¿Qué es la santidad? ¿Cómo podemos alcanzarla?

Hoy, 1° de noviembre, la Iglesia celebra la Solemnidad de Todos los Santos. El Concilio Vaticano II proclamó, en sus documentos, la llamada universal a la santidad, es decir, que todos los hombres estamos llamados a ser santos, en las circunstancias concretas en las que nos encontramos. Nadie está excluido de esta llamada. Pero, ¿qué es la santidad? ¿cómo podemos llegar a ella? ¿qué rumbo tiene que tomar nuestra navegación para llegar al puerto de nuestra Patria definitiva? En este post hacemos unas reflexiones sobre este tema, que nos interesa a todos.


¿Qué es la santidad? ¿Cómo podemos alcanzarla?

"El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre" (CEC, 27)

"Nos ha elegido el Señor, ante de la constitución del mundo, para que seamos santos en su presencia" (Ef 1,4). 

En la Sagrada Escritura la santidad es la ausencia de pecado. Los santos son los que se acercan al Templo con las manos puras y el corazón limpio. Lo santo es lo que no ha sido contaminado con la impureza.

Pero nos encontramos con que, mientras caminamos hacia la Patria, vivimos inmersos en una situación de pecado: estamos proni ad pecatum, inclinados al pecado Cada hombre puede decir lo de San Pablo: Infelix homo; quis me liberavit de huius corpore mortis? "Infeliz de mí, quien me librará de este cuerpo de muerte" (Rom 7, 24).

Por una parte quisiéramos no pecar y ser mejores. Por otra hemos de aceptar la realidad de nuestra vida imperfecta.

«El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar» (Catecismo de la Iglesia Católica, 27).

"Ser santo —decía San Josemaría Escrivá de a Balaguer— es saberse pecador". «Para amar a Dos y servirle no es necesario hacer cosas raras» (San Josemaría, Conversaciones, n. 55). «La santidad no consiste en hacer cosas cada día más difíciles, sino en hacerlas cada día con más amor» (San Josemaría). «No os perdáis en grandes consideraciones de heroísmo. Ateneos a la realidad de cada día, buscando con empeño la perfección en el trabajo ordinario. Ahí nos espera Dios. Diariamente tenemos la ocasión de que nuestra respuesta sea afirmativa. Y esa afirmación sí que debe ser heroica, tratando de excederse, sin poner límites» (San Josemaría). San Josemaría, el 9 de octubre de 1931, escribía: “me confirmo en mi propósito de ser santo..., se que lo lograré, porque estoy seguro de ti”, le decía al Señor.

Santo Tomás era hombre más bien lacónico; lo era incluso escribiendo, en todo lo mucho que escribió. Una hermana suya le preguntó en cierta ocasión qué es lo que hacía falta para ser santa. Y contestó Santo Tomás sin detenerse y según iba andando: "Querer". Y querer, como recuerda Camino es poner los medios (Suárez, F., La vid y los sarmientos, p. 51).

Por lo tanto, hemos de concluir que la limpieza que Dios nos pide es la de quien es limpio de corazón, aunque todavía no haya alcanzado una limpieza total. El deseo de Dios, el afán de santidad, la esperanza de que Dios completará su obra en nosotros, nos hace personas santas: como los primeros cristianos que se llamaban a sí mismos los santos.

«Sed perfectos...» (ideas tomadas de C.S. Lewis, Mero cristianismo)

Jesús pide a sus discípulos alcanzar una meta muy alta: «sed perfectos como mi Padre es perfecto». Y no sólo lo pide, sino que ayuda con toda su omnipotencia a que cada uno alcancemos esa meta, aunque eso tenga un costo elevado.

Cuando éramos niños si teníamos un dolor de muelas y queríamos aliviarlo superficialmente, el mejor remedio era tomar un analgésico potente. Pero si queríamos curarnos definitivamente, teníamos que acudir al dentista, y sabíamos que nos curaría pero que tendríamos que sufrir un poco en sus manos.

Con Dios nos pasa lo mismo. Queremos que nos cure de nuestra soberbia o de nuestra vanidad, o de nuestra pereza. Pero a veces quisiéramos arreglarlo todo con una aspirina y Dios no se conforma con una curación superficial. Quiere curarnos en serio, ir hasta el fondo. «No os equivoquéis, viene a decir, si me dejáis. Yo os haré perfectos. En el momento en que os ponéis en Mis manos, es eso lo que debéis esperar. Nada menos, ni ninguna otra cosa, que eso. Poseéis el libre albedrío y, si queréis, podéis apartarme. Pero si no me apartáis, sabed que voy a terminar mi trabajo. Sea cual sea el sufrimiento que os cueste en vuestra vida terrena, y por inconcebible que sea la purificación que os cueste después de la muerte, y me cueste lo que me cueste a Mí, no descansaré ni os dejaré descansar, hasta que no seáis literalmente perfectos... hasta que mi Padre pueda decir sin reservas que se complace en vosotros, como dijo que se complacía en Mí. Esto es lo que puedo hacer y lo haré. Pero no haré nada menos» (C.S. LEWIS, Mero cristianismo, p. 211).

