El Mandamiento del Amor


Nuevamente la Iglesia nos propone en el Evangelio del próximo domingo (31° del TO, Ciclo B) el Mandamiento del Amor, que es la principal enseñanza de Cristo.

Murillo, el Regreso del Hijo Pródigo, pintada en el Hospital de la Caridad en Sevilla, hoy en National Gallery of Art, Washington.Esta serie de obras de misericordia fueron pintadas para el Hospital de la Caridad de Sevilla, para acoger vagabundos.

El Mandamiento del Amor es uno, aunque se manifiesta como doble. Cuando un escriba se acerca a Jesús y le pregunta qué mandamiento es el primero de todos (cfr. Mc 12, 28b-34), el Señor responde:

“El primero es: “Escucha Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu próximo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos”.

Es un Mandamiento. Sólo uno. No se pueden separar sus dos componentes: el amor a Dios y el amor al prójimo. Amamos a Dios amando al prójimo y amamos al prójimo amando a Dios.

Cuando estamos delante del Santísimo, en la Eucaristía, estamos amando a Dios, haciendo oración, dirigiéndole palabras de abandono, acción de gracias, alabanza, adoración...; pero, al mismo tiempo, estamos amando a nuestros hermanos, porque pedimos a Dios por ellos, los tenemos en cuenta en nuestra oración, pedimos al Señor que sepamos ser Cristo para ellos, ser otro Cristo, el mismo Cristo.

En la verdadera lucha por la santidad no cabe aislarnos de los demás al hacer oración. Tampoco cabe amar a los demás sin amar, al mismo tiempo a Dios. Tenemos un solo corazón para amar a Dios y amar a nuestros hermanos.

Desde el punto de vista ontológico, metafísico y axiológico, es claro que hay una primacía del amor a Dios: es el Primer mandamiento, como dice Cristo. Pero desde el punto de vista existencial y práctico, no se puede separar el amor a Dios del amor al prójimo.

El Papa Francisco lo dice en su Exhortación Apostólica Gaudete et Exultate, en un párrafo que podría parecer confuso y con una tendencia “horizontal” (es decir, cargada demasiado hacia el hombre y no hacia Dios). Pero  no es así. Hay que leer bien lo que nos quiere decir el Papa, en cada uno de sus escritos. Si los leemos en el contexto adecuado, conociendo su estilo y en el marco de la doctrina cristiana general, nos daremos cuenta de que es verdad lo que plantea.

“Podríamos pensar que damos gloria a Dios solo con el culto y la oración, o únicamente cumpliendo algunas normas éticas –es verdad que el primado es la relación con Dios–, y olvidamos que el criterio para evaluar nuestra vida es ante todo lo que hicimos con los demás. La oración es preciosa si alimenta una entrega cotidiana de amor. Nuestro culto agrada a Dios cuando allí llevamos los intentos de vivir con generosidad y cuando dejamos que el don de Dios que recibimos en él se manifieste en la entrega a los hermanos (GE, n. 104).

En este mes de noviembre, en el que la Iglesia nos invita a meditar sobre nuestra llamada a la santidad, conviene ser conscientes de que, para ser santos, necesitamos amar cada vez más y mejor a nuestros hermanos. Y una buena manera de respetar a los demás es no hablar mal de ellos.

Hoy, en la Iglesia y en el mundo, se va extendiendo la tendencia a la crítica. Este comportamiento se va generalizando, en parte debido a la facilidad con la que vemos que se emiten juicios sobre las personas en los medios de comunicación. Todo el mundo se siente con derecho a criticar a los demás.

Vale la pena hacer notar que hay fundamentalmente tres tipos de crítica. Y, a menos de que tengan unas características muy concretas, en principio son dañinos: para la persona que critica, para el grupo que escucha la crítica y para toda la sociedad.

Hay un breve artículo sobre el tema, del que tomamos algunas ideas.

Murmurar es hablar mal de una persona ausente de cosas ciertas y conocidas por quienes escuchan.

Difamar es hablar mal de una persona ausente de cosas ciertas, pero no conocidas por los que escuchan y, por lo tanto, que afecta negativamente la fama del interesado.

Calumniar es decir, con mentira, cosas malas de alguien que no está presente, para perjudicarlo.

Cada vez es más frecuente alguno de estos tipos de crítica: en la familia, entre los amigos, en los ambientes profesionales, etc.

Esta “tentación” es muy común, y se hace difícil sustraerse de ella, sobre todo, cuando se habla de cosas que son “verdaderas” (o al menos, así parecen a los que propagan el chisme), pero no deben divulgarse, pues ocasionan un mal a aquel de quien se está hablando.

Después de hacerlo, si uno se da cuenta y se arrepiente de este pecado (siempre queda un sabor amargo al criticar), conviene proponerse hablar de lo bueno del otro y no de lo malo.

En teología moral se suele enseñar que hay tres ocasiones en las que podemos manifestar una conducta equivocada de otro, por alguna razón justa y de modo excepcional: 1) en la dirección espiritual, para pedir un consejo sobre cómo podemos comportarnos ante la conducta errónea de otra persona; 2) en el ambiente familiar o muy cercano (padre-hijo, madre-hija, etc.), para desahogarse de un mal recibido que nos hace sufrir; 3) cuando vemos necesario advertir a alguien, de modo justo, sobre la conducta peligrosa de otro; para evitar que pueda hacerle un daño. En este sentido, también se puede hablar de la conducta escandalosa y pública de alguna persona, para aclarar a otros que ese modo de actuar es equivocado. Pero siempre ha de hacerse con caridad, sin juzgar las intenciones de las personas y sin utilizar insultos o palabras hirientes o con rencor y odio.

San Josemaría Escrivá de Balaguer, en Camino, tiene varios consejos muy oportunos al respecto. Con el punto 442 con comienza una extensa sección (p / 442-457) dedicada a dos temas muy próximos, que se entrelazan: el "juicio" acerca de los demás ("pensar mal") y las distintas formas de "crítica" e incluso de "murmuración" (cfr. Pedro Rodríguez, Edición crítica de Camino).

El punto 444 es especialmente agudo y certero: “No hagas crítica negativa: cuando no puedes alabar, cállate”. Y el n. 447 dice:

“Después de ver en qué se emplean, ¡íntegras!, muchas vidas (lengua, lengua, lengua con todas sus consecuencias), me parece más necesario y más amable el silencio. —Y entiendo muy bien que pidas cuenta, Señor, de la palabra ociosa”.

Podemos imaginarnos a la Virgen en Nazaret. ¿Con cuánta delicadeza hablaría de los demás? ¿Con qué caridad se referiría a todos y cada uno de los habitantes de esa aldea? ¿Qué ejemplo daría a sus moradores de finura y respeto a todos? Desde ahora, podemos tratar de comportarnos como lo haría Nuestra Señora, en todo momento; y ayudar a crear un clima de respeto a los demás, a nuestro alrededor.


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