sábado, 16 de agosto de 2014

Dios nos llama a todos los hombres a su amor

Podríamos decir que el tema principal de las Lecturas del Domingo XX durante el año (Ciclo A), que celebraremos mañana, es el la Llamada universal a la salvación. Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4). Dios no hace acepción de personas. A todos los hombres les da el don de la fe, pues “sin la fe es imposible agradar a Dios” (Hb 11, 6).


Las Lecturas son las siguientes:

Is 56, 1. 6-7. A los extranjeros los traeré a mi monte santo.
Sal 66. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
Rm 11, 13-15. 29-32. Los dones y la llamada de Dios son irrevocables.
Mt 15, 21-28. Mujer, qué grande es tu fe.

El Profeta Isaías (Primera Lectura), que vivió en el Reino de Judá, en el siglo VII antes de Cristo, ya menciona como la Casa de Dios, que es un recinto de oración, está abierta a todas las naciones, no solo a los judíos.

Dios desea que todos los pueblos lo alaben y le den gracias (Salmo) porque es Misericordioso con todas las gentes.

Misteriosamente —nos dice San Pablo— la vocación y los dones de Dios son irrevocables. Por eso, aunque los judíos no se hayan convertido al cristianismo, Dios no los deja y, si grande fue su caída, mayor será su elevación, cuando llegue el momento de su conversión, al final de los tiempos (Segunda Lectura).

Es verdad que Jesús había venido a llamar a las ovejas perdidas de  la Casa de Israel, pero su misión era universal. El episodio de la cananea, que muestra una gran fe —al pedir a Jesús la curación de su hija con gran perseverancia—, nos revela cómo Jesús viene a llamar a todos (Evangelio), sin distinción alguna.

Aunque Jesús llama a todos, no todos lo reciben. Mientras estamos aquí en el mundo terrenal, todos somos pecadores y todos podemos ser santos (aún el más grande pecador). No sabemos quiénes serán “hijos de las tinieblas” y quienes “hijos de la luz”. Los esenios del Qumram decían: "Amarás a todos los hijos de la luz y odiarás a todos los hijos de las tinieblas". Jesucristo enseña que hemos de amar a todos. Solo al final se separará el trigo de la cizaña: los “hijos de las tinieblas” y los “hijos de la luz”.

¡Trabajemos mientras tenemos tiempo! ¡Dediquemos todos nuestros esfuerzos a anunciar el Evangelio a todos! ¡Procuremos manifestar con nuestra vida, nuestro ejemplo y nuestras palabras el gran Amor que Dios nos tiene!

Pongamos por intercesora a María, Nuestra Madre, la Mujer vestida de sol con la luna bajo sus pies...; la Mujer del Apocalipsis; la Capitana del Gran Ejercito que lucha contra el Dragón, nos marca el Camino nos da las armas para luchar contra él, nos alienta en el día de la prueba y nos conduce a Cristo. 

Reproducimos, a continuación, dos mensajes a Marga sobre el Amor de Dios a los hombres: uno de la Virgen y otro de Jesús (ver sitios sobre el Tomo Rojo y el TomoAzul).

Mensaje del 25 de mayo de 1999

Virgen:
¡No ahoguéis el Espíritu! Habrá grandes apóstatas y grandes santos. ¿Entre cuáles queréis estar?

Recibid al Espíritu. Que desaparezca vuestro hombre viejo. Morid a vosotros mismos. Yo ahora os preparo a morir a vosotros mismos, ¿no os dais cuenta?

¡Quered todo lo que quiera Dios! Lo de Dios no son caprichos, lo vuestro sí. Lo de Dios es Amor Infinito a sus criaturas y dádivas amorosas para que vayan a El, asciendan a su perfección.

¡Qué poco conocéis el Amor de Dios, el Don de Dios! ¡A pesar de llamaros «los suyos»! Y si los suyos no le reconocen, ¿quién te reconocerá, oh, Dios mío?

¡Todavía no envíes tu Ira! Déjame prepararlos otro poco más. Oh, Dios, detén tu Mano contra tu perversa humanidad, que reniega y aborrece tu Nombre Santo. Déjame que Yo te prepare un Resto puro y abnegado, un Resto pulido en el crisol del sacrificio. Tu Resto fiel.

¡Escuchad a vuestra Madre!, preparaos, morid a vosotros mismos. ¡Estáis tan llenos de vosotros! ¡Llenaos de Dios!

Queréis gozar y deberíais querer sólo sufrir, pues la hora se acerca y muchos no podréis resistir, debido a vuestra regalada vida anterior, de la cual no os enmendasteis. Enmendaos. Aceptad mi Cruz y tomad la de Cristo. Queréis cargar con la de Cristo y cuando llega el momento, la arrojáis al suelo, rechazándola de vosotros.

Quien pretenda salvarse solo, se condenará. Dad la vida por los pecadores y os salvaréis.

En la Mesa del Sacrificio no hay víctimas y las pocas que hay, vuelven a salirse por su propio pié en el momento de la verdad.

Vosotros sois vuestro peor enemigo. Morid, morid a vosotros mismos.

¿Habéis preguntado por los gustos de Dios? Escuchad, escuchadle, habla en el silencio. Haced silencio. ¡Tanto ruido en vuestras almas! Escuchad..., escuchad...

Mensaje del 9 de abril de 2001

Jesús:
Vosotros juzgáis el Amor de Dios muy ínfimo, creéis que es puramente humano, asemejáis el Amor de Dios al de un hombre, y no es así. El Amor de Dios excede a todo conocimiento, va más allá de lo que puede imaginar la mente de un hombre. El Amor de Dios no devuelve con la misma moneda al hombre. El Amor de Dios es Poderoso, excede a vuestra imaginación. Imaginad el más puro y poderoso amor de mundo, y no tiene parangón, no se puede comparar. Con vuestras mentes no lográis alcanzarlo, es necesario que os dejéis manejar por mi Espíritu. Aprended, como María, a ser dóciles a mi Espíritu, así podréis dar todo lo que Yo os pido, todo lo que se os requiere. Así podréis responder al Amor de Dios, que excede todo conocimiento, toda creación.

Yo escribí una vez cartas de amor a mi novia, mi crea-tura. La novia las rompió y las arrojó al fuego. 

¿Puedo así comunicarme con alguien que no quiere oírme? Válgame Dios, que aunque fuera el más elocuente de los enamorados, a la novia que ha cerrado su oído, no puedo comunicarle nada, no puedo decirle nada.

¿Por qué no me escucháis? Creaturas ingratas que os preguntáis todavía: «¿qué debemos hacer?, ¿a dónde debemos ir?» Yo ya os lo he dicho. Actuad en consecuencia.


sábado, 9 de agosto de 2014

Silencio para escuchar a Dios

En las lecturas de la Misa de mañana, Domingo XIX durante el año, descubrimos, escuchando la Voz del Espíritu en silencio, dónde y cómo Dios se manifiesta.


1R 19, 9a. 11-13a. Ponte de pie en el monte ante el Señor.
Sal 84. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.
Rm 9, 1-5. Quisiera ser un proscrito por el bien de mis hermanos.
Mt 14, 22-23. Mándame ir hacia ti andando sobre el agua.

En la Primera Lectura, tomada del Primer Libro de los Reyes, Yahvé se manifiesta a Elías, en el monte Horeb, de una manera desconcertante, a primera vista: a través de una suave brisa o leve susurro. No en el huracán. No en el terremoto, no en el fuego.

