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viernes, 9 de abril de 2021

Como niños recién nacidos

         La antífona de entrada del Domingo de la Misericordia nos introduce de lleno en el Misterio Pascual:

Como niños recién nacidos, anhelen una leche pura y espiritual que los haga crecer hacia la salvación. Aleluya”.

 Jacques Philippe, conocido autor de libros espirituales, en un retiro que predicó en Madrid hace algunos años, comentó una anécdota de la vida de Santa Teresa de Lisieux.

Santa Teresa, desde muy niña, se sentía fuertemente atraída hacia la santidad. Sin embargo, la muerte de su madre cuando ella tenía sólo cuatro años de edad, la marcó profundamente. Aparecieron en su carácter algunos rasgos psicológicos de inmadurez infantil: deseos de llamar la atención, una hipersensibilidad que le llevaba frecuentemente al llanto, deseos de reconocimiento, desánimos frecuentes cuando no lograba lo que quería, etc. Verdaderamente, algunas veces era insoportable. 

No podía vencer esas tendencias fuertemente grabadas en su forma de ser. Cuando tenía catorce años de edad, en la Navidad de 1886, su padre, que le tenía un afecto notorio, preparó, como todos los años, los regalos para sus hijos, en la chimenea. Pero, después de llevar a cabo esa tarea cansada, se le escaparon unas palabras que hirieron en lo más vivo la sensibilidad de Teresa, que era la más pequeña de la familia: «Menos mal que es el último año». Ella ya venía dándose cuenta de que tenía que cambiar, y que no podía seguir siendo una niña mimada. Entonces, después de la Comunión que recibió aquel día en la Misa de medianoche, tomó la decisión, valientemente, de controlar sus emociones. Estuvo contenta, alegre y, finalmente, venció el desánimo. Aquello fue un hito de gran importancia en su vida: ganó en madurez y se dio cuenta de que ese era el camino para superar los estados emotivos. Al año siguiente ingresó como novicia al convento de Carmelitas. 

¿Qué fue, en el fondo, lo que le hizo cambiar? La convicción de que Dios, que ha puesto en nuestro corazón el deseo de amarle, nos da la fuerza para alcanzar la santidad, a pesar de nuestros defectos. Que lo importante no es qué tan frágiles seamos, sino saber que Dios nos ama y que podemos confiarnos plenamente a Él. Que los brazos de Jesús son dónde tenemos que ponernos porque Él es nuestra fortaleza.

Tres años antes, cuando cumplió 11 años de edad, ya había hecho tres propósitos sencillos: 1) luchar contra el orgullo, 2) rezar todos los días a la Virgen un Acordaos y 3) no desanimarse nunca. 

En el último año de su vida (1897), a los 24 años de edad, estaba enferma en el convento. Entonces escribió en uno de sus manuscritos que, poco a poco, fue descubriendo un camino sencillo, corto y nuevo para alcanzar la santidad. Ese camino, o «caminito», como Ella lo llamaba, era la infancia espiritual. Realmente, no era un camino nuevo, en estricto sentido. Era redescubrir el Evangelio, que es un Camino de amor para los pequeños. Muchas veces Jesús había dicho a sus discípulos que es indispensable hacerse como niños para entrar en el Reino de los Cielos. 

Santa Teresa de Lisieux fue lo que descubrió en su propia vida y luego lo escribió para que, a lo largo de los años, una multitud de personas en todo el mundo pudiéramos seguir su «camino de infancia».

La decisión que tomó a los catorce años de edad fue algo sencillo, relativamente. No fue una decisión aparentemente importante. Sin embargo, cambió su vida. Se dio cuenta de que eso es lo que Dios nos pide cada día: decirle que «sí» en alguna cosa. Y sostener ese propósito en los días sucesivos. En definitiva, la santidad está al alcance de cualquier persona, a través de la lucha en los pequeños detalles de la vida ordinaria. En esto se adelantó al Concilio Vaticano II, al igual que san Josemaría que, después de la canonización de Santa Teresa de Lisieux, en 1924, conoció sus escritos y le impresionaron vivamente. Él también aconsejaba el «caminito de infancia» como un modo seguro y asequible a todos de alcanzar la santidad. 

San Juan Pablo II, con motivo del centenario del fallecimiento de Santa Teresita (1987) la proclamó doctora de la Iglesia. Ella tenía 24 años al morir. Nunca estudió teología. Sus escritos son relatos de sus vivencias personales. Y, sin embargo, el Papa quiso poner su modo de comprender el Evangelio como un punto de referencia para todos los cristianos de nuestra época. Vale la pena que nosotros conozcamos su vida y sus escritos. Y, sobre todo, que sigamos su ejemplo en el camino de amor a través de las cosas pequeñas y ordinarias de nuestra vida.   


viernes, 2 de abril de 2021

Saberse amados por Dios

Estamos metidos de lleno en el Triduo Pascual. Desde la tarde del Jueves Santo hasta la mañana del Domingo de Padua, Jesús vive —y nosotros con Él— el Misterio de nuestra Redención.

«Como hubiese amado a los suyos, los amó hasta el fin». Así comienza San Juan el capítulo 13 de su evangelio, seguido por el lavatorio de los pies, que leíamos ayer en la Misa in Cena Domini. ¿Qué nos quiere decir el evangelista a nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI?  Algo de suma importancia: que el Señor, lo que más desea es que conozcamos el Amor que Dios nos tiene y que nos dejemos querer por Él: por Dios Padre, que envía a su Hijo y hace posible que seamos hijos suyos, por el Espíritu Santo. 

Cuando Cristo se pone de rodillas para lavar los pies a sus discípulos, manifiesta de modo vivo cómo es el Amor de Dios: tan grande que está dispuesto a abajarse, a anonadarse, a hacerse servidor de cada uno de nosotros. No es fácil de entender. ¿Porqué Dios nos quiere tanto? ¿Qué tenemos que le le lleve a hacer la «locura» de querernos tanto? Es un gran Misterio. Pero es así. 

Pedro tampoco lo entiende  y, por eso, trata de hacerle ver al Señor que es un despropósito lo que está haciendo. Finalmente, se rinde ante un argumento contundente: «no tendrás parte conmigo», si no dejas que te lave los pies. 

Quizá lo más difícil del seguimiento de Cristo —aunque parezca lo más fácil—, es dejarse querer por Él. Jesús nos ama con el Amor del Padre, con ese Amor que es una Persona: el Espíritu Santo. Dios es Amor. ¡Qué difícil comprender este Misterio! Pero, ¡qué importante dedicar nuestra vida a tratar de comprenderlo!

Los grandes santos han vislumbrado el gran Amor que Dios nos tiene. Santa Teresa de Lisieux, por ejemplo, siendo muy joven, se veía como una niña pequeña a la que Dios ama con ternura. Pedía grandes cosas porque sabía que Dios era su Padre y no puede negar nada a sus hijos más pequeños. 

¡Dejarnos querer! Esa es la principal meta de nuestra vida. Aprender a dejarnos querer por Dios. Si tratamos de poner el acento en nuestros logros, en nuestros progresos, vamos por mal camino. Podemos tener muchos defectos y errores; podemos ser muy frágiles. Lo importante es tener la convicción de que eso es lo «natural». Como decía san Josemaría: lo natural es darnos cuenta de que damos abrojos y espinas. Eso es lo nuestro. Todas nuestras obras buenas se las debemos a Dios. Nosotros no valemos nada. 

«Saber que me quieres tanto y no me he vuelto loco», decía san Josemaría Escrivá. Es como para «volverse loco» de alegría. 

Por eso son tan importantes en la vida espiritual las acciones de gracias, la adoración, la alabanza a Dios. Son señal de que vamos comprendiendo un poco su Amor; de que vamos dándonos cuenta de cuánto nos ama. 

