Epifanía: la Gran Luz

Jesús es la Gran Luz que ilumina el mundo. Él está presente en cada uno de los Sagrarios de toda la tierra. Desde ahí, ocultamente, nos llena de la Luz de la Verdad y de su Amor. En la Solemnidad de la Epifanía, nos postramos para adorarle y ofrecerle nuestros dones. Lo que busca el Diablo es sembrar el odio entre los hombres. El Amor que Dios nos participa es lo que permite que brille la Luz de Dios en un mundo de oscuridad (cfr. mensaje a MDM, 26 dic 2013). Dios nos ama con ternura a cada uno. Nunca pensemos que no podemos acudir a Él, pues es nuestro Padre (cfr. mensaje a MDM, 28 dic 2013). 


Jesús: la Gran Luz que vino al mundo

“¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora” (cfr. Is 60, 1-6; Primera Lectura de la Solemnidad de la Epifanía, Ciclo A).

Mientras la oscuridad y las tinieblas cubren a todos los pueblos de la tierra, a Jerusalén llega la Gran Luz. Jesús, es el nuevo Sol que ha surgido en el horizonte de la humanidad. Llega en la plenitud de los tiempos. Sin embargo, la historia no ha concluido. Sigue su curso, aparentemente igual, pero en realidad ya  ha sido visitada por Dios y orientada hacia la Segunda y definitiva Venida del Señor al final de los tiempos (cfr. Benedicto XVI, Homilía en las Vísperas de la Solemnidad de María, Madre de Dios, 31 dic 2006).

Hace 2000 años apenas se notaba exteriormente esa Gran Luz. El grandioso relato del profeta Isaías nos presenta lo que ha sido y llegará a ser esa peregrinación de todos los pueblos de la tierra para adorar al Niño. Pero todo comenzó de manera muy discreta, como nos lo cuenta San Mateo en el texto que leemos hoy en el Evangelio de la Misa.  

No conocemos aún, de manera plena, la Fuerza de la Luz de Jesucristo. La entenderemos completamente en el Día del Juicio. Entonces, sólo los puros y humildes de corazón podrán mantenerse en pié. Ese día el Señor nos purificará completamente y habrá terminado nuestro libre albedrío, tal como lo conocemos ahora, pues nos rendiremos en total obediencia al Amor de Dios. Es decir, seguiremos teniendo libertad, pero ya fijada en el Bien. Libremente decidiremos amar a Dios por toda la eternidad.

Mientras tanto, somos vulnerables a ser tentados por Satanás, por la humana fragilidad causada por el pecado. Sin embargo, la fuerza del demonio no es tan grande como la de Cristo (cfr. mensaje a MDM, 20 dic 2013). Durante nuestro peregrinar terreno, ninguno estamos seguros. Satanás espera que caigamos. Podemos caer. Somos vulnerables. De ahí la necesidad de estar vigilantes contra las asechanzas del Enemigo, y no dar lugar al Diablo: que no tenga derecho sobre nuestras almas; que rompamos decididamente con el pecado (cfr. mensaje a Jabez, 30 dic 2013).  

La gran oscuridad que cubre la tierra en estos momentos, es especialmente densa en la Iglesia. Los enemigos de la Iglesia buscan atacar su Centro, que es la Eucaristía, que nos es sólo un símbolo, sino la Verdadera Carne y Sangre de Cristo. La Palabra se ha hecho Carne y ha habitado entre nosotros (cfr. mensaje a MDM, 21 dic 2013).

Por eso, en estos tiempos, hemos de amar mucho la Eucaristía: hacer muchas visitas al Santísimo, como recomendaba la Virgen a las niñas en Garabandal. También a nosotros nos lo dice ahora. Es necesario adorar la Sagrada Eucaristía, más que nunca. Es el Ancla de nuestra salvación, la Roca firme en que apoyarnos. “Haced el único propósito que importa. Prometed honrarme y dar gloria a mi Santísimo Nombre cada día de vuestra vida” (mensaje a Jabez, 31 dic 2013).

Reconocer el Misterio de Cristo, para ofrecerle dones

“Hemos visto salir su estrella y venimos a adorar al Señor”. “Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra” (cfr. Mt 2, 1-12).

