La Misericordia de Dios

Día 27 de abril de 2014. Canonización de los Papas Juan XXIII y Juan Pablo II. Fiesta de la Divina Misericordia. Mañana, Santa Faustina Kowalska, desde el Cielo —si es posible hablar así— tendrá un suplemento grande de gloria accidental, al constatar cómo los Planes de Dios superan todas nuestras expectativas y siempre nos sorprenden.


Este Domingo II de Pascua, quedará marcado como un gran día, en la historia de la Iglesia.

En la primera lectura de la Misa (Hch 2-42-47), San Lucas nos recuerda que, la vida de los primeros cristianos, se caracterizaba por cuatro cosas:

a) Eran constantes en escuchar las enseñanzas de los apóstoles. Es decir, estaban unidos a los pastores y al Evangelio que predicaban. Escuchaban con atención la Palabra de Dios de los principales testigos del Resucitado. Meditaban todo aquello y lo guardaban en su corazón, como un tesoro que apreciaban grandemente.

b) Vivían todos unidos y lo tenían todo en común. No había lugar para el individualismo. Sabían que el cristiano no es un verso suelo, sino que forma parte de un gran poema épico. Tenían en cuenta a sus hermanos y se desvivían cada día por ellos. Sentían la Iglesia en carne propia. 

c) Participaban de la Fracción del Pan. Así llamaban los primeros cristianos a la Eucaristía, la Santa Misa. Siempre los domingos, y muchas veces también otros días de la semana, se reunían, muy de mañana, a la salida del sol, para escuchar la Palabra de Dios, entonar cantos, alabar al Señor y dar gracias. Uno de los apóstoles presidiría la celebración. Reconocían en esa celebración, que estaban volviendo a hacer presente (memorial: recuerdo y presencia) la Última Cena y el Sacrificio de la Cruz.

d) Eran asiduos a las oraciones. Dedicaban mucho tiempo a la oración personal y comunitaria. Tenían muy presente el consejo del Señor: “conviene orar siempre y no desfallecer”. Rezarían juntos, también, el Padre Nuestro. Vivirían en un clima de oración constante, mientras trabajaban o atendían sus deberes familiares y sociales.

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Salmo 117). Este es el tema principal del “Domingo de la Misericordia”: cantar las misericordias del Señor. “Este es el día del triunfo del Señor, día de júbilo y de gozo”.

En la segunda lectura de la Misa (1 P 1, 3-9), San Pedro bendice al Señor por su gran misericordia pues, por la Resurrección de Cristo, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura e imperecedera que nos está reservada en el Cielo. Y nos anima a alegrarnos aunque, por el momento, tengamos que sufrir un poco. Si perseveramos, alcanzaremos la meta de nuestra fe: nuestra propia salvación.

Por fin, en la lectura del Evangelio (Jn 20, 19-31), meditaremos en lo que sucedió, en el Cenáculo, el día de la Resurrección y ocho días después. Es el relato de las dos apariciones a los discípulos. En las dos ocasiones, Jesús se pone en medio de ellos, inesperadamente, estando las puertas cerradas. No se aparece como un espíritu o un fantasma. No procede del mundo de los muertos, sino de los vivos. No se trata de una experiencia mística de los apóstoles, sino de un encuentro con Cristo que, está en la historia, pero también más allá de ella. No es sólo una visión histórica, sino también escatológica.  

Jesús ha inaugurado una nueva dimensión del ser humano. Su cuerpo ha sido transformado: es un cuerpo glorioso. La Humanidad Santísima de Cristo ha sufrido una transformación radical, un “salto de calidad” a un nuevo modo de ser, desde el punto de vista ontológico. Por eso, es frecuente que, al principio, los discípulos y las mujeres no lo reconozcan. Luego, lo reconocen desde dentro con una certeza absoluta de ver al Señor, hablar con Él y comer con Él. Son testigos auténticos de la Resurrección de Jesucristo.

En el texto de San Juan, destaca la actitud de Tomás. El apóstol no estaba presente en la primera aparición de Jesús. No cree en ella y reclama meter su dedo y su mano en las llagas de Cristo. En la segunda aparición es el mismo Jesús quien lo invita a hacerlo. Tomás, rendido por la evidencia, cree: “Señor mío y Dios mío”. Bienaventurados los que, sin ver, creen, dice el Señor. Como nosotros, que aún no vemos, pero creemos en Jesús, como Dios y Señor nuestro.