En la práctica, para ir logrando esa convicción y, de verdad, disponernos a dejarnos amar por Él, es imprescindible, ver a Cristo en los demás. Una muestra clara de haber comprendido un poco cuánto Dios nos ama es darnos cuenta de que así también ama a cada uno de nuestros hermanos. Si Dios ama tanto a este hermano mío, ¿como yo seré capaz de cerrarle mi corazón? ¿Cómo puedo despreciarlo o tenerle rencor? ¿Cómo no lo voy a tratar con inmenso cariño, sabiendo que Dios lo quiere tanto?

Esa es la piedra de toque del Amor, la caridad a nuestro prójimo. Quizá por eso el Señor le dijo a Pedro que no comprendía porque Él les lavaba los pies a sus discípulos, a sus amigos, pero también a Judas, que era un traidor.

Como siempre, lo mejor para aprender cualquier enseñanza de Jesús, es mirar cómo la vivía Nuestra Señora. Ella, más que ninguna otra criatura, sabe cuánto nos ama Dios y también cuánto ama a cada uno de sus hijos. Por eso, María nos ama tanto.     

viernes, 19 de febrero de 2021

¿Qué impulsa a Cristo al desierto?

Hemos entrado de lleno en la Cuaresma, tiempo de penitencia; tiempo de conversión. Es un tiempo de preparación para aceptar plenamente la Voluntad de Dios sobre nosotros. 

Desde el principio queremos acompañar a Jesús en su camino a Jerusalén. La Iglesia, en el Primer Domingo de Cuaresma, nos sitúa al comienzo de la Vida Pública cuando el Señor, después de haber sido bautizado por Juan en el Jordán, es impulsado —literalmente— por el Espíritu al desierto (cfr. Mc 1, 12-15). Con esta expresión, los evangelistas quieren decirnos que Jesús está atento a las más mínimas inspiraciones del Paráclito, para cumplir sin dilaciones la Voluntad de su Padre. Es la Fuerza de Dios la que actúa y encuentra la docilidad total del Hijo.

Podríamos meditar sobre las tentaciones del Señor, que es el tema central del Primer Domingo de Cuaresma, pero vamos a profundizar hoy sobre ese «dejarse llevar» de Jesús por la Voluntad de su Padre. 

De octubre a diciembre de 2019 escribimos doce posts sobre «Vivir en la Voluntad de Dios». Se puede ver, por ejemplo, el quinto, en el que comenzamos a estudiar este tema en el mensaje de Luisa Piccarreta.  

Romano Guardini (1885-1968) escribió un librito, titulado «Jesucristo» en el que dedica un capítulo a este tema: «La voluntad del Padre». 

«Una visita profunda al interior de Cristo se nos abre, si partimos de lo que en su vida significa la voluntad del Padre» (R. Guardini, Jesucristo, ed. Cristiandad, Madrid 1965, p. 71).

Desde niño, cuando sus padres lo buscan en el Templo y le preguntan la razón de su conducta, Él contesta: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es preciso que yo esté en lo de mi Padre?» (Lc 2, 49).

Más adelante, como hemos visto, el Espíritu lo empuja al desierto. Y comenta Guaridini: 

«Viene sobre Él violencia, luz, ímpetu, entusiasmo. También esta violencia es voluntad del Padre; pero es violencia del Pneuma, del Espíritu, amor del Padre. Creemos encontrar otra vez lo inaudito, que impresionaba a un Elías, a un Eliseo, Habacuc, Daniel, y hacía de las figuras humanas instrumentos de Dios» (Ibidem, p. 72).

«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió» (Jn 4, 34). Los hombres somos seres hambrientos de una plenitud que nos sacie eternamente. El hambre de Jesús es cumplir la voluntad del Padre que íntimamente lo acucia. 

La voluntad del Padre «es como un torrente de vida que viene del Padre a Cristo. Una corriente de sangre, de la que Él vive (…). El que está dispuesto a hacer la voluntad del Padre entra en esa corriente, y la voluntad del Padre es en él como un latido del corazón del mismo Padre, y se halla en una unidad de vida con Cristo más real, más profunda, más fuerte que la que tuvo Él con su madre» (ibídem, p. 73).

Su madre y sus hermanos son los que hacen la voluntad de su Padre (cfr. Mc 3, 31 ss). 

Para Jesucristo la voluntad de su Padre es preciosa. Es lo sumo. No se cansa de pedir a sus discípulos que estén solícitos por ella. Lo recomienda en el padrenuestro, que ha de expresarse en toda nuestra vida. 

La voluntad del Padre, en Cristo, no es violencia. Habla a Jesús y es por Él libremente aceptada. «Yo hago siempre su agrado» (Jn 8, 29), dice Jesús. Guardini comenta: 

«Esto nos permite echar una mirada profunda al interior de Jesús. La voluntad del Padre es el núcleo de que Él vive. La voluntad del Padre es lo que lo impulsa, lo sostiene y guía, la fuente de donde brota, como por necesidad, cada una de sus acciones. Es la gran fuerza pneumática que lo llena y guía. La voluntad del Padre es, en Jesús, el mandato vivo que hace de Él un enviado; y todo lo que hace recibe de ahí sentido y unidad. La voluntad de Dios es la comida que sacia el hambre de su ser. Es la corriente de vida que le hace latir y en la que es recibido todo el que se conforma a esta misma voluntad de Dios. Esta voluntad es lo más precioso, objeto de la más profunda y delicada solicitud. Pero todo esto sin conjuro, sin violencia, sin dominio inerte, sino llamada de persona a persona, libremente aceptada y realizada» (ibídem, pp. 74-75).

Toda la vida de Cristo es vivir la voluntad del Padre. Pero, justamente, por no hacer su voluntad sino la del Padre, cumple lo más profundamente propio. Y Guardini añade: 

«Esto tiene un nombre: se llama amor (…). Algo que nos habla desde fuera sólo puede recibirse en el interior propio, en el corazón, en el espíritu, cuando es el amor» (ibídem, p. 75).

Es el diálogo eterno, íntimo, entre el Padre y el Hijo. Es la oración de Cristo. Por eso la oración es la principal obra de penitencia y en esta Cuaresma haremos bien en poner nuestro mayor empeño en ser «almas de oración», «almas contemplativas». 

   

viernes, 12 de febrero de 2021

Reconocerse pecador

Pasado mañana celebraremos el 6º domingo del tiempo ordinario que, además, es el 3º de San José. Y, en la semana siguiente, el Miércoles de Ceniza. Tenemos, por tanto, pocos días de preparación para la Cuaresma.

Murillo, El retorno del hijo pródigo

Las tres celebraciones se pueden unir, de modo que, en estos próximos días, tengamos algunos temas importantes que meditar personalmente. 

Uno de ellos es la «lepra del pecado» (cfr. 1ª Lectura y Evangelio de la Misa del domingo). Jesucristo es el Salvador (nombre que se le puso a los ocho días de nacido, que es lo que nos recuerda el Tercer Domingo de San José), que derramó su sangre para redimirnos del pecado, y la muerte segunda. Desde el comienzo de la Cuaresma, muchas veces leeremos textos de la Sagrada Escritura y del tesoro de la liturgia de la Iglesia, que nos hablen del pecado y nos animen a no perder su sentido. 

Se puede decir que en los últimos cien años, se ha ido perdiendo el sentido del pecado; no sólo en el mundo, sino también en la Iglesia. Recuerdo que a principios de la década de los noventa, en una reunión de sacerdotes, tocamos este tema. Yo, quizá ingenuamente, dije que el pecado es, ante todo, una ofensa a Dios. Entonces, uno de los sacerdotes de más prestigio, que tenía un doctorado en teología moral por la Universidad Gregoriana de Roma, me respondió que ese concepto de pecado estaba superado y que, según la Sagrada Escritura, el pecado es «no dar en el blanco». Eso es lo que significa hamartia, la palabra griega para designar al pecado. 

Esta anécdota es un ejemplo de cómo, especialmente después del Concilio Vaticano II, se ha ido perdiendo más y más el sentido verdadero del pecado. Nadie niega que es un «no dar en el blanco», pero es mucho más que eso. Sólo se entiende el pecado cuando vemos a Cristo en su Pasión y en su Muerte en la Cruz. Hasta eso llegó el Amor del Padre para salvar a los hombres: entregar a su propio Hijo a la muerte, y una muerte de Cruz. 