En el Evangelio —que nos relata el episodio en que Jesús calma un fuerte viento en el Mar de Genesaret, y manda a Pedro ir hacia Él, caminando sobre las aguas—, el Señor se aparece a sus discípulos en el silencio de la  noche.

En la Segunda Lectura se puede reflexionar sobre la pena que tiene San Pablo porque los de su raza, —los israelitas, los que forman el Pueblo escogido— no se abren a la Nueva Alianza instaurada en Jesucristo. Dios ha querido abrir la salvación a todas las naciones, en la Iglesia, a través de la cual se manifiesta ahora al mundo. Pero los judíos, aunque son los destinatarios de las promesas, rechazan el plan de Dios porque, en definitiva, no alcanzan a ver sus designios en esa pequeña semilla de mostaza, insignificante, que es la Iglesia.

Las tres lecturas nos hablan, por tanto, de los misteriosos modos en los que Dios se manifiesta. Lo hace, sobre todo, de modo ordinario: en nuestra vida corriente. Todos los días recibimos mil llamadas suyas. Tendríamos que descubrir a Dios en el orden de la Creación, en el milagro que supone nuestra propia existencia, en los sucesos de la vida diaria que nos gritan la presencia del Señor, muy cerca de nosotros.

Todo depende de nuestra capacidad de percibir los signos de Dios a nuestro alrededor. Si hacemos oración y procuramos mantener un diálogo continuo con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, no nos será difícil ver a Dios en todo, y darle gracias por todo.    

Lo que se recibe, se recibe al modo del recipiente”, reza un viejo refrán escolástico. Todo depende de nuestra sensibilidad espiritual, del amor de Dios que está en nuestro corazón. Dios lo ha puesto ahí, como una semilla, pero hay que cultivarlo y facilitar que crezca y se desarrolle.

Dios habla en el silencio. ¡Qué importante es callar, para escuchar la voz de Dios y dejar que Él nos hable!

“El viento sopla donde quiere”, dice Jesús en el famoso coloquio con Nicodemo. El Espíritu puede manifestarse en la vida de los hombres en las formas más libres e inesperadas. El “se recrea en el orbe de la tierra”. Pero existe una regla, una exigencia ordinaria se impone a todo el que quiera captar las ondas del Espíritu. Y esta es: la interioridad. La cita para el encuentro con el inefable Huésped está fijada dentro del alma. Dulces hospes animae, dice el admirable himno litúrgico de Pentecostés. El hombre es “templo” del Espíritu Santo, nos repite San Pablo (cfr. Pablo VI, Catequesis del 17 de mayo de 1972).

Es necesario el silencio interior para escuchar la palabra de Dios, para experimentar la presencia, para sentir la vocación de Dios. Nuestra psicología hoy es demasiado extravertida: la escena exterior es tan absorbente que nuestra atención está prevalentemente fuera de nosotros, estamos casi siempre fuera de nuestra casa personal; no sabemos meditar, no sabemos rezar; no sabemos hacer callar el estruendo interior de los intereses exteriores, de las imágenes, de las pasiones (ibídem).

“Es el Espíritu Santo muy amante del reposo y quietud; pero de ese reposo que siente el alma cuando no busca ni quiere otra cosa que a su Dios” (Francisca Javiera del Valle, Decenario del Espíritu Santo, p. 54).

«La actividad del Espíritu Santo pasa inadvertida. Es como el rocío que empapa la tierra y la torna fecunda, como la brisa que refresca el rostro, como la lumbre que irradia su calor en la casa, como el aire que respiramos casi sin darnos cuenta» (Don Álvaro del Portillo, Carta del 1° mayo de 1986).

Se comprende que sólo podremos encontrar a Dios si entramos en nosotros mismos mediante el silencio interior. «Es el divino silencio que se hace en el alma cuando el hombre —invocando humildemente la ayuda del Espíritu Santo— consigue acallar en su mente y en su corazón las voces de la imaginación incontrolada, del egoísmo o de las pasiones, para escuchar —en una quietud humilde y enamorada— solamente la voz de Dios» (Card. Julián Herranz, Atajos del silencio, p. 126).

Lo dice la Madre Teresa de Calcuta: «El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz».

Ella (la Madre Teresa de Calcuta) sabía que en la raíz de la unión con Dios estaba el silencio, ya que Dios era el «amigo del silencio». Decía:

“Necesitamos silencio para estar a solas con Dios, para hablar con él, para escucharle, para sopesar sus palabras en lo más hondo de nuestro corazón. Necesitamos estar a solas y en silencio con Dios para sentirnos renovadas y transformadas. El silencio nos da una nueva visión de la vida. En él nos sentimos llenas de la energía del propio Dios, que hace que lo hagamos todo con alegría”.

Su silencio debía ser necesariamente interior, ya que la mayoría de las veces estaba rodeada de ruido e inquietud. Por tanto, para posibilitar el auténtico silencio interior dijo a las hermanas que debían practicar:

Silencio de los ojos, abriéndolos continuamente a la belleza y la bondad de Dios en todas partes, y cerrándolos a los defectos de los demás y a todo lo que es pecaminoso o perturbador para el espíritu”.

Silencio de los oídos, atentos siempre a la voz de Dios y al llanto del pobre y el necesitado, cerrándolos a todas las voces que vienen del mal o de cuanto de negativo hay en la naturaleza humana, por ejemplo, la murmuración, el chismorreo, los comentarios poco caritativos.

Silencio de la lengua, para alabar a Dios y decir Su palabra, que da vida y que es la Verdad que ilumina e inspira, aporta paz, esperanza y alegría, y evitar la autodefensa y cualquier palabra que provoque confusión, inquietud, dolor y muerte.

Silencio de la mente, abriéndola a la Verdad y al conocimiento de Dios a través de la plegaria y la contemplación, como María cuando meditó en las maravillas del Señor en su corazón, y cerrándola a todas las mentiras, distracciones y los pensamientos destructivos, como juicios temerarios, desconfianzas en relación con los demás, pensamientos y deseos de venganza.

Silencio del corazón, amando a Dios con toda el alma, la mente y la fuerza, y a los demás como Dios los ama, deseando sólo a Dios y evitando todo egoísmo, odio, envidia, celos y codicia” (Kathryn Spink, Madre Teresa, Plaza & Janés, México 1977, pp. 111-112).

Por tanto, no hay que tener miedo a que la práctica continua de la oración nos aísle de los demás: «Recogerse no es alejarse, aislarse. Es abrazar. Es re-coger en Dios a los otros y a las cosas que tenemos a nuestro alrededor» (Cita de San Josemaría Escrivá, recogida por J. Herranz, Atajos del silencio).

Reproducimos, a continuación, varios trozos de mensajes a Marga, de Jesús y de la Virgen (ver sitios sobre el Tomo Rojo y el Tomo Azul) en los que el Señor y María le hablan del silencio.

25 de mayo de 1999 (Virgen): “¿Habéis preguntado por los gustos de Dios? Escuchad, escuchadle, habla en el silencio. Haced silencio. ¡Tanto ruido en vuestras almas! Escuchad..., escuchad...”.

20 de julio de 1999 (Virgen): “Dios nunca fuerza, El invita, El llama con Susurros de Amor a su criatura que, si está muy pendiente del mundo, no le oye. Ha de hacer silencio, que es donde se oye el Murmullo suave de la Voz de Dios, que es como Arroyuelo limpio que cae en dulce Cascada y moja a sus pequeñuelos. Poneos debajo, recibid el Agua de la Salvación”.

