sábado, 28 de febrero de 2015

Cuaresma y Conversión

La Cuaresma es un tiempo de gracia, porque es tiempo de penitencia, es decir, de conversión interior y exterior (del cuerpo y del espíritu). Al estar toda la Iglesia decidida a una profunda conversión, Dios, Uno y Trino, nos concede sus dones de gracia en abundancia.


La conversión es un don de Dios. Él tiene la iniciativa. Esto se ve muy bien en la colecta de la Misa del lunes de la primera semana de Cuaresma: “Conviértenos a ti, Dios salvador nuestro; ilumínanos con la luz de tu palabra, para que la celebración de esta Cuaresma produzca en nosotros sus mejores frutos”.

En 1985, el Cardenal Joseph Ratzinger dirigía unos ejercicios espirituales al Papa (Juan Pablo II) y a sus colaboradores. El segundo día, tomó pie de este texto para su plática.

A continuación, hacemos un resumen de esa reflexión (cfr. J. Ratzinger, El Camino Pascual, ed. BAC Popular, Madrid 1990).

(Lunes, 1ª semana de Cuaresma; Lev 19, 1-2.11-18; Mt 25, 31-46)

Las primeras palabras de la oración  de este día expresan el programa de la Cuaresma en su forma más breve y más clara: “Converte nos, Deus salutaris noster”. Son las primeras palabras del Evangelio de Jesús: “¡Arrepentíos¡” (Mc 1, 15). La Iglesia cambia el imperativo por una oración de súplica: le pedimos al Señor que sea él quien nos convierta, pues el hombre sabe que no puede convertirse por sí mismo, valiéndose de sus solas fuerzas. La conversión es una gracia. Siempre es Dios el que se nos adelanta.

Son palabras tomadas del Salmo 84, 5.  Es Jesús quien hace realidad la petición del salmista. Jesús es quien nos convierte. Nosotros no somos arquitectos de nuestra propia vida. En la dependencia de Dios consiste la verdadera libertad.

Hay dos caminos: la opción de la autorrealización por la cual el hombre se adueña por completo de su ser y de su vida que es para sí y desde sí mismo. Por otra parte está la opción de la fe y del amor, por la cual acepta depender de su Creador. Esta opción es, al mismo tiempo, un decidirse por la verdad.

Las dos opciones corresponden a las palabras “tener” y “ser”. La primera opción quiere tener todo: dinero, belleza, alegrías... La segunda opción no busca la posesión, sino la reciprocidad del amor, por la grandeza majestuosa de la verdad. Es la cultura de la muerte (de cosas muertas) o la de la vida (que es la cultura del amor).

Es la cultura del poder o la de la cruz. En el primer caso el hombre moderno se siente capaz de edificar un mundo libre, verdaderamente humano. Quiere tomar las riendas de la historia y del mundo. Pero hoy vislumbramos ya adónde conduce esta creatividad emancipada de Dios y así comenzamos a redescubrir la sabiduría de la cruz.

La cruz señala el final de la autonomía, que tuvo su principio en el paraíso con las palabras de la serpiente: “seréis como dioses”. La cruz expresa el primado de la verdad y del amor. “In hoc signo vinces”.

«“Converte nos, Deus salutaris noster”. El rechazo de la autorrealización y el primado de la gracia que se expresan en esta plegaria no pretenden asentarnos en una especie de quietismo, sino abrir las puertas a una fuerza nueva y más profunda de la actividad humana. La autorrealización traiciona la vida al interpretarla como mera posesión, y de esta manera sirve a la muerte; la conversión es el acto por el que elegimos la reciprocidad del amor, la disponibilidad a dejarnos formar por la verdad, para llegar a ser “cooperadores de la verdad (3 Jn 8).  Por consiguiente la conversión es el verdadero realismo; ella nos capacita para un trabajo realmente común y humano. Me parece ─decía el Cardenal Ratzinger─ que hay aquí materia suficiente para un examen de conciencia. “Convertirse” quiere decir: no buscar el éxito, no correr tras el prestigio y la propia posición. “Conversión” significa: renunciar a construir la propia imagen, no esforzarse por hacer de sí mismo un monumento, que acaba siendo con frecuencia un falso Dios. “Convertirse” quiere decir: aceptar los sufrimientos de la verdad. La conversión exige que la verdad, la fe y el amor lleguen a ser más importantes que nuestra vida biológica, que el bienestar, el éxito, el prestigio y la tranquilidad de nuestra existencia; y esto no solamente de una manera abstracta, sino en la realidad cotidiana y en las cosas más insignificantes. De hecho, el éxito, el prestigio, la tranquilidad y la comodidad son los falsos dioses que más impiden la verdad y el verdadero progreso en la vida personal y social. Cuando aceptamos esta primacía de la ver-dad, seguimos al Señor, cargamos con nuestra cruz y participamos en la cultura del amor, que es la cultura de la cruz» (El Camino Pascual, pp. 27-28).

Veamos otras palabras de la Colecta de la Misa:

a) Está la palabra “progreso” (“opus quadragesimale proficiat”): «el verdadero progreso se realiza únicamente rehaciendo el camino de Jesús, siguiendo su orientación. El corazón del progreso es el progreso del amor. Y el corazón del amor es la cruz, el perderse con Jesús».

b) También la expresión “opus quadragesimale”, y no sólo “ayuno cuaresmal”: es de todo el hombre, cuerpo y espíritu. “Sentiamus... subsidium mentis et corporis ut in utroque salvati de remedii plenitudine gloriemur” (Oración después de la Comunión).

Ahora digamos algunas palabras sobre el “Lugar”, en Roma, donde se tiene la Estación de la Misa del lunes de Cuaresma.

La antigua liturgia romana creó una geografía de la fe. Entre los muros de Roma se construyó la Jerusalén de Jesús, ya destruida, que es signo de la Jerusalén celestial y también es un Camino de la Cruz, un camino interior en la historia de salvación. Son las iglesias “estacionales” de la Cuaresma. La conexión profunda entre los textos de la liturgia y estos lugares forma un conjunto en el que aparece la lógica existencial de la fe, que sigue a Jesús desde el desierto, a través de su vida pública, hasta la cruz y la resurrección.

La Statio de este día es San Pedro in Vinculis. Esta estación tiene tres elementos para reflexionar:

1. Junto a un Tribunal Romano. «El hombre no se halla puesto en una libertad vacía, como piensa Sastre y como piensan tantos otros de nuestro tiempo. El hombre ha sido concebido por Dios; tiene su origen en una idea divina y su libertad responde a esta idea. La idea central de Dios sobre el hombre es el amor, y, por esta razón, el hombre será juzgado según la medida del amor» (p. 30). La lectura y el Evangelio hablan sobre el Juicio final. Dios nos juzgará según la medida del amor. La idea central de Dios sobre el hombre es el amor.

