sábado, 15 de agosto de 2015

La Asunción de Nuestra Señora

El 15 de agosto de 1998, Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora, Marga, la vidente española sobre la cual nos hemos referido con frecuencia en este blog, recibió un mensaje de la Virgen que decía lo siguiente.

 

Mensaje del 15 de agosto de 1998

“Elevad vuestro espíritu del suelo, elevad vuestros ojos al Cielo y ascended conmigo al Paraíso. Ansiad vuestro sitio en él. Ocupadlo conmigo. Os espera.

Habrá quienes sigan retozando aquí, habrá quienes no quieran subir, quienes no os oigan. Olvidadlos, no hay tiempo. Abandonadlos a la Misericordia de Dios.

Entrad en el Arca (en Mi Corazón). Salvaos. Salvad. Dad la mano, alzad al vulgo.

Pequeños niños, ¡tan ciegos! No desoigáis mis súplicas. Se condenan, se condenan. No pequéis. No sigáis pecando. Abandonad ese camino no hecho para vosotros. Sois Templos. Sois Tabernáculos. Sois Morada de Dios Trino.

El mundo... ¡Cómo va la gente hacia su condenación! El mundo es un inmenso erial. Es cual pocilga inmunda. No podéis verlo...

¡Niños, niños! ¿Qué hacéis? ¿Qué hacéis con vuestra alma? ¿Qué hacéis con vuestra salvación?”.

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Se trata de un mensaje corto pero muy denso. La Virgen nos anima a poner nuestra mirada en lo alto, en las cosas de Dios y, concretamente, en el sitio que tenemos preparado ahí, en Dios.

Y nos aconseja que, para alcanzar esa meta, nos metamos en el Arca, es decir, en su Corazón Inmaculado.

Con insistencia nos advierte que hay muchos que van por mal camino, hacia su condenación. Aunque no lo veamos tan claramente, en la actualidad, se entabla un fuerte combate entre el bien y el mal. Es una lucha que tiene lugar fundamentalmente en las almas, de modo individual.

El mundo es un inmenso erial y María nos pide que contagiemos a los demás los deseos, las ansias, de poner nuestra mirada en el Cielo, donde está Ella Esperándonos.

El 15 de agosto de 2003 Marga volvía a recibir un mensaje corto pero sustancioso de la Virgen.

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Mensaje del 15 de agosto de 2003

“Mis manos permanecen siempre firmes sobre vosotros, mi bendición jamás os será retirada. Siempre contaréis con mi ayuda, siempre, ¡siempre! Ninguno se sienta huérfano. Sois los hijos predilectos del Rey. ¡Oh! ¡Qué mal han entendido algunos esa predilección!

Mirad, hijos, os llamo ahora, urgentemente, porque se está llevando a cabo una masacre ¡una masacre en mis filas! Y yo tengo el rostro serio y grave. Una masacre. ¡Miradles! Todos vuestros hermanos muriendo, muriendo y muriendo...

Hay muchas muertes en el campo de batalla. Aunque todo esté aparentemente tranquilo. Aunque vosotros aquí estéis como en un remanso de paz, allá, en el campo de batalla, muchos de los míos están pereciendo a manos de sus enemigos. ¡Sí! ¡Los míos! Hija, se diezma mi Ejército.

El estandarte de vuestra salvación es la Eucaristía. Aquel que porte la Eucaristía, que sea persona eucarística, hará retroceder a las hordas del Maligno.

Sed Eucaristía. Yo también era Eucaristía. Imitadme.

Nota (1)  La Virgen se me aparece como una gran Mujer que viene del Campo de Batalla de atender a los suyos. Está cansada. Ha hecho una parada para venir a contarme esto. Es como si nosotros estuviéramos ajenos a una gran guerra que está ocurriendo a nuestro alrededor. Como si estuviéramos en un remanso de paz, y afuera todo es violencia. La Virgen viene a decírnoslo. Y a requerir nuestra ayuda. Allá afuera se necesita gente. El ejército del mal va diezmando la población. Oigo aves, gritos, ruido de cruel matanza. Puedo sentir cómo están matando a los nuestros. La Virgen ha entrado y se ha apoyado descansando, aunque sigue de pie. Estoy en una tienda de campaña y la tela que hace de puerta se ha corrido y puedo ver un poco de la batalla. La Virgen no está radiante sino que está cansada, y sus ropas no rotas pero sí como de alguien que viene de trabajar y moverse mucho. Tengo que salir de la tienda pues me están llamando con premura. Entonces veo como un caballo sin jinete que me está esperando. Subo y cojo un estandarte ante el cual, los enemigos se abajan hasta el suelo, inclinan la cabeza. El estandarte es la Eucaristía.

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Relacionadas con estos dos mensajes de la Virgen, están unas palabras que dirigía el Papa Benedicto XVI el 15 de agosto de 2007, hace ocho años, en Castelgandolfo (las negritas son nuestras):

Queridos hermanos y hermanas:

En su gran obra «La ciudad de Dios», san Agustín dice en una ocasión que toda la historia humana, la historia del mundo, es una lucha entre dos amores: el amor de Dios hasta la pérdida de sí mismo, hasta la entrega de sí mismo, y el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, hasta el odio de los demás. Esta misma interpretación de la historia, como lucha entre dos amores, entre el amor y el egoísmo, aparece también en la lectura tomada del Apocalipsis, que acabamos de escuchar. Aquí, estos dos amores, aparecen en dos grandes figuras. Ante todo, está el dragón rojo, fortísimo, con una manifestación impresionante e inquietante de poder sin gracia, sin amor, del egoísmo absoluto, del terror, de la violencia.

