domingo, 23 de noviembre de 2014

El Reinado de Cristo

Mañana celebramos en la Iglesia, una vez más, la Solemnidad de Cristo Rey. Él mismo lo dijo a Pilato: “Yo soy Rey” (Jn 18, 37). También le dijo que su Reino “no es de este mundo” (Jn 18, 36).


Todos los días, cuando rezamos el Padre Nuestro, le pedimos a Dios: “venga a nosotros tu Reino”. ¿De qué Reino se trata? ¿Ya ha llegado el Reino de Dios a nosotros, o todavía no?

Jesús también dijo a sus discípulos que el Reino de Dios está “en medio de vosotros” (Lc 17, 21). Con la Encarnación y la Redención de Jesucristo, el Reino de Dios ya está con nosotros (principalmente en la Eucaristía, que es “prenda de Vida eterna”). Sin embargo, aún falta por manifestarse en su plenitud.

En el prefacio de la Misa de Cristo Rey damos gracias a Dios Padre por haber consagrado Sacerdote eterno y Rey del Universo a su Hijo, Jesús, y por haberlo ungido con el óleo de la alegría, para que consumara el misterio de la redención humana, someta a su poder la creación entera y entregue al Padre un reino eterno y universal: el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz.

Todas estas características del Reino de Dios han comenzado a manifestarse en la vida de los cristianos, pero todavía no de manera plena.

Aún falta por completar en nuestra carne lo que falta a la Pasión de Cristo (cfr. Col 1, 24). La Redención aún no está completa. Aún no ha llegado el triunfo pleno de Cristo sobre el pecado, el demonio y la muerte. Aún la espera ansiosa de la creación anhela la manifestación de los hijos de Dios (cfr. Rm 8, 14). “La misma creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la libertad de la gloria de los hijos de DiosRm 8, 21).

El 17 de junio de 2020, Marga (cfr. Dictados de Jesús a Marga) recibió un mensaje de Jesucristo en el que le explica algo del Nuevo Reino, el Reino de Dios, que esperamos con tanto anhelo en estos tiempos. Marga hace a Jesús unas preguntas muy agudas, y el Señor le va respondiendo. Al final, le hace ver que no podemos entender todo ahora, y hay que esperar a los acontecimientos de Dios.

Vale la pena transcribir todo el mensaje, y meditarlo despacio, como preparación a la Solemnidad de Cristo Rey de este año 2014 (destacamos en negritas algunas frases).

Mensaje de Jesús (17 de junio de 2002)

Jesús:

Jesús, ¿qué es lo que «retiene» al AntiCristo»?

Juan Pablo II. El Primado de Pedro Verdadero, junto con el sufrimiento de todos los santos y las vírgenes. Ése es el obstáculo que lo retiene, pero no puede detener por más tiempo la Mano de Dios cayendo sobre la humanidad.

La Iglesia parecerá ciertamente muerta, para que la Mano de Dios mismo la resucite al tercer día. Día que será adelantado por las súplicas de una Virgen, junto con las de todos los santos. Será adelantado también para que queden supervivientes en Israel. Por la dureza de aquellos días muchos apostatarán de la fe, renegarán de sus creencias, negarán a Dios y adorarán al Diablo.

¡Jesús, Jesús!, ¿ya estamos en esos días?

Ya estáis en ellos.

Yo he elegido a personas como tú que manifiesten mi Voluntad y que avisen a los hombres.

Pero todo parece tan tranquilo...

No lo está. Sabed leer entre líneas y descubrir las manifestaciones de Dios.

Mira, es como una presa, una gran presa, sí, que retiene un torrente desbordado de agua y que se va agrietando, y poco a poco se va rompiendo. Por esas grietas entra agua, hasta que el dique no pueda resistir más la corriente y se rompa. Se desbordará la presa sobre vosotros y sólo los bien afincados lograrán resistir en pie el paso del temporal sobre ellos, hasta que llegue la calma y Yo me manifieste en vosotros, reavivando los huesos de muerte, resucitándolos, volviéndolos a la vida (cfr. Ez 37).

Hay una cosa que no entiendo.

Pregunta.

Parece que tu Segunda Venida tenga que ver con la Resurrección de todos los muertos, con el Juicio Final y la Resurrección de la carne.

La Resurrección de la Iglesia muerta, tendrá que ver con mi Poder, vendrá de mi Mano, no de ningún poder de la tierra, porque será materialmente imposible.

Es el Reino de Dios en la tierra: «Yo Juan, vi unos Cielos nuevos y una Tierra nueva» (cfr. Ap 21,1).

Es el Reinado de los Corazones de Jesús y de María: «Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará» (La Virgen de Fátima, 13-07-1917).

Vengo a restaurar lo que ya estaba muerto, a volverlo a la vida. La venida del Reino de Dios no sólo es en el Cielo: es en la Tierra.

¿Pero con la Resurrección de los muertos?

No todos.

¿Habrá otra Resurrección?

Sí, la definitiva al fin del mundo. Todavía la figura de este mundo no pasa. Yo he querido redimir al mundo. Para eso fui enviado, y todavía no ha sido redimido, no está culminada la redención: «La creación entera sufre con dolores de parto» (cfr. Rm 8,19-22) en espera de ese Día, de dar a luz ese Día, por medio de la Gloria y el Poder de Dios.

Participáis de culminar esa redención, y cuando el mundo esté redimido, vendré Yo definitivamente para resucitar a los muertos.

¿El Reino de Dios en la tierra no es con los muertos resucitados y todos glorificados?

No, es con los hombres. Dios-con-los-hombres. La tierra como al principio. Un Nueva Creación que fue iniciada con Cristo. Y entonces los hombres participaréis de lo que les estuvo reservado a Adán y Eva y sus descendientes como al inicio.

¿Y quiénes son los nuevos Adán y Eva?

Cristo y la Virgen.

¿Y no habrá lucha?, ¿es que el Demonio no estará tentando?

No. Ha sido atado, reducido al abismo por Cristo, por María, que han vencido sobre él, por los hombres fieles.

Quiero ver a los hombres realizando la misión para la que fueron creados: dar gloria a Dios con sus cuerpos, con sus almas, en unión íntima, exquisita, sin división en su naturaleza. Amando a Dios Verdaderamente en cuerpo y alma.

En la tierra, sí, en la tierra. Sin resucitar.

Sin resucitar.

Entonces: ¿qué es la resurrección?

Yo Soy la Resurrección y la Vida. El que crea en Mí, aunque haya muerto, vivirá. No morirá para siempre (cfr. Jn 11,25).

No entiendo. Porque con Adán y Eva no existía la muerte.

Pero estaban llamados a resucitar. La vida en la tierra era una prueba que no superaron. Ahora quiero que se viva como superando esa prueba, porque ha sido superada por Cristo.

Estas cosas no las entiendo, Jesús.

No te corresponde ahora entenderlas. Ya las entenderás. Espera los acontecimientos de Dios, y sus manifestaciones a ti.

Amén.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Testimonios sobre Garabandal

Desde el principio, en el verano de 1961, comenzaron a difundirse las apariciones de la Virgen en San Sebastián de Garabandal, Cantabria.

