sábado, 24 de enero de 2015

Conversión

Mañana, 25 de enero, si  no fuera domingo, celebraríamos en la Iglesia la fiesta de la Conversión de San Pablo. De cualquier manera, las lecturas del Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, también tratan sobre el tema de la conversión.


La palabra “conversión” aparece, desde el principio, en la predicación de Jesús: “El tiempo se ha cumplido y está cerca el Reino de Dios; convertíos [haced penitencia] y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15).

El Diccionario de la Real Academia Española señala que “convertir”, en su primer significado, es “hacer que alguien o algo se transforme en algo distinto de lo que era”. Procede del latín “convertere”.

La palabra castellana “convertíos” procede de la original griega “metanoèite”, que significa “cambiad de mente”, “cambiad de pensamiento”. Deriva de “metànoia”, donde “nous”, en griego, significa mente, intelecto, pensamiento.

La invitación de Cristo a “cambiar de mente” es muy exigente; diríamos que es radical. Significa volver al origen, cuando nuestra mente era pura, no manchada por el pecado. Convertirse, por tanto, significa volverse atrás, al principio, a la fuente, a Dios mismo.

Platón, en la República (mito de la caverna) dice que la verdadera paideia (proceso de educación humana) es una conversión del mundo del engaño sensible al mundo del único verdadero ser que es la bondad absoluta. Los Padres tomaron la palabra metanoia de la metastrophé o periagogé platónica (voltear la cabeza y mirar en dirección opuesta). Cfr. Cfr. JAEGER, W., Humanismo y teología, Madrid 1964, pp. 119 y ss.

Eso es lo que sucedió a San Pablo en el camino de Damasco: encontró a Cristo: “Yo soy Jesús Nazareno, a quien tu persigues” (Hechos, 22, 8). Dejó de mirarse a sí mismo para descubrir la Verdad, el Camino y la Vida.

Eso es lo que hemos de hacer también nosotros de manera continua mientras estemos en esta tierra.

Como decía Juan Pablo II (Encíclica Tertio milenio adveniente, n. 32), la cuestión siempre actual de la conversión es “la condición preliminar para la reconciliación con Dios tanto de las personas como de las comunidades”.

En la Exhortación Apostólica Reconciliatio et Poenitentia, Juan Pablo II afirma que el alma de la conversión es la contrición, es decir, “un rechazo claro y decidido del pecado cometido, junto con el propósito de no volver a cometerlo por el amor que se tiene a Dios y que renace con el arrepentimiento”. En este sentido, dice el Papa, “contrición y conversión son aún más un acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo encuentro de la propia verdad interior, turbada y trastornada por el pecado, una liberación en lo más profundo de sí mismo y, con ello, una recuperación de la alegría perdida, la alegría de ser salvados, que la mayoría de los hombres de nuestro tiempo ha dejado de gustar” (n. 31).

Detengámonos un poco para profundizar, al hilo de unas reflexiones del Cardenal Joseph Ratzinger, en el significado de la palabra metanoia, que utilizan los evangelistas para designar lo que pedía Jesucristo a todos, al principio de su vida pública. Cfr. J. RATZINGER, Teoría de los principios teológicos (Materiales para una teología fundamental), Herder, Barcelona 1985, 63-76.

El Cardenal Ratzinger, dice que la palabra griega metanoia “es un concepto que abarca la entera existencia, radicalmente. Significa, fundamentalmente, convertirse

“En los griegos  metanoein  significa  arrepentirse  in actu. Para el concepto de un  arrepentimiento permanente  (volver a uno mismo,  a  la  unidad;  recogimiento  interior,  donde  habita la verdad...)  se  usa  el  verbo  epistrophein.  Este  concepto  es parecido al de  metanoia en la  Biblia,  pero no igual. La Biblia pide una conversión que se identifica con la obediencia y  la fe, no un mero volverse a sí mismo,  sino un abrirse al tú, a Dios, a la Iglesia” (ibídem, p. 68).

“Actualmente se aplaude todo cambio (culto a  la movilidad) y se reprueba todo conservadurismo. La metanoia cristiana  pide un cambio radical (no cambios a medias),  pero  también una "firmeza en Cristo" que es la Verdad y el Camino (fidelidad y cambio). El  cambio  es necesario para mantenerse  a la  altura de la decisión de  fidelidad,  porque en el hombre pesa  más el egoísmo que el amor y la verdad” (ibídem, pp. 69-74).

Metanoia no  sólo  es "conversión"  interior. También abarca una dimensión eclesial: aquí se  fundamenta el sacramento  de la penitencia  como  forma eclesial  y  palpable  de  una conversión renovada” (ibídem, p. 74).

“"Yo os aseguro: si no cambiáis y os  hacéis  como niños, no entraréis en el reino de los cielos" (Mt 18, 3)”. La "metanoia" implica hacerse como niños: la sencillez de la vida ordinaria, el "pequeño camino" de Santa Teresita de Lisieux, la paciencia de la diaria permanencia,  la renovación y el cambio diario. Esto es lo que hace a los hombres clarividentes” (ibídem, pp. 74-76).

También el Cardenal Ratzinger, dice que “la fe es una decisión radical: una conversión, un pasar de fiarse de lo visible a fiarse de lo invisible”. “La fe requiere conversión, y la conversión es un acto de obediencia, no a un contenido, sino a un «Tu» (Cristo)”. Cfr. J. Ratzinger, Natura e Compito de la Teología, ed. Jaca Book, Milano 1993, pp. 54-55.

Como afirma San Pablo: "Porque las aflicciones, tan breves y tan ligeras de la vida presente, nos producen el eterno peso de una sublime e incomparable gloria y así no ponemos nosotros la mira en las cosas visibles, sino en las invisibles; porque las que se ven son transitorias, más las que no se ven son eternas" (2 Cor 4, 17-18).

La fe es algo diariamente nuevo: hay que convertirse cada  día. Es decir, para poder acceder al misterio es necesaria una conversión. La fe supone siempre una conversión. La verdadera conversión, siempre es un acto de fe. Cuando la fe irrumpe en nuestro pensar, hay que dar inicio a un nuevo modo de pensar, que lleva consigo el cambio del «yo» al «no más yo», que lleva consigo —por tanto— el sufrimiento y el dolor. Por eso los grandes convertidos (Agustín, Pascal, Newman, Guardini...) pueden siempre ser guías en el camino hacia la fe (cfr. J. Ratzinger, Natura e Compito de la Teología, ed. Jaca Book, Milano 1993, pp. 54-55).

El 10 de diciembre del año 2000, el Card. Joseph Ratzinger pronunciaba una conferencia sobre la nueva evangelización, durante el jubileo de los catequistas y los profesores de Religión celebrado en Roma. En esa conferencia, además de hablar de la estructura y del método de la nueva evangelización, mencionaba sus cuatro contenidos esenciales: 1) la conversión, 2) el Reino de Dios, 3) Jesucristo y 4) la vida eterna. Se puede encontrar en:


Para profundizar en este tema se pueden leer:



sábado, 17 de enero de 2015

Diálogo ecuménico

Mañana, 18 de enero, comenzamos el Octavario para la Unidad de los Cristianos. Concluye el 25 de enero, fiesta de la Conversión de San Pablo. En esta ocasión, nos parece oportuno transcribir una entrevista a Jutta Burggraf (1952-2010), publicada por ZENIT, el 17 de julio de 2007 con el título: El ecumenismo no está en crisis, llega a su madurez.


Para complementar la visión de la teóloga alemana con una perspectiva más actual, se puede leer el reciente artículo de Sandro Magister:


Entrevista a Jutta Burggraf (17 de julio de 2007)

El ecumenismo no está en crisis, «sino en una situación de mayor madurez: vemos hoy más claramente lo que nos une y lo que nos separa».

