Sal de la tierra y luz del mundo

En la homilía de la canonización de san Josemaría Escrivá de Balaguer, el 6 de octubre de 2002, san Juan Pablo II comentó brevemente las palabras de Jesús que leeremos mañana en el Evangelio de la Misa  (Mt 5, 13-16) del 5° domingo durante el año: “Ustedes son la sal de la tierra (…). Ustedes son la luz del mundo”.


“Siguiendo sus huellas —decía el Papa, refiriéndose a san Josemaría—, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis “sal de la tierra” (cf. Mt 5, 13) y brillará “vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16)”.

¿Cómo podemos los cristianos ser sal y luz delante de los hombres? La respuesta es clara: cultivando el estilo evangélico de vivir, es decir, el modo de vivir de Jesucristo, de la Virgen, de los Apóstoles, de los discípulos que seguían a Jesús...; el estilo de vida de los pequeños y los humildes de corazón.

El domingo pasado veíamos quiénes son esos pobres y humildes. «Es la gente humilde rechazada y despreciada la que le entiende y corre tras El. Con esta gente Jesús establece entendimiento inmediato; es gente convencida de no saber ni valer nada, convencida de necesitar ayuda y perdón (...). No así los "sabios" y los "inteligentes"; estos se han formado su propia visión de Dios y del mundo, y no están dispuestos a cambiarla. Creen saber todo acerca de Dios, creen poseer la respuesta decisiva y piensan que no tienen nada que aprender, por ello rechazan la "Buena Nueva" (...). Solamente quien acepta los propios límites intelectuales y morales y se reconoce necesitado de salvación, puede abrirse a la fe y en la fe encontrar a Cristo a su Redentor» (san Juan Pablo II, 17-II-80).

Para ser sal y luz delante de los hombres, es necesario vivir las bienaventuranzas proclamadas por Jesús inmediatamente antes. Un resumen maravilloso de ellas nos lo da san Juan Pablo II en la homilía citada más arriba, cuando define el estilo evangélico “de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu”.

Son cuatro notas en las que vale la pena detenerse una y otra vez.

La humildad es como la base del estilo evangélico de vivir. Es la virtud humana fundamental, en la cual se apoya todo el edificio espiritual. Es preciso tener conciencia de nuestra insignificancia delante de Dios y de nuestros hermanos. La humildad va de la mano de la sinceridad, la docilidad y la sencillez.  

La segunda característica es el servicio. Los humildes desean servir, ser útiles, ayudar a los demás, darse. “La humildad es la morada de la caridad” (San Agustín). Y una forma sencilla de la caridad es el espíritu de servicio. Todo se puede convertir en servicio: desde la oración hasta el trabajo y el apostolado. Por ejemplo, ante la pregunta de Peter Seewald (en “Últimas conversaciones”, p. 35) sobre si hay algo que el Papa Benedicto XVI quisiera aún llevar a cabo, responde: “No en el sentido de que quiera dejar aún algo a la humanidad. Pero sí en el sentido de proseguir mi servicio en la oración”.

Pero para poder servir con humildad, son necesarias previamente dos condiciones fundamentales.: el abandono en Dios y la oración.

En primer lugar una actitud de “abandono en la Providencia”. Sólo se es verdaderamente humilde cuando nos sentimos como niños en las manos de Dios, confiados plenamente en sus planes, seguros de que todo lo que sucede en nuestra vida no es fruto de la casualidad o el azar, sino manifestación del designio de Dios. Es una actitud vital, don de Dios, que podemos identificar con las virtudes teologales de la fe y la esperanza.

La última nota del estilo de vida evangélico es “la escucha constante de la voz del Espíritu”, es decir, el empeño por mantener nuestra unión con Dios por medio de la oración. Es el deseo de permanecer abiertos a la acción del Espíritu Santo en nuestra alma, que acude en ayuda de nuestra debilidad.

Podemos decir que la oración es el clima espiritual de los pobres de espíritu que, si se cultiva diariamente, les lleva a abandonarse totalmente en las manos de Dios y, por eso, a ser verdaderamente humildes y ocuparse constantemente en el servicio de sus hermanos.

Luchando por vivir todos los días el estilo evangélico, que ante todo es un don de Dios, podremos ser sal y luz para nuestros hermanos.     


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