Pero, hay que tener en cuenta que Dios tiene paciencia con nosotros. Se alegra de nuestros esfuerzos insignificantes. Pero, como un Padre bueno, no deja de levantarnos cada vez que caemos; y espera que sigamos luchando para aprender a caminar, sin conformarnos con lo que hemos conseguido.

«Hace muchos años, antes de que naciéramos, cuando estábamos dentro del vientre de nuestra madre, pasamos por varias etapas. En un momento nos parecimos de algún modo a vegetales, y en otro a pescados; fue sólo más tarde cuando nos convertimos en bebés humanos. Y si hubiéramos estado conscientes en aquellas primeras etapas, me atrevo a decir que nos hubiésemos contentado siendo vegetales o pescados.. que no hubiésemos querido convertirnos en humanos» (C.S. LEWIS, Mero cristianismo, p. 213). Sin embargo, Dios tenía algo mejor para nosotros, algo que superaba todas nuestras expectativas. Dios terminará su trabajo y quiere llevarnos en esta vida lo más lejos posible. Por eso no debemos sorprendernos si nos esperan momentos duros.

«Imaginaos a vosotros mismos como una casa viva. Dios entra para reconstruir esa casa. Al principio es posible que comprendáis lo que está haciendo. Está arreglando los desagües, las goteras del techo, etc.: vosotros sabíais que esos trabajos necesitaban hacerse y por tanto no os sentís sorprendidos. Pero al cabo de un tiempo. Él empieza a tirar abajo las paredes de un modo que duele abominablemente y que parece no tener sentido. ¿Qué rayos se trae entre manos? La explicación es que Dios está construyendo una casa muy diferente de aquella que vosotros pensabais —poniendo un ala nueva aquí, un nuevo suelo allí, erigiendo torres, trazando jardines—. Vosotros pensasteis que os iba a convertir en un pequeño chalet sin grandes pretensiones: pero Él está construyendo un palacio. Tiene pensado venirse a vivir en él» (C.S. LEWIS, Mero cristianismo, p. 214).

«El mandamiento “sed perfectos” no es una banalidad idealista. Tampoco es un mandamiento para hacer lo imposible» (p. 214). Lo que pasa es que Dios quiere convertirnos en «creaturas luminosas, radiantes, inmortales, latiendo en todo su ser con una energía, un gozo, un amor y una sabiduría tales que devuelvan a Dios la imagen perfecta (...) de Su poder, deleite y bondad infinitos. El proceso será largo y en parte muy doloroso, pero eso es lo que nos espera. Él habla en serio» (p. 214).

Pero hay un peligro en todo esto: el de identificar la santidad con la perfección que se ve en las personas. Este modo de pensar llevaría a grandes injusticias. La realidad es que no conocemos el proceso de santidad en las almas. En el cielo nos llevaremos grandes sorpresas: veremos muy altas a personas que quizá despreciábamos en este mundo, porque “no eran perfectas”.

Hay personas que son “buenas” porque han recibido de Dios esa bondad, ese modo de ser agradable, etc. Hay otras personas que tienen dificultades para controlar su carácter, porque Dios los hizo con un temperamento difícil. Sin embargo, la santidad no depende de los regalos de Dios, sino de cómo los hayamos aprovechado. Quienes son buenas personas no pueden quedarse tranquilas con lo que han recibido de Dios. «El diablo fue una vez un arcángel: sus dones naturales estaban por encima de los vuestros como los vuestros están de los de un chimpancé» (p. 222). «Pero si sois unas pobres creaturas, envenenadas por una educación miserable, en una casa llena de celos vulgares y disputas sin sentido (...) abrumadas día sí día no por un complejo de inferioridad que os lleva a tratar bruscamente a vuestros mejores amigos, no desesperéis. Dios está al tanto de ello. Vosotros sois los pobres que él bendijo. Sabe lo estropeada que está la máquina que estáis intentando conducir. Seguid adelante. Haced lo que podáis. Un día (tal vez en otro mundo, pero tal vez mucho antes que eso) Él la tirará al montón de chatarra y os dará una nueva. Y es posible que entonces nos asombréis a todos, y no menos a vosotros mismos porque habréis aprendido a conducir en una escuela difícil. (Algunos de los últimos serán los primeros y algunos de los primeros serán los últimos).

La “bondad” —la personalidad sana e integrada— es una cosa excelente (...). Pero no debemos suponer que incluso si consiguiésemos que todo el mundo se hiciera bueno habríamos salvado sus almas. Un mundo de buenas personas, satisfechas con su propia bondad, sin mirar más allá, dándole la espalda a Dios, estaría tan desesperadamente necesitado de salvación como un mundo miserable... e incluso podría ser aún más difícil de salvar» (pp. 222-223). Por eso Jesús nos invita a no juzgar, a no compararnos con los demás: porque no conocemos las gracias que Dios da a cada hombre, ni sabemos cómo corresponde cada uno.

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