sábado, 16 de noviembre de 2019

Vivir en la Voluntad de Dios (7)


En los medios de comunicación y en la vida diaria solemos oír que “el mundo está muy mal”, que “nunca hemos vivido lo que estamos viviendo ahora”. Son frases que nos hacen pensar, especialmente en esta época del año en la que la Iglesia nos recuerda las verdades eternas.   

El triunfo de la Eucaristía sobre la idolatría (Peter Paul Rubens, 1626)

Quizá los hombres que vivieron en el Siglo de Hierro de la Iglesia (siglo X y parte del siglo XI) hayan dicho lo mismo que nosotros ahora. No era para menos: 55 papas y muchos de ellos poco dignos; las familias nobles de Roma se disputaban los cargos eclesiásticos... Lo mismo habrá sucedido durante el siglo XIV, en la época en la que la peste negra asoló Europa y se redujo la población un diez por ciento y, en algunos lugares, hasta un 25%.

Podríamos poner muchos más ejemplos de situaciones verdaderamente difíciles en la historia de la Iglesia y de la humanidad. Sin embargo, no podemos negar que en nuestra época el mal que hay en el mundo —el pecado— es mayor. Tiene mucha mayor resonancia. Influye en más personas. Basta leer el último libro del Cardenal Robert Sarah, Se hace tarde y anochece, para comprobarlo. Es un testimonio de un hombre lleno de esperanza y optimismo, pero que tiene la valentía de decir las cosas claras: como son.

Dios, en las revelaciones que dio a Luisa Piccarreta, le adelantó lo que sucedería en el futuro. Hace más de 90 años las palabras que el Señor le dirige son fuertes pero consoladoras.

“…Gracia más grande no podría dar en estos tiempos tan borrascosos y de carrera vertiginosa en el mal, que hacer saber que quiero dar el gran don del Reino del «Fiat» Supremo; y como confirmación de ello lo estoy preparando en ti con tantos conocimientos y dones, para que nada falte al triunfo de mi Voluntad. Por eso sé atenta al depósito de este Reino que estoy haciendo en ti” (9 de septiembre de1926).  

Hacía cinco años que había terminado la Primera Guerra Mundial. La muerte había sembrado las ciudades y campos de Europa. Y aún vendrían males mayores a este mundo: los millones de abortos, las ideologías destructivas del nazismo y el comunismo, el ateísmo fluido que existe hoy en el mundo y que daña más a la persona que cualquier otra cosa, porque se olvida totalmente de Dios. El maligno está más suelto que en ninguna otra época y los hombres vivimos como si no pasara nada.

Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, vino a la tierra para vivir en cada instante en el Querer eterno de su Padre. Nació, creció, padeció, obró y murió en la Voluntad de Dios y, en cada uno de sus actos, recibió todos los bienes que los hombres habíamos perdido y olvidado. Así nos abrió las puertas de la esperanza a todos los hombres. La gracia de Cristo, mediante la Palabra y los Sacramentos de la Iglesia, sana la naturaleza caída, pero las raíces del mal parecen brotar con más fuerza.

El Señor anuncia a Luisa que está llegando una nueva Era en la que se ha de cumplir la Voluntad de Dios en la tierra como en el Cielo. Ahora sucede como cuando vino Jesús por primera vez al mundo: todos esperaban una nueva era de paz; el mundo estaba ansioso de un Redentor.

“El mundo está precisamente como cuando Yo debía venir al mundo, todos estaban en expectativa de un gran acontecimiento, de una era nueva, como de hecho fue. Así ahora, debiendo venir el gran acontecimiento, la era nueva en que la Voluntad de Dios se haga en la tierra como en el Cielo, todos están a la espera de una nueva era, cansados de la presente, sin saber cuál sea esa novedad, ese cambio, como no lo sabían cuando Yo vine al mundo. Esa espera es un signo cierto de que la hora está cerca, pero el signo más cierto es que Yo estoy manifestando lo que quiero hacer y que, dirigiéndome a un alma, como me dirigí a mi Madre al bajar del Cielo a la tierra, le comunico mi Voluntad y los bienes y efectos que Esta contiene, para darla como un don a toda la humanidad” (14 de julio de 1923).

