sábado, 21 de marzo de 2015

Cuaresma y Esperanza

La Primera Lectura (Jer 31, 31-34) del Quinto Domingo de Cuaresma, que meditaremos mañana, nos da pie para reflexionar sobre la esperanza que tenemos los cristianos en el Tiempo Cuaresmal.

frontal altar Esquiú-Cataluña x.XII

«Mirad que llegan días –oráculo del Señor– en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva (…).Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: "Reconoce al Señor." Porque todos me conocerán, desde el pequeño al grande –oráculo del Señor–, cuando perdone sus crímenes y no recuerde sus pecados» (cfr. Jer 31, 31-34).

El año pasado, en la Fiesta de Cristo Rey, don José María Iraburu, sacerdote, doctor en teología y escritor, publicó un artículo  en su blog “Reforma o apostasía” titulado “La victoria final de Cristo: Parusía -y II”, en el que, al final, se pregunta lo siguiente:

“¿Hubieran podido los judíos salir de Egipto, y atravesar el desierto caminando cuarenta años, si casi nunca les hablara nadie de la Tierra Prometida? ¿Podrá el pueblo cristiano realizar su éxodo del mundo secular, como Dios manda, si no le hablan con frecuencia de la Parusía del Señor, de los cielos nuevos y la nueva tierra?…”.

Efectivamente, la Cuaresma nos recuerda los 40 años que pasaron los israelitas en el desierto, de camino a la Tierra Prometida. Lo que les mantenía constantes en su larga travesía era la esperanza de llegar a la meta, la tierra de sus Padres, de Abraham, Isaac y Jacob. Yahvé les había prometido ser su Dios. Ellos eran su Pueblo. Sabían que en Israel estaba el futuro de su Nación, recién fundada en el Monte Horeb.

También así, nosotros vamos caminando hacia nuestra Verdadera Patria: “non enim habemus hinc manentem civitatem, sed futuram inquirimus” (Rm 14, 8): “No tenemos aquí una ciudad permanente, sino que buscamos una futura”. Por eso, es importante hablar con frecuencia de la Parusía del Señor, de su Segunda Venida a la Tierra.

Reproducimos el artículo de don José María Iraburu (con las modificaciones que él mismo hace en otro artículo más reciente), en el que hace un análisis de la Parusía. Recomendamos revisar el índice de sus artículos, publicados en “Reforma y apostasía”.

----------------------------------

–La Parusía ha sido falsificada en una visión secularista, como puede apreciarse, por ejemplo, en Teilhard de Chardin. El padre Castellani asegura: «No hay una sola idea original en Telar Chardín, hay sólo una terminología nueva, bastante pedante: “la biósfera”, “la antropósfera”, “la noósfera”, “el Punto Omega” –que es el fin de la Evolución y es Dios– […] San Pablo en 1 Timoteo 4,1-2.7 [afirma que] “el Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de la fe entregándose a espíritus engañadores y a doctrinas diabólicas… Rechaza las fábulas profanas y los cuentos de viejas» (Domingueras prédicas, 1966, dom. 17 post Pentec.). «Evidentemente hay una apostasía parcial o un comienzo de apostasía en todo el mundo» (ib. 1961, dom. 19 post Pentec.). Y sigue:

«Teilhard de Chardin sostiene que la Parusía o Retorno de Cristo no es sino el término de la evolución darwinística de la Humanidad que llegará a su perfección completa necesariamente en virtud de las leyes naturales; porque la Humanidad no es sino “el Cristo colectivo”… Pone una solución intrahistórica de la Historia; lo mismo que los impíos “progresistas”, como Condorcet, Augusto Compte y Kant; lo cual equivale a negar la intervención de Dios en la Historia» (El Apokalipsis de San Juan, ed. Paulinas 1963, cuad. III, exc. N). Pero nosotros, dejando a un lado acerca de la Parusía todas estas «fábulas y cuentos de viejas», recordemos el Credo de la Iglesia:

–Cristo resucitado «subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre. Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin». Es palabra angélica y evangélica: «este Jesús que os ha sido arrebatado al cielo vendrá de la misma manera que le habéis visto subir al cielo» (Hch 1,11).

El Catecismo de la Iglesia confiesa de la parusía (668-679) que Jesucristo, ya desde la Ascensión, «es el Señor del cosmos y de la historia… “Estamos ya en la última hora” (1Jn 2,18). El final de la historia ha llegado ya a nosotros y la renovación del mundo está ya decidida de manera irrevocable». Sin embargo, el Reino de Dios, presente ya en la Iglesia, no se ha consumado todavía con el advenimiento del Rey sobre la tierra, y sufre al presente los ataques del Misterio de iniquidad, que está en acción (2Tes 2,7). Pero ciertamente «el advenimiento de Cristo en la gloria es inminente. Este acontecimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento» (673).

La segunda venida de Cristo no se producirá por haber llegado la Iglesia en el mundo a un florecimiento universal. Todo lo contrario.

La segunda venida de Cristo, en gloria y poder, vendrá precedida por la conversión de Israel, según anuncia Cristo, y también San Pedro y San Pablo (Mt 23,39; Hch 3,19-21; Rm 11,11-36). Y vendrá también precedida de grandes tentaciones, tribulaciones y persecuciones (Mt 24,17-19; Mc 14,12-16; Lc 21,28-33). Muchos cristianos caerán en la apostasía. Enseña el Catecismo: «La Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de nume­rosos creyentes (cf. Lc 18,8; Mt 24,9-14). La persecución que acompaña a la peregrinación de la Iglesia sobre la tierra (cf. Lc 21,12; Jn 15,19-20) desvelará “el Misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que propor­cionará a los hombres una solución aparente a sus problemas, mediante el precio de la apostasía de la ver­dadLa impostura religiosa suprema es el Anticristo, es decir, la de un pseudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo, colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2Tes 2,4-12; 1Tes 5,2-3; 2Jn 7; 1Jn 2,18.22)» (n.675). Ese enorme engaño tendrá «la  forma política de un mesianismo secularizado, “intrínsecamente perverso”» (676).

«El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (Ap 13,8), en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desen­cadenamiento del mal (Ap 20,7-10). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (Ap 20,12), después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (2Pe 3,12-13)» (677). 

–Cristo, «mientras esperamos su venida gloriosa», reina actualmente en la historia. Vive y reina por los siglos de los siglos, y muestra su dominio, sujetando cuando quiere y del modo que quiere a la Bestia mundana, que recibe toda su fuerza y atractivo del Dragón infernal.

Ateniéndonos sobre todo al Apocalipsis, recordemos que estas victorias de Cristo en la historia

no son crueles y destructoras, sino plenas de gracia y mi­sericordia. Él no ha sido enviado a condenar, sino a salvar a los pecadores. Él ha sido enviado como luz del mundo, y la luz ilumina las tinieblas, no las destruye.

–son victo­rias siempre realizadas  por la afirmación de la verdad en el mundo, es decir, con «la espada que sale de su boca» (Ap 1,16; 2,16; 19,15.21; cf. 2Tes 2,8). Es así como vencen Cristo y su Iglesia.

