El don de piedad

De los siete dones del Espíritu Santo, los que Santo Tomás trata de una manera más suscinta son los dones de piedad y fortaleza. El de piedad se relaciona con la virtud de la justicia.


EL DON DE PIEDAD
(S. Th. II-II. q. 121)

Vamos a tratar a continuación del don correspondiente a la justicia, que es el don de piedad (cf. q.57, introd.).

Sobre esta materia planteamos dos interrogantes: 
  1. ¿Es un don del Espíritu Santo?
  2. ¿Qué es lo que corresponde a este don por parte de las bienaventuranzas y los frutos?

ARTÍCULO 1

¿La piedad es un don?

Contra esto [es decir, contra las objeciones que se oponen a la tesis del artículo]: está el que en Is 11, 2  se cita entre los dones.

Respondo: Que, como quedó antes explicado (1-2 q.68; q.69 a.1), los dones del Espíritu Santo son ciertas disposiciones habituales del alma que la hacen ser dócil a la acción del Espíritu Santo. Ahora bien: entre otras mociones del Espíritu Santo, hay una que nos impulsa a tener un afecto filial para con Dios, según expresión de Rm 8, 15: Habéis recibido el Espíritu de adopción filial por el que clamamos: ¡Abba! ¡Padre! Y, como lo propio de la piedad es prestar sumisión y culto al Padre, se sigue que la piedad, por la que rendimos sumisión y culto a Dios como Padre bajo la moción del Espíritu Santo, es un don del Espíritu Santo.

ARTÍCULO 2

La segunda bienaventuranza, que dice "Bienaventurados los mansos", ¿corresponde al don de piedad?

Contra esto [es decir, contra las objeciones que se oponen a la tesis del artículo]: está el que San Agustín dice en su libro De Serm. Dom. in monte: que la piedad es propia de los mansos.

Respondo: Que al adaptar las bienaventuranzas a los dones se puede atender a una doble conveniencia. La primera, según la razón de orden, que fue al parecer la que siguió San Agustín. Es por lo que atribuye la primera bienaventuranza al don último, o sea, al don de temor; y la segunda bienaventuranza: Bienaventurados los mansos, al don de piedad, y así sucesivamente.
La segunda conveniencia, si atendemos a la propia naturaleza del don y de la bienaventuranza. Y según esto, se deberían adaptar las bienaventuranzas a los dones según los objetos. Así, a la piedad corresponderían la cuarta y la quinta más que la segunda. No obstante, la segunda bienaventuranza tiene una cierta coincidencia con la piedad, en cuanto que por la mansedumbre se quitan los obstáculos para los actos de piedad.

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