También nosotros, como los Reyes Magos, le presentamos a Jesús, en la Eucaristía, nuestros dones: el oro fino del espíritu de desprendimiento del dinero y de los medios materiales, el incienso de nuestra oración y de los deseos de amor a Dios que suben hasta el Señor, y la mirra de nuestros sacrificios y de nuestra unión con Cristo en la Cruz (cfr. San Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, nn. 36 y 37).  

“Se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas” (cfr. Ef 3, 2-6; Segunda Lectura de la Solemnidad de la Epifanía, Ciclo A).

La Epifanía es la fiesta de la manifestación de Dios a todos los pueblos, representados por los Magos venidos de Oriente, y la fiesta de la Fe. En Jesucristo, se nos ha dado a conocer el Misterio que no había sido revelado a los hombres en otros tiempos. El “Deus absconditus”, el Dios escondido y eterno, nos acompaña en el tiempo sin abandonarnos nunca. Siempre vela por la humanidad con la fidelidad de su amor misericordioso (cfr. Benedicto XVI, Homilía en las Vísperas de la Solemnidad de María, Madre de Dios, 31 dic 2005). Caminamos en la oscuridad de la fe que, a la vez, es luz potente que ilumina toda nuestra vida.

Los Magos buscaban las huellas de Dios en su creación. Tenían la certeza de que es posible vislumbrar a Dios en el universo creado, que no es el resultado de la casualidad. En la belleza y racionalidad del mundo leemos la racionalidad eterna de Dios (cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Epifanía del Señor, 6 ene 2011).
 
Al ver de nuevo la estrella los Magos se llenaron de inmensa alegría. La luz de la estrella les lleva, guiados por la afirmación de la Sagrada Escritura de que el Mesías debería nacer en Belén, hacia Jesús, la Gran Luz. Si la vista de la estrella les llenó de alegría, ¿cómo sería de grande su gozo al contemplar al Niño, en quien vieron al mismo Dios, pues lo adoraron y presentaron sus dones? Necesitan la luz de la estrella, pero también la luz de la Sagrada Escritura, para encontrar al Niño. Y también necesitaron tener el corazón limpio: "Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios" (Mt 5, 8). En su último mensaje, en Medjugorje, la Virgen nos dice lo siguiente: "Yo estoy con vosotros. Camino con vosotros como madre. Llamo a vuestros corazones, que no se pueden abrir porque no sois humildes" (mensaje en Medjugorje, 2 ene 2014).

¿Qué es lo que tenían los Magos que les permitió ver a Dios en Jesús? ¿Qué es es lo que faltaba a Herodes y a los sabios de Israel, que les impidió poder reconocer al Niño? La humildad, la inocencia. La verdadera sabiduría es la humildad. Sólo siendo humildes, nosotros también, sabremos mirar a Jesús, como hombre, y adorarlo como Dios. Jesús nos echa los brazos al cuello para decirnos que nos necesita. 
  
Como los Magos, la Iglesia, sostenida por el Espíritu Santo, "continúa su peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios" (san Agustín, De civitate Dei, XVIII, 51, 2), sacando su fuerza de la ayuda del Señor.

La luz del peregrino es la fe que, en estos momentos, está siendo tan atacada. Es un ataque sutil. Tratan de alejarnos de Dios, de Jesucristo, de su Palabra, de su Carne y Sangre. Buscan sustituir todo eso con argumentos y acciones puramente humanas, que carecen de la fuerza de Dios (cfr. mensaje a MDM, 25 dic 2013).

Somos peregrinos, en viaje, hacia la Casa del Padre. Como San Juan de la Cruz, cuando escapaba de su prisión toledana, nosotros también caminamos "sin otra luz y guía, sino la que en el corazón ardía, más clara que la luz de mediodía" (Poema de la Noche Oscura). Es la luz de la fe, que pedimos nos aumente el Señor en esta Fiesta de la Fe: la Epifanía, la Manifestación de Dios a los hombres.

Sobre la estrella de Belén, puede leerse el interesante artículo de Antonio Yagüe, De la estrella de Belén a la gran señal en el Cielo de la Mujer del Apocalipsis, en Religión y Libertad. Entre otras cosas, se menciona la relación que tienen las 46 estrellas del manto de la Virgen de Guadalupe con lo que sucederá al final de los tiempos, según está profetizado en el Apocalipsis y también en los mensajes que la Virgen nos dio en Garabandal. Cfr. los vídeos, sobre todo esto, en su canal en YouTube.  

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