–no son victorias obtenidas por un ejército de superhombres, que luchando como campeones poderosos, con grandes fuerzas y medios, se imponen y prevalecen, aplastando las fuerzas mundanas del mal. Es todo lo contrario: Cristo vence al mundo a través de fieles suyos débiles y pobres, que permanecen en la humildad (cf. 1Cor 1,27-29; 2Cor 12,10). Si Cristo vence al mundo muriendo en la cruz, ésa es tam­bién la victoria de sus apóstoles, la victoria de los dos Testigos, y la de todos los fieles cristianos (Ap 11,1-13). Así es como la Iglesia primera venció al mundo romano, igual que San Pablo: «muriendo cada día» (1Cor 15,31).

«las oraciones de los santos» son las que principalmente provocan las interven­ciones más poderosas del cielo sobre la tie­rra. Es la oración de todo el pueblo cristiano la que, eleván­dose a Dios por manos de sus ángeles, atrae sobre todos la justicia salvadora de nuestro Señor Jesucristo (Ap 5,8; 8,3-4).

en la historia del mundo, únicamente son fieles aquellos cristianos que son mártires, porque no aceptan que el sello de la Bestia mundana «imprima su marca en su mano derecha y en su frente» –en su acción y su pensamiento–. Precisamente porque «guardan los preceptos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús» (12,17), por eso son perseguidos y marginados del mundo, donde «no pueden comprar ni vender» (13,16).

–La Parusía, la segunda venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo, según nos ha sido revelado,

vendrá precedida de señales y avisosque justamente cuando se cumplan revelarán el sentido de lo anunciado. Por eso únicamente los más atentos a la Palabra divina y a la oración podrán sospechar la inminencia de la Parusía: «no hará nada el Señor sin revelar su plan a sus siervos, los profetas» (Am 3,7):

«habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y sobre la tierra perturbación de las naciones, aterradas por el bramido del mar y la agitación de las olas, exhalando los hombres sus almas por el terror y el ansia de lo que viene sobre la tierra, pues las columnas de los cielos se conmoverán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con poder y majestad grandes» (Lc 21,25-27).

vendrá precedida del Anticristo, que producirá una inmensa difusión de errores, como nunca la Iglesia la había experimentado en su historia. Dice Castellani:

«El Anticristo reducirá a la Iglesia a su extrema tribulación, al mismo tiempo quefomentará una falsa IglesiaMatará a los Profetas y tendrá de su lado una manga de profetoides, de vaticinadores y cantores del progresismo y de la euforia de la salud del hombre por el hombre, hierofantes que proclamarán la plenitud de los tiempos y una felicidad nefanda. Perseguirá sobre todo la predicación y la interpretación delApokalypsis; y odiará con furor aun la mención de la Parusía. En su tiempo habráverdaderos monstruos que ocuparán cátedras y sedes, y pasarán por varones píos, religiosos y aun santos, porque el Hombre del Pecado tolerará y aprovechará un Cristianismo adulterado»  (El Apokalipsis de San Juan, cuad. III, visión 11).

será súbita y patente para toda la humanidad: «como el relámpago que sale del oriente y brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del hombre… Entonces aparecerá el estandarte del Hijo del hombre en el cielo, y se lamentarán todas las tribus de la tierra [que vivían ajenas al Reino o contra él], y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con poder y majestad grande» (Mt 24,27-31).

será inesperada para la mayoría de los hombres, que «comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban» (Lc 17,28), y no esperaban para nada la venida de Cristo, sino que «disfrutando del mundo» tranquilamente, no advertían que «pasa la apariencia de este mundo» (1Cor 7,31). Pero vosotros «vigilad, porque no sabéis cuándo llegará vuestro Señor… Habéis de estar preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre» (Mt 24,42-44). «Vendrá el día del Señor como ladrón» (2Pe 3,10).

El siervo malvado, habiendo partido su señor de viaje, se dice: «mi amo tardará», y se entrega al ocio y al vicio. Pero «vendrá el amo de ese siervo el día que menos lo espera y a la hora que no sabe, y le hará azotar y le echará con los hipócritas; allí habrá llanto y crujir de dientes» (Mt 24,42-50). «Estad atentos, pues, no sea que se emboten vuestros corazones por el vicio, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, y de repente, venga sobre vosotros aquel día, como un lazo; porque vendrá sobre todos los moradores de la tierra. Velad, pues, en todo tiempo y orad, para que podáis evitar todo esto que ha de venir, y comparecer ante el Hijo del hombre» (Lc 21,34-35). Todos los cristianos hemos de vivir siempre como si la Parusía fuera a ocurrir mañana mismo o pasado mañana. 

***

–«Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido». Y dijo el Señor entonces: «He aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,1.5)… Entonces «las naciones [antes paganas] caminarán a su luz, y los re­yes de la tierra [antes hostiles] irán a llevarle su esplendor» (21,24). Así como el hombre muere, se corrompe, y gracias a Cristo resucita glorioso en alma y cuerpo, de modo semejante, todas las criaturas que, oprimidas por el pecado de la humanidad, gimen con dolores de parto, «serán liberadas de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloria de los hijos de Dios» (Rm 8,19-23). «Nosotros, pues, esperamos otros cielos nuevos y otra tierra nueva, donde habitará la justicia, según la promesa del Señor» (2Pe 3,13).

Vigilad, orad, mirad al cielo, esperando la Parusía del Señor«Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Col 3,1-2). El Santo Cura de Ars exhortaba: «consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto, nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro» (De una catequesis sobre la oración). Respice finem, decía el adagio romano.

Mirad siempre al fin de todo, y podréis poner en vuestra vida presente losmedios más verdaderos y útiles, más buenos y bellos, para llegar a ese fin. Cuanto más miréis al cielo, más lucidez y fuerza tendréis para transformar el mundo presente. Así lo ha demostrado la Iglesia en tantos pasos de su larga historia. Como también ha demostrado que cuanto menos piensan los cristianos en la Parusía y en el cielo, más torpes e imbéciles se hacen para influir en el mundo y mejorarlo. En cuanto cristianos, no valen en el mundo para nada. Son luz apagada, son sal desvirtuada, que solo sirve para que la pisen los hombres. Por el contrario, que a vosotros «el Dios de la esperanza os llene de plena alegría y paz en la fe, para que abundéis en la esperanza por la fuerza del Espíritu Santo» (Rm 15,13). 

sábado, 14 de marzo de 2015

El Sacramento de la Penitencia trae sosiego al alma

El Evangelio del Cuarto Domingo de Cuaresma (Ciclo B) recoge unas palabras que Jesús dirigió a Nicodemo, en Jerusalén, durante la Primera Pascua de su Vida pública (cfr. Jn 3, 14-21).



Son las siguientes: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios».

En 2012, Benedicto XVI comenta este texto en el Ángelus del 18 de marzo. Previamente, nos recordaba que la Cuaresma es un tiempo para escuchar más la voz de Dios y para desenmascarar las tentaciones que hablan dentro de nosotros. Estas dos tareas son esenciales para la conversión.

