sábado, 1 de septiembre de 2018

Reflexiones para orar en silencio (2)


El segundo momento de reflexión lo dedicaremos a las realidades que están al final de nuestra peregrinación terrena. Se suelen llamar novísimos o postrimerías, y son cinco: muerte, juicio, infierno, purgatorio y cielo.  

 

1. Muerte

Para los santos, para quien tiene una fe fuerte, la muerte es la puerta que se abre hacia la Vida. Humanamente es una realidad dolorosa, pero ese dolor, incluso, se puede amar, como hacía San Francisco de Asís que llamaba a la muerte “mi hermana”.

La muerte es el “final del tiempo de merecer y desmerecer”, decían los antiguos. En ese momento se termina la posibilidad de orientar nuestra vida hacia el bien o hacia el mal. Nuestra libertad queda fijada en Dios o en nosotros mismos.

Además, termina también el tiempo que nos ha dado Dios para “crecer” en el amor. En este sentido, San Josemaría Escrivá de Balaguer solía decir: “tengo prisa en amar”, siguiendo las palabras de san Pablo: “Caritas Christi urget nos” (2 Cor 5, 14).

El hecho de no conocer el momento de nuestra muerte nos debería estimular a aprovechar bien el tiempo que tenemos de vida, ya sean pocos o muchos años. En realidad, la mejor postura ante la muerte es la de quien está siempre preparado para encontrarse con ella, porque cada día lo vive como si fuera el último de su vida.

¿Cómo podemos saber si aprovechamos bien el tiempo o no? El secreto es vivir en Cristo. Todos nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras obras deberían estar orientadas hacia la unión Cristo por el amor. Esa es la mejor manera de aprovechar bien cada instante de nuestra vida: preguntarnos ¿esto me acerca o me aleja del Señor? Porque, como dice san Pablo todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios (1 Cor 3, 22-23); y también: “ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios (1 Cor 10, 31).
  
“Mi vivir es Cristo” (Fil 1, 21). “Pues si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos; por tanto, ya sea que vivamos o que muramos, del Señor somos (Rom 14, 8)”.

También San Pablo dice: “ya no soy yo quien vivesino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). Si vivimos así, la hora de la muerte será, como decían antes un “pasar al Señor”. Si alguien viajaba a América decían: “pasó a las Indias”. Y lo mismo a la hora de morir: “pasó al Señor”.

Así, para el que ha vivido con Cristo y trabajado para Cristo, la muerte será simplemente un pasar al Señor de modo definitivo. Nuestro deseo de morir para estar con Cristo (cfr. Fil 1, 23) va siempre acompañado de un gran deseo, también, de colaborar con Cristo en la Obra de la Redención, que está por concluirse, hasta que llegue el Día del Señor.

Pongamos énfasis, durante el rezo del Ave María, al pedir a Nuestra Señora: “ruega ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.   

2. Juicio

Después de la muerte viene el juicio. Se trata de un juicio personal. Al final de los tiempos Jesucristo también juzgará a todos los hombres de manera pública y universal.

San Pablo nos dice: “Qui iudicat, Dominus est”. Leamos la cita completa, porque es interesante ver el contexto en que el Apóstol dice esto.

Así han de considerarnos los hombres: ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Por lo demás, lo que se busca en los administradores es que sean fielesEn cuanto a mí, poco me importa ser juzgado por vosotros o por un tribunal humano. Ni siquiera yo mismo me juzgo4Pues aunque en nada me remuerde la conciencia, no por eso quedo justificado. Quien me juzga es el SeñorPor tanto, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor: él iluminará lo oculto de las tinieblas y pondrá de manifiesto las intenciones de los corazones; entonces cada uno recibirá de parte de Dios la alabanza debida” (1 Cor 4, 1-5).

En primer lugar, hay que decir que todos los hombres somos “ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios”. Hemos sido creados por Dios, para ser imagen de su Hijo. Nuestra tarea en el mundo es “representar” a Cristo: ser otro Cristo, el mismo Cristo. Y lo que se busca en los administradores es que sean fieles. ¿A quién? A Cristo, a sus enseñanzas, a su estilo de vida, a su Corazón.

Por lo tanto, el juicio será sobre cómo nos hemos identificado con Cristo. Será más santo, y digno de la alabanza de Dios, quien se parezca más a Cristo.

Por otra parte, San Pablo nos aclara que sólo Dios es el que conoce a cada hombre en lo profundo, y quien lo puede juzgar. Nosotros mismos no nos conocemos bien. Podemos permitir que se oscurezca nuestra conciencia, culpablemente.