Marta Robín, declarada "venerable"

Las cuatro niñas videntes, Conchita, Mari Loli, Jacinta y Mari Cruz, de doce años de edad, eran sencillas y trasparentes, y enseguida, todos los habitantes del pueblo conocían hasta los detalles más menudos de sucesos tan extraordinarios.

Muy pronto, se corrió la noticia por los pueblos vecinos. Quedaron informados también los sacerdotes de la zona y el obispo de Santander (ver un resumen, de Antonio Yagüe, sobre el Proceso de aprobación de las apariciones).

Conforme pasó el tiempo, la noticia de las apariciones llegó a otros países. También la conocieron personalidades destacadas; entre ellos, los Romanos Pontífices y algunos hombres y mujeres que luego han sido beatificados o canonizados por la Iglesia.

Entre los Papas:

Pablo VI (1963-1978), quizá fue quien más conoció las apariciones (ver resumen que hace Antonio Yagüe). Conoció personalmente a Conchita en 1966, y le dijo en aquella ocasión: "Yo te bendigo, y conmigo te bendice toda la Iglesia". De Pablo VI también es el siguiente comentario sobre las apariciones de la Virgen en Garabandal: "Es la historia más hermosa de la humanidad desde el Nacimiento de Cristo. Es como la segunda vida de la Santísima Virgen en la tierra y no hay palabras para agradecerlo".

Juan Pablo II (1978-2005) también tuvo noticia de ellas (ver breve comentario al respecto). Al escritor alemán Albrecht Weber, por ejemplo, le envío las siguientes palabras: "Que Dios te recompense por todo. Especialmente por el profundo amor con el que estás dando a conocer los sucesos relacionados con Garabandal. Que el mensaje de la Madre de Dios sea acogido en los corazones antes de que sea demasiado tarde. Como expresión de gozo y gratitud el Santo Padre te da su Bendición Apostólica".  

Benedicto XVI (2005-2013) tuvo alguna relación con  Garabandal (ver artículo en inglés). Ver también la interesante entrevista con el P. François Turner, O.P. Este sacerdote sabe que el Card. Joseph Ratzinger tuvo sobre su mesa de trabajo su libro sobre Garabandal que lleva como título "Oh hijos escúchenme", el cual ha sido impreso en inglés, francés y alemán.  

Entre los santos, podemos mencionar a cuatro de ellos:

San Pío de Pietrelcina (1887-1968) (ver artículo). Ver también, en este mismo blog, otro comentario sobre su relación con Garabandal), Es conocida la carta que escribió a las niñas videntes, el 3 de marzo de 1962, en la que les decía, entre otras cosas, lo siguiente: "Queridas Niñas: A las nueve de esta mañana la Santa Virgen María me ha hablado de vosotras, queridas niñas, de vuestras visiones y me ha dicho: Benditas niñas de San Sebastián de Garabandal, yo os prometo que estaré con vosotras hasta el fin de vuestra vida y vosotras estaréis conmigo hasta el fin del mundo y luego en el gozo del paraíso".

Beata Teresa de Calcuta (1910-1997) (ver artículo). Ver también otro artículo publicado en Religión en Libertad.  La Madre Teresa, en una carta del 10 de noviembre de 1987 le comunica a Monseñor Don Juan Antonio del Val, Obispo de Santander de 1971 a 1991, lo siguiente: "Era en 1970, hace 18 años, cuando oí hablar por primera vez de las apariciones de San Sebastián de Garabandal en España. Algunas veces me parece que hace mucho tiempo y otras que fueron ayer. Desde el principio sentí que los sucesos eran auténticos".

San Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975) (ver comentario de Antonio Yagüe). Ver otro comentario al respecto en este mismo blog. En una conversación telefónica que sostuvimos personalmente con Jacinta, una de las videntes de Garabandal, que vive en California, nos dijo que ella no recordaba la visita de San Josemaría a Garabandal, pero la que sí se acordaba muy bien era Mari Cruz, otra de las niñas videntes, que actualmente vive en España 

Santa Maravillas de Jesús (1891-1974) (ver comentario de Antonio Yagüe), fundadora de más de cien conventos de carmelitas descalzas, "conoció" que las apariciones de Garabandal eran auténticas y decía a sus hijas espirituales que "las manifestaciones que ocurren en San Sebastián de Garabandal son de Dios".

A los anteriores, se suman ahora dos más:

Marta Robin (1092-1981). El Papa Francisco acaba de aprobar sus virtudes heroicas y declarar "venerable" a esta mujer (ver artículo en Religión en Libertad) que animó al sacerdote Alfred Combe, también francés, a difundir el mensaje de Garabandal. En una entrevista que tuvo el P. Combe con Marta, a principios de 1971, ella le dijo: "Dígale a las cuatro niñas [de Garabandal] que yo rezo por ellas todos los días". Y al final, rezaron juntos un Padrenuestro y un Avemaría por las niñas de Garabandal y por su Obispo. Ver también el artículo en inglés.

Madre Esperanza de Jesús (1893-1983), fundadora de la Congregación de las Esclavas e Hijos del Amor Misericordioso, beatificada por el Papa Francisco el 31 de mayo de 2014. El P. José Ramón García de la Riva, escribía sobre ella: “La Madre [Esperanza] estaba convencida del carácter sobrenatural de las apariciones de Garabandal por el testimonio de Emilia Andreo Rubio, que acudió con otras personas amigas en peregrinación al Santuario de Covallenza. Allí Emilia manifestó a la Fundadora su intención de ir a Garabandal, a lo que Madre Esperanza les contestó admirada: "¿Así que vais a San Sebastián de Garabandal? Bien. Bien" (tomado de artículo de José María Zavala, en Religión en Libertad).

sábado, 8 de noviembre de 2014

La última aparición a Conchita

Dentro de unos días, el próximo jueves, celebraremos el 49° aniversario de la última aparición a Conchita (13 de noviembre de 1965). Desde entonces, Conchita ha tenido locuciones de la Virgen, pero Nuestra Señora no se le ha aparecido más.


Antonio Yagüe, en sus estudios sobre las apariciones de Garabandal, ha aventurado una posible fecha para el Aviso: 13 de noviembre de 2016 (dentro de dos años). Sería cinco meses exactos antes de la fecha en que podría ser el Milagro (13 de abril de 2017). Ver los vídeos en su canal de YouTube. Se trata de  hipótesis muy bien fundamentadas sobre 1) la Sagrada Escritura, 2) las apariciones marianas (especialmente las de Nuestra Señora de Guadalupe, en 1531 y de la Virgen de Garabandal, entre 1961 y 1965) y 3) los datos de la Astronomía Sagrada, es decir, la antigua sabiduría de las estrellas, que llevó a los Magos hasta Belén para adorar al Niño.

Habrá que esperar a que se desvelen los Planes de Dios tal como Él los ha previsto. Pero, por lo pronto, mientras llegan esos acontecimientos, este es un buen momento para repasar con calma lo que sucedió aquel memorable día (13 de noviembre de 1965) en Garabandal, según lo cuenta la misma Conchita, en un relato que transpira sencillez y autenticidad.