Jesús nos indica cómo podemos escuchar su voz y tener claridad dentro del alma: mirando a la Cruz, que se vislumbra en el horizonte de la Cuaresma. La Cruz de Cristo es “fuerza para la debilidad, gloria para el oprobio, vida para la muerte” (San León Magno).

La Cruz de Cristo es el culmen de la misión del Señor y la cumbre del amor que nos da la salvación.

En el capítulo 12 de su Evangelio, san Juan recoge las palabras que el Señor dirigió a unos griegos que querían verle: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo de hombre (…). Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será  echado fuera. Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí. Decía esto para significar de qué muerte iba a morir” (Jn 12, 23.31-33).

Por lo tanto, para convertirse, hay que mirar a Cristo en la Cruz: “Mirarán al que traspasaron” (Zac 12, 10). Hay que mirarle despacio y pedirle que sepamos escuchar su voz y recibir su luz para conocernos y para conocerle (“gnoverim me  gnoverim te”: “que me conozca y que te conozca”, dice San Agustín).

Este es el contenido de la conversión que buscamos en la Cuaresma, fruto de una fe más viva y de un arrepentimiento más profundo y sincero.

Haremos lo mismo que hicieron los israelitas en el desierto cuando, por sus pecados, fueron atacados por serpientes venenosas y muchos murieron; entonces Dios ordenó a Moisés que hiciera una serpiente de bronce y la pusiera en un estandarte: si alguien era mordido por las serpientes, al mirar a la serpiente de bronce quedaba curado (cfr. Num 21, 4-9).

“También Jesús será levantado sobre la cruz, para que todo el que se encuentre en peligro de muerte a causa del pecado, dirigiéndose con fe a él, que murió por nosotros, sea salvado. "Porque Dios –escribe san Juan– no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él" (Jn 3, 17)” (Benedicto XVI, Ángelus, 18-III-2012).

Jesús es Médico Divino. Viene a curar las llagas de nuestros pecados. Pero, antes, hemos de reconocer que estamos enfermos: confesar nuestros pecados, como lo hizo el hijo pródigo cuando se dio cuenta de que vivía alejado de la verdad y se decide volver a la casa de su padre: “Padre mío, he pecado contra el cielo y contra ti” (Lc 15, 21). «Alguno podrá decir: ¡pero es muy costoso admitir los propios pecados, y confesarlos! Sí, pero del reconocimiento de la enfermedad procede la curación» (Tertuliano, De poenitentia, VIII, 4-X).

“A veces el hombre ama más las tinieblas que la luz, porque está apegado a sus pecados. Sin embargo, la verdadera paz y la verdadera alegría sólo se encuentran abriéndose a la luz y confesando con sinceridad las propias culpas a Dios. Es importante, por tanto, acercarse con frecuencia al sacramento de la Penitencia, especialmente en Cuaresma, para recibir el perdón del Señor e intensificar nuestro camino de conversión” (Benedicto XVI, Ángelus, 18-III-2012).

El sacramento de la reconciliación es la fuente del perdón; el sacramento de la alegría; paz para nuestras almas; aire fresco, agua clara. Es el abrazo del Padre bueno que nos esperaba desde largo tiempo atrás y que nos cubre de besos cuando nos ve llegar desde lejos. Es colirio, es la vestidura blanca, es la piedrecita blanca, el lucero matutino. La Confesión es una de las huellas que dejó Jesucristo en la tierra. ¿Cómo no amar y agradecer profundamente este Don del Dios de la Misericordia?

«Al parecer, la incomodidad de los hombres de hoy radica en la humillación que experimenta al mostrar al vivo su propia suciedad aunque tan solo sea al confesor en el sacramento. Es humillante, sin duda. Pero solo hasta cierto punto, y además es justo que así sea. La confesión vocal de los pecados viene a ser ya un acto de penitencia con el que comienza la reparación. Ir al sacerdote, agachar la cabeza, comerse el orgullo y el amor propio y acusarse de los pecados uno a uno, esa es la expresión de la sinceridad y autenticidad del aborrecimiento del pecado» (F. Suárez, La paz os dejo, p. 160-1).

San Juan Pablo II describe muy bien la soledad del pecador delante de Dios: «Ante todo —dice el Papa—, hay que afirmar que nada es más personal e íntimo que este Sacramento en el que el pecador se encuentra ante Dios solo con su culpa, su arrepentimiento y su confianza. Nadie puede arrepentirse en su lugar ni puede pedir perdón en su nombre. Hay una cierta soledad del pecador en su culpa, que se puede ver dramáticamente representada en Caín, con el pecado “como fiera acurrucada a su puerta”, como dice tan expresivamente el Libro del Génesis, y con aquel signo particular de maldición, marcado en su frente; o en David, cuando toma conciencia de la condición a la que se ha reducido por el alejamiento del padre y decide volver a él: todo tiene lugar solamente entre el hombre y Dios» (Juan Pablo II, Reconciliatio et Paenitentia, n.31).

Recordemos, por último, la oración de san Juan Pablo II delante de la Virgen de Guadalupe en su primer viaje a México: «Esperanza nuestra —le decía—, míranos con compasión, enséñanos a ir continuamente a Jesús y, si caemos, ayúdanos a levantarnos, a volver a Él, mediante la confesión de nuestras culpas y pecados en el Sacramento de la Penitencia, que trae sosiego al alma. Te suplicamos que nos concedas un amor muy grande a todos los santos Sacramentos que son como las huellas que tu Hijo nos dejó en la tierra» (Juan Pablo II, Oración a la Virgen de Guadalupe, 1979).



sábado, 7 de marzo de 2015

Los preceptos de la Ley y la sabiduría de la Cruz

El Decálogo está contenido en dos lugares de la Sagrada Escritura: Ex 20, 1-17 (cfr. Primera Lectura del Tercer Domingo de Cuaresma) y Dt 5, 6-21.


Ningún otro cuerpo legal del Pentateuco se repite dos veces. Esto nos da idea de la importancia que tiene el Decálogo en la Torá.

Efectivamente, como afirma Santo Tomás de Aquino, en los preceptos del Decálogo (los 10 Mandamientos) está recogidos los preceptos de la Ley Natural, tanto los universales como los particulares.

La Ley Natural es la participación de la Ley Eterna en la creatura racional. Dios ha diseñado las leyes morales de su Creación y las ha grabado en la conciencia del hombre. Todo hombre nace con esta especie de “instructivo” impreso en el alma, de modo que tiene en sí, inscrita, la Ley de Dios.

Lo que pasa es que el pecado original ha oscurecido esa Ley en nuestra conciencia y, a veces, no es fácil acertar entre el bien y el mal. Por eso es necesaria la Gracia, que sana nuestra naturaleza caída.

El Decálogo es Ley de liberación. Normalmente, en los pueblos antiguos, los que perdían una guerra quedaban sometidos al enemigo que le imponía su ley y sus preceptos. En el caso de Israel, el origen de su ley es la liberación de la esclavitud que habían tenido en Egipto.

