Nuestra Vida en Cristo

En su itinerario cuaresmal, la Iglesia, después de habernos hecho meditar sobre el Agua Viva y la Luz (domingos 3° y 4° de Cuaresma) ahora (domingo 5° de Cuaresma) nos invita a reflexionar sobre la Vida en Cristo. Jesús realiza su mayor milagro, ya al final de su vida pública: la resurrección de Lázaro, que había muerto hacía cuatro días.


Textos que vamos a meditar:

Ez 37, 13: “Sabréis que yo soy Yahveh cuando abra vuestras tumbas y os haga salir de vuestras tumbas, pueblo mío”.
Sal 129, 5: “Yo espero en Yahveh, mi alma espera en su palabra”.
Rm 8, 11: “El mismo que resucitó a Cristo de entre los muertos dará vida también a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que habita en vosotros”.
Jn 11, 25-26: “Yo soy la Resurrección y la Vida, el que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre”.

Como una preparación a su ya próxima Resurrección, Jesús quiere dar una lección de fe y esperanza a sus discípulos y a las hermanas de Betania: Marta y María. Él vence la muerte. Es capaz de dar vida a Lázaro, que llevaba cuatro días en la tumba y ya olía mal, pues su cadáver estaba descomponiéndose.

¡Lázaro sal fuera! Bastó la pronunciación de estas palabras de Cristo para que su amigo saliera de su tumba, todavía cubierto por las vendas de la mortaja.

Cuando Jesús, antes de realizar el milagro, asegura a Marta que Lázaro resucitaría, ella hace una confesión de su fe en la resurrección de los muertos, en el último día, según había profetizado Ezequiel (cfr. Primera Lectura)  Entonces, Jesús, para confirmar esta gran verdad, que nos llena de esperanza, le anuncia algo más inmediato: la resurrección próxima de su hermano.

“El profeta Ezequiel anuncia al pueblo judío, en el destierro, lejos de la tierra de Israel, que Dios abrirá los sepulcros de los deportados y los hará regresar a su tierra, para descansar en paz en ella (cf. Ez 37, 12-14). Esta aspiración ancestral del hombre a ser sepultado junto a sus padres es anhelo de una "patria" que lo acoja al final de sus fatigas terrenas. Esta concepción no implica aún la idea de una resurrección personal de la muerte, pues esta sólo aparece hacia el final del Antiguo Testamento, y en tiempos de Jesús aún no la compartían todos los judíos. Por lo demás, incluso entre los cristianos, la fe en la resurrección y en la vida eterna con frecuencia va acompañada de muchas dudas y mucha confusión, porque se trata de una realidad que rebasa los límites de nuestra razón y exige un acto de fe” (Benedicto XVI, Angelus, 10-IV-2011).

En realidad, se trata de dos “resurrecciones” distintas. Lázaro volvió a la vida mortal que todos los hombres tenemos. Pero el milagro de Jesús, nos da a entender que Cristo es Dueño de la vida y de la muerte. Y, así como ahora puede resucitar un muerto para que vuelva a la vida, también es capaz de prometernos que nuestros cuerpos resucitarán, pero a la Vida Gloriosa. Esto será definitivamente confirmado en la Resurrección del Señor.

“En el Evangelio de hoy —la resurrección de Lázaro—, escuchamos la voz de la fe de labios de Marta, la hermana de Lázaro. A Jesús, que le dice: "Tu hermano resucitará", ella responde: "Sé que resucitará en la resurrección en el último día" (Jn 11, 23-24). Y Jesús replica: "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá" (Jn 11, 25). Esta es la verdadera novedad, que irrumpe y supera toda barrera. Cristo derrumba el muro de la muerte; en él habita toda la plenitud de Dios, que es vida, vida eterna. Por esto la muerte no tuvo poder sobre él; y la resurrección de Lázaro es signo de su dominio total sobre la muerte física, que ante Dios es como un sueño (cf. Jn 11, 11)” (Benedicto XVI, Angelus, 10-IV-2011).

“Estamos llamados a participar hasta lo más profundo de nuestro ser en todo el acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo. Dice el Apóstol: hemos "muerto con Cristo" y creemos que "viviremos con él, sabiendo que Cristo resucitado de entre los muertos ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él" (Rm 6, 8-9)” (Benedicto XVI, Catequesis del 5-XI-2008).

La Eucaristía es prenda de vida eterna (cfr. Himno O sacrum convivium). San Ignacio de Antioquía, de camino a su martirio en Roma (sería comido de las fieras), escribe una carta a los Efesios, y les dice: "Todos vosotros partís el mismo pan, que es un remedio de inmortalidad, un antídoto que nos preserva de la muerte y nos asegura para siempre la vida en Jesucristo". La Eucaristía es "medicina de inmortalidad, antídoto para no morir, sino vivir por siempre en Cristo Jesús".