Escribe Conchita:

“Estando un día en la iglesia, la Virgen me ha dicho, en una locución, que la vería el 13 de Noviembre en los Pinos. Me dijo que esta sería una aparición especial para besar objetos religiosos y repartirlos después, ya que tienen gran importancia.

[Conviene recordar que, más de una vez, por encargo de la Virgen, Conchita ha dicho que Jesús hará prodigios mediante los objetos besados por Ella, antes y después del Milagro, y las personas que usen con fe tales objetos, pasarán en esta vida el purgatorio].

¡Yo estaba con grandes deseos de que llegase ese día, para volver a ver a quien ha sembrado en mí la felicidad de Dios! Estaba lloviendo, pero a mí no me importó. Subí a Los Pinos y llevaba conmigo muchos rosarios que hacía poco me los habían regalado para repartirlos; y, como me había dicho la Virgen en la locución, los llevé para que los besara.

Subiendo sola a Los Pinos iba diciéndome, como muy arrepentida de mis defectos, que no caería más en ellos, porque me daba apuro presentarme delante de la Madre de Dios sin quitarlos.

Cuando llegué a Los Pinos empecé a sacar los rosarios que llevaba; y estándolos sacando, oí una voz muy dulce, la de la Virgen, que se distingue entre todas, y me llamaba por mi nombre. Yo le he contestado:

— ¿Qué?

Y en ese momento la he visto con el Niño Jesús en brazos. Venía vestida como siempre y muy sonriente. Yo le he dicho:

— Ya he venido a traerte los rosarios para que los beses.

Y Ella me ha dicho.

Ya lo veo.

Yo traía masticando un chicle, pero cuando la estaba viendo dejé de masticarlo y lo he puesto en una muela. Y Ella ha notado que lo traía, y me ha dicho:

¿Conchita, por qué no dejas tu chicle y lo ofreces como un sacrificio por la gloria de mi Hijo?

Y yo con vergüenza, me lo he sacado y tirado en el suelo.

Después me ha dicho:

¿Te acuerdas de lo que te dije el día de tu santo de que sufrirás mucho en la tierra?, pues te lo vuelvo a decir. Ten confianza en Nosotros y lo ofrecerás con gusto a Nuestros Corazones, por el bien de tus hermanos. Porque así estarás más unida a Nosotros.

Yo le he dicho:

— Que indigna soy, Oh Madre nuestra, de tantas Gracias recibidas por Vos, y todavía venir hoy a mi para sobrellevar la pequeña cruz que ahora tengo.

Ella me ha dicho:

Conchita, no vengo solo por ti, sino que vengo por todos mis hijos, con el deseo de acercarlos a Nuestros corazones.

Y me ha pedido:

Dame, para que pueda besar todo los que traes.

Y se lo he dado. Llevaba conmigo una Cruz y la ha besado, y después me ha dicho:

Pásala por las manos del Niño Jesús.

Y yo lo he hecho y Él no ha dicho nada. Yo le he dicho:

— Esta Cruz la llevaré conmigo al convento.

Pero no me ha dicho nada. Después de besarlos me ha dicho:

Mi Hijo, por medio de este beso que yo he dado aquí, hará prodigios, repártelos a los demás.

Claro, yo así lo haré. Después de esto me ha pedido le diga las peticiones para los demás, que me habían encomendado. Y yo se las he hecho. Y me ha dicho:

Dime, Conchita, dime cosas de mi hijos, a todos los tengo bajo mi manto.

Yo le he dicho:

— Es muy pequeño, no cabemos todos.

Ella se ha sonreído.

¿Sabes, Conchita, por qué no he venido yo el 18 de Junio a darte el Mensaje para el mundo? Porque me daba pena decíroslo yo, pero os lo tengo que decir para bien vuestro y gloria de Dios si lo cumplís.

[Fue San Miguel Arcángel el encargado de comunicar el mensaje de la Virgen, el 18 de junio de 1965: «Como no se ha cumplido y no se ha dado mucho a conocer mi mensaje del 18 de octubre, os diré que este es el último. Antes la copa se estaba llenando, ahora está rebosando. Los Sacerdotes, Obispos y Cardenales van muchos por el camino de la perdición y con ellos llevan a muchas más almas. La Eucaristía cada vez se le da menos importancia. Debéis evitar la ira del Buen Dios sobre vosotros con vuestros esfuerzos. Si le pedís perdón con alma sincera Él os perdonará. Yo, vuestra Madre, por intercesión del Ángel San Miguel, os quiero decir que os enmendéis. Ya estáis en los últimos avisos. Os quiero mucho y no quiero vuestra condenación. Pedidnos sinceramente \ nosotros os lo daremos. Debéis sacrificaros más, pensad en la Pasión de Jesús»].

Os quiero mucho y deseo vuestra salvación para reuniros en torno del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¿Verdad, Conchita, que tú me responderás?

Y yo le he dicho:

— Si estuviese siempre viéndote, sí; pero si no, no lo sé, porque soy muy mala.

Tu pon de tu parte todo y Nosotros te ayudaremos, como también a mis hijas, Loli, Jacinta y María Cruz.

Ha estado muy poco. También me dijo:

Será la última vez que me veas aquí, pero estaré siempre contigo y con todos mis hijos.

Después añadió:

Conchita, ¿Por qué no vas a menudo a visitar a mi Hijo al Santísimo? ¿Por qué te dejas llevar por la pereza, no yendo a visitarle, cuando Os está esperando de día y de noche?

Como ya he escrito, estaba lloviendo mucho, y la Virgen y el Niño Jesús no se mojaban nada. Yo, cuando los estaba viendo no me daba cuenta de que llovía, pero cuando dejé de verlos estaba mojada.

Yo he dicho:

— ¡Ay, que feliz soy cuando os veo! ¿Por qué no me llevas contigo ahora?

Y me ha contestado:

Acuérdate de lo que te dije el día de tu santo [8 de diciembre]: al presentarte delante de Dios tienes que mostrarle tus manos llenas de obras hechas por ti en favor de tus hermanos y para gloria de Dios, y ahora las tienes vacías.

Y nada más. Se ha pasado ese feliz rato que he pasado con mi Mamá del Cielo y mi Amiga, y con el Niño Jesús. Los he dejado de ver pero no de sentirlos.

De nuevo han sembrado en mi ánimo una paz y una alegría y unos grandes deseos de vencer mis defectos para conseguir amar con todas mis fuerzas, a los Corazones de Jesús y de María, que tanto nos quieren.

Anteriormente, la Virgen me ha dicho que Jesús no mandaba el Castigo para hacernos sufrir sino para reprendernos de que no le hacemos caso y por ayudarnos. Y el Aviso nos lo manda para purificarnos, para hacernos ver el Milagro con el cual nos muestra claramente el amor que nos tiene; y por eso el deseo de que cumplamos el Mensaje”.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Nuestra hermana, la muerte

Mañana celebramos en toda la Iglesia la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Durante el mes de noviembre haremos sufragios por todos los difuntos y, especialmente, por aquellos que han estado más cerca de nosotros.


“Si eres apóstol, la muerte será para ti una buena amiga que te facilita el camino” (San Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino, n. 735).