Nuestra tarea, a lo largo de la vida, es tratar de conocernos cada vez mejor, siendo muy sinceros y rectos con nosotros mismos, con Dios y con los demás.

El juicio es la hora de la Verdad. Entonces, todo quedará al descubierto. Pero ya desde ahora podemos tratar de vivir siempre en la Verdad para que, en el momento del juicio, no nos llevemos una sorpresa, porque no nos conocíamos bien.

Nunca acabaremos de conocernos del todo, pero si nuestra vida es recta; si procuramos que nuestras obras concuerden con nuestros deseos e intenciones, entonces no hay qué temer.

La realidad del juicio de Dios es una llamada a vivir en la verdad, a buscar la verdad, a enseñar la verdad y a estar dispuestos, si es preciso, a morir por la verdad. Y siempre, en la caridad: “Veritatem facientes in caritate” (Ef 4, 5).

María es “Faro esplendente”, dice una de las letanías del Santo Rosario. Es Nuestra Señora de la Luz. Ella nos ayudará a caminar siempre en la Verdad de su Hijo.    

3. Infierno y purgatorio

“Está establecido que los hombres mueran una sola vez y luego viene el juicio” (Hb 9, 27). Y en este juicio particular cada uno recibe conforme a lo que hizo durante su vida mortal (cfr. 2 Co 5, 10).

La doctrina cristiana siempre ha dicho claramente que  cada quien cosechará en la eternidad lo que en esta vida temporal habrá sembrado.


La sentencia del Juicio de Dios nunca es injusta o parcial, como con frecuencia sucede en los juicios humanos. Ante Dios no caben las apariencias, la hipocresía. Ante Dios resplandece la verdad en la vida de cada hombre.

Por trágico que parezca, puede haber personas en las que no se encuentre la verdad por ninguna parte. Es decir, personas que han falseado su conciencia y han optado por vivir en la mentira. El Papa Benedicto XVI lo explica muy bien en su Encíclica sobre la esperanza:

Puede haber personas que han destruido totalmente en sí mismas el deseo de la verdad y la disponibilidad para el amor. Personas en las que todo se ha convertido en mentira; personas que han vivido para el odio y que han pisoteado en ellas mismas el amor. Ésta es una perspectiva terrible, pero en algunos casos de nuestra propia historia podemos distinguir con horror figuras de este tipo. En semejantes individuos no habría ya nada remediable y la destrucción del bien sería irrevocable: esto es lo que se indica con la palabra infierno” (Spe salvi n. 45).

Los Evangelios recogen palabras muy claras de Jesús, que no pueden considerarse sólo como amenazas o como metáforas. El Señor advierte de esta posibilidad terrible. Por ejemplo,

“Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; y el que le maldiga será reo del fuego del infierno (…). Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te escandaliza, córtala y arrójala lejos de ti; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo acabe en el infierno” (Mt 5, 22.29-30).

Dios quiere que todos los hombres se salven, pero quien muere en pecado mortal, sin arrepentirse, va al infierno (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1033).  

En cambio, quien se arrepiente, aunque hayan sido muy grandes sus pecados, no va al infierno, sino al purgatorio.

El purgatorio es el “lugar” o el momento de la purificación. El papa Benedicto, siguiendo a San Pablo en su Primera Carta a los Corintios, dice que el fuego de Cristo, el día del Juicio, pondrá a prueba la calidad de la construcción de cada uno:

«Aquel, cuya obra, construida sobre el cimiento, resista, recibirá la recompensa, mientras que aquel cuya obra quede abrasada sufrirá el daño. No obstante, él quedará a salvo, pero como quien pasa a través del fuego» (1 Cor 3,12-15).

A partir de este texto, el Papa Benedicto XVI afirma lo siguiente, sobre el purgatorio:

“Algunos teólogos recientes piensan que el fuego que arde, y que a la vez salva, es Cristo mismo, el Juez y Salvador. El encuentro con Él es el acto decisivo del Juicio. Ante su mirada, toda falsedad se deshace. Es el encuentro con Él lo que, quemándonos, nos transforma y nos libera para llegar a ser verdaderamente nosotros mismos. En ese momento, todo lo que se ha construido durante la vida puede manifestarse como paja seca, vacua fanfarronería, y derrumbarse. Pero en el dolor de este encuentro, en el cual lo impuro y malsano de nuestro ser se nos presenta con toda claridad, está la salvación. Su mirada, el toque de su corazón, nos cura a través de una transformación, ciertamente dolorosa, «como a través del fuego». Pero es un dolor bienaventurado, en el cual el poder santo de su amor nos penetra como una llama, permitiéndonos ser por fin totalmente nosotros mismos y, con ello, totalmente de Dios” (Spe Salvi, 47).