Lo comenta a Zenit la experta en ecumenismo Jutta Burggraf, alemana y profesora de Teología Sistemática y de Ecumenismo en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.

El reciente documento «Respuestas a algunas preguntas acerca de ciertos aspectos de la doctrina sobre la Iglesia», publicado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, según la teóloga, «ha puesto el dedo en la llaga y, al mismo tiempo, ha señalado en qué dirección deberían ir los futuros diálogos ecuménicos».

El nuevo texto de la Congregación para la Doctrina de la Fe recuerda que no aporta ninguna novedad, sino que subraya la doctrina de la Iglesia ante algunas interpretaciones incorrectas. ¿Qué tipo de errores se cometen, en este sentido, en el movimiento ecuménico?

–Burggraf: Efectivamente, se puede considerar el ecumenismo como un movimiento único –suscitado por el mismo Espíritu Santo–, cuyo fin consiste en promover la unidad entre los cristianos en todo el mundo. En este movimiento participa cada una de las comunidades cristianas desde su perspectiva propia. Y cada una tiene su comprensión específica sobre lo que es la deseada unidad.

Actualmente, está ganando mucha influencia la llamada «teoría de las ramas» («branch-theory»), que fue elaborada por la Asociación para la Promoción de la Unidad de los Cristianos en el siglo XIX y ampliada en el siglo XX. Según esta teoría, el cristianismo se entiende como un árbol. Lo que tienen las diversas confesiones en común, es el tronco, del que salen varias ramas exactamente iguales: la Iglesia católica, las Iglesias ortodoxas y las Iglesias que han salido (directa o indirectamente) de la Reforma protestante.

Los católicos no podemos aceptar esta teoría. No buscamos una super-Iglesia (con una concepción «federalista» de la unidad).

Según nuestra fe, la unidad de la Iglesia de Cristo no es una realidad futura, hoy inexistente, que tendríamos que crear todos juntos. Ni tampoco es algo repartido entre diversas comunidades, que sostienen doctrinas a veces contradictorias.

Es más bien una realidad que, en su núcleo esencial, ya existe y siempre existió, y que subsiste en la Iglesia católica: está realizada en ella –a pesar de todas las debilidades de sus hijos– por la fidelidad del Señor a lo largo de la historia.

¿Así se puede decir realmente que la unidad de la Iglesia ya existe?

–Burggraf: El término ecumenismo viene de las palabras griegas «oikéin» (habitar) y «oikós» (casa) que han tenido diversos significados a lo largo de la historia. Los cristianos las han empleado para hablar de la Iglesia, la gran casa de Cristo.

La puerta para entrar en la Iglesia es el Bautismo válido, que se administra según el rito establecido y en la fe recibida de Cristo. Esta fe debe abarcar al menos los dos misterios más grandes que nos han sido revelados: la Santísima Trinidad y la Encarnación. En consecuencia, todas las personas bautizadas en estas condiciones, se han «incorporado» a Cristo y han «entrado» formalmente en su casa. Pueden enfermar e incluso morir (espiritualmente), pero nadie puede echarles jamás.

Por esto –recuerda el Concilio Vaticano II– no sólo los católicos son «cristianos», sino todos los bautizados, en cuanto que sus respectivas comunidades conservan al menos esta fe mínima en los dos grandes misterios mencionados. «Son nuestros hermanos –dice San Agustín– y no dejarán de serlo hasta que dejen de decir: "Padre nuestro"».
En un niño recién nacido la gracia de Dios actúa del mismo modo, tanto si es bautizado en la Iglesia católica como si lo es en una Iglesia ortodoxa o evangélica.

¿En qué consiste, entonces, la labor ecuménica desde la perspectiva católica?

–Burggraf: La Iglesia invita a mirar a nuestros hermanos en la fe no sólo bajo la perspectiva negativa de lo que «no son» (los no católicos), sino bajo el prisma positivo de lo que «son» (los bautizados). Son los «otros cristianos», a los que estamos profundamente unidos: ¡estamos en la misma casa!

La tarea ecuménica no consiste, por tanto, en crear la unidad, sino en hacerla visible a todos los hombres, superando las separaciones que impiden a la Iglesia mostrarse al mundo tan espléndida como realmente es.

Por esta razón, es necesario buscar una forma eclesial que abarque, de un modo más completo posible, las legítimas diversidades en la teología, en la espiritualidad y en el culto. En la medida en que logramos realizar una pluralidad buena y sana, «la Iglesia resplandece –según el Papa Juan XXIII– más bella aún por la variedad de los ritos y, semejante a la hija del Rey soberano, aparece adornada con un vestido multicolor».

Según este planteamiento positivo, un cristiano no condena ni rechaza a «los otros», sino que busca sacar a la luz la raíz común de todas las creencias cristianas, y se alegra cuando descubre en las otras Iglesias verdades y valores, que quizá no haya tenido suficientemente en cuenta en su vida personal. Es comprensible que el Concilio Vaticano II, partiendo de esta perspectiva, haya abierto el camino a una gran vitalidad y fecundidad. Lo abrió comprometiendo, en primer lugar, a la misma Iglesia católica que tomó, de nuevo, conciencia de purificarse y renovarse constantemente.

La unidad, cuando se dé algún día, será obra de Dios, «un don que viene de lo alto.» Es preciso no olvidar nunca que el verdadero protagonista del movimiento ecuménico es el Espíritu Santo.

¿Cómo reaccionan los protestantes ante esta visión que la Iglesia tiene de ellos no como Iglesia sino como comunidades eclesiales?

–Burggraf: La primera reacción fue una gran decepción, tanto entre los protestantes como entre muchos católicos. Se puede comprender, porque muchos medios han dado la noticia de un modo sensacionalista y sin explicar que hay distintos modos de emplear la palabra «Iglesia».
En el sentido cultural, social y religioso hablamos cada día, sin ningún problema, de las «Iglesias protestantes», por ejemplo de la «Iglesia Evangélica de Alemania» (la EKD).

También las llamamos «Iglesia» en un sentido teológico amplio, en cuanto pertenecen a la casa de Cristo (forman parte de la Iglesia de Cristo). Sin embargo, no las llamamos «Iglesia» en sentido estricto, porque -según la teología católica– carecen de un elemento constitutivo esencial del ser Iglesia: la sucesión apostólica en el sacramento del orden.

Pero esto no es ninguna discriminación, sino que muestra un profundo respeto hacia ellos. Nuestros hermanos evangélicos, ciertamente, quieren ser «Iglesia de Cristo» (y lo son); pero –al menos, hasta hoy– no quieren ser «Iglesia» en el mismo sentido en que los católicos entendemos esta realidad. No consideran, por ejemplo, el sacerdocio como un sacramento. Para expresarlo claramente, no hablan de «sacerdotes», sino de «pastores» y de «pastoras». En la misma línea, podemos distinguir entre Iglesia (en sentido católico) y Comunidad.

¿Cuál es el mayor escollo ecuménico que se está afrontando en este momento?

–Burggraf: Es precisamente la eclesiología. Por tanto, el documento ha puesto el dedo en la llaga y, al mismo tiempo, ha señalado en qué dirección deberían ir los futuros diálogos ecuménicos.

Según el Vaticano II se distinguen diversos modos de pertenecer a la casa de Cristo. La pertenencia es plena si una persona ha entrado formalmente –mediante el bautismo– en la Iglesia y se une a ella a través de un «triple vínculo»: acepta toda la fe, todos los sacramentos y la autoridad suprema del Santo Padre. Es el caso de los católicos. La pertenencia, en cambio, es no plena, si una persona bautizada rechaza uno o varios de los tres vínculos (totalmente o en parte). Es el caso de los cristianos ortodoxos y evangélicos.

