sábado, 15 de septiembre de 2018

Reflexiones para orar en silencio (4)


Después de pasar 30 años en Nazaret, trabajando como artesano en el taller de José, el Señor deja la pequeña población de Galilea y se dirige al Jordán, como muchos otros del norte del país que deseaban escuchar la voz de Juan el Bautista.

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En este cuarto día de nuestro “retiro espiritual” meditaremos cuatro temas. El primero se refiere al modo en que Cristo formó el pequeño grupo en torno a sí, que sería la semilla de la Iglesia.

1. Los primeros discípulos

San Juan, en el capítulo 1° su Evangelio, comienza por decirnos quién es Jesucristo:

El Verbo “que estaba junto a Dios”, que “era la luz verdadera” y la razón de la existencia del mundo (“y el mundo se hizo por él”). Y añade que “vino a los suyos y los suyos no le recibieron”. Es decir, “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria” (cfr. Jun 1, 1-14).

A continuación, narra el testimonio de Juan el Bautista ante los sacerdotes y levitas enviados desde Jerusalén para preguntarles quién era él:

«“Este era de quien yo dije: “El que viene después de mí ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo”. Yo soy la voz del que clama en el desierto» (Jn 1, 15.23).

Al día siguiente de haber dado su testimonio, dice Juan en su Evangelio, el Bautista vio a Jesús venir hacia él y dijo:

“Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29).

Al día siguiente, el Bautista estaba con dos de sus discípulos (Juan y Andrés), y volvió a repetir al ver a Jesús: “Este es el Cordero de Dios”.

“Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús. Se volvió Jesús y, viendo que le seguían les preguntó: —¿Qué buscáis? Ellos le respondieron: —Rabbi ‒que significa “Maestro”‒ ¿dónde vives? Les respondió: —Venid y lo veréis. Fueron y vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquél día. Era más o menos la hora décima” (Jn 1, 37-39).   

Ya desde el principio de su Vida pública, el Señor nos da lecciones profundas. Por una parte, nos enseña a cumplir la voluntad de su Padre haciendo lo que debía: ir al río Jordán, ponerse a la vista de Juan el Bautista, y dejar que Juan y el Espíritu dieran testimonio de Él. Jesús deja que el Espíritu actúe en las almas.

El Bautista es el instrumento para que los dos primeros discípulos del Señor se acerquen a Él, al oír su testimonio. Jesús aparentemente no hace nada. Deja hacer al Espíritu. Prepara todo para que la iniciativa parta de los discípulos que le preguntan: —Rabbi ¿dónde vives?

Por otra parte, el Señor nos da ejemplo de cómo ayudar a los demás: Les respondió: —Venid y lo veréis. Les invita a pasar la tarde con él, que es el Verbo (la Palabra), para dialogar con ellos, de modo que se puedan tratar y establecer un lazo de amistad: en ese rato se hace amigo de ellos. “Os he llamado amigos”, dirá en la Última Cena, porque de verdad lo eran. Habían pasado muchos ratos con Él y lo llegaron a conocer muy bien (en tres años de convivencia). El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) define la amistad como un “afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato”.

Así nació la Iglesia, que es “Comunión de los hombres con Dios y entre sí, por Cristo en el Espíritu Santo”.

En un reciente mensaje del Prelado del Opus Dei, Mons. Fernando Ocáriz, escribía:

“Procuremos ofrecer la oración y penitencia que el Santo Padre ha pedido a todos en su reciente “Carta al Pueblo de Dios”. Amemos más y más a la Iglesia y al Papa. Nos puede ayudar recordar que la Iglesia no es solo el conjunto de los hombres y mujeres que a ella nos hemos incorporado sino, sobre todo, como explicaba san Josemaría, es «Cristo presente entre nosotros; Dios que viene hacia la humanidad para salvarla, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia, sosteniéndonos con su ayuda constante, en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria» (Es Cristo que pasa, n. 131)” (Mensaje del 1 de septiembre de 2018).

La Iglesia es Cristo presente entre nosotros. Jesús conversando amigablemente con Juan y Andrés: eso era la Iglesia y debe seguir siéndolo hasta el fin de los tiempos.

Hay un dicho que dice: “hablando se entiende la gente”. No podemos perder el empeño por hablar entre nosotros, como amigos, como hermanos; sin polarizar las posiciones, sin crear zanjas que nos separen. Hay que buscar la Verdad (del Verbo) creando puntos de convergencia que nos unan a Cristo.

María, Madre de la Iglesia y Esposa del Espíritu Santo, nos ayudará a que nunca olvidemos que Cristo está entre nosotros siempre y ora a su Padre: “Qué todos sean uno como tú Padre en mí y yo en ti” (Jn 17, 21). 

2. Los milagros del Señor. Vida de fe.

Jesús, después de su Bautismo en el Jordán, regresa a Galilea.  

“Cuando oyó que Juan había sido encarcelado, [Jesús] se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret se fue a vivir a Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí en el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles, el pueblo que yacía en tinieblas ha visto una gran luz; para los que yacían en región y sombra de muerte una luz ha amanecido” (Mt 4, 12-16).