Por eso, los israelitas cumplían la Ley con un espíritu de libertad, aunque todavía no plena. Tendría que llegar Cristo e instaurar la plenitud de la Ley, la Ley Nueva de Amor y Libertad; la ley, no de mínimos, sino de máximos: de abundancia de misericordia y de generosidad, por parte de Dios; y de respuesta llena de amor y de entrega por parte del hombre.

Cristo cumplió toda la Ley de Moisés (preceptos morales ─Decálogo─, judiciales y ceremoniales) porque no vino a abolir la Ley sino a darle cumplimiento.

Jesús perfeccionó la Ley. A partir de Él, quedaron abolidos los preceptos judiciales y ceremoniales, pero no los morales (Decálogo).

Aunque han de mantenerse los diez mandamientos, tal como están en la Sagrada Escritura, podemos intentar hacer un resumen de ellos, para recordar lo principal de su enseñanza, con más facilidad. En este sentido, podemos señalar cinco grandes mandamientos que son síntesis del Decálogo:

1° El Amor, adoración y alabanza a Dios: este mandamiento es el primero y está por encima de los demás. Operi Dei nihil praeponatur, reza la regla benedictina: Que nada se anteponga a la obra de Dios, es decir, al culto que debemos a Dios (especialmente en la Liturgia, y en el Culto Eucarístico).

2° El Amor al prójimo (el Mandamiento nuevo de la Caridad): un amor ordenado (la familia, los amigos, los conocidos, etc.), que se extiende a toda la humanidad, al respeto por la vida y el bien de todos los hombres.

3° El recto uso de la sexualidad dentro del matrimonio: mandamiento especialmente importante en nuestro mundo, lleno de hedonismo, de banalización del sexo y de transgresiones continuas debidas a la falta de aprecio a la virtud de la pureza cristiana.

4° El amor a la verdad: que se opone a la mentira reinante en el mundo, a la corrupción y el engaño generalizado en el que vive el hombre moderno.

5° El desprendimiento de los bienes terrenos: también grandemente necesario en nuestro mundo consumista, tecnificado, que sólo busca el bienestar material y en el que el dinero dirige a la mayoría de los hombres.

Jesucristo vino a fundar la Nueva Ley mediante la Cruz, que es Sigo Más. Sólo con la Sabiduría de la Cruz se pueden superar los peligros de la mundanización.

"Nosotros predicamos a Cristo crucificado –escribe el Apóstol a los cristianos de Corinto–, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados, lo mismo judíos que griegos, Cristo es fuerza de Dios y sabiduría de Dios" (1Co 1, 23-24).

La Cruz es escándalo (obstáculo) para los judíos, porque no pueden aceptar que todo un Dios se haga hombre y muera crucificado (cfr. Segunda Lectura: 1 Co 1, 22-25).

La Cruz es necedad o locura para los gentiles (los griegos) porque ningún hombre que utilice su razón (dicen ellos) puede concebir que otro hombre muera innecesariamente si es posible salvarse.

Sólo la Lógica del Amor (de la Cruz) puede adherirse a la Fe de Jesucristo, como dice San Pablo: “Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2, 20).

Stat Crux dum volvitur orbis” (lema de los cartujos). Mientras todo da vueltas, sólo la Cruz permanece.

“La fe en Dios Padre Todopoderoso puede ser puesta a prueba por la experiencia del mal y del sufrimiento. A veces Dios puede parecer ausente e incapaz de impedir el mal. Ahora bien, Dios Padre ha revelado su omnipotencia de la manera más misteriosa en el anonadamiento voluntario y en la Resurrección de su Hijo, por los cuales ha vencido el mal. Así, Cristo crucificado es "poder de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres" (1Co 2, 14 - 25). En la Resurrección y en la exaltación de Cristo es donde el Padre "desplegó el vigor de su fuerza" y manifestó "la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes" (Ef 1, 19 - 22)” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 272).

Jesús, al expulsar a los mercaderes del Templo (cfr. Evangelio: Jn 2, 13-25), no utiliza la violencia, tal como la entendemos nosotros ahora. Lo que está haciendo es mostrar con fortaleza, por medio de este signo profético, que los mercaderes no santifican el Templo, sino lo profanan, convirtiéndolo en una cueva de ladrones, y yendo en contra de la Ley.

Pero ese Templo, que es el recinto de la Ley, donde estaban las Tablas de la Ley, quedará destruido, pues el Verdadero Templo es el Cuerpo de Cristo, que morirá, pero al tercer día resucitará. Cristo es el Nuevo Templo, de tal modo que, a partir de su Resurrección, los hombres adorarán a Dios en espíritu y verdad

La Cruz es el Signo Triunfador, del Final de los Tiempos: “La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás (cf. Mt 12, 26): "Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios" (Mt 12, 28). Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios (cf Lc 8, 26 - 39). Anticipan la gran victoria de Jesús sobre "el príncipe de este mundo" (Jn 12, 31). Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: "Regnavit a ligno Deus" ("Dios reinó desde el madero de la Cruz", himno "Vexilla Regis")” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 550).

sábado, 28 de febrero de 2015

Cuaresma y Conversión

La Cuaresma es un tiempo de gracia, porque es tiempo de penitencia, es decir, de conversión interior y exterior (del cuerpo y del espíritu). Al estar toda la Iglesia decidida a una profunda conversión, Dios, Uno y Trino, nos concede sus dones de gracia en abundancia.


La conversión es un don de Dios. Él tiene la iniciativa. Esto se ve muy bien en la colecta de la Misa del lunes de la primera semana de Cuaresma: “Conviértenos a ti, Dios salvador nuestro; ilumínanos con la luz de tu palabra, para que la celebración de esta Cuaresma produzca en nosotros sus mejores frutos”.

En 1985, el Cardenal Joseph Ratzinger dirigía unos ejercicios espirituales al Papa (Juan Pablo II) y a sus colaboradores. El segundo día, tomó pie de este texto para su plática.

A continuación, hacemos un resumen de esa reflexión (cfr. J. Ratzinger, El Camino Pascual, ed. BAC Popular, Madrid 1990).

(Lunes, 1ª semana de Cuaresma; Lev 19, 1-2.11-18; Mt 25, 31-46)

Las primeras palabras de la oración  de este día expresan el programa de la Cuaresma en su forma más breve y más clara: “Converte nos, Deus salutaris noster”. Son las primeras palabras del Evangelio de Jesús: “¡Arrepentíos¡” (Mc 1, 15). La Iglesia cambia el imperativo por una oración de súplica: le pedimos al Señor que sea él quien nos convierta, pues el hombre sabe que no puede convertirse por sí mismo, valiéndose de sus solas fuerzas. La conversión es una gracia. Siempre es Dios el que se nos adelanta.

Son palabras tomadas del Salmo 84, 5.  Es Jesús quien hace realidad la petición del salmista. Jesús es quien nos convierte. Nosotros no somos arquitectos de nuestra propia vida. En la dependencia de Dios consiste la verdadera libertad.

Hay dos caminos: la opción de la autorrealización por la cual el hombre se adueña por completo de su ser y de su vida que es para sí y desde sí mismo. Por otra parte está la opción de la fe y del amor, por la cual acepta depender de su Creador. Esta opción es, al mismo tiempo, un decidirse por la verdad.