2. Esta iglesia fue construida por la emperatriz Eudoxia para custodiar las cadenas de San Pedro descubiertas en Jerusalén. Estas cadenas nos hacen ver que el poder humano de los príncipes de esta tierra tiene un límite, y nos hablan de la necesidad de orar y tener caridad con los presos. Es una ocasión para pedir por la Iglesia perseguida y por todos los que sufren persecución por causa de la justicia.

3. La grandiosa figura de Moisés (de Miguel Ángel) señala la unidad de los dos Testamentos: la unidad entre Moisés y Jesús.

Por último, reflexionemos un poco sobre los dos textos de la Liturgia de la Palabra de este día.

En Lev 19 y Mt 25 se indica el contenido central de la conversión, el punto del que depende toda la Ley y los Profetas: el mandamiento del amor de Dios y del prójimo.

Dios nos enseña en concreto cómo hemos de amar a nuestros hermanos: viviendo las obras de misericordia, corporales y espirituales:

─ Obras de misericordia corporales: 1) dar de comer al hambriento, 2) dar de beber al sediento, 3)  vestir al desnudo, 4) hospedar al peregrino, 5) visitar al encarcelado, 6) visitar al enfermo, 7) enterrar a los muertos.

─ Obras de misericordia espirituales: 1) enseñar al que no sabe, 2)  aconsejar al que lo ha menester, 3) corregir al que yerra, 4) consolar al triste, 5) perdonar las ofensas, 6) soportar con paciencia los defectos del prójimo, 7)  orar por los vivos y difuntos.

Así volvemos a la oración. Convertirse es seguir a Jesús, convertirse es amar, convertirse es despojarse de todo afán de autonomía y abrirse a la gracia; la ley y la gracia no se oponen; al contrario, expresan fundamentalmente lo mismo.

En este sentido suplicamos: “Converte nos, Deus salutaris noster, et mentes nostras instrue ce-lestibus disciplinis”. Concédenos aprender no sólo las ciencias y las artes de esta vida terrena; enséñanos la verdadera ciencia, las disciplinas de la vida por excelencia, las disciplinas de la santidad, las disciplinas del cielo, de la vida eterna. En la intención de la Iglesia, la Cuaresma ha de ser un anuncio apremiante de las disciplinas celestes: Mentes nostras instrue caelestibus disciplinis”. Así sea.

sábado, 21 de febrero de 2015

La doctrina de las "Dos Vías"

La Cuaresma es un tiempo de gracia: “ecce nunc tempus acceptabile! Ecce nunc dies salutis”; “este es el tiempo propicio, este el día de la salvación” (cfr. 2 Cor 6, 1-2). Es tiempo de conversión, de penitencia. Por lo tanto, también es tiempo de decisiones serias y tiempo de lucha, sobre todo ahora que las tinieblas de la increencia parecen nublar la faz de la tierra.

Brueghel, el Viejo, 1596

Cada cristiano ha de mirar el fondo de su corazón para descubrir lo que hay que cambiar. Pueden ser aspectos concretos de nuestra manera de vivir, de nuestra manera de ver las cosas, de nuestros esquemas mentales. O puede ser un cambio más profundo, que lleve consigo una decisión más radical.

En cualquier caso, el inicio de la Cuaresma es una ocasión para reafirmar nuestra decisión de caminar por el camino correcto. En última instancia hay sólo dos caminos: el que nos lleva a Dios o el que nos aleja de Él.

Es verdad que en gran parte de los asuntos humanos, las cosas no son o blanco o negro. Hay muchos matices y muchas posibles elecciones (caminos) que nos pueden llevar al cumplimiento de la voluntad de Dios. Son los asuntos “opinables”, es decir, que pueden verse desde distintos enfoques igualmente buenos. El don de la libertad nos da un amplio margen de capacidad de decisión en la mayoría de las cosas que hacemos todos los días. Cada uno debe, libre y responsablemente, decidir lo que le parezca mejor en un determinado momento: si sale de su casa o se queda, si acompaña a un amigo o no, si estudia un asunto ahora o lo deja para otro momento, etc.

Pero en las cosas importantes de la vida, en aquellas que afectan a las verdades de fe o a los principios morales de nuestra existencia, se presentan dos caminos: creer o no creer; amar o no amar. La disyuntiva es clara: o se es cristiano o no se es.

Los primeros cristianos, especialmente los que provenían del paganismo, tenían muy clara la conciencia de que “no se puede servir a dos señores”. Abrazar el cristianismo suponía dejar “el hombre viejo” para renacer en Cristo a una “vida nueva”.
“Si quieres, guardarás los mandatos del Señor, ante ti están puestos fuego y agua: echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja” (Eclesiástico 5, 16-21).

En los seis primeros capítulos de la Didakhé (Doctrina Apostolorum o Instrucción del Señor a los gentiles por medio de los Doce Apóstoles; escrito de principios del siglo II), los primeros cristianos podían leer la doctrina de las “Dos Vías”, que también se contenía en los capítulos 18 a 21 de la Epístola a Bernabé (escrita hacia el año 130).

Desde siempre, los hombres se han preguntado: ¿cómo debo vivir? ¿Qué estilo de vida debo escoger? Y, al darse cuenta de que es libre y puede escoger, se pregunta: ¿cuál es el camino del bien, de la verdad, de la felicidad? ¿Hay muchos?

En definitiva, sólo hay dos caminos: o seguimos las obras de la carne (cfr. Gal 5, 19-21: “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas) o las obras del espíritu (Gal 5, 22-23: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza”).

San Agustín, por ejemplo, relata su conversión en Milán. “Cuenta que, en el tormento de sus reflexiones, retirado en un jardín, escuchó de repente una voz infantil que repetía una cantinela, nunca antes escuchada: «tolle, lege, tolle, lege», «toma, lee, toma, lee» (Confesiones VIII, 12,29). Entonces se acordó de la conversión de Antonio, padre del monaquismo, y con atención volvió a tomar un códice de san Pablo que poco antes tenía entre manos: lo abrió y la mirada se fijó en el pasaje de la carta a los Romanos en el que el apóstol exhorta a abandonar las obras de la carne y a revestirse de Cristo (13, 13-14)” (Benedicto XVI, Catequesis del 27-II-2008).  

Contra el relativismo decimos que, en el fondo, hay un solo camino y muchos modos de recorrerlo. Es un camino ancho y carretero: Jesucristo (“Yo soy el Camino…”).

“El que no está conmigo, está contra mí”. “No se puede servir a dos señores”.