1 de marzo de 2005 (Jesús): “Manifestaciones extraordinarias: Es el camino que Yo empleo para esta Hora, donde casi nadie me escucha ya. Manifestaciones extraordinarias, porque las ordinarias no las atienden. ¡No me escucháis! No me escucháis ya.
Os hablo a través de los libros, de las buenas lecturas que nadie compra.
Os hablo a través de la Biblia, la Palabra de Dios que nadie lee.
Os hablo a través de la Eucaristía que (casi) nadie recibe en Gracia.
Os hablo a través de la oración, que nadie hace.
Os hablo a través del silencio, que nadie emplea, a través de la pobreza y las privaciones voluntarias, que nadie busca.
Y finalmente os hablo a través de mi Madre, a quien ya nadie acude. ¡¡¿Cómo podréis escucharme?!!”.

19 de abril de 2007 (Jesús): “En casa, tu Ángel vela tu sueño, acaricia tu rostro y enciende una luz en tu cabeza. Te habla: «Marga... recuerda... uno sólo es el Señor, al Señor sólo adorarás, sólo a Él darás culto»." Su Voz, apenas perceptible por el oído, podrás oírla en tu alma, si estás en sintonía con él, si haces silencio. Verás, sin televisión, cómo se llena tu casa de las Voces espirituales del Espíritu de Dios. Cómo te llaman a todas horas a la oración, al contacto con Él. Cómo todas las realidades se hacen hermosas. Así, comunícate con los Ángeles de la Guarda de tus hijos y de tu marido. Así, cuando alguien llame al teléfono o a la puerta, encontrará una Marga siempre dispuesta a ayudarle y a escucharle”.

sábado, 2 de agosto de 2014

La ley de la abundancia

Mañana, Domingo XVIII durante el año, la Liturgia de la Palabra se centra en el cuidado que Dios tiene de sus hijos, a quienes nos proporciona todos los medios, en la Iglesia, para alcanzar el Reino de los Cielos.


Lecturas de la Misa:

Is 55, 1-3. Venid y comed.
Sal 144. Abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores.
Rm 8, 35. 37-39. Ninguna criatura podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo.
Mt 14, 13-21. Comieron todos hasta quedar satisfechos.

El milagro de la multiplicación de los panes y de los peces (ver Evangelio), en el que sobraron doce canastos de comida, es una manifestación de la sobreabundancia de los dones de Dios. Lo mismo sucede con el milagro de la conversión de unos 600 litros de agua en el mejor de los vinos, en Caná de Galilea.

“En la mente de los evangelistas ambos relatos tienen algo que ver con la Eucaristía, figura central del culto cristiano; la presentan así como la abundancia divina que supera infinitamente todas las necesidades y todo lo que legalmente puede exigirse” (J. Ratzinger, Introducción al cristianismo, p. 225).

Jesús hace las cosas como Dios: con magnanimidad. 

Sigamos leyendo el comentario del Card. Ratzinger en Introducción al cristianismo (las negritas son nuestras).

“Los dos relatos, pues, por su carácter eucarístico tienen algo que ver con Cristo y a él remiten: Cristo es la infinita autoprofusión de Dios.

Ambos relatos aluden también, lo mismo que el principio “para”, a la estructura fundamental de la creación en la que la vida produce millones de gérmenes para que nazca un ser viviente; en la creación se reparte todo el universo para preparar un lugar al espíritu, al hombre. La abundancia es el signo característico de Dios en la creación, porque Dios, como decían los Padres, “no reparte sus dones según una medida”.

La abundancia es también el auténtico fundamento y forma de la historia de la salvación que, a fin de cuentas, no es sino el acontecimiento por el que Dios, en su liberalidad incomprensible, no sólo da el universo, sino que se da a sí mismo para salvar a un grano de arena, al hombre. Repitámoslo: la abundancia es la más adecuada definición de la historia de la salvación.

Es absurdo para las personas calculadoras el que Dios deba prodigarse al hombre. Sólo el amante puede comprender lo absurdo del amor; la ley del amor es la entrega, lo suficiente es lo abundante; si es cierto que la creación vive de lo abundante, si el hombre es un ser para quien lo abundante es lo necesario, ¿nos extrañará de que la revelación sea lo abundante y, por eso, lo necesario, lo divino, el amor en el que se realiza el sentido del universo?”.

Por otra parte, el Señor, en el Sermón de la Montaña, nos presenta una meta muy alta a alcanzar, en la vida moral: “Se os ha dicho…, pero yo os digo”. “Porque os digo que si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 5,2).

Siempre estamos en deuda con Dios. Nunca podemos justificarnos y pensar que ya hemos cumplido bien nuestro deber.

De esta manera, el Señor, al hacernos ver nuestra insuficiencia y su magnanimidad, nos pone en nuestro verdadero sitio: somos mendigos, delante de Dios, pero receptores de su infinito amor. Por eso, aunque somos mendigos, podemos seguir el ejemplo del Señor: ser liberales también nosotros, para dar con generosidad los dones recibidos tan abundantemente.

El Cardenal Ratzinger lo explica bien en su Introducción al Cristianismo: “Quien no es todavía cristiano calcula lo que debe hacer, y en sus artimañas casuísticas aparece con las manos limpias. Quien calcula dónde termina el deber y cómo se pueden prestar servicios excedentes mediante un opus supererogatorium, no es cristiano, sino fariseo. Ser cristiano no significa aceptar una determinada serie de deberes, ni tampoco superar los límites de seguridad de la obligación para ser extraordinariamente perfecto; cristiano es más bien quien sabe que sólo y siempre vive del don recibido; por eso la justicia sólo puede consistir en ser donante, como el mendigo que, agradecido por lo que le han dado, lo reparte benévolamente. Quien calcula, quien cree que él mismo puede lavarse las manos y justificarse, es el no-justificado. La justicia humana sólo se adquiere cuando se olvidan las propias exigencias, en la liberalidad para con el hombre y para con Dios. Es la justicia del “perdona, porque nosotros perdonamos”. Esta oración es la fórmula más adecuada a la justicia humana concebida cristianamente; consiste en perdonar, ya que el hombre vive esencialmente del perdón recibido.

Tan grande es el amor de Dios para los hombres que San Pablo se atreva a afirmar (ver 2ª Lectura) que nada nos podrá separar del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Reproducimos, a continuación, varios trozos de mensajes de Jesús y de la Virgen a Marga (ver sitios sobre el Tomo Rojo y el Tomo Azul), en los que el Señor y María le hablan de Don de Dios.

24-V-1999 (Virgen): “¡Qué poco conocéis el Amor de Dios, el Don de Dios! ¡A pesar de llamaros «los suyos»! Y si los suyos no le reconocen, ¿quién te reconocerá, oh, Dios mío?

4-IX-2000 (Virgen): Cuidad y proteged a vuestros Sacerdotes, son el máximo don de Dios para vosotros. Rezad por ellos, sostenedlos con vuestras oraciones, dadles vuestro cariño. Por vosotros se entregan, sed fiel rebaño y cariñoso para ellos. Cuidadlos como oro en paño, ¡son mis hijos muy amados! Mi Corazón se derrite de gozo y de agradecimiento, de paz y amor pensando en ellos, en lo que han donado a Dios y en lo que donarán”.

