El lenguaje de los símbolos pascuales

En esta noche santa de la Resurrección de Cristo, podemos meditar algunos párrafos de un escrito antiguo del Cardenal Joseph Ratzinger, en el que comenta los tres símbolos que la liturgia de la Iglesia nos presenta hoy: la luz, el agua y el nuevo canto (cfr. J. Ratzinger, Palabra de Dios en la Iglesia, Sígueme, Salamanca 1976, pp. 247-252).


Mañana, 16 de abril, el Papa Benedicto XVI cumple 90 años de edad. ¡Cuánto le tenemos que agradecer! Es una buena ocasión para tenerlo muy presente en nuestra oración. Como él mismo lo ha contado, nació el sábado de gloria, en la madrugada, y ese mismo día recibió el agua del bautismo, recién bendecida.  

«En esta santa noche —dice el Papa emérito— la iglesia intenta decirnos en su lenguaje —el lenguaje de los símbolos— cuál es el significado de la noche pascual, el misterio de la resurrección del Señor. Tres grandes símbolos dominan la liturgia de esta celebración: la luz, el agua y el “cántico nuevo”, el aleluya» (p. 247).

1. La Luz

«La luz siempre ha sido para los hombres símbolo del misterioso poder divino que sustentaba sus vidas (…). La luz terrena es el reflejo inmediato de la realidad divina; es lo que mejor nos hace intuir quién es aquel que vive en una luz inaccesible (1 Tim 6,16)» (p. 247).

Tanto en la Navidad como en la Pascua, el simbolismo de la luz se mezcla con el de las tinieblas de la noche que tratan de impedir que la luz aparezca, aunque no lo pueden evitar.
«Ahora todavía es de noche, si bien es una noche en la que se ha encendido una luz; cuando él vuelva será de día para siempre» (p. 248).

«¿Quién no ha tenido que rezar, en medio de la noche, con el Cardenal Newman, “Oh Dios, tú, sólo tú, puedes iluminar la oscuridad”? (…). Dios sabe que estamos en la noche: y en medio de esa noche ya ha encendido su luz. Lumen Christi; Deo Gratias. La noche es quien nos hace tomar conciencia de lo que es la luz; es claridad que permite ver, que indica el camino y orienta, que nos ayuda a reconocer a los otros y a reconocernos a nosotros mismos; es calor que da fuerza y pone en movimiento, que consuela y alegra. Es, finalmente, vida, y esa pequeña llama es como una imagen de que ese maravilloso misterio al que llamamos “vida” y que de hecho depende en tan gran medida de la luz» (pp. 248-249.

La luz de las lámparas encendidas que acompañan al banquete nupcial es una visión anticipada de la luminosidad escatológica.

«El mundo está en tinieblas, sí; pero un cirio es suficiente para iluminar la más densa oscuridad» (p. 249). Cada uno tenemos el cirio encendido en nuestro bautismo.

2. El agua

En la liturgia pascual hay un momento culminante en el que se unen luz y agua, cuando se sumerge por tres veces el cirio pascual. Recuerda el sol reflejado en el agua brillante y clara de un arroyo de la montaña, y el cielo y la tierra se hacen una misma cosa en el misterio de la luz y el agua (símbolos uránico y telúrico, en la historia de las religiones).

El agua es lo más precioso de la tierra. Despierta el recuerdo del paraíso y de la fertilidad.

En la Sagrada Escritura aparece con frecuencia la fuerza vivificante de los ríos (Nilo, Jordán, Abana y Farfar…), el agua cristalina de la roca de Meribá, la fuente del Templo, las piscinas curativas de Betsaida y Siloe…

En la liturgia pascual la iglesia nos trata de hacer ver que hay una fuente mucho más preciosa que todas las de la tierra: la que manó del costado abierto del Señor. Esa corriente preciosa de la entrega pura, del amor de Dios que se derrochó a sí mismo. Ahí se concentra todo el valor del agua: el poder de purificación, la fertilidad, su fuerza refrescante, consoladora y vivificadora.

La luz divina transforma la pobre naturaleza del agua natural. La imagen del cirio sumergido en el agua nos deja intuir algo acerca de la divinización de la tierra, algo de la belleza del nuevo cielo y de la nueva tierra.

3. El nuevo canto: el aleluya

El canto y, sobre todo, el nuevo canto, es la forma de expresar la alegría. Los santos en el cielo, se dice que cantan, para significar que su ser entero está traspasado de alegría.

«El canto indica que el hombre abandona los límites de la sola razón y entra en una especie de éxtasis» (p. 251). La palabra aleluya (alabad a Yahvé) no se traduce, porque no hace falta. El aleluya es la alegría que se canta a sí misma, porque no tiene palabras para expresarse, porque está por encima de todas las palabras» (p. 251).

Bene cantate ei cum iubilatione (Sal 32, 3). San Agustín expresa muy bien en qué consiste este cantar con júbilo. Quiere decir no poder expresar con palabras lo que se siente en el corazón. Como sucede con los que recogen la cosecha en el campo o en la viña, cuando se sienten alegres y su cantar se convierte en Júbilo. Cantad con júbilo al Señor.

«Este tercer elemento de la liturgia pascual es el hombre mismo, en el que se encuentra esta posibilidad primigenia del canto y del júbilo. Es como un primer descubrimiento de lo que seremos una vez: todo nuestro ser será de una gran alegría» (p. 252).

Nuestra Señora no puede contener su alegría. ¿Cómo sería el gozo de la Virgen el día de la Resurrección de su Hijo? A Ella acudimos para que nos enseñe a estar siempre alegres, especialmente en estos próximos 50 días de la Pascua.



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