Jesús es el Camino, y en la Iglesia tenemos la plenitud de medios (señales) para recorrerlo. Él nos ha recordado el Camino que Yahvé ya había señalado en el Antiguo Testamento, pero renovándolo: es un nuevo Camino, de gracia y libertad.

La Iglesia, desde el principio de la Cuaresma, nos invita a tomar el Camino de la Verdad. Por ejemplo, la Liturgia de la Palabra del Jueves después de Ceniza, recoge como primera lectura un texto del Deuteronomio (30, 15-20): “Moisés habló al pueblo, diciendo: – «Mira: hoy te pongo delante la vida y el bien, la muerte y el mal. Si obedeces lo que yo te mando hoy, amando al Señor, tu Dios, siguiendo sus caminos, guardando sus preceptos, mandatos y decretos, vivirás y crecerás; el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para conquistarla. Pero, si tu corazón se aparta y no obedeces, si te dejas arrastrar y te prosternas dando culto a dioses extranjeros, yo te anuncio hoy que morirás sin remedio, que, después de pasar el Jordán y de entrar en la tierra para tomarla en posesión, no vivirás muchos años en ella. Hoy cito como testigos contra vosotros al cielo y a la tierra; te pongo delante vida y muerte, bendición y maldición. Elige la vida, y viviréis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, pegándote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que había prometido dar a tus padres Abrahán, Isaac y Jacob»”.

Los israelitas habían peregrinado durante 40 años por el desierto. Se habían purificado. Era una generación joven y creyente. Pero, al llegar a la Tierra Prometida, tenían que elegir entre las dos opciones: la obediencia al designio amoroso de Yahvé, o la idolatría y la desobediencia a la voluntad de Dios.

En el Salmo Responsorial del Jueves después de ceniza, la Iglesia nos proponía la lectura del Salmo 1: “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor (…).Es como un árbol plantado junto al río: da fruto a su tiempo y sus hojas no se marchitan; todo lo que hace le sale bien. No sucede lo mismo con los malvados ni los pecadores”.

Por fin, en el Evangelio, Jesús señala claramente el camino: tomar con alegría la Cruz. Ser grano de trigo, que se entierra, para dar mucho fruto. «El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo?» (Lc 9, 22-25).

Al comienzo de la Cuaresma, pidamos al Señor por todos nuestros hermanos creyentes: que sepamos elegir el Camino de la Verdad y del Amor, para seguirlo con decisión y firmeza; que sepamos defender nuestra fe en Jesucristo en los momentos actuales de confusión y apostasía; que, con nuestra oración y nuestro testimonio, acerquemos a muchos hombres y mujeres a la vida de fe. Nuestra Señora, Maestra de fe, protegerá la fe de nuestras familias, si aprendemos de Ella: “Beata, quæ credidisti, quoniam perficientur ea, quæ dicta sunt tibi a Domino”. “Dichosa tú que has creído, porque lo que el Señor te ha dicho se cumplirá!” (Lc 1, 45).

Se puede leer el artículo de don José María Iraburu, en InfoCatólica, sobre la importancia de defender a fe con energía, en nuestros tiempos:




sábado, 14 de febrero de 2015

La lepra del pecado

En este último domingo antes de comenzar la Cuaresma (Domingo VI del Tiempo Ordinario), en la 1ª Lectura y en el Evangelio, contemplamos el tema de “la lepra”, una enfermedad que representa muy bien la fealdad del pecado.

Lepra - Babilonia

La lepra es una enfermedad contagiosa. Por eso, Yahvé, en el Libro del Levítico, había determinado una serie de medidas para evitar el contagio a otros miembros de la comunidad. Además, era común atribuir la lepra a un castigo divino por algún pecado grave cometido.

Era el caso de María, hermana de Aarón y Moisés, y de Job, que padecieron la enfermedad de la lepra durante un tiempo.   

Todo esto llevaba, en la práctica, a rehuir a los leprosos, que estaban obligados a comportarse de tal manera que su extravagancia alertaba a todos a alejarse de ellos, como sucedía con los judíos en la Edad Media, con el sambenito que tenían que llevar, para así mostrar su condición de pueblo discriminado.

Llama la atención que los leprosos tuvieran la valentía (no tenían más remedio que hacerlo) de mostrarse a los demás como personas impuras, sin disimular lo más mínimo su condición. Tenían que ir vestidos con harapos, con el pelo despeinado, gritando que eran leprosos.

En nuestra época, las enfermedades del alma se suelen disimular, de modo que podemos encontrarnos con personas que, al exterior, son amables, educadas, y sonrientes, pero que tienen el alma podrida de egoísmo, sensualidad y falta de rectitud.

También hay hombres y mujeres que, pueden tener graves enfermedades del alma y difundir errores que hacen daño a otros, pero que, por ignorancia (vencible o invencible) no se dan plenamente cuenta de sus males, y no buscan remediarlos.

Hace poco veía un vídeo en inglés, que trata del gran mal que produjo en la Iglesia la herejía protestante.


Ahora, que tenemos todos la inclinación de tratar de comprender a nuestros hermanos separados y buscar la unidad, a través del ecumenismo, no está de más dejar claro el gran daño que produjo Lutero a muchas almas, en el siglo XVI, y las consecuencias nefastas de sus errores, que ahora padecemos (liberalismo, individualismo, hedonismo, revolución sexual, doctrinas contra la vida, la familia, el matrimonio, etc.).

Por supuesto, no está mal tratar a todos los que están equivocados con mucha caridad, pero sin minimizar el error y el pecado; sin construir, en definitiva, sobre la mentira.    

Por eso, ahora que estamos a punto de comenzar la Cuaresma, es muy sano reflexionar sobre el pecado, como “agente más patógeno de la sociedad” que es; para desenmascararlo en nuestra propia vida y ayudar a los demás a que también lo descubran en la suya.

La Cuaresma es un Tiempo Litúrgico que nos invita al “examen de conciencia”, al conocimiento propio.

En el templo de Apolo en Delfos, campeaba la famosa inscripción, máxima de toda la sabiduría de la antigüedad: “Conócete a ti mismo”. Es la enseñanza principal de Sócrates. Sobre todo: “conoce lo que pasa en tu corazón”, qué tan rectos son tus pensamientos y deseos. Es necesario saber lo que pasa en nuestro interior para poner orden.  Pero también es necesario saber lo que pasa en nuestro exterior. Al individuar y analizar nuestras acciones, podemos descubrir los impulsos interiores que las han motivado, y así conocer la profundidad de nuestra conciencia, quiénes en verdad somos cada uno.

