sábado, 23 de mayo de 2015

El don de entendimiento

Dedicaremos las próximas siete entradas del blog, a partir de hoy, Solemnidad de Pentecostés, a recordar la doctrina de Santo Tomás de Aquino sobre los dones del Espíritu Santo.


Nos parece que sus consideraciones sobre los siete dones son muy provechosas siempre, y particularmente en los momentos actuales. El Espíritu Santo se derrama, en efusión de Amor, en todas aquellas almas que desean vivamente recibirlo.

El Doctor Angélico trata de los dones al estudiar las virtudes teologales y morales, y los relaciona con ellas y con cada una de las bienaventuranzas.

Seguimos, por lo tanto el orden de Santo Tomás, que comienza con el don de entendimiento, en la cuestión 8 de la Secunda Secundae Pars de la Suma Teológica.

  1. Don de entendimiento (q. 8)
  2. Don de ciencia (q. 9)
  3. Don de temor (q. 19)
  4. Don de sabiduría (q. 45)
  5. Don de consejo (q. 52)
  6. Don de piedad (q. 121)
  7. Don de fortaleza (q. 123)
Transcribimos el Sed contra y el Respondeo de cada uno de los artículos de las cuestiones. No incluimos las objeciones ni la respuesta a las mismas.

EL DON DE ENTENDIMIENTO
(S. Th. II-IIae, q. 8)

Viene a continuación el tema del don de entendimiento y de ciencia, que corresponde a la virtud de la fe.

Sobre el don de entendimiento se formulan ocho preguntas:

1.   ¿Es el entendimiento un don del Espíritu Santo?
2.   ¿Puede coexistir con la fe en el mismo sujeto?
3.   El don de entendimiento, ¿es solamente especulativo o también práctico?
4.   Todos los que están en gracia, ¿tienen el don de entendimiento?
5.   ¿Puede hallarse este don en algunos sin la gracia?
6.   ¿Cómo se relaciona el de entendimiento con los demás dones?
7.   ¿A qué bienaventuranza corresponde este don?
8.   ¿Qué fruto le corresponde?

ARTÍCULO 1

¿Es el entendimiento un don del Espíritu Santo?

Contra esto [es decir, contra las objeciones que se oponen a la tesis del artículo]: está el testimonio de la Escritura: Sobre él reposará el espíritu de Yahveh, espíritu de sabiduría y de inteligencia (Is 11, 2).

Respondo: El nombre de entendimiento implica un conocimiento íntimo. Entender significa, en efecto, algo como leer dentro. Esto resulta evidente para quien considere la diferencia entre el entendimiento y los sentidos. El conocimiento sensitivo se ocupa, en realidad, de las cosas sensibles externas, mientras que el intelectual penetra hasta la esencia de la realidad, su objeto: lo que es el ser, como enseña el Filósofo en III De An. Ahora bien, las cosas ocultas en el interior de la realidad, y hasta las cuales debe penetrar el conocimiento del hombre, son muy vanadas. Efectivamente, bajo los accidentes está oculta la naturaleza sustancial de las cosas; en las palabras está oculto su significado; en las semejanzas y figuras, la verdad representada. En otro plano distinto, las realidades inteligibles son, en cierto modo, íntimas respecto a las realidades sensibles que percibimos exteriormente, como en las causas están latentes los efectos, y viceversa. De ahí que, en relación a todo eso, puede hablarse de acción del entendimiento. Y como el conocimiento del hombre comienza por los sentidos, o sea, desde el exterior, es evidente que cuanto más viva sea la luz del entendimiento, tanto más profundamente podrá penetrar en el interior de las cosas. Pero sucede que la luz natural de nuestro entendimiento es limitada, y sólo puede penetrar hasta unos niveles determinados. Por eso necesita el hombre una luz sobrenatural que le haga llegar al conocimiento de cosas que no es capaz de conocer por su luz natural. Y a esa luz sobrenatural otorgada al hombre la llamamos don de entendimiento.

ARTÍCULO 2

¿Puede darse el don de entendimiento conjuntamente con la fe?

Contra esto [es decir, contra las objeciones que se oponen a la tesis del artículo]: está la autoridad de San Gregorio, que en el libro Moral, escribe: El entendimiento ilustra a la mente sobre cosas oídas, Mas quien tiene fe puede ser ilustrado sobre cosas oídas, como leemos en la Escritura: El Señor abrió a sus discípulos la inteligencia para que entendiesen las Escrituras (Lc 24, 45). Luego el entendimiento puede darse conjuntamente con la fe.

Respondo: En el caso presente se debe establecer doble distinción: una por parte de la fe, y otra por parte del entendimiento. Por parte de la fe, a su vez, hay que distinguir dos cosas: las que por sí mismas y de manera directa le incumben y que exceden a la razón natural; por ejemplo, que Dios es uno y trino, o que el Hijo se encarnó; y las que están ordenadas de alguna manera a la fe, como es todo cuanto está en la Escritura. Por parte del entendimiento cabe decir también que hay dos formas de entender las cosas. Una de ellas, perfecta, como cuando conocemos la esencia de la cosa entendida o la verdad de un enunciado intelectual como es en sí. Las cosas que corresponden a la fe no las podemos entender de esta forma, mientras dure el estado de fe; podemos, en cambio, entender lo que está ordenado a la fe. Pero hay otro modo, imperfecto, de entender una cosa; es decir, cuando desconocemos su esencia misma o la verdad de una proposición; no se conoce qué es ni cómo, y, sin embargo, se conoce que lo que aparece exteriormente no es contrario a la verdad. En el caso de la fe, comprende el hombre que no debe apartarse de ella por las dificultades que ve exteriormente. En ese sentido no hay inconveniente alguno en que, mientras dure el estado de fe, haya también inteligencia sobre las verdades que, por sí mismas, pertenecen a la fe.

ARTÍCULO 3

El don de entendimiento, ¿es solamente especulativo o también práctico?

Contra esto [es decir, contra las objeciones que se oponen a la tesis del artículo]: está el testimonio de lo que leemos en la Escritura: Principio del saber, el temor de Yahveh; muy cuerdos todos los que lo practican (Sal 111, 10).

Respondo: Como ya hemos dicho (a.2), el don de entendimiento no versa solamente sobre las cosas que de forma directa y principal incumben a la fe, sino también sobre todo cuanto está ordenado a ella. Ahora bien, las acciones humanas tienen alguna relación con la fe, puesto que, como afirma el Apóstol, la fe actúa por la caridad (Ga 5, 6). Por lo tanto, el don de entendimiento abarca también lo particular operable. Sobre esto no actúa de manera principal, sino en cuanto que en nuestro obrar actuamos, según San Agustín en XII De Trin., por las razones eternas a las que se adhiere la razón superior contemplándolas y consultándolas. La perfección de esta razón superior es obra del don de entendimiento.