Las dos opciones corresponden a las palabras “tener” y “ser”. La primera opción quiere tener todo: dinero, belleza, alegrías... La segunda opción no busca la posesión, sino la reciprocidad del amor, por la grandeza majestuosa de la verdad. Es la cultura de la muerte (de cosas muertas) o la de la vida (que es la cultura del amor).

Es la cultura del poder o la de la cruz. En el primer caso el hombre moderno se siente capaz de edificar un mundo libre, verdaderamente humano. Quiere tomar las riendas de la historia y del mundo. Pero hoy vislumbramos ya adónde conduce esta creatividad emancipada de Dios y así comenzamos a redescubrir la sabiduría de la cruz.

La cruz señala el final de la autonomía, que tuvo su principio en el paraíso con las palabras de la serpiente: “seréis como dioses”. La cruz expresa el primado de la verdad y del amor. “In hoc signo vinces”.

«“Converte nos, Deus salutaris noster”. El rechazo de la autorrealización y el primado de la gracia que se expresan en esta plegaria no pretenden asentarnos en una especie de quietismo, sino abrir las puertas a una fuerza nueva y más profunda de la actividad humana. La autorrealización traiciona la vida al interpretarla como mera posesión, y de esta manera sirve a la muerte; la conversión es el acto por el que elegimos la reciprocidad del amor, la disponibilidad a dejarnos formar por la verdad, para llegar a ser “cooperadores de la verdad (3 Jn 8).  Por consiguiente la conversión es el verdadero realismo; ella nos capacita para un trabajo realmente común y humano. Me parece ─decía el Cardenal Ratzinger─ que hay aquí materia suficiente para un examen de conciencia. “Convertirse” quiere decir: no buscar el éxito, no correr tras el prestigio y la propia posición. “Conversión” significa: renunciar a construir la propia imagen, no esforzarse por hacer de sí mismo un monumento, que acaba siendo con frecuencia un falso Dios. “Convertirse” quiere decir: aceptar los sufrimientos de la verdad. La conversión exige que la verdad, la fe y el amor lleguen a ser más importantes que nuestra vida biológica, que el bienestar, el éxito, el prestigio y la tranquilidad de nuestra existencia; y esto no solamente de una manera abstracta, sino en la realidad cotidiana y en las cosas más insignificantes. De hecho, el éxito, el prestigio, la tranquilidad y la comodidad son los falsos dioses que más impiden la verdad y el verdadero progreso en la vida personal y social. Cuando aceptamos esta primacía de la ver-dad, seguimos al Señor, cargamos con nuestra cruz y participamos en la cultura del amor, que es la cultura de la cruz» (El Camino Pascual, pp. 27-28).

Veamos otras palabras de la Colecta de la Misa:

a) Está la palabra “progreso” (“opus quadragesimale proficiat”): «el verdadero progreso se realiza únicamente rehaciendo el camino de Jesús, siguiendo su orientación. El corazón del progreso es el progreso del amor. Y el corazón del amor es la cruz, el perderse con Jesús».

b) También la expresión “opus quadragesimale”, y no sólo “ayuno cuaresmal”: es de todo el hombre, cuerpo y espíritu. “Sentiamus... subsidium mentis et corporis ut in utroque salvati de remedii plenitudine gloriemur” (Oración después de la Comunión).

Ahora digamos algunas palabras sobre el “Lugar”, en Roma, donde se tiene la Estación de la Misa del lunes de Cuaresma.

La antigua liturgia romana creó una geografía de la fe. Entre los muros de Roma se construyó la Jerusalén de Jesús, ya destruida, que es signo de la Jerusalén celestial y también es un Camino de la Cruz, un camino interior en la historia de salvación. Son las iglesias “estacionales” de la Cuaresma. La conexión profunda entre los textos de la liturgia y estos lugares forma un conjunto en el que aparece la lógica existencial de la fe, que sigue a Jesús desde el desierto, a través de su vida pública, hasta la cruz y la resurrección.

La Statio de este día es San Pedro in Vinculis. Esta estación tiene tres elementos para reflexionar:

1. Junto a un Tribunal Romano. «El hombre no se halla puesto en una libertad vacía, como piensa Sastre y como piensan tantos otros de nuestro tiempo. El hombre ha sido concebido por Dios; tiene su origen en una idea divina y su libertad responde a esta idea. La idea central de Dios sobre el hombre es el amor, y, por esta razón, el hombre será juzgado según la medida del amor» (p. 30). La lectura y el Evangelio hablan sobre el Juicio final. Dios nos juzgará según la medida del amor. La idea central de Dios sobre el hombre es el amor.

2. Esta iglesia fue construida por la emperatriz Eudoxia para custodiar las cadenas de San Pedro descubiertas en Jerusalén. Estas cadenas nos hacen ver que el poder humano de los príncipes de esta tierra tiene un límite, y nos hablan de la necesidad de orar y tener caridad con los presos. Es una ocasión para pedir por la Iglesia perseguida y por todos los que sufren persecución por causa de la justicia.

3. La grandiosa figura de Moisés (de Miguel Ángel) señala la unidad de los dos Testamentos: la unidad entre Moisés y Jesús.

Por último, reflexionemos un poco sobre los dos textos de la Liturgia de la Palabra de este día.

En Lev 19 y Mt 25 se indica el contenido central de la conversión, el punto del que depende toda la Ley y los Profetas: el mandamiento del amor de Dios y del prójimo.

Dios nos enseña en concreto cómo hemos de amar a nuestros hermanos: viviendo las obras de misericordia, corporales y espirituales:

─ Obras de misericordia corporales: 1) dar de comer al hambriento, 2) dar de beber al sediento, 3)  vestir al desnudo, 4) hospedar al peregrino, 5) visitar al encarcelado, 6) visitar al enfermo, 7) enterrar a los muertos.

─ Obras de misericordia espirituales: 1) enseñar al que no sabe, 2)  aconsejar al que lo ha menester, 3) corregir al que yerra, 4) consolar al triste, 5) perdonar las ofensas, 6) soportar con paciencia los defectos del prójimo, 7)  orar por los vivos y difuntos.

Así volvemos a la oración. Convertirse es seguir a Jesús, convertirse es amar, convertirse es despojarse de todo afán de autonomía y abrirse a la gracia; la ley y la gracia no se oponen; al contrario, expresan fundamentalmente lo mismo.

En este sentido suplicamos: “Converte nos, Deus salutaris noster, et mentes nostras instrue ce-lestibus disciplinis”. Concédenos aprender no sólo las ciencias y las artes de esta vida terrena; enséñanos la verdadera ciencia, las disciplinas de la vida por excelencia, las disciplinas de la santidad, las disciplinas del cielo, de la vida eterna. En la intención de la Iglesia, la Cuaresma ha de ser un anuncio apremiante de las disciplinas celestes: Mentes nostras instrue caelestibus disciplinis”. Así sea.

sábado, 21 de febrero de 2015

La doctrina de las "Dos Vías"

La Cuaresma es un tiempo de gracia: “ecce nunc tempus acceptabile! Ecce nunc dies salutis”; “este es el tiempo propicio, este el día de la salvación” (cfr. 2 Cor 6, 1-2). Es tiempo de conversión, de penitencia. Por lo tanto, también es tiempo de decisiones serias y tiempo de lucha, sobre todo ahora que las tinieblas de la increencia parecen nublar la faz de la tierra.

