La doctrina de las "Dos Vías"

La Cuaresma es un tiempo de gracia: “ecce nunc tempus acceptabile! Ecce nunc dies salutis”; “este es el tiempo propicio, este el día de la salvación” (cfr. 2 Cor 6, 1-2). Es tiempo de conversión, de penitencia. Por lo tanto, también es tiempo de decisiones serias y tiempo de lucha, sobre todo ahora que las tinieblas de la increencia parecen nublar la faz de la tierra.

Brueghel, el Viejo, 1596

Cada cristiano ha de mirar el fondo de su corazón para descubrir lo que hay que cambiar. Pueden ser aspectos concretos de nuestra manera de vivir, de nuestra manera de ver las cosas, de nuestros esquemas mentales. O puede ser un cambio más profundo, que lleve consigo una decisión más radical.

En cualquier caso, el inicio de la Cuaresma es una ocasión para reafirmar nuestra decisión de caminar por el camino correcto. En última instancia hay sólo dos caminos: el que nos lleva a Dios o el que nos aleja de Él.

Es verdad que en gran parte de los asuntos humanos, las cosas no son o blanco o negro. Hay muchos matices y muchas posibles elecciones (caminos) que nos pueden llevar al cumplimiento de la voluntad de Dios. Son los asuntos “opinables”, es decir, que pueden verse desde distintos enfoques igualmente buenos. El don de la libertad nos da un amplio margen de capacidad de decisión en la mayoría de las cosas que hacemos todos los días. Cada uno debe, libre y responsablemente, decidir lo que le parezca mejor en un determinado momento: si sale de su casa o se queda, si acompaña a un amigo o no, si estudia un asunto ahora o lo deja para otro momento, etc.

Pero en las cosas importantes de la vida, en aquellas que afectan a las verdades de fe o a los principios morales de nuestra existencia, se presentan dos caminos: creer o no creer; amar o no amar. La disyuntiva es clara: o se es cristiano o no se es.

Los primeros cristianos, especialmente los que provenían del paganismo, tenían muy clara la conciencia de que “no se puede servir a dos señores”. Abrazar el cristianismo suponía dejar “el hombre viejo” para renacer en Cristo a una “vida nueva”.
“Si quieres, guardarás los mandatos del Señor, ante ti están puestos fuego y agua: echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja” (Eclesiástico 5, 16-21).

En los seis primeros capítulos de la Didakhé (Doctrina Apostolorum o Instrucción del Señor a los gentiles por medio de los Doce Apóstoles; escrito de principios del siglo II), los primeros cristianos podían leer la doctrina de las “Dos Vías”, que también se contenía en los capítulos 18 a 21 de la Epístola a Bernabé (escrita hacia el año 130).

Desde siempre, los hombres se han preguntado: ¿cómo debo vivir? ¿Qué estilo de vida debo escoger? Y, al darse cuenta de que es libre y puede escoger, se pregunta: ¿cuál es el camino del bien, de la verdad, de la felicidad? ¿Hay muchos?

En definitiva, sólo hay dos caminos: o seguimos las obras de la carne (cfr. Gal 5, 19-21: “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas) o las obras del espíritu (Gal 5, 22-23: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza”).

San Agustín, por ejemplo, relata su conversión en Milán. “Cuenta que, en el tormento de sus reflexiones, retirado en un jardín, escuchó de repente una voz infantil que repetía una cantinela, nunca antes escuchada: «tolle, lege, tolle, lege», «toma, lee, toma, lee» (Confesiones VIII, 12,29). Entonces se acordó de la conversión de Antonio, padre del monaquismo, y con atención volvió a tomar un códice de san Pablo que poco antes tenía entre manos: lo abrió y la mirada se fijó en el pasaje de la carta a los Romanos en el que el apóstol exhorta a abandonar las obras de la carne y a revestirse de Cristo (13, 13-14)” (Benedicto XVI, Catequesis del 27-II-2008).  

Contra el relativismo decimos que, en el fondo, hay un solo camino y muchos modos de recorrerlo. Es un camino ancho y carretero: Jesucristo (“Yo soy el Camino…”).

“El que no está conmigo, está contra mí”. “No se puede servir a dos señores”.

Jesús es el Camino, y en la Iglesia tenemos la plenitud de medios (señales) para recorrerlo. Él nos ha recordado el Camino que Yahvé ya había señalado en el Antiguo Testamento, pero renovándolo: es un nuevo Camino, de gracia y libertad.

La Iglesia, desde el principio de la Cuaresma, nos invita a tomar el Camino de la Verdad. Por ejemplo, la Liturgia de la Palabra del Jueves después de Ceniza, recoge como primera lectura un texto del Deuteronomio (30, 15-20): “Moisés habló al pueblo, diciendo: – «Mira: hoy te pongo delante la vida y el bien, la muerte y el mal. Si obedeces lo que yo te mando hoy, amando al Señor, tu Dios, siguiendo sus caminos, guardando sus preceptos, mandatos y decretos, vivirás y crecerás; el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para conquistarla. Pero, si tu corazón se aparta y no obedeces, si te dejas arrastrar y te prosternas dando culto a dioses extranjeros, yo te anuncio hoy que morirás sin remedio, que, después de pasar el Jordán y de entrar en la tierra para tomarla en posesión, no vivirás muchos años en ella. Hoy cito como testigos contra vosotros al cielo y a la tierra; te pongo delante vida y muerte, bendición y maldición. Elige la vida, y viviréis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, pegándote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que había prometido dar a tus padres Abrahán, Isaac y Jacob»”.

Los israelitas habían peregrinado durante 40 años por el desierto. Se habían purificado. Era una generación joven y creyente. Pero, al llegar a la Tierra Prometida, tenían que elegir entre las dos opciones: la obediencia al designio amoroso de Yahvé, o la idolatría y la desobediencia a la voluntad de Dios.

En el Salmo Responsorial del Jueves después de ceniza, la Iglesia nos proponía la lectura del Salmo 1: “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor (…).Es como un árbol plantado junto al río: da fruto a su tiempo y sus hojas no se marchitan; todo lo que hace le sale bien. No sucede lo mismo con los malvados ni los pecadores”.

Por fin, en el Evangelio, Jesús señala claramente el camino: tomar con alegría la Cruz. Ser grano de trigo, que se entierra, para dar mucho fruto. «El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo?» (Lc 9, 22-25).

Al comienzo de la Cuaresma, pidamos al Señor por todos nuestros hermanos creyentes: que sepamos elegir el Camino de la Verdad y del Amor, para seguirlo con decisión y firmeza; que sepamos defender nuestra fe en Jesucristo en los momentos actuales de confusión y apostasía; que, con nuestra oración y nuestro testimonio, acerquemos a muchos hombres y mujeres a la vida de fe. Nuestra Señora, Maestra de fe, protegerá la fe de nuestras familias, si aprendemos de Ella: “Beata, quæ credidisti, quoniam perficientur ea, quæ dicta sunt tibi a Domino”. “Dichosa tú que has creído, porque lo que el Señor te ha dicho se cumplirá!” (Lc 1, 45).

Se puede leer el artículo de don José María Iraburu, en InfoCatólica, sobre la importancia de defender a fe con energía, en nuestros tiempos:




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