ARTÍCULO 4

¿Se da el don de entendimiento en todos los que están en gracia?

Contra esto [es decir, contra las objeciones que se ponen a la tesis del artículo]: está lo que leemos en la Escritura: No saben ni comprenden; caminan en tinieblas (Sal 82, 5), y nadie que tenga la gracia camina en tinieblas, a tenor de estas palabras: El que me siga no caminará en la oscuridad (Jn 8, 12). Nadie, pues, que esté en gracia carece del don de entendimiento.

Respondo: Es necesario que cuantos poseen la gracia tengan también rectitud de voluntad, porque la gracia prepara la voluntad del hombre para el bien, como afirma San Agustín. La voluntad no puede ir, sin embargo, encaminada hacia el bien si no preexiste algún conocimiento de la verdad, pues su objeto es el bien captado por el entendimiento, como expone el Filósofo en III De An. . Y así como el don de caridad del Espíritu Santo dispone la voluntad para orientarse directamente hacia un bien sobrenatural, así también, por el don de entendimiento, ilustra la mente humana para que conozca la verdad sobrenatural, hacia la cual debe ir orientada la voluntad recta. Por eso, como el don de caridad se da en cuantos tienen la gracia santificante, se da también el don de entendimiento.

ARTÍCULO 5

¿Tienen el don de entendimiento incluso quienes no tienen la gracia santificante?

Contra esto [es decir, contra las objeciones que se oponen a la tesis del artículo]: están las palabras del Señor: Todo el que aprende del Padre y escucha su enseñanza viene a mí (Jn 6, 45). Ahora bien, por el entendimiento aprendemos o penetramos lo que oímos, como enseña San Gregorio en I Moral. . Luego todo el que tiene el don de entendimiento se llega a Cristo, hecho que no ocurre sin la gracia santificante. En consecuencia, el don de entendimiento no se da sin la gracia santificante.

Respondo: Como ya hemos expuesto en 1-2 q.68 a.1, 2 et 3, los dones del Espíritu Santo perfeccionan el alma haciéndola dócil a la moción del mismo Espíritu. Por eso se puede decir que la luz intelectual es don del entendimiento, en cuanto que el entendimiento del hombre queda bien dispuesto por la moción del Espíritu Santo. Ahora bien, esa docilidad se aprecia en que el hombre capta bien la verdad respecto del fin. Por eso, si el entendimiento humano no es movido por el Espíritu Santo para conseguir una recta aprehensión del fin, es señal de que no ha recibido aún el don de entendimiento, aunque bajo la luz del Espíritu tenga conocimiento de otras cosas que son preámbulos para la fe. Tiene, en cambio, recta estimación del último fin solamente quien no yerra sobre el mismo, sino que se adhiere a él como a sumo bien, y eso es exclusivo de quien tiene la gracia santificante, del mismo modo que en las cosas morales tiene una recta apreciación del fin quien tiene el hábito virtuoso. Por eso solamente tiene el don de entendimiento quien tiene la gracia santificante .

ARTÍCULO 6

¿Se distingue el don de entendimiento de los otros dones?

Contra esto [es decir, contra las objeciones que se ponen a la tesis del artículo]: está el hecho de que las cosas enumeradas conjuntamente deben ser de alguna manera distintas entre sí, ya que la distinción es el principio del número. Pues bien, en Isaías vemos (Is 11, 2-3) que el don de entendimiento aparece enumerado juntamente con los demás dones. Luego se distingue de ellos.

Respondo: Es evidente la distinción entre el don de entendimiento y los dones de piedad, fortaleza y temor; el de entendimiento pertenece a la potencia cognoscitiva; los otros tres, a la apetitiva. No es, en cambio, tan evidente la diferencia entre el don de entendimiento y los otros que pertenecen también a la potencia cognoscitiva, es decir, los de sabiduría, ciencia y consejo. Hay quienes piensan que el de entendimiento se distingue de los dones de sabiduría y de consejo porque estos dos corresponden al conocimiento práctico; aquél, en cambio, al especulativo. Se distingue, no obstante, del don de sabiduría, que se refiere también al conocimiento especulativo, porque a la sabiduría corresponde el juicio, y al entendimiento la capacidad de percepción de las cosas que se le proponen o de la penetración íntima de las mismas. A tenor de esto hemos reseñado más arriba (1-2 q.68 a.4) el número de los dones. Pero si nos fijamos bien, el don de entendimiento no se refiere solamente a la especulación, sino también a lo operable, como queda dicho (a.3); la sabiduría, por su parte, comprende también ambas cosas, como se dirá luego (q.9 a.3). Por lo tanto hay que establecer otra base de distinción de los dones.
Efectivamente, estos cuatro dones de que hablamos se ordenan al conocimiento sobrenatural, que tiene su base en la fe. Ahora bien, en palabras del Apóstol, la fe viene de la predicación (Rm 10, 17), y, por lo tanto, al hombre se le deben proponer algunas cosas para creerlas; no como cosas vistas, sino como oídas, para que les preste su asentimiento. Por otra parte, la fe, primera y principalmente, es acerca de la Verdad primera; secundariamente, sobre cosas que conciernen a las criaturas; y por último se extiende también a la dirección de las acciones humanas en cuanto que actúa por la caridad, como hemos dicho (a.3; q.4 a.2 ad 3). En consecuencia, son dos las cosas que se requieren de nuestra parte respecto de lo que se nos propone para creer. Primero: que sean penetradas y captadas por el entendimiento, y ésta es función del don de entendimiento. Segunda: que el hombre se forme de ellas un juicio recto, hasta el punto de considerar buena la adhesión a las mismas, y que se deben rechazar los errores opuestos. Este juicio, cuando se refiere a las cosas divinas, corresponde en realidad al don de sabiduría; al don de ciencia, si se trata cosas creadas; al don de consejo, cuando se propone su aplicación a las acciones singulares.

ARTÍCULO 7

¿Corresponde al don de entendimiento la sexta bienaventuranza: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios"?

Contra esto [es decir, contra las objeciones que se oponen a la tesis del artículo]: está la afirmación de San Agustín en el libro De Serm. Dom. in monte: La sexta operación del Espíritu Santo, que es el don de entendimiento, es propia de los limpios de corazón, los cuales, purificados los ojos, pueden ver lo que el ojo no vio.