Somos más mediocres de lo que pensábamos. Perdemos infinidad de tiempo en tonterías. Los motivos de nuestros actos no son demasiado elevados. La vanidad y la soberbia tienen su parte en tantos enfados y rencores. Somos bastante perezosos y nos excusamos con una sorprendente facilidad. Hacemos muchas menos cosas de las que nos gustaría y algunas las hacemos de un modo chapucero. Dedicamos un tiempo excesivo –casi enfermizo– a darnos vueltas a nosotros mismos. Perdemos demasiado el tiempo en proyectos irrealizables, en recreaciones del pasado, en ensoñaciones del futuro. Conocer nuestros defectos es la mejor base y el mejor aliciente para mejorar (cfr. Juan Luis Lorda, Humanismo II. Tareas del espíritu, Rialp, Madrid 2010, pp. 37-38).

La persona madura puede explicar las razones de su conducta, que tiene una lógica, pues está dirigida por el entendimiento y la voluntad, que dominan en su espacio interior. Esto no sucede con los niños y los locos.  

El conocerse mejor a sí mismo, no sólo trae beneficios para cada uno. También, nos ayuda a estar en mejores condiciones para conocer a los demás y hacernos “expertos en humanidad”. Nos proporciona una rica experiencia de qué es el hombre. En el fondo, todas las personas somos muy parecidas.

El examen sincero de nuestra vida es el mejor camino para convertirnos y ser “cooperadores de la Verdad”. “La conversión es el verdadero realismo; ella nos capacita para un trabajo realmente común y humano. Me parece que hay aquí materia suficiente para un examen de conciencia. “Convertirse” quiere decir: no buscar el éxito, no correr tras el prestigio y la propia posición. “Conversión” significa: renunciar a construir la propia imagen, no esforzarse por hacer de sí mismo un monumento, que acaba siendo con frecuencia un falso Dios. “Convertirse” quiere decir: aceptar los sufrimientos de la verdad. La conversión exige que la verdad, la fe y el amor lleguen a ser más importantes que nuestra vida biológica, que el bienestar, el éxito, el prestigio y la tranquilidad de nuestra existencia; y esto no solamente de una manera abstracta, sino en la realidad cotidiana y en las cosas más insignificantes. De hecho, el éxito, el prestigio, la tranquilidad y la comodidad son los falsos dioses que más impiden la verdad y el verdadero progreso en la vida personal y social. Cuando aceptamos esta primacía de la verdad, seguimos al Señor, cargamos con nuestra cruz y participamos en la cultura del amor, que es la cultura de la cruz» (J. Ratzinger, El Camino Pascual, pp. 27-28).

Hablado de la dificultad del propio conocimiento, decía la escritora rusa Tatiana Goricheva: «Conozco cuatro Tatianas: una, la que conocen todos. Otra que conocen sus amigos. Otra que conoce la misma Tatiana. Y otra, la que conoce Dios».

Lo importante del examen de conciencia es escuchar esa voz interior -la voz de Dios- que nos dice cómo nos ve Él: tendremos con ello el conocimiento más aproximado de nosotros mismos.

sábado, 7 de febrero de 2015

La triple misión de Cristo

La Sagrada Liturgia, en el 5° Domingo del Tiempo Ordinario, nos hace presente, de modo particular, la triple misión de Jesucristo: profética, sacerdotal y real o pastoral.


El Señor, desde el inicio de su Vida pública realiza las obras que su Padre le ha encargado: predicar la Palabra de Dios, expulsar el pecado del mundo curar misericordiosamente las enfermedades de los hombres, aliviando su sufrimiento.

En la 1ª Lectura, del Libro de Job (Job 7, 1-4. 6-7), este Santo Patriarca del Antiguo Testamento, aquejado por todo tipo de sufrimientos, en el alma y en el cuerpo, responde a la pregunta que le hace su amigo Elifaz: ¿cuál es tu misión en esta vida? Job la resume con palabras llenas de dramatismo: se siente como un esclavo que suspira en vano por la sombra, todas sus noches son de dolor y se cansa de dar vueltas hasta el amanecer, su vida es un soplo y se consume sin esperanza...

Job describe, en pocas palabras, la realidad de la vida del hombre sobre la tierra: dolor, sufrimiento, tribulaciones sin número… ¡Cuántos ejemplos vemos cada día de hombres y mujeres que experimentan en sus vidas la soledad, la pobreza extrema, el dolor de las enfermedades incurables, el desengaño y el sufrimiento moral!

Todos estos males son consecuencia del pecado. No es Dios quien los desea para nosotros. Somos los hombres quienes hemos labrado nuestra propia desgracia con el pecado original de nuestros primeros padres, y con nuestros pecados personales.

Dios se compadece de nuestro sufrimiento y, por eso, para salvarnos del mal, ha venido al mundo y se ha hecho uno de nosotros. Se ha anonadado y ha tomado sobre sí nuestras enfermedades, nuestros dolores, nuestras penas.

En el Evangelio de la Misa (Mc 1, 29-39), san Marcos nos relata tres acciones de Cristo, que resumen muy bien toda su actividad mesiánica.

En primer lugar, nos cuenta que, después de haber salido de la sinagoga de Cafarnaúm, en dónde estuvo la mañana de un sábado (ver textos de la Liturgia de la Palabra del Domingo anterior) se dirigió con sus discípulos a la casa de Pedro y Andrés. Ahí encontró a la suegra de Pedro, que estaba en cama y con fiebre. Jesús se compadece de ella ─a quien seguramente ya conocía bien─ y en tres momentos, bien señalados por el evangelista (que fue discípulo de san Pedro y trasmisor de su catequesis), nos da cuenta del milagro que realiza el Señor:

Lo primero que hace Jesús es acercarse a la mujer. Nosotros también podemos pensar que el Señor se acerca a nuestra vida de modo que, desde su Ascensión a los Cielos, podemos decir que “siempre” está a nuestro lado. No hace falta hacer nada especial para poder escucharle y dirigirnos a Él. Basta querer hacerlo y creer que es así. Cristo, Buen Pastor, sale a nuestro encuentro. Además, podemos también acercarnos a los demás, con nuestros detalles de servicio y de amor hacia todos.  

Después, el Señor toma de la mano a la suegra de Pedro, es decir, “la toca”. A nosotros nos sucede lo mismo. Si queremos, Jesús nos toca con su Palabra y con su estar ahí, siempre junto a nosotros. Si la meditamos con frecuencia, nos sentiremos tocados por Ella y, a través de Ella, el Señor también nos tomará de la mano. También podemos tocar a nuestros hermanos con la Palabra del Señor, dicha oportunamente y con cariño.

Por último, Jesús “la levanta”. Es el momento de la curación. La mujer se restablece por completo, se incorpora, desaparece la fiebre en ella y se pone a servirles, como manifestación de que ha sido curada totalmente. Es la acción de la gracia de Cristo en las almas y cuerpos. Eso son los Sacramentos, que nos dan vida, nos curan, nos llenan de Vida sobrenatural. Jesús nos levanta porque sentimos en nosotros su fuerza curativa, pues el Señor se mete en nuestra alma, nos llena de su Amor, se hace uno con nosotros, especialmente en la Eucaristía.