2-VIII-2001 (Virgen): “¿Quién podrá resistirse al Amor de Dios? Nadie, hijos, nadie que lo conozca verdaderamente puede resistirse al Amor de Dios, que excede cualquier amor, que excede todo conocimiento, toda cosa creada, toda persona creada, todo don en el mundo, el don de Dios excede a todo, todo conocimiento, toda creación, el don de Dios es irresistible. Abríos al don de Dios y acoged su Espíritu para que os transforme y podáis transformar al mundo”.

5-VI-2002 (Jesús): “En la Iglesia, cada ser humano -hombre y mujer- es la «Esposa», en cuanto recibe el amor de Cristo Redentor como un don, y también en cuanto intenta corresponder con el don de la propia persona». «En el ámbito del «gran misterio» de Cristo y de la Iglesia todos están llamados a responder -como una esposa- con el don de la vida al don inefable del amor de Cristo, el cual, como Redentor del mundo, es el único Esposo de la Iglesia. En el «sacerdocio real», que es universal, se expresa a la vez el don de la Esposa»”.

14-VIII-2003 (Jesús): “¡Si comprendierais cuál es el don de Dios! ¡Oh, si meditarais más a menudo en la Encarnación!, veríais cómo el Amor de Dios, del Dios Eterno, rezuma por los cuatro costados. Veríais que vuestra realidad de la tierra se encuentra ya redimida. Que brota ya como un surtidor hacia la vida eterna. Veríais... oh, hijos... ¡seríais felices! Os llenaría el gozo y la alegría, vuestra vida cambiaría”.

12-III-2004 (Jesús): “Sí, miraos a vosotros mismos como depositarios de un inmenso don para repartir a los demás. Miraos como cauce de mis Gracias para el mundo, para España”.

1-III-2005 (Jesús): “¿Cómo podréis escucharme, oh, cruel generación que matáis a los profetas? Os envío profetas. Os envío el Don de profecía, que prolifera en estos Días y al cual no hacéis caso y al cuál perseguís hasta dar muerte”.

30-V-2006 (Jesús): “Quienes me acogen. Me aman. Por eso, cada vez que os mando sufrimientos, acogedlos. Agradecedlos como un gran don. Reconoceos así privilegiados míos. Mis elegidos. En quienes me complazco. Cuanto más sufráis, más me amaréis y más os asemejaréis a Mí y a mi Madre.

19-VIII-2007 (Virgen): “Es sólo en la Cruz donde vas a alcanzar gloria. Por tanto, bendíceme por cada cruz que Yo te doy, agradéceme las cruces de tu vida. Míralas como un don de Amor de Dios a ti”.

9-V-2008 (Virgen): “Sí, entre vosotros, los hombres, estáis más unidos de lo que creéis. Yo os pongo en relación unos con otros para que os procuréis vuestro bien. ¡Cuánta gente te agradecerá, Marga, en el Cielo el que tú fueras fiel a este Don!”.

sábado, 26 de julio de 2014

Los valores del Reino

Mañana, Domingo XVII durante el año, en el Evangelio de la Misa meditaremos tres más de las Parábolas del Reino, que venimos leyendo desde hace varios domingos: la parábola del tesoro escondido, la de la perla preciosa y la de la red barredera.


Lecturas de la Misa:

1R 3, 5. 7-12. Pediste discernimiento.
Sal 118. ¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!
Rm 8, 28-30. Nos predestinó a ser imagen de su Hijo.
Mt 13, 44-52. Vende todo lo que tienes y compra el campo.

En la vida no se valoran las cosas de la misma manera. Hay una jerarquía de valores y cada hombre, libremente, tiene su propia escala de valores, que puede o no coincidir con la verdad. El rey Salomón valoraba especialmente el don de la sabiduría para gobernar a su pueblo (1ª Lectura). Jesús nos enseña a dar importancia primordial a los valores del Reino de los Cielos, por el que se sacrifica todo (Evangelio). San Pablo nos invita a amar el plan salvífico de Dios que nos escoge, justifica y glorifica (2ª Lectura).

¿Cuáles son para mí los principales valores de la vida? Escucho la voz de Cristo, a través de las Parábolas del Reino, para aprender su enseñanza invaluable. ¿Me doy cuenta de que cuando Jesús habla del tesoro escondido o de la perla preciosa, lo que nos quiere señalar es el amor que Dios nos tiene a cada uno de sus hijos. Ese es nuestro tesoro. “Donde está tu tesoro está tu corazón”. ¿Nuestro corazón está cada vez más puesto en Dios?

El ser humano tiene su origen en Dios y también su fin. Hemos sido creados para vivir en comunión con Dios. Desde nuestra creación estamos abiertos a Dios. Somos como una cerradura que sólo se abre con una llave, que es Jesucristo (Chesterton). Cristo es la clave para entender qué es el hombre y cuál es su sentido.

Al final de los tiempos, Dios echará su red barredera y recogerá a todo tipo de peces, separando los buenos de los malos, es decir, los que permitieron que Cristo entrara en su vida y los que lo rechazaron.

El Gran Valor del Reino es el mismo Cristo, perfecto Dios y perfecto Hombre. ¿Qué vemos en Jesucristo? ¿Qué Camino nos señala el Señor? El de la Cruz. Para vivir hay que morir. Para conseguir el tesoro de su amor, hay que vender todo, renunciar a todo (comenzando por nosotros mismos). Sólo quien muere a sí mismo puede ser su discípulo.

Reproducimos, a continuación, uno de los mensajes de Jesús a Marga (ver sitios sobre el Tomo Rojo y el Tomo Azul), en el que el Señor le habla de los valores cristianos. Además, copiamos trozos de mensajes en la que se habla del Reino Nuevo.

Mensaje del 11 de junio de 2006

Jesús:

"No os asustéis por el día de mañana. No temáis. Pero tenéis que saber que vuestros hijos se van a encontrar con todo esto: drogas, prostitución, violencia... porque son miembros de esta sociedad en la que viven, y esta sociedad está corrompida. De nada servirá ocultárselo. Otro, otra persona que no sois vosotros, se lo dará en algún momento a conocer, y no precisamente para «informarle», sino para su «deformación».

Cuidadlos. Cuidad los ambientes, sí. Pero dadles valores. Los principales valores se aprenden en casa de la mano de los padres. Con su ejemplo. Y de nada servirá «hablar» a un hijo si eso no va acompañado de su ejemplo de vida. Si le digo a un hijo que algo es bueno, debo quererlo y practicarlo yo también en mi vida.

¿Y si los padres no sois ejemplo? Entonces, hija mía, te digo que no tenéis absolutamente nada que hacer. Vuestro hijo quedará merced el ambiente que le rodea. Y sólo podrá salvarle la Gracia de Dios, si alguna vez la recibe.

El principal valor es el amor. Y su contrario el egoísmo. Y en una casa donde reine el amor, ¡qué difícil es que llegue la deformación del mundo exterior! Meditad esto. Examinaos en esto.

Estad muy anclados en María, en su Rosario y en su Corazón. Si la Consagración es sincera, Ella siempre se ocupará de ayudaros y os salvará. Dejadla cabida. Construid con Ella.

No viváis anclados en la materialidad. Quien tiene como dios a las riquezas no puede seguir el camino de Dios".