En el momento en el que san Juan escribió el Apocalipsis, para él este dragón se materializaba en el poder de los emperadores romanos anticristianos, desde Nerón hasta Domiciano. Este poder parecía ilimitado; el poder militar, político, propagandístico del imperio romano era tal que ante él la Iglesia daba la impresión de ser una mujer indefensa, sin posibilidad de supervivencia, y mucho menos de vencer. ¿Quién podía oponerse a este poder omnipresente, que parecía capaz de todo? Y, sin embargo, sabemos que al final venció la mujer indefensa, no venció el egoísmo ni el odio; venció el amor de Dios y el imperio romano se abrió a la fe cristiana.

Las palabras de la Sagrada Escritura trascienden siempre el momento histórico. De este modo, este dragón no sólo hace referencia al poder anticristiano de los perseguidores de la Iglesia de aquel tiempo, sino a las dictaduras materialistas anticristianas de todos los períodos. Vemos cómo se materializa de nuevo este poder, esta fuerza del dragón rojo, en las grandes dictadoras del siglo pasado: la dictadura del nazismo y la dictadura de Stalin tenían todo el poder, penetraban todos los rincones. Parecía imposible que, a largo plazo, la fe pudiera sobrevivir ante este dragón tan fuerte, que quería devorar al Dios hecho niño y a la mujer, la Iglesia. Pero, en realidad, también en este caso al final el amor fue más fuerte que el odio.

También hoy existe el dragón, de maneras nuevas, diferentes. Existe en la forma de las ideologías materialistas que nos dicen: es absurdo pensar en Dios; es absurdo cumplir con los mandamientos de Dios; es algo del pasado. Lo único que vale la pena es vivir la vida. Sacar de este breve momento de la vida todo lo que se puede vivir. Sólo vale el consumo, el egoísmo, la diversión. Esta es la vida. Así tenemos que vivir. Y de nuevo parece absurdo, imposible, oponerse a esta mentalidad dominante, con toda su fuerza mediática, propagandística. Hoy parece imposible seguir pensando en un Dios que ha creado al hombre y que se ha hecho niño y que sería el auténtico dominador del mundo. También ahora este dragón parece invencible, pero también ahora sigue siendo verdad que Dios es más fuerte que el dragón, que quien vence es el amor y no el egoísmo.

Tras considerar las diferentes configuraciones históricas del dragón, veamos ahora la otra imagen: la mujer vestida de sol con la luna bajo sus pies, rodeada de doce estrellas. Esta imagen también es multidimensional.

Un primer significado, sin duda, es la Virgen, María vestida de sol, es decir de Dios; María, que vive totalmente en Dios, rodeada y penetrada por la luz de Dios. Circunda de doce estrellas, es decir, de las doce tribus de Israel, de todo el Pueblo de Dios, de toda la comunión de los santos y, a sus pies, la luna, imagen de la muerte y de la mortalidad. María ha dejado tras de sí la muerte; está totalmente vestida de vida, ha sido elevada en cuerpo y alma a la gloria de Dios y de este modo, en la gloria, tras haber superado la muerte, nos dice: «Ánimo, ¡al final vence el amor!. Mi vida consistía en decir: “Soy la sierva de Dios”. Mi vida era entrega de mí misma por Dios y por el prójimo. Y esta vida de servicio ahora llega en la auténtica vida. Tened confianza, tened el valor de vivir así también vosotros, contra todas las amenazas del dragón». Este es el primer significado de la mujer que María ha llegado a ser. La «mujer vestida de sol» es el gran signo de la victoria del amor, de la victoria del bien, de la victoria de Dios. Gran signo de consuelo.

Pero, además, esta mujer que sufre, que tiene que huir, que da a luz con un grito de dolor, es también la Iglesia, la Iglesia peregrina de todos los tiempos. En todas las generaciones tiene que volver a dar a luz a Cristo, llevarle al mundo con gran dolor en este mundo que sufre. En todos los tiempos es perseguida, vive casi en el desierto perseguida por el dragón. Pero, en todos los tiempos, la Iglesia, el Pueblo de Dios, vive también de la luz de Dios y es alimentada, como dice el Evangelio, por Dios, alimentado con el pan de la santa Eucaristía. De este modo, en toda tribulación, en todas las diferentes situaciones de la Iglesia a través de los tiempos, en las diferentes partes del mundo, vence sufriendo. Y es la presencia, la garantía del amor de Dios contra todas las ideologías del odio y del egoísmo.

También hoy vemos ciertamente que el dragón quiere devorar al Dios hecho niño. No tengáis miedo por este Dios aparentemente débil. La lucha ya ha sido superada. También hoy este Dios débil es fuerte: es la verdadera fuerza. Y de este modo, la fiesta de la Asunción, es una invitación a tener confianza en Dios y a imitar a María en lo que ella misma dijo: «Soy la sierva del Señor, me pongo a disposición del Señor». Esta es la lección: seguir su camino, dar nuestra vida y no tomar la vida. Precisamente de este modo nos ponemos en el camino del amor que significa perderse, pero un perderse que en realidad es el único camino para encontrarse verdaderamente, para encontrar la auténtica vida.

Contemplemos a María, subida al cielo. Dejémonos alentar en la fe y en la fiesta de la alegría: Dios vence. La fe, aparentemente débil, es la verdadera fuerza del mundo. El amor es más fuerte que el odio. Y digamos con Isabel: «Bendita tú eres entre la mujeres». «Te imploramos con toda la Iglesia: santa María, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén».




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