"La fuerza del silencio" (10)

Terminamos hoy los post dedicados a difundir y comentar los textos sobre el silencio en el último libro del Cardenal Robert Sarah.


Y llegamos a la conclusión de que el silencio nos ayuda a atisbar, aunque sea sólo un poco, el gran misterio de Dios, que es un Dios cercano pero, al mismo tiempo, “habita en una luz inaccesible”. Es el Dios escondido, el “Totalmente Otro”.

“¡Qué aventura tan extraordinaria —escribe el Cardenal Sarah— la de querer reflexionar sobre el silencio del Cielo” (FS, p. 109). Podríamos extenderlo más: la de querer reflexionar sobre el silencio; como él lo ha intentado hacer en las casi 300 páginas de su libro en la edición castellana.

El último capítulo del libro (el 5°) se titula: “Como un grito en el desierto”, y relata el encuentro del Cardenal Sarah con don Dysmas de Lassus, Padre General de la Orden de los Cartujos, en la Grande Chartreuse.

El monasterio de la Grande Chartreuse (Gran Cartuja) es el primero y la casa-madre de la Orden de los Cartujos. Está situado en la comuna de Saint-Pierre-de-Chartreuse, en el departamento de Isère (Región Ródano-Alpes), a pies del Grand Som, la cuarta cima más alta del macizo de la Chartreuse.

Las conversaciones entre los dos prelados se desarrollan en torno al tema de la necesidad del silencio en el mundo en que vivimos, que se aleja de Dios, en muchos aspectos.

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Descubrir el fondo del alma humana

“Lejos de Dios —dice el Cardenal Sarah—, el silencio es un duro encontronazo con el propio yo y con las realidades poco lúcidas que habitan en el fondo de nuestra alma. A partir de ahí, el hombre entra en una lógica que se asemeja a una negación de la realidad. Se embriaga con todos los ruidos posibles para olvidarse de quién es. El hombre postmoderno quiere anestesiar su propio ateísmo” (FS, p. 264).   

“Nadie mejor que san Agustín nos ha hecho avanzar en el conocimiento de la realidad más esencial del hombre (…). Piensa que el conocimiento del hombre conduce al Ser, a un Dios más íntimo que lo más íntimo de uno mismo” (FS, p. 219).

“El autor de la famosa frase Noverim me, noverim te (Soliloquios, 2, 1) [San Agustín: “Conocerme y concerté”], afirma a lo largo de toda su obra que el conocimiento propio y el conocimiento de Dios están íntimamente unidos. Ir en busca de Dios no consiste en salir de sí mismo para hallar un objeto en el mundo exterior, sino en separarse de este mundo y replegarse en uno mismo. “No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad” (De vera religione, 39, 72)” (FS, p. 219).

“Para acceder a Dios, el hombre primero debe conocerse” (FS, p. 219).

“El hombre no puede esperar conocer a Dios sin haberse encontrado a sí mismo, es decir, sin haber confesado ante los demás hombres sus buenas y malas acciones para alabanza de Dios” (FS, pp. 219-220).

“El silencio es un elemento sumamente necesario en la vida de cualquier hombre. Permite el recogimiento del alma. Protege al alma de la pérdida de su identidad. Previene al alma frente a la tentación de apartarse de sí misma para ocuparse de lo externo, lejos de Dios” (FS, p. 220).

“En los momentos importantes de la vida el silencio se convierte en una necesidad esencial. No obstante, no buscamos el silencio por sí mismo, como si fuera nuestro fin: buscamos el silencio porque buscamos a Dios. Y le encontraremos si guardamos silencio en lo más profundo de nuestro corazón” (FS, p. 220).

“El narcisismo del exceso de palabras es una tentación de Satanás. Conlleva una forma de exterioridad detestable en la que el hombre se recuesta en la superficie de sí mismo haciendo ruido para no escuchar a Dios” (FS, p. 222).

“Muchas veces hablamos porque creemos que los demás esperan que lo hagamos. No sabemos callar porque nuestro dique interior está tan agrietado que ya no frena la marea de nuestras palabras. El silencio de Dios debería enseñarnos que hay que callar a menudo” (FS, pp. 222-223).

“Sé que nadie ha visto ni entendido jamás a Dios, excepto Aquel que viene en su nombre: este ha visto al Padre (Jn 6, 46). Pero sé también que Él me habla cada día en lo más íntimo de mi ser, y le escucho en el silencio que suscita la escucha mutua, el deseo de comunión y de amor. Dios es una luz que ilumina e irradia sin ruido. Su llama resplandece, pero su brillo es silencioso. Dios brilla y resplandece como el sol. Arde como una hoguera, pero es inaudible. Por eso me parece tan importante dejarnos inundar por el silencio de Dios, que es una palabra sin voz” (FS, p. 226).

“El hombre no busca el silencio por el silencio. El deseo del silencio en sí sería una aventura estéril y una experiencia estética especialmente agotadora. En lo más hondo de su alma el hombre desea la presencia y la compañía de Dios, del mismo modo que Cristo buscó a su Padre en el desierto, alejado de los gritos y las pasiones de la multitud. Si le deseamos de verdad y si estamos en su Presencia, las palabras dejan de ser necesarias. Sólo la intimidad silenciosa con Dios es palabra, diálogo y comunión (FS, p. 230).


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