Un Adviento junto a María y José

Mañana comenzamos el Adviento. Un tiempo de oración y esperanza. Un tiempo mariano, porque acompañaremos a la Virgen y a San José en su camino hacia Belén, donde nacerá el Niño.


Hace cinco años, el Papa Benedicto XVI, decía lo siguiente sobre el Adviento:

“La Virgen María encarna perfectamente el espíritu de Adviento, hecho de escucha de Dios, de deseo profundo de hacer su voluntad, de alegre servicio al prójimo. Dejémonos guiar por ella, a fin de que el Dios que viene no nos encuentre cerrados o distraídos, sino que pueda, en cada uno de nosotros, extender un poco su reino de amor, de justicia y de paz” (Ángelus, 2 de diciembre de 2012).

María encarna perfectamente el espíritu del Adviento”. Por lo tanto, si queremos vivir muy bien este Adviento, acerquémonos a María, vivámoslo junto a Ella y junto a su esposo San José, a quien no podemos separar de la Virgen. San Josemaría Escrivá de Balaguer escribió en el prólogo a su libro Santo Rosario que "El principio del camino que lleva a la locura del amor de Dios es un confiado amor a María Santísima".

Pero ¿qué características tiene el espíritu del Adviento? ¿Cómo vivió la Virgen el Primer Adviento? El Papa Benedicto XVI señala tres actitudes concretas.

La primera es la “escucha de Dios”, es decir, la oración. Lo más importante en la oración es escuchar la Voz de Dios. La oración es diálogo, pero en ese diálogo, lo primero es escuchar lo que nos quiere decir el Señor, escuchar al Espíritu Santo.

Antes que nada, el Adviento es un tiempo de oración. María y José tuvieron, en Nazaret y luego en el camino hacia Belén, mucho tiempo para hacer oración. Una oración silenciosa, llena de recogimiento. Una oración reposada, con la gran calma que les permitía su vida tranquila y sencilla.

Al comenzar el Adviento es fundamental que nos propongamos buscar y encontrar esos momentos, durante el día, para escuchar a Dios que nos quiere decir muchas cosas. En realidad, Él nos habla constantemente, en todo momento, a través de las situaciones más intrascendentes. Puede hablarnos por medio de los que nos rodean, o en las ideas de un libro que leemos, o al contemplar una escena de la creación, llena de belleza.

En cualquier momento de nuestra vida el Señor se hace presente. A veces de una manera muy sutil y tenue. Otras veces casi con gritos (por ejemplo, usando su “megáfono”, como dice C.S. Lewis, que es el dolor).

Sin embargo, para poder escuchar Dios siempre, es necesario que le dediquemos “tiempos especiales sólo para Él”. Desde luego, el “lugar” más valioso y mejor para encontrarle es la Eucaristía. Asistir a Misa lo más frecuentemente posible, en este tiempo de Adviento, nos ayudará a meternos de lleno en la espera del Señor. Tanto porque en la Misa recibimos a Jesús, en la Eucaristía, como porque escuchamos la Palabra de Dios, en las lecturas y textos litúrgicos de cada día, que tienen una gran riqueza en este tiempo.

Además, podemos dedicarle al Señor otros ratos para Él sólo: por medio de la oración mental (muchas personas en el mundo dedican, por ejemplo, media hora por la mañana y media hora por la tarde), la lectura espiritual (del Nuevo Testamento y de autores espirituales), y la recitación del Santo Rosario, contemplando especialmente durante este tiempo los Misterios Gozosos.

La segunda característica que nos recomienda el Papa Benedicto XVI para vivir el Adviento junto a la Virgen es el “deseo profundo de hacer su voluntad [la de Dios]”. La oración es la base para que, después, podamos vivir según la voluntad de Dios en todo momento.

Y ¿cuál es la voluntad de Dios? Para todos es la santidad: que vivamos santamente, que cumplamos sus mandamientos, que tengamos en cuenta las enseñanzas de Jesús (por ejemplo, las Bienaventuranzas), que vivamos en todo momento el Mandamiento del Amor (a Dios y al prójimo). Es decir, que nos comportemos como hijos de Dios en cualquier circunstancia de nuestra vida (personal, familiar, profesional, social…).

No es fácil vivir así. Por eso es de primera importancia tener una actitud de lucha. “La vida del hombre sobre la tierra es milicia”, dice el Libro de Job (1, 7). La mortificación cristiana es un ingrediente necesario para cumplir la voluntad de Dios. No es posible seguir a Cristo sin la Cruz, que es el Sello Real del cristiano. El Adviento es un tiempo penitencial. Un signo de ello son los ornamentos de color morado que utiliza el sacerdote en la Misa. El Adviento es un tiempo de conversión personal (de examen y de contrición, para poder abrirse al cambio que desea el Señor de cada uno).   

Cumplir la voluntad de Dios también requiere un discernimiento para descubrir lo que Dios quiere de mí, en concreto, en general y también para esta época determinada que vivo (en estas circunstancias particulares, en estos asuntos concretos que debo decidir). Si somos almas contemplativas, de oración, podremos saber mucho más fácilmente cuál es la voluntad de Dios hoy y ahora para cada uno.

Por último, la tercera característica que menciona el Papa sobre el Adviento junto a María es un “alegre servicio al prójimo”. Esto lo podemos aprender al contemplar el Segundo Misterio Gozoso del Rosario: La Visitación de la Virgen a su prima Santa Isabel. María, al saber que su prima está también esperando el nacimiento de un hijo, corre presurosa a las montañas de Judea para acompañarla y ayudar a Isabel, que era una anciana, en los tres meses que le faltaban para el alumbramiento de Juan el Bautista. Nos podemos imaginar la cantidad de detalles de servicio que tendría la Virgen con su prima. Y también la gran alegría que viviría, precisamente por el hecho de poder servir: “Mi alma engrandece al Señor y mi espíritu se llena de gozo en Dios mi Salvador”.

¿Cuál era el gran secreto de la Virgen? ¿Por qué deseaba tanto servir con alegría a los demás? Porque era extraordinariamente humilde: “Porque ha visto la humildad de su esclava he aquí que me llamarán dichosa todas las generaciones”.

Tiempo de Adviento. Tiempo de oración. Tiempo de conversión. Tiempo de servir alegremente a nuestros hermanos. Tiempo de estar muy cerca de María y de su esposo San José. Así esperaremos con gozo la Venida del Señor.


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