Tercer Domingo de Adviento

Nos acercamos a la Navidad y la Liturgia de la Iglesia vuelve a presentarnos, en este Tercer Domingo de Adviento, a san Juan Bautista. Esta vez, es el mismo Jesús quien habla de él.   


El texto del Evangelio del Tercer Domingo de Adviento es el siguiente (las negritas son nuestras):

En aquel tiempo, Juan, que en la cárcel había tenido noticia de las obras de Cristo, envió a preguntarle por mediación de sus discípulos: ¿Eres tú el que va a venir, o esperamos a otro? Y Jesús les respondió: Id y anunciadle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Y bienaventurado el que no se escandalice de mí. Cuando ellos se fueron, Jesús se puso a hablar de Juan a la multitud: ¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido con finos ropajes? Daos cuenta de que los que llevan finos ropajes se encuentran en los palacios reales. Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os lo aseguro, y más que un profeta. Éste es de quien está escrito: "Mira que yo envío a mi mensajero delante de ti, para que vaya preparándote el camino". En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él (Mt 11, 2-11).

“Vigilancia” y “conversión” han sido las “palabras clave” de los domingos anteriores. Ahora, el texto del Evangelio se centra en la misión de Juan el Bautista, como Precursor del Mesías y Profeta que anuncia su Venida como una Gran Esperanza: “¿Eres tú el que ha de venir, o esperamos a otro?”. Por eso, la “palabra clave” de este domingo es “esperanza”.

Además, el Señor elogia la solidez y autenticidad de Juan el Bautista. Con su ejemplo de rectitud y humildad ha ido anunciando la proximidad del Reino.

Este texto nos da la ocasión para recordar algo de lo que escribió el Papa Benedicto XVI en su Encíclica sobre la esperanza (“Spe salvi”), publicada el 30 de noviembre de 2007.

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(Ideas y textos tomados de la Encíclica de Benedicto XVI Spe Salvi).

1. “En la esperanza fuimos salvados” (Rm 8, 24)

Gracias a la esperanza podemos afrontar nuestro presente: “el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino”.

La “esperanza” es una palabra central de la fe bíblica.

Los efesios, antes de su encuentro con Cristo, no tenían “ni esperanza ni Dios” (Ef 2, 12). Se hallaban en un mundo oscuro y sombrío.

“No os aflijáis, como hombres sin esperanza” (1 Ts 4, 13).

Los cristianos tienen un futuro: “no es que conozcan los pormenores de lo que les espera, pero saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío”.
El mensaje cristiano no es sólo informativo, sino performativo (comunicación que comporta hechos y cambia la vida). “La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva”.

Encontrar al Dios Vivo, en Jesucristo, produce esperanza, como sucedió en la vida de santa Josefina Bakhita (Sudán, 1869). Desde los 9 años vivió como esclava: golpes, 144 cicatrices. En 1882 fue comprada por un mercader, para el cónsul italiano. Su “dueño” (parón) era Dios. Recibió los tres primeros sacramentos el 9 de enero de 1890. El 8 de diciembre de 1896 hizo sus votos religiosos (sacristía, portería). Había sido redimida. Sentía el deber de extender la liberación que había recibido.

Somos peregrinos (la sociedad actual no es nuestro ideal: pertenecemos a una sociedad nueva, hacia la cual nos encaminamos y que es anticipada en nuestra peregrinación).

En presencia de la muerte es inevitable preguntarse por el sentido de la vida.

En los Sarcófagos, en el siglo III, Cristo se representa como filósofo (con un Evangelio en una mano y en la otra un bastón con el cual golpea la muerte). Nos indica el camino y este camino es la verdad. Indica el camino más allá de la muerte.

También aparece como Pastor: “El Señor es mi pastor, nada me falta... Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo...”. Conoce el camino que pasa por el valle de la muerte (cfr. Salmo 23).

“Aquel que incluso por el camino de la última soledad, en el que nadie me puede acompañar, va conmigo guiándome para atravesarlo: Él mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con Él, se encuentra siempre un paso abierto. Saber que existe Aquel que me acompaña incluso en la muerte y que con su « vara y su cayado me sosiega », de modo que « nada temo » (cf. Sal 23 [22], 4), era la nueva « esperanza » que brotaba en la vida de los creyentes”.

Por la fe ya están presentes en nosotros las realidades que se esperan (Hb): el todo, la vida verdadera. La fe nos da una prueba de lo que aún no se ve.

Los mártires (y los que renuncian a su vida: lo dejan todo) estaban alegres porque tenían una “base” mejor que las cosas materiales, que les habían quitado. Ahora tienen una “sustancia” que suscita vida para los demás. “Se esperan las realidades futuras a partir de un presente ya entregado. Es la espera, ante la presencia de Cristo, con Cristo presente, de que su Cuerpo se complete, con vistas a su llegada definitiva”.

2. Pregunta por la vida eterna

“La fe cristiana ¿es también para nosotros ahora una esperanza que transforma y sostiene nuestra vida? ¿Es para nosotros « performativa », un mensaje que plasma de modo nuevo la vida misma, o es ya sólo « información » que, mientras tanto, hemos dejado arrinconada y nos parece superada por informaciones más recientes?”.

« ¿Qué pedís a la Iglesia? ». Se respondía: « La fe ». Y « ¿Qué te da la fe? ». « La vida eterna ». Según este diálogo, los padres buscaban para el niño la entrada en la fe, la comunión con los creyentes, porque veían en la fe la llave para « la vida eterna ».

¿Queremos en verdad la vida eterna? Para algunos es más bien un obstáculo para la vida presente.

Contraste de nuestra existencia: queremos morir, porque es la puerta de la vida eterna; pero, a la vez, no queremos morir (los que nos aman, sobre todo, no quieren que muramos). ¿Qué es lo que queremos realmente?

Queremos la vida verdadera, la vida bienaventurada. San Agustín, en su carta a Proba (viuda romana acomodada y madre de tres cónsules), dice: no sabemos lo que queremos: no sabemos qué es esa vida, pero sabemos que existe y nos sentimos impulsados hacia ella. 

En definitiva, es una alegría que nadie nos podrá quitar: En el Evangelio de Juan, Jesús lo expresa así: « Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría » (16,22).

3. El amor nos hace comprender mejor la esperanza 

Quien ha sido tocado por el amor empieza a intuir lo que sería propiamente « vida ». Empieza a intuir qué quiere decir la palabra esperanza que hemos encontrado en el rito del Bautismo: de la fe se espera la « vida eterna », la vida verdadera que, totalmente y sin amenazas, es sencillamente vida en toda su plenitud.

Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida. Entonces « vivimos ».

Nosotros necesitamos tener esperanzas –más grandes o más pequeñas–, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar.

4. Lugares de aprendizaje y del ejercicio de la esperanza

Son tres:

La oración: Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Ensancha nuestro corazón y es una fuerza purificadora.

El actuar y el sufrir: la lucha cristiana. Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito.

El Juicio: Es el encuentro con Él lo que, quemándonos, nos transforma y nos libera para llegar a ser verdaderamente nosotros mismos. En ese momento, todo lo que se ha construido durante la vida puede manifestarse como paja seca, vacua fanfarronería, y derrumbarse. Pero en el dolor de este encuentro, en el cual lo impuro y malsano de nuestro ser se nos presenta con toda claridad, está la salvación. Su mirada, el toque de su corazón, nos cura a través de una transformación, ciertamente dolorosa, « como a través del fuego ».

4. María, Stella maris

Madre nuestra, Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino.

María es “vida, dulzura y esperanza nuestra” (Salve Regina).





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