Respondo: La sexta bienaventuranza, lo mismo que las demás, expresa dos cosas: una, como mérito, que es la pureza de corazón; otra, como premio, y es la visión de Dios, como hemos expuesto (1-2 q.69 a.2). Las dos cosas pertenecen, en cierto modo, al don de entendimiento. Hay, en efecto, una doble pureza. Una, en verdad, preliminar y disposición para la visión de Dios, y que consiste en la depuración de la voluntad de todo tipo de afecto desordenado. Esa pureza de corazón se logra por las virtudes y los dones propios de la voluntad. La otra, en cambio, es como un complemento para la visión divina. Se trata de una pureza de la mente depurada de los fantasmas y de los errores, de tal manera que no reciba las cosas de Dios en forma de imágenes corporales ni de perversiones heréticas. Esta pureza es obra del don de entendimiento. Hay, igualmente, una doble visión de Dios. Una, perfecta, en la cual se ve la esencia divina. La otra, imperfecta, en la cual, aunque no veamos qué sea Dios, vemos, sin embargo, qué no es. En esta vida conocemos tanto más perfectamente a Dios cuanto mejor comprendemos que sobrepasa todo lo que comprende el entendimiento. Y una y otra visión corresponden al don de entendimiento: la primera, al don de entendimiento consumado, como se dará en la patria; la segunda, al don de entendimiento incoado, como se da en el estado de vía.

ARTÍCULO 8

Entre los frutos, ¿corresponde la fe al don de entendimiento?

Contra esto [es decir, contra las objeciones que se oponen a la tesis del artículo]: está el hecho de que el fin de cada cosa es el fruto de la misma. Ahora bien, parece que el don de entendimiento va ordenado a la certeza de la fe, como fruto, ya que dice la Glosa, sobre el texto de Gál5, 22, que la fe como fruto es la certeza sobre las cosas invisibles. Luego entre los frutos, la fe corresponde al don de entendimiento.

Respondo: Como hemos expuesto al hablar de los dones (1-2 q.70 a.l), los frutos del Espíritu Santo son ciertas realidades últimas y deleitables que se dan en nosotros provenientes del Espíritu Santo. Ahora bien, lo último y deleitable tiene razón de fin, y el fin es el objeto propio de la voluntad. Por eso, lo último y deleitable en el plano de la voluntad debe ser, de alguna manera, fruto de cuanto corresponde a las actividades de las demás potencias. De ahí que el don o la virtud que perfecciona una potencia puede ofrecer doble fruto: uno, propio de esa potencia; otro, como último, propio de la voluntad. En consecuencia, debemos concluir que al don de entendimiento corresponde, como fruto propio, la fe, es decir, la certeza de la fe; pero como fruto último le corresponde el gozo, el cual atañe a la voluntad.

sábado, 16 de mayo de 2015

A la derecha del Padre

Mañana, en muchos lugares se celebra la Solemnidad de la Ascensión de Jesús a los Cielos. Después de haber pasado 40 días con sus discípulos, el Señor se despide de ellos.

post thumbnail

Antes de su Resurrección, Jesús había dicho a los Apóstoles: “Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre” (Jn 16, 28). La Ascensión del Señor marca el momento de su retorno al Padre.

Cristo había resucitado y, en cuanto hombre, tenía la Vida Nueva en Dios. Pero durante los 40 días antes de la Ascensión, aún no había ascendido al Padre de manera definitiva. Aún no había sido glorificado, a la derecha del Padre.

Mañana leeremos los últimos versículos del Evangelio de san Marcos:

14 Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado.
15 Y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
16 El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado.
17 A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas,
18 cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos».
19 Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios.
20 Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

¿Qué significa que Jesús esté “sentado a la derecha de Dios”?

Las consecuencias teológicas de esta afirmación son importantes para los Apóstoles y para todos nosotros. A partir del día de la Ascensión Jesús está más cerca de cada uno de nosotros.

Escuchemos la explicación de Benedicto XVI, en Jesús de Nazaret.

“El Nuevo Testamento –desde los Hechos de los Apóstoles hasta la Carta a los Hebreos–, haciendo referencia al Salmo (Sal 110, 1) describe el «lugar» al que Jesús se ha ido con una nube como un «sentarse» (o estar) a la derecha de Dios. ¿Qué significa esto? Este modo de hablar no se refiere a un espacio cósmico lejano, en el que Dios, por decirlo así, habría erigido su trono y en él habría dado un puesto también a Jesús. Dios no está en un espacio junto a otros espacios. Dios es Dios. Él es el presupuesto y el fundamento de toda dimensión espacial existente, pero no forma parte de ella. La relación de Dios con todo lo que tiene espacio es la del Dios y Creador. Su presencia no es espacial sino, precisamente, divina. Estar «sentado a la derecha de Dios» significa participar en la soberanía propia de Dios sobre todo espacio”.

“En una disputa con los fariseos, Jesús mismo da al Salmo 110 una nueva interpretación que ha orientado la comprensión de los cristianos. A la idea del Mesías como nuevo David con un nuevo reino davídico –idea que hace poco hemos encontrado en los discípulos–, Él contrapone una visión más grande de Aquel que ha de venir: el verdadero Mesías no es el hijo de David, sino el Señor de David; no se sienta sobre el trono de David, sino sobre el trono de Dios (cf. Mt 22, 41-45)”.

“El Jesús que se despide no va a alguna parte en un astro lejano. Él entra en la comunión de vida y poder con el Dios viviente, en la situación de superioridad de Dios sobre todo espacio. Por eso «no se ha marchado», sino que, en virtud del mismo poder de Dios, ahora está siempre presente junto a nosotros y por nosotros. En los discursos de despedida en el Evangelio de Juan, Jesús dice precisamente esto a sus discípulos: «Me voy y vuelvo a vuestro lado» (Jn 14, 28). Aquí está sintetizada maravillosamente la peculiaridad del «irse» de Jesús, que es al mismo tiempo su «venir», y con eso queda explicado también el misterio acerca de la cruz, la resurrección y la ascensión. Su irse es precisamente así un venir, un nuevo modo de cercanía, de presencia permanente, que Juan pone también en relación con la «alegría», de la que antes hemos oído hablar en el Evangelio de Lucas”.

“Puesto que Jesús está junto al Padre, no está lejos, sino cerca de nosotros. Ahora ya no se encuentra en un solo lugar del mundo, como antes de la «ascensión»; con su poder que supera todo espacio, Él no está ahora en un solo sitio, sino que está presente al lado de todos, y todos lo pueden invocar en todo lugar y a lo largo de la historia”.

