vendré a él, cenaré con él y él conmigo” (Apoc 3, 20).
Holman Hunt (1827-1910), pintor inglés,
se ha inspirado en este versículo para pintar un famoso cuadro titulado Cristo
luz del mundo. El cuadro visitó las colonias inglesas y luego fue colocado en
la Catedral de San Pablo en Londres. Jesús, después de haber tocado a una
puerta en la que han crecido hierbas, espera que le abran. Algunos notan que no
hay manija. El pintor dice: es a propósito. La manija está del otro lado de la
puerta. Es decir, debemos ser nosotros lo que abramos a Cristo. Él respeta
nuestra libertad, toca y espera. No entra a la fuerza.
“Estad como los que aguardan a que su
señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame”.
Es famosa la frase de San Agustín:
“Timeo Jesu transeuntem”. Tengo miedo de que el Señor pase y yo no me dé cuenta;
o que pase ahora y luego no vuelva a pasar.
El Espíritu Santo nos ayudará a
discernir qué significa para cada uno de nosotros abrir la puerta a Cristo, y
qué puerta debemos abrirle. Si es la de la inteligencia, o la del corazón, o la
de los sentimientos, o la de nuestras finanzas.
Una advertencia: Jesús se presenta, a
menudo, de incógnito o disfrazado. No como lo vemos en el cuadro de Hunt
(inconfundible, peinado como nazareno, con la corona de espinas, con un manto
real), sino como pobre, necesitado, sufriendo.
Es, por esto, una invitación a ser
sensibles por esta presencia del Señor que toca a mi puerta. No debemos ser
sordos a Él, porque los oídos de nuestros corazones están tan llenos de tantos
ruidos del mundo que no podemos escuchar esta silenciosa presencia que toca a
nuestras puertas. Reflexionemos, en el mismo momento, si estamos realmente
dispuestos a abrir las puertas de nuestro corazón; o quizás nuestro corazón
está lleno de tantas otras cosas que no hay espacio para el Señor y por el
momento no tenemos tiempo para el Señor. Y así, insensibles, sordos a su
presencia, llenos de otras cosas, no escuchamos lo esencial: Él toca a la
puerta, está cerca de nosotros y así está cerca la verdadera alegría que es más
potente que todas las tristezas del mundo, de nuestra misma vida.
Oremos entonces en el contexto de este
primer imperativo: Señor haznos sensibles a Tu presencia, ayúdanos a escuchar,
a no cerrar nuestros oídos a Ti, ayúdanos a tener un corazón libre y abierto a
Ti.
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