Otros trozos de mensajes de Jesús sobre el Reino nuevo:

— “Amadme, amad a Dios, vosotros, vosotros los elegidos, vosotros los escogidos. Construid el Reino Nuevo, trabajad para el Reino eterno, no perecedero, que perdurará por los siglos de los siglos. Amén” (Jesús, 20-X-2000).

— “Yo no os he dejado solos, tenéis al Paráclito, invocadle, llamadle y acogedle en vuestra vida. Tornará la dicha en gozo, la alegría en plenitud para mi Reino Nuevo. Nuevos amores, nuevo amor, amor renovado, grande, exultante, pleno de gozo, inundado de dicha, de dicha sin término, dicha sin fin.
Reino Nuevo del Amor Nuevo. Nuevo milenio en el que estamos, milenio de Amor. Acercaos entonces a la Purificación. Para entrar en él, se atraviesa el cancel del crisol, donde se funden vuestras buenas obras y son talladas por el Artesano realizando las obras para adornar su Trono” (Jesús, 27-IV-2001).

— “Sois la generación que ha de ver mi Reino Nuevo. Sois la generación del Amor, la que verá triunfar el Reinado de los Corazones de Jesús y María: «Cristo en todas las almas, y en el mundo la paz»” (Jesús, 30-IV-2002).

— “Apunta cómo será el Reino Nuevo: Ya no habrá más llanto ni dolor. La primera tierra ha pasado. Le sigue otra nueva, renovada. Donde los hombres aman a Dios y le alaban, donde se cumplen sin temor sus mandatos. Él habita con ellos, les ha cambiado el corazón. Arrancaré tu corazón de piedra y te pondré un corazón de carne: el Corazón de Jesús. Su Reino de Amor y de victoria sobre sus enemigos. El Amor de Dios con los hombres. Los hombres apegados a Dios y desprovistos de las cosas materiales. Relación íntima con Dios, como un hombre con su amigo. No más temor, no más llanto ni dolor. La primera tierra ha pasado. Reino Nuevo de Verdad, Justicia y Amor. A eso es a lo que os llamo, a lo que hoy os llamo. Venid a construirlo. Los pobladores de este Reino habrán sido sus arquitectos. Construid, desde ahora, los pilares de la Nueva Civilización. La civilización del Amor” (Jesús, 24-XI-2003).

— “Comenzaré a dictarte ahora la Devoción para el Reino Nuevo.
Cuando Yo haya transformado todas las cosas por mi Madre.
Cuando mi Madre instale su Reinado de Amor en los corazones.
Cuando encuentre corazones similares al de María en el mundo, abiertos y dispuestos a acogerme, puros y limpios de corazón.
Entonces vendré Yo a reinar entre vosotros.
Estableceré mi Reino en la tierra y vendré a morar verdaderamente con vosotros, en el Reinado Eucarístico de mi Sagrado Corazón, donde no habrá ya más odio y desamor, pecado y horror. Donde reinará la paz” (Jesús, 18-VI-2008).




sábado, 19 de julio de 2014

El Trigo y la Cizaña

La Liturgia de la Palabra de estos domingos durante el año (del XIV al XVII) nos presenta las distintas Parábolas del Reino, que predicó Jesucristo en Cafarnaúm. Mañana —Domingo XVI durante el año— escucharemos la Parábola del Trigo y la Cizaña.   


Los textos de la Liturgia de la Palabra de este domingo son los siguientes:

• Sb 12, 13. 16-19. En el pecado das lugar al arrepentimiento.
• Sal 85. Tú, Señor, eres bueno y clemente.
• Rm 8, 26-27. El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables.
• Mt 13, 24-43. Dejadlos crecer juntos hasta la siega.

La realidad del mal en el mundo y, concretamente, del mal moral (el pecado), nos plantea preguntas que quedan sin resolver del todo, porque es un misterio: mysterium iniquitatis. También es un gran Misterio la Paciencia y la Misericordia de Dios ante el pecado.

Sobre esto nos dan pie, las lecturas de este domingo, para meditar y pedir al Señor luces, de modo que sepamos estar alerta, por una parte, para no permitir que la cizaña malogre la cosecha del amor de Dios en nuestras almas y, por otra parte, para que no nos “escandalicemos” de que existe la cizaña en el mundo, y sepamos que tenemos que convivir con ella (incluso dentro de nosotros mismos) y ser pacientes —como lo es Dios—, sin perder por eso la esperanza en el triunfo definitivo de la Verdad y el Amor.

Dios justo es paciente. Cuando constatamos el mal en el mundo —por ejemplo, las desgracias debidas a fenómenos naturales, o las guerra, debidas a la maldad del hombre, o las injusticias y discriminaciones…— nos preguntamos: ¿por qué permite Dios tanto mal? La respuesta está en las lecturas de hoy.

Dios gobierna con sabiduría y sabe esperar a que el pecador se convierta (ver la 1ª  Lectura). Por otra parte, da a todos —buenos y malos— la posibilidad de crecer. Él Intervendrá solo al final, aunque algunos quisieran que interviniera inmediatamente (ver el Evangelio).

La existencia del pecado, nos plantea la necesidad de la lucha cristiana contra el mal. No contra nuestros hermanos, sino cada uno contra sí mismo. Es decir, contra todo lo que nos aparta de Dios. 

El Señor nos da su gracia para que podamos vencer, pero nosotros necesitamos poner lo que está de nuestra parte: la lucha, el espíritu de mortificación y penitencia…; en definitiva, la Cruz de Cristo, que vence sobre la muerte, sobre el demonio y sobre el pecado.

Esta lucha cristiana es una “lucha contra el mal” y una “lucha por amor”. Por una parte necesitamos morir al hombre viejo (espíritu de mortificación): quitar todos los obstáculos que nos impiden vivir en plenitud las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad). Por otra parte, también es necesario convertirnos interiormente, y dirigirnos con todo nuestro corazón hacia Dios (espíritu de penitencia).

Y todo esto lo podemos practicar en la vida cotidiana. No es necesario desligarse de los quehaceres diarios de nuestra vida. Ahí nos espera Dios para que pongamos los medios de santificación, con perseverancia, diariamente (medios humanos y medios sobrenaturales: la práctica de las virtudes, la oración, la frecuencia de sacramentos…). La gracia de Dios nunca nos faltara para que Él lleve a cabo la obra que Él mismo ha comenzado en nosotros.

En la 2ª Lectura de la Misa, San Pablo nos recuerda, en la Carta a los Romanos, que la oración cristiana no debe ser impulsiva, sino llevada por el Espíritu, que tiene la iniciativa, en nuestra santificación, y nos guía por caminos espirituales.

Ahora, veamos algo de lo que nos dicen Jesús y su Madre, sobre la lucha contra el pecado, a través de Marga, en los Dictados que ella recibe para que los conozcamos todos los hombres de nuestra época (ver sitios sobre el Tomo Rojo y el TomoAzul).

En esta ocasión escogemos algunas frases aisladas de los mensajes:

Jesús (4 ene 1999): Si me amáis, venceréis sobre vuestros enemigos. Están las huestes prontas a la lucha, esperando su orden, ¿donde está el que debería ser mi Ejército? Ejército del Salvador: disponeos al combate. La batalla será cruenta. Sólo vencerán los que me amen.

Virgen (13 may 1999): El demonio pretende ahogarme, pero Yo me he preparado silenciosamente, sin que él lo sepa, un gran Ejército que mantendré en su lucha hasta el final. ¡¡Y Su Reino vendrá!!