Brueghel, el Viejo, 1596

Cada cristiano ha de mirar el fondo de su corazón para descubrir lo que hay que cambiar. Pueden ser aspectos concretos de nuestra manera de vivir, de nuestra manera de ver las cosas, de nuestros esquemas mentales. O puede ser un cambio más profundo, que lleve consigo una decisión más radical.

En cualquier caso, el inicio de la Cuaresma es una ocasión para reafirmar nuestra decisión de caminar por el camino correcto. En última instancia hay sólo dos caminos: el que nos lleva a Dios o el que nos aleja de Él.

Es verdad que en gran parte de los asuntos humanos, las cosas no son o blanco o negro. Hay muchos matices y muchas posibles elecciones (caminos) que nos pueden llevar al cumplimiento de la voluntad de Dios. Son los asuntos “opinables”, es decir, que pueden verse desde distintos enfoques igualmente buenos. El don de la libertad nos da un amplio margen de capacidad de decisión en la mayoría de las cosas que hacemos todos los días. Cada uno debe, libre y responsablemente, decidir lo que le parezca mejor en un determinado momento: si sale de su casa o se queda, si acompaña a un amigo o no, si estudia un asunto ahora o lo deja para otro momento, etc.

Pero en las cosas importantes de la vida, en aquellas que afectan a las verdades de fe o a los principios morales de nuestra existencia, se presentan dos caminos: creer o no creer; amar o no amar. La disyuntiva es clara: o se es cristiano o no se es.

Los primeros cristianos, especialmente los que provenían del paganismo, tenían muy clara la conciencia de que “no se puede servir a dos señores”. Abrazar el cristianismo suponía dejar “el hombre viejo” para renacer en Cristo a una “vida nueva”.
“Si quieres, guardarás los mandatos del Señor, ante ti están puestos fuego y agua: echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja” (Eclesiástico 5, 16-21).

En los seis primeros capítulos de la Didakhé (Doctrina Apostolorum o Instrucción del Señor a los gentiles por medio de los Doce Apóstoles; escrito de principios del siglo II), los primeros cristianos podían leer la doctrina de las “Dos Vías”, que también se contenía en los capítulos 18 a 21 de la Epístola a Bernabé (escrita hacia el año 130).

Desde siempre, los hombres se han preguntado: ¿cómo debo vivir? ¿Qué estilo de vida debo escoger? Y, al darse cuenta de que es libre y puede escoger, se pregunta: ¿cuál es el camino del bien, de la verdad, de la felicidad? ¿Hay muchos?

En definitiva, sólo hay dos caminos: o seguimos las obras de la carne (cfr. Gal 5, 19-21: “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas) o las obras del espíritu (Gal 5, 22-23: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza”).

San Agustín, por ejemplo, relata su conversión en Milán. “Cuenta que, en el tormento de sus reflexiones, retirado en un jardín, escuchó de repente una voz infantil que repetía una cantinela, nunca antes escuchada: «tolle, lege, tolle, lege», «toma, lee, toma, lee» (Confesiones VIII, 12,29). Entonces se acordó de la conversión de Antonio, padre del monaquismo, y con atención volvió a tomar un códice de san Pablo que poco antes tenía entre manos: lo abrió y la mirada se fijó en el pasaje de la carta a los Romanos en el que el apóstol exhorta a abandonar las obras de la carne y a revestirse de Cristo (13, 13-14)” (Benedicto XVI, Catequesis del 27-II-2008).  

Contra el relativismo decimos que, en el fondo, hay un solo camino y muchos modos de recorrerlo. Es un camino ancho y carretero: Jesucristo (“Yo soy el Camino…”).

“El que no está conmigo, está contra mí”. “No se puede servir a dos señores”.

Jesús es el Camino, y en la Iglesia tenemos la plenitud de medios (señales) para recorrerlo. Él nos ha recordado el Camino que Yahvé ya había señalado en el Antiguo Testamento, pero renovándolo: es un nuevo Camino, de gracia y libertad.

La Iglesia, desde el principio de la Cuaresma, nos invita a tomar el Camino de la Verdad. Por ejemplo, la Liturgia de la Palabra del Jueves después de Ceniza, recoge como primera lectura un texto del Deuteronomio (30, 15-20): “Moisés habló al pueblo, diciendo: – «Mira: hoy te pongo delante la vida y el bien, la muerte y el mal. Si obedeces lo que yo te mando hoy, amando al Señor, tu Dios, siguiendo sus caminos, guardando sus preceptos, mandatos y decretos, vivirás y crecerás; el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para conquistarla. Pero, si tu corazón se aparta y no obedeces, si te dejas arrastrar y te prosternas dando culto a dioses extranjeros, yo te anuncio hoy que morirás sin remedio, que, después de pasar el Jordán y de entrar en la tierra para tomarla en posesión, no vivirás muchos años en ella. Hoy cito como testigos contra vosotros al cielo y a la tierra; te pongo delante vida y muerte, bendición y maldición. Elige la vida, y viviréis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, pegándote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que había prometido dar a tus padres Abrahán, Isaac y Jacob»”.

Los israelitas habían peregrinado durante 40 años por el desierto. Se habían purificado. Era una generación joven y creyente. Pero, al llegar a la Tierra Prometida, tenían que elegir entre las dos opciones: la obediencia al designio amoroso de Yahvé, o la idolatría y la desobediencia a la voluntad de Dios.

En el Salmo Responsorial del Jueves después de ceniza, la Iglesia nos proponía la lectura del Salmo 1: “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor (…).Es como un árbol plantado junto al río: da fruto a su tiempo y sus hojas no se marchitan; todo lo que hace le sale bien. No sucede lo mismo con los malvados ni los pecadores”.

Por fin, en el Evangelio, Jesús señala claramente el camino: tomar con alegría la Cruz. Ser grano de trigo, que se entierra, para dar mucho fruto. «El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo?» (Lc 9, 22-25).

Al comienzo de la Cuaresma, pidamos al Señor por todos nuestros hermanos creyentes: que sepamos elegir el Camino de la Verdad y del Amor, para seguirlo con decisión y firmeza; que sepamos defender nuestra fe en Jesucristo en los momentos actuales de confusión y apostasía; que, con nuestra oración y nuestro testimonio, acerquemos a muchos hombres y mujeres a la vida de fe. Nuestra Señora, Maestra de fe, protegerá la fe de nuestras familias, si aprendemos de Ella: “Beata, quæ credidisti, quoniam perficientur ea, quæ dicta sunt tibi a Domino”. “Dichosa tú que has creído, porque lo que el Señor te ha dicho se cumplirá!” (Lc 1, 45).