Las heridas de Cristo las hemos causado nosotros con nuestros pecados. Cada uno de nosotros estábamos presentes en la Vía Dolorosa: con nuestro deseo de consolar al Señor, pero también con nuestros pecados. 

Es muy provechoso considerar que el pecado no existe sólo en los grandes pecadores de la humanidad, causantes de genocidios, sino también en nosotros, que parecemos quizá buenas personas, pero que, a lo largo de nuestra vida, hemos preferido hacer nuestra voluntad, y no lo que Dios nos pedía. 

Se suele decir de los santos que, cuanto mas santos, más pecadores se supieron. Por ejemplo, San Josemaría Escrivá decía muchas veces al final de su vida: «Me doy cuenta de que soy un pecador, un gran pecador que ama con toda su alma a Jesucristo» (citado por Ernesto Juliá, En las manos de Dios. Última meditación de Josemaría Escrivá, Ed. Cristiandad, Madrid 2020, p. 126). Y, en un momento de su vida, había previsto que el epitafio en su sepultura dijera: «Josemaría, peccator».  

El 5 de mayo de 1974, decía lo siguiente: 

«Ser santo es saberse pecador. Padre, ¿y su vida? ¿La mía? Os lo voy a contar en un momento: la vida es hacer todos los días, muchas veces al día, de hijo pródigo. ¡Volver! Volver, volver, volver… No me canso de hacer de hijo pródigo y Dios no se cansa de mí, aunque debería estar hasta la coronilla, como se dice en castellano» (Ibidem., p. 126).

Y el 14 de junio:

«Cada día tengo que hacer, no una vez sino muchas, el papel de hijo pródigo. Tengo que ir a Dios con el corazón —en este momento voy— y le digo: Señor, ayúdame, no he sabido portarme como debiera» (Ibidem.).

La Cuaresma es un Tiempo de Gracia en el cual podremos meditar frecuentemente la Pasión del Señor, por ejemplo, a través de los Cinco Misterios Dolorosos del Rosario o del Via Crucis. Así aprenderemos a estar junto a Jesús y a acompañarle en esos momentos de dolor uniéndonos estrechamente a sus cinco llagas.

Terminamos con unas palabras de la última meditación que dirigió san Josemaría Escrivá a sus hijos, en Roma, el 27 de marzo de 1975, en la víspera del 50º aniversario de su ordenación sacerdotal. Faltaban tres meses para su fallecimiento. Era un Jueves Santo: 

«Trato de llegar a la Trinidad del Cielo por esa otra trinidad de la tierra: Jesús, María y José. Está como más asequible. Jesús, que perfectus Deus, perfectus Homo. María, que es una mujer, la más pura criatura, la más grande; más que Ella sólo Dios. Y José, que está inmediato a María: limpio, varonil, prudente, entero. ¡Oh, Dios mío! ¡Qué modelos! Sólo con mirar, entran ganas de morirse de pena: porque, Señor, me he portado tan mal… No he sabido acomodarme a las circunstancias, divinizarme. Y Tú me dabas los medios: y me los das, y me los seguirás dando… Que a lo divino hemos de vivir humanamente en la tierra» (Ibidem. p. 139).  


viernes, 15 de enero de 2021

Jesús llama a los primeros discípulos

 En la entrada anterior reflexionábamos sobre el valor de las revelaciones privadas. Es tan pernicioso aceptarlas como si fuera “obligatorio” creerlas como si fueran parte de la revelación sobrenatural, con fe divina; como rechazarlas sistemáticamente y no interesarse por ninguna de ellas, como si fueran algo “superfluo” que se puede dejar a un lado con toda tranquilidad. Dios ha querido que las revelaciones privadas ayuden a muchas personas a lo largo de los siglos. Son voces divinas que no podemos despreciar.

María Valtorta (1897-1961)

Hace una semana, un grupo de unas 30 personas, tuvimos una reunión por zoom con Marga, de la cual hemos hablado en este blog, y trasmitido los mensajes que ha recibido del Señor y de María escritos en sus cuatro libros (ver la página vdcj). Hacia el final, ella nos recomendó que leyéramos los libros de María Valtorta (1897-1961), mística italiana, autora de “El Evangelio como me ha sido revelado”, en el que se detiene en el relato de toda la vida de Jesús. Esta obra fue dictada por el mismo Jesús, el Espíritu Santo, María y su Ángel a la Guarda (llamado “Azarías”). En febrero de 2002, el Obispo canadiense Mons. Roman Danylak (+2012) aprobó y recomendó esta obra concediéndole el Nihil Obstat y el Imprimatur.

Debo confesar que nunca había leído nada de María Valtorta, pero el consejo de Marga me animó a escribir este post, precisamente sobre el pasaje que leeremos en Evangelio de este próximo domingo, el Segundo del Tiempo Ordinario, que se centra en la llamada de Jesús a sus primeros discípulos. La escena tiene lugar en el vado del Jordán. Jesús ha vuelto de sus 40 días de ayuno y penitencia en el desierto. Los primeros en encontrarle son los hijos del Zebedeo, Juan y Santiago (no Juan y Andrés, como aparece en el Evangelio de Juan: ver más adelante la explicación que le da el mismo Señor a María Valtorta). Se recoge parte del relato. Las negritas son nuestras.    

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Veo a Jesús que camina a lo largo de la faja verde que sigue el curso del Jordán. Ha vuelto, aproximadamente, al lugar que vio su bautismo, cerca del vado que parece ser muy conocido y frecuentado, por ser el paso a la otra margen, en dirección a Perea. El lugar que antes estaba lleno de gente, se ve ahora desierto. Solo algún viandante, a pie o montado en asnos o caballos, lo recorre. Jesús parece no darse cuenta de ello. Continúa por su camino subiendo hacia el norte, como absorto en sus pensamientos. Cuando llega a la altura del vado, se cruza con un grupo de hombres de distintas edades que discuten acaloradamente entre ellos y luego se separan, dirigiéndose unos hacia el sur y otros al norte. Entre los que se dirigen hacia el norte veo a Juan y a Santiago.

Juan es el primero en ver a Jesús y lo señala a su hermano y acompañantes. Hablan entre sí un poco, y luego Juan se echa a andar de prisa para alcanzar a Jesús. Santiago le sigue más despacio. Los demás no hacen mayor caso; continúan caminando lentamente y discutiendo. Juan, cuando llega a no más de unos dos o tres metros detrás de Jesús, grita: “¡Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo!”. Jesús se vuelve y le mira. Ambos se encuentran a pocos pasos el uno del otro. Se miran. Jesús con su mirada seria e indagadora; Juan con sus ojos puros y sonrientes en esa cara juvenil como de niña. Puede tener más o menos unos veinte años, y en sus mejillas sonrosadas no hay más signos que el de una pelusa rubia que parece un velo de oro. Jesús pregunta: “¿A quién buscas?”Juan: “A Ti, Maestro”. Jesús: “¿Cómo sabes que soy Maestro?”. Juan: “Me lo ha dicho el Bautista”. Jesús: “Y entonces ¿por qué me llamas Cordero?”. Juan: “Porque así te llamó cuando Tú pasabas, hace poco más de un mes”. Jesús: “¿Para qué me quieres?”Juan: “Para que nos digas palabras de vida eterna y nos consueles”. Jesús: “Pero… ¿quién eres?”. Juan: “Soy Juan de Zebedeo y éste es mi hermano Santiago. Somos de Galilea, pescadores y discípulos de Juan. Él nos decía palabras de vida y nosotros le escuchábamos, porque queremos encontrar a Dios y, con la penitencia, merecer su perdón, preparando así los caminos del corazón para cuando llegue el Mesías. Tú lo eres, Juan lo dijo porque vio el signo de la Paloma posarse sobre Ti y fue cuando dijo: «He aquí el Cordero de Dios». Y yo te digo: Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, danos la paz porque no tenemos quien nos guíe y nuestra alma está turbada”.