San Juan Pablo II, con motivo de la celebración del Año 2000,  hablaba de una “nueva primavera” para la Iglesia. No sabemos cuánto puede tardar en llegar esa nueva Era. Ciertamente no se trata de la “New age”, esa nueva religión panteísta y esotérica que se opone al mensaje de Cristo. La nueva Época de la que le habla el Señor a Luisa es un renacimiento de la vida cristiana en todo su esplendor; una presencia de Dios y de su Divina Voluntad entre nosotros como nunca se ha visto desde la caída de Adán y Eva. En los escritos de Luisa aparece la expresión “Tercer Fiat”, que se refiere a ese decir que sí al Señor de nuevo con la fuerza del Fiat de la Creación y el de la Redención. Fiat, “Hágase” tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo.

Jesús se dirige al mundo de los hombres con estas palabras:

“Yo te estoy preparando una era de amor, la era de mi tercer «FIAT». Tú harás tu camino para echarme y Yo te confundiré de amor, te seguiré por detrás, te saldré al paso por delante para confundirte en amor, y donde tú me has echado Yo erigiré mi trono y reinaré más que antes, pero de un modo más sorprendente, tanto que tú mismo caerás a los pies de mi trono, como atado por la fuerza de mi amor (…). Yo me ocuparé en hacer que mi «FIAT VOLUNTAS TUA» tenga cumplimiento y sea concedido, que mi Voluntad reine en la tierra, pero de un modo del todo nuevo; me ocuparé en preparar la era del tercer «FIAT», en la que mi amor brillará de una forma maravillosa e inaudita. Ah, sí, quiero confundir totalmente al hombre en amor. Por eso mantente atenta; quiero que prepares conmigo esta era de amor, celestial y divina. Nos daremos la mano y obraremos juntos” (8 de febrero de 1921).      

Esta Época nueva (en la que ya podemos vivir ahora, pero que tendrá su plenitud histórica cuando Dios quiera instaurarla en la tierra) tiene dos rasgos esenciales: 1°) el hombre vivirá en una verdadera libertad para amar a Dios y a sus hermanos (como sucedía en el Paraíso), y 2°) el culto lleno de amor a la Eucaristía que dará lugar a un verdadero Reino Eucarístico.

“¡Oh, qué libre desahogo tendrá mi Amor! Podré obrar libremente en todo, sin más estorbos. Tendré todos los sagrarios que quiera; las Hostias serán innumerables; a cada momento haremos juntos nuestra Comunión y Yo también gritaré «¡Libertad, libertad! ¡Venid todos a mi Voluntad y gozareis la verdadera libertad!» Fuera de mi Voluntad, cuántos estorbos encuentra el alma, pero en mi Voluntad, es libre, Yo la dejo libre de amarme como quiera; (…) le digo: deja tus harapos humanos, toma las vestiduras divinas; Yo no soy avaro ni celoso de guardar para mí mis bienes, quiero que tomes todo; ámame inmensamente, toma, toma todo mi amor, haz tuyo mi poder, haz tuya mi belleza. Cuanto más tomes, tanto más contento estará tu Jesús. La tierra me ofrece pocos sagrarios, le hostias son casi numeradas; y luego, los sacrilegios, las irreverencias que me hacen… ¡Oh, cómo es ofendido y obstaculizado mi Amor! Por el contrario, en mi Voluntad no hay trabas, no hay sombra de ofensa, y la criatura me da amor, reparación divina y correspondencia completa, y repara, junto conmigo, por todos los males de la familia humana. Sé atenta y no te muevas del punto en el que te llamo y quiero” (27 de febrero de 1919).

En el próximo post veremos con más detalle en qué consiste vivir en la Voluntad de Dios.  


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