Misterios gozosos (2)


El regocijo que caracteriza a los misterios gozosos del Santo Rosario “se percibe en la escena del encuentro con Isabel, dónde la voz misma de María y la presencia de Cristo en su seno hacen "saltar de alegría" a Juan (cf. Lc 1, 44)” (Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, 20).

Jerónimo Ezquerra. La Visitación, s.f. Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en préstamo gratuito al Museo Carmen Thyssen Málaga 

En su última Exhortación Apostólica, Gaudete et Exultate, el Papa Francisco nos sugiere vivir cinco notas o aspectos de la santidad en el mundo actual, que se pueden resumir en los siguientes puntos: 1) humildad y mansedumbre, 2) alegría y buen humor, 3) laboriosidad y diligencia, 4) fraternidad y espíritu de familia, y 5) vida de oración.

Estos cinco modos de expresar la santidad en nuestra época los podemos contemplar en el Segundo Misterio Gozoso: la Visitación de Nuestra Señora a su prima Santa Isabel.

1. María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña

Los vemos en la escena que relata San Lucas (Lc 39-56).

39 En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá;

En su “Introducción a la vida devota”, San Francisco de Sales señala cuál es la verdadera devoción.

“Consiste en cierto grado de excelente caridad, no sólo nos hace prontos, activos y diligentes, en la observancia de todos los mandamientos de Dios, sino además, nos incita a hacer con prontitud y afecto, el mayor número de obras buenas que podemos, aun aquellas que no están en manera alguna mandadas, sino tan sólo aconsejadas o inspiradas”.

El Arcángel Gabriel le había dicho a la Virgen: “También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril” (Lc 1, 36). Y Nuestra Señora ve en esa noticia, que podría parecer un poco marginal dentro de todo el resto del mensaje de la Anunciación, una inspiración de Dios mismo que la lleva gustosa a hacer un largo viaje para acompañar a su prima.   

Pero esa prontitud, espíritu de sacrificio y diligencia para tomar la decisión de salir de viaje a las montañas de Judea es fruto de la intensa vida interior de la Virgen.

“La viva y verdadera devoción, ¡oh Filotea!, presupone el amor de Dios; mas no un amor cualquiera, porque, cuando el amor divino embellece a nuestras almas, se llama gracia, la cual nos hace agradables a su divina Majestad; cuando nos da fuerza para obrar bien, se llama caridad; pero, cuando llega a un tal grado de perfección, que no sólo nos hace obrar bien, sino además, con cuidado, frecuencia y prontitud, entonces se llama devoción” (Ibidem).

Lo primero en la Virgen es el amor a Dios: eso es lo que la mueve a ir con su prima Isabel; eso es lo que la lleva a ver en Isabel a una hija de Dios que es anciana, está encinta, y necesita la ayuda de una mujer joven, como María, que pueda acompañarla y hacerle más llevadero el embrazo a edad avanzada.

Algunos padres de la Iglesia y escritores apócrifos dicen que María pasó algunos años, cuando era muy pequeña, en el Templo de Jerusalén. Joaquín y Ana la presentaron ahí, a los tres años de edad, y luego la habrían dejado en el Templo a cargo de sus parientes Zacarías e Isabel, que eran de linaje sacerdotal. De esa manera, María habría convivido mucho con Isabel y la quería como si fuera una segunda madre.

De cualquier manera, es notable la prisa de Nuestra Señora por llegar a la montaña de Israel y poder ser útil a Zacarías e Isabel.

2. La fe alegre de Nuestra Señora 

La presencia de la Virgen en Ain Karim es fuente de alegría para aquella casa.

40 entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
41 Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo
42 y, levantando la voz, exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!
43 ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?
44 Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.
45 Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».

La alegría cristiana es fruto del Espíritu Santo. María está llena de Él y es causa de nuestra alegría.

La alegría y el buen humor del cristiano, como dice el Papa Francisco en Gaudete et Exultate son «gozo en el Espíritu Santo» (Rm 14, 17). “María, que supo descubrir la novedad que Jesús traía, cantaba: «Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador» (Lc 1, 47)” (GE, 122 y 124).

El Espíritu Santo suscita la fe. Por lo tanto, la alegría es fruto de la fe: “Bienaventurada la que ha creído”. Cuanta más fe se tiene, más alegría se despliega en cada momento de la vida. Así sucedía a Nuestra Señora.

Impulsados por la fuerza de la fe, decimos a Jesús:

«¡Señor, creo! ¡Pero ayúdame, para creer más y mejor! Y dirigimos también esta plegaria a Santa María, Madre de Dios y Madre Nuestra, Maestra de fe: ¡bienaventurada tú, que has creído!, porque se cumplirán las cosas que se te han anunciado de parte del Señor (Lc 1, 45(San Josemaría, Amigos de Dios, n. 204). «¡Madre, ayuda nuestra fe!» (Francisco, Carta enc. Lumen fidei, 29-VI-2013, n. 60).

3. La humildad de María 

La respuesta de María al elogio de Santa Isabel es la humildad. Ella es una joven insignificante. Todo se lo debe al Señor. Por eso entona el cántico del Magnificat.

46 María dijo:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor,
47 se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
48 porque ha mirado la humildad de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
49 porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:
su nombre es santo,
50 y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
51 Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
52 derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
53 a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
54 Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia
55 –como lo había prometido a nuestros padres–
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».
56 María se quedó con ella unos tres meses y volvió a su casa. 

Ya hemos hablado de la humildad de la Virgen en el Primer Misterio Gozoso. Pero nunca es suficiente. Podríamos estar contemplando, sin acabar, este rasgo mariano que está en la base de toda su santidad.

“La humildad es la verdad”, decía Santa Teresa de Jesús. La humildad de María es plenamente sincera. Ella vive en la verdad. Sabe que todo es su vida es gracia. No hay nunca un pensamiento de amor propio (de “autorreferencialidad”, como dice el Papa Francisco con frecuencia).

Aunque no lo dice expresamente la Sagrada Escritura, San Josemaría imaginaba a María en compañía de José. Nosotros también podemos verlo así: "Acompaña con gozo a José y a Santa María"; "te enternecerás ante el amor purísimo de José" (cfr. Josemaría Escrivá de Balaguer, Santo Rosario).

El 2 de julio de 1974 (antigua fiesta de la Visitación de Nuestra Señora y día en que, 13 años antes, se apareció por primera vez la Virgen en Garabandal) san Josemaría estaba en Chile y, comentaba sobre el retablo del oratorio de Antullanca, una casa de retiros del Opus Dei en ese país, lo siguiente:

"He hecho la oración esta tarde allí [en Antullanca], pensando en vosotros, media hora o tres cuartos de hora escasos, antes de venir aquí. [...]. En el oratorio han colocado unos cuadros muy simpáticos, de escuela quiteña, del tiempo colonial. Uno representa la Visitación de Nuestra Señora, y se ve a Santa Isabel que recibe a la Virgen, y luego a Zacarías que saluda a San José. Me he vuelto a conmover. Ya lo había visto ayer, pero hoy he seguido mi oración con los ojos puestos unas veces en el Sagrario, y otras en el cuadrito".

Nosotros también podemos conmovernos, una vez más, ante esta escena tan entrañable de la vida de Cristo y de su Madre.      




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