En el Evangelio de san Lucas, dice el Papa, “a la partida de Jesús precede un coloquio en el que los discípulos –todavía apegados a sus viejas ideas– preguntan si acaso no ha llegado el momento de instaurar el reino de Israel”.

“A esta idea de un reino davídico renovado Jesús contrapone una promesa y una encomienda. La promesa es que estarán llenos de la fuerza del Espíritu Santo; la encomienda consiste en que deberán ser sus testigos hasta los confines del mundo”.

“Se rechaza explícitamente la pregunta acerca del tiempo y del momento. La actitud de los discípulos no debe ser ni la de hacer conjeturas sobre la historia ni la de tener fija la mirada en el futuro desconocido. El cristianismo es presencia: don y tarea; estar contentos por la cercanía interior de Dios y –fundándose en eso– contribuir activamente a dar testimonio en favor de Jesucristo”.

Estas últimas consideraciones de Benedicto XVI nos ayudan a “vivir en presente”, agradeciendo la cercanía interior de Dios en nuestras vidas y buscando, cada día, que nuestro testimonio en favor de Cristo (apostolado) sea decidido y constante. 

sábado, 9 de mayo de 2015

El Mandamiento Nuevo

Mañana celebraremos la Liturgia correspondiente al Domingo VI de Pascua. Seguimos leyendo y meditando los discursos de despedida de Jesús, durante la Última Cena, que están contenidos en los capítulos 14 a 17 del Evangelio de San Juan.


En esta ocasión, la Iglesia pone a nuestra consideración, principalmente en la Segunda Lectura (1 Jn 4, 7-10) y en el Evangelio de la Misa (Jn 15, 9-17), la doctrina de Jesucristo sobre el Mandamiento Nuevo de la Caridad. Vale la pena leer los dos textos enteros:

1 Jn 4, 7-10
7 Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.
8 Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.
9 En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él.
10 En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.

Jn 15, 9-17
9 Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.
10 Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
11 Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.
12 Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.
13 Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
14 Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.
15 Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
16 No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé.
17 Esto os mando: que os améis unos a otros.

El Papa Benedicto XVI, en el último volumen de Jesús de Nazaret, al hablar del “Lavatorio de los pies”, explica en qué consiste el Mandatum Novum, el Mandamiento Nuevo del Amor.

En resumen, dice que Jesús concede el don de la pureza a sus discípulos, de modo que todos (menos Judas) estén limpios para recibir el don del Amor (mediante la efusión del Espíritu Santo) y así poder recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor.

Las purificaciones rituales tenían gran importancia en el pueblo judío. Pero Jesús les da su verdadero sentido. Por sí solas no son suficientes. Es necesario que el Señor nos purifique el corazón. Eso es lo importante. Tener un corazón puro.

¿Cómo tenerlo? No precisamente a través de un esfuerzo humano, de tipo moral. Jesús no ha cambiado la perspectiva ritual en una perspectiva de tipo moral o ético. Lo que ha hecho el Señor es algo mucho más grande y definitivo.

No somos nosotros los que limpiamos nuestro corazón con nuestros esfuerzos. Es Dios quien lo purifica, con el don de su gracia, por medio del Espíritu Santo. Nosotros podemos y debemos prepararnos: pidiendo esa gracia, disponiéndonos interiormente a recibirla, acudiendo con humildad a las fuentes de la gracia (los Sacramentos), escuchando la Palabra del Señor en la Sagrada Escritura, y buscando cumplir los mandamientos para permanecer en la Verdad.

Pero es Dios quien nos da la Vida Nueva: la Verdad y el Amor.

Leamos algunos párrafos, directamente, del Papa Benedicto (las negritas son nuestras):

“La pureza y la impureza tienen lugar en el corazón del hombre y dependen de la condición de su corazón (cf. Mc 7, 14-23)”.

“Pero surge inmediatamente una pregunta: ¿Cómo se hace puro el corazón? ¿Quiénes son los hombres de corazón puro, los que pueden ver a Dios (cf. Mt 5, 8)? La exégesis liberal ha dicho que Jesús habría reemplazado la concepción ritual de la pureza por una de orden moral: en el lugar del culto y su mundo se pondría ahora la moral. Consiguientemente, el cristianismo sería esencialmente una moral, una especie de «rearme» ético. Pero así no se hace justicia a la novedad del Nuevo Testamento”.

La fe purifica el corazón. Y la fe se debe a que Dios sale al encuentro del hombre. No es simplemente una decisión autónoma de los hombres. Nace porque las personas son tocadas interiormente por el Espíritu de Dios, que abre su corazón y lo purifica” [Fue lo que sucedió en casa del Centurión Cornelio. Cfr. la Primera Lectura de la Misa, tomada de Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48].

“El lavatorio que nos purifica es el amor de Jesús, el amor que llega hasta la muerte. La palabra de Jesús no es solamente palabra, sino Él mismo. Y su palabra es la verdad y es el amor”.

“El don de la pureza es un acto de Dios. El hombre por sí mismo no puede hacerse digno de Dios, por más que se someta a cualquier proceso de purificación. «Vosotros estáis limpios». En esta palabra maravillosamente simple de Jesús se expresa de manera prácticamente sintética lo sublime del misterio de Cristo. El Dios que desciende hacia nosotros nos hace puros. La pureza es un don”.

“¿En qué consiste la novedad del mandamiento nuevo?

“Se ha dicho que la novedad, más allá del mandamiento ya existente del amor al prójimo, se manifiesta en la expresión «amar como yo os he amado», es decir, en amar hasta estar dispuestos a sacrificar la propia vida por el otro. Si consistiera en esto la esencia y la totalidad del «mandamiento nuevo» entonces habría que definir el cristianismo como una especie de esfuerzo moral extremo”.

“No, la verdadera novedad del mandamiento nuevo no puede consistir en la elevación de la exigencia moral. Lo esencial también en estas palabras no es precisamente la llamada a una exigencia suprema, sino al nuevo fundamento del ser que se nos ha dado. La novedad solamente puede venir del don de la comunión con Cristo, del vivir en Él”.

“La inserción de nuestro yo en el suyo –«vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20)– es lo que verdaderamente cuenta”.

“Debemos dejarnos sumergir en la misericordia del Señor; entonces también nuestro «corazón» encontrará el camino recto. El «mandamiento nuevo» no es simplemente una exigencia nueva y superior. Está unido a la novedad de Jesucristo, al sumergirse progresivamente en Él”.

“Siguiendo en esta línea, Tomás de Aquino pudo decir: «La nueva ley es la misma gracia del Espíritu Santo» (S. Theol., I-II, q. 106, a. 1), no una norma nueva, sino la nueva interioridad dada por el mismo Espíritu de Dios”.