“No tengas miedo a la muerte. –Acéptala, desde ahora, generosamente..., cuando Dios quiera..., como Dios quiera..., donde Dios quiera. –No lo dudes: vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga..., enviada por tu Padre –Dios. –¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte!” (Camino, n. 729).

Nos parece que meditar dos textos de Benedicto XVI sobre este importante aspecto de nuestra vida, podría ayudarnos a no tener miedo a la muerte, recibirla como una “hermana” o una “buena amiga” y llenarnos de esperanza porque es la puerta hacia la vida eterna. Destacamos en negritas algunas frases.

Encíclica Spe Salvi, n. 6

“Los sarcófagos de los tiempos del cristianismo muestran visiblemente esta concepción [la existencia de un Dios que gobierna el mundo] en presencia de la muerte, ante la cual es inevitable preguntarse por el sentido de la vida. En los antiguos sarcófagos se interpreta la figura de Cristo mediante dos imágenes: la del filósofo y la del pastor. En general, por filosofía no se entendía entonces una difícil disciplina académica, como ocurre hoy. El filósofo era más bien el que sabía enseñar el arte esencial: el arte de ser hombre de manera recta, el arte de vivir y morir. Ciertamente, ya desde hacía tiempo los hombres se habían percatado de que gran parte de los que se presentaban como filósofos, como maestros de vida, no eran más que charlatanes que con sus palabras querían ganar dinero, mientras que no tenían nada que decir sobre la verdadera vida. Esto hacía que se buscase con más ahínco aún al auténtico filósofo, que supiera indicar verdaderamente el camino de la vida. Hacia finales del siglo III encontramos por vez primera en Roma, en el sarcófago de un niño y en el contexto de la resurrección de Lázaro, la figura de Cristo como el verdadero filósofo, que tiene el Evangelio en una mano y en la otra el bastón de caminante propio del filósofo. Con este bastón Él vence a la muerte; el Evangelio lleva la verdad que los filósofos deambulantes habían buscado en vano. En esta imagen, que después perdurará en el arte de los sarcófagos durante mucho tiempo, se muestra claramente lo que tanto las personas cultas como las sencillas encontraban en Cristo: Él nos dice quién es en realidad el hombre y qué debe hacer para ser verdaderamente hombre. Él nos indica el camino y este camino es la verdad. Él mismo es ambas cosas, y por eso es también la vida que todos anhelamos. Él indica también el camino más allá de la muerte; sólo quien es capaz de hacer todo esto es un verdadero maestro de vida. Lo mismo puede verse en la imagen del pastor. Como ocurría para la representación del filósofo, también para la representación de la figura del pastor la Iglesia primitiva podía referirse a modelos ya existentes en el arte romano. En éste, el pastor expresaba generalmente el sueño de una vida serena y sencilla, de la cual tenía nostalgia la gente inmersa en la confusión de la ciudad. Pero ahora la imagen era contemplada en un nuevo escenario que le daba un contenido más profundo: « El Señor es mi pastor, nada me falta... Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo... » (Sal 22,1-4). El verdadero pastor es Aquel que conoce también el camino que pasa por el valle de la muerte; Aquel que incluso por el camino de la última soledad, en el que nadie me puede acompañar, va conmigo guiándome para atravesarlo: Él mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con Él, se encuentra siempre un paso abierto. Saber que existe Aquel que me acompaña incluso en la muerte y que con su « vara y su cayado me sosiega », de modo que « nada temo » (cf. Sal 22,4), era la nueva « esperanza » que brotaba en la vida de los creyentes”.

Homilía el 2 de noviembre de 2011

Queridos hermanos y hermanas:

Después de celebrar la solemnidad de Todos los Santos, la Iglesia nos invita hoy a conmemorar a todos los fieles difuntos, a dirigir nuestra mirada a los numerosos rostros que nos han precedido y que han finalizado el camino terreno. En la audiencia de hoy, por eso, quiero proponeros algunos sencillos pensamientos sobre la realidad de la muerte, que para nosotros, los cristianos, está iluminada por la Resurrección de Cristo, y para renovar nuestra fe en la vida eterna.

Como ya dije ayer en el Ángelus, en estos días se visita el cementerio para rezar por los seres queridos que nos han dejado; es como ir a visitarlos para expresarles, una vez más, nuestro afecto, para sentirlos todavía cercanos, recordando también, de este modo, un artículo del Credo: en la comunión de los santos hay un estrecho vínculo entre nosotros, que aún caminamos en esta tierra, y los numerosos hermanos y hermanas que ya han alcanzado la eternidad.

El hombre desde siempre se ha preocupado de sus muertos y ha tratado de darles una especie de segunda vida a través de la atención, el cuidado y el afecto. En cierto sentido, se quiere conservar su experiencia de vida; y, de modo paradójico, precisamente desde las tumbas, ante las cuales se agolpan los recuerdos, descubrimos cómo vivieron, qué amaron, qué temieron, qué esperaron y qué detestaron. Las tumbas son casi un espejo de su mundo.

¿Por qué es así? Porque, aunque la muerte sea con frecuencia un tema casi prohibido en nuestra sociedad, y continuamente se intenta quitar de nuestra mente el solo pensamiento de la muerte, esta nos concierne a cada uno de nosotros, concierne al hombre de toda época y de todo lugar. Ante este misterio todos, incluso inconscientemente, buscamos algo que nos invite a esperar, un signo que nos proporcione consolación, que abra algún horizonte, que ofrezca también un futuro. El camino de la muerte, en realidad, es una senda de esperanza; y recorrer nuestros cementerios, así como leer las inscripciones sobre las tumbas, es realizar un camino marcado por la esperanza de eternidad.

Pero nos preguntamos: ¿Por qué experimentamos temor ante la muerte? ¿Por qué una gran parte de la humanidad nunca se ha resignado a creer que más allá de la muerte no existe simplemente la nada? Diría que las respuestas son múltiples: tenemos miedo ante la muerte porque tenemos miedo a la nada, a este partir hacia algo que no conocemos, que ignoramos. Y entonces hay en nosotros un sentido de rechazo pues no podemos aceptar que todo lo bello y grande realizado durante toda una vida se borre improvisamente, que caiga en el abismo de la nada. Sobre todo sentimos que el amor requiere y pide eternidad, y no se puede aceptar que la muerte lo destruya en un momento.

También sentimos temor ante la muerte porque, cuando nos encontramos hacia el final de la existencia, existe la percepción de que hay un juicio sobre nuestras acciones, sobre cómo hemos gestionado nuestra vida, especialmente sobre aquellos puntos de sombra que, con habilidad, frecuentemente sabemos remover o tratamos de remover de nuestra conciencia. Diría que precisamente la cuestión del juicio, a menudo, está implicada en el interés del hombre de todos los tiempos por los difuntos, en la atención hacia las personas que han sido importantes para él y que ya no están a su lado en el camino de la vida terrena. En cierto sentido, los gestos de afecto, de amor, que rodean al difunto, son un modo de protegerlo basados en la convicción de que esos gestos no quedan sin efecto sobre el juicio. Esto lo podemos percibir en la mayor parte de las culturas que caracterizan la historia del hombre.