Sin embargo, para la salvación no basta la mera pertenencia al Cuerpo de Cristo, sea plena o no. Todavía más necesaria es la unión con el Alma del Señor que es –según la imagen que utilizamos– el Espíritu Santo. En otras palabras, sólo una persona en gracia llegará a la felicidad eterna con Dios. Puede ser un católico, un anglicano, luterano u ortodoxo (y también un seguidor de otra religión).

Las estructuras visibles de la Iglesia son, ciertamente, necesarias. Pero en su núcleo más profundo, la Iglesia es la unión con Dios en Cristo. ¿Quién es más «Iglesia»? Aquel que está más unido a Cristo. Aquel que ama más.

Es significativo que Jesucristo nos ponga como modelo de caridad a un «buen samaritano», es decir a una persona considerada, en aquellos tiempos, como «hereje». Alberto Magno afirma: «Quien ayuda a su prójimo en sus sufrimientos –sean espirituales o materiales– merece más alabanza que una persona que construye una catedral en cada hito en el camino desde Colonia a Roma, para que se cante y rece en ellas hasta el fin de los tiempos. Porque el Hijo de Dios afirma: No he sufrido la muerte por una catedral, ni por los cantos y rezos, sino que lo he sufrido por el hombre.»

Sea sincera: ¿piensa que hoy por hoy el ecumenismo goza de buena salud?

–Burggraf: El diálogo ecuménico, en varios niveles, se encuentra en pleno desarrollo. Católicos, ortodoxos y protestantes se han acercado unos a otros, se han conocido mutuamente, han dejado atrás viejos prejuicios y clichés y se han dado cuenta de que su división es un escándalo para el mundo y contraria a los planes divinos.

Podemos decir, sin exagerar, que hemos avanzado en el camino hacia la plena unidad en las últimas décadas más que en varios siglos.

Sin embargo, el «entusiasmo ecuménico» de los tiempos posteriores al Concilio ha disminuido.

Se ha perdido la ilusión –bastante extendida en el mundo entero– de que las diferencias entre las diversas comunidades cristianas desaparecerían con relativa facilidad. Se ha visto que el camino es duro y largo. Pero no estamos en una crisis, sino en una situación de mayor madurez: vemos hoy más claramente lo que nos une y lo que nos separa.

Un ecumenismo sólido está basado sobre la convicción de que, a pesar de las dificultades, debemos intentar colaborar, dialogar y, sobre todo, rezar juntos con la esperanza de descubrir la unidad que de hecho ya existe.

sábado, 10 de enero de 2015

El Bautismo de Cristo en el Jordán

        Después de haber pasado 30 años de vida oculta en Nazaret, Jesús, impulsado por el Espíritu y deseando cumplir enteramente el designio salvífico de su Padre, decide partir hacia el Jordán, para iniciar así su vida pública.

Pintura del Bautismo del Señor, de Bartolomé Esteban Murillo
(Catedral de Sevilla)

        Podemos imaginarnos la escena de despedida en Nazaret. En bastantes ocasiones el Señor habría hecho un viaje semejante (por ejemplo, a Jerusalén), por uno de los dos caminos que había: el del interior (por el valle de Iezrael y el monte Tabor) y el del Jordán (hasta llegar a Jericó, y después subir a Jerusalén). Pero aunque muchos nazarenos pensasen que era un viaje más, había una persona que sabía muy bien que no lo era: la Virgen.

        Nuestra Señora se quedaba sola. San José había muerto hacia unos años. María vivía totalmente para Jesús. Sin embargo, la riqueza interior de la Virgen, su gran fe y su confianza inquebrantable en la Providencia divina, no le llevaban a ponerse triste. Aunque no tuviese físicamente cerca al Señor, podía seguirlo en sus correrías y permanecer estrechamente unida a Él, espiritualmente. Y así lo hizo en los tres años que separaban a su Hijo del Gólgota.

        Jesús probablemente llegó al Jordán en alguna caravana. Aquel año era sabático. Muchos galileos habían bajado a buscar el bautismo de penitencia de Juan. Cada vez iba tomando más fuerza su predicación. Todos lo consideraban un gran profeta, por su aspecto imponente (era un como nuevo Elías) y, sobre todo, por su palabra que penetraba como una espada en los corazones de quienes le escuchaban.

        El Señor se quedó en alguna tienda cerca del Jordán y, también se dispuso a recibir el bautismo de Juan, poniéndose en la cola, como todos, para esperar su turno. Era la cola de los pecadores, siendo Él el Cordero sin mancha. Está dispuesto a abajarse hasta lo más bajo, a tomar sobre sí todos los pecados del mundo.

        “Con un bautismo he de ser bautizado y cómo está mi alma en vilo hasta que se cumpla” (Lc 12, 50). Estas palabras las dijo Jesús un poco antes de su Pasión. El bautismo que deseaba recibir era el de su muerte en la Cruz. Pero ya desde su bautismo en el Jordán, el Señor comenzó a sumergirse en el Bautismo que tenía que recibir más adelante.

        La iconografía oriental representa con frecuencia este misterio de la vida del Señor como un sumergirse de Cristo en el río Jordán, que se convierte en una sepultura de la cual surgirá vivo en día de su Resurrección.

        “El icono del bautismo de Jesús muestra el agua como un sepulcro líquido que tiene la forma de una cueva oscura, que a su vez es la representación iconográfica del Hades, el inframundo, el infierno. El descenso de Jesús a este sepulcro líquido, a este infierno que le envuelve por completo, es la representación del descenso al infierno: «Sumergido en el agua, ha vencido al poderoso» (cf. Lc 11, 22), dice Cirilo de Jerusalén” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret).

        Cuando llega Jesús ante el Bautista, este se resiste a bautizarlo: ¿cómo voy a bautizar al que es la luz inaccesible? Jesús, previendo todas las cosas, le dice a Juan: Muy bien, Juan, está bien que estés temeroso ante mí. Pero conviene completar lo que está determinado de antemano.

        Juan Bautista sabía que no era digno de desatar la correa del calzado del Señor y que él tenía que disminuir y Jesús que crecer. Pero debía bautizar al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

        Durante el bautismo del Señor, los cielos se abren, se posa una paloma sobre Jesús y se oye la voz del Padre: “Este es mi Hijo predilecto en quien tengo todas mis complacencias” (Mt 3, 17).

        “Así pues, en el Jordán se halla presente toda la Trinidad para revelar su misterio, autenticar y sostener la misión de Cristo, y para indicar que con él la historia de la salvación entra en su fase central y definitiva. Esa historia involucra el tiempo y el espacio, las vicisitudes humanas y el orden cósmico, pero en primer lugar implica a las tres Personas divinas. El Padre encomienda al Hijo la misión de llevar a cumplimiento, en el Espíritu, la "justicia", es decir, la salvación divina” (Juan Pablo II, Audiencia general, 12-IV-2000).

        Después de haber sido bautizado, nos dicen los evangelios sinópticos, “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, entonces tuvo hambre” (Mt 4, 1-2).

        Así se prepara el Señor para su vida pública: con oración y ayuno. La fuerza de ese retiro en el desierto no se dejará esperar. Al volver al Jordán, el Señor comienza a reunir a sus apóstoles.