> Recomendamos ver el siguiente video del P. Santiago Martín, sobre la situación de la Iglesia en estos momentos y de cara al próximo Sínodo de Obispos: "La hora de la siembra".

sábado, 2 de mayo de 2015

Permanecer en la Vid

El Papa Benedicto XVI afirma, en el tomo II de su libro “Jesús de Nazareth”, que hay cuatro grandes dones de la tierra, que menciona la Sagrada Escritura, y que se han convertido en los elementos sacramentales fundamentales de la Iglesia: el agua, el pan, el aceite y el vino.


En ellos, los frutos de la creación se convierten en vehículos de la acción de Dios en la historia, en "signos" mediante los cuales Jesucristo nos muestra su especial cercanía.

Cada uno de ellos presenta características distintas entre sí. Y cada uno tiene una función diferente de signo.

El vino, en el cual ahora nos centramos, porque está en el centro de la Liturgia de la Palabra del Domingo V de Pascua, representa la fiesta y permite al hombre sentir la magnificencia de la creación. En la Sagrada Escritura, es un elemento propio de los ritos del sábado, de la pascua y de las bodas.

El vino, dice el Papa,  “nos deja vislumbrar algo de la fiesta definitiva de Dios con la humanidad, a la que tienden todas las esperanzas de Israel. "El Señor todopoderoso preparará en este monte [Sión] para todos los pueblos un festín... un festín de vinos de solera... de vinos refinados..." (Is 25, 6)”.

En el Evangelio de San Juan, el don del vino nuevo se encuentra en el centro de la boda de Caná (cf. Jn 2, 1-12), mientras que, en sus sermones de despedida, Jesús se presenta como la verdadera vid (cf. Jn 15, 1-10), según leeremos el próximo domingo en el texto del Evangelio.

En Caná, Jesús convirtió 520 litros de agua en un vino excelente. Esto sucedió al tercer día de un suceso que no está muy claro (aunque parece ser que se trata de la elección de los primeros discípulos): "Tres días después había una boda en Caná de Galilea" (Jn 2, 1).

Esta referencia de San Juan al “tercer día”, tiene que ver con la Resurrección de Cristo, que sucedió al tercer día de su muerte.  

Por otra parte, Jesús dice que no ha llegado “su hora” (es decir, su hora de la glorificación que comienza en la Cruz y culmina en su Resurrección). Pero el Señor tiene el poder de anticipar “la hora” misteriosamente con signos. “Por tanto, el milagro de Caná se caracteriza como una anticipación de la hora y está interiormente relacionado con ella”.

La exégesis que hace Benedicto XVI a este pasaje evangélico continúa con unas consideraciones impresionantes y llenas de belleza que vale la pena transcribir por entero.

“¿Cómo podríamos olvidar que este conmovedor misterio de la anticipación de la hora se sigue produciendo todavía? Así como Jesús, ante el ruego de su madre, anticipa simbólicamente su hora y, al mismo tiempo, se remite a ella, lo mismo ocurre siempre de nuevo en la Eucaristía: ante la oración de la Iglesia, el Señor anticipa en ella su segunda venida, viene ya, celebra ahora la boda con nosotros, nos hace salir de nuestro tiempo lanzándonos hacia aquella "hora".

De esta manera comenzamos a entender lo sucedido en Caná. La señal de Dios es la sobreabundancia. Lo vemos en la multiplicación de los panes, lo volvemos a ver siempre, pero sobre todo en el centro de la historia de la salvación: en el hecho de que se derrocha a sí mismo por la mísera criatura que es el hombre. Este exceso es su "gloria". La sobreabundancia de Caná es, por ello, un signo de que ha comenzado la fiesta de Dios con la humanidad, su entregarse a sí mismo por los hombres. El marco del episodio –la boda– se convierte así en la imagen que, más allá de sí misma, señala la hora mesiánica: la hora de las nupcias de Dios con su pueblo ha comenzado con la venida de Jesús. La promesa escatológica irrumpe en el presente”.

Pero, ahora, hemos de pasar al otro texto del Evangelio de San Juan en la que Jesús utiliza la imagen del “vino”: la alegoría de la vid, que está contenida en el capítulo 15.

“Mientras la historia de Caná –dice Benedicto XVI– trata del fruto de la vid con su rico simbolismo, en Juan 15 –en el contexto de los sermones de despedida– Jesús retoma la antiquísima imagen de la vid y lleva a término la visión que hay en ella. Para entender este sermón de Jesús es necesario considerar al menos un texto fundamental del Antiguo Testamento que contiene el tema de la vid y reflexionar brevemente sobre una parábola sinóptica afín, que recoge el texto veterotestamentario y lo transforma.

En Is 5, 17 nos encontramos una canción de la viña”.

Y, para comprender mejor el texto del Evangelio que leeremos mañana, sigamos el hilo de la explicación que hace el Papa Benedicto.

Jesús interpreta la canción de la viña, de Isaías, como referida a Él mismo (cfr. Mc 12, 1-12): Él es el Hijo que será llevado a la muerte. El dueño de la viña es Dios Padre que castigará a los malos viñadores y arrendará la viña a otros siervos.

Jesús, en la parábola de la viña se refiere también a nosotros: “Habla precisamente también con nosotros y de nosotros. Si abrimos los ojos ─afirma el Papa Benedicto─, todo lo que se dice ¿no es de hecho una descripción de nuestro presente? ¿No es ésta la lógica de los tiempos modernos, de nuestra época? Declaramos que Dios ha muerto y, de esta manera, ¡nosotros mismos seremos dios! Por fin dejamos de ser propiedad de otro y nos convertimos en los únicos dueños de nosotros mismos y los propietarios del mundo. Por fin podemos hacer lo que nos apetezca. Nos desembarazamos de Dios; ya no hay normas por encima de nosotros, nosotros mismos somos la norma. La "viña" es nuestra. Empezamos a descubrir ahora las consecuencias que está teniendo todo esto para el hombre y para el mundo...”.

“La parábola de la viña en los sermones de despedida de Jesús ─afirma Benedicto XVI─ continúa toda la historia del pensamiento y de la reflexión bíblica sobre la vid, dándole una mayor profundidad. "Yo soy la verdadera la vid" (Jn 15, 1), dice el Señor. En estas palabras resulta importante sobre todo el adjetivo "verdadera" (…). Pero el elemento esencial y de mayor relieve en esta frase es el "Yo soy": el Hijo mismo se identifica con la vid, El mismo se ha convertido en vid. Se ha dejado plantar en la tierra. Ha entrado en la vid: el misterio de la encarnación, del que Juan habla en el Prólogo, se retoma aquí de una manera sorprendentemente nueva. La vid ya no es una criatura a la que Dios mira con amor, pero que no obstante puede también arrancar y rechazar. El mismo se ha hecho vid en el Hijo, se ha identificado para siempre y ontológicamente con la vid”.

