Misterios de dolor (3)


Estamos terminando el mes del Corazón de Jesús (junio), y hoy reflexionamos sobre el Tercer Misterio de dolor: la Coronación de espinas.

"CRISTO CON CORONA DE ESPINAS" POR GUIDO RENI. 1636-37. 

San Josemaría Escrivá de Balaguer, a quien —como el lector habrá visto— citamos con frecuencia, porque nuestra familia le debe mucho, solía rezar una oración muy sencilla y breve, pero a la vez profunda, que dice así:

“Corazón de Jesús que me iluminas / hoy digo que mi amor y mi bien eres / hoy me has dado tu cruz y tus espinas / hoy digo que me quieres”.

En una ocasión, su segundo sucesor, Mons. Javier Echevarría, precisamente el día de su cumpleaños (el de don Javier, que nació el 16 de junio de 1932), decía que San Josemaría los consideraba “versos muy malitos” pero que a él le servían para ser piadoso, y que los repetía porque le salían del corazón. Son versos —continuaba don Javier— en los que cada uno también hemos de encontrar el ritmo de nuestra vida.

Es sabido que el Corazón de Jesús se suele representar como un corazón rodeado de una corona de espinas.

Contemplar a Cristo coronado de espinas es contemplar al Hombre (“Ecce Homo”), que es Dios. Es contemplar su Sagrado Corazón, es decir, los más profundos sentimientos del Señor.

En la Misa del Corazón de Jesús, la antífona de entrada está tomada del salmo 32, y dice así: 
“Los proyectos de su corazón subsisten de generación en generación, para librar de la muerte la vida de sus fieles y reanimarlos en tiempo de hambre” (Salmo 32, 11.19).

El año pasado, a raíz de su elección como Prelado del Opus Dei y tercer sucesor de San Josemaría, Mons. Fernando Ocáriz escribía:

“Estamos llamados a contribuir, con iniciativa y espontaneidad, a mejorar el mundo y la cultura de nuestro tiempo, de modo que se abran a los planes de Dios para la humanidadcogitationes cordis eius, los proyectos de su corazón, que se mantienen de generación en generación (Sal 33 [32] 11)” (Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral del 14-II-2017, n. 8).

¿Cuáles son los proyectos del Corazón de Dios, del Corazón de Jesús? Son proyectos de amor. En la 1ª lectura, del Deuteronomio (en la Solemnidad del Corazón de Jesús), Moisés se dirige a Israel para recordarle que Dios no lo ha elegido por ser un pueblo numeroso (pues es el menos numeroso), sino por el amor que tiene a Israel y para cumplir el juramento a sus padres. Dios guarda su alianza y su misericordia hasta mil generaciones para los que lo aman [corresponden a su amor] y guardan sus mandamientos [que son de espíritu y vida].

Benedicto XVI, al inaugurar el Año paulino, decía que el centro del mensaje de san Pablo está en ese texto suyo en la Carta a los Galatas: “Vivo in fide Filli Dei, qui dilexit me et tradidit semetipsum pro me”.

El que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor” (1Jn 4, 7-16). Este amor se ha manifestado en Cristo, “para que vivamos por Él”. Este es el secreto: permanecer en el amor.

“Jesús, confío en ti”, repetía continuamente San Juan Pablo II. Jesús, te amo. Así de sencillo. Tú eres el que das sentido a mi vida. Quiero vivir por ti y de ti. Quiero que seas el centro de mi vida. “Iam non ego, vivit vero in me Christus”. “Mihi vivere Christus est, et mori lucrum”.

La Iglesia nos invita, después de la octava del Corpus, a conocer a Jesús en profundidad, es decir, a no quedarnos con un conocimiento superficial, sino a ir al fondo de su Corazón amante.   

Conocer su corazón (cogitationes cordis eius). Aunque sus pensamientos se repitan de generación en generación, siempre son los mismos. 

Es difícil descubrir cuál es la verdadera devoción al Corazón de Jesús, porque ha sido muy desfigurada. “La Devoción al Corazón de Jesús poco tiene que ver con la sensibilidad. Se ocupa de ella como parte del hombre, pero no es sólo ella ni se basa en ella, ¿comprendes? Se basa sobre todo en la voluntad. Es el amor de voluntad hacia el Corazón de Dios” (Mensaje de Jesús a Marga).

El Corazón de Jesús nos ilumina: nos hace también conocer mejor al hombre (a cada uno). “Gnoverim me, gnoverim te”. “Conócete a ti mismo” (Templo de Delfos).

Nos conocemos como personas amadas: “mi amor y mi bien eres”. Y ¿cuál es la mayor prueba del amor? “Me has dado tu cruz y tus espinas”. Es decir, me has hecho que comparta tus dolores, que me una a tu corazón tan dolorido, que sufre, que está herido, para consolarte y reparar.

El Corazón de Cristo es un corazón traspasado, herido, dolorido, pisoteado, ultrajado, vilipendiado, olvidado y humillado por todos, Varón de Dolores. El Corazón de Jesús se consume, porque el Amor no es amado. Olvidado en el oscuro rincón de nuestro Templo, desfallece el Alma de Cristo: muere de Amor.

En la Eucaristía late el verdadero Corazón de Dios. ¿Cómo podremos tener más devoción al Corazón de Jesús? Amándolo en la Eucaristía. Entregándonos como Corderos inmolados, a imitación de Cristo.

El Corazón de Jesús, hecho Eucaristía: Lanciano (siglo VIII). Un monje, en el momento de la Misa, dudó de la presencia real de Cristo. Vio que la Sagrada Hostia se transformaba en carne humana y el vino en sangre, que luego se coaguló. Estas reliquias se conservan en la catedral. En 1970 se decidió someterlas a examen científico y se comprobó que la carne es tejido muscular del corazón (endocardio, miocardio, nervio vago, ventrículo izquierdo). En 1973 la OMS, después de 15 meses de estudio, confirmó las investigaciones de 1970.  

También en nuestra época podemos entronizar el Corazón de Jesús en nuestra alma y repetir “Cor Iesu Sacratissimum et Misericors, dona nobis pacem”. ¡Oh, Corazón de Jesús!, ¿cómo hacer que otros te amen? ¡Corazón de Jesús, inflama de amor al mundo!

A través de los mensajes de la Verdadera devoción al Corazón de Jesús (cfr. vdcj.org) el Señor nos pide autenticidad (no cumplo y miento), trato íntimo con Jesús, oración bien hecha, confianza en la Providencia, alegría profunda, ser almas de Eucaristía, ofrecimiento de todo, en reparación por los pecados de la humanidad, unidos a la Cruz de Cristo, asociados a su Sacrificio salvador. 

María, nos enseñará a meternos en las llagas de su Hijo, clavado en la Cruz, y coronado de espinas.

"No estorbes la obra del Paráclito: únete a Cristo, para purificarte, y siente, con Él, los insultos, y los salivazos, y los bofetones..., y las espinas, y el peso de la cruz..., y los hierros rompiendo tu carne, y las ansias de una muerte en desamparo... Y métete en el costado abierto de Nuestro Señor Jesús hasta hallar cobijo seguro en su llagado Corazón" (Camino 58).

"Entiendo que, por Amor, desees padecer con Cristo: poner tus espaldas entre Él y los sayones, que le azotan; tu cabeza, y no la suya, para las espinas; y tus pies y tus manos, para los clavos; ...o, al menos, acompañar a nuestra Madre Santa María, en el Calvario, y acusarte de deicida por tus pecados..., y sufrir y amar" (Forja 758).


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