        Juan, además de cumplir fielmente su misión de precursor, aprovecha la ocasión para guiar a sus discípulos hacia Jesús. Andrés y Juan siguen al Señor hasta el lugar en que habitaba y se quedan con él aquella tarde. Más tarde, cuando Juan, el apóstol, recuerde aquel primer encuentro con Jesús, sus palabras traslucirán la gran emoción que supuso para él, y para los demás apóstoles, haber conocido y convivido tan estrechamente con el Salvador del mundo: “era como la hora de décima (las cuatro de la tarde)” (Jn 1, 39).

        ¿Qué hablarían Juan y Andrés con el Señor aquél día, junto al Jordán? ¿Qué descubrimientos harían los apóstoles al ver a Jesús? “Venid y lo veréis” les había dicho Jesús, cuando le preguntaron que dónde habitaba. ¿Qué les habrá dicho el Señor aquél día memorable?

        El resultado de aquella conversación fue que los dos apóstoles creyeron en el Señor, pues cada uno fue con su hermano (Pedro y Santiago), respectivamente, y les dijeron eso: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1, 41). Es decir: al Ungido, al Cristo…, al que habían anunciado todos los profetas; en quien se cumplirían todas las promesas de Israel.   

        La noticia corre de boca en boca entre los discípulos de Juan, y a los cuatro primeros discípulos se unen inmediatamente otros dos: Felipe y Natanael (Bartolomé). Y Jesús vuelve a Galilea con esos seis primeros, pues al tercer día de todo aquello había una boda en Caná, una pequeña población situada a escasos 8 kilómetros de Nazaret.

        La Fiesta que celebra ahora la Iglesia nos puede ayudar, al iniciar este año 2015, a prepararnos mejor para lo que Dios quiera de cada uno en estos próximos meses, que sin duda, serán intensos.

        En este sentido, nos puede servir repasar un mensaje de Jesús a Marga, del 18 de junio de 2002 (aniversario del segundo mensaje que la Virgen dio a las videntes de Garabandal en 1965), en el que explica qué significa prepararse mejor para los acontecimientos que la Providencia tiene dispuestos en un futuro no muy lejano.

        Aprovechamos para recomendar el libro del Padre Eusebio García de Pesquera, O.F.M., “Se fue con prisas a la montaña”, sobre las apariciones de Garabandal, que ahora se puede bajar o leer on-line en el sitio Virgen de Garabandal”.

Mensaje de Jesús a Marga (18 de junio de 2002)

Jesús:

        Pensad: «Que sea lo que Dios quiera y cuando Dios quiera. Y si el Señor varía el tiempo o para los acontecimientos, Bendito sea, porque no vamos a poder resistir si no es con su Poder. Y que su Poder venga sobre nosotros cuando determine su Voluntad. Y ojalá que la Ira no descienda sobre nosotros con toda su crudeza, porque no vamos a poder resistir. En sus Manos está. Nosotros sólo estemos preparados».

        Pero no quiero que deseéis que vengan los acontecimientos sólo porque estéis preparados, que no era ésa sólo la preparación que quería que cogierais. El hacer mi Voluntad y un corazón contrito y humillado: eso es lo que mi Voluntad no lo desprecia (cfr. Sal 51, 17), eso es lo que ama mi Corazón.

        El preparar a los demás y avisar al Resto: eso es lo que deseo de vosotros. Desviviros por los demás. Y aún no cuento en vuestras filas a todos los que habrían de venir. ¿Dónde están los que habrían de venir por vuestro medio?

        Preocupaciones mundanas. Puestos acomodados. Eso es lo que observo en vosotros.

        ¿Captáis la magnitud de los acontecimientos? No es así, porque entonces no estaríais tan preocupados de lo material. Olvidad eso por un momento, y ved si así la preocupación por el resto os llega. Y queréis salvar almas junto con la vuestra del Desastre. Porque vuestra alma es de la que tendréis que dar cuenta: no de cómo adornasteis vuestra casa, no de cómo vestisteis a vuestros hijos... Vuestra alma, y la de los que os rodean. Y las almas de los justos que esperan su salvación por vuestro medio.

        ¡Venid a trabajar! ¡Venid, trabajadores, a mi Viña!

sábado, 3 de enero de 2015

Epifanía: la fiesta de la Fe

Comienza un nuevo año: el 2015. Al parecer, cada vez están más próximos los eventos anunciados por Nuestra Madre en las apariciones de Garabandal: el Aviso, el Milagro y el Castigo.


Los que han estudiado más esas apariciones y otras intervenciones de la Virgen en los últimos siglos hacen hipótesis sobre la cercanía de los sucesos profetizados en La Sallete, Lourdes, Fátima, Akita, etc.

Nosotros, queremos prepararnos para lo que ha de venir, siguiendo los consejos de Nuestra Señora en Garabandal: procurar “ser buenos”, hacer penitencia, aumentar nuestra devoción a la Eucaristía, y ser cada vez más marianos, a través de las muchas devociones a la Virgen que hay en la Iglesia, especialmente, por medio del rezo pausado y lleno de amor del Santo Rosario.

María nos llevará a su Hijo, que es el Centro de nuestra Fe: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre. Conocer a Cristo y amarle cada vez más, para unirnos estrechamente a Él: esa es nuestra meta en esta vida; y darle a conocer a nuestros hermanos, lo más posible, cada día.

En los próximos meses, de este año 2015, iremos reflexionando sobre las principales verdades de nuestra fe, al hilo de las fiestas del Señor, de su Madre y de los santos que la Liturgia nos va proponiendo.

Hoy meditaremos sobre la Fiesta de la Fe: la Epifanía, que celebraremos mañana.

A. La Luz de Dios

La Epifanía es misterio de luz, simbólicamente indicada por la estrella que guio a los Magos en su viaje. Pero el verdadero manantial luminoso, el "sol que nace de lo alto" (Lc 1, 78), es Cristo (cfr. Benedicto XVI, Homilía, 6-I-2008).

En el misterio de la Navidad, la luz de Cristo se irradia sobre la tierra, difundiéndose como en círculos concéntricos: la Sagrada Familia, los pastores, los magos (pero no Herodes y Jerusalén).

Pero, ¿qué es esta luz? ¿Es sólo una metáfora sugestiva, o a la imagen corresponde una realidad? El apóstol san Juan escribe en su primera carta: "Dios es luz, en él no hay tiniebla alguna" (1Jn 1, 5); y, más adelante, añade: "Dios es amor". Estas dos afirmaciones, juntas, nos ayudan a comprender mejor: la luz que apareció en Navidad y hoy se manifiesta a las naciones es el amor de Dios, revelado en la Persona del Verbo encarnado. Atraídos por esta luz, llegan los Magos de Oriente.

Sin embargo, aunque Dios es Luz, al revelarse a los hombres en Cristo, en cierta manera lo hace “ocultándose”. Quiere darse a conocer pero no de manera patente, sino por la fe, que es de las cosas que no se ven.

Este ocultamiento (Dios se revela en un niño recién nacido) constituye la "manifestación" más elocuente de Dios: la humildad, la pobreza, la misma ignominia de la Pasión nos permiten conocer cómo es Dios verdaderamente. El rostro del Hijo revela fielmente el del Padre. Por ello, todo el misterio de la Navidad es, por decirlo así, una "epifanía".

B. Epifanía: fiesta de la Fe

Los Magos ven una estrella, que les llama la atención. Pero la ven gracias a su fe. Buscan a Dios en el cielo, que narran la gloria de Dios, y encuentran señales suyas que los llevan al Niño de Belén.

Y en Belén encuentran a Jesús, despojado de toda la grandeza de los reyes de la tierra. Los Magos, sin embargo, ven la manifestación de Dios en aquel Niño. Y lo adoran ofreciéndole sus dones: oro, incienso y mirra.