“Jesús les pregunta: “¿Dónde está Juan?”. Juan: “Herodes le ha apresado. Está en la prisión de Maqueronte. Los más fieles de entre los suyos han tratado de liberarle, pero no han podido. De allí venimos.

“Permítenos quedarnos contigo, Maestro. Muéstranos dónde vives”Jesús: “Venid. Pero ¿sabéis qué cosa pedís? Quien me sigue tendrá que dejar todo: casa, padresmodo de pensar y también de vida. Yo os haré mis discípulos y amigos, si queréis. Pero no tengo riquezas ni modo de protegeros. Soy y seré pobre hasta no tener dónde reclinar la cabeza y lo seré aún más; más perseguido que una oveja perdida, por los lobos. Mi doctrina es todavía más severa que la de Juan, porque prohíbe incluso el resentimiento. No se dirige tanto hacia lo externo cuanto hacia el espíritu. Tendréis que renacer si queréis ser míos. ¿Lo queréis hacer?”. Juan: “Sí, Maestro, Tú solo tienes palabras que nos dan luz y, para nosotros que vamos sin guía, entre tinieblas y desolación, nos dan una claridad como de sol”. Jesús: “Venid, pues, y vayamos. Os adoctrinaré por el camino” (Escrito el 25 de Febrero de 1944).

“Con motivo de esta visión [meses después de la anterior], Jesús me dijo: “Quiero que tú y todos vosotros reparéis en la conducta de Juan, en algo que no siempre se pone atención. Le admiráis por puro, amoroso, fiel, pero no caéis en la cuenta de cuán grande fue en la humildad. Él, primer artífice de que Pedro viniera a Mí, modestamente, calla este detalle. El apóstol de Pedro y, por lo tanto, el primero de mis apóstoles fue Juan; primero en reconocerme, el primero en hablarme, el primero en seguirme y el primero en predicarme. Con todo ved que dice: «Andrés, el hermano de Simón, era uno de los que habían oído las palabras de Juan (el Bautista) y que habían seguido a Jesús. El primero a quien encontró fue a su hermano Simón, a quien dijo‘Hemos encontrado al Mesías’ y le llevó a Jesús» (Jn 1, 40-42).

Justo, además de bueno, sabe que Andrés se angustia por tener un carácter tímido y cerrado, sabe que querría hacer muchas cosas pero que no logra hacerlas, y desea para él, en la posteridad, el reconocimiento de su buena voluntad. Quiere que aparezca Andrés como el primer discípulo de Cristo respecto a Simón no obstante su timidez y su dependencia respecto a su hermano, que no fueron obstáculo en nada para ser el apóstol de su hermano” (Escrito el 13 de Octubre de 1944).

El relato completo se puede ver en: María Valtorta. Difusión de la obra.

  

sábado, 26 de septiembre de 2020

Los sentimientos de Cristo

 Las lecturas del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario se centran en la importancia del arrepentimiento (1ª Lectura y Evangelio), que implica aprender a humillarse, siguiendo el ejemplo del Señor (2ª Lectura).

"Cristo con la Cruz a cuestas", de Tiziano (1565-1560)

«Cuando el pecador se arrepiente del mal que hizo y practica la rectitud y la justicia, él mismo salva su vida» (cfr. Ez 18, 25-28). Dios es misericordioso, lento para la ira y rico en perdón; pero es necesario el arrepentimiento del pecador. Es lo único que nos pide: que nos arrepintamos de modo sincero. ¿Qué es el arrepentimiento? Se suele utilizar la palabra “contrición” para indicar un arrepentimiento auténtico, con dolor de los pecados, por amor; es decir, con la conciencia de que hemos ofendido al Amor y deseamos reparar nuestro desamor con un acto de amor sincero. La contrición se define, en latín, como “compunctio cordis”. Es como si “puncionáramos” nuestro corazón para manifestar así cuánto nos duele haber pecado.

La parábola de los dos hijos, que nos presenta san Mateo en su evangelio, también nos habla del arrepentimiento; en este caso del hijo menor que, cuando es llamado por su padre a trabajar en la viña, «le respondió: ‘No quiero ir’, pero se arrepintió y fue» (cfr. Mt 21, 28-32). El Papa Francisco dijo en una de sus audiencias: «Una vez oí una bella frase: 'No hay santo sin pasado ni pecador sin futuro'. (...). El poder salvador de Dios no conoce enfermedades que no puedan ser curadas» (13 de abril de 2016). San Josemaría Escrivá solía decir que no hay ningún santo que no pueda convertirse en pecador, ni ningún pecador que pueda convertirse un gran santo. No bastan las buenas intenciones, como le sucedía al hijo mayor de la parábola. Hay que perseverar en el bien o, si estamos en el pecado, arrepentirse. En realidad, todos somos pecadores. Como decía el mismo san Josemaría: “soy un pecador que ama con locura a Jesucristo”.

El arrepentimiento auténtico supone el deseo sincero de conversión; lo que llamamos “propósito de enmienda”: decidirse a no volver a pecar: «me levantaré, e iré a mi Padre, y le diré: padre he pecado contra el cielo y contra ti» (Lc 15 18). Los “sentimientos de Cristo” de los que habla san Pablo a los Filipenses, son de humildad, de aceptación de la voluntad de Dios, de amor a la Cruz, de disposición de morir por los hermanos… (cfr. Fil 2, 1-11). Así imitamos a Cristo, con un corazón contrito y humillado que Dios nunca desprecia (cfr. Salmo 51), como el de María, la Inmaculada, que llora por los pecados de sus hijos.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Amor a nuestra Patria

 Hoy, todos los mexicanos celebramos la fiesta de nuestra Independencia. Es un día, por lo tanto, para rezar por nuestra Patria. El nacionalismo, es decir, el amor a la propia patria exclusivo y excluyente de las demás, no es agradable a Dios. Pero el amor recto a la patria, es parte del cuarto mandamiento de la Ley de Dios.


Recordemos lo que dice, al respecto, el Catecismo de la Iglesia Católica: “Deber de los ciudadanos es contribuir con la autoridad civil al bien de la sociedad en un espíritu de verdad, justicia, solidaridad y libertad. El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad. La sumisión a las autoridades legítimas y el servicio del bien común exigen de los ciudadanos que cumplan con su responsabilidad en la vida de la comunidad política” (n. 2239).

Toda la doctrina social de la Iglesia siempre nos ha recordado estos principios, de una manera u otra. Por ejemplo, San Pio X los enseñaba con las siguientes palabras: “Si el Catolicismo fuera un enemigo de la Patria, no sería una religión divina. La Patria es un nombre que trae a nuestra memoria los recuerdos más queridos, y bien sea porque llevamos la misma sangre que aquellos nacidos en nuestro propio suelo, o bien debido a la aún más noble semejanza de afectos y tradiciones, nuestra Patria es no sólo digna de amor, sino de predilección. Sentimos, pues, veneración por la Patria, que en suave unión con la Iglesia contribuye al verdadero bienestar de la Humanidad. Y ésta es la razón porqué los auténticos caudillos, campeones y salvadores de un país han surgido siempre de entre las filas de los mejores católicos” (San Pío X, Discurso, 20 de Abril de 1909).

El mayor bien que podemos hacer a nuestros compatriotas es vivir bien el Mandamiento del Amor ente nosotros, que empieza por practicarlo con quienes tenemos más cerca: nuestra familia. La familia es la célula central de la sociedad. Si todas las familias mexicanas viviéramos la caridad como nos lo enseña San Pablo en el llamado “Himno a la Caridad” (cfr. 1 Cor 12, 31 – 13, 13), haríamos realidad el ideal de concordia, unidad y verdadera fraternidad en nuestra patria. Una manera de comprenderlo mejor es volver a leer y a meditar la explicación que nos ofrece el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica Amoris Laetitia (cfr. Capítulo 4°). Hoy, especialmente, nos encomendamos a Nuestra Señora de Guadalupe, Reina de México: ¡salva nuestra patria, y conserva nuestra fe!

viernes, 4 de septiembre de 2020

El añejo es mejor

En el año 50 d.C., Corinto era una ciudad portuaria y cosmopolita. En su segundo viaje apostólico, San Pablo se encuentra con numerosas dificultades para evangelizar a sus habitantes, por su paganismo y relajamiento moral. Además, los judíos de la ciudad también lo habían rechazado. «Una noche el Señor le dijo a Pablo en una visión: “No tengas miedo, sigue hablando y no calles, pues en esta ciudad me he reservado un pueblo numeroso. Yo estoy contigo y nadie podrá hacerte daño”. Pablo siguió enseñando entre ellos la Palabra de Dios, y permaneció allí un año y seis meses» (Hechos 18, 9-11).