Se puede leer el artículo de don José María Iraburu, en InfoCatólica, sobre la importancia de defender a fe con energía, en nuestros tiempos:




sábado, 14 de febrero de 2015

La lepra del pecado

En este último domingo antes de comenzar la Cuaresma (Domingo VI del Tiempo Ordinario), en la 1ª Lectura y en el Evangelio, contemplamos el tema de “la lepra”, una enfermedad que representa muy bien la fealdad del pecado.

Lepra - Babilonia

La lepra es una enfermedad contagiosa. Por eso, Yahvé, en el Libro del Levítico, había determinado una serie de medidas para evitar el contagio a otros miembros de la comunidad. Además, era común atribuir la lepra a un castigo divino por algún pecado grave cometido.

Era el caso de María, hermana de Aarón y Moisés, y de Job, que padecieron la enfermedad de la lepra durante un tiempo.   

Todo esto llevaba, en la práctica, a rehuir a los leprosos, que estaban obligados a comportarse de tal manera que su extravagancia alertaba a todos a alejarse de ellos, como sucedía con los judíos en la Edad Media, con el sambenito que tenían que llevar, para así mostrar su condición de pueblo discriminado.

Llama la atención que los leprosos tuvieran la valentía (no tenían más remedio que hacerlo) de mostrarse a los demás como personas impuras, sin disimular lo más mínimo su condición. Tenían que ir vestidos con harapos, con el pelo despeinado, gritando que eran leprosos.

En nuestra época, las enfermedades del alma se suelen disimular, de modo que podemos encontrarnos con personas que, al exterior, son amables, educadas, y sonrientes, pero que tienen el alma podrida de egoísmo, sensualidad y falta de rectitud.

También hay hombres y mujeres que, pueden tener graves enfermedades del alma y difundir errores que hacen daño a otros, pero que, por ignorancia (vencible o invencible) no se dan plenamente cuenta de sus males, y no buscan remediarlos.

Hace poco veía un vídeo en inglés, que trata del gran mal que produjo en la Iglesia la herejía protestante.


Ahora, que tenemos todos la inclinación de tratar de comprender a nuestros hermanos separados y buscar la unidad, a través del ecumenismo, no está de más dejar claro el gran daño que produjo Lutero a muchas almas, en el siglo XVI, y las consecuencias nefastas de sus errores, que ahora padecemos (liberalismo, individualismo, hedonismo, revolución sexual, doctrinas contra la vida, la familia, el matrimonio, etc.).

Por supuesto, no está mal tratar a todos los que están equivocados con mucha caridad, pero sin minimizar el error y el pecado; sin construir, en definitiva, sobre la mentira.    

Por eso, ahora que estamos a punto de comenzar la Cuaresma, es muy sano reflexionar sobre el pecado, como “agente más patógeno de la sociedad” que es; para desenmascararlo en nuestra propia vida y ayudar a los demás a que también lo descubran en la suya.

La Cuaresma es un Tiempo Litúrgico que nos invita al “examen de conciencia”, al conocimiento propio.

En el templo de Apolo en Delfos, campeaba la famosa inscripción, máxima de toda la sabiduría de la antigüedad: “Conócete a ti mismo”. Es la enseñanza principal de Sócrates. Sobre todo: “conoce lo que pasa en tu corazón”, qué tan rectos son tus pensamientos y deseos. Es necesario saber lo que pasa en nuestro interior para poner orden.  Pero también es necesario saber lo que pasa en nuestro exterior. Al individuar y analizar nuestras acciones, podemos descubrir los impulsos interiores que las han motivado, y así conocer la profundidad de nuestra conciencia, quiénes en verdad somos cada uno.

Somos más mediocres de lo que pensábamos. Perdemos infinidad de tiempo en tonterías. Los motivos de nuestros actos no son demasiado elevados. La vanidad y la soberbia tienen su parte en tantos enfados y rencores. Somos bastante perezosos y nos excusamos con una sorprendente facilidad. Hacemos muchas menos cosas de las que nos gustaría y algunas las hacemos de un modo chapucero. Dedicamos un tiempo excesivo –casi enfermizo– a darnos vueltas a nosotros mismos. Perdemos demasiado el tiempo en proyectos irrealizables, en recreaciones del pasado, en ensoñaciones del futuro. Conocer nuestros defectos es la mejor base y el mejor aliciente para mejorar (cfr. Juan Luis Lorda, Humanismo II. Tareas del espíritu, Rialp, Madrid 2010, pp. 37-38).

La persona madura puede explicar las razones de su conducta, que tiene una lógica, pues está dirigida por el entendimiento y la voluntad, que dominan en su espacio interior. Esto no sucede con los niños y los locos.  

El conocerse mejor a sí mismo, no sólo trae beneficios para cada uno. También, nos ayuda a estar en mejores condiciones para conocer a los demás y hacernos “expertos en humanidad”. Nos proporciona una rica experiencia de qué es el hombre. En el fondo, todas las personas somos muy parecidas.

El examen sincero de nuestra vida es el mejor camino para convertirnos y ser “cooperadores de la Verdad”. “La conversión es el verdadero realismo; ella nos capacita para un trabajo realmente común y humano. Me parece que hay aquí materia suficiente para un examen de conciencia. “Convertirse” quiere decir: no buscar el éxito, no correr tras el prestigio y la propia posición. “Conversión” significa: renunciar a construir la propia imagen, no esforzarse por hacer de sí mismo un monumento, que acaba siendo con frecuencia un falso Dios. “Convertirse” quiere decir: aceptar los sufrimientos de la verdad. La conversión exige que la verdad, la fe y el amor lleguen a ser más importantes que nuestra vida biológica, que el bienestar, el éxito, el prestigio y la tranquilidad de nuestra existencia; y esto no solamente de una manera abstracta, sino en la realidad cotidiana y en las cosas más insignificantes. De hecho, el éxito, el prestigio, la tranquilidad y la comodidad son los falsos dioses que más impiden la verdad y el verdadero progreso en la vida personal y social. Cuando aceptamos esta primacía de la verdad, seguimos al Señor, cargamos con nuestra cruz y participamos en la cultura del amor, que es la cultura de la cruz» (J. Ratzinger, El Camino Pascual, pp. 27-28).

Hablado de la dificultad del propio conocimiento, decía la escritora rusa Tatiana Goricheva: «Conozco cuatro Tatianas: una, la que conocen todos. Otra que conocen sus amigos. Otra que conoce la misma Tatiana. Y otra, la que conoce Dios».

Lo importante del examen de conciencia es escuchar esa voz interior -la voz de Dios- que nos dice cómo nos ve Él: tendremos con ello el conocimiento más aproximado de nosotros mismos.

sábado, 7 de febrero de 2015

La triple misión de Cristo

La Sagrada Liturgia, en el 5° Domingo del Tiempo Ordinario, nos hace presente, de modo particular, la triple misión de Jesucristo: profética, sacerdotal y real o pastoral.


El Señor, desde el inicio de su Vida pública realiza las obras que su Padre le ha encargado: predicar la Palabra de Dios, expulsar el pecado del mundo curar misericordiosamente las enfermedades de los hombres, aliviando su sufrimiento.