Hoy el mundo se ha vuelto, al menos aparentemente, mucho más racional; o mejor, se ha difundido la tendencia a pensar que toda realidad se deba afrontar con los criterios de la ciencia experimental, y que incluso a la gran cuestión de la muerte se deba responder no tanto con la fe, cuanto partiendo de conocimientos experimentales, empíricos. Sin embargo, no se llega a dar cuenta suficientemente de que precisamente de este modo se acaba por caer en formas de espiritismo, intentando tener algún contacto con el mundo más allá de la muerte, casi imaginando que exista una realidad que, al final, sería una copia de la presente.

Queridos amigos, la solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de todos los fieles difuntos nos dicen que solamente quien puede reconocer una gran esperanza en la muerte, puede también vivir una vida a partir de la esperanza. Si reducimos al hombre exclusivamente a su dimensión horizontal, a lo que se puede percibir empíricamente, la vida misma pierde su sentido profundo. El hombre necesita eternidad, y para él cualquier otra esperanza es demasiado breve, es demasiado limitada. El hombre se explica sólo si existe un Amor que supera todo aislamiento, incluso el de la muerte, en una totalidad que trascienda también el espacio y el tiempo. El hombre se explica, encuentra su sentido más profundo, solamente si existe Dios. Y nosotros sabemos que Dios salió de su lejanía y se hizo cercano, entró en nuestra vida y nos dice: "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre" (Jn 11, 25-26).

Pensemos un momento en la escena del Calvario y volvamos a escuchar las palabras que Jesús, desde lo alto de la cruz, dirige al malhechor crucificado a su derecha: "En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc 23, 43). Pensemos en los dos discípulos que van hacia Emaús, cuando, después de recorrer un tramo de camino con Jesús resucitado, lo reconocen y parten sin demora hacia Jerusalén para anunciar la Resurrección del Señor (cf. Lc 24, 13-35). Con renovada claridad vuelven a la mente las palabras del Maestro: "No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar" (Jn 14, 1-2). Dios se manifestó verdaderamente, se hizo accesible, amó tanto al mundo "que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16), y en el supremo acto de amor de la cruz, sumergiéndose en el abismo de la muerte, la venció, resucitó y nos abrió también a nosotros las puertas de la eternidad. Cristo nos sostiene a través de la noche de la muerte que él mismo cruzó; él es el Buen Pastor, a cuya guía nos podemos confiar sin ningún miedo, porque él conoce bien el camino, incluso a través de la oscuridad.

Cada domingo reafirmamos esta verdad al recitar el Credo. Y al ir a los cementerios y rezar con afecto y amor por nuestros difuntos, se nos invita, una vez más, a renovar con valentía y con fuerza nuestra fe en la vida eterna, más aún, a vivir con esta gran esperanza y testimoniarla al mundo: tras el presente no se encuentra la nada. Y precisamente la fe en la vida eterna da al cristiano la valentía de amar aún más intensamente nuestra tierra y de trabajar por construirle un futuro, por darle una esperanza verdadera y firme. Gracias.

Sugerimos a nuestros lectores este vídeo del P. Santiago Martín: Benedicto XVI enseña de nuevo.



sábado, 25 de octubre de 2014

El Mandamiento del Amor

En el Evangelio que leeremos mañana, Domingo XXX del tiempo ordinario, Jesús responde a un doctor de la Ley que le preguntó para tentarle: ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?


Se trata de una pregunta siempre actual. ¿Qué es lo más importante de nuestra vida? ¿Cómo podemos dar verdaderamente gloria a Dios y cumplir su voluntad?

La respuesta del Señor es muy clara: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas” (Mt 22, 37-40).

Yahvé dio a Moisés las dos Tablas de la Ley en el monte Sinaí. La primera contiene los tres primeros mandamientos del Decálogo, que se refieren a Dios. La segunda contiene los otros siete, que se refieren al prójimo.

Ahora, Jesús confirma la Ley Moral de Israel, que se encierra en dos mandamientos: el amor a Dios y el amor al prójimo. Además, todo lo que han dicho los profetas se resume también en esos dos mandamientos.

Es importante hacer notar que el Mandamiento del Amor tiene dos niveles: en primer lugar está el amor a Dios. Es lo primero siempre. Además, de un auténtico amor a Dios fluye necesariamente el amor al prójimo, que está en segundo lugar.

Por otra parte, san Juan nos recuerda que quien dice amar a Dios pero no ama a su hermano es un mentiroso (cfr. 1 Jn 4, 20). Por lo tanto, el segundo mandamiento está estrechamente unido al primero, pero hay un orden entre ellos.

Por eso Jesús nos enseña a amar primero a Dios. ¿Cómo? Dándole gloria, adorándole, alabándole, dándole gracias por todo, teniéndolo presente en toda nuestra vida, de modo que vivamos estrechamente unidos a la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Jesús nos dejó los sacramentos que son como sus huellas aquí en la tierra. Amamos a Dios si los recibimos con piedad, valorando cada uno de ellos. Por medio de ellos recibimos la gracia de Dios. El Espíritu Santo nos llena de su Amor.

Amamos a Dios si procuramos ser buenos hijos suyos. Y lo seremos si buscamos, como lo más importante de nuestra vida, estar en gracia de Dios, evitando el pecado, que es el único enemigo verdadero que tenemos los hombres.

Quien lucha para estar en gracia y para alejarse de las ocasiones de pecado, ama a Dios. Quien procura ganar todas las batallas, al final, el Señor le concederá también ganar la última, al final de su vida, y le daré el premio de la Vida eterna.

Amar a Dios, por lo tanto, es vivir una continua conversión interior y exterior. Hacer examen y arrepentirnos de lo que no está bien en nuestra vida. Jesús acoge a los pecadores (María Magdalena, la Samaritana, Zaqueo, Mateo, la mujer sorprendida en adulterio, el Buen Ladrón...). Pero lo hace siempre que previamente hayan reconocido sus pecados y se hayan arrepentido.

Amar a Dios es mantenernos en oración. Eso es lo que nos enseña Jesús. Cristo es el Hijo de Dios, y su característica principal es que siempre está en comunicación vital con su Padre.

Una magnífica manera de hacer oración es utilizar los textos de la Sagrada Escritura, la Palabra de Dios, para descubrir en Ella qué es lo que Dios desea de nosotros, aquí y ahora. La Palabra de Dios ilumina nuestra mente y mueve nuestro corazón. Si nos acostumbramos a leerla y meditarla diariamente, el Señor nos concederá el don de la vida contemplativa.

Amar a Dios es también amar a nuestros hermanos y dar la vida por ellos, con entrañas de misericordia: amarlos en todas las circunstancias, practicar las obras de misericordia corporales y espirituales.

La principal obra de misericordia es buscar la salvación de cada uno de nuestros hermanos, conducirlos hacia el amor de Dios, orar, darles buen ejemplo y buscar poner todos los medios que están en nuestra mano para que el Señor les de su gracia.