Vino añejo | Vino, Vinos, Imagenes para estados

No es de extrañar, por tanto, que años más tarde, cuando el apóstol les envíe su primera epístola (de 54 a 57 d.C), insista en no ser “carnales” sino “espirituales” (cfr. 1 Cor 3, 1-19), y a no tenerse por sabios según los criterios del mundo, porque la sabiduría de este mundo es ignorancia ante Dios. El que quiera ser verdaderamente sabio, que se haga ignorante, les dice (cfr. 1 Cor 3, 18-23). Ya entendemos que San Pablo utiliza la retórica en este tipo de frases. Lo que realmente quiere decirles es que hay una sabiduría que muchas veces los mundanos no comprenden, porque les parece inútil. En nuestra era tecnológica parece que lo que realmente importa es “lo útil”, lo que se puede medir y contar. Todos estamos inclinados a valorar, antes que nada, la eficacia de la acción.

En cambio, hay valores que nos cuesta entender: la adoración, la humildad, la caridad con todos, el servicio desinteresado, la amabilidad sin hacer distinción de personas, el sacrificio escondido y silencioso, la alegría del saberse hijo de Dios… Todas estas actitudes, profundamente cristianas, son con frecuencia despreciadas e infravaloradas en nuestro mundo. Pero en ellas está la verdadera sabiduría que San Pablo trata de enseñar a los ciudadanos de Corinto: “El mundo, la vida y la muerte, lo presente y lo futuro: todo es de ustedes; ustedes son de Cristo, y Cristo es de Dios” (1 Cor 3, 23).

Ante el temor del fracaso, del trabajo infructuoso, de las contrariedades de la vida, Jesús dice a San Pedro: “Lleva la barca mar adentro y echen sus redes para pescar”. Jesús quiere darnos de beber el “vino añejo” del Amor de Dios (cfr. Lc 5, 39). Y, metidos en esas profundidades, podremos echar nuestras redes para la pesca, como “servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (cfr. 1 Cor 4, 1), sin juzgar a nadie antes de tiempo pues el Señor es quien habrá de juzgarnos y pondrá al descubierto las intenciones del corazón (cfr. 1 Cor 4, 1-5). María, “asiento de la Sabiduría” nos enseñara a ir “mar adentro”. 

martes, 11 de agosto de 2020

La predilección de Jesús por los pequeños

 Las palabras de Dios son dulces como la miel (cfr. Ez 2,8 - 3,4). Son nuestro alimento espiritual diario. El Señor nos pide no ser hijos rebeldes, sino dóciles. Como un niño que acepta sin protestar la comida que le dan sus padres.

Fresco de Santa Clara y las hermanas clarisas, Iglesia de San Damián

Nosotros no somos niños, pero sí podemos ser “los pequeños” del Evangelio. ¿Quiénes son los pequeños del Reino, de los que habla Jesús? Los pobres, los enfermos, los pecadores, los niños, los débiles, los humildes, los sencillos. Los pequeños son quienes caen, pero vuelven a levantarse, con la gracia de Dios.

La escritora Hellen Keller (1880-1968), que de los 19 meses de edad no podía ver ni oír, refería estas palabras de Anne Sullivan, su institutriz: «“Pase lo que pase —solía decirme—, siempre comienza de nuevo. Cada vez que fracases, vuelve a comenzar, y así te fortalecerás hasta alcanzar tu propósito. Quizá no sea el que te habías propuesto en un principio, pero el que logres alcanzar te colmará de satisfacción”. ¿Y quién podrá contar las innumerables veces que ella intentó hacer algo por mí y fracasó y, al fin, triunfó?» (Selecciones, julio de 1956).

Los pequeños se saben débiles. No buscan sobresalir porque saben que no pueden hacer nada por sí mismos, y se contentan con lo que se les da: les basta el Don de Dios. No se sienten con derechos, sino insignificantes.

Pero, los que son verdaderamente pequeños, según el Evangelio, también son fuertes, con una fortaleza que es prestada. Es de Dios. Se sienten responsables de la misión recibida y se esfuerzan por ser fieles a ella, pero porque están seguros de que el Señor siempre está a su lado. Son instrumentos de su gracia.

No les importa valer poco, saberse pobres vasijas de barro que llevan grandes tesoros (cfr. 2 Cor 4, 7), pues somos hijos de Dios; aunque seamos pecadores que vivimos entre pecadores, luchamos por no serlo. Confiamos en la infinita misericordia de Dios que nos trata como niños pequeños; como la oveja perdida a la que busca con solicitud. Lo único que el Señor desea es que confiemos en Él y tratemos de vivir cómo Él nos pide: que cada uno permanezca en la vocación en la que ha sido llamado (cfr. 1 Cor 7, 20).

 Jesús tiene predilección por los pequeños: “el Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños” (Mt 18, 14). Esos mismos sentimientos los tuvieron los santos, como Santa Clara de Asís (1194-1253).

domingo, 9 de agosto de 2020

El murmullo de una suave brisa

En la liturgia dominical siempre hay una relación, que la Iglesia nos invita a descubrir, entre el contenido de la Primera Lectura y el del Evangelio. En los textos del XIX domingo del tiempo ordinario podemos fijarnos particularmente en el modo de actuar de Dios: suave, delicado, silencioso.

La Primera Lectura (cfr. 1 Re 19, 9. 11-13) nos presenta al profeta Elías en el Monte Horeb, el mismo en el que Yahvé entregó las tablas de la Ley a Moisés. En esta ocasión, Dios no se manifiesta mediante un viento huracanado, un terremoto o un fuego abrasador), sino mediante el murmullo de una suave brisa.

En el Evangelio (Mt 14, 22-33) presenciamos el episodio de un fuerte viento, que Jesús calma con su presencia, en el mar de Galilea. Al principio las olas sacudían la barca de Pedro. Pero, al final, en cuanto Jesús y Pedro subieron a la barca, el viento cesó. En otra ocasión parecida, Jesús había calmado una tempestad. Mateo señala que “puesto en pie, increpó a los vientos y al mar y sobrevino una gran calma”; “facta est tranquilitas magna” (Mt 8, 26). El Señor, a veces (como ahora, por ejemplo), permite que el mundo experimente un fuerte oleaje; una fuerte sacudida de viento. Pero nuestra mirada, sin dejar de ser muy realista, ha de dirigirse hacia la época de paz y alegría que todos esperamos (cfr. este artículo del 7 de agosto, en el que Mark Mallett explica bien quiénes son los verdaderos y los falsos profetas de nuestro tiempo).   

Jesús ama el silencio. Prefiere lo normal, la sencillez, la paz y la serenidad. Le gusta, también, pasar oculto, no hacerse notar. Después de la Transfiguración pide a Pedro, Santiago y Juan, que no digan a nadie lo que han visto, hasta después de que haya resucitado (cfr. Mt 17, 9).

El Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo, es también muy amante del reposo y la quietud. Actúa suavemente para que nosotros descubramos su acción y libremente la acojamos. No quiere imponerse. El Beato Álvaro del Portillo (1914-1994) hace notar que «la actividad del Espíritu Santo pasa inadvertida. Es como el rocío que empapa la tierra y la torna fecunda, como la brisa que refresca el rostro, como la lumbre que irradia su calor en la casa, como el aire que respiramos casi sin darnos cuenta» (Rezar con Álvaro del Portillo, Carta pastoral de mayo de 1986).

