Cuarto Domingo de Adviento

Ya sólo falta una semana para la Navidad. Hemos ido avanzando en el Tiempo de Adviento y, ahora, nos disponemos a prepararnos al Nacimiento de Cristo, y le pedimos al Señor que aumente nuestra fe.


El texto del Evangelio del Cuarto Domingo de Adviento es el siguiente (las negritas son nuestras):

Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el Evangelio de Dios. Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras santas, se refiere a su Hijo, nacido, según la carne, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte: Jesucristo, nuestro Señor. Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Entre ellos estáis también vosotros, llamados por Cristo Jesús.
A todos los de Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de los santos, os deseo la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo (Rm 1, 1-7).

En los tres “posts” anteriores hemos reflexionado sobre las “palabras clave” de cada uno de los domingos precedentes: “vigilancia”, “conversión” y “esperanza”. Estos tres conceptos son fundamentales en el Tiempo de Adviento.

Ya muy cerca de la Navidad, la Iglesia nos invita, en este Domingo Cuarto de Adviento, a meditar sobre la respuesta de fe al amor de Dios Padre, que se manifiesta en la Encarnación de su Hijo.

San Pablo, en su Carta a los Romanos, nos invita a creer en Cristo. También en la Carta a los Gálatas, como afirmaba Benedicto XVI en la inauguración del Año Paulino: “En la carta a los Gálatas nos dio una profesión de fe muy personal, en la que abre su corazón ante los lectores de todos los tiempos y revela cuál es la motivación más íntima de su vida. "Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20). Todo lo que hace san Pablo parte de este centro. Su fe es la experiencia de ser amado por Jesucristo de un modo totalmente personal; es la conciencia de que Cristo no afrontó la muerte por algo anónimo, sino por amor a él -a san Pablo-, y que, como Resucitado, lo sigue amando, es decir, que Cristo se entregó por él. Su fe consiste en ser conquistado por el amor de Jesucristo, un amor que lo conmueve en lo más íntimo y lo transforma. Su fe no es una teoría, una opinión sobre Dios y sobre el mundo. Su fe es el impacto del amor de Dios en su corazón. Y así esta misma fe es amor a Jesucristo” (Benedicto XVI, Homilía, 28-VI-2008)

Ante la cercanía de la Navidad, vamos a meditar sobre la Fe como Misterio.

Podemos acudir a algunos de los grandes maestros de la teología y de la literatura que han explicado la fe como misterio en el que vive el hombre, que es oscuro y nos trasciende y, a la vez, nos ilumina poderosamente.

Estas reflexiones nos ayudarán a prepararnos para contemplar con fe el Misterio del Nacimiento del Verbo Encarnado.  

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El primero al que acudiremos es a G. K. Chesterton (ideas y textos tomados de una de sus obras principales: “Ortodoxia)

"Si Uds. discuten con un loco, es muy probable que lleven la peor parte en la discusión; porque, en muchas formas, la mente del loco es más ágil y rápida, al no hallarse trabada por todas las cosas que lleva aparejadas el buen discernimiento. No lo detiene el sentido del humor o de la caridad o las ya enmudecidas certezas de la experiencia. El loco es más lógico, por carecer de ciertas afecciones de la cordura. La frase común que se aplica a la insania, desde este punto de vista es errónea. El loco no es el hombre que ha perdido la razón. Loco es el hombre que ha perdido todo, menos la razón" (p. 26).

"El principal signo y elemento actual de la insania es, en resumen, la razón usada sin base; la razón en el vacío. El hombre que comienza a pensar sin la base de un primer principio adecuado, enloquece (...). Es posible dar una respuesta referente a lo que en la actual historia de la humanidad, puede conservar cuerdos a los hombres. Mientras tienen misterios, tienen salud; cuando se destruye el misterio, se crea la morbosidad. El hombre común siempre ha sido cuerdo, porque el hombre común siempre ha sido místico. Siempre ha aceptado la nebulosidad..." (pp. 42-43).

"Es precisamente este don de asociar las aparentes contradicciones, lo que constituye toda la elasticidad del hombre sano. El único secreto del misticismo es este: que el hombre puede entenderlo todo merced a la ayuda de todo lo que no entiende. El lógico mórbido, intenta dilucidarlo todo y sólo consigue volverlo todo misterio. El místico permite que algo sea misterioso, y todo lo demás se vuelve lúcido" (pp. 43-44).