Meditemos unas palabras de Benedicto XVI en la Fiesta de Todos los Santos del año 2010: “Dios quien nos ha amado primero y en Jesús nos ha hecho sus hijos adoptivos. En nuestra vida todo es don de su amor. ¿Cómo quedar indiferentes ante un misterio tan grande? ¿Cómo no responder al amor del Padre celestial con una vida de hijos agradecidos? En Cristo se nos entregó totalmente a sí mismo, y nos llama a una relación personal y profunda con él. Por tanto, cuanto más imitamos a Jesús y permanecemos unidos a él, tanto más entramos en el misterio de la santidad divina. Descubrimos que somos amados por él de modo infinito, y esto nos impulsa a amar también nosotros a nuestros hermanos. Amar implica siempre un acto de renuncia a sí mismo, "perderse a sí mismos", y precisamente así nos hace felices”.

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A continuación trascribimos el testimonio del Dr. Ortiz, sobre el mensaje que dio la Virgen a las niñas el 18 de octubre de 1961, según lo relata fray Eusebio García Pesquera en su libro “Se fue con prisas a la montaña”.

"A pesar del ambiente que había tan propicio para la sugestión, pues la mayoría dela gente, ilusionada, estaba esperando un gran milagro, yo no pude descubrir ni un solo caso de tal sugestión... ¡Hecho muy importante!, si se tiene en cuenta que algunos de mis colegas, con otros miembros de la Comisión, vienen sosteniendo que se trata de "fenómenos de sugestión colectiva".

"Muchos de los que habían subido al pueblo, al no suceder el Milagro, que ellos se tenían imaginado, nunca anunciado por las niñas, bajaban totalmente defraudados, y hasta de mal humor. Una mujer del pueblo, Angelita, cuñada de Maximina, escuchó a un forastero que gritaba con indignación:

–¡Las niñas, a la hoguera! ¡Y sus padres con ellas!

–Oiga, oiga –le replicó la mujer–: ¡A usted sí que le debían quemar! ¿Qué telegrama le han puesto para que subiera aquí?"

La ya citada doña María, cuya aportación tanto nos ha servido para dar una visión de aquel día inolvidable, termina su relato así: "Yo no acierto a decirle más; pero estoy segura de que ese 18 de octubre tiene que estar plagado de anécdotas interesantes y más o menos inexplicables. De una cosa no puedo dudar: que los ángeles del Señor tuvieron que velar sobre cada uno de nosotros, para que, como dice el salmo, "no tropezaran nuestro pies contra las piedras del camino", o de los caminos... Creo que todos volvimos ilesos a casa; yo, por lo menos, no he sabido nunca de ningún accidente. Y esto me parece un grandísimo milagro.

"Todo lo de aquel día se me ha quedado profundamente grabado en la memoria, dándome la imagen de un día de ilusión y de penitencia, quizá pálida imagen de lo que pueda ser el día del "Aviso" (El aviso es uno de los grandes anuncios proféticos de Garabandal, uno delos capítulos pendientes de esta extraordinaria historia. Hablaremos de él cuando le llegue la hora: aún estamos en el primer año de los sucesos, 1961.), pues todo en el ambiente parecía estar para probarnos, y realmente fue una jornada de purificación. Nunca cosa alguna me ha dado tanta impresión del temor de Dios como lo sucedido en aquel día".

No cabe duda de que el 18 de octubre de 1961, tan largamente esperado y que luego advino como un signo tan distinto del que muchísimos se imaginaban, es uno de los momentos estelares en el largo misterio de Garabandal. ¡Una fecha clave! Una jornada con no sé qué de Sinaí... (Ex. 19., 16).

En ella llegó, sobre Garabandal, la primera admonición pública del cielo.

Con ella empezó la acción depuradora en las filas de "adictos", la primera criba de muchos entusiasmos fáciles.

"Señor, Señor, Dios nuestro: ¡qué admirable es tu nombre por toda la tierra!" (salmo 8).

Me parece que al 18 de octubre de 1961 en Garabandal alcanza, de algún modo, cierto texto de un viejo profeta de Israel:

"Que los toques del cuerno (Desde muy antiguo los cuernos de ciertos animales han sido habilitados como instrumento de potente llamada, para la caza o para la guerra; en Israel, también para congregaciones religiosas).
retumben en Sión;
dad la voz de alarma sobre mi montaña santa:
que tiemblen todos los habitantes del país,
porque se acerca el día del Señor,
¡se viene encima!
Día de oscuridad y de espesas sombras,
día de nubarrones y tinieblas...
Cual una luz de aurora, se ha desplegado sobre los montes
un pueblo innumerable y fuerte,
como no se había visto, ni se volverá a ver" (Joel 2, 1-2).



sábado, 18 de octubre de 2014

Dar a Dios lo que es de Dios

Nunca nos cansaremos de afirmar esta gran verdad —“dar a Dios lo que es de Dios”— que nos recuerda el Evangelio del próximo domingo (XXIX del tiempo ordinario).


Siempre tendremos los hombres el peligro de ser demasiado condescendientes con “el cesar”, es decir, los “valores” mundanos de moda en cada época de la historia. No podemos traicionar nuestra vocación cristiana poniendo al "cesar" por encima de Dios.

Las lecturas de este XXIX Domingo del tiempo ordinario son las siguientes (puede usarse el formulario “Por la evangelización de los pueblos”, pues mañana es el “Día Mundial de las Misiones”):

Is 45, 1.4-6. Llevo de la mano a Ciro para doblegar ante él las naciones.
Sal 95. Aclamad la gloria y el poder del Señor.
1Ts 1, 1-5b. Recordamos vuestra fe, vuestro amor y vuestra esperanza.
Mt 22, 15-21. Pagad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

La pregunta que le hacen al Señor es hábil y capciosa (Ev.). ¿Cuál debe ser la verdadera relación entre nuestros deberes con Dios y con la sociedad. Las lecturas de la Misa subrayan que no existe solo una lectura laica de la historia sino que la fe tiene sus derechos y criterios interpretativos (1ª Lect.). Jesús expresa nítidamente los niveles de competencia de lo humano y lo divino. El césar no es Dios; no existe un césar divino. Dad a Dios lo que es de Dios (Ev.). La comunidad cristiana debe vivir con autenticidad los valores de la fe, esperanza y caridad (2 Lect.).

La fe, la esperanza y la caridad (que empieza por el amor a Dios), son los principales puntos de referencia del cristiano (2ª Lect.). Vivir con profundidad las virtudes teologales, que son un don de Dios, nos proporciona un modo de ver todas las cosas con enfoque cristiano. Si perdemos la referencia teologal de nuestra vida, sólo las veremos de modo “humano”, o mejor dicho: “mundano”.

Dar a Dios lo que es de Dios”. Estas palabras están detrás de todo el “mensaje de Garabandal”, de todo lo que la Virgen enseñó a las cuatro niñas en las más de dos mil apariciones que tuvo en Garabandal, entre 1961 y 1964 (un promedio de tres o cuatro diarias). En ese tiempo la Virgen visitó todas las casas del pueblo.

El 18 de octubre de 1961 las cuatro niñas leyeron juntas, en Los Pinos, el mensaje que la Virgen les había dado para toda la humanidad. Tenían doce años de edad, salvo Mari Cruz, que tenía once. Como no se oyó bien su voz de niñas, luego, dos hombres repitieron la lectura del mensaje, que decía así:

"Hay que hacer muchos sacrificios, mucha penitencia; visitar al Santísimo; pero antes, tenemos que ser muy buenos.