La Madre Teresa de Calcuta, canonizada por el Papa Francisco el 5 de septiembre de 2016, valoraba especialmente el silencio como fuente de la que manan abundantes frutos: «El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz».

«¡Cómo sería la mirada alegre de Jesús!: la misma que brillaría en los ojos de su Madre, que no puede contener su alegría…» (San Josemaría, Surco 95).

jueves, 30 de julio de 2020

Vasijas de barro

«Esto es lo que el Señor me dijo: “Jeremías, ve a la casa del alfarero y ahí te haré oír mis palabras (…). Como está el barro en las manos del alfarero, así ustedes, casa de Israel, están en mis manos» (cfr. Jer 18, 1-6).

La cerámica de egipto y al-andalus - FUNCI - Fundación de Cultura ...
Vasija de barro egipcia

Con frecuencia el Señor da lecciones a Jeremías mediante imágenes. El profeta no habla. Sólo mira y meditaLos hombres somos barro en manos del Alfarero divino, que nos modela como Él quiere (cfr. Gen 2, 7). Jesucristo es el Modelo. El Espíritu Santo, el Modelador. Y quiere depositar en esta vasijas de barro un Tesoro divino (cfr. 2 Cor 4, 7). Pero  cuenta nuestra docilidad. Los judíos, en tiempo de Jeremías, no lo eran. Orgullosos, inflexibles, eran incapaces de dejarse guiar y transformar por el amor de Dios. No eran humildes y sencillos. Confiaban demasiado en sus propias fuerzas. No escuchaban la voz de Dios. El secreto de la santidad es ser dóciles a las mociones del Espíritu: escuchar su voz y tener fe. Es un abandono activo. El Señor nos pide negociar mientras vuelve (cfr. Lc 19, 13), pero sobre una base de confianza total en Él.

Hay otras imágenes que emplea el Señor para darnos a entender el gran peligro de la soberbia. Hace poco meditábamos la parábola del sembrador (cfr. Mt 13 3, 9)) El terreno menos apto para que crezca la semilla es el camino duro. Los demás terrenos (el pedregoso y el que está lleno de malas hierbas) al menos dejan penetrar la semilla. El terreno duro del camino la rechaza por completo. Así son los corazones empedernidos, indiferentes, endurecidos por la rutina y el desamor.

Ese endurecimiento se debe al amor propio, que es el origen de todos los pecados. ¡Qué importante es desprenderse del propio yo! Es nuestro mayor enemigo.   

En cambio, ser barro moldeable en las manos del Señor; desear vivir en su Voluntad; estar dispuestos a que Él vaya guiándonos en el camino de nuestra vida a través de su Providencia, ¡qué gozo y qué alegría!

La época de la pandemia nos hace más conscientes de nuestra vulnerabilidad, de nuestras limitaciones. Es el momento de abandonarnos más en Dios y escuchar su voz a través de la oración, para descubrir que espera de nosotros, para poder servir más y mejor a nuestros hermanos; sin orgullo, con capacidad de adaptarnos a sus necesidades, como lo haría Nuestra Señora, ejemplo de humildad y docilidad a la gracia de Dios.

sábado, 28 de septiembre de 2019

La conquista de la vida eterna


San Pablo, en su Primera Carta a su joven discípulo Timoteo, lo anima con palabras vibrantes: “Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna, a la que fuiste llamado y que tú profesaste noblemente delante de muchos testigos” (1 Tim 6, 12).  

Los tres arcángeles con Tobías, 1470, Francesco Botticini


Este texto, que leeremos mañana en la 2ª Lectura de la Misa del 26° Domingo del Tiempo Ordinario, nos da pie para comenzar nuestra reflexión de este sábado.

¡La vida eterna! El Papa Benedicto, en su Encíclica Spe Salvi, nos recuerda las tres preguntas que hacía el sacerdote a las puertas de la Iglesia a los padres y padrinos que acompañaban al niño que iba a recibir el Bautismo.

“El sacerdote preguntaba ante todo a los padres qué nombre habían elegido para el niño, y continuaba después con la pregunta: "¿Qué pedís a la Iglesia?". Se respondía: "La fe". Y "¿Qué te da la fe?". "La vida eterna". Según este diálogo, los padres buscaban para el niño la entrada en la fe, la comunión con los creyentes, porque veían en la fe la llave para "la vida eterna" (Encíclica Spe Salvi, 10)”.  

Pero ¿qué es la vida eterna? En el Evangelio de la Misa Jesús nos habla de ella en la parábola del “rico epulón”. Aquel hombre vestía de púrpura y lino finísimo y banqueteaba espléndidamente, pero no se fijaba en Lázaro, un pobre mendigo que buscaba las migajas debajo de su mesa, porque no tenía que comer.

“Y sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue enterrado [en el infierno]” (Lc 16, 22).  

En el Antiguo Testamento muchos buenos israelitas creían en el “seno de Abraham” (no así los saduceos), como un lugar al que iban las almas de los justos. Es decir, creían en otra vida después de la muerte. Jesús confirma esta verdad muchas veces durante su vida, especialmente al hablarnos de su resurrección y de cómo nosotros participaremos también en ella.  

“No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros” (Jn 14, 1-3).

San Agustín, en su a carta a Proba, una viuda romana, escribió que, en el fondo sólo queremos una cosa, la vida feliz: "felicidad". Sin embargo, más adelante rectifica y dice que, realmente, no sabemos en absoluto lo que deseamos, lo que quisiéramos concretamente.

“Desconocemos del todo esta realidad; incluso en aquellos momentos en que nos parece tocarla con la mano no la alcanzamos realmente. "No sabemos pedir lo que nos conviene ", reconoce con una expresión de san Pablo (Rm 8, 26). Lo único que sabemos es que no es esto. Sin embargo, en este no-saber sabemos que esta realidad tiene que existir. "Así, pues, hay en nosotros, por decirlo de alguna manera, una sabia ignorancia (docta ignorantia)", escribe. No sabemos lo que queremos realmente; no conocemos esta "verdadera vida" y, sin embargo, sabemos que debe existir un algo que no conocemos y hacia el cual nos sentimos impulsados” (Encíclica Spe Salvi, 11).

Esa realidad desconocida es la verdadera esperanza de haber sido llamados, por la fe, a participar de la vida de Dios, la eternidad, que no es un continuo sucederse de días del calendario.

“Sino como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad. Sería el momento del sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el tempo -el antes y el después- ya no existe. Podemos únicamente tratar de pensar que este momento es la vida en sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría. En el Evangelio de Juan, Jesús lo expresa así: " Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría " (Jn 16, 22). Tenemos que pensar en esta línea si queremos entender el objetivo de la esperanza cristiana, qué es lo que esperamos de la fe, de nuestro ser con Cristo” (Encíclica Spe Salvi, 12).

La fe nos da la vida eterna, pero la fe verdadera, la de los pequeños: la fe de los humildes.

El 11 de octubre de 2010, durante la Congregación General de la Asamblea Especial para Oriente Medio del Sínodo de los Obispos, Benedicto XVI comentaba el Salmo 81 que menciona la caída de los dioses (ver texto completo).

“En este Salmo, en una gran concentración, en una visión profética, se ve la pérdida de poder de esos dioses. Los que parecían dioses no son dioses y pierden el carácter divino, caen a tierra. Dii estis et moriemini sicut nomine (cfr Sal 81, 6-7): la pérdida de poder, la caída de las divinidades” (Benedicto XVI, 11-X-2010).

Y dice que este proceso, que cuesta la sangre de los mártires,  continuará hasta el final del tiempo, como señala el capítulo XII del Apocalipsis. También hoy presenciamos la caída de los ídolos, de los poderes anónimos que esclavizan al hombre, de las ideologías, de la droga del terrorismo, de los ataques contra la vida y la castidad: son divinidades falsas, que deben ser desenmascaradas, que no son Dios.