Jesús (15 ago 1999): Por eso os digo: ¡Defendedme!, defendedme de mis opresores. Luchad por Mí, para que no sea derribado de mi Trono en la Iglesia, para que los corazones en gracia puedan recibirme.

Virgen (13 sep 1999): Unios y podréis vencerle. Los hermanos luchan juntos. Sí, esa desunión impide que os fortalezcáis en el Señor, impide la Gloriosa Venida del Espíritu Santo en plenitud.

San Miguel (3 jun 2000): El Señor ya ha vencido, pero debe vencer en vosotros. Batalla ganada, aunque aún no ha tenido lugar. Luchad, luchad hasta el final. Oh, final triunfante, final dichoso, final expectante de todo el Cielo, de toda la Creación.

Virgen (8 ago 2000): Se acerca el Día de Yahveh y sus huestes no están preparadas, su Ejército no está en formación de combate. Rezad, ayunad y disponeos, disponeos en torno a Mí. Formad Conmigo la «Coraza de Gloria», la Coraza que destruirá al enemigo. Pero antes, hacedle frente. Está Miguel y estoy Yo. Luchad, prietas las filas, con nosotros. Voy delante, seguidme. Da ahora la orden del Combate. Centinela, da ahora el aviso. Es el día, es el tiempo. Disponeos a luchar. Sed valientes, sed fuertes, no retrocedáis. Yo voy con vosotros, el Señor os protege y os protegerá. San Miguel ha sido enviado. Coge su espada y ve, ve tras él. Coge mi Arma (el Rosario) y embate contra el enemigo.

Jesús (25 oct 2000): Luchad, no temáis. Tenéis todo que ganar, nada que perder. El Todo es la Herencia Eterna, ansiada por los santos de todos los siglos. El Todo es el Reino Nuevo, del que a alguno os haré pobladores.

sábado, 12 de julio de 2014

La Palabra de Dios

Mañana, Domingo XV durante el año, la Palabra de Dios nos habla de ella misma. Con símiles y comparaciones, los profetas, los apóstoles y, sobre todo, el mismo Jesucristo nos invitan a tratar de comprender el gran tesoro que Dios nos ha concedido al comunicarnos su Palabra.


Los textos de la Liturgia de la Palabra de este domingo son los siguientes:

• Is 55, 10-11. La lluvia hace germinar la tierra.
• Sal 64. La semilla cayó en tierra buena, y dio fruto.
• Rm 8, 18-23. La creación expectante está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios.
• Mt 13, 1-23. Salió el sembrador a sembrar.

La Palabra germina en el corazón disponible. Como dice un viejo refrán latino “quidquid recipitur, ad modum recipientis recipitur”. “Lo que se recibe, se recibe al modo del recipiente”. Es decir, si tenemos buen vino en el alma, lo que recibamos se transformará en buen vino. Si tenemos vinagre, se transformará en vinagre.

Esto ocurre especialmente con la Palabra de Dios, que es una semilla de gran calidad siempre, pero necesita de una buena tierra para que dé fruto.

Por medio de la palabra, los hombres podemos comunicar a los demás nuestras ideas, nuestras opiniones, nuestras experiencias. De esta manera, expresamos lo que tenemos dentro.

La Palabra de Dios comunica los secretos divinos ocultos en el misterio de Dios. Dios nos habla, en la Sagrada Escritura, con lenguaje humano, pero nos comunica su Verdad. Quizá a nosotros nos parece imposible, pero Él es Omnipotente, y lo puede hacer.

La Palabra es siempre eficaz, poderosa y realiza lo que se propone. Por una parte tiene un contenido noético, de conocimiento, de Verdad. Pero también va acompañada de una fuerza, es dinámica y puede mover las conciencias y las voluntades.

Ciertamente, la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que un espada de doble filo: penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y descubre los sentimientos y pensamientos del corazón” (Heb 4, 12).

La comparación que hace Isaías, en la Primera Lectura, con la semilla, es muy acertada. Dios, a través de su Palabra en las Escrituras, pone una semilla de Verdad y Amor en nuestro corazón 

A veces no se escucha la Palabra porque los oídos están cerrados. Ante la Palabra, lo primero que hemos de hacer es mantener una actitud abierta: ¿qué me quieres decir Señor, a mí, ahora, a través de estas frases del Evangelio? La Palabra atraviesa el tiempo y la geografía del mundo, para llegar a nuestros oídos y producir, siempre, un gran bien: ilumina nuestro entendimiento y mueve nuestro corazón.  

La Parábola del Sembrador es una de las parábolas más hermosas de Jesús. Nos presenta la situación de cuatro tipos de hombres.

Los primeros, que se pueden comparar al terreno duro del camino, están cerrados a la Palabra y vienen los pájaros, y se la llevan. No queda nada. No crece nada en el camino duro. Es estéril.

Los segundos, que son como una tierra pedregosa, tienen cierta apertura a la Palabra, pero son superficiales y la Palabra no puede crecer, por falta de tierra. ¡Qué daño hace a los hombres la superficialidad, la falta de interés, la dispersión del corazón en mil cosas, que impide valorar lo que realmente vale la pena.

Los terceros, a los que Jesús compara con un terreno sembrado de malas hierbas, son los que escuchan y profundizan en la Palabra, pero las cosas de este mundo o su soberbia, que es la peor de las hierbas, les impiden dar fruto. El fruto se agosta por las malas disposiciones del corazón.

Por último, están los que son como la tierra buena y esponjosa, que da mucho fruto. El mejor ejemplo que tenemos es el de Nuestra Señora. Ella conservaba la Palabra y la meditaba en su corazón. Es profunda y reflexiva. Acoge la Palabra con ilusión y deseos de aprender. La recibe como una perla preciosa de gran valor. Sabe que, por la Palabra, vale la pena dejar todo lo demás. En definitiva, la Palabra que recibió María es su Hijo, Jesucristo.

En la Segunda Lectura, San Pablo nos recuerda que los trabajos que comporta recibir la Palabra, defenderla y buscar que dé fruto en nosotros y en los demás, no deben descorazonarnos sino estimularnos a esperar el premio de la gloria.

Ahora, veamos qué nos dicen Jesús y su Madre a través de Marga, en los Dictados que ella recibe para que los conozcan todos los hombres de nuestra época (ver sitios sobre el Tomo Rojo y el Tomo Azul).

Mensaje del 10 de enero de 2002

Jesús:

Amados hermanos, amados míos, escuchad, escuchad la Voz de Dios. Sabed leer en los acontecimientos los signos de los tiempos, porque Dios os habla también a través de ellos. No estéis como tontos, oyendo otras voces del mundo que os llaman sin cesar y vosotros os dejáis llevar gustosos por ellas. Os llaman, pero a la perdición. Escuchadme a Mí que Yo os llamo para la Salvación.

Ved, ved y oíd. No seáis como los ciegos que mirando no ven y los sordos que escuchando no oyen. Ved y oíd, ved y oíd la Palabra de Dios, el cumplimiento de sus Designios por sus Obras. Ved, ved y oíd.