Y si no lo hacemos nos vendrá un castigo.

Ya se está llenando la copa, y si no cambiamos, nos vendrá un castigo muy grande".   

Fray Eusebio García Pesquera, O.F.M., comenta en su libro “Fue con prisas a la montaña”, lo siguiente: “Imposible que la masa de expectantes que acogió estas palabras en la revuelta noche de Garabandal pudiera captar entonces las verdaderas dimensiones de tan cortísimo y pueril mensaje... Por eso, a todos o casi todos decepcionó”.

Aquello era una proclama nueva de los de siempre —añade fray Eusebio—: de lo que más necesitamos oír aunque menos nos guste escuchar”.

Hoy, 53 años después de ese día, volvemos a leer y meditar el primer mensaje de la Virgen y damos gracias a Dios porque nos recuerda las verdades fundamentales de nuestra fe:

·        el sentido del pecado (tan olvidado en nuestro mundo actual),
·        su maldad (que ocasiona todas las tragedias de la humanidad),
·        el saber de que todos los hombres somos pecadores,
·        la importancia de la penitencia para expiar nuestros pecados,
·        la necesidad de acudir a la Fuente de la Salvación (la Palabra de Dios y los Sacramentos); particularmente al mismo Jesucristo que nos espera en el Sacramento de la Eucaristía (hacer muchas visitas al Santísimo) y, por último,
·        la importancia de la lucha ascética para tratar de ser “muy buenos” (integridad moral) cada día,
·        con la ayuda de Nuestra Madre del Cielo.

Estas verdades fundamentales de nuestra fe, dichas en un lenguaje sencillo (para niñas), iluminan toda nuestra vida. Por ejemplo, ¡cuánto podría haber ayudado, meditarlas despacio, a los obispos, sacerdotes y laicos que están ahora reunidos en Roma en el Sínodo sobre la Familia (ya por terminar)! ¡Con qué perspectiva, auténticamente sobrenatural, se ve todo más claro!

Es momento de tratar de ser “muy buenos”. ¿Cómo? Centrando nuestra vida en la Eucaristía y acudiendo constantemente a la intercesión de la Virgen para que nos ayude a reconocernos pecadores, y a hacer mucha penitencia, muchos sacrificios: oración y expiación abundante, por nosotros y por toda la Iglesia.

Aunque el mensaje del Evangelio es eminentemente positivo —el anuncio del inmenso Amor que Dios tiene a cada ser humano—, no se puede olvidar nunca que Dios es Misericordioso pero también Justo. Dios no deja de buscar cómo ayudar a sus hijos, y corregirlos, también con severidad, cuando es necesario. Además, al final de nuestra vida tendremos que optar por el premio eterno (el Cielo) o el castigo eterno (el Infierno), según hayan sido nuestras obras. 

Terminamos con unas palabras de fray Eusebio García Pesquera de su libro "Fue con prisas a la montaña":

Ya se está llenando la copa; y si no cambiamos... Las niñas decían lo de la copa, sin entenderlo apenas; parece que durante las explicaciones del mensaje que la Virgen les fue dando a lo largo del verano, se les mostró una gran copa, dentro de la cual caían espesas gotas de tonalidad oscura, como de sangre. Cuando la Virgen hablaba de esto de la copa y del castigo que se avecinaba, se oscurecía su semblante y se apagaba notablemente su voz.

A partir, pues, de esta noche del 18 de octubre, Garabandal empieza a revelarse en su fuerte dimensión de admonición profética. Vamos hacia horas de muy graves decisiones por parte de Dios.

Como las consecuencias serán terribles para muchos, misericordiosamente se nos advierte, para que veamos la manera de evitarlo. Y no hay más que una manera: la que Cristo dejó proclamada en su Evangelio: "Si no hiciereis penitencia, todos por un igual pereceréis"(Lc 13, 1-5).

En adelante, un gigantesco contraluz de Misericordia y de Justicia a escala divina va a estar siempre como gravitando sobre el horizonte lejano de esta increíble historia de Garabandal”.    

Recomendamos los siguientes vídeos:

1. Pastores católicamente equilibrados - Padre Santiago Martín FM.
2. Peligro la Eucaristía - división en el Sínodo Familia P. Santiago Martín FM.



sábado, 11 de octubre de 2014

La Eucaristía y el Banquete Celestial

Las lecturas de este próximo domingo del tiempo ordinario (Domingo XXVIII) nos recuerdan que la Eucaristía es la anticipación del Banquete Celestial de las Bodas del Cordero. En estos tiempos, participar con devoción todos los días, si es posible, en la Santa Misa, nos ayudará a introducirnos ya en los tiempos mesiánicos. La Eucaristía es prenda de Vida eterna. Constituye como las arras que nos envía el Cielo en garantía de que un día será nuestra morada.


Los textos de la Misa son los siguientes:

Is 25, 6-10a. El Señor preparará un festín y enjugará las lágrimas de todos los rostros.
Sal 22. Habitaré en la casa del Señor, por años sin término.
Flp 4, 12-14. 19-20. Todo lo puedo en aquel que me conforta.
Mt 22, 1-14. A todos los que encontréis, convidadlos a la boda.

Reproducimos, a continuación, el comentario que se hace en la Biblia de Navarra a los textos de la Liturgia de la Palabra del Domingo XXVIII del tiempo ordinario.

— El banquete del Señor (Is 25,6-10a)
(1ª lectura)

El Señor ha preparado a todos los pueblos en el monte Sión un singular banquete, que describe con metáforas el reino mesiánico ofrecido a todas las naciones. Dios les hará partícipes de «manjares suculentos» y «vinos exquisitos». Así, se expresa de modo simbólico que el Señor hace partícipes a los hombres de alimentos divinos, que superan todo lo imaginable (vv. 6-8).

Estas palabras son una prefiguración del banquete eucarístico, instituido por Jesucristo en Jerusalén, en el que se entrega un alimento divino, el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor, que vigoriza el alma y es prenda de la vida futura: «La participación en la “cena del Señor” es anticipación del banquete escatológico por las “bodas del Cordero” (Ap 19,9). Al celebrar el memorial de Cristo, que resucitó y ascendió al cielo, la comunidad cristiana está a la espera de “la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo» (Juan Pablo II, Dies Domini, n. 38). De ahí que los santos frecuentemente hayan exhortado a considerar esta realidad a la hora de recibir la Eucaristía: «Es para nosotros prenda eterna, de manera que ello nos asegura el Cielo; éstas son las arras que nos envía el cielo en garantía de que un día será nuestra morada; y, aún más, Jesucristo hará que nuestros cuerpos resuciten tanto más gloriosos, cuanto más frecuente y dignamente hayamos recibido el suyo en la Comunión» (S. Juan Bautista María Vianney, Sermón sobre la Comunión).

