Misterios gozosos (3)


En cada uno de los Misterios gozosos del Santo Rosario se manifiesta, de modo particular, la alegría de la Encarnación del Hijo de Dios. No hay otro suceso en la historia de la humanidad que más nos llene de gozo.

 

El Tercer Misterio gozoso es el que ocupa el centro de los cinco. No sólo por su posición entre ellos sino, sobre todo, porque en él se ven cumplidas todas las expectativas de Israel, representado principalmente por María y José.

Desde hacía nueve meses esperaban al Salvador. Así lo había anunciado el Ángel: el nombre del Hijo del Altísimo sería Jesús, que significa “Dios salva”. Sin embargo, pronto aprenderán, la Virgen y el Santo Patriarca, que el modo como se irían desarrollando las cosas no era quizá como cualquiera de nosotros lo hubiera planeado, sino muy distinto. Dios quiere venir al mundo de una manera llena de sencillez y humildad. Además, quiere que los que estarán más cerca de Él participen, desde el principio de su pobreza y de sus sufrimientos.   

En efecto, María y José comprenden que Dios es el que tiene la iniciativa siempre. Su misión es dejarse llevar por su Providencia admirable, sin oponerse a lo que va sucediendo en su vida con normalidad. Por ejemplo, cuando se promulga el censo de Quirino para todos los habitantes de Israel, ellos, con toda naturalidad, se disponen para ir al pueblo que es origen de su estirpe: Belén de Judá. No les extraña tampoco que, al llegar a Belén, no encuentren una posada para que María pueda dar a luz a su Niño. ¡Qué paradojas! El Rey del Universo no tiene dónde reclinar su cabeza, ya desde su nacimiento.

Tienen que salir de Belén y alojarse en una gruta a las afueras de la población, que sirve como establo para los animales. Y ahí, en esa pobreza sorprendente, en esa situación dolorosa, nace Jesús, como un implacable guerrero, en el silencio de la noche, desciende a una tierra de exterminio, dice la Sagrada Escritura. Quiere venir al mundo como un niño pequeño, inerme, indefenso, desvalido. Es el Dios Tres veces Santo, Omnipotente y Eterno, Suma Verdad y Suma Bondad y, al mismo tiempo, es un niño que llora de frío y necesita que su Madre lo envuelva en unos pañales y lo recueste en el pesebre.

¡Que grandes lecciones nos da Jesús en este Misterio! En primer lugar la lección de su gran Amor por los hombres. No rechaza el abajarse hasta lo más ínfimo para manifestarnos cuándo le importamos cada uno de nosotros. Quiere ser nuestro Hermano. Quiere pasar por todas las etapas de la vida por la que pasa cada hombre o mujer.

Nos da también otras lecciones: de humildad, de paciencia (sabe esperar 30 años antes de comenzar su misión de anunciar el Reino), de obediencia a la Voluntad de su Padre, de pobreza y desprendimiento.

Recientemente, el Papa Francisco, en la Exhortación Apostólica Gaudete et Exultate, comenta cada una de las bienaventuranzas. Y, al detenerse en la primera de ellas, “bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos”, dice lo siguiente:

“Jesús llama felices a los pobres de espíritu, que tienen el corazón pobre, donde puede entrar el Señor con su constante novedad. Esta pobreza de espíritu está muy relacionada con aquella «santa indiferencia» que proponía san Ignacio de Loyola, en la cual alcanzamos una hermosa libertad interior” (nn. 68 y 69).

Esa “santa indiferencia”, o abandono en la Providencia divina, es la clave para vivir en este mundo como vivió el Señor. Le interesa profundamente todo lo humano pero, al mismo tiempo, nos enseña a valorarlo en su justa medida. Los verdaderos valores no son los que vemos con nuestros ojos y tocamos con nuestras manos, es decir, las cosas materiales, sino los que vemos con nuestro espíritu, que nos da a conocer lo que trasciende. No es que sean despreciables las cosas de este mundo. No lo son porque todas han sido creadas por Dios. Pero Dios no quiere que nos quedemos en ellas, sino que sean como un trampolín que nos lleva a lo eterno, a lo que no pasa.