Escuchad el clamor de las olas rugientes que se abalanzan sobre vosotros. Es la Gracia de Dios de conversión que lava, lava y arrasa, como lejía de lavandero, lava y arrasa lo sucio a su paso. Es necesario. Es necesaria la inundación que arrasa (Nota 1: Es el mar que se desborda con trepidantes olas y arrasa una ciudad marítima, la inunda y luego vuelve a su cauce y de la ciudad queda en pie muy poco)

Escucha, escuchad su rugido que de la tierra sale y rompe, y rasga los edificios con bajos pilares, rompe y destroza partiendo lo que el Juicio detuvo por su Amor (Nota 2: Es un terremoto que asola una ciudad).

Escuchad, escuchad su Palabra, que como fuego sale de su boca y aniquila cayendo sobre vosotros, aniquila la perdición y es purificado a fuego vuestro mundo, como oro en crisol, para que quede en pié sólo lo puro, lo bueno y santo.

Escuchad: muchos mártires vuelan al cielo cantando con los Ángeles. Escuchad su fuerte cántico, armonizad con ellos salmos de alabanza para vuestro Dios. Mirad, esos pequeños son los mártires de la barbarie, por ellos a vosotros os llega también más condenación, pero ellos son dichosos conmigo en el Cielo.

Escuchad, ved. Escuchad y ved los signos de los tiempos. Ved y tened pavor sólo de no estar convertidos a tiempo. Lo demás dejadlo a la Misericordia de Dios. Él sabe qué hacer. Poneos fielmente en sus manos, que determinará la suerte a seguir de cada uno de vosotros. ¿Alguno quiere ofrecerse antes? Si al Padre le ha parecido bien, tomará vuestro ofrecimiento para la Vida Nueva.

Gustad, gustad y ved. Gustad y ved qué bueno es el Señor que no quiere que toda la humanidad se pierda y ha dejado para sí un Resto, un Resto para la salvación. Alimentaos, alimentaos de su savia.

Venid, venid a ver qué bueno es el Señor. Venid. Dejad la lujuria y la pereza, vuestros pecados capitales y venid, venid Conmigo.

Aquí os dono a vuestro Ángel. Él os conducirá. Tenéis los vuestros particulares. Tenéis a Miguel. Labrad la batalla dura, cruenta, contra el Maligno.

Mensaje del 1 de marzo de 2005

Jesús:

Manifestaciones extraordinarias: Es el camino que Yo empleo para esta Hora, donde casi nadie me escucha ya. Manifestaciones extraordinarias, porque las ordinarias no las atienden. ¡No me escucháis! No me escucháis ya.

Os hablo a través de los libros, de las buenas lecturas que nadie compra.

Os hablo a través de la Biblia, la Palabra de Dios que nadie lee.

Os hablo a través de la Eucaristía que (casi) nadie recibe en Gracia.

Os hablo a través de la oración, que nadie hace.

Os hablo a través del silencio, que nadie emplea, a través de la pobreza y las privaciones voluntarias, que nadie busca.

Y finalmente os hablo a través de mi Madre, a quien ya nadie acude. ¡¡¿Cómo podréis escucharme?!!

¿Cómo podréis escucharme, oh, cruel generación que matáis a los profetas? Os envío profetas. Os envío el Don de profecía, que prolifera en estos Días y al cual no hacéis caso y al cuál perseguís hasta dar muerte.

Os envío mi Espíritu en gran profusión a través de mi Eucaristía, en las Adoraciones,, en los Sagrarios. ¿Cuántos acudís? ¿Cuántos acudís a recibirlo?

Me comunico a vosotros en vuestras comuniones, cuerpos a los que he de entrar con repugnancia, plagados como se encuentran de pecados. Aun así os hablo, ¿cuántos me escucháis?

Os hablo a través del remordimiento de vuestra vida pasada y de vuestra vida actual de pecado, ¡oh, cuántos me escucháis!

Aun así os digo Palabras de Amor, Palabras de Cariño... de las que huis con miedo. Os asusto. Os asusta mi Amor. ¡¿Por qué?!

Decidme, ¿por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Por qué os asusta mi Amor, el Amor de Yo, que Soy Dios... ¿por qué? Es un Amor Infinito. ¿Por qué tener miedo? Borrará todas tus culpas, si te arrepientes con corazón sincero. Ven a Mí. ¡Venid a Mí y lo experimentaréis! Arrepentíos por un solo segundo. ¡Jugad a eso si queréis! ¡Probad a arrepentíos una vez por un solo segundo! Veréis a mi Espíritu descender sobre vosotros y arrebataros en su Amor mostrándoos su Belleza, de la que ya no podréis huir, no podréis huir más, porque os habrá cautivado.

No queréis. Decidme, ¿por qué no queréis? No queréis cambiar de vida. Es eso. Pero, ¿por qué? ¿No veis cómo vuestra vida actual sólo os trae sufrimientos? ¿No queréis sufrir en esta hora actual con los santos?

¡Oh...! ¡Se acaba, se acaba el tiempo de salvación! ¡Ya no quieren ser salvados! ¡Los hombres no quieren ser salvados! Ya no.

¡Padre! ¡Padre! ¡Adelanta esta Hora! ¡Adelántala, pues los hombres ya no quieren ser salvados! Míralos, ¡no se cogen a mi Mano! No quieren... Caen en el abismo ¡¿Para qué me sacrifiqué?! ¡¡Para qué mi Sacrificio!!

Santos. ¡Santos de los Últimos Tiempos! Sabed que en vosotros pensé en aquella Hora de mi Pasión para tener cumplimiento en ésta de la Iglesia. Sabed que vuestros sufrimientos de esta Hora me dieron valor para continuar con la Mía. Que mereció la pena por la Gloria que me dais tan sólo uno de vosotros. Sabed, en el Cielo llevaréis esta inscripción: «Los Santos de los Últimos Tiempos» los que supieron sufrir, los que supieron morir en la Hora de la Pasión de la Iglesia por la salvación de sus hermanos.

Los Santos sobre los que se cebó el último ataque fiero del Maligno sobre mis hijos. Los Santos sobre los que se derramó el Espíritu Santo en efusión nunca conocida en el mundo. Son los Santos cuya Pasión es más semejante a la Mía, porque es una Pasión sobre todo moral. Es una ruptura del Corazón, es una ruptura interior. Y sobre algunos también exterior.

Pero Yo os digo: Sabed que Dios-Jesús, en su Hora de su Pasión pensó en vosotros y que por el más insignificante recibió el consuelo, el grande consuelo para que su Corazón no se rompiera y pudiera seguir hasta el final. Que por el amor de uno de vosotros, el más insignificante, le mereció la pena morir. Que fuisteis el Consuelo de Dios-Jesús en esa Hora y lo sois ahora para toda la Iglesia que agoniza en dolores de parto.

Daréis a Luz la Nueva Generación. La Iglesia no morirá, sino que, por vosotros, quedará nuevamente constituida. Quedará renovada y su Pasión llegará a su fin, alcanzando su Resurrección.

Esto es Doctrina de la Iglesia. Esto es Verdad de fe nuevamente revelada.

No añado nada nuevo. Lo especifico, lo aclaro para esta Hora.

Atended, escuchad el Don de Profecía, no lo desdeñéis.

Atended, escuchad a mis Profetas. Os hablan. Os hablan porque si callan estos, gritarán las piedras.

Cuando hayáis matado a todos mis profetas, entonces: ¡¡GRITARÁN LAS PIEDRAS!!