Transcribimos parte de un mensaje de Jesús a Marga (cfr. El triunfo de la Inmaculada, 9-XII-2011, pp. 552-553), que nos parece muy profundo y provechoso para todos nosotros, ahora que reflexionamos sobre la resurrección de los muertos y la Vida del Mundo Futuro. Meditémoslo despacio y hagamos oración con él. 
         “Por eso, también en el Cielo habrá Eucaristía, porque viviréis esa Unión Eucarística conmigo —dice Jesús a Marga— por eternidad de eternidades.

         La Unión Mística en el Amor.
         ¿Qué es eso? Venid a descubrirlo. Es la Unión Eucarística.
         En el Cielo, en la Resurrección, los cuerpos resucitan. Y son los cuerpos resucitados plenos en esa Unión Eucarística que tuvieron en la tierra. Ellos y Yo, resucitados, también seremos Uno.
         ¿Cómo lo seremos? En la plenitud de los Cuerpos Resucitados en mi Amor.
         Esa plenitud se la dará la Eucaristía. El Cuerpo Místico Eucarístico. Es en la tierra, pero también lo es en el Cielo. El Corazón Eucarístico Resucitado.
         En el Cielo está mi Corazón Eucarístico. En Cuerpo y alma, Vida y Divinidad. Y a Él están unidos todos los Santos.
         Es como si todo el Cielo fuera un Único Corazón. Y éste, Resucitado. Y éste, Eucarístico.
         Por eso, la Verdadera Devoción a mi Amor, es Eucaristía.
         Mi Amor es Eucarístico.
         Mi Amor es Sacrificial.
         Mi Amor es Oblativo.
         Mi Amor es de entrega absoluta.
         De entrega, hasta la muerte. Hasta dar la Vida.
         Muriendo, os pude dar la Vida. Es muriendo, como os pude rescatar.
         Para venir a ser Uno conmigo, venís a la muerte conmigo, venís al Calvario.
         Hacedlo unidos a ese grupo de las Mujeres con Juan. No recorreréis el Camino solos. Lo haréis acompañados. Otros lo han recorrido antes que vosotros. Uníos a todos los Santos, que subieron por esa escalera empinada antes que vosotros. 
         Tenéis maestros. Acogedlos. Acogeos a ellos. Pedidles que os ayuden. Será fácil. Lo lograréis.
         ¡Aprovechad ahora, en esta Última Hora de la historia, en donde Dios se derrama con profusión, abundantemente!”. 
En cuanto menos lo pensemos, habrá llegado el Día Último de la historia humana y nuestros cuerpos serán transformados en cuerpos gloriosos. ¡Vale la pena que miremos hacia el futuro y nos llenemos de acciones de gracias porque ese Día está cercano!

Nuestros cuerpos resucitados estarán dotados de claridad, impasibilidad, inmortalidad, sutileza, agilidad, belleza… Sucederá, pero en un grado mayor, lo que pasaba en los cuerpos humanos que eran sanados por Jesús: toda la deficiencia, toda la insuficiencia del mundo natural, se dispersa, de alguna forma, al contacto con el mundo sobrenatural: las enfermedades, la lepra, la sordera, la ceguera. Cuando brilla la luz, la oscuridad cede. Lo raro sería que no se produjesen esos resultados extraños, cuando lo sobrenatural nos inunda, como en el hecho de la Encarnación.

El milagro (como el de la resurrección de un muerto) es la invasión de lo sobrenatural en lo natural. Es lógico que lo natural se altere ante la irrupción de los sobrenatural. Richard Crashaw comenta el milagro de las bodas de Caná con este verso: "Vidit et erubuit conscia lympha Deum" ("El agua consciente vio a su Señor y se ruborizó").

Pensemos en lo que significará para nuestros cuerpos resucitados el contacto espiritual y místico con el Cuerpo Eucarístico de Cristo Resucitado. Por ejemplo, fijémonos en la claridad de los cuerpos resucitados. Es el alma la que sale y da vida al cuerpo (lo importante es el alma, no el cuerpo; incluso el alma da belleza al cuerpo, en la sonrisa, en la mirada). En la dote de la claridad el alma entera se asoma al cuerpo, porque el cuerpo es trasparente y sirve al alma. Si un hombre pudiera ver en el fondo de otro lo que hay de imagen de Dios, nos enamoraríamos unos de otros.

Terminemos con las palabras de San Pablo, en la Segunda Lectura de la Misa: "Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros" (Rm 8, 11).

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