Nuestra hermana la muerte

Estamos en el mes de noviembre. La Iglesia nos invita a meditar con más frecuencia y profundidad en los Novísimos o Postrimerías, es decir, en las realidades últimas que encontraremos, cada uno de nosotros, al terminar esta vida terrena.

Jorge Manrique (1440-1479)

De modo tradicional, se mencionan cinco novísimos: Muerte, Juicio, Infierno, Cielo y Purgatorio.

Hoy, reflexionaremos un poco sobre la primera de ellas: la muerte.

Aunque sabemos que, en los últimos tiempos, no todos los hombres morirán, sino que algunos serán transformados y pasarán de la vida terrena directamente al Nuevo Paraíso (cfr. 1 Cor 15, 51-53), parece ser que la gran mayoría de los hombres, de esta generación, tendrán que pasar por la muerte, como ha sucedido con prácticamente todos los hombres que han vivido en la tierra, en las generaciones anteriores a la nuestra.

Pensemos, por ejemplo, en los millones de antepasados nuestros, ya difuntos. De la mayoría de ellos no queda ningún recuerdo. De algunos pocos miles quedan muy pocos recuerdos. A lo más, su partida de bautismo, el registro de su confirmación, su partida de matrimonio y su partida de enterramiento; todo esto, en los libros sacramentales de la parroquia en la que vivieron (cfr. www.bisabuelos.com).

Como escribía Jorge Manrique (1440-1479), en las Coplas por la muerte de su padre, la hora de nuestra muerte (o la de la Segunda Venida de Cristo), sólo Dios la conoce y llegará tan silenciosa e improvisadamente como llega un ladrón (cfr. 2 Pe 3, 10): “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando, cómo se pasa la vida, como se viene la muerte, tan callando”.

En las partidas de enterramiento se mencionan, con frecuencia, las causas de la muerte (una enfermedad larga o repentina, un accidente…). También se deja constancia de si el difunto murió en el lugar de residencia o en una tierra lejana. “Murió en Castilla” dice, por ejemplo, la partida de defunción de un antepasado nuestro que vivía en Ampuero, Cantabria, a mediados del siglo XVII.

La realidad de la muerte nos ayuda a recordar que la vida es fugaz, caduca, transitoria. Además, es muy breve. “Tempus breve est” (1 Cor 7, 29), decía San Pablo, para recordarnos la importancia de aprovechar bien los días que tenemos para buscar la santidad en este tierra. Aprovechar el tiempo es tratar de llenarlo de amor a Dios y a nuestros hermanos porque, “a la tarde —escribía San Juan de la Cruz— nos examinarán sobre el amor”.

No hay que temer la muerte. Los santos la han recibido como una “hermana” (por ejemplo, San Francisco de Asís). San Josemaría, en el punto 739 de Camino nos dice: “No tengas miedo a la muerte. –Acéptala, desde ahora, generosamente..., cuando Dios quiera..., como Dios quiera..., donde Dios quiera. –No lo dudes: vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga..., enviada por tu Padre–Dios. –¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte!”.

La muerte nos abre la puerta a la Vida. En una colecta de la Misa Común de Santa María, le pedimos que interceda por nosotros “para que libres de las tristezas actuales, disfrutemos para siempre de la alegría que no acaba” (“a praesenti liberari tristitia e aeterna perfrui laetitia”). Este texto lo recitó San Josemaría Escrivá de Balaguer, durante su última Misa, en la mañana del 26 de junio de 1975.

El siervo de Dios, Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor de San Josemaría Escrivá de Balaguer, solía decir, cuando llegaba el mes de noviembre, que la meditación de los novísimos nos ayuda a rectificar la marcha de nuestro caminar terreno, a aprovechar mejor el tiempo, a no dejarnos absorber por los cuidados y necesidades de la tierra, a no permitir que nuestro corazón se apegue a nada de aquí abajo, a fomentar el horror al pecado, en todas sus manifestaciones, y a sentir la urgencia de un apostolado constante: más intenso y extenso, más descarado, más exigente.

Unos diez años antes de morir, nos confesaba que todas las noches, tras hacer el acto de aceptación de la muerte, se dirigía a Jesús con las siguientes palabras: “Señor, acepto la muerte en remisión de mis pecados, cuando quieras, donde quieras, como quieras”. Y luego añadía: “ahora mismo, si quieres; pero como también querría saltarme el Purgatorio a la torera, si me das, Señor, un poquito de tiempo más, para borrar con mucho amor todos mis pecados y rellenar todos los huecos las omisiones— que hay en mi vida, te lo agradeceré”.

Cuando, meditando en la muerte, nos encontremos con las manos semivacías, podemos hacer el propósito de recuperar el tiempo perdido. ¿Cómo? “A base de poner, ahora, más intensidad en lo que hacemos, es decir, más amor, más humildad. Porque la humildad lleva a que el arrepentimiento sea más intenso y, por consiguiente, a que el amor sea más fuerte” (palabras de Don Álvaro del Portillo en 1984).

Comentarios

  1. Indican que Patrick Keena, el esposo de Conchita Gonzalez ha hecho su transición, hagamos oración y una petición para él y sobre todo también para ella, pidiendo apoyo del cielo y de todos aquellos quienes tenemos fe en lo que pasó, pasa y pasará en Garabandal... ella, quien ahora tiene que seguir adelante con los difíciles encargos de nuestra amada madre Maria y el peso de dar a conocer fechas y todo lo que viene, todo esto que está pasando es un signo más... no les quede la menor duda... no existe tiempo que no llegue...

    Ustedes que han estado cerca de ella apoyándola en esta nueva etapa en su vida... por favor ayuden a difundir lo que es inminente para toda la humanidad... el tiempo está cerca...

    http://abplefebvreforums.proboards.com/thread/1048

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