Maternidad Divina de María (2017)

En el 31 de diciembre de 2016 nos preparamos para dar la bienvenida al nuevo año 2017. Este será el último “post” del 2016, y reflexionaremos sobre el papel fundamental de María, Madre de Dios y Madre nuestra, en la nueva etapa que estamos comenzando.

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De Maria numquam satis”. Sobre María nunca podemos decir que ya “es suficiente”. Siempre nos quedaremos cortos al tratar de valorar su importancia en el Misterio de la Redención.

Pero la grandeza de María, Madre de Dios, se fundamenta en su pequeñez, es decir, en saberse instrumento de Dios: “Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso”. “Porque vio la humildad de su esclava he aquí que me llamarán dichosa todas las generaciones”.

Al considerar la Maternidad divina de María, podemos continuar metidos en el clima sencillo y alegre de la Navidad en donde lo grande se manifiesta en lo pequeño.

La Madre de Dios es, a la vez, la humilde doncella de Nazaret afanada en las tareas del hogar, como cualquier mujer de su tiempo.    

El salmo 130 lo compuso el Rey David, antepasado de María. Seguramente fue uno de los salmos preferidos de María.

En la Liturgia de las Horas (versión latina) lo leemos, por ejemplo, en el Oficio de Lecturas del sábado de la Semana XXXIII durante el año (lo transcribimos en latín, por la fuerza que tiene):     

Ant. Qui humiliáverit se sicut párvulus, hic maior est in regno cælórum.

Psalmus 130 (131)
Quasi parvuli fiducia in Domino collocata

Discite a me, quia mitis sum et humilis corde (Mt 11, 29).
1 Dómine, non est exaltátum cor meum, *
neque eláti sunt óculi mei,

neque ambulávi in magnis *

neque in mirabílibus super me.
2 Vere pacátam et quiétam *
feci ánimam meam;

sicut ablactátus in sinu matris suæ, *
sicut ablactátus, ita in me est ánima mea.
3 Speret Israel in Dómino *

ex hoc nunc et usque in sǽculum.

Ant. Qui humiliáverit se sicut párvulus, hic maior est in regno cælórum.

Veamos lo que el Papa Juan Pablo I comentaba sobre este salmo.

«Como niño de pecho en brazos de su madre... así en ti está mi alma» (Ps 130). Y Luciani escribe a David: «Vuestro optimismo al final del pequeño salmo estalla en un grito de gozo: “Me abandono en el Señor, desde ahora y para siempre”. Al leeros no me parecéis ciertamente un amedrentado, sino un valiente, un hombre fuerte, que se vacía el alma de confianza en sí mismo para llenarla de la confianza y la fuerza de Dios» (Albino Luciani, Illustrisimi, BAC, p. 62).

Eso es lo que sucedió a María: puso totalmente su confianza en Dios. Lo explica muy bien el Cardenal Joseph Ratzinger.

«María, la tierra santa de la Iglesia, como con toda propiedad la llaman los Padres. Esto es justamente lo que el misterio de María significa: que la palabra de Dios no quedó vacía y limitada a sí misma, sino que asumió lo otro, la tierra.

Los Padres del desierto sostienen que orar no es más que transformarse en deseo inflamado del Señor. Esta oración se cumple en María: diría que ella es como un cáliz de deseo, en el que la vida se hace oración y la oración vida. San Juan, en su evangelio, nunca llama a María por su nombre. Se refiere a ella únicamente como a la madre de Jesús. En cierto sentido, María se despojó de cuanto en ella había de personal, para ponerse por entero a disposición del Hijo, y haciéndolo así, alcanzó la realización plena de su personalidad.

En nuestro mundo occidental nos atenemos únicamente al principio del varón: hacer, producir, planificar el mundo... sin deber nada a nadie, confiando tan sólo en los propios recursos... María, como madre de Jesús, puede significar algo enteramente indispensable para la teología y para la fe.

Debemos liberarnos de esa visión unilateral propia del activismo de Occidente, para que la Iglesia no se vea rebajada a la categoría de mero producto de nuestro hacer y de nuestra capacidad organizativa. La Iglesia no es obra de nuestras manos, sino semilla viviente que quiere desarrollarse y alcanzar su madurez. Por esta razón, tiene necesidad del misterio mariano; más aún, ella misma es misterio de María. Únicamente será fecunda si se somete a este signo, es decir, si se hace tierra santa para la palabra. Hemos de aceptar el símbolo de la tierra fértil; tenemos que hacernos de nuevo hombres que esperan, recogidos en lo más íntimo de su ser; personas que en la profundidad de la oración, del anhelo y de la fe, dejan que tenga lugar el crecimiento» (Cfr. J. Ratzinger, El Camino pascual, p. 33 ss.).

En su homilía de la Catedral de México, en 1979, san Juan Pablo II hablo sobre la fidelidad de la Virgen. María es “Virgo fidelis”. Señalaba, entonces, cuatro dimensiones de esa fidelidad: la búsqueda, la aceptación, la coherencia y la constancia.

«La segunda dimensión de la fidelidad de la Virgen se llama acogida, aceptación. Es el momento crucial de la fidelidad, en el cual el hombre percibe que jamás comprenderá totalmente el cómo, que hay en el designio de Dios más zonas de misterio que de evidencia. Es entonces cuando el hombre acepta el misterio y le da un lugar en su corazón, como María...» (Juan Pablo II, 26-I-1979).

Después de haber buscado e intentado comprender el significado del anuncio del Ángel, una vez que San Gabriel le explica los designios divinos y le da a conocer su vocación, María dice: “fiat mihi secundum verbum tuum”.

María ha recibido el favor de Dios y por eso es bella, con esa belleza que llamamos santidad. En Occidente es la "Inmaculada" (en sentido negativo). En Oriente es la "Tota pulchra", "Toda santa", la "Panaghia" (icono ruso del siglo XIII).

María está continuamente dando gracias. Entre los hebreos no existe la palabra "agradecimiento", pero sí el sentimiento de dar gracias que se expresa mediante la adoración y la alabanza: "Mi alma alaba al Señor, porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso".

La Panaghia es la Madre de Dios que permanece en pie con los brazos levantados y una actitud de total apertura y receptividad. El Señor está con ella bajo la forma de un niño rey visible por trasparencia en el centro del pecho. Su rostro es todo de estupor, silencio y humildad, como si dijese: "Mirad qué ha hecho de mí el Señor, en el día en que ha puesto los ojos en su humildad esclava" ("Quia respexit humilitatem ancillae suae").




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