Misterios de gloria (3)


El Papa San Juan Pablo II, en su Carta Apostólica sobre el Rosario, dedica un comentario especial sobre el tercer misterio glorioso.

Pentecostés

Previamente ha comentado los otros cuatro misterios gloriosos como el camino que siguen el Hijo (misterios 1° y 2°) y la Madre (4° y 5°) hacia la Gloria

“En el centro de este itinerario de gloria del Hijo y de la Madre, el Rosario considera, en el tercer misterio glorioso, Pentecostés, que muestra el rostro de la Iglesia como una familia reunida con María, avivada por la efusión impetuosa del Espíritu y dispuesta para la misión evangelizadora. La contemplación de éste, como de los otros misterios gloriosos, ha de llevar a los creyentes a tomar conciencia cada vez más viva de su nueva vida en Cristo, en el seno de la Iglesia; una vida cuyo gran 'icono' es la escena de Pentecostés. De este modo, los misterios gloriosos alimentan en los creyentes la esperanza en la meta escatológica, hacia la cual se encaminan como miembros del Pueblo de Dios peregrino en la historia. Esto les impulsará necesariamente a dar un testimonio valiente de aquel " gozoso anuncio " que da sentido a toda su vida” (Rosarium Virginis Mariae, n. 23; las negritas son nuestras).

San Juan Pablo II resalta la visión de la Iglesia en Pentecostés. Efectivamente, ese día quedó completada la Iglesia, que había nacido de la Eucaristía y del Costado abierto de Cristo. 

Cristo quiere su Iglesia. Él la ha fundado. La Iglesia es el Misterio de Comunión de los hombres con Dios y entre sí por Cristo en el Espíritu Santo.

La Iglesia la formamos todos los que estamos bautizados, es decir, conformados con Cristo, y en comunión con el sucesor de Pedro, que es el signo de unidad en la Iglesia. Además de la dimensión petrina, en la Iglesia también hay una dimensión mariana. La presencia de María es esencial en la Iglesia. Ella es la Madre de la Iglesia porque es la Madre de Cristo, que es Cabeza de la Iglesia.

Se suele decir que el Espíritu Santo es el Alma de la Iglesia, Cuerpo de Cristo.

La Iglesia es una Familia: la Familia de los hijos de Dios. Es una Familia congregada en torno a la Madre, a María; como lo estaba a su inicio, el día de Pentecostés.

Cuando meditamos el tercer misterio glorioso podemos sentirnos hijos de Nuestra Madre la Iglesia. Así lo vivía intensamente Santa Teresa de Jesús hasta el momento de su muerte. Le agradecía al Señor poder morir siendo hija de la Iglesia.

Se suele decir que quien no tiene a la Iglesia por Madre no puede tener a Dios por Padre. Lo principal es la filiación divina, fundamento de la vida cristiana, pero también Dios ha querido que la Iglesia sea Nuestra Madre a imagen de María, Madre de Dios y Madre Nuestra. 

En su última homilía sobre la Solemnidad de Pentecostés, el 27 de mayo de 2012, el Papa Benedicto XVI hablaba sobre el Espíritu Santo como Fuente de Unidad y de Verdad. Eso es la Iglesia: el lugar de la Verdad y la Unidad. El Papa comentaba las palabras de Jesús en la Última Cena: "Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena" (Jn 16, 13).

“Aquí Jesús, hablando del Espíritu Santo, nos explica qué es la Iglesia y cómo debe vivir para ser lo que debe ser, para ser el lugar de la unidad y de la comunión en la Verdad; nos dice que actuar como cristianos significa no estar encerrados en el propio "yo", sino orientarse hacia el todo; significa acoger en nosotros mismos a toda la Iglesia o, mejor dicho, dejar interiormente que ella nos acoja. Entonces, cuando yo hablo, pienso y actúo como cristiano, no lo hago encerrándome en mi yo, sino que lo hago siempre en el todo y a partir del todo: así el Espíritu Santo, Espíritu de unidad y de verdad, puede seguir resonando en el corazón y en la mente de los hombres, impulsándolos a encontrarse y a aceptarse mutuamente” (Benedicto XVI, Homilía del 27-V-2012).

La misión del Espíritu Santo es llevarnos a la Verdad completa. Pero sólo llegaremos a ella en la Iglesia y con una actitud de humilde escucha. Así Dios nos concederá la Unidad tan deseada.

“El Espíritu, precisamente por el hecho de que actúa así, nos introduce en toda la verdad, que es Jesús; nos guía a profundizar en ella, a comprenderla: nosotros no crecemos en el conocimiento encerrándonos en nuestro yo, sino sólo volviéndonos capaces de escuchar y de compartir, sólo en el "nosotros" de la Iglesia, con una actitud de profunda humildad interior. Así resulta más claro por qué Babel es Babel y Pentecostés es Pentecostés. Donde los hombres quieren ocupar el lugar de Dios, sólo pueden ponerse los unos contra los otros. En cambio, donde se sitúan en la verdad del Señor, se abren a la acción de su Espíritu, que los sostiene y los une” (Ibídem).

Hay un solo fruto del Espíritu: el Amor, que lleva consigo todos los demás. El Papa lo explica bien.

“"El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz" (Ga 5, 22). Notemos cómo el Apóstol usa el plural para describir las obras de la carne, que provocan la dispersión del ser humano, mientras que usa el singular para definir la acción del Espíritu; habla de "fruto", precisamente como a la dispersión de Babel se opone la unidad de Pentecostés” (Ibídem).

Toda la meditación de la Venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles es una llamada a superar las divisiones. El diablo es el que divide. El Espíritu une. María es la Esposa del Espíritu Santo porque es Aquella que une: “todos estaban reunidos en oración, con María, la Madre de Jesús”. Reflexionemos sobre las últimas palabras del Papa Benedicto en la homilía que hemos comentado.

“Queridos amigos, debemos vivir según el Espíritu de unidad y de verdad, y por esto debemos pedir al Espíritu que nos ilumine y nos guíe a vencer la fascinación de seguir nuestras verdades, y a acoger la verdad de Cristo transmitida en la Iglesia. El relato de Pentecostés en el Evangelio de san Lucas nos dice que Jesús, antes de subir al cielo, pidió a los Apóstoles que permanecieran juntos para prepararse a recibir el don del Espíritu Santo. Y ellos se reunieron en oración con María en el Cenáculo a la espera del acontecimiento prometido (cf. Hch 1, 14). Reunida con María, como en su nacimiento, la Iglesia también hoy reza: "Veni Sancte Spiritus!", "¡Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!". Amén” (Ibídem).



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