“La vid significa ─dice el Papa─ la unión indisoluble de Jesús con los suyos  que, por medio de Él y con Él, se convierten todos en "vid", y que su vocación es "permanecer" en la vid”.

“La vid ya no puede ser arrancada, ya no puede ser abandonada al pillaje. Pero en cambio hay que purificarla constantemente. Purificación, fruto, permanencia, mandamiento, amor, unidad: éstas son las grandes palabras clave de este drama del ser en y con el Hijo en la vid, un drama que el Señor con sus palabras nos pone ante nuestra alma. Purificación: la Iglesia y el individuo siempre necesitan purificarse. Los actos de purificación, tan dolorosos como necesarios, aparecen a lo largo de toda la historia, a lo largo de toda la vida de los hombres que se han entregado a Cristo”.

Purificación y fruto van unidos; sólo a través de las purificaciones de Dios podemos producir un fruto que desemboque en el misterio eucarístico, llevando así a las nupcias, que es el proyecto de Dios para la historia. Fruto y amor van unidos: el fruto verdadero es el amor que ha pasado por la cruz, por las purificaciones de Dios. También el "permanecer" es parte de ello. En Jn 15, 1-10 aparece diez veces el verbo griego ménein (permanecer). Lo que los Padres llaman perseverantia –el perseverar pacientemente en la comunión con el Señor a través de todas las vicisitudes de la vida– aquí se destaca en primer plano”.

Al principio del mes de mayo, Mes de la Virgen, acudimos a Nuestra Señora, para pedirle con confianza que nos ayude a nunca separarnos de su Hijo, y que nos de la fortaleza para aceptar con alegría todas las purificaciones por las que Él quiera que pasemos.  

viernes, 24 de abril de 2015

Jesús, el Buen Pastor

El Domingo IV de Pascua es el Domingo del Buen Pastor y la Jornada mundial de oración por las vocaciones. Ese día, el Papa suele ordenar presbíteros de la diócesis de Roma.


La Liturgia de la Palabra se centra en la figura de Jesucristo, Buen Pastor. En la Primera Lectura (Hch 4, 8-12), escuchamos nuevamente a san Pedro (como en domingos anteriores) hablando con gran confianza a los judíos sobre el Misterio Pascual. No tiene miedo en decir la verdad: que ellos, en colaboración con la autoridad romana, llevaron a la muerte a Jesús y cometieron un gran pecado, pues desecharon la Piedra Angular de la construcción de Dios. Y no duda en afirmar que “ningún otro puede salvar; bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos”.

Sólo Jesús es la Verdad, el Camino y la Vida. Es conveniente recordar la Declaración Dominus Iesus, de la Congregación para la Doctrina de la Fe (6 de agosto de 2000). En ese documento, el Cardenal Ratzinger, entonces Prefecto de esa Congregación, afirmaba, en el n. 5 (las negritas son nuestras):

“Para poner remedio a esta mentalidad relativista, cada vez más difundida, es necesario reiterar, ante todo, el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo. Debe ser, en efecto, firmemente creída la afirmación de que en el misterio de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, el cual es «el camino, la verdad y la vida» (cf. Jn 14,6), se da la revelación de la plenitud de la verdad divina: «Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27). «A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha revelado» (Jn 1,18); «porque en él reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente» (Col 2,9-10)”.

Esta verdad es compatible con esta otra:

“Sin embargo, queriendo llamar a sí a todas las gentes en Cristo y comunicarles la plenitud de su revelación y de su amor, Dios no deja de hacerse presente en muchos modos «no sólo en cada individuo, sino también en los pueblos mediante sus riquezas espirituales, cuya expresión principal y esencial son las religiones, aunque contengan “lagunas, insuficiencias y errores”» (Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 55; cf. también 56. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 53). Por lo tanto, los libros sagrados de otras religiones, que de hecho alimentan y guían la existencia de sus seguidores, reciben del misterio de Cristo aquellos elementos de bondad y gracia que están en ellos presentes” (Declaración Dominus Iesus, n. 8).

Por eso, al final del Evangelio de la Misa (Jn 10, 11-18), Jesús dice: “Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor”.

Es importante tener en cuenta que

“Existe, por lo tanto, una única Iglesia de Cristo, que subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el Sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él” (Cf. Congr. para la Doctrina de la Fe, Decl. Mysterium ecclesiae, n. 1: AAS 65 (1973) 396-408) (Declaración Dominus Iesus, n. 17).

«Por lo tanto, los fieles no pueden imaginarse la Iglesia de Cristo como la suma —diferenciada y de alguna manera unitaria al mismo tiempo— de las Iglesias y Comunidades eclesiales; ni tienen la facultad de pensar que la Iglesia de Cristo hoy no existe en ningún lugar y que, por lo tanto, deba ser objeto de búsqueda por parte de todas las Iglesias y Comunidades» (Congr. para la Doctrina de la Fe, Decl. Mysterium ecclesiae, 1). En efecto, «los elementos de esta Iglesia ya dada existen juntos y en plenitud en la Iglesia católica, y sin esta plenitud en las otras Comunidades» (Juan Pablo II, Enc. Ut unum sint, 14). «Por consiguiente, aunque creamos que las Iglesias y Comunidades separadas tienen sus defectos, no están desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de la gracia y de la verdad que se confió a la Iglesia» (Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, 3)” (Declaración Dominus Iesus, n. 17).

Al final de la Declaración (n. 20) se resume lo anterior de la siguiente manera:

“Ante todo, debe ser firmemente creído que la «Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación, pues Cristo es el único Mediador y el camino de salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia, y Él, inculcando con palabras concretas la necesidad del bautismo (cf. Mt 16,16; Jn 3,5), confirmó a un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 14. Cf. Decr. Ad gentes, 7; Decr. Unitatis redintegratio, 3). Esta doctrina no se contrapone a la voluntad salvífica universal de Dios (cf. 1 Tm 2,4); por lo tanto, «es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación» (Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 9. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 846‑847)”.

El 7 de mayo de 2006, Benedicto XVI, al hablar de la vocación en la Iglesia, decía lo siguiente:

“La vocación cristiana es siempre la renovación de esta amistad personal con Jesucristo, que da pleno sentido a la propia existencia y la hace disponible para el reino de Dios. La Iglesia vive de esta amistad, alimentada por la Palabra y los sacramentos” (Ángelus).