Y desde entonces, comenzó a predicar la conversión “porque está al llegar el Reino de los Cielos”. El Señor lo anuncia con “palabras” y con “gestos”, es decir, con milagros. Verdaderamente es una Gran Luz en una tierra de sombras.

El primero de ellos lo realiza, por las oraciones de una Madre, en Caná de Galilea, una aldea situada a 8 kilómetros de Nazaret. Seguramente José y María habían conocido a la familia que los invita a una boda. Acuden María, Jesús y los discípulos que le habían seguido hasta entonces, entre ellos Juan, que relata la escena en el capítulo 2° de su Evangelio (cfr. Jn 2, 1-11).

¿Cuál es el fin de los milagros? Qué crezca la fe de los discípulos. Lo verdaderamente importante no son los milagros sino la Palabra de Dios, el contenido de las palabras del Señor, sus enseñanzas. En realidad, lo central es el mismo Jesús: el Amor de Dios que se manifiesta en Jesucristo y que solicita nuestra fe: “Creo, Señor, pero ayuda mi incredulidad” (Mc 9, 24). “Auméntanos la fe” (Lc 17, 5).

Por una parte, la fe es un don que se recibe en el Bautismo. Es el mayor don que podemos recibir en el terreno de lo sobrenatural. Es una virtud teologal. Por ella Dios nos hace hijos suyos, y que nos revela su amor en Cristo. Por ella comenzamos a formar parte de la Iglesia, del Cuerpo Místico de Cristo.

Por otra parte, la fe es un don que se puede recibir con gozo,  como el tesoro escondido o la perla preciosa, o se puede rechazar o perder con el paso del tiempo. Dios da a todos los hombres este don (a algunos, por vías desconocidas, reciben el Bautismo de deseo, si buscan la verdad y el bien durante su vida). Pero se puede rechazar culpablemente.

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 162):

“La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo; san Pablo advierte de ello a Timoteo: «Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe» (1 Tm 1,18-19). Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que nos la aumente (cf. Mc 9,24; Lc 17,5; 22,32); debe «actuar por la caridad» (Ga 5,6; cf. St 2,14-26), ser sostenida por la esperanza (cf. Rm 15,13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia”.  

Nuestra Señora, Maestra de fe, es el mejor modelo para nosotros. Le pedimos que nos ayude a valorar este gran don que Dios nos ha concedido.

3. Humildad. Instrumentos.  

Casi al principio de su ministerio público, Jesús sale de Cafarnaúm hacia el norte, y tras Él va una gran multitud. Ha pasado una noche de oración en el monte y ha elegido a los Doce. Luego, pronuncia el Sermón de la montaña. El pórtico de ese discurso es el anuncio de las Bienaventuranzas. Y la primera de ellas es:

“Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos” (cfr. Mt 5, 3-12).

El Papa Benedicto XVI dice que las Bienaventuranzas van dirigidas, principalmente, a los discípulos del Señor.

“Cada una de las afirmaciones de las Bienaventuranzas nacen de la mirada dirigida a los discípulos; describen, por así decirlo, su situación fáctica: son pobres, están hambrientos, lloran, son odiados y perseguidos (cf. Lc 6, 20 ss). Han de ser entendidas como calificaciones prácticas, pero también teológicas, de los discípulos, de aquellos que siguen a Jesús y se han convertido en su familia” (Jesús de Nazaret, I).

En ellas se invierten los criterios del mundo. Las Bienaventuranzas expresan lo que significa ser discípulo.

“Lo que significan no se puede explicar de un modo puramente teórico; se proclama en la vida, en el sufrimiento y en la misteriosa alegría del discípulo que sigue plenamente al Señor. Esto deja claro un segundo aspecto: el carácter cristológico de las Bienaventuranzas. El discípulo está unido al misterio de Cristo y su vida está inmersa en la comunión con El: "Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2, 20)” (Ibídem).

Las Bienaventuranza son como una velada biografía interior del Señor, como un retrato de su figura.

“El, que puede decir de sí mismo: Venid a mí, porque soy sencillo y humilde de corazón (cf. Mt 11, 29), es el realmente humilde; Él es verdaderamente puro de corazón y por eso contempla a Dios sin cesar” (Ibídem).

Los “pobres de espíritu” son los pobres, los hombres y mujeres piadosos de Israel que, “en su humildad, están cerca del corazón de Dios, al contrario de los ricos, con su arrogancia, que sólo confían en sí mismos” (Ibídem). En muchos Salmos se expresa la verdadera devoción de los pobres, de los humildes.

“En la piedad de estos Salmos, en ese profundo dirigirse a la bondad de Dios, en la bondad y en la humildad humanas que así se iban formando, en la vigilante espera del amor salvador de Dios, se desarrolla esa apertura del corazón que ha abierto las puertas a Cristo. María y José, Simeón y Ana, Zacarías e Isabel, los pastores de Belén, los Doce llamados por el Señor a formar el círculo más estrecho de los discípulos, todos pertenecen a estos ambientes (…); en ellos comienza el Nuevo Testamento, que se sabe en total armonía con la fe de Israel, y que se orienta hacia una pureza cada vez mayor” (Ibídem).

