sábado, 16 de junio de 2018

Misterios de dolor (1)


La vida pública de Jesús, que contemplamos en los misterios de luz, culmina con la Institución de la Eucaristía, en la Última Cena.

Jesus en el Huerto de Getsemani krouillong comunion en la mano es sacrilegio 1 

El Señor, en esas pocas horas de la tarde del Jueves Santo, se reúne por última vez con sus discípulos para manifestarles el infinito Amor de Dios: “Cómo hubiese amado a los suyos los amó hasta el fin”. Este “fin” no es el fin de su vida terrena, sino el “extremo” al que llega su Amor hasta entregar su vida de derramar su sangre por todos nosotros.  

En su Carta encíclica sobre el Rosario, San Juan Pablo II explica brevemente la gran importancia que tienen los misterios de dolor en la vida de Jesús.

“Los Evangelios dan gran relieve a los misterios del dolor de Cristo. La piedad cristiana, especialmente en la Cuaresma, con la práctica del Via Crucis, se ha detenido siempre sobre cada uno de los momentos de la Pasión, intuyendo que ellos son el culmen de la revelación del amor y la fuente de nuestra salvación” (RVM, 22).

La devoción del Via Crucis, con sus catorce estaciones, es una manera maravillosa de meternos como un personaje más en la Pasión del Señor. Pero, si queremos resumir los momentos principales de ella, podemos meditar los cinco misterios de dolor.

“El Rosario escoge algunos momentos de la Pasión, invitando al orante a fijar en ellos la mirada de su corazón y a revivirlos” (RVM, 22).

Efectivamente, los cinco misterios dolorosos nos centran muy bien en los pasos importantes que el Señor vive desde la noche del Jueves Santo hasta las 3 de la tarde del Viernes Santo. Jesús, cuando ya era de noche, atraviesa el torrente Cedrón y va a hacer oración al Huerto de los Olivos, un lugar familiar para sus discípulos pues ese jardín se lo prestaban habitualmente para que el Señor se retirara con ellos a descansar y a hacer oración cuando estaba en Jerusalén.   

“El itinerario meditativo se abre con Getsemaní, donde Cristo vive un momento particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse. Allí, Cristo se pone en lugar de todas las tentaciones de la humanidad y frente a todos los pecados de los hombres, para decirle al Padre: " no se haga mi voluntad, sino la tuya " (Lc 22, 42   par.). Este " sí " suyo cambia el " no " de los progenitores en el Edén” (RVM, 22).

Nosotros, al meditar el primer misterio de dolor, La Oración de Jesús en el Huerto, queremos acompañar a Jesús desde el inicio de su Pasión. Esa hora larga de oración (“no habéis podido velar conmigo ni siquiera una hora”) anticipa y concentra todos los sufrimientos de la Pasión del Señor, físicos y espirituales.

San Josemaría Escrivá de Balaguer, en la meditación de este misterio (ver su libro Santo Rosario), refleja la soledad y sufrimientos de Jesús ("Jesús, solo y triste, sufría y empapaba la tierra con su sangre"), pero destaca más aún la estrecha relación entre oración y sufrimiento, y en consecuencia el valor redentor de la oración.

“La relación oración-expiación tiene muchas manifestaciones en la enseñanza de San Josemaría. Un año antes de la redacción de Santo Rosario había escrito en su Cuaderno: "Sin la oración, sin la presencia continua de Dios; sin la expiación, llevada a las pequeñas contradicciones de la vida cuotidiana; sin todo eso, no hay, no puede haber acción personal de verdadero apostolado" (Apuntes íntimos, Cuaderno 2, 74, 21-VII-1930); texto que está en el origen del punto 81 de Camino: "La acción nada vale sin la oración: la oración se avalora con el sacrificio" (cfr. Camino ed crít-hist, Introd al cap "Oración")” (Pedro Rodríguez, Edición crítica de Santo Rosario, nota 107).

La Oración en Getsemaní es un modelo para nuestra oración. Se centra en el vivo deseo del Señor de cumplir enteramente la voluntad de su Padre, por amor.

“En aquella plegaria, el Redentor toma nuestro peso y nos transmite su paz. La oración no sólo nos alcanza de Dios la gracia capaz de resolver los problemas más agudos, sino que nos consigue la fortaleza para afrontarlos con Él y abrazarnos confiadamente a su Volun­tad, aunque cueste. Las dos peticiones de Jesús -«que pase ese cáliz sin beberlo» y «¡hágase tu Voluntad! »- son plenas y sinceras, y constituyen dos lecciones nítidas para nuestro compor­tamiento. Más aún, comprendemos que si nuestro hablar con Dios discurre por ese cauce, si compartimos con el Señor la preocupación, el mismo desasosiego se irá convirtiendo en plegaria profunda y relajada de aceptación de la Voluntad de Dios” (Javier Echevarría, Getsemaní, cap. VI, n. 4).

Jesús se abandona confiadamente en manos de su Padre y, al mismo tiempo, acepta plenamente su voluntad. Así es como debe ser el núcleo de nuestra oración diaria: llena de fe, humilde y perseverante.

En los siguientes misterios de dolor veremos la total adhesión de Jesús a la Voluntad de su Padre.  

“Y cuánto le costaría esta adhesión a la voluntad del Padre se muestra en los misterios siguientes, en los que, con la flagelación, la coronación de espinas, la subida al Calvario y la muerte en cruz, se ve sumido en la mayor ignominia: Ecce homo!” (RVM, 22)

María estuvo íntimamente unida, místicamente y, cuando fue posible, también corporalmente, a la Pasión de su Hijo. Según la Beata Ana Catalina Emmerick, a Ella se debe el inicio de la devoción del Via Crucis.

“Cuando Jesús fue conducido a Herodes, Juan acompañó a la Virgen y a Magdalena por todo el camino que había seguido Jesús. Así volvieron a casa de Caifás, a casa de Anás, a Ofel, a Getsemaní, al jardín de los Olivos, y en todos los sitios, donde el Señor se había caído o había sufrido, se paraban en silencio, lloraban y sufrían con Él. La Virgen se prosternó más de una vez, y besó la tierra en los sitios en donde Jesús se había caído. Este fue el principio del Via Crucis y de los honores rendidos a la Pasión de Jesús, aun antes de que se cumpliera. La meditación de la Iglesia sobre los dolores de su Redentor comenzó en la flor más santa de la humanidad, en la Madre virginal del Hijo del hombre. La Virgen pura y sin mancha consagró para la Iglesia el Vía Crucis, para recoger en todos los sitios, como piedras preciosas, los inagotables méritos de Jesucristo; para recogerlos como flores sobre el camino y ofrecerlos a su Padre celestial por todos los que tienen fe” (Beata Ana Catalina Emmerick, La amarga Pasión de Cristo).

Nuestra Madre nos enseñará cómo acompañar a su Hijo, diariamente, en su Pasión, para luego también poder resucitar con Él.  



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