Y, el 29 de abril de 2012, decía:

“El Señor llama siempre, pero muchas veces no lo escuchamos. Estamos distraídos por muchas cosas, por otras voces más superficiales; y luego tenemos miedo de escuchar la voz del Señor, porque pensamos que puede quitarnos nuestra libertad. En realidad, cada uno de nosotros es fruto del amor: ciertamente, del amor de los padres, pero, más profundamente, del amor de Dios. La Biblia dice: aunque tu madre no te quisiera, yo te quiero, porque te conozco y te amo (cf. Is 49, 15). En el momento que me doy cuenta de este amor, mi vida cambia: se convierte en una respuesta a este amor, más grande que cualquier otro, y así se realiza plenamente mi libertad” (Ángelus).

Estos textos del magisterio de la Iglesia nos pueden ayudar a centrar cada vez más nuestra vida en Cristo, porque sólo en Él encontraremos la salvación. Al mismo tiempo, crecerá nuestro amor a la Esposa de Cristo, la Iglesia, que subsiste solamente en la Iglesia Católica. Y pediremos al Señor, Buen Pastor, que conceda su gracia (como de hecho lo hace) a todos los hombres, para que todos los elegidos lleguemos a formar parte de su rebaño. Lo hacemos con la Oración Colecta de la Misa del Domingo Cuarto de Pascua:

“Omnipotens sempiterne Deus, deduc nos ad societatem caelestium gaudiorum, ut eo perveniat humilitas gregis, quo processit fortitudo pastoris”. “Dios todopoderoso y eterno, que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo, concédenos también la alegría eterna del reino de tus elegidos, para que así el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de Pastor. Él, que vive y reina contigo”.

sábado, 18 de abril de 2015

Misericordia de Dios y arrepentimiento de nuestros pecados

Los textos de la Liturgia de la Palabra del Domingo III de Pascua son los siguientes: Hch 3,13-15. 17-19; 1 Jn 2,1-5; Lc 24,35-48. Todos presentan un rasgo común: señalar claramente que para unirnos a Cristo Resucitado, recibir la Misericordia de Dios y participar en la Vida Nueva que ha inaugurado con su Resurrección, es necesaria nuestra respuesta personal: la fe y la conversión.

Virgen de la Misericordia. Se veneró en el templo
del Convento de San Felipe de Jesús,
de religiosas capuchinas de la Ciudad de México.

Es decir, no basta confiar en el Amor Misericordioso de Dios, que se ha manifestado en el Misterio Pascual (Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión de Cristo a los Cielos); sino que cada hombre, libre y responsablemente, ha de aceptar la Redención obrada por Cristo.

Esto se lleva a cabo por medio de la Fe y el Bautismo. Así nos conformamos con Cristo y participamos de su filiación divina, siendo también nosotros hijos de Dios y herederos de la Gloria. Pero, además, para mantener la amistad con Dios, hemos de no poner obstáculos a la acción santificadora del Espíritu Santo, que infunde en nosotros el Amor de Dios.

Sólo el pecado es el verdadero obstáculo para impedir que la gracia del Espíritu Santo nos santifique más y más.

Por eso es necesaria la conversión y el arrepentimiento. En las tres lecturas lo vemos claro.

En la Primera Lectura, Pedro toma la palabra, en uno de sus discursos que nos narra San Lucas en los Hechos de los Apóstoles: después de hablarles a los judíos del gran pecado que han cometido llevando a Jesús a la muerte, les dice: “Por lo tanto, arrepiéntanse y conviértanse para que se les perdonen sus pecados”.

Sólo así podrán recibir el Bautismo y recibir todo el Amor y la Misericordia de Dios.

De la misma manera, en la Segunda Lectura de la Misa, Juan comienza por decir a sus interlocutores: “Les escribo esto para que no pequen”; y les explica cómo Jesús se ofreció a sí mismo como víctima de expiación por nuestros pecados. Pero les hace ver que sólo podremos decir que conocemos verdaderamente a Dios si cumplimos sus mandamientos (es decir, si luchamos seriamente por evitar el pecado en nuestras vidas). Porque si no, somos unos mentirosos. No basta con decir “Señor, Señor”. Hay que cumplir los mandamientos de Dios. Si vivimos en la verdad, entonces el amor de Dios llegará a su plenitud en nosotros, “y precisamente en esto conocemos que estamos unidos a él”.

Por último, en el Evangelio de la Misa, Lucas nos relata la aparición de Jesús a sus discípulos, en el Cenáculo, el día de su Resurrección, justo después de los dos discípulos de Emaús han vuelto a Jerusalén, al atardecer, y han contado a los apóstoles que han visto al Señor.

Jesús “se presentó Jesús en medio de ellos” y, de diferentes modos, busca convencerles de que no es un fantasma, sino él mismo. Les enseña sus llagas, les pide que lo toquen, les pide de comer, y come delante de ellos.

Benedicto XVI comenta así este texto: “En este y en otros relatos se capta una invitación repetida a vencer la incredulidad y a creer en la resurrección de Cristo, porque sus discípulos están llamados a ser testigos precisamente de este acontecimiento extraordinario. La resurrección de Cristo es el dato central del cristianismo, verdad fundamental que es preciso reafirmar con vigor en todos los tiempos, puesto que negarla, como de diversos modos se ha intentado hacer y se sigue haciendo, o transformarla en un acontecimiento puramente espiritual, significa desvirtuar nuestra misma fe. "Si no resucitó Cristo -afirma san Pablo-, es vana nuestra predicación, es vana también vuestra fe" (1Co 15, 14)” (Ángelus, 23 de abril de 2006).   

Pero vale la pena fijarse en lo que dice, al final, Jesús a sus discípulos: “Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto””.

Jesús insiste, el mismo día de su Resurrección, en la importancia de que sus discípulos prediquen, a todas las naciones, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados.

Si queremos participar de la Vida Eterna, que el Señor nos ofrece, por designio misericordioso del Padre, a todos los hombres, es necesario que nos arrepintamos de nuestros pecados y nos volvamos a Dios.

Eso es lo que sucederá el día del Aviso, según anunció la Virgen a las niñas de Garabandal: todos tendremos la gracia de ver muy claro que Cristo es nuestro Redentor y, si queremos, podremos hacer un acto de fe y un acto de penitencia, arrepintiéndonos de todos nuestros pecados, que veremos de manera muy clara en estos momentos.