En estos tres momentos de la curación de la suegra de Pedro podemos ver las tres misiones de Cristo: real (o pastoral), profética y sacerdotal.

Cuando se puso el sol (y, por tanto, terminó el descanso sabático, que respetaba el Señor, salvo si había alguna necesidad mayor, como la expulsión del demonio que había efectuado en la mañana de ese día), Jesús curó muchos enfermos con variadas enfermedades, y expulsó demonios. Todo el pueblo se agolpaba en la entrada de la casa de Pedro.

El Señor no permite hablar a los demonios, porque sabían quién era Él. Como vimos en el post anterior, Jesús no quiere el sensacionalismo ni el brillo humano, sino que desea pasar oculto y llevar a los hombres a la conversión, mediante el amor a la Cruz.

En estas curaciones de enfermos y expulsiones de demonios, manifiestan la misericordia de Cristo, que se compadece de nuestro dolor. Y también su gran humildad. El Señor, en su Humanidad Santísima, no quiere ser protagonista de nada, sino instrumento de la Gracia de Dios.  

En una entrevista a Jacinta, vidente de Garabandal, dice que lo que más le impresionó de toda esa experiencia sobrenatural que tuvo cuando era una niña de 12 años, fue la ocasión en que vio al Sagrado Corazón de Jesús. Su mirada, afirma, es sobrecogedora. Ningún ser humano pude ocultarse a ella. Es todo Verdad.


Podemos imaginar la gran impresión que causaría Jesús al curar enfermos y expulsar demonios, con su Caridad infinita y su Amor a cada uno de los hombres y mujeres que se acercaban a Él.  

También recomendamos ver un vídeo de otra entrevista, esta vez con el P. Jorge Loring, S.J., en el que el conocido sacerdote jesuita da su testimonio sobre as apariciones en San Sebastián de Garabandal.


Pero volvamos al día que pasó Jesús con una actividad intensa en Cafarnaúm. Después de curar a muchos enfermos y expulsar demonios, se recoge a descansar del fatigoso trabajo de aquel día. Y, en la madrugada, sale a hacer oración. Sus discípulos lo encuentran en un lugar apartado, probablemente ya sabían dónde buscarlo, y le dicen que todos desean verlo. Jesús les dice que es preciso ir a otras aldeas para predicar el Evangelio y para curar enfermos. Y de esta manera, parte a recorrer toda Galilea en su misión mesiánica, y enseña a los discípulos, de manera práctica, a poner siempre la oración en primer lugar, para que el fruto apostólico sea abundante.

En la 2ª Lectura de la Misa (cfr. 1 Cor 9, 16-19. 22-23), San Pablo explica por qué debe predicar el Evangelio. Dice que no lo hace para buscar una ganancia terrena, sino  gratuitamente. Lo que busca en poder participar de los bienes del Evangelio (sobre todo del mandamiento del Amor, que es el núcleo de toda la predicación de Jesús). Por eso lo hace lleno de gozo y se siente impulsado a no dejar de anunciar la Buena Nueva. Estas palabras del Apóstol nos impulsan a buscar todas las ocasiones que podamos para hablar de Cristo. Lo podemos hacer, principalmente, a través de nuestra propia vida y ejemplo hacia los demás. Y también con las palabras, que sabremos decir, de manera sencilla y natural, para que muchas personas, cerca de nosotros, descubran a Cristo y se enamoren de Él: se hagan discípulos suyos y le sigan muy de cerca. 

sábado, 31 de enero de 2015

El "secreto mesiánico"

En el 4° domingo del tiempo ordinario, podemos meditar sobre lo que el Papa Benedicto XVI llama “el secreto mesiánico”, que es característico del Evangelio de San Marcos. ¿En qué consiste?

Bartolomé Esteban Murillo, Curación del paralítico, 1668

Este concepto es muy rico. Se refiere al “secreto” que manda guardar Jesús a quienes presencian sus milagros. El Señor no quiere que se publiquen las curaciones que hace o las expulsiones de los demonios que lleva a cabo. ¿Por qué actúa así?, podríamos preguntarnos.

Por una parte, Jesús mismo dice a sus discípulos que llegará un momento en que nada quede oculto. Su modo de actuar está lleno de sencillez y sinceridad. Le gustan las cosas claras y trasparentes. Sin embargo, en relación a sus “poderes sobrenaturales” pide guardar discreción.

La 1ª Lectura de la Misa, tomada del Libro del Deuteronomio, nos puede servir para enmarcar mejor el tema que estamos tratando. Moisés se dirige al pueblo para hablarle de los futuros profetas. Yahvé suscitará profetas, como él, que hablarán en nombre de Dios. Prefiere no manifestarse directamente, porque la presencia de lo sobrenatural sobrecoge a los hombres, que no estamos acostumbrados a ella. Es lo que sucedió con los israelitas en el monte Horeb: los rayos y truenos en los que Dios habló a Moisés los llenaron de temor.

Los profetas, en cambio, son hombres normales. Hablan de parte de Dios con palabras de verdad. Por eso, el Señor pide que los escuchemos: “Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande. A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas” (cfr. Dt 18, 15-20).

Pero, además, el Señor pide que los profetas sean honestos y veraces: “Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, ese profeta morirá” (ibídem).

En el fondo, lo que Dios pretende es enseñar a los hombres a no buscar el “sensacionalismo de lo sobrenatural”. Las manifestaciones extraordinarias de Dios no son lo habitual y tampoco hay que buscarlas ávidamente, como si fueran algo necesario para nuestra salvación.

Dios ha designado su plan salvífico contando con medios ordinarios: todos sus dones “normales” (que incluyen los dones naturales y también los dones de la gracia) y la respuesta de fe que hemos de dar al Señor.

Lo que se recibe, se recibe al modo del recipiente”. Si tenemos fe, si somos creyentes, en todo veremos la manifestación de Dios y agradeceremos sus infinitas gracias. En realidad, no nos hacen falta los “milagros extraordinarios”, porque nos basta con los que hay en el Evangelio. Lo importante es ser sensibles y receptivos a la voz de Dios: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón»”, repetiremos mañana en la antífona del Salmo responsorial.

La 2ª Lectura de la Misa es una invitación a “preocuparse de los asuntos del Señor, buscando contentarle” (cfr. 1 Co 7, 32-25). San Pablo, en este sentido, recomienda claramente el celibato. “Os digo todo esto para vuestro bien, no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones” (cfr ibídem).

