sábado, 23 de febrero de 2019

El misterio del mal


En estos últimos días, antes de comenzar la Cuaresma, hemos estado escuchando en la Liturgia de la Palabra durante la Misa diaria las historias que nos relata el Libro del Génesis.   

 

Ahí, por inspiración del Espíritu Santo, el autor (o autores) que redactaron esas narraciones, plasmaron ideas que están profundamente grabadas en la conciencia del hombre. De alguna manera, son como arquetipos que han quedado en nuestro ser desde tiempos muy muy remotos (quizá desde hace más de dos millones de años) y que, al mismo tiempo, son convicciones y realidades en las que Dios, directamente, ha tenido un papel primordial.

4. El pecado

El misterio del mal nos desconcierta. ¿Por qué existe el mal, si nuestro Creador es Bueno? Comprendemos que es evidente que la creación —que procede de Dios, pero no es Dios— ha de ser necesariamente limitada, finita e incompleta. Si no, sería Dios. Esa limitación lleva consigo la destrucción de algunos elementos y a la aparición de otros. Desde el Big Bang, se han producido movimientos de astros y cambios profundos en la naturaleza que reflejan males físicos, es decir, carencia de bienes, porque el universo es imperfecto. Esto no ofrece especiales dificultades para comprenderlo.

Lo que resulta más difícil de entender es el mal moral: ¿Por qué el hombre, que fue creado en un estado de bondad e inocencia, y elevado al orden sobrenatural de relación estrechísima con el amor de Dios, desobedeció y rompió los planes que Dios tenía con él? La respuesta ya la sabemos: porque Dios lo creó libre. La libertad lleva consigo la posibilidad de escoger el mal o el bien.

Pero quizá lo más difícil de asimilar es cómo ese pecado fue tan importante y cómo afectó a toda la creación y, particularmente, al hombre desposeyéndolo de la gracia, los dones preternaturales (quizá la perdida más dolorosa fue la falta de integridad y la moralidad) e hiriendo profundamente la misma naturaleza humana, de modo que quedó deteriorada (ignorancia, malicia, concupiscencia y debilidad) e inclinada al pecado.

Todo esto lo narra el Génesis en pocas líneas.

La serpiente era más astuta que las demás bestias del campo que el Señor había hecho. Y dijo a la mujer: «¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?». La mujer contestó a la serpiente: «Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: “No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis”». La serpiente replicó a la mujer: «No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal». Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió. Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron. Cuando oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, Adán y su mujer se escondieron de la vista del Señor Dios entre los árboles del jardín” (Gen 3, 1-8).      

El pecado fue un engaño de Satanás. Les prometió que se les abrirían los ojos y, efectivamente, se les abrieron para ver su vulnerabilidad. A partir de entonces fueron conscientes de su fragilidad y pequeñez.

Un poco más adelante, la narración de Caín y Abel, nos ayuda a comprender mejor hasta donde llegan las consecuencias del mal. Caín, el hijo mayor, era agricultor y Abel era pastor. Ambos ofrecen sacrificios a Dios, pero Dios se fija en la ofrenda de Abel (porque era buena) y no en la de Caín (que era mezquina y mal hecha).

Caín se enfureció y andaba abatido. El Señor dijo a Caín: «¿Por qué te enfureces y andas abatido? ¿No estarías animado si obraras bien?; pero, si no obras bien, el pecado acecha a la puerta y te codicia, aunque tú podrás dominarlo». Caín dijo a su hermano Abel: «Vamos al campo». Y, cuando estaban en el campo, Caín atacó a su hermano Abel y lo mató. El Señor dijo a Caín: «¿Dónde está Abel, tu hermano?». Respondió Caín: «No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano?». El Señor le replicó: «¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano me está gritando desde el suelo. Por eso te maldice ese suelo que ha abierto sus fauces para recibir de tus manos la sangre de tu hermano. Cuando cultives el suelo, no volverá a darte sus productos. Andarás errante y perdido por la tierra». Caín contestó al Señor: «Mi culpa es demasiado grande para soportarla” (Gen, 4, 5-13).

En estas historias (y en otras que nos narra el Génesis, como a de la del Arca de Noé y la de la Torre de Babel) tenemos un material precioso para tratar de comprender un poco el misterio del mal, que podríamos resumir en algunos puntos fundamentales: 1) todos los hombres somos pecadores; 2) Dios no nos ha quitado la libertad y, cada uno, podemos elegir seguir el camino del mal o del bien; 3) aunque tenemos la naturaleza debilitada por las heridas del pecado, podemos luchar contra él y evitar que las cosas se vuelvan peores para nosotros y para los demás.

Además, sabemos que Dios, desde el principio, determinó no abandonar al hombre a su suerte y prometió que, en algún momento, otro hombre (descendiente del primer hombre) lucharía y derrotaría a la antigua serpiente (al demonio y al pecado).

El Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho eso, maldita tú entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón»” (Gen, 3, 14-15).   

La descendencia de la mujer que ha derrotado a la serpiente es Jesucristo. A partir de la salvación obrada por Cristo, mediante su pasión, muerte y resurrección, cada uno de nosotros tenemos todas las de ganar, si queremos aprovechar la abundante gracia que, por medio del Espíritu Santo, tenemos cada día para obrar el bien y ser buenos hijos de Dios.  

San Agustín lo comenta muy bien cuando dice que cada hombre es como un pobre condenado a luchar contra las fieras que se enfrenta a Satanás, con todas sus insidias y artilugios. Recordando esas competiciones en el estadio, dirá:

«¡Ten coraje! Quien ha concertado esta competición [es decir, Dios] está en las gradas del estadio ¡y apuesta por ti!» (Serm. CCCXLIV,1).  