Jesús, en el Tercer Misterio gozoso, nos enseña a tener la madurez de una persona adulta y sabia, pero la sencillez de un niño recién nacido. Él lo dirá claramente durante su vida pública: “dejad que los niños se acerquen a mí”; “de los que se hacen como niños es el Reino de los Cielos”.

Platón, en el Timeo cuenta de un bárbaro que «había emitido un juicio irónico: afirmaba que los griegos eran aei paides, eterno niños: Platón no ve ahí reproche alguno, sino una alabanza de la esencia griega. Consta que los griegos querían ser un pueblo de filósofos, y no de tecnócratas; de eternos niños, pues, que veían en la admiración el más alto estado de la existencia humana. Sólo así se explica el significativo hecho de que los griegos no hiciesen uso práctico alguno de sus innumerables inventos». Hay un tácito parentesco entre el alma griega y el mensaje del evangelio. «No debe perecer la admiración en el hombre, la capacidad de sorprenderse y de escuchar, que no se pregunta sólo por la utilidad, sino que percibe la armonía de las esferas y se alegra precisamente por lo que no es de utilidad para los hombres» (cfr. J. Ratzinger, El Dios de Jesucristo, Salamanca 1980, pp. 66-71),.

La infancia espiritual o vida de infancia es, como afirmaba continuamente san Josemaría Escrivá de Balaguer, un camino muy seguro para alcanzar la santidad. En el Diccionario de San Josemaría encontramos el siguiente párrafo:     

“Pequeñez y grandeza, humildad y audacia, debilidad y reciedumbre, voluntad enérgica y docilidad (Camino, 871), sencillez y prudencia, alegría íntima en el sufrimiento (Camino, 873): esas aparentes paradojas –que reflejan el espíritu del Evangelio y de las bienaventuranzas (cfr. ARELUNO, 1988, p. 169)– van mostrando los perfiles de la infancia espiritual. Su raíz profunda es la filiación divina; su fundamento operativo necesario es la humildad de la criatura que se abre a la grandeza de Dios. Va siempre acompañada de una fe firme, de una esperanza inquebrantable y de un amor tierno y fuerte, que ponen en quienes se saben hijos pequeños de Dios una particular facilidad para olvidar las penas y descubrir en todo motivos de alegría, de optimismo y de perseverancia, sobre todo, en el pedir: "Perseverar. –Un niño que llama a una puerta, llama una y dos veces, y muchas veces..., y fuerte y largamente, ¡con desvergüenza! Y quien sale a abrir ofendido, se desarma ante la sencillez de la criaturita inoportuna... –Así tú con Dios" (Camino, 893)” (Voz “Infancia espiritual”, de María Elena Guerra Pratas).

Terminamos con una referencia a María, en relación a la práctica de la infancia espiritual.

“La noción de infancia espiritual está caracterizada también en la doctrina de san Josemaría por una intensa acentuación mariana. El abandono en manos de Dios es, al mismo tiempo, por indiscutibles razones teológicas, abandono en las manos maternales de María: "forma suprema de la vida teologal" (ARELLANO, 1988, p. 167). San Josemaría ruega ese don filial a la Madre de Dios y de los hombres: "Infancia sobrenatural: vida de Fe, vida de Amor, vida de Abandono. Fiat. Madre Inmaculada, ¡Tú lo harás!" (CECH, p. 24). Y lo vivió acogiéndose a su maternal protección (cfr. C, 884, 898; AD, 290). Ella es Modelo de humilde confianza en Dios: "El canto humilde y gozoso de María, en el «Magníficat», nos recuerda la infinita generosidad del Señor con quienes se hacen como niños, con quienes se abajan y sinceramente se saben nada" (F, 608). Y es también Maestra en el arte de hacerse como niños ante Dios: "el misterio de María nos hace ver que, para acercarnos a Dios, hay que hacerse pequeños. En verdad os digo –exclamó el Señor dirigiéndose a sus discípulos–, que si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el reino de los cielos (Mt 18, 3). Hacernos niños: renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia; reconocer que nosotros solos nada podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino. Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños. Y todo eso lo aprendemos tratando a María" (ECP, 143). La hija predilecta de Dios es el prototipo de la vida de infancia” (Ibidem).



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