La tempestad


Es casi evidente que la situación por la que atraviesa actualmente la Iglesia es muy parecida a la que vivimos en los años que siguieron al Concilio Vaticano II (1962-1965). Así lo han notado muchos estudiosos del tema, entre nuestros contemporáneos, que aman a la Iglesia y desean siempre ser hijos fieles suyos.     


Nuestra época es, como aquella, un tiempo de confusión y oscuridad —aunque también hay muchas luces y esperanzas que no podemos olvidar (“gaudium et spes, luctus et angor hominum huius temporis” gozos y esperanzas, aflicciones y angustias de los hombres de este tiempo, como dice a su comienzo la Constitución Apostólica del Vaticano II). Con el paso del tiempo y, sobre todo, al final de la historia humana, podremos juzgar y comprender mejor lo que sucedió hace 50 años y lo que estamos viviendo en la actualidad. Desaparecerá el claroscuro que ahora nos envuelve para dejar paso a la Luz y a la Verdad.

El Papa Benedicto XVI explicaba con mucha claridad que, junto con el auténtico Concilio, se desarrolló otro, que denominó el Concilio de los medios de comunicación [las negritas son nuestras].

“Era casi un Concilio aparte –explicaba el Papa–, y el mundo percibió el Concilio a través de éstos, a través de los medios. Así pues, el Concilio inmediatamente eficiente que llego al pueblo fue el de los medios, no el de los Padres.
Y mientras el Concilio de los Padres se realizaba dentro de la fe, era un Concilio de la fe [...] el Concilio de los periodistas no se desarrollaba naturalmente dentro de la fe, sino dentro de las categorías de los medios de comunicación de hoy, es decir, fuera de la fe, con una hermenéutica distinta. Era una hermenéutica política.
Para los medios de comunicación, el Concilio era una lucha política, una lucha de poder entre diversas corrientes en la Iglesia. Era lógico que los medios de comunicación tomaran partido por aquella parte que les parecía más conforme con su mundo [...].
Sabemos en qué medida este Concilio de los medios de comunicación fue accesible a todos. Así, esto era lo dominante, lo más eficiente, y ha provocado tantas calamidades, tantos problemas; realmente tantas miserias: seminarios cerrados, conventos cerrados, liturgia banalizada... y el verdadero Concilio ha tenido dificultad para concretizarse, para realizarse; el Concilio virtual era más fuerte que el Concilio real.
Pero la fuerza real del Concilio estaba presente y, poco a poco, se realiza cada vez más y se convierte en la fuerza verdadera que después es también reforma verdadera, verdadera renovación de la Iglesia. Me parece que, cincuenta años después del Concilio, vemos cómo este Concilio virtual se rompe, se pierde, y aparece el verdadero Concilio con toda su fuerza espiritual” (BENEDICTO XVI, Encuentro con el clero de Roma, 14 de febrero de 2013).

Son, indudablemente, palabras realistas pero también optimistas y esperanzadoras: con la gracia de Dios, hay muchos hombres y mujeres en la Iglesia que viven el verdadero Concilio cada vez más hondamente.  

A la luz de esta larga cita de Benedicto XVI podemos leer un texto de San Josemaría Escrivá que también padeció lo indecible al comprobar día tras día, en sus últimos años, “la adulteración de las enseñanzas conciliares y su influencia negativa en el pueblo cristiano” (cfr. José Miguel Cejas, Cara y cruz. José María Escrivá, Madrid 2015), aunque nunca perdió la esperanza y siempre se mantuvo abierto a la renovación de la Iglesia por los caminos del Espíritu.

En la primera parte de los años setenta del siglo XX, san Josemaría no estaba cerrado a tratar de descubrir, no sólo todo la riqueza del Concilio, sino también los elementos positivos del llamado “espíritu postconciliar”. La prueba es esta en el comentario que hace el Cardenal Julián Herránz en sus memorias [las negritas son nuestras]:

“A veces, alzaba la mano, y preguntaba, curvando los dedos con ademán parecido al de los jugadores de frontón, cuando intentan atrapar la pelota en el aire:
– ¿Esto es cóncavo o convexo?
Y sin darnos tiempo a responder, decía:
Para ti, cóncavo; para mí, convexo...
– Cuando dos personas defienden una postura opuesta –nos comentaba el 31 de octubre de 1963– ambos creen tener la razón; los contendientes están convencidos de que tienen razón... y cuando quieren aniquilar al contrario creen que es de justicia. Hijos de mi alma: ¡tienen razón los dos casi siempre! o... ¡ninguno de los dos! ¡Rara vez tiene razón uno! Pero como no tienen razón ninguno (o tienen razón los dos)... ¡que vayan al término medio y se apañen! Esto lo he aprendido en Roma. La verdad, toda, completa, la tiene Dios. Nosotros tenemos la verdad revelada completa, manifestada por el Magisterio de la Iglesia.
¿No me puedo equivocar? –siguió diciendo–. ¡Me he equivocado tantas veces! A mí no me creéis por mi palabra porque yo me puedo equivocar; me he equivocado muchas veces; me puedo seguir equivocando. Y vosotros [se dirigía a los miembros del Consejo General del Opus Dei] tenéis el deber de decirme: «Padre, está usted equivocado». No sería falta de respeto, sería una prueba de cariño. Yo no me he creído nunca infalible; y si a esto añadís que no quiero ser fanático de nada, ni del Opus Dei, pues así... ¡no es tan difícil hacerme cambiar de parecer! Con razones, con razones, ¿eh?
Y terminaba explicando que, por su corazón de padre, sino también de madre «tengo la posibilidad de que me deje cambiar por cariño, y eso sería malo. No me vengáis con cariño... ¡venidme con razones!».
«Cóncavo y convexo –proseguía Herranz– son dos caras de una misma moneda. Porque dos personas –insistía el Padre– pueden obrar en conciencia, sostener puntos de vista diversos, incluso contradictorios, ¡y tener las dos razón, y al mismo tiempo! ¡No hay nada malo en las divergencias humanas, salvo que generen rencores en el alma!»” (Cf J. HERRANZ, Notas personales, citado en José Miguel Cejas, Cara y cruz. José María Escrivá, Madrid 2015).

Me parece que estos dos textos que hemos transcrito nos pueden dar abundante material de reflexión para discernir mejor la compleja situación que vivimos en la Iglesia en la actualidad. No es fácil hacer juicios prudentes. Es necesaria mucha escucha de la voz del Espíritu y mucha rectitud de intención para no cantearse superficialmente a un lado u otro; para no caer en los juicios negativos o ligeros; y, sobre todo, para no faltar a la caridad con palabras hirientes que generen rencores en las almas.  

Muchos santos han atravesado también su “noche oscura” y siempre, lo que los sacó adelante, fue su vida de oración intensa y su espíritu de sacrificio y humildad para no dejarse llevar por el espíritu propio sino por la Luz de Dios, que nunca nos falta si no nos apartamos de Él.

La paciencia es indispensable para sopesar los tiempos históricos, y la ponderación para no adelantarse y provocar un daño irreparable en la Iglesia: por ejemplo el “posible cisma” tan anunciado en diversas revelaciones privadas (cfr. las de Marga en la VDCJ: www.vdcj.org).



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