El Papa Francisco ha promulgado la Bula "Misericordiae Vultus" que abre el Año Santo de la Misericordia. ¿Será un presagio de que el Aviso ya está muy cerca de nosotros? Vale la pena prepararse a recibir esa Gracia Extraordinaria de Dios, ejercitándonos todos los días en la conversión personal y en la penitencia, para así estar mejor preparados para recibir todo el Amor de Dios que el Espíritu santo desea derramar en nuestros corazones.

Terminamos con la Antífona de la Comunión del Domingo III de Pascua:

“Era necesario que Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y que, en su nombre, se exhortara a todos los pueblos el arrepentimiento para el perdón de los pecados. Aleluya”.

> Se pueden ver los siguientes artículos, de Luis Fernando Pérez Bustamante, en InfoCatólica (que se relacionan con lo que hemos expuesto en este post):




sábado, 11 de abril de 2015

Lavados por el Agua, redimidos por la Sangre y regenerados por el Espíritu

Mañana celebramos la Fiesta de la Divina Misericordia, instituida por San Juan Pablo II, que tenía una gran devoción a la Imagen de Jesús de la Misericordia, entregada por el mismo Señor a Santa Faustina Kowalska. Muchas veces, del Papa repetía la jaculatoria: “Jesús, en Ti confío”.


En la Liturgia Tradicional (Tridentina: Rito Extraordinario) este domingo se llamaba “Domingo Quasimodo”, por las primera palabras del Introito: “Quasimodo geniti infantes, rationabiles, sine dolo lac concupiscite”, tomadas de la Primera Carta de San Pedro.

Los bautizados en Pascua eran acogidos con la exhortación de Pedro: "Quasimodo geniti infantes, rationabile sine dolo lac concupiscite, ut in eo crescatis in salutem" – “Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual (en griego: 'logikós', del 'lógos', el Espíritu Santo, que en latín se tradujo por 'rationabilis') pura, a fin de que, por ella, crezcáis para la salvación” (1 Pe 2, 2).

Los bautizados se presentaban revestidos del alba que habían recibido el domingo precedente. Por esta razón, se llamaba también a este domingo "in albis", "en blanco".

Quasimodo se convirtió en nombre de pila, el más célebre de cuyos portadores ha sido el personaje de Victor Hugo, ya que se daba a menudo a los niños el nombre del santo del día o uno de los santos próximos a su día de nacimiento, o el nombre de su domingo de bautismo.

Pero también es digna de mención la Colecta de la Misa: “Deus misericordiae sempiternae, qui in ipso paschalis festi recursu fidem sacratae tibi plebis accendis, auge gratiam quam dedisti, ut digna omnes intellegentia comprehendant, quo lavacro abluti, quo spiritu regenerati, quo sanguine sunt redempti”. “Dios de misericordia infinita, que reafirmas la fe de tu pueblo con el retorno de las fiestas pascuales, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para que comprendamos mejor la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido. Por nuestro Señor Jesucristo”.

“Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno. Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres concuerdan." (1 Juan 5, 7-8).

En esta oración, le pedimos al Señor que nos haga comprender la grandeza de las acciones salvíficas de Jesucristo, en su Misterio Pascual, que nos ha lavado de nuestros pecados, nos ha comprado a precio de sangre y nos ha regenerado para una Vida Nueva.

Benedicto XVI, en una de sus homilías pascuales, explica muy bien en qué consiste esta Vida Nueva, que hemos recibido por el Bautismo.

“Está claro que este acontecimiento [la Resurrección del Señor] no es un milagro cualquiera del pasado, cuya realización podría ser en el fondo indiferente para nosotros. Es un salto cualitativo en la historia de la "evolución" y de la vida en general hacia una nueva vida futura, hacia un mundo nuevo que, partiendo de Cristo, entra ya continuamente en este mundo nuestro, lo transforma y lo atrae hacia sí. Pero, ¿cómo ocurre esto? ¿Cómo puede llegar efectivamente este acontecimiento hasta mí y atraer mi vida hacia Él y hacia lo alto? La respuesta, en un primer momento quizás sorprendente pero completamente real, es la siguiente: dicho acontecimiento me llega mediante la fe y el bautismo. Por eso el Bautismo es parte de la Vigilia pascual, como se subraya también en esta celebración con la administración de los sacramentos de la iniciación cristiana a algunos adultos de diversos países. El Bautismo significa precisamente que no es un asunto del pasado, sino un salto cualitativo de la historia universal que llega hasta mí, tomándome para atraerme. El Bautismo es algo muy diverso de un acto de socialización eclesial, de un ritual un poco fuera de moda y complicado para acoger a las personas en la Iglesia. También es más que una simple limpieza, una especie de purificación y embellecimiento del alma. Es realmente muerte y resurrección, renacimiento, transformación en una nueva vida” (Benedicto XVI, Homilía, 15-IV-2006; las negritas son nuestras).

Cada uno de nosotros, por el Bautismo, podemos incorporarnos a esta Vidas Nueva que Cristo a inaugurado con su Resurrección. El Papa lo comenta de este modo: “"Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí" (Gal 2, 20) (…). Esta frase es la expresión de lo que ha ocurrido en el Bautismo. Se me quita el propio yo y es insertado en un nuevo sujeto más grande. Así, pues, está de nuevo mi yo, pero precisamente transformado, bruñido, abierto por la inserción en el otro, en el que adquiere su nuevo espacio de existencia” (ibídem).

Y continúa el Papa Benedicto aclarando los conceptos: “Pero, ¿qué sucede entonces con nosotros? Vosotros habéis llegado a ser uno en Cristo, responde Pablo (cf. Ga 3, 28). No sólo una cosa, sino uno, un único, un único sujeto nuevo. Esta liberación de nuestro yo de su aislamiento, este encontrarse en un nuevo sujeto es un encontrarse en la inmensidad de Dios y ser trasladados a una vida que ha salido ahora ya del contexto del "morir y devenir". El gran estallido de la resurrección nos ha alcanzado en el Bautismo para atraernos. Quedamos así asociados a una nueva dimensión de la vida en la que, en medio de las tribulaciones de nuestro tiempo, estamos ya de algún modo inmersos. Vivir la propia vida como un continuo entrar en este espacio abierto: éste es el sentido del ser bautizado, del ser cristiano. Ésta es la alegría de la Vigilia pascual. La resurrección no ha pasado, la resurrección nos ha alcanzado e impregnado” (ibídem).

> Se pueden leer también otras homilías pascuales de Benedico XVI en una selección que hace Sandro Magister: Homilías Pascuales I y Homilías Pascuales II.

> Leer también lo que escribe Benedicto XVI en Jesús de Nazaret III, sobre la Resurrección del Señor (para descargar).