El pueblo que yacía en tinieblas vio una gran luz

Los textos litúrgicos del Domingo III del Tiempo Ordinario nos dan pie para reflexionar sobre Cristo, Luz del mundo; un mundo que yace en las tinieblas, pero que ya está iluminado por una gran luz. Nosotros somos cooperadores de esa Luz: somos como puntos luminosos en la noche oscura del mundo, si vivimos la Vida de Cristo.


“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció” (cfr. Primera Lectura: Is 8, 23.9, 3).

Este texto de la liturgia me trae a la memoria el título de una película de 1993: “Tierra de sombras” (Shadowlands), que trata sobre la vida de C. S. Lewis, el gran escritor inglés, autor de las “Crónicas de Narnia”, y amigo de J.R. Tolkien. La película se centra en la relación entre C. S. Lewis y su esposa Joy Davidman, recogida en su libro “Una pena en observación”.

C. S. Lewis, con gran agudeza, se adentra en la psicología del ser humano, y siempre lo hace con una visión de fe. Nuestra relación con Dios es fuente de grandes alegrías, pero también de penas profundas. Para los cristianos, sin embargo, esas penas no son causa de “tristeza” propiamente. El dolor, para un discípulo de Cristo, siempre es un motivo de gozo, porque se sabe sostenido por el Amor de Dios que le genera interiormente una esperanza que no defrauda (cfr. Rm 5, 5).

Es verdad que somos un pueblo que camina en una “tierra de sombras”. Basta echar una mirada al mundo que nos rodea. Basta mirarnos a nosotros mismos. No vemos mucha armonía, paz, justicia, bondad…, sino todo lo contrario. Pero trascendiendo esas sombras, también estamos iluminados por una Gran Luz.

Esa Gran Luz es Cristo. “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién podrá hacerme temblar?” (Del salmo 26, 1.4.13-14).

Sólo Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre (cfr. Gaudium et spes, 22), pues sólo Él es el hombre perfecto y solamente en él aparece lo que es propiamente el hombre. Sólo Cristo revela nuestro propio misterio.

En Cristo conocemos quiénes somos, cuál es nuestro origen, hacía qué destino caminamos, cuál es el sentido de nuestra vida. Él nos revela que somos, ante todo, hijos de Dios: esa es nuestra verdad más íntima. Nos enseña que estamos hechos para el Amor. Nos promete una Vida que no termina con la muerte, sino que perdura en Dios para siempre.

Por eso podemos cantar con el salmo: “Lo único que pido, lo único que busco, es vivir en la casa del Señor toda mi vida, para disfrutar las bondades del Señor y estar continuamente en su presencia” (ibídem).

¿Es ese nuestro gran anhelo: vivir en la casa del Señor toda nuestra vida? ¿Qué significa esto? Vivir en la casa del Señor es vivir en la presencia de Jesucristo en todo momento. Cristo es el fin de nuestras acciones. Cristo viven en mí; es decir, en mi corazón, en mi conducta: Él es el sujeto con quien me busco identificar en todo. Cristo es mi Camino: todo (mi vida familiar, profesional, social…) está centrado en Él, vivificado por Él.

“La bondad del Señor espero ver en esta misma vida” (ibídem). Ya aquí, en este mundo, vemos la Bondad del Señor. “Todo es para bien de los que aman a Dios” (Rm 8, 28).

Por eso podemos decir que Cristo es la Gran Luz que ilumina la tierra de sombras en la que vivimos.

La vida en Cristo nos lleva a ser antorchas, puntos de luz, que iluminan el mundo. La luz disipa las tinieblas, sobre todo las tinieblas del odio y de la división. La luz es la Verdad que une.

“Hermanos: Los exhorto, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que todos vivan en concordia y no haya divisiones entre ustedes, a que estén perfectamente unidos en un mismo sentir y en un mismo pensar” (Segunda Lectura: 1 Cor 1, 10-13.17).

El cristiano es siempre “instrumento de unidad”. Lucha contra la acción del demonio, que busca dividir a los hombres entre sí, porque siembra la discordia en los corazones.

San Josemaría Escrivá de Balaguer, por ejemplo, era un gran promotor de la unidad entre los hombre, que es un don y una tarea. La primacía la tiene el Don (la acción del Espíritu Santo en la Iglesia y en el mundo), pero la unidad es una tarea diaria: es algo que cada día hemos de construir ahí donde estamos.

“Los hijos de Dios han de comportarse —¡siempre!— como instrumentos de unidad (Amigos de Dios, 233). Han de procurar con todas sus fuerzas que haya unidad y paz entre los que, por ser hijos del mismo Padre Dios, son hermanos (Ibidem, 174.). Están llamados a colaborar humildemente, pero fervorosamente, en el divino propósito de unir lo que está roto, de salvar lo que está perdido, de ordenar lo que ha desordenado el hombre pecador, de llevar a su fin lo que se descamina, de restablecer la divina concordia de todo lo creado (Es Cristo que pasa, 65). Para llevarlo a cabo, han de dar la vida por los demás. Sólo así se vive la vida de Jesucristo y nos hacemos una misma cosa con Él (Via Crucis, XIV Estación)” (E. Burkhart y J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría. Estudio de teología espiritual, Epílogo).

El pueblo que yacía en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció. Desde entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo: “Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”” (Evangelio: Mt 4, 12-23).

Jesús, la Gran Luz que ilumina a todos los hombres, predica desde el inicio de su vida pública la conversión, “porque ya está cerca el Reino de los cielos”. Siempre es momento de conversión, pero ahora más que nunca “porque ya está cerca el Reino de los cielos”.



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