En este Domingo de la Misericordia, nos ha parecido oportuno transcribir parte de un mensaje de Jesús a Marga (12 de junio de 2012), para pedirle al Señor que tenga misericordia de su Iglesia (cfr. El Triunfo de la Inmaculada. Dictados de Jesús a Marga, Madrid 2012, pp. 704-705). Las frases en itálicas son de Marga. 
         “Los Templos, tal como los conocéis ahora, desaparecerán. No se celebrarán Misas. No os será fácil acceder a los Sacramentos. Sólo los considerados infieles entre vosotros, serán los fieles a la Tradición”.
         La Iglesia, desparecerá. En su lugar, una Falsa Iglesia se erigirá. En ella, ya nada recordará a la Tradición. Los fieles que la pueblan, serán los infieles a toda la Tradición. Entre ellos: los divorciados vueltos a casar, los homosexuales, los adúlteros y fornicarios o impuros, los “componendas con el mundo”, los ricos, los afamados al mundo de las riquezas, los poderosos. Bajo los cuales están las cuerdas de toda la humanidad.
         ¡Pero ellos también son tus hijos!         Sí. Lo son. Pero sus comportamientos erróneos o inmorales serán considerados correctos. Correctos en una Iglesia en donde se ha echado a la Tradición.
         Los que no estéis conniventes con ellos y con sus criterios, seréis tratados de retrógrados, y echados de su comunión.
         ¡Mejor!         Sí: mejor, amada, mejor.
         Reconoced a los líderes que aún quedan entre vosotros, y seguidlos.
         Cuando se abra la puerta de mi Casa a todos los adúlteros con sus adulterios, Yo ya no estaré. Ya me habré ido. Iros vosotros conmigo. No es mi Templo y no es mi Casa.
         Sacerdotes: no comerciéis con la Bestia. Impone sus cargas pesadas y agobiantes, haciéndolas ver como alivios para ellos, vosotros y sus fieles. Son cadenas que atan. Y para toda la eternidad en el Infierno.
         Sacerdote: que sepas reconocer contra quién tengo mi litigio (cfr. Os 4,4; 6,9; Jr 2,8s; M1 1,6-2.9). Y nunca estés a su servicio.
         Jesús mío, ¡Jesús mío! ¿No se van a poder ordenar sacerdotes buenos, entonces?         Sí. Con los Obispos verdaderos. Que tienen la facultad derivada del Papa.
         Amada: los sacerdotes se casarán. Se dejará hacer esto. Y muchos sucumbirán.
         Reconoced a los que no son fieles, a los sacerdotes que no debéis seguir. Aunque aparentemente predique la Tradición. Rechazadle en vuestra guía. Pues después de ese paso, vienen todos los demás. Habrá un tiempo que se os permitirá esa Iglesia Clandestina. Se tendrá noticia de ella y se dejará actuar.
         (Reuniones. Misas en casas…).    
         Para recrudecerse en los últimos años con una cruel persecución. En la que habrá que defender a la Eucaristía con vuestra vida.
         ¿Tú estás triste por esto que te cuento?
         .
         ¡Pues no lo estés, amada! Cuando veáis que estas cosas os suceden, estad alegres y contentos, ¡se acerca vuestra liberación! (cfr. Lc 21,28).
         Te elijo a ti para que todo el mundo vea que esta Devoción [al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María] es para todos. Porque tu eres una persona normal, como ellos. De tu tiempo. Porque, de natural, no gozas de dones especiales, y sólo los recibes sobrenaturalmente. Al igual que ellos, porque a Mí me ha parecido bien. Y a Mí me ha parecido bien dotarles a ellos, si vienen a Mí, de los dones especiales sobrenaturales que se tienen al seguir esta Devoción.
         Porque, ¿por qué no acoger la sobrenaturalidad de manera especial, si esta se nos quiere dar así? Es como echarle su Regalo a Dios en cara.
         Tanto empeño, a veces, por ser normal y hacer cosas normales en un mundo de locos. Lo normal es hacer la Voluntad de Dios. Y si ésta quiere que en tu vida te guíes por cosas sobrenaturales especiales ¿a ti qué? ¿Quién eres tú para negarte? El único camino posible, si no estás loco, es seguir mi Voluntad. Y mi Voluntad es, que a través de esta Devoción, Yo quiero dar gracias especiales”.

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