Nota: Se cierra con esa Voz potente de Jesús. Entiendo que desaparecerá el Don de Profecía y estallará el Reino Nuevo incluso con un estallido material de la Creación material en pleno. ¡Qué bonito! ¡Qué Mensaje más precioso! Lo leo ahora y ¡Dios mío! ¡no es exactamente así como me lo has dicho! Tu Palabra era distinta. Entendía más cosas de las que he puesto. Cfr. Le 19,40.

sábado, 5 de julio de 2014

La virtud cristiana de la humildad

Los textos de la liturgia de la Palabra de este Domingo XIV durante el año son los siguientes: Za 9, 9-10; Sal 144; Rm 8, 9. 11-13; Mt 11, 25-30. Todos, de una u otra forma, nos hablan de la virtud cristiana de la humildad. Hasta el domingo XVII los Evangelios presentan las parábolas del Reino. Y uno de los valores fundamentales del Reino es la humildad: “aprended de mí —nos dice Jesucristo—, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29).

Jesús entra en Jerusalén (Giotto, Capella degli Scrovegni)

Pero, antes de entrar el el tema de domingo, quisiéramos sugerir a nuestros lectores, a propósito del post de la semana pasada en el que comentábamos el fallecimiento de Joe Lomangino, que vieran el vídeo que ha preparado Antonio Yagüe: El Milagro de Garabandal tras la muerte Joey Lomangino.

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La virtud de la humildad es una virtud fundamental de la vida cristiana. Las mayores virtudes son las teologales (fe, esperanza y caridad). La humildad es una virtud humana, que no tiene como objeto al mismo Dios, pero que es imprescindible para vivir las virtudes teologales. Su misión es quitar los obstáculos que nos impiden creer, esperar y amar a Dios con todo nuestro corazón.

¿Dónde se encuentra esta virtud asentada? En el corazón del hombre, es decir, en lo más íntimo de su ser, en el yo profundo, en el lugar en el que se escucha la voz de Dios y se toman las decisiones.

Desde los primeros tiempos de la Iglesia, los Padres tuvieron la intuición de que la virtud de la humildad es decisiva para avanzar en la progresiva incorporación a Cristo. Informa a las demás virtudes humanas y morales (prudencia, justicia, fortaleza, templanza) y ”sin ella —como dice Miguel de Cervantes— no hay ninguna que lo sea” (Coloquio de los perros).

La humildad es la virtud de los pobres de espíritu, que se saben pequeños y necesitados, que cuentan para todo con la gracia de Dios.

Se pueden señalar como tres grandes ámbitos en los que se vive la virtud de la humildad: con Dios, con los demás y con nosotros mismos.

La humildad con Dios es reconocer, en todo momento, la grandeza de Dios y tener siempre una actitud de adoración, sumisión, acción de gracias y alabanza hacia nuestro Creador, Redentor y Santificador (Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo). Un hombre humilde es el que vive en la presencia de Dios y busca darle toda la gloria, sin quedarse él con ninguna. San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, solía expresar esa actitud con un deseo grabado profundamente en su alma: “¡Que sólo Jesús se luzca!”. Es decir: que sea el Señor quien aparezca en mi actuar, en mis palabras, en mis obras; que yo sea, sólo, un instrumento suyo, a través del cual Él actúe. Es también el lema de vida de San Juan Bautista: “Conviene que Él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30).

La humildad con los demás la vivimos a través de la naturalidad. Se es humilde cuando sabemos ser flexibles para adaptarnos a las necesidades de nuestros hermanos, hacerles la vida agradable y facilitarles el camino de santidad en la tierra. Es la soberbia (vicio capital que se opone frontalmente a la humildad) la que estropea las relaciones entre los hombres y dificulta todo entendimiento y comprensión entre nosotros. Con una persona humilde se está a gusto porque sabe ocultarse y desaparecer; sabe estar en su sitio. De esta manera, la humildad —como decía San Agustín— viene a ser la morada de la caridad.

La humildad con uno mismo se puede expresar con la frase de Santa Teresa: “la humildad es la verdad”. Un hombre humilde es el que, al mismo tiempo, conoce su grandeza y su pequeñez. Por una parte, se sabe hijo de Dios, templo del Espíritu Santo, comprado a gran precio por la Sangre de Cristo. Pero también conoce su miseria, sabe que es como polvo elevado por el viento e iluminado por los rayos del sol, que brilla maravillosamente, pero con un brillo que procede de Dios. Este doble conocimiento permite al hombre situarse ante el mundo, con confianza y seguridad (porque es hijo de Dios) pero con desconfianza hacia sí mismo, porque reconoce que está hecho de barro y si se aparta de Dios es capaz “de todos los errores y de todos los horrores” (San Josemaría Escrivá).

Por último, señalamos tres virtudes que son como partes integrantes de la humildad: la sinceridad (reconocimiento de la verdad), la docilidad (obediencia a la verdad reconocida) y la sencillez (hábito de elegir el camino más derecho y simple entre los posibles para actuar según la verdad).

Estas consideraciones las hemos tomado de E. Burhart y J. López, Vida cotidiana y santidad en las enseñanzas de San Josemaría. Estudio de teología espiritual, Volumen II, pp. 383 ss.

No podemos terminar estas reflexiones sobre la humildad sin hacer una referencia a Nuestra Señora, Esclava del Señor. En Ella tenemos un modelo perfecto de la verdadera humildad (además de nuestro modelo supremo en todo, que es Jesucristo). «Porque vio la humildad de su esclava, he aquí que, por esto, me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1, 48).

Para finalizar, transcribimos, como ya va siendo habitual, algunos textos de los Dictados de Jesús a Marga, que tienen relación con la virtud cristiana de la humildad (cfr. ver sitios sobre el Tomo Rojo y el Tomo Azul).

Mensaje del 12 de junio de 2006

Jesús:

Hija querida de mi Corazón de Padre, Corazón de Dios.

¿Cómo me quieres tanto, Jesús? (palabras de Marga)

Llora, pero llora con paz y por alegría. Por alegría de saberte amada hasta la muerte, y muerte de Cruz.

Yo te amo, te amo por los que no te aman. Jamás os podéis sentir huérfanos y solos: ¡os ama Dios!

Yo preparo tu corazón. Déjate preparar. Mira cómo se le caen las escamas que lo protegen y le hacen duro. Con la humildad y la humillación hago a vuestro corazón semejante al Mío.

Mensaje del 2 de mayo de 2008 (última parte)
(Primer Viernes)

Virgen:

Mira, hija, Yo he querido purificaros muchísimo. Me sois necesarios en el estado más puro que podáis. Y para eso tenéis que desprenderos de muchas cosas.

¿De verdad sois todos esos «niños buenos» que aparentáis?

Hijo, refórmate, porque nada hay oculto que no llegue a descubrirse. Refórmate, porque Yo pido mucho de ti. No estés engañado sobre ti mismo. Conoce tu realidad y piensa: así me ama Dios, ¿no voy a amar yo igualmente a todos? Humildad. Humildad y paz.

Veréis qué bien se está. Qué bonitas las relaciones entre vosotros y cuánto amor.

Purificaos. Y humildad y paz. Así alcanzaréis la paz. Sacrificio y humillación. Es lo que hace al alma digna de Dios. ¿O es que queríais presentar al Señor una ofrenda no válida? Las ofrendas para Dios, son las mejores. El alma purificada es la mayor ofrenda y la mejor que le podéis dar.

Y  cuando Yo ya os haya purificado, porque os habéis puesto en mis manos, saldréis a convertir al mundo. No antes.