“Estas ideologías que dominan que se imponen con fuerza, son divinidades. Y en el dolor de los santos, en el dolor de los creyentes, de la Madre Iglesia de la cual somos parte, deben caer estas divinidades, debe realizarse cuanto dicen las Cartas a los Colosenses y a los Efesios: las dominaciones, los poderes, caen y se convierten en súbditos del único Señor Jesucristo. De esta lucha en la que estamos, de esta pérdida de poder de los dioses, de esta caída de los falsos dioses, que caen porque no son divinidades, sino poderes que destruyen el mundo, habla el Apocalipsis en el capítulo 12, también con una imagen misteriosa, para la cual, me parece, hay con todo distintas interpretaciones bellas” (Ibidem).

Se refiere el Papa a la imagen del dragón que vomita un gran río de agua contra la Mujer, que huye, para arrastrarla. Parece inevitable que la Mujer (La Virgen, la Iglesia) sea ahogada.

“Pero la buena tierra absorbe este río y éste no puede hacer daño. Yo creo que el río es fácilmente interpretable: son estas corrientes que dominan a todos y que quieren hacer desaparecer la fe de la Iglesia, la cual ya no parece tener sitio ante la fuerza de estas corrientes que se imponen como la única racionalidad, como la única forma de vivir. Y la tierra que absorbe estas corrientes es la fe de los sencillos, que no se deja arrastrar por estos ríos y salva a la Madre y al Hijo. Por ello el Salmo dice – el primer salmo de la Hora Media – que la fe de los sencillos es la verdadera sabiduría (cfr. Sal 118, 130). Esta sabiduría verdadera de la fe sencilla, que no se deja devorar por las aguas, es la fuerza de la Iglesia. Y volvemos otra vez al misterio mariano” (Ibidem).

La fe de los sencillos es la verdadera sabiduría, que nos lleva a la vida eterna. Es la fe de las oraciones fervorosas de petición (especialmente el Santo Rosario); la fe en la Palabra acogida con amor en el corazón; la fe en la frecuencia de Sacramentos (Confesión, Eucaristía…); la fe de la misericordia y la caridad vividas habitualmente con todos nuestros hermanos…

Podemos terminar nuestra reflexión acudiendo a los Tres Arcángeles —Miguel, Gabriel y Rafael— para que nos protejan contra las asechanzas del dragón y sus ideologías; y a María, la Mujer del Apocalipsis, que vemos particularmente en la imagen de Nuestra Señor de Guadalupe: la “mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Apoc 12, 1).   


sábado, 21 de septiembre de 2019

La pobreza cristiana


Como todos los domingos, la Liturgia de la Palabra del Domingo 25° del Tiempo Ordinario nos ofrece un contenido riquísimo para meditar y luego llevar a nuestra vida.    

Homeless, de Kennington
Homeless, sin hogar, de Thomas Benjamin Kennington, de 1890
  
La Colecta de la Misa, ya nos da una pista para comprender lo que leemos en las tres lecturas y el salmo responsorial.  

Oración colecta
“Oh, Dios, que has puesto la plenitud de la ley divina
en el amor a ti y al prójimo,
concédenos cumplir tus mandamientos,
para que merezcamos llegar a la vida eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo”.

El profeta Amós (cfr. 1ª Lectura: Am 8, 4-7), describe el comportamiento del hombre injusto con el prójimo y sin temor de Dios, que no cumple los mandamientos. Para conseguir una ventaja económica (7° mandamiento), miente (8° mandamiento) y lesiona el amor al prójimo (5° mandamiento), aprovechándose de los más humildes.

Todo empieza por la avidez de los bienes materiales. “Radix malorum est cupiditas” (1 Tim 6, 10). “La avaricia es la fuente de todos los males”.  

¡Qué importante es vivir la pobreza cristiana! San Juan de la Cruz, en Subida al Monte Carmelo, de una manera muy gráfica explica la importancia del desasimiento. No es posible avanzar en la vida espiritual si no estamos desasidos de las cosas terrenales. Aunque se trate sólo de un “hilillo sutil”, que se convierte en cadena de hierro forjado si no estamos dispuestos a cortarlo decididamente.

«En tanto que el alma tuviere asimiento a alguna cosa, excusado es que adelante, aunque sea mínimo. Porque un ave asida a un hilo, aunque sea delgado, por fácil que es de quebrar, si no le quiebra no volará. Así es el alma que tiene asimiento en alguna cosa: aunque más virtud tenga, no llegará a la libertad de la divina unión. El asimiento tiene la propiedad que la rémora; con ser un pez muy pequeño tiene tan queda la nao que no la deja llegar a puerto ni navegar.
Y no solamente no van adelante, sino que vuelven atrás, perdiendo lo que en tanto tiempo, con tanto trabajo, han caminado y ganado; porque en este camino, el no ir adelante es volver atrás: “el que no está conmigo está contra mí, y el que conmigo no recoge, desparrama” (Mt 12, 30). “El que desprecia las cosas pequeñas poco a poco irá cayendo” (Eccli 19, 1). Porque una imperfección basta para traer otras; y así habemos visto muchas personas muy adelante en gran desasimiento y libertad, y por sólo un asimientillo de afición, so color de bien, írseles vaciando el espíritu y gusto de Dios y no parar hasta perderlo todo, porque no atajaron aquel principio» (San Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, cap. XI).

La libertad que nos da la pobreza también nos da la capacidad de agrandar nuestro corazón para amar a Dios totalmente y a nuestros hermanos.

San Pablo advierte a su discípulo Timoteo (cfr. 2ª Lectura: 1 Tim 2, 1-8) que Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. También desea “que podamos llevar una vida sosegada, con toda piedad y respeto”. Por eso le pide que rece por las autoridades, para que sepan gobernar bien, con justicia para todos, especialmente para con los más pobres y desvalidos.   

“El Señor levanta del polvo al desvalido, / alza de la basura al pobre, / para sentarlo con los príncipes, / los príncipes de su pueblo” (Salmo 112).

Jesús, en el Evangelio de la Misa de mañana (cfr. Lc 16, 1-13), enseña todo esto con la Parábola del Administrador infiel. Astutamente (como sucede muchas veces con los hijos de las tinieblas) se gana a los deudores de su amo rebajando el precio de la deuda. Así, roba a su amo y consigue amigos que luego le puedan pagar de alguna manera el favor que les ha hecho. Es una manera de robar y sobornas muy sagaz. Lo guía la avaricia y, al parecer, es infiel en algo menudo, pero, en realidad, acaba cometiendo un gran fraude.

Por eso, en el Versículo antes del Evangelio leemos: “Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre, para enriqueceros con su pobreza” (2 Cor 8, 9).

La enseñanza es clara: imitar a Jesucristo en el modo de vivir la pobreza. Nació pobre, vivió toda su vida oculta y pública con una gran austeridad; y, finalmente, murió en la Cruz sin nada.

Pero la pobreza hay que vivirla en la vida diaria y en los detalles pequeños: estar desprendidos de todo; no crearnos necesidades ni tener cosas superfluas; no quejarnos cuando nos falta lo necesario; escoger lo peor, si tenemos la oportunidad de vivir la caridad en esos detalles con los demás.

«El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto.
Pues, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Si no fuisteis fieles en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará? Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero» (cfr. Lc 16, 1-13).

En una inscripción funeraria de un cristiano de los primeros siglos se lee lo siguiente: “Pauper sibi, dives aliis”. “Fue pobre consigo mismo y rico para los demás”. La sobriedad, la templanza, ha estado siempre asociada a la generosidad y a las virtudes que se relacionan con ella, como la magnanimidad y la magnificencia, es decir, el atreverse a grandes cosas en beneficio de los demás.

Sigamos el ejemplo de los santos:

«Tenemos tan poco, que no hay nada de qué preocuparse. Cuanto más se tiene, tanto más se preocupa uno por ello y tanto menos da a los demás. Pero cuanto menos tienes, más libre eres. La pobreza es para nosotras libertad. No supone una mortificación, una penitencia, sino una deliciosa libertad. Aquí no hay televisión, no hay esto, no hay lo otro. Este de aquí es el único ventilador de toda la casa. A nosotras no nos importa el calor: es para los invitados. Pero somos absolutamente felices» (Madre Teresa de Calcuta, en Palabra 304-305, VIII-IX-1990 (463).