En la 1ª Lectura, del Libro de Job (Job 7, 1-4. 6-7), este Santo Patriarca del Antiguo Testamento, aquejado por todo tipo de sufrimientos, en el alma y en el cuerpo, responde a la pregunta que le hace su amigo Elifaz: ¿cuál es tu misión en esta vida? Job la resume con palabras llenas de dramatismo: se siente como un esclavo que suspira en vano por la sombra, todas sus noches son de dolor y se cansa de dar vueltas hasta el amanecer, su vida es un soplo y se consume sin esperanza...

Job describe, en pocas palabras, la realidad de la vida del hombre sobre la tierra: dolor, sufrimiento, tribulaciones sin número… ¡Cuántos ejemplos vemos cada día de hombres y mujeres que experimentan en sus vidas la soledad, la pobreza extrema, el dolor de las enfermedades incurables, el desengaño y el sufrimiento moral!

Todos estos males son consecuencia del pecado. No es Dios quien los desea para nosotros. Somos los hombres quienes hemos labrado nuestra propia desgracia con el pecado original de nuestros primeros padres, y con nuestros pecados personales.

Dios se compadece de nuestro sufrimiento y, por eso, para salvarnos del mal, ha venido al mundo y se ha hecho uno de nosotros. Se ha anonadado y ha tomado sobre sí nuestras enfermedades, nuestros dolores, nuestras penas.

En el Evangelio de la Misa (Mc 1, 29-39), san Marcos nos relata tres acciones de Cristo, que resumen muy bien toda su actividad mesiánica.

En primer lugar, nos cuenta que, después de haber salido de la sinagoga de Cafarnaúm, en dónde estuvo la mañana de un sábado (ver textos de la Liturgia de la Palabra del Domingo anterior) se dirigió con sus discípulos a la casa de Pedro y Andrés. Ahí encontró a la suegra de Pedro, que estaba en cama y con fiebre. Jesús se compadece de ella ─a quien seguramente ya conocía bien─ y en tres momentos, bien señalados por el evangelista (que fue discípulo de san Pedro y trasmisor de su catequesis), nos da cuenta del milagro que realiza el Señor:

Lo primero que hace Jesús es acercarse a la mujer. Nosotros también podemos pensar que el Señor se acerca a nuestra vida de modo que, desde su Ascensión a los Cielos, podemos decir que “siempre” está a nuestro lado. No hace falta hacer nada especial para poder escucharle y dirigirnos a Él. Basta querer hacerlo y creer que es así. Cristo, Buen Pastor, sale a nuestro encuentro. Además, podemos también acercarnos a los demás, con nuestros detalles de servicio y de amor hacia todos.  

Después, el Señor toma de la mano a la suegra de Pedro, es decir, “la toca”. A nosotros nos sucede lo mismo. Si queremos, Jesús nos toca con su Palabra y con su estar ahí, siempre junto a nosotros. Si la meditamos con frecuencia, nos sentiremos tocados por Ella y, a través de Ella, el Señor también nos tomará de la mano. También podemos tocar a nuestros hermanos con la Palabra del Señor, dicha oportunamente y con cariño.

Por último, Jesús “la levanta”. Es el momento de la curación. La mujer se restablece por completo, se incorpora, desaparece la fiebre en ella y se pone a servirles, como manifestación de que ha sido curada totalmente. Es la acción de la gracia de Cristo en las almas y cuerpos. Eso son los Sacramentos, que nos dan vida, nos curan, nos llenan de Vida sobrenatural. Jesús nos levanta porque sentimos en nosotros su fuerza curativa, pues el Señor se mete en nuestra alma, nos llena de su Amor, se hace uno con nosotros, especialmente en la Eucaristía.

En estos tres momentos de la curación de la suegra de Pedro podemos ver las tres misiones de Cristo: real (o pastoral), profética y sacerdotal.

Cuando se puso el sol (y, por tanto, terminó el descanso sabático, que respetaba el Señor, salvo si había alguna necesidad mayor, como la expulsión del demonio que había efectuado en la mañana de ese día), Jesús curó muchos enfermos con variadas enfermedades, y expulsó demonios. Todo el pueblo se agolpaba en la entrada de la casa de Pedro.

El Señor no permite hablar a los demonios, porque sabían quién era Él. Como vimos en el post anterior, Jesús no quiere el sensacionalismo ni el brillo humano, sino que desea pasar oculto y llevar a los hombres a la conversión, mediante el amor a la Cruz.

En estas curaciones de enfermos y expulsiones de demonios, manifiestan la misericordia de Cristo, que se compadece de nuestro dolor. Y también su gran humildad. El Señor, en su Humanidad Santísima, no quiere ser protagonista de nada, sino instrumento de la Gracia de Dios.  

En una entrevista a Jacinta, vidente de Garabandal, dice que lo que más le impresionó de toda esa experiencia sobrenatural que tuvo cuando era una niña de 12 años, fue la ocasión en que vio al Sagrado Corazón de Jesús. Su mirada, afirma, es sobrecogedora. Ningún ser humano pude ocultarse a ella. Es todo Verdad.


Podemos imaginar la gran impresión que causaría Jesús al curar enfermos y expulsar demonios, con su Caridad infinita y su Amor a cada uno de los hombres y mujeres que se acercaban a Él.  

También recomendamos ver un vídeo de otra entrevista, esta vez con el P. Jorge Loring, S.J., en el que el conocido sacerdote jesuita da su testimonio sobre as apariciones en San Sebastián de Garabandal.


Pero volvamos al día que pasó Jesús con una actividad intensa en Cafarnaúm. Después de curar a muchos enfermos y expulsar demonios, se recoge a descansar del fatigoso trabajo de aquel día. Y, en la madrugada, sale a hacer oración. Sus discípulos lo encuentran en un lugar apartado, probablemente ya sabían dónde buscarlo, y le dicen que todos desean verlo. Jesús les dice que es preciso ir a otras aldeas para predicar el Evangelio y para curar enfermos. Y de esta manera, parte a recorrer toda Galilea en su misión mesiánica, y enseña a los discípulos, de manera práctica, a poner siempre la oración en primer lugar, para que el fruto apostólico sea abundante.

En la 2ª Lectura de la Misa (cfr. 1 Cor 9, 16-19. 22-23), San Pablo explica por qué debe predicar el Evangelio. Dice que no lo hace para buscar una ganancia terrena, sino  gratuitamente. Lo que busca en poder participar de los bienes del Evangelio (sobre todo del mandamiento del Amor, que es el núcleo de toda la predicación de Jesús). Por eso lo hace lleno de gozo y se siente impulsado a no dejar de anunciar la Buena Nueva. Estas palabras del Apóstol nos impulsan a buscar todas las ocasiones que podamos para hablar de Cristo. Lo podemos hacer, principalmente, a través de nuestra propia vida y ejemplo hacia los demás. Y también con las palabras, que sabremos decir, de manera sencilla y natural, para que muchas personas, cerca de nosotros, descubran a Cristo y se enamoren de Él: se hagan discípulos suyos y le sigan muy de cerca.