Descubren el misterio escondido desde todos los siglos, gracias a la fe, que es un don de Dios para poder conocer y amar ese misterio.

Su fe se centra en la Persona de Jesucristo. El cristianismo no es un conjunto de dogmas que hay que creer. La “esencia” del cristianismo es creer en una Persona: Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

Nosotros hemos recibido esa misma fe de los Magos a través del Sacramento del Bautismo. Es la fe recibida en la Iglesia. La misma fe de nuestros padres y abuelos.

Cuando el Hijo del hombre venga, ¿hallará fe en la tierra?” (Lc 18, 8). Estas palabras del Señor las dijo al terminar una parábola (la del juez inicuo) por la cual Jesús quería enseñar a sus discípulos que debían orar en todo tiempo y no desfallecer.

La fe se alimenta con la oración, la meditación de la Palabra de Dios, la recepción de los Sacramentos y la formación cristiana. Esos son los medios que siempre se han utilizado para cuidar y defender nuestra fe, a lo largo de los siglos.

Ahora, con los apóstoles, le pedimos a Jesús: ¡Auméntanos la fe!

C. La adoración

Los Magos, cuando llegaron a Belén, ofrecieron a Jesús sus dones: oro incienso y mirra, y le adoraron. María se uniría a esa adoración: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de gozo en Dios mi salvador”.

“La adoración —afirma Mons. Guido Marini— es alabanza y glorificación de Dios. Es el reconocimiento lleno de asombro, también podríamos decir extático —porque nos hace salir de nosotros mismos y de nuestro pequeño mundo—, de la grandeza infinita de Dios, de su majestad inalcanzable, de su amor sin fin que se dona a nosotros en absoluta gratuidad, de su señorío omnipotente y providente. La adoración conduce, en consecuencia, a la reunificación del hombre y de la creación con Dios, a salir del estado de separación, de aparente autonomía, a la pérdida de uno mismo que es la única manera de encontrarse”.

Todo, en la acción litúrgica, debe conducir a la adoración, a la unión con Dios. Pero, podemos decir que toda nuestra vida es liturgia y adoración de Dios.

En nuestra época, en la que se adora tanto a los ídolos del éxito, el dinero, el placer y el poder; en la que se exalta tanto al “yo” falso que hay en cada uno de nosotros, es más necesaria que nunca la verdadera adoración a Dios: principalmente en la Eucaristía, porque ahí está su presencia de modo verdadero, real y sustancia. Pero también en la vida diaria: en la familia, en el trabajo, en el descanso….

De esta manera, nosotros podemos ofrecerle también al Niño de Belén, el oro fino de nuestro desprendimiento de las cosas terrena; el incienso de nuestros deseos de llevar una vida noble, entre nuestros hermanos, de modo que perciban el “buen olor de Cristo” que hay en nuestras palabras y acciones; y también la mirra de nuestros sacrificios en las cosas pequeñas de cada día (cfr. José María Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, n. 35).

El espíritu de adoración a Dios lo podemos y debemos manifestar, por ejemplo, en los gestos de piedad eucarística: una genuflexión pausada al pasar delante del Sagrario, la Comunión de rodillas y en la boca, el silencio y recogimiento cuando estamos en una iglesia, etc.

Finalmente, tengamos muy presente las siguiente palabras de Jesús a Marga (cfr. La Verdadera devoción al Corazón de Jesús. Dictados de Jesús a Marga, Mensaje de Jesús, del 28 de junio de 2008, p. 626): 
Yo vendré. Bajaré del Cielo, y conmigo la Jerusalén Celeste (cfr. Ap 3, 12; 21, 2).
Y vendré a establecer mi Morada entre vosotros, los que habéis permanecido fieles. Con ellos construiré la Nueva Jerusalén.
Y  no habrá ya más llanto y corrupción (cfr. Ap 21, 4).
Volveré a establecerme en el Centro del Santuario. Y habrá Adoración Perpetua en todos los Templos.
La vida de los que en Mí creen será eminentemente eucarística. En Ella, ya no sólo creeréis por la fe, sino por los sentidos exteriores e interiores. Me comunicaré a todos en Efusión de Amor. Y me haré visible a muchos”.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Palabras de Jesús y de María, al concluir el año

En este último post del año, quisiéramos aprovechar para transcribir dos mensajes de Jesús y de la Virgen, a Marga (cfr. La Verdadera Devoción al Corazón de Jesús. Dictados de Jesús a Marga, 1ª ed. en México, julio de 2012), que nos pueden ayudar a recomenzar nuestra lucha cristiana con más vigor y confianza en Dios.


Todos los mensajes a Marga, contenidos en los dos volúmenes que se han publicado hasta ahora (cfr. también El triunfo de la Inmaculada. Dictados de Jesús a Marga, Madrid 2012), son profundos y ricos. Pero hay algunos, como los que transcribimos ahora, que tienen una fuerza y una claridad que merece la pena destacar.

Nos parece que nos ayudarán mucho a terminar bien este año 2014 que concluye y comenzar el 2015, con dos características fundamentales de nuestra vida cristiana: a) la necesidad de una nueva conversión (reconocimiento de nuestros pecados y lucha decidida contra el mal) y, b) la paz y la alegría que tenemos porque somos hijos de Dios y confiamos plenamente en que el Señor y su Madre no nos abandonan. Esa paz y alegría que sólo dan sus Palabras de Vida eterna.  

Se trata de dos mensajes seguidos: del 11 y 13 de octubre de 2002. Uno de Jesús y otro de María.