Hay que convencerse de que la verdadera alegría está  en amar la pobreza: conténtate con lo que basta para pasar la vida sobria y austeramente. El atractivo de la pobreza es el atractivo de la libertad: sentirse libre como  Pablo, o como Sta. Teresa: «Quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta».

María es Señora (“Domina”: eso significa su nombre) pero, al mismo tiempo, es la esclava del Señor, la mujer sencilla que está desprendida de todo y vive con la mirada en los bienes eternos.


sábado, 7 de septiembre de 2019

Las "primicias" de la Nueva Creación (5)


En este post transcribimos parte de los mensajes que recibió Marga el del 25 al 30 de agosto del 2016, en los que Jesús le habla sobre las “primicias”. Están en el Tomo IV de la Verdadera Devoción al Corazón de Jesús (cfr. vdcj.org) que lleva por título "Características y Promesas".    

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En las páginas 37 y 38, Jesús le dice lo siguiente [las negritas son originales; ponemos entre paréntesis cuadrados nuestros comentarios]:

“Nos está perdida la vida de ningún hombre sobre la tierra mientras siga estando en ella, y siempre puede ser salvo. Aún en el último instante. Aunque haya formado parte de todas las abominaciones y de la que es peor: la profanación eucarística y la de unirse íntimamente a Satanás para hacerme a guerra a mí y a todos mis elegidos (Nota 66: Cfr. Ap 12, 17).
Aún eso tiene perdón. Tiene perdón para el Amor de Dios.
Así que, que esto lean los que estén en esa situación, y entiendan.  
Que esto lean también todos los que se sientan llamados a formar parte del Cuerpo Místico Eucarístico. “Las primicias” que Yo quiero hacer sois vosotros ahora, los pioneros y precursores de esta vivencia en el Reino Nuevo. Los que empiezan el Camino, a vivir el Camino de Común Unión Conmigo.   

[La llamada a ser “primicias” parece que es para todos los que se sientan llamados; pero el Señor quisiera que todos nos sintiésemos llamados por su Amor. Por otra parte, más adelante, habla de “elegidos” por Él]

No quiero en vosotros cosas raras externas, por las que los demás os admiren y hasta quieran semi-adoraros como dioses.
No quiero super-hombres, transformados precisamente por “estar enterados de todo”. No son esos mis elegidos.
Mis elegidos para las primicias son los últimos, son los obedientes, son los sacrificados, son esos amantes y amados del Amado.

[Como durante su vida en la tierra, Jesús llama a los “pequeños”: María, José, los pastores, los apóstoles…].

Son los que queman su vida en Común Amor con Él, sacando de la Eucaristía la Fuente del Amor con que amar a Cristo y al mundo.
No tienen cualidades especiales, dones preternaturales o formas deslumbrantes o sabiduría supina. No son encumbrados por los que los rodean.
Más bien, son pisoteados y escupidos en derredor por los que les rodean, como lo fue su Maestro.

[Los llamados a ser “primicias” del Reino Eucarístico son personas sencillas y normales, que viven su vida ordinaria y no desean un trato especial]

Por eso, cuando veáis que alguien sabe tanto por sus propios medios, y que es una sabiduría de los hombres e incluso inventada con su inteligencia, alejaos de ellos. Sólo están ahí para confundir, para pretender llevaros por un camino que nunca fue un encargo de Dios, sino un propio encargo inventado por ellos mismos y puesto por ellos mismos. El demonio les azuza para confundir. Pero ellos saben que siempre se podrán acoger a Mí y a mi Camino, mi Verdadero Camino.

[Aunque el Señor desea conozcamos y tratemos de investigar —en la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio— lo que se refiere a su Segunda Venida, también nos pide que seamos prudentes para no poner nuestra esperanza en conocimientos humanos, por muy atractivos que parezcan, sino en la Revelación que Él nos quiere comunicar en la Iglesia: tanto la Revelación pública como las privadas que no se apartan de lo que siempre han enseñado los Pastores]

Pasión de Amor y Unión esponsal con el Amado. A eso os llamo.
La Virgen os irá indicando cómo.
Estos escritos pueden ayudar a ver cómo Yo cogí un alma (Nota 67: a Margarita) y la fui llamando y educando, y la atraje a mi Amor hasta que ella se encontró absolutamente enamorada de Mí.
Pueden ayudar a ver cómo es la Pasión de Amor de Jesús por las almas. Y cómo es la conquista que con ellas realiza.
A lo largo de estos escritos que ellos hagan de “tú” (Nota 68: cómo se ha insistido en la Trilogía, se sugiere que el lector se ponga en lugar de Marga. Que donde pone “Marga”, ponga su propio nombre. Que se aplique lo que Dios dice a Marga, que no es exclusivo para ella, sino para todo el que medite los libros. Y cada uno con sus características propias y por el camino por donde el Señor le vaya llevando), y se ponga a hablar Conmigo, tal y como tú lo haces, pero a su modo, su modo individual. Porque yo quiero y deseo todos los modos de amar de mi gente, de mis almas, las por Mí creadas. Que a su modo, hagan de “tú”. Y Yo les iré cogiendo cada vez más en mis brazos de Amor Enamorado”.

[Esta es la característica principal de las “primicias”: la Pasión de Amor con el Amado; el estar enamorados del Señor, porque comenzamos a comprender el Gran Amor que Él nos tiene]

En la página 40 del Tomo IV, el Señor continúa diciendo a Marga lo siguiente:

“En ese trato de esposo, hermano y amigo Conmigo, viviréis y pasaréis vuestros días. En un trato de Presencia Cotidiana Mía y de Mi Madre en vuestros días. De todos los Santos y Ángeles y toda la Corte Celestial. De aquellos a los que vosotros queráis invocarles e invitarles a vuestras vidas.
Es un Camino que Yo he ido adornado de Predicciones. Pero no es lo principal. Eso os engancha, pero no es lo principal.
Yo sé, porque os conozco, que las Predicciones forman parte de la pedagogía que necesitáis para acercaros a Mí.

[Es notorio como, en los cuatro libros de la Verdadera Devoción al Corazón de Jesús, se insiste sobre este punto: las profecías y predicciones del futuro no es lo más importante]         
   
En las pp. 41 y 42 continúa diciendo Jesús a Marga:

“Cuando te desanimes piensa en esto: Esta Pasión de enamorado que quiero que viváis Conmigo, y que pocos la entienden.
Que para ello quiere que seáis como niños, y viváis una Infancia espiritual, a modo del Caminito de Santa Teresa (Nota 70: Santa Teresita del Niño Jesús): sencillos, con Confianza y Abandono. Sin grandes pretensiones. Confiados en su Padre, como niños.
Así quiero que sea vuestro trato, vuestra alma de niños: enamorada. Enamorada hasta el fondo de Mí y de mi Corazón. Que se os muestra, y se os muestra, y se os muestra cada vez más, y se os hace Amable y Adorable”.

[Aunque el Amor a Dios es esponsal, fraterno, de amistad… es, de una manera particular, filial. Por eso Jesús nos enseñó a orar dirigiéndonos a Dios como Padre]

Y, enseguida, el Señor nos habla de la Eucaristía (p. 42):

Adoráis la Preciosa Forma Consagrada, pues en Ella está mi Corazón Ardiente y Palpitante.  
Y venís a pasar largos ratos Conmigo, con este Corazón Transformante, para que Yo os pueda transformar, os vaya transformando en otras antorchas ardientes de Amor, de Amor eterno, pues se enciende aquí en la tierra y dura para siempre”.

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Podríamos continuar transcribiendo los mensajes de Jesús a Marga. Pero bastan estos párrafos para conocer en qué consisten las “primicias” que desea el Seños que seamos todos sus hijos, en estos momentos. Son “Apóstoles de los Últimos Tiempos” (p. 53) y “Apóstoles del Reinado Eucarístico” (ibidem).