El versículo 8 es citado por San Pablo, al afirmar gozoso que la resurrección de Cristo ha supuesto la victoria definitiva sobre la muerte (1 Co 15,54-55), y por el Apocalipsis, al anunciar la salvación que traerá el Cordero muerto y resucitado: «Y enjugará toda lágrima de sus ojos; y no habrá ya muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior ya pasó» (Ap 21,4; cfr también Ap 7,17). La Iglesia evoca asimismo estas palabras en su oración por los difuntos, por quienes pide a Dios que los reciba en su Reino «donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como Tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a Ti y cantaremos eternamente tus alabanzas» (Misal Romano, Plegaria Eucarística III)

— El beneficio de la limosna (Flp 4,12-14)
(2ª lectura)

Las posibles dificultades que puedan presentarse en la vida no constituyen un obstáculo insalvable ni pueden ser ocasión de perder la paz. El cristiano cuenta con la fortaleza que Dios proporciona.

La generosidad de los filipenses emociona a San Pablo. No busca dádivas de los de Filipos, sino el fruto que a ellos mismos les reportarán sus limosnas: «No necesito, dice, ni busco nada necesario, sino que debéis usar únicamente de benevolencia, para que podáis recibir el fruto de vuestra benevolencia» (Mario Victorino, In epistolam Pauli ad Philippenses 4,17).

Como Dios es remunerador, resulta mucho más beneficiado quien da limosna que quien la recibe. Quien da recibirá la gloria eterna ganada por Cristo Jesús: «Que quien distribuye limosnas lo haga con despreocupación y alegría, ya que, cuanto menos se reserve para sí, mayor será la ganancia que obtendrá» (S. León Magno, Sermo 10 de Quadragesima 5).

— Los invitados a las bodas (Mt 22,1-14)
(Evangelio)

Esta parábola, muy semejante a otra que recoge San Lucas (cfr Lc 14,15-24), completa el significado de las dos que le preceden. Israel —representado por los primeros invitados— no sólo ha rechazado el banquete de Dios, su llamada a la salvación, sino que ha maltratado y matado a los siervos que le ha enviado su Señor. Por eso su destino es fatídico (v. 7). El rechazo de Israel lleva consigo una nueva iniciativa de Dios, que ahora llama a todos los hombres a la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios. No obstante, como en las parábolas de la cizaña y de la red barredera (cfr 13,24-50), los que responden a la llamada son «malos y buenos» (v. 10), y no todos son dignos, porque no todos se han convertido, comprándose el traje de bodas.

Este episodio es así una llamada de alerta a quienes ya formamos la Iglesia: el fracaso de Israel (v. 7) señala el nuestro si no nos mostramos dignos de la elección (v. 13). «¿Qué debemos entender por el vestido de boda sino la caridad? De modo que entra a las bodas, pero no entra con vestido nupcial, quien, entrando en la Iglesia, tiene fe pero no tiene caridad» (S. Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia 2,18,9).

A continuación trascribimos un mensaje de la Virgen a Marga, que nos aconseja cómo prepararnos, en esta “Hora Terrible” para poder celebrar las “Bodas del Cordero”:  

Mensaje de la Virgen a Marga (4 de septiembre de 2000)

Virgen:
(Abrí Ezequiel 6, 1-10)

Escucha, oh niña, escucha, aplica tu oído y aprende, distingue y «olfatea» los signos de los tiempos. Discierne la acción, la Voz de Dios, confía en su Palabra, ¡confía en su Juicio! Dios es Grande. Dios pone en marcha su plan sobre los hombres y nadie que confíe en el Señor y se acoja a su Plan quedará confundido.

Mira y verás a los impíos cómo cada vez más y más quedarán confundidos y enredados en sus torpes elucubraciones y nunca distinguirán ni reconocerán el Tiempo ni los acontecimientos predichos. Sólo servirá para su propia confusión, dolor y condenación. Porque previamente no quisieron acogerse a Sus Mandatos, negaron Su Nombre Santo, no Le quisieron servir. Y he aquí que éste es su merecido, perecerán entre grandes dolores en la Hora de la Muerte. Antes se desesperarán y se herirán y asesinarán unos a otros. Todo será dolor y muerte, condenación para ellos.

Niña, es Terrible esta Hora, estad preparados, el demonio os ronda como León rugiente. Defendeos. Yo os he dado mis Armas. Velad, velad y orad, enderezad al máximo que podáis vuestras vidas para que el Señor, cuando venga, no pueda imputaros nada. Reparad por lo que hicisteis.

Son tiempos duros, tiempos difíciles para los siervos del Señor. Tenéis que reparar, por vuestros males y por los que otros hacen, para que el Señor quiera al menos dejar un reducto de su Pueblo, que no le hirió, que no le fue infiel. Que al menos una parte del suelo no quede destruida, que haya supervivientes en Jerusalén. ¡Venid!, venid a mi Refugio. Sus Puertas permanecen todavía ahora abiertas. Aceptad todo y venid, ¡corred!, desproveeos de lo que os sobra. De los ropajes antiguos haced una hoguera, vestíos con las blancas vestiduras de los novios al encuentro de la novia. Entrad en Su Banquete, entrad en la dicha del Señor, ¡siervos fieles!

Creed, creed a mis profetas. Hoy, como ayer, Dios continúa enviándolos y tienen la especial protección de mis Manos Purísimas. Yo también los sostengo, Yo los preparo para su sublime misión. Creedlos, vienen de Dios.

¡Oh sí, niña!, Yo tiemblo también al pensar en esa Hora, al pensar en lo que os espera, ¡pero me inundo de gozo y me alegro!, ¡me alegro!, al contemplar las maravillas que el Señor va obrando ya y obrará en vosotros y ver el lugar que os tiene destinado para la eternidad, donde seréis dichosos para siempre. Y no podréis siquiera ahora atisbar una milésima parte de vuestro gozo. ¡Oh!, el más mínimo gozo de esas moradas es nada comparado con el máximo gozo de aquí en la tierra.

Bendito sea el Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo. Benditas las obras de sus Manos bendita su Naturaleza Humana, que tomó parte del barro para elevarlo a la condición de ser hijo de Dios. ¡Uníos, únete! a su Sacrificio, que perdura y perdurará por los siglos, que lava, salva, sana, cura, levanta y redime a los hombres, que les hace libres, que les abre las moradas eternas. ¡Oh, venid!, ¡venid todos!, las Puertas se abren, ¡venid antes de que llegue el día en que permanecerán cerradas por tres días hasta que El resucite a los hombres. ¡Venid ahora!, el tiempo se está acabando.

Venid a celebrar las Bodas con el Cordero. Venid a vuestra Salvación. Yo Soy la Madre de la humanidad. Apóstoles de los últimos tiempos ¡venid a reinar conmigo! ¡Venid a vuestra salvación!

Yo lo deseo ardientemente, porque es un Deseo de Dios. Proclamad, anunciad y llevad su Nombre Santo, su Sagrado Corazón hasta los confines del orbe.

Sí, cariño, ¡trabajad!, la mies es mucha y los obreros pocos, rogad al Señor que envíe obreros a su mies.

Cuidad y proteged a vuestros Sacerdotes, son el máximo don de Dios para vosotros. Rezad por ellos, sostenedlos con vuestras oraciones, dadles vuestro cariño. Por vosotros se entregan, sed fiel rebaño y cariñoso para ellos. Cuidadlos como oro en paño, ¡son mis hijos muy amados! Mi Corazón se derrite de gozo y de agradecimiento, de paz y amor pensando en ellos, en lo que han donado a Dios y en lo que donarán.