Mensaje del 11 de octubre de 2002

Jesús:
        Llamada a ser la luz (cfr. Mt 5, 14), la luz que alumbre a sus hermanos: escucha, escúchame.
        Como golpea un fuerte viento sobre vuestras ventanas. Así estoy Yo, así el Espíritu Santo, queriendo pasar en medio de vosotros, queriendo soplar sobre esta generación (nota de Marga: Humanidad), para revivirla, para soplar sobre sus huesos de muerte y volverlos a la vida, para darle alas a este cuerpo mortal que se arrastra bajo el barro sin poder volar ni buscar metas más altas: el Amor para el que ha nacido, para el que ha sido creado.
        ¡Vive! ¡Vive! ¡Por mi Espíritu! Mi Espíritu os hará revivir, oh generación, que os revolcáis bajo el barro y os ahogáis, ahogáis vuestra alma inmortal bajo el peso de vuestro cuerpo mortal y corruptible, lleno de corrupción. Esposa de corrupción llena (nota de marga: La Humanidad): ¡Vive!, ¡vive por Mí!, ¡oh, amada humanidad!
        Vuestro nombre completo es: «Generación actual perversa, que nada entre el pecado, sin querer volver los ojos a Dios, el Creador de todo, y que ha renegado de su Nombre y de la fe el Él, en el Espíritu de la Promesa»
        Largo nombre lleno de Dolor (nota de marga: Que al pronunciarlo le hace sufrir a Dios. Vida humana que le causa dolor), que Yo reduzco en «generación», o «humanidad actual».
¡Oh generación, amada grandemente por Mí!, ¡vuélvete!, ¡vuelve tus ojos a Mí! El Creador de todo pide hoy, ante ti, tu consuelo, tu consuelo y amor.
        Porque mira, niño, que hieres profundamente mi Herida con tu apostasía y herejía constante, con tu renegar y tu odio a Dios continuo, con tu no-quererte-convertir. Pese a mis Llamadas, ¡que mira cómo las multiplico por ti!
        Odio, odio constante a Dios, blasfemias, pecados, negrura, sufrimiento constante... por no querer volver tus ojos a Dios, hijo, que nadas en el pecado. ¡Ven!, ¡ven a tu Padre! ¡Ven a Mí!
        Mira hoy al Espíritu Santo llamando a tu puerta, pegando en tu ventana. ¡Ábrele! ¡Ábrele de par en par! Y deja que entre a inundar tu vida, tu vida muerta, de paz y de amor, de vida y de perdón, de caridad, de mansedumbre, de armonía, de belleza. ¡Ábrele! Y cierra a todo ocio y corrupción, pecado, omisión, desgracia, cierra a eso, oh hijo, hoy tu puerta con tu voluntad cierta, fuerte, recia. ¡Cierra!, y ábrete sólo a Mí.
        Verás, verás qué cambio de vida, hijo, niño pequeño, vas a experimentar, porque Yo, tu Padre, vendré, y con mis propias Manos, Manos de Dios, voy a venir y bajar a limpiarte maternal y cuidadosamente de toda la costra del pecado, y voy a dejar tu alma y tu cuerpo limpio y blanco como la nieve (cfr. Sal 51, 9; Is 1, 18). Donde toda inmundicia desaparecerá, donde toda criatura recobrará su esplendor inicial, el que tenían antes de que el Dueño del mundo se abalanzara sobre ellas quitándoles todo lo santo y puro y poniéndolas a sus servicios.
        Pero mira, hijo, que si tú quieres, esto tendrá lugar, lo podré hacer en ti. Tan sólo ponte en mis Manos, animalito pobre que ya no conservas ni tu apariencia de hombre. ¡Ven!, ¡ven a revivir Conmigo!
        ¿Sabes la belleza de los hijos de Dios?, ¿la has visto? Mira que Yo te voy a hacer más bello que ningún hijo de hombre que pudieras ver. Tu belleza será sin igual. Si vienes hoy a Mí, y, con tu voluntad, te arrepientes de todos tus pecados y lavas tu alma en mi Sangre redentora, para que mi Santo Espíritu te dé la vida.
        Tú que escuchas esto: ¡Ven!, ¡ven hoy a Mí! Hoy, que oyes mi Mandato. Hoy, que escuchas mi Llamada: ¡VEN!, no lo dejes más.
        «El Espíritu y la novia dicen: ¡Ven!» (cfr. Ap 22, 17).
        ¡Ven, oh generación, a reunirte Conmigo!
        ¡Ven, oh Espíritu Santo, a renovar a tu Pueblo!
        ¡Ven, Esposa Santa a vestirte como la Virgen encinta, que dará lugar a la Nueva Humanidad!
        ¡Ven! ¡Oh, ven! (nota de Marga: Ahora que acaba de hablar el Señor, me ha parecido como que le acompañaba una orquesta celestial, o que sus Palabras eran como una hermosa pieza musical, con su apoteosis final: Termina ese “Oh, ven!”, como se termina una composición musical. Y se acaba de súbito todo).  

Mensaje del 13 de octubre de 2002

Virgen:
        A veces, cuando leéis los Mensajes, pensáis que se trata de un tiempo lejano. No lo es. Si fuera para un tiempo lejano, no os lo estaría manifestando Yo. La urgencia es de conversión. ¡Conviértete, hijo!, ¡conviértete!
        Me preguntas (nota de Marga: “Y te preguntan”, fue una pregunta que me hicieron): «¿Qué quiere decir: «¡Venid a Mí!, ¡venid a Mí!... ¡pero a dónde!, ¿a dónde hay que dar los pasos?».
        Los pasos son de conversión. Tanto tiempo en mis filas y todavía te preguntas: «¿A dónde debo ir?, ¿qué debo hacer?»
        ¡Conviértete, hijo!, ¡conviértete!
        Mira, hijo, que por mucho que leas, por mucho que sepas de lo que ha de venir, no te vendrá por ahí la conversión. Refórmate y cambia de vida. Es tu conversión la que te estoy pidiendo, no tu sabiduría del mundo: querer saber, que, al final, no conduce a nada, porque embota la inteligencia y borra el camino abierto por mi Amor.
        Hijo, deja de escudriñar y querer conocer cómo han de venir las cosas, que, al final, te lo aseguro, no será nada como tú imaginas
        Te parece gracioso que tu Madre se digne a bajarse ante ti y a hablarte. No te rías. Quizá sea la última. Yo no te voy a advertir más.
        Hija, ¡hijo!, escúchame a Mí. No escuches otras voces, ellas no te conducen por el Camino Verdadero. Escucha. ¡Escúchame a Mí!
        A los que esperáis tanto para dar el paso, esperando el momento en que empiece todo para verlo más claro, os digo: Es ese momento: ¿quién os asegura la vuelta a Mí? Yo os digo que el miedo os embotará tanto que no os dará capacidad de reacción.
        Por eso ahora os digo: ¡Convertíos!, ¡cambiad de vida! ¡Dad los frutos de conversión (cfr. Mt 3, 8; Lc 3, 8; Hch 26, 20) que Yo espero de vosotros y os estoy pidiendo!
        ¡Rezad!, ¡ayunad!, ¡salvaos y salvad! Y hacedlo ahora. De verdad os digo que después no habrá tiempo, no os será dado el tiempo.
        Aprovecha, hijo mío, aprovechad. No sabes si mañana, a esta hora, te será pedida la vida (cfr. Lc 12, 20). Aprovecha cada día como si fuera el último de tu existencia.
        Hija, si Yo creyera que esto no sirve para nada, no os lo estaría diciendo. Yo tengo confianza en vosotros, sé que al final, os vais a convertir. ¡Convertíos! ¡Y venid a Mí, hijos! (nota de Marga: Abrió los brazos, está como en un lugar alto para que la veamos, majestuosa).
        ¡Yo Soy vuestra Madre! ¡Yo os amo! ¡Yo os digo todo esto para vuestra salvación!
        ¡Venid, oh hijos, hoy a Mí! Quizá mañana no habrá tiempo. Luego, no os será dado más tiempo de conversión. Este es el tiempo, este es el tiempo, este es el tiempo de vuestra conversión. Amén.

sábado, 20 de diciembre de 2014

María, recogida en oración

Mañana, Cuarto Domingo de Adviento, leeremos en el Evangelio de la Misa el texto de San Lucas sobre la Anunciación de la Virgen (cfr. Lc 1, 26-28).


San Josemaría Escrivá de Balaguer, en Santo Rosario, comienza así el comentario al Primer Misterio Gozoso: “No olvides amigo mío, que somos niños. La Señora del dulce nombre, María, está recogida en oración. Tú eres en aquella casa, lo que quieras ser: un amigo, un criado, un curioso, un vecino... -Yo ahora no me atrevo a ser nada. Me escondo detrás de ti y, pasmado, contemplo la escena".

María es la “Señora del dulce nombre” y está “recogida en oración”. El Adviento es un tiempo en el que podemos imitar a la Virgen y, nosotros también, recogernos en oración.

Ese “recogimiento interior” no impide a la Virgen viajar lejos de su casa para visitar a su prima Isabel —como consideramos en el Segundo Misterio Gozoso, un misterio del tiempo de Adviento también— y estar con ella tres meses sirviendo y ayudando con una caridad activa y diligente.

El Beato Álvaro del Portillo, en una carta que escribía en mayo de 1991, decía que había hecho un propósito: “Buscar el recogimiento interior, siempre necesario para escuchar al Espíritu Santo en medio del quehacer diario”.

¿Qué es ese recogimiento interior que buscan los santos? ¿Por qué es tan importante en la vida cristiana?