Vivir solamente (“con corazón indiviso”), “preocupado por las cosas del Señor”, nos facilita descubrir su presencia en todas las cosas de la vida. Es un gran don “ordinario”: una verdadera maduración de nuestra fe.

 El versículo del Aleluya, es un canto de esperanza: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló”.

Por fin, en el Evangelio (cfr. Mc 1, 21.28), san Marcos nos presenta a Jesús como alguien que “habla con autoridad”. Esa autoridad del Señor no se deriva de sus poderes sobrenaturales, principalmente, sino de su humildad, de su ser el Hijo de Dios, Suma Verdad y Suma Bondad.

“A menudo, para el hombre la autoridad significa posesión, poder, dominio, éxito. Para Dios, en cambio, la autoridad significa servicio, humildad, amor; significa entrar en la lógica de Jesús que se inclina para lavar los pies de los discípulos (cf. Jn 13, 5), que busca el verdadero bien del hombre, que cura las heridas, que es capaz de un amor tan grande como para dar la vida, porque es Amor” (Benedicto XVI, Ángelus, 29 de enero de 2012).

Jesús expulsa, de un hombre, a un espíritu inmundo que, curiosamente, quiere proclamar a todos los vientos que es el “Santo de Dios”. El demonio decía la verdad, pero la decía para tentar a los que estaban presenciando el milagro, desviando su atención hacia lo “milagroso y extraordinario”. La fama de Jesús crecía porque decían de Él: “Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen”.

Pero el Señor no quiere ese tipo de “publicidad”. Lo que quiere es la conversión de los corazones mediante la Cruz de Cristo. Sólo da fruto el grano de trigo que se entierra. Sólo se puede llegar a la gloria a través de la “puerta angosta” y del “camino estrecho” de la entrega de sí mismo: morir a uno mismo por la mortificación continua, para vivir en Cristo.

Para lo referente al “secreto mesiánico”, se puede ver:


Si se prefiere leer el texto completo de Benedicto XVI:


Ver también otra alocución de Benedicto XVI, comentando el pasaje de Marcos 1, 21-28 (especialmente el tema de la “autoridad del Señor”):



  

sábado, 24 de enero de 2015

Conversión

Mañana, 25 de enero, si  no fuera domingo, celebraríamos en la Iglesia la fiesta de la Conversión de San Pablo. De cualquier manera, las lecturas del Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, también tratan sobre el tema de la conversión.


La palabra “conversión” aparece, desde el principio, en la predicación de Jesús: “El tiempo se ha cumplido y está cerca el Reino de Dios; convertíos [haced penitencia] y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15).

El Diccionario de la Real Academia Española señala que “convertir”, en su primer significado, es “hacer que alguien o algo se transforme en algo distinto de lo que era”. Procede del latín “convertere”.

La palabra castellana “convertíos” procede de la original griega “metanoèite”, que significa “cambiad de mente”, “cambiad de pensamiento”. Deriva de “metànoia”, donde “nous”, en griego, significa mente, intelecto, pensamiento.

La invitación de Cristo a “cambiar de mente” es muy exigente; diríamos que es radical. Significa volver al origen, cuando nuestra mente era pura, no manchada por el pecado. Convertirse, por tanto, significa volverse atrás, al principio, a la fuente, a Dios mismo.

Platón, en la República (mito de la caverna) dice que la verdadera paideia (proceso de educación humana) es una conversión del mundo del engaño sensible al mundo del único verdadero ser que es la bondad absoluta. Los Padres tomaron la palabra metanoia de la metastrophé o periagogé platónica (voltear la cabeza y mirar en dirección opuesta). Cfr. Cfr. JAEGER, W., Humanismo y teología, Madrid 1964, pp. 119 y ss.

Eso es lo que sucedió a San Pablo en el camino de Damasco: encontró a Cristo: “Yo soy Jesús Nazareno, a quien tu persigues” (Hechos, 22, 8). Dejó de mirarse a sí mismo para descubrir la Verdad, el Camino y la Vida.

Eso es lo que hemos de hacer también nosotros de manera continua mientras estemos en esta tierra.

Como decía Juan Pablo II (Encíclica Tertio milenio adveniente, n. 32), la cuestión siempre actual de la conversión es “la condición preliminar para la reconciliación con Dios tanto de las personas como de las comunidades”.

En la Exhortación Apostólica Reconciliatio et Poenitentia, Juan Pablo II afirma que el alma de la conversión es la contrición, es decir, “un rechazo claro y decidido del pecado cometido, junto con el propósito de no volver a cometerlo por el amor que se tiene a Dios y que renace con el arrepentimiento”. En este sentido, dice el Papa, “contrición y conversión son aún más un acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo encuentro de la propia verdad interior, turbada y trastornada por el pecado, una liberación en lo más profundo de sí mismo y, con ello, una recuperación de la alegría perdida, la alegría de ser salvados, que la mayoría de los hombres de nuestro tiempo ha dejado de gustar” (n. 31).

Detengámonos un poco para profundizar, al hilo de unas reflexiones del Cardenal Joseph Ratzinger, en el significado de la palabra metanoia, que utilizan los evangelistas para designar lo que pedía Jesucristo a todos, al principio de su vida pública. Cfr. J. RATZINGER, Teoría de los principios teológicos (Materiales para una teología fundamental), Herder, Barcelona 1985, 63-76.

El Cardenal Ratzinger, dice que la palabra griega metanoia “es un concepto que abarca la entera existencia, radicalmente. Significa, fundamentalmente, convertirse

“En los griegos  metanoein  significa  arrepentirse  in actu. Para el concepto de un  arrepentimiento permanente  (volver a uno mismo,  a  la  unidad;  recogimiento  interior,  donde  habita la verdad...)  se  usa  el  verbo  epistrophein.  Este  concepto  es parecido al de  metanoia en la  Biblia,  pero no igual. La Biblia pide una conversión que se identifica con la obediencia y  la fe, no un mero volverse a sí mismo,  sino un abrirse al tú, a Dios, a la Iglesia” (ibídem, p. 68).

“Actualmente se aplaude todo cambio (culto a  la movilidad) y se reprueba todo conservadurismo. La metanoia cristiana  pide un cambio radical (no cambios a medias),  pero  también una "firmeza en Cristo" que es la Verdad y el Camino (fidelidad y cambio). El  cambio  es necesario para mantenerse  a la  altura de la decisión de  fidelidad,  porque en el hombre pesa  más el egoísmo que el amor y la verdad” (ibídem, pp. 69-74).

Metanoia no  sólo  es "conversión"  interior. También abarca una dimensión eclesial: aquí se  fundamenta el sacramento  de la penitencia  como  forma eclesial  y  palpable  de  una conversión renovada” (ibídem, p. 74).

