Misterios de gloria (2)


El Misterio Pascual de Cristo está conformado por cuatro sucesos: la Pasión del Señor, su Muerte en la Cruz, su gloriosa Resurrección y su Ascensión a los Cielos. 

Jesús

La Ascensión del Señor también forma parte del Misterio Pascual. No está todo preparado para que actúe el Espíritu Santo en su misión santificadora de los hombres hasta que Jesús haya ocupado su sitio como Rey del Universo a la derecha del Padre, portando en su Cuerpo glorioso las llagas que dan testimonio de su Amor Redentor.

Era necesario que Jesús dejara de estar presente en este mundo de modo “físico”, con un cuerpo mortal que se podía separa del alma (como de hecho sucedió), para que pudiera subir al Padre y, de esta manera, su Humanidad Santísima participara de la presencia de inmensidad de Dios.

En sus homilías sobre las Ascensión del Señor, el Papa Benedicto XVI ha afirmado numerosas veces que a partir de ese suceso, Jesús, con su Humanidad Santísima, está más cercano a nosotros que incluso cuando estaba “físicamente” en la tierra. Ahora su presencia es espiritual, pero más cercana, más interior, más profundo y real.

Por eso los discípulos vuelven a Jerusalén, después de haberse despedido del Señor en el Monte de los Olivos, con una gran alegría en el corazón. Experimentan a Cristo dentro de ellos y en medio de ellos: “El Reino de los Cielos está en medio de vosotros”. Jesús puede estar en todos sitios. Puede estar al lado de cada uno de nosotros plenamente.

El cristianismo naciente experimentó la fe en la Resurrección como una fuerza que actúa en el presente y, a la vez, como esperanza. Cristo vive. Está a la derecha del Padre, pero no está ausente. Las últimas frases del Evangelio de San Lucas dicen:

«Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos subiendo hacia el cielo. Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios» (Lc 24, 50-53).

Los discípulos no quedaron desconcertados y tristes, sino llenos de alegría. No se sienten abandonados. Evidentemente, están seguros de una presencia nueva de Jesús. Están seguros de que el Resucitado (como Él mismo había dicho, según Mateo), está presente entre ellos, precisamente ahora, de una manera nueva y poderosa.

La «ascensión» no es un marcharse a una zona lejana del cosmos, sino la permanente cercanía que los discípulos experimentan con tal fuerza que les produce una alegría duradera.

En los Hechos de los Apóstoles la marcha de Jesús viene precedida por un coloquio con los discípulos. A la idea de un futuro reino davídico Jesús contrapone una promesa y una encomienda. La promesa es que estarán llenos de la fuerza del Espíritu Santo; la encomienda consiste en que deberán ser sus testigos hasta los confines del mundo. El cristianismo es presencia: don y tarea; estar contentos por la cercanía interior de Dios y –fundándose en eso– contribuir activamente a dar testimonio en favor de Jesucristo.

“En este contexto se inserta luego la mención de la nube que lo envuelve y lo oculta a sus ojos. La nube nos recuerda el momento de la transfiguración, en que una nube luminosa se posa sobre Jesús y sobre los discípulos (cf. Mt 17, 5; Mc 9, 7; Lc 9, 34s). Nos recuerda la hora del encuentro entre María y el mensajero de Dios, Gabriel, el cual le anuncia que el poder del Altísimo la «cubrirá con su sombra» (Lc 1, 35). Nos hace pensar en la tienda sagrada del Señor en la Antigua Alianza, en la cual la nube es la señal de la presencia de JHWH (cf. Ex 40, 34s), que, también en forma de nube, va delante de Israel durante su peregrinación por el desierto (cf. Ex 13, 21s). La observación sobre la nube tiene un carácter claramente teológico. Presenta la desaparición de Jesús no como un viaje hacia las estrellas, sino como un entrar en el misterio de Dios. Con eso se alude a un orden de magnitud completamente diferente, a otra dimensión del ser” (Benedicto XVI, Jesús de Nazareth).

La presencia de Dios no es espacial, sino divina. Estar «sentado a la derecha de Dios» significa participar en la soberanía propia de Dios sobre todo espacio. Jesús  «no se ha marchado», sino que, en virtud del mismo poder de Dios, ahora está siempre presente junto a nosotros y por nosotros. En los discursos de despedida en el Evangelio de Juan, Jesús dice precisamente esto a sus discípulos: «Me voy y vuelvo a vuestro lado» (Jn 14, 28). Puesto que Jesús está junto al Padre, no está lejos, sino cerca de nosotros. Ahora ya no se encuentra en un solo lugar del mundo, como antes de la «ascensión»; con su poder que supera todo espacio, Él no está ahora en un solo sitio, sino que está presente al lado de todos, y todos lo pueden invocar en todo lugar y a lo largo de la historia.

En Galilea, Jesús, en una ocasión rezaba a su Padre en el monte. Está en el “monte del Padre”. Desde ahí ve a los discípulos afanados en luchar contra la tormenta. Como entonces, Jesús puede subir en cualquier momento a la barca de nuestra vida. Y por eso podemos invocarlo siempre, estando seguros de que Él siempre nos ve y siempre nos oye. También hoy la barca de la Iglesia, con el viento contrario de la historia, navega por el océano agitado del tiempo. Se tiene con frecuencia la impresión de que está para hundirse. Pero el Señor está presente y viene en el momento oportuno. «Voy y vuelvo a vuestro lado»: ésta es la confianza de los cristianos, la razón de nuestro júbilo.

María Magdalena quiere tocar al Señor resucitado, pero Él le dice: «Suéltame, que todavía no he subido al Padre» (Jn 20, 17). Se trata aquí de la misma experiencia a la que se refiere Pablo en 2Co 5, 16s: «Si conocimos a Cristo según los criterios humanos, ya no lo conocemos así. Si uno está en Cristo, es una criatura nueva».

Por el bautismo, nuestra vida está ya escondida con Cristo en Dios; en nuestra verdadera existencia ya estamos «allá arriba», junto a Él, a la derecha del Padre (cf. Col 3, 1ss). El Cristo junto al Padre no está lejos de nosotros; si acaso, somos nosotros los que estamos lejos de Él; pero la senda entre Él y nosotros está abierta.

María regresa a Jerusalén después de la Ascensión de su Hijo a los Cielos. Vuelve también, como los apóstoles, llena de alegría. Permanece con ellos, en el centro de ellos, en el Cenáculo a la espera del Espíritu Santo que Jesús ha prometido para que el Paráclito haga posible esa presencia cercana de Jesús, dentro de cada uno. A Ella podemos acudir para que nos ayude a comprender la riqueza del Misterio de Dios en nuestra vida. 


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