A continuación transcribimos algunos párrafos de un escrito en el que Romano Guardini, habla sobre el recogimiento (cfr. R. Guardini, Introducción a la vida de oración, San Pablo, Buenos Aires 1976). Las negritas son nuestras.

«Recogimiento significa, en primer lugar, que el hombre se sosiega y se asienta. Por lo general se encuentra el hombre arrastrado por la multitud de las cosas y acontecimientos, excitado por impresiones agradables o desagradables, oprimido por el deseo y el temor, la inquietud y la pasión. Constantemente se esfuerza por alcanzar o evitar algo, adquirir o rechazar algo, construir o destruir algo. El hombre quiere siempre algo y querer significa estar en camino» (p. 27). El hombre moderno es un «ser desasosegado, incapaz de fijarse en un punto o de profundizar en algo» (p. 27). Es un «consumidor insaciable de personas, cosas, pensamientos y palabras, quedando siempre insatisfecho, por haber perdido en gran parte la conexión con su centro y raíz vitales y estar entregado al azar, a pesar de todo su saber y poder. Este hombre debe orar, pero ¿puede orar? Ciertamente; pero solamente si se libera de su desasosiego y se asienta» (p. 27).

«El hombre, por lo tanto, debe evitar el vagabundeo del deseo y centrarse durante un tiempo determinado solamente en aquello, que es lo únicamente importante» (p. 27).

«El hombre se siente molesto en la exigente quietud de la oración y escapa de ella. El hombre escapa siempre del “aquí”, al que es llamado” y en donde únicamente está su “puesto” (p. 28-29).

«Si este hombre quiere orar, debe apartarse de todo y hacerse “presente” ante Dios» (p. 29).

La palabra recogimiento etimológicamente quiere decir “aunarse”, alcanzar la “unidad interior”. «Una mirada a nuestra vida muestra su poca unidad. Deberíamos tener un núcleo vital, que dominase la diversidad de nuestra vida, un centro vital del que partiesen y al que convergiesen todas nuestras actividades; un principio ordenador que distinguiese lo importante y lo no importante, los medios y el fin… ¡Qué falta nos hace todo esto a nosotros los hombres modernos, muy inferiores en este punto a los hombres de otros tiempos, mucho más profundos y mucho más claramente ordenados interiormente!» (p. 29).

«En oposición a esta “dispersión”, la palabra “recogimiento” indica de modo intuitivo que el hombre ha “recogido” —¡en penoso trabajo!— los pensamientos, por doquier esparcidos, y ha preparado así, para la oración, un estado de espíritu “unificado”; un estado de espíritu desde el que —como Samuel cuando fue llamado— pueda decir: “Aquí estoy”» (p. 30).

La inquietud hacia la exterioridad y la apatía interior se corresponden mutuamente. Las personas de violentas pasiones suelen tener un corazón insensible. «En la persona sin recogimiento la apatía y el vacío interior están en la base de su inquietud exterior y le confieren su carácter específico. Por  el contrario el hombre, que es capaz de recogerse, alcanzar el silencio interior y penetrar en la profundidad de su espíritu, está interiormente despierto. El estado de paz interior y de “alerta” espiritual se corresponden, se implican y se determinan mutuamente» (p. 31).

«Por lo tanto, quien se recoge, se hace presente a sí mismo en la intimidad del espíritu y supera también la opresión y las cavilaciones interiores; se eleva, se hace más ligero, más libre, más diáfano; aviva su atención interior y se entrega de modo personal y viviente a los objetos exteriores; esclarece los ojos del espíritu para mirar recta y claramente; aviva su prontitud interior y posibilita así el auténtico encuentro con las coas, con las  personas y con Dios» (p. 31).

«Todo depende del recogimiento. Ningún esfuerzo, que se haga en este punto, es exagerado. Incluso si en ello empleásemos todo el tiempo destinado a la oración, habría que darlo por bien empleado, pues en último término el recogimiento es ya en sí mismo oración» (p. 33).

Transcribimos también unos textos de San Efrén Sirio (Padre de la Iglesia del siglo IV), sobre la oración., que nos pueden ayudar en este Adviento, cuando ya faltan pocos días para la Navidad, a mantener nuestra disposición contemplativa. Las negritas son nuestras.

"Tanto si estás en la iglesia, como en tu casa o en el campo; tanto si apacientas las ovejas, como si construyes un edificio o te hayas en una reunión, no dejes de rezar. Allí donde puedas, ponte de rodillas; y cuando no sea esto posible, invoca a Dios en tu mente, por la tarde, por la mañana y al mediodía. Pues si antepones la oración a cualquier actividad, y cuando te levantes de la cama diriges a Dios tus primeros pensamientos, entonces el pecado no tendrá poder sobre ti". "(...) ¿Veis, hermanos, cuán grande es el valor de la oración? No hay en toda la vida humana nada que sea más precioso. Nunca consintáis en separaros de ella, ni la abandonéis nunca, sino que, como dijo Nuestro Señor, recemos para que no sean vanos todos nuestros trabajos" (San Efrén Sirio, Sermones de oratione, I-II, 1-2, 4).

"(...) Y cuando hablo de oración no me refiero a la oración descuidada,  hecha  de  cualquier manera,  sino a  aquella  que se realiza poniendo empeño,  excitando la compunción y con la mente despejada: esta sí que lleva al Cielo". (...) Si se deja suelta a la mente "se desparrama y se divaga,  pero si  está completamente  concentrada y tiene presente  su gran indigencia y debilidad,  se levanta hasta lo alto con límpidas y abundantes oraciones".  "Mira que las oraciones más oídas son las que se apoyan en el propio  anonadamiento,  como  da a entender el Profeta cuando  se dirige a Dios: encontrándome abatido,  clamé y me oyó.  Así pues, templemos nuestra conciencia y humillemos nuestro espíritu (...). ¿No confías en nada? Esa es la  gran confianza: no confiar en uno mismo, mientras que confiar en uno mismo es  abrir la  puerta  a la  perdición"  (San Efrén Sirio, Sermones de oratione, I-II, 1-2, 4).

"(...) Así pues, te ruego, exhorto y suplico que abras tu corazón a Dios asiduamente (...), que muestres a Dios tu conciencia: enséñale tus heridas y pídele remedio. Preséntaselas a Él, que no regaña sino que cura (...), háblale y saldrás ganando: expón tus miserias y así quedarás limpio de todos tus delitos...". "Pero insisto, no me refiero a la oración que consiste sólo en mover los labios, sino a la que procede del fondo del alma". Han de ser nuestras oraciones nacidas y enraizadas en lo íntimo del alma, como las raíces del árbol se aferran en el hondón de la tierra. "Por lo que dijo el Profeta: desde lo hondo a ti clamé Señor (Ps 129,1)" (San Efrén Sirio, Sermones de oratione, I-II, 1-2, 4). 

sábado, 13 de diciembre de 2014

La Virgen María en el Adviento

En esta semana hemos celebrado don Solemnidades de Nuestra Madre: la Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre) y Nuestra Señora de Guadalupe (12 de diciembre). Hoy es sábado, día de la Virgen, y estamos en Adviento, un Tiempo eminentemente mariano.


A la espera de la Venida del Señor, acudimos a María, para que nos enseñe a prepararla como Ella lo hizo y lo sigue haciendo: con su humildad, su recogimiento, su escucha de la Palabra, su lucha decidida y permanente contra el pecado, su delicadeza de amor y su pureza de alma.