Veamos las características que el Papa Benedicto XVI señala en estos “pobres de espíritu”.

“Son hombres que no alardean de sus méritos ante Dios. No se presentan ante El como si fueran socios en pie de igualdad, que reclaman la compensación correspondiente a su aportación. Son hombres que se saben pobres también en su interior, personas que aman, que aceptan con sencillez lo que Dios les da, y precisamente por eso viven en íntima conformidad con la esencia y la palabra de Dios. Las palabras de santa Teresa de Lisieux de que un día se presentaría ante Dios con las manos vacías y las tendería abiertas hacia Él, describen el espíritu de estos pobres de Dios: llegan con las manos vacías, no con manos que agarran y sujetan, sino con manos que se abren y dan, y así están preparadas para la bondad de Dios que da” (Ibidem).

María es, por excelencia, pobre de espíritu. Ella es el modelo que podemos imitar, después del ejemplo del Señor, para crecer en la humildad y poseer el Reino de los Cielos.

4. Mandatum novum. Caridad y unidad.

Rápidamente, nos trasladamos al final de la Vida pública de Cristo. Es el Jueves antes su Pasión. Los discípulos, con la valiosa colaboración de las mujeres —entre ellas, seguramente, María—, han dispuesto la Cena, en Jerusalén. El clima espiritual que se respira esa tarde es muy intenso.  

Jesús ha manifestado el Amor de Dios en todos sus gestos y palabras, pero en la Última Cena, su Corazón estalla en llamaradas de Amor, como dice San Josemaría.

“Al acercarse el momento de su Pasión, el Corazón de Cristo, rodeado por los que El ama, estalla en llamaradas inefables: un nuevo mandamiento os doy, les confía: que os améis unos a otros, como yo os he amado a vosotros, y que del modo que yo os he amado así también os améis recíprocamente. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros (Jn 13,34-35) (Amigos de Dios, 222)”.

Nosotros queremos introducirnos en las entretelas del Corazón de Jesús, para conocer su Amor cada vez más, porque de eso depende todo.

“Si conocieras el don de Dios y quien es el que te dice dame de beber”, le había dicho el Señor a la Samaritana. “Toda la nostalgia de Cristo está presente en estas palabras.

Pío XII, el 15 de mayo de 1956 publicó su encíclica “Haurietis aquas” sobre la devoción al Corazón de Jesús, para conmemorar el centenario de la fecha en que el Beato Pio IX quiso que en toda la Iglesia se celebrara la fiesta del Corazón de Jesús.

“Haurietis aquas in Gaudio de fontibus salvatoris”. El Corazón de Jesús es “símbolo del triple amor con que el Divino Redentor ama continuamente al Eterno Padre y a todos los hombres”: 1°) el amor divino, común al Padre y al Espíritu Santo, 2°) la caridad ardentísima infundida en el alma de Cristo y 3°) el amor sensible de Jesús (el amor humano).

“¿Quién podrá dignamente describir los latidos del Corazón divino, signo de su infinito amor, en aquellos momentos en que dio a los hombres sus más preciados dones: a Sí mismo en el sacramento de la Eucaristía, a su Madre Santísima y la participación en el oficio sacerdotal?” (HA, 20).

El Cardenal Sarah lo dice de otra manera:

“Si queremos crecer y llenarnos del amor de Dios, tenemos que afianzar nuestra vida sobre tres grandes realidades: la Cruz, la Hostia y la Virgen – crux, hostia et virgo… Son tres misterios que Dios ha entregado al mundo para edificar, fecundar y santificar nuestra vida interior y conducirnos hacia Jesús. Tres misterios que se deben contemplar en silencio” (La fuerza del silencio, p. 177).

El mandamiento nuevo que Cristo da a sus discípulos es que se amen con el Amor que Él les ha manifestado desde su Corazón.

Por eso, podemos terminar esta reflexión con unas palabras del Papa Francisco, que nos ayudan a concretar cómo querer a los demás, en la vida ordinaria. Según el Papa las palabras “gracias, permiso y perdón”, son las tres palabras clave en cualquier relación.

“La palabra "Permiso” nos recuerda que debemos ser delicados, respetuosos y pacientes con los demás, incluso con los que nos une una fuerte intimidad. Como Jesús, nuestra actitud debe ser la de quien está a la puerta y llama (…). Dar las "Gracias”, segunda palabra. La dignidad de las personas y la justicia social pasan por una educación a la gratitud. Una virtud, que para el creyente, nace del corazón mismo de su fe. "Perdón”, tercera palabra, es el mejor remedio para impedir que nuestra convivencia se agriete y llegue a romperse. Esposos, si algún día discuten y se pelean no terminen nunca el día sin reconciliarse, sin hacer la paz” (Audiencia, 13-V-2015).

El amor a María nos dulcificará el carácter, para tratar con más delicadeza a nuestros hermanos, con más espíritu de servicio, dejando a un lado todo nuestro egoísmo y buscando el verdadero bien de los que nos rodean.


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