"Así como hemos tomado al círculo como símbolo de la razón y de la locura, muy bien podemos tomar a la cruz como símbolo al mismo tiempo de la salud y del misterio. El budismo es centrípeto pero el Cristianismo es centrífugo: se vuelca hacia afuera. Porque el círculo es perfecto e infinito en su naturaleza; pero se halla siempre limitado a su tamaño; nunca puede ser mayor ni más pequeño. Pero la cruz, pese a tener en su centro una fusión y una contradicción, puede prolongar hasta siempre sus cuatro brazos, sin alterar su estructura" (p. 44). "Porque la luna es completamente razonable; es la madre de los lunáticos, y a todos ellos les ha dado su nombre" (Chesterton, Ortodoxia, p. 45).

También Blas Pascal explica por qué y cómo Dios se revela en la oscuridad del misterio.

«Él ha permanecido escondido —decía Pascal— debajo del velo de la naturaleza que nos lo cubre hasta la Encarnación; y cuando parecía que había aparecido, se escondió todavía más cubriéndose de la humanidad. Era más reconocible cuando era invisible, que cuando se hizo visible. Y al final, cuando quiso cumplir la promesa que hizo a sus apóstoles de permanecer con los hombres hasta su última venida, escogió permanecer en el más extraño y el más oscuro secreto de todos, que son las especies Eucarísticas» (Carta a Mlle. de Roannez, Oct. 1656).

Este «oscurecimiento teofánico» (el revelarse de Dios en lo visible, concreto, trivial, ordinario, normal, insignificante) caracteriza la revelación de Dios: «él no grita, no eleva el tono, no hace entender su voz en las calles» (Is 42, 2; Mt 12, 19). Se pone así a prueba —por el claro-oscuro de los signos que Dios da de su presencia— la fe del creyente y la ausencia de fe del increyente, pues —como también decía Pascal— lo oscuro es bastante claro para suscitar la fe de aquel que busca a Dios y la claridad suficientemente oscura para dejar en la indiferencia al que no lo busca.

No podemos olvidar que Dios es el que «habita en una luz inaccesible», el «Deus absconditus», el que se presenta rompiendo todos los esquemas humanos como Siervo doliente: «Miren a mi siervo, a quien sostengo; a mi elegido, en quien tengo mis complacencias. En él he puesto mi espíritu, para que haga brillar la justicia sobre las naciones.

Joseph Ratzinger, antes de ser Papa, afirmaba que Dios se revela en el poder cósmico y el universo habla de su creador. En el mundo y en el hombre resplandece la idea original creadora. Pero Dios se revela también bajo el signo de lo humilde: la tierra (planeta insignificante en el universo), Israel (pueblo ínfimo en la historia de la humanidad), Nazaret (« ¿de Nazaret puede salir algo bueno? »), la cruz, la Iglesia, las especies eucarísticas...: « en ellos Dios parece desaparecer en lo más mínimo pero en realidad en ellos se manifiesta como él es lo que es » (J. Ratzinger, Introducción al cristianismo, p. 221).

La fe es misterio en cuanto fundamento que nos precede, que siempre nos supera y que nunca podremos superar ni alcanzar, pero no en cuanto que sea un camino a lo irracional (cfr. Ibidem, pp. 53-56).

Dios es el Totalmente-Otro, « pero cuando se presentó [en la Cruz, en la Eucaristía] realmente tan otro, tan invisible en su divinidad, tan irreconocible vimos que no era la otreidad y lejanía que nosotros habíamos imaginado, y seguimos sin reconocerle. ¿No prueba esto que él es el realmente otro que rechaza nuestros cálculos sobre la otreidad y se muestra así como el único y auténtico totalmente otro? » (Ibidem, p. 220).

«El Misterio —como lo indica su posible etimología a partir de muw, cerrar los ojos y los labios— es lo que no puede ser visto ni dicho, por lo que no admite definición alguna y no es traducible adecuadamente más que, como dice Dionisio Areopagita “en la Tiniebla más que luminosa del silencio”» (A. Dartigues, La Revelación como autocomunicación divina en el misterio, en C. Izquierdo (dir.), Dios en la Palabra y en la Historia, Actas del XIII Simposio Internacional de teología, Universidad de Navarra, Pamplona 1993, pp. 241).




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