Misterios de gloria (4)


El próximo día 15 de agosto celebraremos la Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora a los Cielos.

Bartolomé Esteban Murillo (1617–1682) - Immaculate Conception, c 1680 - El Hermitage trae a Ámsterdam el Siglo de Oro español - 20minutos.es 

Los dos últimos misterios del Rosario son formalmente marianos. Nuestra contemplación se dirige a Nuestra Señora de modo directo. La miramos en su exaltación a la Gloria del Padre en compañía de su Hijo.

En el Cuarto Misterio del Santo Rosario meditamos este suceso que, como la Resurrección del Señor, es histórico (porque aconteció en un momento de la historia humana), pero también trascendente (porque escapa de lo histórico, en el sentido de que supera la realidad temporal).

El Papa Pío XII proclamó este hecho como dogma de fe. Es el último dogma mariano. Lo hizo, hablando “ex cathedra”, el 1° de noviembre de 1950 por medio de la Constitución “Munificentisimus Deus”.

"Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo".

Este hecho sucedió “terminado el curso” de la vida terrenal de la Virgen. La Iglesia se ha definido si María sufrió la muerte, como su Hijo, o fue preservada de ella. Hay quienes defienden una postura y quienes defienden la otra. Tenemos libertad para sostener las diferentes opiniones.

En el Oriente está extendida la devoción a la Dormición de la Virgen. Nuestra Señora no habría muerto, es decir, no se habría separado su alma de su cuerpo. Su “muerte” habría sido una especie de éxtasis de su espíritu.

«En tu dormición no has abandonado el mundo, oh Madre de Dios: tú te has reunido con la fuente de la Vida, tu que concebiste al Dios vivo y que, con tus oraciones librarás nuestras almas de la muerte» (Tropario del 15 de agosto, de la liturgia bizantina, citado en el Catecismo de la Iglesia Católica, 966).

San Josemaría Escrivá de Balaguer sugiere esto mismo, en el comentario del 4° Misterio de su libro “Santo Rosario”: “Se ha dormido la Madre de Dios”.

Con el uso de Dormición, o incluso de Tránsito, se pretenden subrayar, sobre todo, dos cosas: 1) que el cuerpo de María no sufrió ni la más mínima corrupción, ni siquiera, probablemente, el paso por un sepulcro; y 2) que su tránsito al Cielo fue particularmente dulce y amable, sin los dolores y angustias habituales en la muerte humana: dolores y angustias que Ella había sufrido ya, anticipadamente, en la muerte de su Hijo. De ahí esa representación tradicional de la Virgen dulcemente dormida en su lecho –con frecuencia, rodeada de los Apóstoles–, como sencillo anticipo de esa otra representación de su subida gloriosa al Cielo, rodeada de Ángeles.

En el caso de San Josemaría, además del influjo de esa tradición, conviene tener en cuenta que tuvo desde pequeño una particular devoción al misterio de la Dormición de Nuestra Señora, que transmitió a muchos otros, sin pretender nunca imponerla.

En la catedral de Barbastro, su ciudad natal, dedicada precisamente a la Asunción de María, existe la capilla de la Dormición, con una representación tradicional, especialmente querida y venerada por los barbastrenses, que la llaman, cariñosamente, la "Virgen de la cama". Esta imagen mariana recibió muchas oraciones del fundador del Opus Dei en su infancia.

En 1957, al construirse en la sede central de Roma el oratorio de Santa María de la Paz, futura iglesia prelaticia del Opus Dei, San Josemaría quiso que se pusiera allí otra representación de la Dormición, inspirada en la de Barbastro; se encuentra en un nivel intermedio en el descenso a la cripta del templo desde la nave principal. Bajo el altar de la iglesia descansan los restos mortales del Santo.

Juan Pablo II lo explicó detenidamente en su catequesis de 25 de junio de 1997:

"Cualquiera que haya sido el hecho orgánico y biológico que, desde el punto de vista físico, le haya producido la muerte, puede decirse que el tránsito de esta vida a la otra fue para María una maduración de la gracia en la gloria, de modo que nunca mejor que en ese caso la muerte pudo concebirse como una 'dormición'".

Lo que constituye el dogma de fe es que la Virgen está en el Cielo con su alma unida a su cuerpo, tal como está también su Hijo y como nosotros resucitaremos al final de los tiempos. Esto también es un dogma de fe, que está en el Credo: la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.

La Asunción de María es una fuente enorme para nuestra esperanza y un fuerte acicate para nuestra fe. Nuestra Señora nos muestra el camino para llegar a la meta.

“En la Virgen elevada al cielo contemplamos la coronación de su fe, del camino de fe que ella indica a la Iglesia y a cada uno de nosotros: Aquella que en todo momento acogió la Palabra de Dios, fue elevada al cielo, es decir, fue acogida ella misma por el Hijo, en la "morada" que nos ha preparado con su muerte y resurrección (cf. Jn 14, 2-3)” (Benedicto XVI, Homilía del 15 de agosto de 2009).

Anteriormente, el Papa Benedicto XVI explicaba qué es el Cielo:

«Nuestra eternidad se apoya en su amor: aquel a quien Dios ama ya no puede morir. En Dios, en su pensamiento y en su amor no sólo pervive una sombra de nosotros mismos, sino aquello que constituye la totalidad y lo más propio de nuestro ser. Su amor es lo que nos hace inmortales, y a ese amor creador de inmortalidad es a lo que llamamos cielo (...). Dios conoce y ama al hombre entero tal como existe ahora (...). Es el hombre completo [alma y cuerpo], tal como ha existido y vivido, sufrido en este mundo, quien será tomado por Dios y en Él tendrá eternidad. Esto es lo que en la festividad que celebramos nos ha de llenar de una profunda alegría (...). Estamos llamados a edificar este mundo, a construir su futuro, para que llegue a ser mundo de Dios, un mundo que superará en mucho todo cuanto nosotros seamos capaces de edificar» (J. Ratzinger, Palabra en la Iglesia, p. 302-303).   
   
En la próxima fiesta de la Asunción podemos dirigirnos a Nuestra Madre con las palabras de Isabel: «Bendita tú eres entre la mujeres». «Te imploramos con toda la Iglesia: santa María, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén».
  

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