Que la Virgen, Refugio de los pecadores, nos proteja y nos ayude a permanecer siempre cimentados en el Fundamento sólido, que es su Hijo, Jesucristo.

4. Cielo

Jesucristo, al final de su vida, cuando está en el Cenáculo con sus discípulos, les habla del Cielo. San Juan lo relata de la siguiente manera:

1 No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotrosY adonde yo voy, ya sabéis el camino” (Jn 14, 1-4).

En esto consiste el Cielo: estar con Cristo.

El Papa Benedicto XVI, a quien hemos seguido en algunos pasajes de su Encíclica sobre la esperanza, dice:

“Por otro lado, puede haber personas purísimas, que se han dejado impregnar completamente de Dios y, por consiguiente, están totalmente abiertas al prójimo; personas cuya comunión con Dios orienta ya desde ahora todo su ser y cuyo caminar hacia Dios les lleva sólo a culminar lo que ya son” (Spe salvi, n. 45).

 La Vida eterna, el Cielo, el estar con Cristo es lo mismo que “dejarnos impregnar completamente por Dios” y “estar totalmente abiertos al prójimo”.

Nuestra meta es la eternidad. Vivimos en este mundo con los pies en la tierra, pero la cabeza en el Cielo. Ya ahora podemos experimentar la vida eterna en nosotros, mediante la gracia de Cristo, que nos ha conseguido con su muerte y resurrección.

Y esto lo hacemos, principalmente, durante la Santa Misa, “corriente trinitaria de amor por los hombres” (San Josemaría Escrivá de Balaguer). La Eucaristía es “prenda de la vida futura” (Himno O sacrum convivium).

El Cardenal Robert Sarah ha explicado maravillosamente cómo, ya en esta vida, podemos saborear las alegrías del Cielo a través del silencio. Recogemos aquí algunas citas suyas en su libro La Fuerza del silencio.

“En el Cielo no existe la palabra. Allá arriba los bienaventurados se comunican sin palabras. Reina un inmenso silencio de contemplación, de comunión y de amor” (FS, p. 107).

“En la patria divina todas las almas están unidas a Dios. Se alimentan de esa visión. Las almas se hallan enteramente poseídas por su amor a Dios en un éxtasis absoluto. Existe un inmenso silencio, porque para estar unidas a Dios las almas no tienen necesidad de palabras. La angustia, las pasiones, los temores, el dolor, las envidias, los odios y las inclinaciones desaparecen. Sólo existe ese encuentro de corazón a corazón con Dios. El Cielo es el corazón de Dios. Y ese corazón siempre será silencio” (FS, pp. 107-108).

“El silencio del Cielo es un silencio de amor, de oración, de ofrenda y adoración” (FS, p. 109).

“En el Cielo, las almas están unidas a los ángeles y a los santos por medio del Espíritu. Por eso ya no existe palabra. Es un silencio sin fin, envuelto en el amor de Dios. La liturgia de la eternidad es silenciosa; las almas no tienen otra cosa que hacer que asociarse al coro de los ángeles. Se hallan solamente en contemplación. Aquí en la tierra contemplar es estar ya en silencio. En el Cielo, en la visión de Dios, ese silencio se convierte en un silencio de plenitud. El silencio de la eternidad es un silencio de asombro y admiración” (FS, p. 112).

“La Iglesia sabe lo difícil que le resulta al hombre comprender el silencio de la eternidad. En la tierra hay pocas cosas capaces de hacernos entender la inmensidad del amor divino. En la misa y en la Eucaristía, la consagración y la elevación son un pequeño anticipo del silencio eterno. Si ese silencio alcanza verdadera calidad, somos capaces de entrever el silencio del Cielo” (FS, p. 113).

“El recogimiento silencioso de Cristo es una gran lección para la humanidad. Desde el pesebre hasta la Cruz, el silencio está constantemente presente, porque la cuestión del silencio es una cuestión de amor. El Amor no se expresa con palabras: se encarna y se convierte en un mismo Ser con aquel que ama de verdad (…). Si queremos prolongar la obra de Cristo en este mundo, tenemos que amar el silencio, la soledad y la oración” (FS, p. 118).

María, Mujer silenciosa, nos enseña cómo vivir aquí en a tierra, pero también ya en el silencio del Cielo.



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