Misterios de dolor (4)


Después de haber sido flagelado y coronado de espinas, Jesús es sentenciado a muerte, “y muerte de Cruz” (Flp 2, 8). Jesús contempla por primera vez, de modo real y físico, su Cruz.

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A los discípulos les había anunciado, al menos en tres ocasiones concretas, su Pasión y muerte de cruz. Él sabía claramente que tendría que morir en la Cruz para redimir a todos los hombres.

El Viernes Santo todos adoramos la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo porque representa al Crucificado y en Ella está Cristo. Y cantamos emocionados el himno Crux fidelis.

“Crux fidélis, inter omnes arbor una nóbilis, nulla talem silva profert, flore, fronde, gérmine! Dulce lignum, dulces clavos, dulce pondus sústinet! Pange lingua, gloriósi prœlium certáminis, et super crucis trophæo dic triúmphum nóbilem: quáliter Redémptor orbis immolátus vícerit. Crux fidélis, inter omnes arbor una nóbilis, nulla talem silva profert, flore, fronde, gérmine!”. “¡Oh cruz fiel, el más noble entre todos los árboles! Ningún bosque produjo otro igual: ni en hoja, ni en flor ni en fruto. Oh dulce leño, dulces clavos que sostuvieron tan dulce peso. Canta, lengua, la victoria que se ha dado en el combate más glorioso, y celebra el noble triunfo de la cruz, y cómo el Redentor del mundo venció, inmolado en ella. ¡Oh cruz fiel, el más noble entre todos los árboles! Ningún bosque produjo otro igual: ni en hoja, ni en flor ni en fruto”.

El encuentro de San Andrés, apóstol, con la cruz, cuando llegó el momento de su crucifixión, debió ser de gran gozo, como lo relatan los presbíteros de Acaya.

“O bona crux, quae decorem ex membris Domini suscepisti, diu desiderata, sollicite amata, sine intermissione quaesita, et aliquando cupienti animo praeparata: accipe me ab hominibus, et redde me magistro meo: ut per te me recipiat, qui per te me redemit. Amen”. “¡Oh cruz buena, que fuiste embellecida por los miembros del Señor, tantas veces deseada, solícitamente querida, buscada sin descanso y con ardiente deseo preparada! Recíbeme de entre los hombres y llévame junto a mi Maestro, para que por ti me reciba Aquél que me redimió muriendo. Amén”.

El de Cristo fue mucho más gozoso. San Josemaría, narra de modo vibrante ese encuentro:  

“Con su Cruz a cuestas marcha hacia el Calvario (…). Mira con qué amor se abraza a la Cruz. –Aprende de Él (…). No te resignes con la Cruz. Resignación es palabra poco generosa. Quiere la Cruz. Cuando de verdad la quieras, tu Cruz será... una Cruz, sin Cruz. Y de seguro, como Él, encontrarás a María en el camino” (San Josemaría, Santo Rosario, Cuarto Misterio doloroso).

Jesús se abraza a su Cruz con amor y por amor. Y le vemos seguir su camino hacia el Calvario abrazado a la Cruz, signo de su Amor infinito por los hombres: “Vivo in fide Domini Nostri Iesu Christi, qui dilexit me et tradidit semetipsum pro me”, dice San Pablo.

“¡Con qué amor se abraza Jesús al leño que ha de darle muerte! ¿No es verdad que en cuanto dejas de tener miedo a la Cruz, a eso que la gente llama cruz, cuando pones tu voluntad en aceptar la Voluntad divina, eres feliz, y se pasan todas las preocupaciones, los sufrimientos físicos o morales? Es verdaderamente suave y amable la Cruz de Jesús. Ahí no cuentan las penas; sólo la alegría de saberse corredentores con Él” (San Josemaría, Via Crucis, Segunda estación).

Si amamos, el Señor nos dará la gracia de poder acompañarle en el camino del Calvario, llevando con alegría la medida de cruz que Él quiera compartirnos.

“Quien le amare mucho, vera que puede padecer mucho por Él, al que amare poco dará poco. Tengo ya para mí que la medida de poder llevar gran cruz o pequeña es la del amor” (Santa Teresa, Camino de perfección, 32, 5).

No hay cristianismo sin Cruz. Por eso, San Juan Pablo II, al contemplar los misterios dolorosos, nos dice: 

“Los Evangelios dan gran relieve a los misterios del dolor de Cristo. La piedad cristiana, especialmente en la Cuaresma, con la práctica del Via Crucis, se ha detenido siempre sobre cada uno de los momentos de la Pasión, intuyendo que ellos son el culmen de la revelación del amor y la fuente de nuestra salvación” (San Juan Pablo II, Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, n. 22).

El Cuarto Misterio de dolor contempla casi todas las estaciones del Via Crucis. En concreto, desde la segunda (“Jesús carga con la cruz”) hasta la novena (“Jesús cae por tercera vez”). A partir de entonces, el Señor dejará de abrazarse a la Cruz porque será clavado en Ella en la undécima estación (“Jesús es clavado en la Cruz”), para morir en Ella (Quinto Misterio de dolor).

“Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. Que por tu santa cruz redemiste al mundo”. “Señor pequé. Tened piedad y misericordia de mí”.

El ejercicio del Via Crucis es muy provechoso para quien desea conformarse con Cristo en su Pasión y Muerte, y después participar de su gloriosa Resurrección. En él, revivimos esas últimas horas del Señor y nos unimos estrechamente a su Corazón amante.

Todos los santos nos invitan a abrazar la Cruz del Señor, en la vida diaria, que es el Camino de la verdadera alegría. Por ejemplo, Santa Teresa de Calcuta decía:

«Sufrir no es nada en sí mismo, pero si lo aceptamos con fe, se nos brinda una oportunidad de compartir la Pasión de Jesús y de demostrarle nuestro amor» (cfr. Aceprensa, 123/97, p. 4). «Para la Madre Teresa «el sufrimiento en sí no tiene valor alguno». Lo que cuenta, «el mayor don de que podemos disfrutar es la posibilidad de compartir la Pasión de Cristo». «A quienes dicen admirar mi coraje tengo que decirles que carecería por completo de él si no estuviese convencida de que cada vez que toco el cuerpo de un leproso, el de alguien que despide un olor insoportable, estoy tocando el cuerpo de Cristo, el mismo Cristo a quien recibo en la Eucaristía» (cfr. Aceprensa, 123/97, p. 3).

No dudemos en abrazar la cruz y seguir a Cristo hacia el Calvario: “y de seguro, como Él, encontrarás a María en el camino” (San Josemaría, Santo Rosario, Cuarto Misterio doloroso).


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