“"Yo os aseguro: si no cambiáis y os  hacéis  como niños, no entraréis en el reino de los cielos" (Mt 18, 3)”. La "metanoia" implica hacerse como niños: la sencillez de la vida ordinaria, el "pequeño camino" de Santa Teresita de Lisieux, la paciencia de la diaria permanencia,  la renovación y el cambio diario. Esto es lo que hace a los hombres clarividentes” (ibídem, pp. 74-76).

También el Cardenal Ratzinger, dice que “la fe es una decisión radical: una conversión, un pasar de fiarse de lo visible a fiarse de lo invisible”. “La fe requiere conversión, y la conversión es un acto de obediencia, no a un contenido, sino a un «Tu» (Cristo)”. Cfr. J. Ratzinger, Natura e Compito de la Teología, ed. Jaca Book, Milano 1993, pp. 54-55.

Como afirma San Pablo: "Porque las aflicciones, tan breves y tan ligeras de la vida presente, nos producen el eterno peso de una sublime e incomparable gloria y así no ponemos nosotros la mira en las cosas visibles, sino en las invisibles; porque las que se ven son transitorias, más las que no se ven son eternas" (2 Cor 4, 17-18).

La fe es algo diariamente nuevo: hay que convertirse cada  día. Es decir, para poder acceder al misterio es necesaria una conversión. La fe supone siempre una conversión. La verdadera conversión, siempre es un acto de fe. Cuando la fe irrumpe en nuestro pensar, hay que dar inicio a un nuevo modo de pensar, que lleva consigo el cambio del «yo» al «no más yo», que lleva consigo —por tanto— el sufrimiento y el dolor. Por eso los grandes convertidos (Agustín, Pascal, Newman, Guardini...) pueden siempre ser guías en el camino hacia la fe (cfr. J. Ratzinger, Natura e Compito de la Teología, ed. Jaca Book, Milano 1993, pp. 54-55).

El 10 de diciembre del año 2000, el Card. Joseph Ratzinger pronunciaba una conferencia sobre la nueva evangelización, durante el jubileo de los catequistas y los profesores de Religión celebrado en Roma. En esa conferencia, además de hablar de la estructura y del método de la nueva evangelización, mencionaba sus cuatro contenidos esenciales: 1) la conversión, 2) el Reino de Dios, 3) Jesucristo y 4) la vida eterna. Se puede encontrar en:


Para profundizar en este tema se pueden leer:



sábado, 17 de enero de 2015

Diálogo ecuménico

Mañana, 18 de enero, comenzamos el Octavario para la Unidad de los Cristianos. Concluye el 25 de enero, fiesta de la Conversión de San Pablo. En esta ocasión, nos parece oportuno transcribir una entrevista a Jutta Burggraf (1952-2010), publicada por ZENIT, el 17 de julio de 2007 con el título: El ecumenismo no está en crisis, llega a su madurez.


Para complementar la visión de la teóloga alemana con una perspectiva más actual, se puede leer el reciente artículo de Sandro Magister:


Entrevista a Jutta Burggraf (17 de julio de 2007)

El ecumenismo no está en crisis, «sino en una situación de mayor madurez: vemos hoy más claramente lo que nos une y lo que nos separa».

Lo comenta a Zenit la experta en ecumenismo Jutta Burggraf, alemana y profesora de Teología Sistemática y de Ecumenismo en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.

El reciente documento «Respuestas a algunas preguntas acerca de ciertos aspectos de la doctrina sobre la Iglesia», publicado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, según la teóloga, «ha puesto el dedo en la llaga y, al mismo tiempo, ha señalado en qué dirección deberían ir los futuros diálogos ecuménicos».

El nuevo texto de la Congregación para la Doctrina de la Fe recuerda que no aporta ninguna novedad, sino que subraya la doctrina de la Iglesia ante algunas interpretaciones incorrectas. ¿Qué tipo de errores se cometen, en este sentido, en el movimiento ecuménico?

–Burggraf: Efectivamente, se puede considerar el ecumenismo como un movimiento único –suscitado por el mismo Espíritu Santo–, cuyo fin consiste en promover la unidad entre los cristianos en todo el mundo. En este movimiento participa cada una de las comunidades cristianas desde su perspectiva propia. Y cada una tiene su comprensión específica sobre lo que es la deseada unidad.

Actualmente, está ganando mucha influencia la llamada «teoría de las ramas» («branch-theory»), que fue elaborada por la Asociación para la Promoción de la Unidad de los Cristianos en el siglo XIX y ampliada en el siglo XX. Según esta teoría, el cristianismo se entiende como un árbol. Lo que tienen las diversas confesiones en común, es el tronco, del que salen varias ramas exactamente iguales: la Iglesia católica, las Iglesias ortodoxas y las Iglesias que han salido (directa o indirectamente) de la Reforma protestante.

Los católicos no podemos aceptar esta teoría. No buscamos una super-Iglesia (con una concepción «federalista» de la unidad).

Según nuestra fe, la unidad de la Iglesia de Cristo no es una realidad futura, hoy inexistente, que tendríamos que crear todos juntos. Ni tampoco es algo repartido entre diversas comunidades, que sostienen doctrinas a veces contradictorias.

Es más bien una realidad que, en su núcleo esencial, ya existe y siempre existió, y que subsiste en la Iglesia católica: está realizada en ella –a pesar de todas las debilidades de sus hijos– por la fidelidad del Señor a lo largo de la historia.

¿Así se puede decir realmente que la unidad de la Iglesia ya existe?

–Burggraf: El término ecumenismo viene de las palabras griegas «oikéin» (habitar) y «oikós» (casa) que han tenido diversos significados a lo largo de la historia. Los cristianos las han empleado para hablar de la Iglesia, la gran casa de Cristo.

La puerta para entrar en la Iglesia es el Bautismo válido, que se administra según el rito establecido y en la fe recibida de Cristo. Esta fe debe abarcar al menos los dos misterios más grandes que nos han sido revelados: la Santísima Trinidad y la Encarnación. En consecuencia, todas las personas bautizadas en estas condiciones, se han «incorporado» a Cristo y han «entrado» formalmente en su casa. Pueden enfermar e incluso morir (espiritualmente), pero nadie puede echarles jamás.

Por esto –recuerda el Concilio Vaticano II– no sólo los católicos son «cristianos», sino todos los bautizados, en cuanto que sus respectivas comunidades conservan al menos esta fe mínima en los dos grandes misterios mencionados. «Son nuestros hermanos –dice San Agustín– y no dejarán de serlo hasta que dejen de decir: "Padre nuestro"».
En un niño recién nacido la gracia de Dios actúa del mismo modo, tanto si es bautizado en la Iglesia católica como si lo es en una Iglesia ortodoxa o evangélica.