María está siempre muy cercana a cada uno, como se puede ver en sus palabras dirigidas a Juan Diego, el 9 de diciembre de 1531, en el Cerro del Tepeyac: «Yo soy la Siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, y mi deseo es que se me levante un templo en este sitio, donde como Madre piadosa tuya y de tus semejantes, mostraré mi clemencia amorosa y la compasión que tengo de los naturales y de aquellos que me aman y me buscan, y de todos los que solicitaren mi amparo y me llamaren en sus trabajos y aflicciones, y dónde oiré sus lágrimas y ruegos para darles consuelo y alivio» (relato de las apariciones de la Virgen de Guadalupe, según el Nican Mopohua).  

María nos puede enseñar cómo esperar a Cristo en este Adviento. Ella es como un “cáliz de deseos”. Así la llamaban los Padres de la Iglesia. Orar no es más que transformarse en “deseo inflamado del Señor”. En María la vida se hace oración y la oración vida.

La esperanza cristiana se expresa en nuestros deseos de Bien, de Santidad, de Verdad y de Amor. Es lógico que en este tiempo tratemos de “fomentar los buenos deseos” de nuestro corazón.

Podemos decirle al Señor: “cómo me gustaría amarte más”; “cómo me gustaría poder ver tu Rostro, pronto”; “cómo me gustaría que vinieras a purificar la tierra y a transformarla”; “cómo me gustaría que nos salvaras a todos los pecadores”….

Para poder “fomentar nuestros deseos de Amor” es imprescindible la oración en silencio, el recogimiento y la paz interior.

Hace años, el Cardenal Ratzinger decía: “En nuestro mundo occidental nos atenemos únicamente al principio del varón: hacer, producir, planificar el mundo... sin deber nada a nadie, confiando tan sólo en los propios recursos... María, como madre de Jesús, puede significar algo enteramente indispensable para la teología y para la fe.

Debemos liberarnos de esa visión unilateral propia del activismo de Occidente, para que la Iglesia no se vea rebajada a la categoría de mero producto de nuestro hacer y de nuestra capacidad organizativa. La Iglesia no es obra de nuestras manos, sino semilla viviente que quiere desarrollarse y alcanzar su madurez. Por esta razón, tiene necesidad del misterio mariano; más aún, ella misma es misterio de María. Únicamente será fecunda si se somete a este signo, es decir, si se hace tierra santa para la palabra. Hemos de aceptar el símbolo de la tierra fértil; tenemos que hacernos de nuevo hombres que esperan, recogidos en lo más íntimo de su ser; personas que en la profundidad de la oración, del anhelo y de la fe, dejan que tenga lugar el crecimiento" (Cfr. J. Ratzinger, El Camino pascual, p. 35 y 36).

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A continuación, transcribimos la homilía de Benedicto XVI, el 8 de diciembre de 2012, frente a la columna de la Inmaculada en la Piazza de Spagna.

“Queridos hermanos y hermanas: En el corazón de las ciudades cristianas María constituye una presencia dulce y tranquilizadora. Con su estilo discreto da paz y esperanza a todos en los momentos alegres y tristes de la existencia. En las iglesias, en las capillas, en las paredes de los edificios: un cuadro, un mosaico, una estatua recuerda la presencia de la Madre que vela constantemente por sus hijos. También aquí, en la plaza de España, María está en lo alto, como velando por Roma.

¿Qué dice María a la ciudad? ¿Qué recuerda a todos con su presencia? Recuerda que “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5, 20), como escribe el apóstol san Pablo. Ella es la Madre Inmaculada que repite también a los hombres de nuestro tiempo: no tengáis miedo, Jesús ha vencido el mal; lo ha vencido de raíz, liberándonos de su dominio.

¡Cuánto necesitamos esta hermosa noticia! Cada día los periódicos, la televisión y la radio nos cuentan el mal, lo repiten, lo amplifican, acostumbrándonos a las cosas más horribles, haciéndonos insensibles y, de alguna manera, intoxicándonos, porque lo negativo no se elimina del todo y se acumula día a día. El corazón se endurece y los pensamientos se hacen sombríos. Por esto la ciudad necesita a María, que con su presencia nos habla de Dios, nos recuerda la victoria de la gracia sobre el pecado, y nos lleva a esperar incluso en las situaciones humanamente más difíciles.

En la ciudad viven –o sobreviven– personas invisibles, que de vez en cuando saltan a la primera página de los periódicos o a la televisión, y se las explota hasta el extremo mientras la noticia y la imagen atraen la atención. Se trata de un mecanismo perverso, al que lamentablemente cuesta resistir. La ciudad primero esconde y luego expone al público. Sin piedad, o con una falsa piedad. En cambio, todo hombre alberga el deseo de ser acogido como persona y considerado una realidad sagrada, porque toda historia humana es una historia sagrada, y requiere el máximo respeto.

La ciudad, queridos hermanos y hermanas, somos todos nosotros. Cada uno contribuye a su vida y a su clima moral, para el bien o para el mal. Por el corazón de cada uno de nosotros pasa la frontera entre el bien y el mal, y nadie debe sentirse con derecho de juzgar a los demás; más bien, cada uno debe sentir el deber de mejorarse a sí mismo. Los medios de comunicación tienden a hacernos sentir siempre “espectadores”, como si el mal concerniera solamente a los demás, y ciertas cosas nunca pudieran sucedernos a nosotros. En cambio, somos todos “actores” y, tanto en el mal como en el bien, nuestro comportamiento influye en los demás.

Con frecuencia nos quejamos de la contaminación del aire, que en algunos lugares de la ciudad es irrespirable. Es verdad: se requiere el compromiso de todos para hacer que la ciudad esté más limpia. Sin embargo, hay otra contaminación, menos fácil de percibir con los sentidos, pero igualmente peligrosa. Es la contaminación del espíritu; es la que hace nuestros rostros menos sonrientes, más sombríos, la que nos lleva a no saludarnos unos a otros, a no mirarnos a la cara… La ciudad está hecha de rostros, pero lamentablemente las dinámicas colectivas pueden hacernos perder la percepción de su profundidad. Vemos sólo la superficie de todo. Las personas se convierten en cuerpos, y estos cuerpos pierden su alma, se convierten en cosas, en objetos sin rostro, intercambiables y consumibles.

María Inmaculada nos ayuda a redescubrir y defender la profundidad de las personas, porque en ella la transparencia del alma en el cuerpo es perfecta. Es la pureza en persona, en el sentido de que en ella espíritu, alma y cuerpo son plenamente coherentes entre sí y con la voluntad de Dios. La Virgen nos enseña a abrirnos a la acción de Dios, para mirar a los demás como él los mira: partiendo del corazón. A mirarlos con misericordia, con amor, con ternura infinita, especialmente a los más solos, despreciados y explotados. “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”.

Quiero rendir homenaje públicamente a todos los que en silencio, no con palabras sino con hechos, se esfuerzan por practicar esta ley evangélica del amor, que hace avanzar el mundo. Son numerosos, también aquí en Roma, y raramente son noticia. Hombres y mujeres de todas las edades, que han entendido que de nada sirve condenar, quejarse o recriminar, sino que vale más responder al mal con el bien. Esto cambia las cosas; o mejor, cambia a las personas y, por consiguiente, mejora la sociedad.

Queridos amigos romanos, y todos los que vivís en esta ciudad, mientras estamos atareados en nuestras actividades cotidianas, prestemos atención a la voz de María. Escuchemos su llamada silenciosa pero apremiante. Ella nos dice a cada uno que donde abundó el pecado, sobreabunde la gracia, precisamente a partir de tu corazón y de tu vida. La ciudad será más hermosa, más cristiana y más humana.

Gracias, Madre santa, por este mensaje de esperanza. Gracias por tu silenciosa pero elocuente presencia en el corazón de nuestra ciudad. ¡Virgen Inmaculada, Salus Populi Romani, ruega por nosotros!”.