Toda la corte celestial apuesta por nosotros.

Nuestra Señora, Refugium peccatorum, nos ayudará a mantener una lucha vibrante y llena de valor, para vencer cada día al demonio y buscar vivir en la gracia de Dios continuamente.

5. Tibieza

Los hombres nos acostumbramos a todo. También al pecado. Damos por hecho que el mundo es un lugar en el que existe el mal. Que la creación es bella, pero también traicionera. Y que el hombre es una especie de cáncer de la naturaleza, que ahí donde va, destruye todo lo que se encuentra. Al menos, esa es la visión de algunos de nuestros contemporáneos.

Esta es una visión deformada de la realidad. Por una parte, porque se desprecia al hombre y no se reconoce en él la imagen de Dios de la que es portador y el valor inestimable de cualquier vida humana. Por otra parte, a base de “acostumbrarse” al mal que produce el hombre, nos hemos hecho a la idea de que su modo de comportarse es completamente cultural. Se comporta mal porque las tradiciones humanas (es decir, las religiones: principalmente el cristianismo, que ha modelado la cultura occidental) han llevado al racismo, las discriminaciones y las desigualdades.

Ahora, las ideologías (el neomarxismo, el relativismo y el postmodernismo) buscan “redimir” al hombre, imponiéndole modos de pensar y actuar que van frontalmente contra la ley natural y la consciencia del bien y del mal que Dios ha puesto en el interior del hombre.

Todo esto ha llevado, paulatinamente, a la pérdida del sentido de pecado y a la pérdida del coraje y la valentía para defender la verdad. Hay algunas “verdades” políticamente correctas, por las que debería dirigirse la sociedad y las leyes civiles. Y nada más. Para ellos, el verdadero mal es la carencia de los bienes materiales que pueden hacer llevadera la vida en este mundo. Buscan el bien de los grupos sociales, pero no del individuo concreto. No se dan cuenta de que el agente más patógeno de la sociedad es el pecado, es decir, el mal moral que conocemos cada uno en el fondo del nuestras almas y está esculpido en los Diez mandamientos de la Ley de Dios.

Por supuesto, si hay esta poca sensibilidad para los pecados graves (el aborto, la eutanasia, la impureza, la fornicación, el adulterio, las manipulaciones genéticas, la pornografía, etc.), cómo no la habrá también, y mucho más, para otros pecados menores, pero no menos dañinos para el alma y para la convivencia social, porque son como las “pequeñas raposas que destruyen la viña” (cfr. Cantar de los Cantares 2, 15).

En la literatura de la teología espiritual, a este mal se ha llamado “tibieza”. San Josemaría Escrivá de Balaguer tiene un capítulo de Camino dedicado a este tema. Vale la pena detenernos en algunos de sus puntos. Quizá el más emblemático es el n° 331.

“Eres tibio si haces perezosamente y de mala gana las cosas que se refieren al Señor; si buscas con cálculo o "cuquería" el modo de disminuir tus deberes; si no piensas más que en ti y en tu comodidad; si tus conversaciones son ociosas y vanas; si no aborreces el pecado venial; si obras por motivos humanos”.

La tibieza es la falta de lucha contra todo lo que nos puede apartar del amor a Dios. San Josemaría solía repetir, de la mañana a la noche, una jaculatoria, que tenía estampada en unos pobres azulejos en su dormitorio de Madrid y luego también en el cuarto que utilizaba en Roma: “Aparta, Señor, de mí lo que me aparte de Ti”.

La tibieza es lo opuesto al alma sensible y delicada, que desea amar a Dios con todo su corazón, en todos los momentos del día; y que busca cómo poder agradarle más en todo.

¿Cómo saber qué es lo que más agrada a nuestro Dios? ¿Cómo acertar a darle toda la gloria que cada uno podemos dar a nuestro Creador y Redentor? Hay un solo camino: escuchar detenidamente su Voz en nuestra alma y ser dóciles a sus mociones. Él es el primer interesado en que le amemos y en que vivamos como hijos suyos. Él ha grabado en nuestro corazón sus mandamientos y sus consejos. Si buscamos la verdad dentro de nosotros y tratamos de vivir de acuerdo a ella, pase lo que pase, poco a poco tendremos una conciencia bien formada para acertar en nuestras decisiones.

Esta actitud fundamental, habría que concretarla en varios puntos que derivan de ella:

1) el examen habitual de nuestra conciencia (cada día, por ejemplo, al final de la jornada, dedicando unos minutos a conocernos mejor y a pedir perdón por nuestros pecados);
2) el deseo de recibir una formación profunda (lecturas —sobre todo de la Sagrada Escritura, y particularmente de los Evangelios—, dirección espiritual, retiros, clases, charlas, a las que podamos asistir…);
3) el cuidado de las cosas pequeñas (dar valor a lo poco, dar sentido a todo en nuestra vida); y
4) tener una intensa vidas sacramental (confesión frecuente, para realmente purificarnos de toda la mentira que pueda haber en nuestra vida; y recibir la Eucaristía, si es posible diariamente, para llenarnos del Amor de Dios y tener en nosotros un verdadero antídoto del pecado, como decía San Ignacio de Antioquía).

Santa María, Madre del Amor Hermoso, nos infundirá en nuestra alma horror al pecado y un deseo muy grande de evitar todos los pecados veniales deliberados. Esto será una clara muestra de que vamos por el camino de la santidad.
   

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