¿En qué consiste, entonces, la labor ecuménica desde la perspectiva católica?

–Burggraf: La Iglesia invita a mirar a nuestros hermanos en la fe no sólo bajo la perspectiva negativa de lo que «no son» (los no católicos), sino bajo el prisma positivo de lo que «son» (los bautizados). Son los «otros cristianos», a los que estamos profundamente unidos: ¡estamos en la misma casa!

La tarea ecuménica no consiste, por tanto, en crear la unidad, sino en hacerla visible a todos los hombres, superando las separaciones que impiden a la Iglesia mostrarse al mundo tan espléndida como realmente es.

Por esta razón, es necesario buscar una forma eclesial que abarque, de un modo más completo posible, las legítimas diversidades en la teología, en la espiritualidad y en el culto. En la medida en que logramos realizar una pluralidad buena y sana, «la Iglesia resplandece –según el Papa Juan XXIII– más bella aún por la variedad de los ritos y, semejante a la hija del Rey soberano, aparece adornada con un vestido multicolor».

Según este planteamiento positivo, un cristiano no condena ni rechaza a «los otros», sino que busca sacar a la luz la raíz común de todas las creencias cristianas, y se alegra cuando descubre en las otras Iglesias verdades y valores, que quizá no haya tenido suficientemente en cuenta en su vida personal. Es comprensible que el Concilio Vaticano II, partiendo de esta perspectiva, haya abierto el camino a una gran vitalidad y fecundidad. Lo abrió comprometiendo, en primer lugar, a la misma Iglesia católica que tomó, de nuevo, conciencia de purificarse y renovarse constantemente.

La unidad, cuando se dé algún día, será obra de Dios, «un don que viene de lo alto.» Es preciso no olvidar nunca que el verdadero protagonista del movimiento ecuménico es el Espíritu Santo.

¿Cómo reaccionan los protestantes ante esta visión que la Iglesia tiene de ellos no como Iglesia sino como comunidades eclesiales?

–Burggraf: La primera reacción fue una gran decepción, tanto entre los protestantes como entre muchos católicos. Se puede comprender, porque muchos medios han dado la noticia de un modo sensacionalista y sin explicar que hay distintos modos de emplear la palabra «Iglesia».
En el sentido cultural, social y religioso hablamos cada día, sin ningún problema, de las «Iglesias protestantes», por ejemplo de la «Iglesia Evangélica de Alemania» (la EKD).

También las llamamos «Iglesia» en un sentido teológico amplio, en cuanto pertenecen a la casa de Cristo (forman parte de la Iglesia de Cristo). Sin embargo, no las llamamos «Iglesia» en sentido estricto, porque -según la teología católica– carecen de un elemento constitutivo esencial del ser Iglesia: la sucesión apostólica en el sacramento del orden.

Pero esto no es ninguna discriminación, sino que muestra un profundo respeto hacia ellos. Nuestros hermanos evangélicos, ciertamente, quieren ser «Iglesia de Cristo» (y lo son); pero –al menos, hasta hoy– no quieren ser «Iglesia» en el mismo sentido en que los católicos entendemos esta realidad. No consideran, por ejemplo, el sacerdocio como un sacramento. Para expresarlo claramente, no hablan de «sacerdotes», sino de «pastores» y de «pastoras». En la misma línea, podemos distinguir entre Iglesia (en sentido católico) y Comunidad.

¿Cuál es el mayor escollo ecuménico que se está afrontando en este momento?

–Burggraf: Es precisamente la eclesiología. Por tanto, el documento ha puesto el dedo en la llaga y, al mismo tiempo, ha señalado en qué dirección deberían ir los futuros diálogos ecuménicos.

Según el Vaticano II se distinguen diversos modos de pertenecer a la casa de Cristo. La pertenencia es plena si una persona ha entrado formalmente –mediante el bautismo– en la Iglesia y se une a ella a través de un «triple vínculo»: acepta toda la fe, todos los sacramentos y la autoridad suprema del Santo Padre. Es el caso de los católicos. La pertenencia, en cambio, es no plena, si una persona bautizada rechaza uno o varios de los tres vínculos (totalmente o en parte). Es el caso de los cristianos ortodoxos y evangélicos.

Sin embargo, para la salvación no basta la mera pertenencia al Cuerpo de Cristo, sea plena o no. Todavía más necesaria es la unión con el Alma del Señor que es –según la imagen que utilizamos– el Espíritu Santo. En otras palabras, sólo una persona en gracia llegará a la felicidad eterna con Dios. Puede ser un católico, un anglicano, luterano u ortodoxo (y también un seguidor de otra religión).

Las estructuras visibles de la Iglesia son, ciertamente, necesarias. Pero en su núcleo más profundo, la Iglesia es la unión con Dios en Cristo. ¿Quién es más «Iglesia»? Aquel que está más unido a Cristo. Aquel que ama más.

Es significativo que Jesucristo nos ponga como modelo de caridad a un «buen samaritano», es decir a una persona considerada, en aquellos tiempos, como «hereje». Alberto Magno afirma: «Quien ayuda a su prójimo en sus sufrimientos –sean espirituales o materiales– merece más alabanza que una persona que construye una catedral en cada hito en el camino desde Colonia a Roma, para que se cante y rece en ellas hasta el fin de los tiempos. Porque el Hijo de Dios afirma: No he sufrido la muerte por una catedral, ni por los cantos y rezos, sino que lo he sufrido por el hombre.»

Sea sincera: ¿piensa que hoy por hoy el ecumenismo goza de buena salud?

–Burggraf: El diálogo ecuménico, en varios niveles, se encuentra en pleno desarrollo. Católicos, ortodoxos y protestantes se han acercado unos a otros, se han conocido mutuamente, han dejado atrás viejos prejuicios y clichés y se han dado cuenta de que su división es un escándalo para el mundo y contraria a los planes divinos.

Podemos decir, sin exagerar, que hemos avanzado en el camino hacia la plena unidad en las últimas décadas más que en varios siglos.

Sin embargo, el «entusiasmo ecuménico» de los tiempos posteriores al Concilio ha disminuido.

Se ha perdido la ilusión –bastante extendida en el mundo entero– de que las diferencias entre las diversas comunidades cristianas desaparecerían con relativa facilidad. Se ha visto que el camino es duro y largo. Pero no estamos en una crisis, sino en una situación de mayor madurez: vemos hoy más claramente lo que nos une y lo que nos separa.

Un ecumenismo sólido está basado sobre la convicción de que, a pesar de las dificultades, debemos intentar colaborar, dialogar y, sobre todo, rezar juntos con la esperanza de descubrir la unidad que de hecho ya existe.